Vida de un cristiano del Opus Dei

lo raro de no ser raro

You are here:

De interés

Facebook

opus dei faceboook
Estamos en facebook: grupo de Opus Dei

Subscríbete a la Web

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

San Josemaría

La Resurrección

E-mail Imprimir PDF

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos.
Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20,19-23).


Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí (Mc 16,6). Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos(Sal 117,24).

El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49,14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Cfr. Prov 8,31).

Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda Misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en El, lo encontramos todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por El, nos atrevemos a decir –audemus dicere– Pater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos: porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados (1 Co 15,20-22).

La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14,23). El cristiano debe –por tanto– vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Ga 2,20), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.
Es Cristo que pasa, 102-103

 

San Josemaría habla de San José

E-mail Imprimir PDF

torreciudad

Tal día como hoy de 1963, San Josemaría dijo:

“San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos ”.

Lee la homilía En el taller de José.

 


Dim lights Embed Embed this video on your site

 

Un nuevo año

E-mail Imprimir PDF

calendario_2

Textos de San Josemaría para afrontar el año que comienza:

 

 

Reencontrar la luz
La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día.
Es Cristo que pasa, 114

Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya. (...)

La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo.
Es Cristo que pasa, 58

Leer más...
 

Cumpleaños de San Josemaría

E-mail Imprimir PDF

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro hacia las diez de la noche del 9 de enero de 1902. Sus padres fueron Don José Escrivá y Corzán y Doña Dolores Albás y Blanc.

 

Los Escrivá, procedentes de Narbona (Francia), habían estado asentados durante siglos en la comarca catalana de Balaguer (Lleida). Los padres de don José eran terratenientes y vivían en Fonz. Don José llegó a Barbastro siendo joven, para establecerse como comerciante. Comenzó trabajando en el negocio de tejidos “Cirilo Latorre”, y más tarde, con dos profesionales del comercio, constituyó la sociedad “Sucesores de Cirilo Latorre”, que tiempo después se convertiría en “Juncosa y Escrivá”.

La familia de Dña. Dolores Albás era oriunda de Aínsa, capital del Sobrarbe y antesala del Pirineo. El abuelo paterno de doña Dolores, Manuel Albás, se había trasladado a Barbastro, donde se casó. Tuvo cuatro hijos, el mayor de los cuales, Pascual Albás, contraería matrimonio con Florencia Blanc. Tuvieron quince hijos. La penúltima fue una niña, Mª Dolores, que sería con el tiempo madre del Fundador del Opus Dei.

En Barbastro
José Escrivá y Dolores Albás se casaron el 19 de septiembre de 1898 en la Catedral de Barbastro. Residían desde entonces en una casa de la calle Mayor, esquina con la Plaza del Mercado. Allí nació su primera hija, María del Carmen, y el segundo hijo, José María (quien años después, por devoción a San José y a la Virgen, unió sus dos nombres en uno). A estos dos hijos siguieron tres niñas —María Asunción, María de los Dolores y María del Rosario— y, cuando ya la familia residía en Logroño, un nuevo hijo varón, Santiago.

Los Escrivá eran bien considerados y queridos en Barbastro, donde tenían muchos amigos y una extensa familia por la parte de doña Dolores. Su posición económica era desahogada y su futuro parecía prometedor.

vida06_300x218

Ofrecido a la Virgen
El niño nació sano y creció fuerte, pero a los dos años sufrió una grave enfermedad. Fue desahuciado por los médicos, quienes una noche advirtieron a don José que el niño moriría en pocas horas. Los padres pidieron su curación con especial intensidad a la Santísima Virgen. Doña Dolores prometió a Nuestra Señora de Torreciudad —advocación muy venerada en la comarca— llevar al niño a su ermita en peregrinación si sanaba. A la mañana siguiente, y ante la pregunta de uno de los doctores —¿A qué hora ha muerto el niño?—, don José afirmó: No sólo no ha muerto, sino que está perfectamente.

El pequeño fue llevado por sus padres hasta la ermita y ofrecido a la Virgen. Al referir a su hijo este gran favor de Santa María, doña Dolores solía comentar: Hijo mío, tú ya estabas más muerto que vivo; cuando Dios te ha conservado en la tierra, será para algo grande.

Primeras oraciones
Los Escrivá eran una familia cristiana, en la que se vivían en común algunas prácticas de piedad, como la asistencia a Misa los domingos, el rezo del Santo Rosario, la participación en la Sabatina en una iglesia cercana, la Misa de Gallo en Navidad.
Desde muy niño Josemaría aprendió de sus padres las primeras oraciones infantiles. Doña Dolores preparó personalmente a su hijo para la primera confesión, y el día señalado le acompañó hasta el confesonario.

El pequeño fue gran amigo de su padre: le esperaba con impaciencia a la vuelta de su trabajo, y le abría la puerta; o salía a su encuentro, y metía la mano en el bolsillo de su abrigo buscando alguna chuchería. Don José le llevaba a las ferias de Barbastro o paseaba con él por la ciudad; eran paseos de intimidad paterno-filial, de pequeñas confidencias y preguntas de niño.

La muerte de sus hermanas pequeñas
A partir de cierto momento, el dolor va a entrar con fuerza en el hogar de los Escrivá: entre 1910 y 1913 mueren, de la más pequeña a la mayor, las tres últimas hijas. Al ver padecer a los suyos, Josemaría comienza a conocer el sufrimiento, y aprende, con el ejemplo de sus padres, a afrontarlo cristianamente. Se hace más reflexivo; y un día, pensando en el orden que habían seguido aquellas muertes, le dijo a su madre: El próximo año me toca a mí.
Ella, para consolarle, le recordó: Yo te he ofrecido a la Virgen. Ella cuidará de ti.

Dificultades económicas
A esta pena interna de la familia se unió la ruina del negocio de don José, que le obligó a buscar, dentro de su profesión, algún trabajo lejos de Barbastro. Lo encontró en Logroño, adonde se trasladó con toda la familia en 1915.

Los primeros años en Logroño transcurrieron entre el Instituto de enseñanza secundaria y su familia. Durante estos años, a través de la lectura, adquirió una cultura amplia; dedicó mucho tiempo al estudio de la Historia y de los clásicos de la Literatura. En 1918 terminó el Bachillerato en el Instituto de Logroño con excelentes calificaciones.


 

 

El Niño Jesús de San Josemaría

E-mail Imprimir PDF

¡Feliz Navidad!

Siendo un joven sacerdote, San Josemaría tenía devoción a una talla del Niño Jesús: le mecía, le cantaba y bailaba con él. “Me gusta verte chiquitín –le decía el santo– para hacerme la ilusión de que me necesitas”. Este vídeo explica esa devoción navideña (02’12’’).

Dim lights Embed Embed this video on your site

 

 

 

 
Página 1 de 2