La Pasión de Mel Gibson según Vittorio Messori
Vittorio Messori ha sidouno de los pocos periodistas europeos en visionar la última producción
cinematográfica de Mel Gibson. En este artículo –publicado este
miércoles por el diario español «La Razón»--, relata el impacto que le
produjo la película de «La Pasión». Messori se cuenta entre los
escritores católicos más vendidos y traducidos del mundo.
* * *
En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos
horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países,
conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del
productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta
recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se
estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras
tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los
sitios de Internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones
de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más
que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas,
parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los
españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar
hasta el día 7, Viernes de Dolores).
Llorando en silencio
Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres
americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al
ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y
especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al
interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos
mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi
lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario
atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso
se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se
levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era
cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que
Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo
desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una,
las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos
hechos; ninguna minucia ! histórica de aquellas horas en Jerusalén me es
desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco
Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que
sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que
logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio.
Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo
mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta
obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine
religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que
hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la
ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia,
técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la
pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con
este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo
logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy
seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me
lo confirman».
En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas
quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de
las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos
adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía
extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario
Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz,
y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos:
la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que
--se dieron cuenta después-- es, en alemán, la «Estrella de la mañana»
de la letanía del Rosario.
Comprender con el corazón
Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar
a Cristo, hace falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de
Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las
sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes
en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada
tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba
una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón
verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia
lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de
militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo,
acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.
Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la
doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo
sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que
importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos
liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece
blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su
cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda
comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por
tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si
la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda
que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de
la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como
prólogo a toda la película.
El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato,
se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones,
en las escenas --terribles y maravillosas-- que se bastan a sí mismas.
En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini,
Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y
arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un
vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es
necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes
profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre
colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que,
como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto,
confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al
servicio de la fe. Una fe en su versión más católica --con el
beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger-- de la
que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo
competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de
hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.
En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo
en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como
crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las
Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la
divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que
irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una
cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación
de todo el pecado del mundo.
Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas
Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la
distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su
materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la
Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el
tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá
andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro
--o la otra-- con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la
vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias:
Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los
paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor
delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue,
recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos
bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes !
Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura
de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento»
del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo
ha triunfado sobre la muerte.
¿Antisemitismo?
¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado
serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos
que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de
verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel
estado no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los
hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la
crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al
pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles)
hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a
las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del
Sanedrín --episodio añadido por el director-- que se enfrenta al Sumo
Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío
el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es
judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de
Jerusalén! que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que,
perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de
que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la
Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?».
«Porque --responde María-- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no
lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o
gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas,
quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería
este si excluyese a alguien?