Jesucristo
El cristianismo hoy en díaEn un ciclo de Conferencias celebrado en Madrid sobre "Cristianismo y sociedad actual", al final de una de las ponencias, en el turno de intervenciones del público, alguien se levantó para decir al conferenciante: Después de 2000 años, ¿en qué país se vive la ideología cristiana, se aplica el sistema social cristiano? ¿No significa ésto un rotundo fracaso del cristianismo?
Dejemos la respuesta del ponente para el final, y atendamos a la afirmación del interviniente. El International Social Survey Programme realizó el año pasado un estudio sobre la religiosidad en 13 países del mundo. Si nos centramos en los datos referentes a Polonia e Italia, dos naciones europeas donde la casi totalidad de la población está bautizada católica, resultan las siguientes conclusiones:
a) la creencia religiosa no influye en el campo ético del comportamiento. Asi, por ejemplo, el aborto en caso de malformación del niño es rechazado sólo por el 31,4% en Polonia, y por el 22,8% en Italia; o las relaciones prematrimoniales son consideradas incorrectas únicamente por el 24% en ambos países. En España las cosas no van mejor: hemos alcanzado la cifra de 50.000 abortos legales al año, poseemos el índice de natalidad más bajo del mundo, y el de enfermos del Sida más alto de Europa.
b) sólo un 30 % de los católicos practican la religión (asisten a Misa los domingos). En el caso de España, en la franja de edades comprendida entre los 18 y los 35 años ese porcentaje se reduce al 10%.
De lo anterior se sigue que la mayoría de los que se llaman "cristianos" o "católicos" lo hacen por tradición familiar y cultural, y no por convicción personal.
No es exagerado, por tanto, afirmar que también en los países tradicionalmente católicos nos encontramos en tierra de misión. ¿Cuáles son las causas de esta crisis del cristianismo?
Sin duda que en todo esto ha tenido un papel fundamental el materialismo: ideología según la cual somos unos átomos evolucionados que provenimos del caos y nos dirigimos a la nada, y por tanto lo único que cuenta es pasar los años que a cada uno corresponda lo más placenteramente posible.
Pero también es indudable que otra causa importante ha sido el modo como se ha transmitido el cristianismo a la generación actual.
Quizá desde pequeños hemos escuchado de nuestros padres, profesores de religión y sacerdotes: estudia, pórtate bien en casa, reza al levantarte y al acostarte, ofrece sacrificios, asiste a Misa los domingos, ten el corazón-los ojos-el cuerpo limpios... Se nos ha enseñado el cristianismo como un conjunto de obligaciones, muchas veces antipáticas. Un cristianismo parecido a los trabajos forzados, a un cuerpo sin alma... La "santidad" aparece como algo inaccesible. Y el "santo" como un perfeccionista, maniático, antipático... Todo ello queda bien reflejado en la pregunta de aquella niña pequeña: mamá, ¿en el Cielo también tendré que ser buena?
O quizá hemos recibido esta otra formación cristiana: Dios te ama, Jesús quiere ser tu amigo; actúa como quieras, lo importante es que ames a Cristo; él vino a traer un mensaje de amor: haz que el amor triunfe en ti. Y quizá se nos animó a meditar el Evangelio, y forjar personalmente nuestro modo de vida, sin otras orientaciones. Jesús es sinónimo de amor y libertad.
Ambos modos de explicar el cristianismo incurren en un error tremendo: olvidan lo esencial.
La esencia del cristianismo
La existencia de Dios se manifiesta a la conciencia del hombre sobre todo a través del orden que hay en la creación, y a través de la espiritualidad del alma humana (no somos pura materia evolucionada: tenemos un espíritu capaz de conocer y amar). De aquí surgen las distintas religiones, como fruto del esfuerzo del hombre por conocer y adorar a ese Dios: podría decirse que tienen una dirección ascendente: el hombre que busca a Dios.
En cambio, el cristianismo afirma que es Dios quien ha venido a buscar al hombre, que Dios se ha hecho hombre: posee una dirección descendente. Max Jacob: Dios se ha hecho hombre.
De aquí también las diferencia fundamental entre Cristo y las grandes figuras de las principales religiones. Mahoma es un Profeta, que en virtud de una supuesta revelación o de su sabiduría enseña el camino hacia Dios. Buda es el "iluminado", el "lúcido", que revela la esencia de este mundo, de los dioses... y de las criaturas..., después de que él mismo la ha conocido y penetrado. Predica la doctrina que es hermosa al principio, en el medio y al fin (Dighanikaya, II, 38). Pero todos ellos dicen cosas que, en principio, podría decir también otro hombre cualquiera. Lo que hacen es indicar el camino que existe también sin ellos. No se hallan dentro del ámbito de lo propiamente religioso.
En cambio, Cristo no es un Profeta ni un Maestro: no enseña un camino ajeno a Él. Dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy Dios. Si no creéis en Mí no podéis salvaros.
Hablando de la decisiva cuestión de si Jesús fue realmente "Dios o un hombre bueno", Lewis dice: Intento impedir que alguien diga esta solemne tontería, a veces tan frecuente, sobre Cristo: "No tengo inconveniente en aceptar a Jesús como un gran maestro de moral, pero no acepto su pretensión de ser Dios". Esto es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fuese simplemente un hombre y dijese la clase de cosas que Jesús dijo no sería un gran maestro de moral. Sería, o bien un lunático -igual que el hombre que dice ser Napoleón-, o, en caso contrario, el demonio del infierno. Es preciso escoger. O este hombre fue, y es, el Hijo de Dios: o fue un loco, o quizá algo peor. Podéis encerrarlo por loco, podéis escupirle a la cara y matarlo como a un demonio; o podéis caer a sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no caigamos en la simpleza de decir que fue un gran maestro. Él no quiso dejar este problema sin resolver.
Por eso, el cristianismo no es ni una doctrina de la verdad, ni una interpretación de la vida. Es eso también, pero nada de ello constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, es decir, por una personalidad histórica.
El cristianismo es un hecho histórico. Los textos fundamentales del cristianismo -el Nuevo Testamento- son descripciones de hechos. También el Credo, resumen de la doctrina cristiana, es en su nucleo un relato: Creo en Jesucristo... Y los cristianos no son ideólogos, o personas muy puras, sino hombres y mujeres que se encuentran con Cristo y le siguen.
Conocemos bastante de los primeros cristianos. Sus nombres son Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Mateo... María de Betania, María de Cleofás, Salomé... Son hombres y mujeres, jóvenes y adultos, ricos y pobres, justos y pecadores, pero con un factor común: en sus vidas se cruzó Jesús de Nazaret, y le siguieron. Son discípulos de Cristo: narrar algunas vocaciones.
Y eso determinó sus vidas. Los primeros describen su encuentro con Cristo en términos muy fuertes: pasar de las tinieblas a la luz (1 Pet 2, 9), ser una criatura nueva (2 Cor 5, 17), volver a nacer (Io 3, 4). En el encuentro con Cristo todo cambia: lo que significa nacer, trabajar, sufrir, tener amigos, enfermar, morir... Es algo parecido a lo que experimenta todo aquél que se enamora de otra persona: ese amor determina la manera de ver el mundo, el trabajo, incluso un paisaje o un objeto, pero lo esencial es la persona amada. Esto lo expresa con fuerza Dostoyievski cuando afirma que si Cristo no estuviese en la verdad, dejaría a la verdad y seguiría a Cristo.
En el Catecismo, en efecto, se estudia: ¿Qué quiere decir "cristiano"? -"Cristiano" quiere decir discípulo de Cristo. De ahí la gran crisis del cristianismo hoy: se entiende como una herencia cultural, cuando en realidad es una vocación: un encuentro personal con Cristo. El cristianismo es buscar, encontrar y amar a Cristo. La mayoría de los cristianos han encontrado a sus padres, profesores, sacerdotes... pero no a Cristo. ¿Resulta posible esto hoy?
Ver no es suficiente...
A primera vista, podríamos envidiar a los primeros cristianos porque vieron, oyeron, caminaron, palparon, estuvieron físicamente con Cristo. ¡Qué fuerte que Dios hubiera vivido en mi pueblo, y en mi tiempo! Es un gozo tener buenos amigos; ¡cómo sería tener por amigo a Jesús! Pero Jesús vivió en otros tiempos. Tuvo unas circunstancias concretas. Los pastores que aquella noche velaban, avisados por el Angel, fueron a adorar a Jesús en aquel portal. Bartimeo gritaba: Jesús pasaba por allí en aquel momento. Zaqueo sube a un sicómoro, porque Jesús iba a pasar en aquel momento por debajo de aquel árbol. El Verbo se hizo carne en un sitio concreto. Esto fue una maravilla para los que convivieron con Él.
El Verbo se hizo carne en unas circunstancias concretas. Fué una suerte, pero también un peligro para los coetaneos de Jesús. El escándalo de los nazarenos: ¿no es el hijo de María?; ¿y su padre no es José?; ¿no es el carpintero, el hijo del carpintero? Y se escandalizaban de Él. En Nazaret no realizó milagros, porque no creían en Él: nadie es profeta en su tierra. Es el peligro de lo extraordinariamente familiar, donde cuesta reconocer a Dios. "En la Cruz se escondía la divinidad" (Adorote devote): detrás de la Humanidad. Fueron millares los que gozaron de ese privilegio, y sin embargo gritarán: ¡Crucifícale! Para ellos ver, tratar, tocar... a Jesús no fué suficiente.
La aceptación de cualquier verdad moral, como implica consecuencias prácticas, requiere el concurso de la voluntad. Que Jesús es Dios y vive es la verdad más llena de consecuencias. Por eso es necesario también la gracia de Dios y la correspondencia de la libertad humana.Los judíos no creyeron en Jesús porque era uno de ellos: es el "escándalo de los nazarenos". A pesar de resultar razonable creer: si no creéis en mí, creed en mis obras. El episodio de la multiplicación de los panes y los peces, y del discurso eucarístico: Jesús es Taumaturgo, pero ¿quién puede aguantar esa doctrina? De hecho tampoco los Doce entienden, pero tienen una confianza ciega en Jesús: ¿a quién iríamos?, sólo Tú tienes palabras de vida eterna.
...pero tampoco es necesario
Sin embargo, a lo largo de estos XX siglos, millones de personas que no han visto ni oido, ni palpado... a Jesús, lo han encontrado y seguido. ¿Dónde está el secreto? En la fe.
La fe consiste en creer lo que alguien nos dice y nosotros no podemos personalmente comprobar. Es una virtud cotidiana: la ponemos en práctica a la hora de estudiar (geografía o historia, por ejemplo), cuando leemos el periódico, cuando escuchamos a una amiga... Es necesaria para la vida cotidiana: nos fiamos de que el ascensor funcionará correctamente, de que la aspirina nos aliviará el dolor de cabeza, de que el autobús nos llevará a su destino... sin poder demostrarlo previamente.
La fe se basa en una persona que sabe: no cree, sabe: lo ha visto, lo ha experimentado. No puede haber una cadena infinita en la fe: es participar en la experiencia de otro. En igualdad de condiciones, es preferible ver que creer. Pero cuando no podemos ver, es más sabio el que cree lo que otro ha visto, que el que se queda con su ceguera.
Son muy distintas la fe razonable de la ingenuidad del credulón. Esa diferencia es la confianza que nos inspira la persona que nos informa. Se dice que una persona "es de fiar" cuando posee garantías de seriedad y rigurosidad. A medida que la noticia resulta más transcendente, más decisiva es la autoridad de quien nos informa. Ha de ser razonable creer.
Los hombres de 1997 no hemos visto a Jesús, pero hemos recibido el precioso testimonio de los que sí lo han visto. San Juan comienza así su primera epístola: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida -porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros.
Pedro, Juan, Santiago, Andrés... sí han visto y oído: han visto a Jesús proclamarse Dios y demostrarlo con sus milagros. Tomás tiene las manos manchadas de la sangre de Cristo resucitado. Son testigos directos. De hecho, cuando tienen que elegir un sucesor de Judas, Pedro dice: Conviene que de todos los varones que nos han acompañado todo el tiempo en que vivió entre nosotros el señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue arrebatado en alto de entre nosotros, uno de ellos sea testigo con nosotros de su resurrección (Act 1, 21-22).
¿Son de fiar estos testigos? Aquí correspondería entretenerse en la historicidad de los Evangelios, pero por ser algo incontestablemente demostrado y por razones de tiempo, lo doy por sentado. Para una exposición sencilla del tema, recomiendo la lectura del Folleto n. 505 de MC La divinidad de Jesucristo, de Joseph Grifone. Baste señalar dos hechos bien convincentes:
- los Evangelios recogen parte de lo que los testigos predicaban. Los tres primeros Evangelios fueron redactados antes del año 50, es decir, cuando los protagonistas de esos hechos vivían: nadie puede falsear la historia contemporanea;
- los evangelistas, y todos los Apóstoles, dieron su vida por defender esos hechos. Nadie da la vida por un cuento. La resurrección de Cristo es un misterio para nuestra razón natural, pero la realidad del cristianismo y el nacimiento de la Iglesia sin esta resurrección sería un misterio mucho mayor aún. San Juan Crisóstomo escribe: ¿Cómo doce hombres ignorantes, pudieron tener idea de una empresa semejante, ellos, que vivían a orillas de lagos y ríos y en el desierto? Ellos, que no habían frecuentado las ciudades ni sus asambleas, ¿cómo pudieron llegar a la idea de movilizarse contra la tierra entera? Eran asustadizos y sin coraje; lo que se ha escrito sobre ellos lo muestra muy bien, sin querer ni excusar ni ocultar sus defectos. Ésta es una prueba muy importante de verdad. ¿Qué se dice de ellos? Cuando Cristo fue apresado, después de realizar innumerables milagros, la mayoría huyeron, y el que era su cabeza de fila se quedó solamente para negarle. Estos hombres eran incapaces de aguantar el asalto de los judíos en vida de Cristo. Una vez muerto y sepultado,, cuando no había resucitado aún, cuando no les había dirigido la palabra para infundirles valor, ¿de dónde creéis que se movilizarían contra toda la tierra? ¿No deberían haberse dicho: "¿Qué pasa aquí? No ha sido capaz de salvarse a sí mismo, ¿y va a protegernos? Cuando estaba vivo, no supo defenderse y ahora, una vez muerto, ¿va a tendernos una mano? Cuando estaba vivo, no pudoo someter a nación alguna, ¿y vamos a convencer en su nombre a la tierra entera? ¡Cuán insensato sería, no digamos ya hacerlo, sino intentarlo siquiera!". La cosa es, pues, evidente; si no lo hubieran visto resucitado y si no hubieran tenido la prueba de su omnipotencia, no habrían corrido semejante riesgo (PG 61, 34-36).
Por eso, ver, oir... no es suficiente. Pero tampoco necesario: es una cuestión de fe.
No faltan los casos de conversiones extraordinarias: como la de Manuel García Morente, que narra en su libro El "Hecho Extraordinario". Pero lo normal será recibir y aumentar la fe a base de pedirla humildemente, y de realizar actos de fe. Consejos de Unamuno a un amigo: ponga en marcha la maquinaria. Singapur: ¿es que hay que entender?
Buscar es ya tener fe: es ya encontrar a Cristo. Malcom Mudgeridge: preguntar qué es convertirse es como preguntar qué es enamorarse. ¿Dónde encontramos a Jesús de Nazaret en 1997?
El Pan y la Palabra
a) La Eucaristía:
Santa Teresa escribe: Habíale dado el Señor tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran vivir en el tiempo en que andaba Cristo, nuestro bien, en el mundo, se reía entre sí, pareciéndole que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento, que qué más se les daba.
Comenzaste con tu visita diaria... -No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario (Surco, 688).
La Misa: no palabras, sino hechos: el Sacramento del Pan. Converso que acudía a la salida de las iglesias.
b) Los Evangelios:
Al leer los Evangelios hay que tener en cuenta que no son una biografía al estilo actual, porque fueron escritos hace XX siglos, y sobre todo porque hablan de una Persona viva.
Para leerlos con fruto hacen falta algunas condiciones:
- leer despacio: todos los detalles tienen importancia, significado;
- leer como si fuera la primera vez: con capacidad de asombro: VC 9, 3 (leer no, vivir).
- hacer como las abejas: "Os aconsejo que también en esto imitéis a nuestro Padre. Cuando en la oración descubráis algo que os acerca al señor, no lo abandonéis sin haber profundizado en ese punto con la gracia de Dios. Es así como arraigan, firmes y tenaces, las virtudes. Si nos comportamos como las mariposas -un poquito de aquí, otro de allá-, nunca aprovecharemos el néctar que nos envía el Paráclito. Haced como las abejas, que están mucho tiempo posadas sobre las flores, y luego fabrican una miel riquísima" (D. Alvaro, cn I-78, p. 64).
Es decir, hay que tener sensibilidad. Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fuí al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy, lo grité varias veces muy exaltado, han matado a Kennedy, han matado a Kennedy, y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: "¿Y?" (Televisión, Valencia 1963).
Conferencia de Vittorio Messori el 14.I.97: ¿qué diferencia hay entre un converso como usted, y un católico de toda la vida? "El don del asombro".
Por eso, muchas veces han sido artistas, escritores y periodistas... y los niños los más golpeados por la lectura del Evangelio: Caso de Pier Paolo Pasolini, Giovanni Papini, Vittorio Messori. Niños: Ecce Homo; Instituto.
Messori, el periodista convertido en apologeta: Yo quería saber, pero ¿dónde buscar? Un día me decidí a ver qué era eso del cristianismo y entonces me propuse comenzar por la base, o sea, leyendo el Evangelio. Nunca lo había hecho. Puede sorprender, porque yo estaba ya escribiendo la tesis doctoral y había leido millares de libros, pero los Evangelios nunca, Tampoco los habían leido mis maestros en la Universidad: rechazaban el cristianismo sin conocerlo. Comencé, por tanto, una aventura en solitario. Me decidí a leer los Evangelios de cabo a rabo. Yo no esperaba mucho de aquella lectura. Sin embargo, en ella estaba preparada una especie de trampa divina: conforme avanzaba, más me maravillaban las palabras del profeta hebreo Jesús de Nazaret. Descubrí con estupor, incluso con miedo, las respuestas a las preguntas que me había planteado y que no había encontrado nunca en todos aquellos libros sofisticados, elegantes, cultos, de mis maestros del laicismo.
Pasolini, el marxista que filmó una película sobre Jesús: Una noche leyó el Evangelio "todo seguido, como una novela". Creo que Mateo es el más revolucionario de todos los evangelistas porque es el más realista". Decide rodar una película. "Mi lectura del Evangelio podía ser sólo la lectura de un marxista, pero contemporaneamente sentía dentro de mí esa fascinación de lo divino que domina todo el Evangelio. Todo el Evangelio está dominado por este sentido de algo diferente, que yo, como marxista, no puedo explicar. Y que el marxismo no puede explicar. He sentido esta admósfera de sacro, de misterio, de divinidad que rodea todo el texto de Mateo. Yo no puedo decir nada más que esto: toda mi educación, mi vida práctica, mi ideología me impiden ir más allá de esto. O, por lo menos, iré despacio..."
Papini, el escritor cautivado por Jesús: Mientras descubría con la lectura del Evangelio la curación de mis enfermedades humanas y la divinidad de Cristo -porque Él es demasiado sublime para ser humano-, aquí, en Florencia (...) vi acercarse a la Eucaristía por primera vez a mis dos niñas. (...) Pues bien: ver ausentarse a mi amigo y encenderse súbitamente en mi alma la llama de un deseo, fue todo uno. Era preciso dejar todo otro trabajo y escribir la Historia de Cristo. E inmediatamente me puse a trabajar en aquel libro, sin ningún plan, pero con pasión, con entusiasmo. Así fueron naciendo los primeros capítulos de la obra. Los demás siguieron con la misma facilidad, sin recurso de libros (...). En noviembre, cuando me preparaba para volver a Florencia, como todos los años, la obra estaba muy adelantada. Para acabarla, tuve que subir otra vez, al año siguiente, a la paz de la montaña, porque, apenas entré en el barullo de la ciudad, se agotó la vena. Y, como arriba en la montaña se acababan mis provisiones de papel, escribí las últimas páginas del libro (...) sobre las hojas arrancadas de los cuadernos de mis niñas. Mientras tanto, a medida que se acercaba el fin de mi obra, advertí como un sentimiento de adhesión excepcional a mi trabajo, como si alguien tras de mí le hubiese dado su aprobación, de tal suerte, lo recuerdo perfectamente bien, que no me atrevía a volver la cabeza atrás. Cuando la pluma escribió la última palabra, me incorporé, abracé, feliz, a mi mujer y a mis hijas, y les dije: -Ahora ya podemos irnos.
Frossard, el periodista convertido: Después de mi conversión, en la que Cristo no estaba presente más que bajo la forma misteriosa del Santísimo Sacramento, se me hizo saber que sólo se era cristiano por el bautismo y que era muy conveniente que leyera el Evangelio, del que no conocía más que lo que suelen comentar los autores anticlericales. Si la existencia de Dios Padre constituía para mí la más dulce y brillante evidencia, no sucedía lo mismo con la divinidad de Cristo, de la que yo ignoraba casi todo. No he conservado una memoria muy precisa de mi primera lectura, pero creo recordar que el potente impulso que me había librado del peso que me abrumaba en la capilla de la calle Ulm me hizo sobrevolar los pasajes del Evangelio con una alegría que se añadía a mi gozo interior.
Además, la vida de Jesús es el mejor libro de oración. Consiste en representarse la escena, con todos los detalles de que seamos capaces. No somos románticos de sucesos que ocurrieron hace 2000 años, sino que contemplando esas escenas saldrá a la luz un rasgo, una faceta del carácter de Jesús -que vive hoy-, una enseñanza para nuestra vida... Aun sin darnos cuenta, iremos conociendo al objeto de nuestros amores, y le iremos queriendo más. Tendremos la impresión de haber estado presentes en aquellos momentos, y sobre todo la realidad de conocerle personalmente.
Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza, y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película.
Yo quisiera que, cerrando los ojos de la carne, contemplarais la vida de Cristo como en una película; que fuérais actores de su vida, estando con los Apóstoles y con las santas mujeres, más cerca de Jesús que San juan. Si no, no va.(cn VIII-60, p. 16).
Aunque parezca que no ha servido para nada concreto, es la oración más útil. Para eso sirven los libros sobre la vida de Cristo, sobre todo al principio. Al principio puede costar, pero llega un momento en que es la mejor manera de rezar.
Os aconsejo el Folleto MC n. 295, de Santa Teresa de Jesús, La oración de los que comienzan.
Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre
El conferenciante a que aludía al principio, respondía así al interlocutor que hablaba del fracaso del cristianismo: Si el cristianismo fuera una ideología, o un sistema social, tendría usted razón: habría fracasado. Pero el cristianismo es el seguimiento de una persona: Cristo. Y ahí quien triunfa o quien fracasa es cada uno.
Se ha dicho que los hombres pueden dividirse en dos grupos: los que temen perder a Dios, y los que temen encontrarle. Hoy como hace 2000 años, quienes le encuentran son las personas más realizadas, más felices: en esto consiste la santidad. Así han procedido los santos: S. Agustín (Anda por el Hombre, y llegarás a Dios); Sto. Tomás (Mi libro es el crucifijo); Sta. Teresa (Jesús de Teresa); nuestro Padre (el Niño de D. Josemaría, Cristo jiboso, Cristo vivo en la Cruz)
S. Agustín: Hermoso como Verbo de Dios, hermoso en el vientre de la Virgen, hermoso en el Cielo, hermoso en la tierra, hermoso en los milagros, hermoso en los azotes, hermoso invitando a la vida, hermoso no cuidano de la muerte (...), hermoso al rendir el alma, hermoso al recobrarla, hermoso en el madero de la Cruz, hermoso en el sepulcro, hermoso en el Cielo (In Psalmis 44, n. 3).
Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo "disparatado" de contemplar su faz (Via Crucis, VI, 2). Vultum tuum, Domine, requiram!
Es la aventura más apasionante y decisiva, que os animo a vivir: encontrar a Cristo. André Frossard tuvo una conversión extraordinaria, que cuenta en su libro Dios existe, yo me lo encontré; ojalá podamos también nosotros afirmar: Cristo existe, yo me lo encontré. De ahí el lema de este jubileo del año 2000: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. No me queda más que recordar las palabras con que el Papa Juan Pablo II se dirigió al mundo nada más ser elegido: ¡Non abbiate paura! ¡Spalancate le porte a Cristo!