La Pasión de Mel Gibson según Jesús Villagrasa
Historia, fe y arte, en esta película, parecen inseparables. Elespecialista en Sagrada Escritura, en cultura oriental, en teología
espiritual o en arte cinematográfica podrá hacer un análisis minucioso
de la obra y, quizás sobre todo en la fidelidad histórica, encontrar
deficiencias o hacer reparos. Un análisis de este tipo no es difícil. Lo
meritorio es la síntesis artística, la obra creativa del artista.
«La Pasión de Cristo» es una obra extraordinariamente bella, si por
belleza entendemos la «manifestación sensible de la idea» (Hegel). La
calidad artística de Mel Gibson es indiscutible, como lo es, también, su
adhesión creyente a la fe cristiana y su deseo de ser fiel a la historia
evangélica. El resultado de estos ingredientes es una obra de arte
cristiano. «Esta película --decía el cardenal Dario Castrillón, al
diario "La Stampa", 18-IX-2003-- es un triunfo del arte y de la fe. Será
una herramienta para explicar la persona y el mensaje de Cristo. Estoy
seguro de que ayudará a todos los que la vean --tanto cristianos como no
cristianos-- a ser mejores. Acercará a las personas a Dios y entre sí».
A la luz de esta obra y de este artista, parecen hacerse concretas y
plásticas algunas ideas expresadas por Juan Pablo II en «La carta de a
los artistas» del 4 de abril de 1999. La carta está dirigida «a los que
con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías » de la belleza para
ofrecerlas al mundo a través de la creación artística», a los «geniales
constructores de belleza». El artista imita de un modo propio al
Creador. Sólo Dios es «creador» en sentido estricto, pues sólo él da el
ser mismo y «saca» algo de la nada. El artífice, por el contrario, se
sirve de algo ya existente para darle forma y significado (cf. n. 1). El
artista no puede prescindir de su propia experiencia, pues al modelar
una obra «el artista se expresa a sí mismo hasta el punto de que su
producción es un reflejo singular de su mismo ser, de lo que él es y de
cómo es» (n. 2).
La belleza que el artista expresa no es ajena al bien. «La belleza es en
un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la
condición metafísica de la belleza» (n. 3). La Pasión de Cristo de
Gibson no cae en el esteticismo. Su belleza es la manifestación sensible
del bien más grande, que es el amor hasta el extremo de dar la vida.
Puede comprenderse que «La Pasión de Cristo» no sea sólo fruto de la fe
de Gibson sino también un reclamo interior del artista que sólo a través
de la representación de este misterio llega a su plenitud vocacional.
«El artista vive una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy
real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador le
llama con el don del "talento artístico"». Se trata de un talento que el
artista --poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor,
etc.-- sabe que no puede malgastar y que ha de «desarrollarlo para
ponerlo al servicio del prójimo y de toda la humanidad» (n. 3).
Estas verdades valen para todo artista, pero de un modo particular para
el artista cristiano que expresa en su obra el misterio de Cristo, Verbo
encarnado. La ley del Antiguo Testamento prohíbe representar a Dios
invisible e inexpresable con la ayuda de una «imagen esculpida o de
metal fundido» (Deuteronomio 27, 25), porque Dios transciende toda
representación material. Sin embargo, en el misterio de la Encarnación,
el Hijo de Dios en persona se ha hecho visible. Dios se hizo hombre en
Jesucristo. «Esta manifestación fundamental del «Dios-Misterio» aparece
como animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de la
creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la belleza que ha
encontrado su savia precisamente en el misterio de la Encarnación. En
efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la
historia de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del
bien, y con ella ha manifestado también una nueva dimensión de la
belleza, d e la cual el mensaje evangélico está repleto. La Sagrada
Escritura se ha convertido así en una especie de «inmenso vocabulario»
(P. Claudel) y de «Atlas iconográfico» (M. Chagall) del que se han
nutrido la cultura y el arte cristianos» (n. 5). El Antiguo y el Nuevo
Testamento han inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos,
autores de teatro y de cine. «Desde la Navidad al Gólgota, desde la
Transfiguración a la Resurrección, desde los milagros a las enseñanzas
de Cristo, llegando hasta los acontecimientos narrados en los Hechos de
los Apóstoles o los descritos por el Apocalipsis en clave escatológica,
la palabra bíblica se ha hecho innumerables veces imagen, música o
poesía, evocando con el lenguaje del arte el misterio del "Verbo hecho
carne"» (n. 5).
La representación artística de la palabra bíblica «constituye un vasto
capítulo de fe y belleza en la historia de la cultura, del que se han
beneficiado especialmente los creyentes en su experiencia de oración y
de vida. Para muchos de ellos, en épocas de escasa alfabetización, las
expresiones figurativas de la Biblia representaron incluso una concreta
mediación catequética. Pero para todos, creyentes o no, las obras
inspiradas en la Escritura son un reflejo del misterio insondable que
rodea y está presente en el mundo» (n. 5). San Gregorio Magno en una
carta del año 599 al Obispo de Marsella, Sereno, decía que «la pintura
se usa en las iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las
paredes, puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices».
Quizás el séptimo arte pueda descubrir a los «analfabetos religiosos» de
nuestro tiempo a ese Cristo que no han conocido en los evangelios.
Lo que Juan Pablo II dice de toda intuición artística adquiere nuevas e
insospechadas dimensiones cuando el arte representa los misterios de la
vida de Cristo: «La auténtica intuición artística va más allá de lo que
perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su
misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma
humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve
acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad
misteriosa de las cosas». «Si ya la realidad íntima de las cosas está
siempre «más allá» de las capacidades de penetración humana, ¡cuánto más
Dios en la profundidad de su insondable misterio! El conocimiento de la
fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro personal con Dios en
Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo, puede también enriquecerse a
través de la intuición artística» (n. 6). El arte es una vía
privilegiada de expresión y comunicación de los misterios más ricos y
profundos. «To da forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de
acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello,
constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la
vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Este es el motivo
por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el
principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a todas
las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad» (n. 6).
Aunque el misterio de Dios sea insondable y la limitación de los medios
artísticos muy grande, los misterios de la fe pueden representarse. En
la «lucha iconoclasta» del siglo VIII, las imágenes sagradas, «muy
difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una
violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que
estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un
acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para la
cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos para
dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si el Hijo de
Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles, tendiendo un
puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma
análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser
usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El
icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado»
(n. 7).
Durante la Edad Media y el Renacimiento, fe, cultura y arte estuvieron
estrechamente unidos y florecieron juntos. En la edad moderna, junto al
humanismo cristiano que ha seguido produciendo significativas obras de
cultura y arte «se ha ido también afirmando progresivamente una forma de
humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con frecuencia por la
oposición a Él. Este clima ha llevado a veces a una cierta separación
entre el mundo del arte y el de la fe, al menos en el sentido de un
menor interés en muchos artistas por los temas religiosos» (n. 10).
Quizás a ese menor interés de los productores corresponda la sed de los
consumidores y el extraordinario éxito que han tenido obras como la de
Gibson o la serie de películas religiosas producidas por la televisión
italiana.
La Iglesia, por su parte, sigue alimentando un gran aprecio por el arte
como tal, pues «es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio.
Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los
aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo
voz de la expectativa universal de redención» (n. 10). Cuánto más si el
objeto representado es la redención misma. Este arte cristiano, tanto en
sus formas literarias como plásticas, no son meras ilustraciones
estéticas, sino que a su modo son verdaderos «lugares» teológicos (cf.
Marie Dominique Chenu, «La teologia nel XII secolo», Jaca Book, Milán
1992, p. 9)
La Iglesia tiene necesidad del arte para transmitir el mensaje que
Cristo le ha confiado. «En efecto, debe hacer perceptible, más aún,
fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de
Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí
mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de
reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores,
formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha.
Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su
halo de misterio. La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que
sepan realizar todo esto en el ámbito literario y figurativo,
sirviéndose de las infinitas posibilidades de las imágenes y de sus
connotaciones simbólicas» (n. 12). Ante esta «eficacia» comunicativa del
arte, no resulta exagerada la expresión del cardenal Castrillón: «con
gusto cambiaría algunas de las homilías que he dado acerca de la pasión
de Cristo por alguna
de las escenas de esta película».
«La Pasión» de Mel Gibson parece una respuesta a la «llamada especial»
que en su carta Juan Pablo II hizo a los artistas cristianos: «Quiero
recordar a cada uno de vosotros que la alianza establecida desde siempre
entre el Evangelio y el arte, más allá de las exigencias funcionales,
implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el misterio
del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre. Todo
ser humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo.
Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que «manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre» («Gaudium et spes», 23). En Cristo, Dios ha
reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados a dar
testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y mujeres que
habéis dedicado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra
genialidad que en Cristo el mundo ha sido redimido: redimido el hombre,
redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera, de la cual san
Pab lo ha escrito que espera ansiosa «la revelación de los hijos de
Dios» (Rm 8, 19). Espera la revelación de los hijos de Dios también
mediante el arte y en el arte. Ésta es vuestra misión. En contacto con
las obras de arte, la humanidad de todos los tiempos –también la de hoy–
espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino» (n. 14).
Esta ha sido la intuición artística y la intención del director y de los
productores de «La Pasión de Cristo». Los espectadores dirán si lo han
logrado. Quienes la vieron antes del estreno aseguran que se trata de
una auténtica obra de arte y que les suscitó una profunda experiencia de
fe. La obra está servida. La experiencia estética y espiritual dependerá
también de la sensibilidad artística y religiosa de cada uno.