Conócete a tí mismo
Hoy en día, se está poniendo bastante de moda hablar con términos un tanto psicológicos, que por lo general nos suenan algo horteras. Sin embargo, no nos falta razón para usarlos porque hay un gran desconocimiento de la gente por lo qué es la gente y qué es lo que se le pide a la gente.Uno de estos términos es el de autoestima. Autoestima significa tener un concepto personal positivo de uno mismo, positivo y realista.
Si esto es así, en el fondo la autoestima depende de lo que yo pienso de mí mismo. Lo que yo pienso de mi mismo produce en mi un sentimiento de estar contento con lo que soy o de descontento. Cuando se da un sentimiento de contento -dentro de lo razonable, porque siempre hay cosas de nosotros mismos que no son buenas y lógicamente no nos gustan- hay un grado de autoestima aceptable. Si se da el descontento suele haber fundamentalmente dos causas:
1. La sobreestima: significa pasarse por alto en lo que pienso de mi. Como me creo más de lo que soy, quiero que me traten como creo que me merezco, pero como los demás no juzgan que soy digno de tanta estima, pasan de mí más de lo que yo acepto. Esto me produce intranquilidad e infelicidad. Además, yo me exijo más de lo que soy capaz y no llego, por lo que me voy frustrando. O cabe que me exija menos porque sobrestimo mis aptitudes y me fío demasiado de mi y llega el palo. P.ej.: pienso que soy listísimo y soy sólo listo. Como me creo el más listo, estudio poco y saco unas notas buenas -porque soy listo- pero no las que yo esperaba y me voy hundiendo.
2. Infraestima: significa pasarme por bajo en mi valoración personal, o sea, tengo una visión negativa de mi mismo.
En ambos casos, lo que hay de fondo es una falta de conocimiento propio. Además, rara vez se da solo la sobre o infraestima, sino que se entremezclan. Lo que ocurre es que la sobreestima termina degenerando en infraestima o insatisfacción ya que ponía mi imagen personal en unas cosas que los demás no veían en mí y me acaba frustrando.
Junto a estos dos aspectos, suelen darse unos planteamientos vitales bastante perfeccionistas. Pienso que tengo que ser un tío alucinante, con un montón de virtudes, listísimo y guapísimo. Realmente nadie nos pide ser así; sin más, es un montaje mental que he maquinado quizá porque se me ha exigido mucho de pequeño o porque sólo me han ayudado a conocer mis defectos o porque me he comparado con el mejor de la clase: Esto está visto desde un punto de vista meramente humano porque sabemos que sobre todo de lo que se trata es de que nos parezcamos a Jesucristo.
Vivir de este modo tiene bastantes inconvenientes:
1° Me comparo mucho con el resto del personal, viendo si estoy a la altura, si ese es mejor o peor que yo, etc.
2° Como valgo poco en las cosas que hago me juego mi propia imagen ante mí y ante los demás. Esto me produce mucha tensión e inseguridad. Pretendo demostrar que valgo y me estresan muchísimo las cosas. Más aún si me siento observado. La vanidad es compañera y motor de mi actuar en un altísimo grado.
3° Pongo toda mi seguridad en las cosas que van bien y como me empiecen a ir mal me hundo.
4° Al pensar que valgo poco me exijo como le exigiría al que vale poco. Me dejo llevar en muchas cosas pensando que soy incapaz o que no son para mi. P.ej: si yo sé que por mucho que estudie mate voy a suspender igual, para eso no estudio. Si pienso que valgo poco para qué me voy a exigir, así, pero, con todo (vida interior, apostolado, mortificación, estudio, etc)
5° Como no me conozco no soy capaz de gobernarme o dirigirme. Me dejo influir mucho por los demás, los estados de ánimo, etc.
6° Huyo de las cosas que me ponen nervioso y que no me siento capaz de hacer: hablar en público, estar con tales tipos de personas, etc.
7° Me empiñono con mis defectos y no hay quien me saque de ellos.
8° Es fácil que aparezcan complejos de inferioridad y lo bueno que hacen los otros me dé mucha envidia.
Estas cosas que parecen horribles y de difícil solución, en realidad, son un problema que es bastante resoluble. Aunque la solución no es instantánea, existe.
En el fondo lo que hay detrás de estas actitudes es una falta de conocimiento personal, o sea, no conozco como soy, y en concreto, cuáles son las cosas buenas que yo tengo. Como no sé cuáles son, apenas las uso o me apoyo poco en ellas. Si las conociese podría servirme de ellas para ir limando mis defectos.
Si esto es así, que lo es, lo importante es que me pregunte cómo soy, cuáles son mis virtudes, aptitudes, etc. y en la medida en que las descubra pueda irlas ejercitando. De este modo daré más de mi mismo y los demás estarán más contentos conmigo porque les daré más alegrías, más ayuda, etc.
Por otro lado, he de enfrentarme a esas situaciones que me producen ansiedad e ir superándolas poco a poco. Me tengo que dar cuenta de que no puedo dejar de hacer miles de cosas por el mero hecho de que me ponga nervioso. Al principio, lo pasaré fatal pero, poco a poco, lo iré superando.
Lo importante además es que yo me dé cuenta de que tiendo a juzgarme por lo que hago mal y no por lo que soy. Así, cuando me venga abajo por ver lo mal que he hecho tal o cual cosa, lo más importante es lograr darme cuenta de que estoy juzgándome mal. He actuado mal, pero eso no quiere decir que todo en mi sea malo.
Aun así, lo más difícil es arrancar y empezar a conocerse, pero lo hemos de intentar.
Pero el problema no es solamente esto. De fondo se esconde una actitud de soberbia. Quiero ser el mejor, soy orgulloso y no admito tener malas tendencias o malos comportamientos. Me remuerde las entrañas no ser ese tío inmaculado que quiero ser.
Como no acepto mi condición humana es muy difícil que llegue a conocerme porque de fondo lo que desconozco no es sólo a mí mismo, sino que también desconozco qué es el hombre. Parece que me olvido que soy un ser limitado, herido por el pecado original, con miserias, o sea, soy un pecador... De fondo lo que me fastidia es que quiero a una persona distinta de la que yo soy, o sea, quiero a un tío distinto del que Dios quiere.