Un relato de mi vida en el Opus DeiLázaro Linares
Capítulo: Requena
En plena calleLa amistad nacía en aquel barrio de la forma más sencilla: alrededor de una mesa, en un bar cualquiera. Eran conversaciones rebosantes de vida y de ilusiones, y alegraba ver cómo la vida de ese amigo tuyo empezaba a ser distinta, porque descubría un sentido nuevo a su lucha y a su trabajo, y se acercaba a Dios y a los Sacramentos.
El escenario era, habitualmente, el ruido de los bares, el fragor de las calles llenas de gente, el traqueteo del Metro o el tranvía. El trato con unos y otros era algo verdaderamente variado, cada día con nuevos descubrimientos, al estilo de cada uno. «No se pueden ofrecer fórmulas prefabricadas —decía el Padre—, ni métodos o reglamentos rígidos, para acercar las almas a Cristo. El encuentro de Dios con cada hombre es inefable e irrepetible, y nosotros debemos colaborar con el Señor para hallar —en cada caso— la palabra y el modo oportunos, siendo dóciles y no intentando poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo» .
Y aquella labor fue creciendo, hasta que se hizo necesario buscar un lugar para desarrollar de modo más estable esas actividades con aquellos chicos y sus familias. Volvimos a recorrer las calles, de un lado a otro, por todo Vallecas. Después de muchas tentativas, encontramos un piso..., pero poco duró el entusiasmo, porque no llegamos a un acuerdo con el propietario.
Había que seguir buscando. Ir y venir. Preguntar y pedir información. Unas veces era el lugar, otras el precio, otras las instalaciones. ¿Sería posible que fuera tan difícil encontrar un piso en Vallecas?
Bien entrado 1957, encontramos una casa en construcción en el número 19 de la calle Eduardo Requena. Finalmente, el día 1 de abril de 1957 se alquiló el piso primero izquierda de ese edificio, y ahí se instalaría el primer Centro del Opus Dei que hubo en Vallecas. Aún hoy sigue llamándose, como empezamos a hacerlo desde entonces, Requena.
Esperábamos con impaciencia que terminase la construcción de ese modesto edificio. Cuando por fin llegó el momento... comprobamos que nos esperaban nuevos trabajos. La casa estaba muy sucia. Aquel día fue muy intenso. Con la ayuda de bastantes amigos, y encabezados por Paco Uceda, nos quitamos las chaquetas, nos pusimos pantalones viejos y empezamos a limpiar a fondo. Muchos cubos de agua, lejía, polvos quitamanchas, y al cabo de unas horas el aspecto de las habitaciones era otro.
El día de la inauguración
El domingo siguiente fue la inauguración. Aún no había luz eléctrica y sólo se contaba con tres sillas y dos sillones en la pequeña sala de estar. Paco Uceda consiguió que le prestaran tres bancos de la Casa de Socorro del Puente de Vallecas, a la que se había trasladado como practicante. Al final hubo asiento para todos. En la tertulia celebramos el acontecimiento con canciones. Después el sacerdote dirigió un rato de meditación, de la que guardo un recuerdo muy entrañable.
Mientras, cada uno intentaba conseguir muebles; y como no había dinero, se aceptaba lo que dieran: un cuadro, un jarrón, un par de sillas, una lámpara, una mesa, unas estanterías, un armario, etc. En alguna reunión, un poco más numerosa, se veían sillas de cocina de distintos colores, con asiento de enea, otras barnizadas, de contrachapado, taburetes...
Los chicos que venían por Requena sentían esa casa como algo suyo. Se les hablaba de cuidar los detalles pequeños y de ayudar a la instalación de la casa. Uno de aquellos primeros días, al pasar por la calle, me encontré a la madre de uno de ellos. Me detuve para saludarla. Me dijo, divertida:
—Ayer, mi hijo al llegar a casa, vino a buscarme a la cocina y me dijo: tenemos que amueblar nuestra casa, mamá. ¿No te parece que este jarrón, aquel cuadro... —iba moviendo el brazo, como señalando varios objetos— nos vendrían muy bien?
También me acuerdo de otro, que trabajaba como administrativo de una notaría, y que quiso contribuir a la instalación. Eso significaba que se quedaría varios domingos sin fútbol y sin cine.
Con la alegría del hallazgo de aquel piso, Alfredo Castro, que era el director del Centro, propuso realizar un acto fundacional de aquello que se estaba tratando de crear.
Se reunieron los integrantes de los dos clubes de fútbol, el Biencinto y el Super, el 22 de abril de 1957, en un lugar que habían cedido a Paco Uceda para la ocasión. Alfredo Castro improvisó unas palabras muy sentidas: Hoy nace el Club Deportivo y Cultural Tajamar, para la formación deportiva y humana en general de los jóvenes..., palabras que anotamos a continuación, con cierto sentido histórico y —sobre todo— con buen humor.
El nombre de Tajamar se le ocurrió a Pedro Zarandona, un marino de Castro-Urdiales de treinta y cuatro años. El tajamar es la pieza de la proa de los barcos que corta el agua; en el escudo de Tajamar aparece de modo figurativo con un ave marina, una gaviota, un símbolo muy apropiado para la tarea que acabábamos de emprender.
En esa misma reunión, Alfredo Castro presentó a la persona que dirigiría el deporte de Tajamar durante los primeros años, Mariano Sánchez Villacañas, que dio su primera clase teórica de gimnasia.
Marianón, como se le llamaba en el ambiente deportivo por su gran humanidad, tanto en lo físico como en el trato, era un hombre corpulento de unos cuarenta años, con gran personalidad. Era buen conocedor de varios deportes, que en muchos casos había practicado: entre otros, baloncesto en el Club Canoe madrileño, atletismo, esquí y gimnasia (era vicepresidente de la Federación de esta especialidad).
Fue el primer profesional de este campo que hubo en Tajamar. Se entregó a su trabajo con empeño y con ilusión de niño grande, en cuanto comprendió lo que se pretendía hacer en el barrio. Entendió muy bien el trabajo de formación humana y cristiana que deseábamos realizar. Siempre aparecía con una propuesta nueva y con la solución. Tenía un hijo de doce años, que quiso que fuera socio del club. Preparó monitores para dirigir los diversos sectores deportivos que se iban creando. Participaba en las excursiones que se hacían en autobús. Era un gran animador: contando chistes o cantando zarzuelas —¡qué tiempos!— con los muchachos por las carreteras de la sierra. Si alguien le decía que trabajaba mucho, contestaba:
—Me dijeron que hay que arrimar bien el hombro y aquí estoy.
Su dedicación diaria y entusiasta consiguió dar un gran impulso al deporte en toda la barriada. Con él me formé yo cuando, poco después, recalé definitivamente en Requena y decidí, más tarde, que el deporte fuera mi profesión.
Deporte en salones de bodas
El piso de la calle Eduardo Requena fue la primera sede del Club Deportivo Tajamar. Alfredo Castro era quien estaba más en contacto con los socios y al que se debe el impulso de Tajamar en sus primeros años. El Secretario general fue Antonio Mamblona. Paco Uceda y Miguel Riera eran los vicesecretarios. Inmediatamente, el equipo comenzó a impulsar los primeros planes:
—¿Por qué no dais unas clases de gimnasia sin aparatos?
—¿Y dónde nos metemos? Para el fútbol podemos ir al campo del California..., pero sólo en días contados.
—En el bar Los Amigos de la calle Puerto Monasterio tienen un local para bodas y bautizos que puede servir —dijo Antonio Mamblona.
El salón tenía unas columnas que reducían el espacio, pero sirvió de momento para que Marianón diera las clases los lunes, miércoles y viernes, a doce chicos, que enseguida se convirtieron en veinte.
A las pocas semanas se encontró un local mucho más amplio. Se trataba de un nuevo bar, Los Faroles, cuyo nombre lo debía a dos modestos farolillos que lucían a ambos lados de la entrada. Se abría en una semiesquina de la Avenida de la Albufera, entre Nueva Numancia y Portazgo. Era bastante mejor.
—Y tiene hasta ducha —dijo un optimista.
Lo que tenía era una manguera para la limpieza del local, con la que los más audaces se daban una rápida ducha fría al terminar los entrenamientos.
Por aquel entonces hubo otras dos mejoras más. Primero conseguimos alquilar el piso segundo derecha del mismo edificio de la calle Eduardo Requena, y luego comenzamos a utilizar el campo de San Diego, cercano a la parroquia del mismo nombre. En aquellos campos se inició el atletismo —saltos y carreras— y se pudo normalizar todo lo del fútbol. Estaba bastante cerca, al final de nuestra misma calle, aunque quedaba un poco lejos para los que tenían que llevar desde Los Faroles los cestones de vestuario y material.
Un día apareció Alfredo Castro, lleno de optimismo.
—Vamos a iluminar el campo. Será el segundo campo iluminado de España, después del Bernabéu. Celebraremos la inauguración con un partido de fútbol.
La verdad es que nos hacía bastante falta una buena iluminación, porque los entrenamientos eran muy tarde, después de las clases y de la salida del trabajo. La propuesta fue acogida con entusiasmo. Se plantaron seis postes de madera, dispuestos uno en cada esquina y dos a ambos lados de la línea central, con unos bombillones y una pantalla elemental que difundía la luz hacia abajo.
Llegó la noche del partido y se consiguió jugar al fútbol... cuando el balón pasaba cerca de los postes. Gracias a aquel golpe de imaginación se pudo jugar al fútbol todas las noches en San Diego, sobre todo cuando había luna llena. Cuando no era así, el balón desaparecía de la vista al salir de los haces de luz de los focos. Pero ése no era el problema. Lo que importaba era sacar con cuidado los corners con un poste en la misma esquina y procurar no romper los focos de un balonazo, porque entonces esa zona se quedaba en la tiniebla más absoluta.
El hallazgo del gimnasio
Eso era lo único que había: un bar y un campo prestados. Así que hubo que empezar a buscar por todas partes un local que pudiera servir de gimnasio. También esta vez fueron muchas las horas que se emplearon en su búsqueda... sin éxito. Estábamos seguros —porque además de buscarlo, rezábamos para ello— que lo encontraríamos y que estaría bien cerca. Y así fue. Tan cerca, tan cerca, que estaba exactamente debajo de nosotros: en nuestra misma casa.
El hallazgo del gimnasio fue extraordinario. El propietario del edificio, un italiano llamado Mascagni, había construido un garaje para los propietarios de aquellos pisos. Era una previsión poco frecuente en esos años y, como era de esperar, lo tenía vacío o a lo sumo con un par de coches. El local tenía las dimensiones suficientes para lo que queríamos. El suelo era de cemento y las paredes de ladrillo enyesado. Nos encantó. Hasta las aberturas en la techumbre de teja plana sobre bastidores de hierro nos parecieron ideales para la ventilación (y para el frío, como se comprobó poco después).
Llegamos rápidamente a un acuerdo con el propietario y lo alquilamos el 1 de noviembre de 1957. Habían pasado sólo siete meses desde que empezamos con el primero izquierda. Comenzamos con gran ilusión a adecentarlo y hacer los primeros arreglos para convertir aquel garaje en un gimnasio. Colocamos unas espalderas en la pared del fondo y unas canastas de baloncesto en los extremos. El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, lo inauguramos con un partido de fútbol, una merienda y mucha alegría.
Estaba a punto de terminar 1957. Teníamos dos pisos y el gimnasio. Había ya cerca de doscientos socios y Tajamar empezaba a salir en los periódicos. Ése fue el momento en que dejamos definitivamente el Centro de la calle Bravo Murillo y nos trasladamos a Requena.
Yo iba a Requena todos los días después de mi trabajo en el taller de Villaamil, tomando el Metro en Estrecho hasta la estación de Puente de Vallecas, que seguía por aquel entonces siendo la última de la línea.
Intentaré reconstruir el ambiente de aquellos traslados. Estoy en 1958 y los días son muy parecidos. Cuando subo las escaleras deben ser las seis, o seis y cuarto, más o menos. No necesito mirar el reloj. En la calle encuentro las mismas personas de todos los días. Obreros, mecánicos, electricistas, empleados: un río de gente que vuelve a casa después de un día intenso de trabajo. Vienen cansados. Reconozco esos monos, esas caras y esas manos callosas. Avanzo con dificultad entre gente y gente que nunca acaba. Sigo por la calle Martínez de la Riva y doblo en la tercera bocacalle a la derecha. Llego a Requena. Al regreso, a las diez de la noche, hay menos gente en el Metro. Este largo recorrido de ida y vuelta me sirve para ir estudiando las asignaturas de bachillerato. Llego a casa cerca de las once de la noche, con lo que, la verdad, duermo poco.
Llevo unos meses intentando reorientar mi futuro laboral. ¿Qué hago? ¿Sigo con el taller de teatro? ¿No sería mejor que me buscase otro trabajo que me diese libertad para hacer más cosas?
Me decido, con dos amigos, Juan Marco y Julio Avellano, a crear una empresa para pintar casas y pisos. Con el comienzo de nuestros apellidos (Avellano-Linares-Marco) le ponemos el nombre de Avelimar. Así es como del pincel me paso a la brocha gorda y de trabajador a empresario-trabajador.
Julio Avellano era un hombre de Vallecas, una persona de ideas marxistas. No tenía fe. Era sincero y abierto y yo procuraba acercarle a Dios. Acabó participando en muchas actividades de Tajamar. Al tratarle, se me hacía muy presente aquella insistencia del Padre, cuando nos hablaba de que debíamos tener un «corazón grande, para querer a todas las criaturas de la tierra con sus defectos, con sus maneras de ser», y para no olvidar que, «a veces, hay que ayudar a las almas, para que caminen poco a poco; hemos de animarles con paciencia a avanzar lentamente, de modo que apenas se puedan dar cuenta del movimiento, aunque caminen» .
Pero sigamos en el año 1958, que fue muy importante para Tajamar. El deporte fue creciendo espectacularmente: el fútbol se federó y nacieron las secciones de atletismo, natación, baloncesto, ciclismo, gimnasia deportiva, montaña, halterofilia, hockey, esquí... y hasta una escuela de tauromaquia, que también funcionaba en el gimnasio. Marianón tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para sacar de la propia cantera a los preparadores de los diferentes clubes.
Los chicos de Vallecas se sentían atraídos por aquel club que les proporcionaba tantas posibilidades de hacer deporte, incluso como una salida profesional. Se les ayudaba en una tarea difícil, porque un atleta no se improvisa.
Y con la expansión aumentaba también el prestigio de Tajamar, basado no sólo en la profesionalidad con que se avanzaba en lo deportivo, sino también en unas pautas de comportamiento que poco a poco iban dando cuerpo a un estilo inconfundible.
Los carnets de socio distribuidos en enero de 1958 marcaban ya algunas características de ese estilo, como ser buen compañero, noble y leal, ser generoso con los demás, trabajar bien en el oficio o en el empleo, superarse ante la dificultad, ser constante para ser algo en la vida, esforzarse por ser alegre y optimista, etc.
Una gente extraordinaria
El ambiente del barrio, como he dicho, era muy anticlerical. Por la calle, solían insultar a los sacerdotes:
—¡Mira! ¡Ahí viene una cucaracha!
Por eso, al principio, el sacerdote nos atendía en una salita de la casa de socorro donde trabajaba Paco Uceda, porque en Requena era mejor que no entrara: habría resultado muy extraño para los chicos.
Aquel sacerdote que aún no nos atrevíamos a llevar a Requena era don Rodrigo Fernández Salas, que tenía por entonces 31 años y se había ordenado hacía sólo tres, el 7 de agosto de 1955. Me acuerdo bien porque yo asistí a la ceremonia de su ordenación en la iglesia de la Concepción, en Madrid.
Don Rodrigo había estudiado Derecho y era de un pueblo cercano a Carrión de los Condes, en la provincia de Palencia. Tenía —y tiene— la cualidad de entenderse bien con la gente, y eso en Tajamar le sirvió para congeniar enseguida tanto con los chicos como con sus padres. Jugaba bien al fútbol, cuestión que le daba un gran prestigio entre los muchachos.
Pronto se superaron los recelos hacia la figura del sacerdote, y don Rodrigo empezó a charlar con muchos chicos y confesar a los que querían en Requena. Luego ha seguido siempre, en las diversas sedes que tuvo Tajamar, y ahí continúa ahora, más de cuarenta años después, igual que yo.
Para el trabajo que estábamos haciendo, tuvimos que adaptar el gimnasio a nuestras necesidades, con nuestro propio esfuerzo, ladrillo a ladrillo. En las entradas y salidas del garaje construimos unos departamentos donde se guardaba ropa, unos vestuarios y unas duchas. Al fondo, un salón de pesas. En el otro piso instalamos despachos de los diversos clubes, y finalmente una habitación para el capellán, don Rodrigo, que pronto empezó a ser de las más concurridas.
Se programaban actividades, competiciones y entrenamientos. Había formación deportiva técnica, que daban los entrenadores en Requena, a pie de pista o durante los entrenamientos; preparación física sistemática con ejercicios comunes; charlas de formación humana y cultural; y, periódicamente, clases o cursos de asistencia voluntaria sobre doctrina cristiana.
Todo se desarrollaba en un ambiente de alegría. Recuerdo, por ejemplo, lo que en una ocasión me decía Luis, un administrativo que venía de vez en cuando por Requena:
—Es la primera vez que encuentro cariño. A veces he pensado que nunca nadie decía la verdad, ni se preocupaba sinceramente por los demás. Ahora sé que no es así, que hay mucha gente que vive lo que enseña. Gracias, no sé decir más. Aquí me tenéis para lo que sea.
También conocimos a otro chaval joven, que trabajaba desde las seis de la mañana en una fábrica, con un calor asfixiante y un ambiente moral bastante malo. Hablaba conmovido:
—Si hubiera conocido el Opus Dei hace dos años, no habría llegado a estar como ahora estoy, tan abandonado. Pero quiero seguir p'alante si me ayudáis. Yo tengo fe.
Y venían muchos otros que trabajaban desde muy jóvenes como obreros o empleados. Buscaban amistad, conversación, cariño, alguien que les escuchara. Me impresionaba su sinceridad:
—¿Ves este reloj? Lo robé ayer. ¿Y esta pluma? también la robé. No es que lo necesite, la verdad, pero es la costumbre...
Eran personas con ganas de aprender, muy receptivos. Vallecas me pareció desde el primer momento una tierra buena, generosa, dispuesta para dar fruto. Hasta los que decían que no nos comprendían o se declaraban enemigos de la fe, acababan reaccionando bien.
Recuerdo a un chico que gracias a la amistad, fue cambiando. Al principio no quería saber nada sobre Dios. Luego, empezó a hacer un rato de oración cada día y a hablar de Dios a sus amistades. Vino a un curso de retiro, pero dijo que no quería ir él solo, así que se llevó a siete amigos. Uno de ellos decía que se iba a aburrir. Comentaba luego:
—De aburrirme nada. Me ha abierto un mundo nuevo. Es curioso, pero... ¿cómo es posible que antes no viera las cosas así?
En torno a este grupo de primeros socios, los padres empezaron a manifestar cada vez más interés. Aquello cuajaba porque los chicos mejoraban y porque las familias captaban el sentido esperanzador de aquel trabajo. Les importaba mucho la formación que iban adquiriendo sus hijos, y se ofrecían para colaborar. Uno de ellos dijo un día:
—Bien. Estáis haciendo las cosas como debe ser. Vamos a reunirnos para daros una ayuda.
Sabían los problemas económicos que había. Los ingresos procedían de la pequeña cuota de los socios, de las ayudas de personas del barrio y, cuando empezaron los éxitos deportivos, de algunas subvenciones de la Federación Nacional. Así los padres empezaron a prestar su colaboración económica, como nosotros, para esa actividad.
Pronto comenzaron las clases de doctrina cristiana y los retiros espirituales para padres. Les explicábamos lo que buscaba Tajamar para sus hijos y para todo el barrio; y nuestro sueño de crear más adelante otras actividades que completaran la formación de sus hijos con clases de aritmética, geometría, mecánica, electricidad, dibujo... quizás incluso, ¿quién sabe?, un centro de enseñanza.
Una tarde, charlando con el padre de uno de aquellos muchachos, salió en la conversación que a Requena también acudían algunos chicos que habíamos ido conociendo y que vivían en la zona centro de Madrid. Hizo el siguiente comentario:
—Qué bien, porque esos chicos de familias ricas sí que lo necesitan...
La Olimpiada de Tajamar
La movida deportiva que se organizó en Vallecas fue bastante notable. Cientos de muchachos se apuntaron a las modalidades deportivas que teníamos en Requena. Con pocos medios, pero con mucho entusiasmo, se formó un buen ambiente deportivo, hasta el punto de que un día nos decidimos a hacer nuestra presentación oficial.
Se trataba de organizar lo que llamábamos entre nosotros, con bastante exageración, Olimpiada de Tajamar, aunque en realidad era una simple Concentración Deportiva. Se celebró el domingo 8 de junio de 1958, el mismo mes en que se estaba jugando el campeonato del Mundo de Suecia, que inmortalizó al jovencísimo Pelé, y en el que el Madrid repetía liga y copa europea. Para celebrar aquella Olimpiada se eligió el campo del Rayo Vallecano, el equipo emblemático, como se diría hoy, de Vallecas, con una gran hinchada y numerosas peñas de forofos, que llenaban un estadio de casi 25.000 espectadores.
Era nuestra puesta en escena y se preparó con todo detalle. Por una parte, hubo un mes de entrenamiento intenso en cada uno de los equipos de las distintas competiciones. Por otra, la labor de dar a conocer la Olimpiada. Alfredo Castro se recorrió Vallecas, varias semanas antes, visitando tiendas de comestibles, panaderías, zapaterías, estancos, bares, ferreterías, papelerías, etc., hablándoles de Tajamar e invitando a colaborar como socios protectores. De la generosidad de toda esa gente salieron aportaciones económicas, rebajas en el material deportivo y las veintidós copas que se otorgaron a los vencedores. Siempre se dejaba, además, en sitio bien visible el cartel anunciador del acontecimiento: Día 8 de Junio, Domingo: I Concentración Gimnástico-Deportiva Tajamar, en el Estadio de Vallecas, a las 6 de la tarde.
Los últimos días de preparación, los chicos del Club Deportivo paseaban luciendo un chándal rojo con la leyenda Tajamar en letras grandes, que llamaba bastante la atención. Cada socio distribuyó entre sus parientes y amigos veinte, treinta... o cien entradas. En total se repartieron veinte mil.
A las seis menos cuarto, el estadio estaba abarrotado. Me contaron después cómo se veía la avenida de La Albufera, atestada de gente camino arriba. Impresionante.
Dentro, frente a las tribunas, una banda de música interpretó una marcha. Banderas de colores, muy al estilo de la época, ondeaban sobre la última hilera de espectadores. En la presidencia estaban el Director General de Información y otras autoridades representativas, con el Presidente y el Secretario del Club.
Yo era uno de los atletas participantes. Me sitúo en aquellos momentos y no puedo menos de pensar: desde que llegamos a Vallecas, desde que empezamos con la colaboración de Marianón en el bar Los Amigos, con cinco duros en el bolsillo y sin lugar fijo donde reunirnos, ha pasado... ¡solamente un año!
Se oye la voz del locutor:
—¡Atención! Dentro de unos instantes comenzará la Primera Concentración Gimnástico-Deportiva de Tajamar. Queremos, desde aquí, dar la bienvenida a todos los participantes. Esta concentración, primera de Tajamar, es el final de los campeonatos celebrados durante el pasado mes. Queremos dar la bienvenida también a todos los aquí presentes que, con su calor y su entusiasmo, han contribuido a que haya sido posible este acontecimiento.
Y así fue. Entre la multitud están los padres de aquel puñado de chicos que en el bar Los Faroles participaron en el I Trofeo Tajamar, con la misma entereza que entonces, pero con mucho más entusiasmo, porque han visto la alegría de sus hijos, la formación y el empuje que van recibiendo. El padre de uno de ellos, que al principio no entendía bien nuestra preocupación por dar una formación humana además de la deportiva, pero que ahora anima a su hijo para que vaya a Tajamar, le dice a Alfredo:
—Lo de la gimnasia no nos importa demasiado, lo que queremos es que el chico funcione —apostilla el buen hombre arrastrando las sílabas, con ese acento castizo tan propio de Vallecas.
Que funcione, significaba para este hombre que su hijo adquiriera virtudes humanas y cristianas.
Y están también los que ya acuden a esos breves retiros espirituales que se celebran cada mes para los padres, a última hora de la tarde. Y los asiduos a charlas de formación cristiana que se dan en casa de cualquiera de ellos. Y están muchos de los comerciantes e industriales de Vallecas que han ayudado con medios económicos a Tajamar.
Los altavoces vuelven a hablar:
—Dentro de unos momentos, una selección de los diferentes clubes de Tajamar hará su aparición en el campo.
Con los acordes de una marcha, desfilan los equipos de natación, de baloncesto, de hockey, de ciclismo, de montaña... los atletas de todas las modalidades.
El altavoz vuelve a sonar anunciando la exhibición gimnástica con aparatos. En el centro del campo se han colocado dos potros tan altos como los chavales que se disponen a saltar. Uno tras otro corren y se lanzan con decisión por encima del aparato, para caer dando una voltereta.
Algunos son saltos de verdadero mérito. El profesor de gimnasia me decía que estos ejercicios ayudan a considerar los obstáculos que se encuentran en la vida como cosas que hay que vencer, y fomentan el afán de superación.
Ahora le toca a un renacuajo que hace unos meses no sabía lo que era un caballo y temblaba cuando le dijeron que tenía que tirarse de cabeza. Toma carrerilla, se lanza como el primero y sale muy engallado después de darse un espaldarazo considerable en la colchoneta. Recibe una ovación.
Ahora me toca a mí. El altavoz lo está anunciando.
—Sale al campo una selección de los atletas de Tajamar. Van a presenciar las finales de atletismo entre rojos y amarillos, en lanzamiento de disco, jabalina, saltos de altura, carreras de 100 metros, de 400, de 800 y de relevos.
Le sigue el número fuerte, el que los padres de los chavales esperaban con más agrado: la tabla de gimnasia rítmica, con música sincronizada, vistosidad y colorido.
De pronto, aparecen los más pequeños. Corren por el campo, se van agrupando hacia el centro del estadio, se tiran al suelo y aparece dibujado sobre el terreno, con sus camisetas rojas, un juego de cordones humanos que describen dos palabras: Tajamar, sí. El acento de la í es el último en colocarse; es un chaval muy pequeño que se acurruca graciosamente sobre sí mismo.
Pero aún no ha terminado la fiesta. Ahora vienen los saltos del león, y de la paloma, de los mayores. A cada uno de ellos sigue una salva de aplausos. Cada vez son más difíciles. Manolo Plaza me contó el murmullo que se levantó entre los espectadores cuando vieron aparecer a Constantino Luján. Este hombre era muy conocido en todo el barrio por sus andanzas, de todo tipo. Manolo oyó decir a alguien de entre el público:
—¡Cuánto ha cambiado este muchacho! ¡Constantino en Tajamar, quién lo iba a decir!
Acordándome del estadio lleno, pensé:
—Como Constantino, al menos treinta mil personas están empezando a cambiar y a encontrar a Dios por medio del deporte en Vallecas.