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Un relato de mi vida en el Opus Dei
Lázaro Linares

Capítulo: El puente de Vallecas

Unos recuerdos del Fundador y de Álvaro del Portillo
Antes de relatar la labor apostólica del Opus Dei en Vallecas, quiero evocar dos testimonios históricos que ponen de manifiesto lo que fue la realidad de ese barrio durante los años veinte y treinta del siglo XX.
El primero es del día 1 de octubre de 1967. Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, se dirige a varios miles de personas, en su mayoría vecinos de Vallecas, alumnos del Instituto Tajamar, padres y madres con sus niños pequeños en brazos, que abarrotan el salón de actos del Instituto.
—Cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los ancianos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto, y alguna que otra pedrada... Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde contribuímos con cariño, mirando a los ojos de frente, porque todos somos iguales.
Estamos en una amplia estancia, en un edificio de ladrillo visto, que levanta su torre sobre las aulas y campos de deporte del Instituto Tajamar y sobre las casas bajas y chabolas de El Cerro del Tío Pío, en Vallecas.
Se me quedan grabadas con fuerza estas palabras del Padre: «Hoy para mí esto es un sueño...». Un sueño, en verdad, es ver Tajamar terminado, con centenares de alumnos que estudian bachillerato o que reciben una formación profesional, y ven abierto el camino hacia un trabajo digno o hacia la universidad.
Pensaba en la emoción del Padre al evocar aquellos recuerdos de cuarenta años atrás, antes de la guerra civil, cuando aquella zona era tan conflictiva y rezumaba anticlericalismo.
Yo le había oído hablar en otras ocasiones de aquellos años treinta, en los comienzos del Opus Dei, unos años duros «en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta», en los que el Padre dedicaba «horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios (...). Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más.»
Quizás éstos o tantos otros recuerdos se agolpaban en la cabeza del Padre, mientras nos miraba desde el estrado del salón de actos de Tajamar. Detrás de él estaba sentado Álvaro del Portillo, su colaborador más cercano al frente del Opus Dei. Es probable que a él también le viniera a la memoria lo que le sucedió por aquellos barrizales allá por el año 1934, cuando le abrieron la cabeza con una llave inglesa un día en que, antes de ser de la Obra, daba catequesis con un compañero suyo, también estudiante de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid. Éste es el segundo testimonio histórico que ahora quería transcribir.
Este amigo suyo se llama Manolo Pérez Sánchez, y aquella historia se la he oído contar bastantes veces al propio Manolo, y la ha puesto por escrito. Manolo es agregado, como yo. Ya ha pasado de los noventa. Basta con decir que conoció a Álvaro del Portillo en el curso 1933-1934:
«Él estaba en primer curso de ingeniería de caminos, y yo en quinto. Álvaro era un chico alto y elegante, de mirada comprensiva y serena, sencillo y muy trabajador. Pronto nos hicimos amigos. Sobre todo desde que se interesó por asistir conmigo a hacer visitas a los pobres con las Conferencias de San Vicente de Paúl, a las que yo pertenecía desde 1930. Le dije que yo solía ir a la Parroquia de San Ramón, que está en la calle Melquíades Biencinto 10, en el Puente de Vallecas, y empezó a venir conmigo.
»La verdad es que el Puente de Vallecas estaba por aquellos años muy abandonado, moral y materialmente. El párroco de San Ramón era muy celoso y trabajaba todo lo que podía por mejorar el barrio. Fue él quien comenzó la construcción de un edificio llamado La Acacia, que entonces sólo tenía la parte baja de los sótanos. Allí nos dirigíamos los domingos para impartir catequesis a los chicos de la parroquia.
»Marchábamos los dos, cuesta de Atocha abajo, hasta el Arroyo del Abroñigal, a visitar pobres y dar catequesis. Había mucha delincuencia. El país atravesaba un momento de gran crispación política y social, y se había extendido un fuerte sentimiento anticristiano. Muchas de aquellas familias se convirtieron en presa fácil de una propaganda anticatólica de orientación marxista, que les hacía ver la catequesis como si fuera un modo más de indoctrinación política: en concreto, de indoctrinación fascista.
»Lo de la llave inglesa fue el 4 de febrero de 1934. Estábamos dando catequesis en el sótano de aquel edificio varios de nosotros: Álvaro del Portillo, Rafael Moreno, Manolo Sainz de los Terreros y los hermanos José María y Alfonso Chico de Guzmán. De pronto bajaron a avisarnos de que tuviéramos cuidado. Un grupo numeroso de jóvenes con aire pendenciero se había apostado a la salida diciendo que estaban dispuestos a terminar con aquel nido de fascistas. Era alrededor de la una de la tarde.
»Me ofrecí a salir el primero, para ver qué pasaba. Subí la escalera y vi a un grupo de unas doscientas personas esperándonos a la puerta. Me decidí a salir a la calle. Instintivamente, como hacía bastante frío, metí la mano en el bolsillo de la gabardina. Aquel gesto me salvó, pues debieron pensar que llevaba una pistola y me dejaron pasar. Me fui andando, cautelosamente, con mucho recelo, hasta llegar a una boca del Metro, sin que me hicieran nada. Allí comencé a esperar al resto, pero no llegaban. Me temí lo peor.
»Al cabo de un rato, se acercó corriendo uno de los hermanos Chico de Guzmán. Me dijo que los demás, en vez de dirigirse hacia el Metro, habían salido corriendo en dirección a Madrid. Los habían alcanzado en la Avenida Ciudad de Barcelona y les habían dado una soberana paliza. A Manolo Sainz de los Terreros, además de golpearle, le habían robado el reloj, y a Álvaro le habían dado un fuerte golpe en la cabeza con una llave inglesa.
»Estoy seguro de que fue precisamente el 4 de febrero porque esa tarde fuimos a visitarles —unos estaban en la Casa de Socorro y otros en su casa guardando cama—, y al pasar por el paseo de Recoletos vimos pasar unos coros vascos que celebraban con gran algazara la víspera de la fiesta de Santa Águeda, que es el 5 de febrero.
»Luego, por lo que me contaron, Álvaro llegó a su casa, donde intentó disimular la herida, para no alarmar a sus padres, pero se dieron cuenta enseguida de que algo le había sucedido porque tenía sangre en el cuello de la camisa. Lo llevaron inmediatamente a la Casa de Socorro, pero se le infectó la herida, lo que hizo que tuviera que sufrir, durante más de un mes, unas curas bastante dolorosas. Aún conservo con nitidez en la memoria su imagen, asistiendo a clase en la Escuela de Ingenieros de Caminos durante varias semanas con la cabeza vendada».
Esta narración de Manolo acababa con el relato de la vocación de Álvaro del Portillo al Opus Dei, que —según contaba— está ligado de alguna forma a la historia de Tajamar:
«A pesar de aquel incidente, seguimos con nuestras visitas a los pobres y con las catequesis. Un día, ya en el año 1935, por fin me decidí a hablarle del Opus Dei a Álvaro. Lo recuerdo perfectamente. Íbamos atravesando los campos de trigo y cebada que hay junto al Arroyo de El Abroñigal, en lo que es ahora el barrio de La Estrella y una vía de circunvalación de la ciudad, la M-30.
»Fue en aquel descampado donde le hablé del Padre. Le invité a conocerlo. —Ah, pues voy —me dijo. A los pocos días quedamos en la calle Pintor Rosales esquina Marqués de Urquijo, al lado de Ferraz, donde estaba la Residencia, y se lo presenté.
»El Padre tenía ya cierto conocimiento de Álvaro, no sólo por lo que yo le había contado de sus buenas cualidades, sino por una tía suya, que le había hablado muy bien de su sobrino, y por eso rezaba por él desde 1930. Tuvieron una breve conversación, y Álvaro sintió que aquel sacerdote le tomaba en serio, y traslucía gran afecto. Le manifestó su deseo de hablar más despacio, largo y tendido.
»Por diversas circunstancias, esa siguiente conversación no llegó hasta el final de curso. Se vieron de nuevo un sábado a comienzos de julio. Charlaron, y después el Padre le invitó a asistir al retiro mensual que predicaba al día siguiente. Durante ese retiro en la Residencia de Ferraz, Álvaro vio con claridad una llamada divina que no esperaba, y decidió comprometer su vida en el Opus Dei. Era el 7 de julio de 1935. Así lo contaba él mismo:
—Sí; fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y pedí la admisión. Statim —como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles—, inmediatamente, relictis omnibus, lo dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil».
He rememorado estos relatos porque muestran cómo el barrio de Vallecas está ligado a las primeras páginas de la historia del Opus Dei. El Padre había estado muchas veces en Vallecas antes de ese otoño de 1967. Supongo que al ver aquello, sentiría una satisfacción muy grande, y comprendo bien sus emocionadas palabras en aquella primera visita a Tajamar: «Hoy para mí esto es un sueño...».

Historia de un sueño
La historia de Tajamar comenzó en otoño de 1956. Estábamos en la sala de estar del Centro de la calle Bravo Murillo, en un rato de tertulia. En cuanto llegaron todos, el director nos explicó que el Padre había pedido a los directores del Opus Dei en España que alentasen una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid, y nos planteó si nosotros podríamos ponerlo en marcha.
Expuso algunas ideas generales más sobre aquel proyecto. Era algo con lo que el Fundador del Opus Dei había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en Madrid. Pero eran sólo unas ideas básicas: prácticamente todo quedaba a la iniciativa y el ingenio de quienes, bajo su responsabilidad, fueran a sacarlo adelante.
A los pocos días, el 24 de octubre de 1956, entonces festividad de San Rafael, tuvo lugar la primera reunión para hablar de este proyecto. Fue en un bar de la avenida de Monte Igueldo, en pleno Puente de Vallecas, y estaban Paco Navarro, Paco Uceda, Bernardino Cuesta, Guillermo García Somozas, Antonio Mamblona y alguno más. Eran los que iban a comenzar la labor apostólica en esa barriada madrileña. Yo, de momento, seguí yendo por Bravo Murillo; tenía pendiente, además, el Servicio Militar.
Lo primero fue buscar un emplazamiento apropiado. Paco Uceda, a lomos de su vieja Vespa, con Antonio Mamblona como acompañante en el sidecar, se recorrieron a fondo toda la zona. Hubo otros que hicieron también una importante labor de búsqueda. Al final, a todos les pareció que el lugar ideal para comenzar era el Puente de Vallecas, el barrio obrero más poblado de Madrid, en continuo crecimiento por las inmigraciones del mundo rural, especialmente de extremeños y andaluces, que le hacía contar entonces con 150.000 habitantes, cuando Madrid rozaba ya el segundo millón...
En aquellos años, de la guerra y la posguerra, aquella barriada hasta entonces alegre y próspera se convirtió en un triste suburbio. Las secuelas de la guerra civil hicieron que la barriada adquiriera un aire fuertemente anticlerical y que predominara de una forma visceral la ideología comunista, hasta el punto de que, durante un tiempo, se llamó a Vallecas el pequeño Moscú.
Era un barrio de pioneros, de hombres y mujeres muy trabajadores que buscaban un porvenir mejor para sus familias, y que con el esfuerzo y el tesón de muchos años han dejado a sus hijos una realidad bien distinta de la que había en aquellos años. Para comprobarlo, basta con darse ahora un paseo por Vallecas.
Durante esos años se produjeron en España cambios sociales y laborales de importantes consecuencias, que llevaron a miles de familias procedentes del campo a acudir a las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Vallecas es un claro ejemplo.
En ese momento histórico se celebró aquella reunión en el bar de la avenida de Monte Igueldo. Se habló de muchas posibilidades, que quedaron abiertas, pero hubo algo que se decidió ya allí de modo unánime: empezarían con algo relacionado con el deporte. Para corroborar la idea, hubo quien sentenció:
—El deporte es como una metáfora de la propia vida: hay que vencer obstáculos, esforzarse para ser cada día mejor y llegar cada vez más lejos y más alto.

El Club Deportivo Tajamar
Por ahí se empezó. Por el deporte. Por el fútbol en particular, que estaba entonces en todo su apogeo. Eran los años de Luis Suárez y Kubala, en el Barcelona; y de Di Stéfano, Rial y Gento en el Real Madrid, campeón de Liga desde 1954 y que acababa de ganar la Copa de Europa aquel año, la primera de cinco consecutivas. Los chicos de Vallecas estaban inmersos en este clima de euforia, en una ciudad que tenía otro gran equipo de primera división, el Atlético de Madrid; y que contaba en su misma barriada con otro club, fundado en 1924, el Rayo Vallecano, un equipo que sentían como propio, con una hinchada entusiasta y un emblemático campo de fútbol, al final de la avenida de La Albufera.
Algunos de los asistentes a aquella reunión tenían la experiencia del Albatros, el pequeño club deportivo que había nacido en Bravo Murillo, centrado sobre todo en el fútbol y la montaña. A partir de esa experiencia fue tomando cuerpo el nuevo club.
No fue difícil encontrar en Vallecas a chicos que quisieran jugar al fútbol. No había más que darse una vuelta el sábado por la tarde o el domingo. Un buen número de solares desocupados se habían convertido en campos de juego tras una labor previa de desbroce y limpieza de escombros por parte de los jugadores, con la ayuda de palos y piedras. Comenzamos a formar equipos y organizar un campeonato.
Cada cual aportó lo que pudo. Por ejemplo, Paco Uceda era amigo del director de la Academia Super, que tenía su sede en la calle Puerto de Monasterio, donde se impartían clases de primera y segunda enseñanza. Tanto el director como los chicos encontraron interesante el proyecto de un club deportivo y se mostraron dispuestos a colaborar.
Por ese y por otros caminos fueron naciendo clubes que pronto se hicieron muy populares: uno de baloncesto, el Club Deportivo Saeta, y otros dos de fútbol, conocidos como Academia Super y Sporting de Biencinto, que se llamó así porque solían reunirse en un bar de la calle de Melquíades Biencinto. En la directiva del Biencinto entraron Paco Navarro y Guillermo García Somozas; este último, además de ser un jugador muy bueno, era el entrenador.
De estos equipos, el más importante fue el Super. El presidente era el director, y la batuta la llevaba Paco Uceda, a quien todos querían y respetaban, porque se entregaba a fondo a su trabajo y porque con su carácter servicial sabía cómo tratar a cada uno. Antonio Mamblona se incorporó como tesorero y secretario, aunque ejercía también de director técnico, más que por sus conocimientos prácticos —era buen atleta, pero no gran jugador—, por los teóricos: era un entendido que había leído y visto mucho fútbol. Le ayudaba un chico mayor que los jugadores, llamado Melquíades, que había jugado en el Cuatro Caminos.
En el Super destacaba por su personalidad y su fuerza Constantino Luján. Tenía también bastante clase un chico llamado Emilio, que llegó a ser probado por el Rayo Vallecano. También recuerdo a Pepe Navas. A mí, que acudía a los partidos desde Tetuán, me llamaban Cuchillín, porque decían que mi técnica era la de segar las piernas de los contrarios. No sé lo que había de verdad en aquel apodo.
Las reuniones del club se celebraban en la misma academia, donde organizaban competiciones con otros equipos de Vallecas. A la vez, comenzaron los encuentros con nuevos chicos en un bar, algunos de los cuales se incorporaron al club. El trato entre dirigentes y jugadores, más allá del aspecto deportivo, hacía nacer una amistad que, para muchos, resultaba algo bastante nuevo. Hice muchos amigos a los que procuré ayudar espiritual y humanamente todo lo que pude, en ese marco de confianza que da la verdadera amistad, sobre todo cuando se consolida en medio de los sudores y las polvaredas del deporte.
También comenzamos a organizar charlas de formación, dirigidas a los jugadores y a otros amigos. Se daban en los más diversos lugares. Hablábamos sobre todo de virtudes humanas, les animábamos a ser responsables en el trabajo, y tratábamos también cuestiones de doctrina cristiana. Nos movía el convencimiento que nos había transmitido el Padre, y que tantas veces le oí repetir: el peor enemigo del hombre, su mayor y más injusta pobreza, es la ignorancia. Nos alentaba a «hacer una gran batalla contra la miseria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento, contra la más triste de las pobrezas: la soledad»; nos animaba a que nos movilizásemos, que fuéramos generosos y nos entregáramos a «esa gran obra de caridad y de justicia que es procurar que no haya pobres, que no haya analfabetos, que no haya ignorantes» .
Al caer en la cuenta de la situación en que se encontraban muchos de esos chicos, comprendía con mayor profundidad la insistencia del Padre cuando decía que la ignorancia es un gran impedimento para la libertad, la traba que hace esclavo al hombre por vedarle el acceso a la verdad: «el mayor enemigo de las almas, de la Iglesia y de Dios es la ignorancia» .
Eran gente estupenda. Yo procuraba ayudarles en lo que podía. «Las personas que parecen estar lejos de Dios, lo están sólo aparentemente. Es gente noble y buena... pero ignorante. Incluso sus pecados son como las blasfemias en la boca de un niño: no se dan cuenta. La gente no es mala. La gente es buena. Yo no conozco gente mala. Conozco, sí, gente ignorante. Por eso no me canso de decir que el Opus Dei no es anti-nada. Hemos de querer mucho a todos: el mal sólo se puede ahogar en abundancia de bien» .
Día tras día comprobé cuánta verdad encierran esas palabras del Padre.
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