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Óscar Romero y el Opus Dei

By Administración / Posted on 24 March 2015

 

“Los mártires nos interpelan a todos, creyentes y no creyentes, pero sobre todo son un faro luminoso para quienes tienen puesta su esperanza en Dios. Estoy seguro de que monseñor Óscar Romero va a ser un santo muy querido”.  Estas fueron las palabras que el Prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, pronunció el pasado 3 de febrero al conocer la noticia de la próxima beatificación de Mons. Oscar Romero, de quien el Papa ha confirmado su condición de mártir.

Y en el Opus Dei es la imagen que hemos tenido siempre del arzobispo de San Salvador: que era un hombre de Dios y un mártir, sostenida por multitud de recuerdos y de testimonios bien documentados de su amistad tanto con San Josemaría como con su sucesor. Pensar o decir otra cosa es faltar a la justicia.

La relación de amistad de San Josemaría y Mons. Óscar Romero

La relación de amistad de San Josemaría y Mons. Óscar Romero se remonta a 1955. El arzobispo de San Salvador estimó el espíritu del Opus Dei y mantuvo contactos frecuentes con la labor apostólica de los fieles del la Prelatura en El Salvador.  En 1970 viajó a Roma y tuvo varias conversaciones con San Josemaría. Como relata el sacerdote Antonio Rodríguez Pedrezuela en su libro «Un mar sin orillas», el fundador del Opus Dei se ocupó de que Mons. Romero descansara durante aquellos días romanos, porque conocía bien la situación de tensión que se vivía en el Salvador.

«Conocí a monseñor Romero –explica el Prelado del Opus Dei– con ocasión de alguna de las visitas que hizo a san Josemaría, en Roma, durante el Concilio Vaticano II. Era un hombre piadoso, desprendido de sí mismo y entregado a su pueblo. Se notaba que luchaba por la santidad. Mons. Romero fue uno de los primeros obispos que, tras la muerte de san Josemaría en 1975, escribió al beato Pablo VI para pedirle la apertura de su causa de canonización. Estoy seguro de que ahora, desde el Cielo, seguirá intercediendo con su amigo san Josemaría por esta porción del pueblo de Dios».

Esta es la carta que escribió Óscar Romero al Papa, recogida por en un artículo de José Miguel Cejas:

Beatísimo Padre:

Muy reciente aún el día del fallecimiento de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, creo contribuir a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas solicitando a Vuestra Santidad la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de tan egregio sacerdote.

Tuve la dicha de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer personalmente y de recibir de él aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María que Vuestra Santidad me ha confiado.

Conozco desde hace años la labor del Opus Dei aquí en El Salvador y puedo dar fe del sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad a la doctrina del Magisterio eclesiástico que lo caracteriza.

Personalmente, debo gratitud profunda a los sacerdotes de la Obra a quienes he confiado con mucha satisfacción la dirección espiritual de mi vida y de otros sacerdotes.

Personas de todas clases sociales encuentran en el Opus Dei orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus obligaciones familiares y sociales. Y esto se debe sin duda a la vida y doctrina de su fundador.

Como manifiesta una carta que le dirigió el beato Álvaro del Portillo meses antes de su muerte en 1980, ese afecto continuó después del fallecimiento del fundador del Opus Dei.

Óscar Romero y Álvaro del Portillo

Cuenta el historiador Alfredo Méndiz que en sus viajes a Roma había tenido relación tanto con el fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, proclamado santo en 2002, como con su sucesor, Álvaro del Portillo, beato desde el pasado 27 de septiembre.

Tres meses antes de morir leyó un día en la catedral, durante una homilía, una carta que acababa de recibir de Álvaro del Portillo. Podía parecer una carta convencional, de circunstancias: era, de hecho, una carta de agradecimiento por otra anterior que monseñor Romero había enviado al hoy beato Álvaro.

Monseñor Romero, sin embargo, la apreció y decidió leerla en público: no sólo para dar un motivo de alegría a los miembros salvadoreños del Opus Dei, sino también ‒lo dijo expresamente‒ para recordar que, como Del Portillo subrayaba en aquella carta, el Opus Dei procura remar siempre, en cada lugar donde se encuentra, con el obispo diocesano.

La figura del beato Álvaro del Portillo, también en San Salvador, la ciudad de monseñor Romero, ha sido, como la del obispo mártir, un punto de referencia para hombres y mujeres que se proponen ver en los pobres a Cristo. No solo: Del Portillo alentó directamente, sobre todo después del terremoto de 1986 pero también antes, el desarrollo de labores sociales como la escuela Montemira o el centro de capacitación Siramá, que ha permitido a muchas mujeres sin recursos económicos hacerse valer en la sociedad salvadoreña con su trabajo y con la conciencia de su propia dignidad.

Mons. Fernando Sáenz, amigo y sucesor

Le unía una profunda amistad con Mons. Fernando Sáenz, que fue vicario del Opus Dei en el país y, más tarde, sucesor de Mons. Romero como arzobispo de San Salvador. Esta amistad duró hasta el mismo día de su asesinato, el 24 de marzo de 1980.

Ese día, Oscar Romero había pasado toda la jornada junto con Mons. Sáenz. El prelado español le acompañó hasta la iglesia en la que celebró la Misa durante la cual fue tiroteado: “Le mataron durante el ofertorio del pan y el vino. Es como una señal externa maravillosa de que su vida se había ofrecido al pueblo fiel, a los pobres, a la justicia, la paz…”.

En 2002 el actual arzobispo de San Salvador, el español Fernando Sáenz Lacalle, durante un conferencia impartida en Valencia, calificaba a Óscar Romero como “pastor, piadoso, de recta doctrina y muy unido al Santo Padre” y animaba a incrementar la devoción al sacerdote asesinado para alcanzar el milagro necesario para su proceso de canonización. “Si queremos ayudar a esta causa y ver su figura universal dentro de la Iglesia, pidámosle muchos favores y demos cuenta de esos favores. Yo acudo a él en mis angustias arzobispales ante los asuntos difíciles y me los va resolviendo”.

Mons. Sáenz calificó al sacerdote asesinado de  e insistió en que la mejor manera de que “este proceso siga su cauce lo más rápidamente posible es difundir la devoción privada”.

 

 

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