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Un relato de mi vida en el Opus Dei
Lázaro Linares

Capítulo: El instituto Tajamar

La necesidad aguza el ingenio
Vuelvo atrás unos meses. A finales de 1957, el deporte ya estaba en marcha. Entre bromas y veras, podría decirse que si aquello era el Centro Cultural y Deportivo Tajamar, hasta entonces se había puesto en marcha lo deportivo, y ahora tenía que venir lo cultural. Se planteaba un nuevo reto: crear un Instituto de enseñanza y dar clases de bachillerato a los chavales del barrio.
En aquellos años, bastantes chicos del barrio estaban sin escolarizar, cosa que además de reducir enormemente sus posibilidades profesionales futuras les llevaba con facilidad a la delincuencia.
Hasta entonces, para estudiar bachillerato había que salir del Puente de Vallecas, ir a Madrid, como se decía en el barrio siempre que se iba al centro de la ciudad. En Vallecas no había enseñanza media, y sin ella no se podía dar una salida a los jóvenes que les abriese el camino, al menos a los mejor dotados, hacia la universidad. Para elevar el nivel de aquellos chicos era necesario subir el listón educativo.
Se trataba de poner en marcha un Instituto; y el deseo de todos los que participamos en esa aventura era que el Opus Dei asumiera la orientación cristiana del centro de enseñanza y facilitara la atención espiritual. Como ya había hecho con otros colegios o escuelas, el Fundador había puesto unas condiciones para aceptar que el Opus Dei asumiera la atención espiritual: la enseñanza debía dirigirse a todo tipo de familias: las acomodadas y las de escasos recursos (en nuestro caso, era bien fácil de cumplir); la institución educativa debía dar garantías de estabilidad económica y permanencia del proyecto a lo largo del tiempo (esa era nuestra principal preocupación y estábamos decididos a lograrlo); el Opus Dei sólo se responsabilizaría de la orientación cristiana y la atención espiritual (ya lo sabíamos); y la gestión docente, los métodos pedagógicos, etc., quedarían bajo la responsabilidad de los profesores y directivos de Tajamar (eso estaba claro desde el principio).
Dios quiso que por aquel entonces se produjera una coincidencia providencial para el nacimiento de Tajamar. Utilizo, para contar esta historia, los recuerdos que me han contado las personas que vivieron los hechos directamente. Mientras el proyecto daba sus primeros pasos, el Ministerio de Educación creó la figura de las llamadas Secciones Filiales. El objetivo del Ministerio era promover centros educativos que dependieran de un Instituto de Enseñanza Media, con el propósito de acercar el bachillerato a las barriadas populares y las zonas de ensanche de las grandes poblaciones, bajo el patrocinio de un Instituto ya consolidado.
El promotor de aquel proyecto era el Director General de Enseñanza Media, Lorenzo Vilas, que estaba interesado en que la primera experiencia piloto de una Sección filial la llevase una entidad de prestigio y tuviera éxito. Tuvo conocimiento de nuestro proyecto y, después de bastantes gestiones, nos ofreció la posibilidad de constituirnos en Sección Filial del Instituto Nacional de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu, un centro docente de tradición y prestigio en Madrid, situado en la calle Serrano, junto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Tras muchas gestiones en el Ministerio de Educación, en enero de 1958 se firmó un documento fundacional, que era un convenio por el que el Centro Cultural y Deportivo Tajamar se aprobaba como Sección filial. Se cumplieron todos los requisitos que exigían, entre ellos uno que resultaba bastante difícil: poner al frente del Instituto a un director que fuera catedrático adscrito a un Instituto Nacional.
Era enero de 1958, como he dicho. A esas alturas había que proponer al Ministerio el director y el cuadro de profesores, encontrar alumnos y locales para impartir las clases, preparar unos exámenes de ingreso, poner en marcha todo lo necesario para el arranque de las enseñanzas, etc. A nadie se le ocurrió esperar al curso próximo. Había que empezar ya.
Han pasado más de cuarenta años desde entonces. La sociedad y la situación de la enseñanza era muy diferente a la de ahora, como se verá.
Bernardo Perea, un catedrático de griego de 39 años, tuvo el valor, junto con Lola, su esposa, de abandonar la tranquilidad y seguridad de su plaza en el Estado y venirse desde Cádiz, donde había trabajado durante catorce años, a Tajamar. Su hijo de nueve años fue alumno de la segunda promoción de Tajamar y, desde luego, el único hijo de catedrático.
Pelegrín Muñoz fue nombrado gerente, con funciones de promotor, procurador de fondos y director de relaciones públicas. Su aportación fue fundamental en la labor del Instituto.
La creación del Instituto Tajamar salió anunciada en la prensa diaria, informando del inmediato comienzo de las clases. Se indicaba que podía obtenerse más información en la sede del Centro Cultural y Deportivo Tajamar, en la calle Eduardo Requena 19.
Allí, como administrador y secretario, estaba Manolo Plaza, aquel compañero mío en el Colegio de Nuestra Señora de las Victorias, en el barrio de Tetuán. Manolo tenía entonces 20 años, era Perito Mercantil y se había ganado la vida trabajando en la contabilidad de pequeñas empresas. Ilusionado con la labor que se iniciaba en Tajamar y decidido como estaba a dedicarse a la enseñanza, fue cursando la carrera de Filosofía y Letras al tiempo que trabajaba.
Avanzaba el mes de enero de 1958, y Manolo Plaza seguía con su trabajo en el despacho de la calle Eduardo Requena, esperando los resultados del anuncio que se había puesto en la prensa. Como es natural, a esas alturas del curso, los pocos que pensaban en estudiar ya lo estaban haciendo en colegios o institutos de la zona centro de Madrid, y sólo se presentaron ocho o diez candidatos. Manolo los recibió. Uno de ellos, bastante talludito, llamado Claudio Villegas, mostró mucho interés y le hizo bastantes preguntas. Manolo quiso saber detalles.
—¿Qué edad tiene el chico?
Claudio contestó, confuso:
—Bueno, es que es para mí. Tengo 27 años. Soy cobrador de autobuses. Quiero estudiar el bachillerato en las clases nocturnas.
Y así fue. Hizo todos los cursos en Tajamar, se casó y ahora vive en Australia.
La poco fructuosa campaña de prensa se completó con un reparto de unos sencillos impresos que anunciaban los exámenes de ingreso. Era la primera vez que se imprimía el escudo de Tajamar. He visto hace poco un ejemplar, y en una de las caras, con el lenguaje propio de la publicidad de aquella época, decía: Tajamar, Centro de Enseñanza Media y Profesional (...) ofrece la posibilidad de cursar los estudios de Bachillerato elemental y la preparación para una profesión técnica, en un ambiente que asegura una completa formación humana y moral. Con el Centro de Enseñanza Media y Profesional colabora el Club Deportivo Tajamar. Sus instalaciones, profesores de gimnasia, entrenadores deportivos, etc., contribuyen a lograr la más completa formación de los alumnos.
Al anuncio en la prensa y a la difusión de aquellos impresos, siguió una serie de visitas de Bernardo Perea, uno por uno, a todos los grupos escolares de la barriada. Bernardo pedía a los profesores de aquellos colegios que informasen a sus alumnos de la posibilidad de continuar sus estudios de bachillerato en Tajamar hasta el cuarto curso y luego cursar una formación profesional. Los colegios respondieron bien. En años sucesivos, los profesores de esos grupos enviaron a Tajamar bastantes chicos, y en muchos casos, como muestra de confianza, a sus propios hijos.

El curso en la Colonia Erillas
Hacía falta resolver otro problema básico: encontrar un sitio adecuado para la instalación provisional. Esto produjo bastantes quebraderos de cabeza y cierto asombro a Bernardo Perea, que bromeaba diciendo que le habían llamado para dirigir un Instituto que no contaba todavía con alumnos ni aulas.
La solución llegó gracias a Pelegrín Muñoz, que logró alquilar una guardería, aún no terminada, en la Colonia Erillas, donde el Hogar del Empleado había construido unas viviendas familiares para sus miembros. La guardería era un edificio pequeño, de planta en forma de ele, que no iba a ponerse en marcha hasta el año siguiente. Como estaban todavía trabajando en ella los albañiles, preparamos dos aulas y dos pequeños despachos en torno al vestíbulo central.
Los exámenes de ingreso, previamente anunciados, se celebraron el 6 de febrero en unas dependencias prestadas por el Grupo Escolar San Ramón. Con gran sorpresa del tribunal, se presentaron más alumnos de los esperados. Después de la prueba oral y escrita, quedaron distribuidos en dos grupos distintos, de 30 y 28 alumnos respectivamente, y otro nocturno de 18. En total, 76 chicos, casi todos procedentes de Palomeras, Alto del Arenal, Californias, Entrevías y el Pozo del Tío Raimundo.
También había unos pocos que venían del Puente de Vallecas, una zona considerada entonces como lo mejor del barrio. Entre aquellos primeros alumnos puedo citar a Isidoro Soria, Elías Capapé, Agustín de las Heras, etc. A algunos de ellos les costaba una hora de camino llegar hasta el colegio. Las clases nocturnas también se daban allí, y estaban dirigidas a alumnos mayores de quince años que estuvieran trabajando y lo pudieran justificar. Uno de los primeros en matricularse fue el cobrador de autobús Claudio Villegas, que era el mayor de todos.
Los promotores de Tajamar tenían tantas ganas de empezar las clases, que el día 12 de febrero de 1958, sin ceremonia de inauguración, se dieron las dos primeras clases, mientras los empleados de la empresa de mobiliario escolar terminaban de montar los pupitres en ambas aulas. Cada vez que terminaban de armar uno de esos pupitres biplaza, prácticos y resistentes —y adquiridos de fiado, como casi todo aquel curso—, había dos alumnos más que podían seguir las clases sentados. No podíamos perder ni un solo día; el año escolar estaba muy avanzado.
A la mañana siguiente, el día 13, se inauguraba el curso con una Misa celebrada en la cercana parroquia de San Ramón y un desayuno en Los Faroles. Desde entonces, todos los años se recuerda en Tajamar esa fecha con una celebración del aniversario que para mí es muy entrañable.
La tarea se centraba ahora en este grupo de 58 niños de diez a doce años, que en su mayoría calzaban alpargatas, y en 18 aprendices, oficinistas, conductores, que eran los alumnos nocturnos. Queríamos ayudarles a mejorar su formación humana y profesional, y también, si lo deseaban, a ser mejores cristianos. Se formó un buen equipo de profesores .
Los habitantes de la Colonia Erillas al principio miraban al Instituto con cierto recelo, como si fuera el usurpador de su guardería. Esta postura se debía en buena parte a que los juegos de los alumnos —no hay que olvidar que eran chicos de arrabal—, molestaban a veces a los vecinos y dañaban los arbolitos recién plantados.
Nos ayudó mucho el apoyo del entonces secretario y luego presidente de la Colonia, Miguel Aldecoa, con quien tuvimos siempre un trato amable y de confianza. Su hijo, Miguel Ángel, se incorporó a Tajamar al año siguiente, y en los cursos sucesivos lo hicieron muchos otros chicos de la Colonia, con lo que les compensamos un poco por las molestias de aquel primer año. Algo parecido ocurrió con Matías Rodríguez, comandante de la Guardia Civil, que no nos entendió al principio, pero que después del primer año cambió de actitud y envió a sus dos hijos más pequeños a estudiar a Tajamar.
El hecho de haber comenzado las clases en el Instituto Tajamar planteaba la necesidad de seguir avanzando con el segundo aspecto del club, que era el deportivo, pero también cultural. Y así, se nos ocurrió programar un ciclo de conferencias en el propio gimnasio de Requena para los padres de los chicos. Era un fruto natural de Tajamar, que no estaba sólo para los muchachos, sino también para sus familias.
Estas primeras conferencias debieron de celebrarse en el mes de abril de 1958. Entre otros, acudieron dos catedráticos de Historia: Vicente Rodríguez Casado y Florentino Pérez-Embid. Al acabar, sacamos la conclusión de que el experimento no había sido muy acertado. Uno de los padres nos decía, a la salida de una de ellas:
—¡Qué bien habla este hombre, no nos hemos enterado de nada!
Así es que decidimos que las siguientes tenían que ser algo más asequibles.
En otra ocasión, pusimos una película con cierto contenido educativo. Era un dramón tremendo. A la salida, un grupo de madres nos dijo:
—Cómo le agradecemos que nos hayan invitado a esta película; lo hemos pasado muy bien, hemos llorado muchísimo.
También fue un éxito la celebración del día de la madre, que entonces se festejaba el día de la Inmaculada. Aquel 8 de diciembre, en el gimnasio, se organizaron diversas competiciones deportivas. Asistieron casi trescientas personas. El presidente del club explicó, en pocas palabras, cómo queríamos celebrar el día de la madre en Tajamar, donde existe un cariño sincero y concreto hacia las familias de sus socios. En el entreacto, se entregó un ramo de flores a la madre del vencedor del segundo Trofeo Tajamar. Ella se retiró, enseguida, emocionada. Los aplausos no acababan.
En el mes de diciembre organizamos un coloquio con Ana Mariscal, famosa actriz y directora de cine de la época, y tuvo mucho éxito. Así comenzaron unas actividades culturales por las que pasaron, ya en aquellos primeros tiempos, gente de gran relieve del mundo del deporte, como el seleccionador nacional Villalonga; del toreo, como Domingo Ortega y Antonio Bienvenida; de la literatura, como el poeta José Hierro; o la astronáutica, como Francisco González Guijarro; etc.
Hubo una conferencia inolvidable. La dio el Director General de Enseñanza Media, Lorenzo Vila, que como he dicho tomó desde el principio mucho aprecio a Tajamar. Apareció con un voluminoso paquete bajo el brazo, que depositó en la mesa presidencial, mientras Bernardo Perea presentaba el acto. Luego lo desenvolvió y extendió desde la mesa hasta el fondo de la sala... una piel de una enorme serpiente boa. Dijo que la había adquirido en un viaje de estudios y que nos iba a hablar del Africa Austral...; desde luego, en Vallecas, y cuando aún no existía la televisión, no estábamos acostumbrados a esas cosas.

Los comienzos en una vaquería
El segundo año, ya en septiembre de 1958, se llenó por completo el cupo de admisión para los dos cursos de bachillerato —primero y segundo— que se iban a impartir. La Concentración Deportiva del mes de junio en el estadio del Rayo Vallecano era ya conocida en el barrio, y el ambiente que daban los alumnos y profesores se encargaron del resto.
Había entonces dos cursos diurnos de ochenta alumnos cada uno y otros dos, menos numerosos, para el nocturno. El problema, una vez más, eran las aulas. Ya no se podía contar con la guardería de la Colonia Erillas, porque la necesitaban ese año. Así que otra vez a recorrer Vallecas, preguntando, visitando locales y... rezando para que se arreglara el asunto.
El solar para la definitiva construcción ya lo había encontrado Pelegrín Muñoz: un descampado de unas ocho hectáreas en el llamado El Cerro del Tío Pío, un lugar rodeado de chabolas. No había tiempo ni medios para construir allí, aunque comenzaran inmediatamente los proyectos y maquetas de los futuros arquitectos, César Ortiz de Echagüe y Rafael Echaide.
Cuando más difícil parecía encontrar unos locales adecuados, surgió la solución. Los propietarios de aquellos terrenos en El Cerro del Tío Pío estaban deseando venderlos. Al saber de nuestros agobios, y antes de que se cerrara el acuerdo, ofrecieron la posibilidad de utilizar una vieja vaquería que estaba al lado, también de su propiedad, con la condición de mantener en su empleo al guarda, que vivía allí con su mujer.
—¿Una vaquería? —era la pregunta de todos.
—Sí, una casa de labor grande, que llaman El Fontarrón. Hasta el año pasado se ha estado empleando para cuidar vacas, pero con unos arreglos puede servir.
Aquella vaquería, situada en pleno campo, en una zona extrema de Vallecas, era el único edificio que había en los alrededores. El resto eran campos en rastrojo y un huerto hacia la vaguada donde terminaría construyéndose la nueva carretera, y luego, la autopista de Valencia. Para los carteros, que pasaban poco por allí, la dirección era un tanto curiosa: Colonia de Irradiación, Calle C, Barrio de Doña Carlota... Sobre todo porque no había colonia, ni calle, ni barrio, ya que éste empezaba mucho más abajo, donde acababan las chabolas. Pero, desde luego, el lugar no tenía pérdida.
El amplio establo conservaba todavía los sesenta y tantos pesebres de las vacas. La finca tenía, además, tres o cuatro grandes graneros, la casa del guarda, unos cobertizos para animales, un par de higueras y un moral en el patio central de unos cuarenta metros en cuadro, todo cerrado por una valla alta, que le daba al conjunto el aspecto de fuerte, al estilo de las películas del Oeste.
Mientras se realizaban las obras elementales de adaptación de la vaquería, había que aceptar, una vez más, otra solución provisional: utilizar como aula el gimnasio de Requena. Para solucionar la falta de sede, se llegó a esta solución: los alumnos de primero tenían allí las clases por la mañana, mientras los de segundo hacían deporte en el campo de San Diego o visitaban museos, fábricas y empresas.
Por las tardes se cambiaban las tornas: los de segundo asistían a clase en el gimnasio y los de primero se dedicaban al deporte o al plan cultural. Por las noches se retiraban los pupitres del gimnasio, para que pudieran entrenar y hacer deporte los más de doscientos alumnos que se habían apuntado al Club Deportivo, que también seguía a pleno rendimiento. Los cursos nocturnos se daban en los pisos de Requena. Desde luego, no se podía pedir mayor rendimiento a las instalaciones que había.
Las obras se hicieron a toda velocidad. Hubo que tirar y levantar tabiques, arreglar puertas y ventanas desvencijadas, dar varias manos de pintura y de cal. Se lograron acondicionar cuatro aulas, un pequeño gimnasio y cuatro o cinco pequeñas habitaciones para dirección, secretaría, sala de profesores, biblioteca, etc.
Se hizo todo entre octubre y noviembre de 1958. De la pintura nos encargamos Juan Marco y yo. Hacía un frío espantoso y, para protegernos un poco, nos poníamos papel de periódico por dentro de la ropa. Había tanta urgencia que empezaron las clases antes de que nos diera tiempo a acabar nuestra tarea. En el patio, ya con algunos profesores, parábamos al mediodía para tomarnos la comida que cada cual se traía de su casa.
Uno de esos profesores era Jerónimo Padilla, que vivía en un Centro del Opus Dei que acababa de comenzar en un piso de la calle Picos de Europa número 1. Jerónimo tenía entonces 32 años, y era un hombre amable y simpático, con un gran sentido del humor y muy culto. Trabajaba como abogado en un bufete, pero le gustaba mucho la enseñanza y había venido como profesor durante el primer curso. Entonces era el subdirector de Tajamar. Tenía un sentido de la autoridad muy especial. Apenas se notaba que mandara. Es decir, nunca imponía esta o aquella manera de hacer las cosas. Parecía que ni siquiera encomendara tareas a los demás. Se limitaba a sugerir, a hacer preguntas que animaban a dar una respuesta personal: ¿Qué te parece tal cosa? ¿Qué podríamos hacer? ¿Qué se te ocurre? ¿Qué has pensado hacer? Y así siempre.
A pesar de que tenía una úlcera de estómago bastante seria y de que su salud en general no era muy buena, casi nadie lo notaba. Nunca le dio importancia. Tenía una gran capacidad de trabajo, y una serenidad que mantenía en toda circunstancia. Nunca le vi ponerse nervioso y eso que he pasado bastantes años conviviendo estrechamente con él.
Jerónimo fue luego director de Tajamar durante muchos años y ha dejado una herencia muy valiosa en el estilo de trabajo. Su principal virtud era el cariño que tenía a todo el mundo. Tenía un gran corazón, y muchos pensábamos que éramos el más querido por Jerónimo; era como si colmara la necesidad de afecto de las personas que trataba. Y luego veías que quería así a todos. No tenía, en realidad, preferencias por nadie, pero lo hacía de tal manera que el que estaba a su lado pensaba que era predilecto de su amistad.
Pero volvamos de nuevo a finales de noviembre de 1958. Por fin comenzaron las clases. Fue un día normal. La víspera, en una de esas salidas programadas con los alumnos, los profesores acabaron llevándolos hasta la vaquería convertida en Instituto:
—Fijaos bien, que aquí es donde tenéis que venir mañana a clase.
Esa noche un camión llevó las mesas, sillas y todo el material pedagógico. Los alumnos encajaron bien el cambio. A algunos les costaba bastante rato de camino llegar hasta allí, pero prefirieron seguir estudiando en Tajamar, porque sentían el colegio como propio. La mayoría se quedaban a comer al mediodía, y antes o después de jugar un partido de fútbol, daban buena cuenta de los bocadillos que traían, que eran de lo más variopinto: por ejemplo, de pan relleno con alubias o garbanzos.

Una subida con aventura
Otro problema que hubo que solucionar era el barrizal que rodeaba la vaquería en las épocas de más lluvia. Una capa de barro tan gruesa que resultaba habitual que alumnos o profesores perdieran de vez en cuando un zapato y no siempre lograran recuperarlo. En una ocasión, un profesor perdió su dentadura postiza, que se le cayó mientras comentaba los sucesos del día, en la misma puerta del colegio. Fue imposible encontrarla.
Resultaba difícil llegar a la vaquería, porque no había calles ni caminos que llevasen hasta allí. Cada día tenía su emoción y en invierno, era casi una aventura. A un padre que un día se lamentaba de que su hijo hubiese perdido los zapatos en el barro, hubo que explicarle:
—Lo mejor es traer los zapatos en la mano y ponerse chanclos o botas catiuscas, como hacemos los profesores...
En aquellos meses, Bernardo Perea aparcaba su Seat 600 abajo, junto al cuartelillo de la policía, que estaba a bastante distancia. Se ponía los chanclos y subía con su hijo de la mano. Ignacio Pinedo, profesor de francés y entrenador de baloncesto (había sido internacional en 29 ocasiones), optó por la misma solución después de que su Seat 1400 azul claro le dejara plantado una noche y tardara dos días con ayuda de otros en sacarlo del barro, perdiendo además un zapato en el empeño. Y los otros tres profesores que venían en moto, hacían lo que podían, campo a través y también con chanclos...
La nieve, en cambio, daba menos problemas. El día en que blanqueaba los campos, estábamos más seguros que nunca de que no faltaría nadie. Los alumnos disfrutaban con ella como en un día de fiesta.
El frío se hizo sentir, en ese invierno y en los siguientes. Todos los que estudiaron en la vaquería guardan el recuerdo unánime de los rigores de las bajas temperaturas. Se estaba mejor al aire libre, moviéndose por el patio, que quieto en cualquier lugar cerrado.
Como es natural, las dificultades del barro y el frío eran aún mayores por la noche. Los estudios nocturnos comenzaron con mucha ilusión, pero enseguida se comprobó que la iluminación era tan débil que no se veía casi nada. Alguien comentó:
—Es que estamos al final de la línea. Los 125 voltios se han quedado en el camino y hasta aquí no llegan más que 70.
No se solucionaba el problema con lámparas de más watios. Ni se podían evitar tampoco los frecuentes apagones, que obligaban a encender velas.
La verdad es que llegar hasta aquel lugar, mojados y medio helados, y quedarse luego sentados en esa clase durante tres horas, resultaba realmente duro. Para el que viniera tanteando el camino, entre aquel laberinto de barracas y chabolas hechas de chapa y maderos y distribuidas por estrechas y retorcidas callejas de tierra, sin demasiada idea de dónde estábamos, no había más orientación que los lejanos tubos fluorescentes de las aulas, allá arriba. La situación llegó a ser tal que nuestros amigos del colegio San Ramón respondieron a nuestra llamada de auxilio y nos dejaron dos aulas por la noche. Como agradecimiento, Juan Marco y yo las dejamos bien pintadas, como nuevas.

Otro pequeño conflicto
Con el cambio a la vaquería se nos planteó otro problema nuevo. Aunque tanto la Colonia Erillas como la vaquería pertenecían al mismo distrito de Puente de Vallecas, había entre ambos lugares una distancia de unos dos kilómetros, así que los alumnos que ya teníamos procedían de una zona suficientemente lejana como para que los chicos jóvenes del entorno de la vaquería los miraran como extraños, o casi como invasores.
Empezaron a ser habituales entre los chicos las peleas a pedradas (que llamaban dreas). Se producían a la salida por la tarde, cuando los alumnos tenían que hacer el camino de vuelta por el descampado de las cerámicas o entre la chabolas del barrio de Doña Carlota. Aparecían algunos de los chicos que vivían por allí, asomando las cabezas por las lomas y descargando masivamente y por sorpresa sus pedradas, y reapareciendo luego más adelante, cuando menos se esperaba, para reanudar la pedrea.
Los alumnos procuraban salir siempre en grupo, y si era posible con otros más mayores, o con algún profesor. Pronto se vio que los agresores no respetaban la edad ni las canas, que tiraban a dar y que las brechas y heridas iban siendo cada vez más frecuentes.
Un día aparecieron serrados los postes de las porterías de fútbol. Otra mañana, varios cristales amanecieron rotos. Después de algunas indagaciones, alguien averiguó quiénes habían sido y se visitó a los padres en una chabola cercana. La respuesta fue de una lógica aplastante:
—Salimos por la mañana temprano a trabajar, o a lo que caiga, y los niños se quedan por aquí. ¿Qué quieren que hagamos?
Después de dar bastantes vueltas al problema, la solución fue también de una lógica aplastante. Lo mejor era meter a esos chicos en Tajamar.
Como, por suerte, aún nos quedaban dos pajares de la vaquería en desuso, se habilitaron un par de aulas más. Se hicieron con celeridad las gestiones oficiales en el Patronato de Suburbios, hasta conseguir las autorizaciones necesarias y escolarizar a esos chicos que consideraban, con cierta razón, invadido su territorio.
Las gestiones dieron resultado pronto. Así, otros cuarenta chicos incrementaron nuestro alumnado. Comenzó en Tajamar la enseñanza primaria y con la asistencia a las clases en la vaquería, se acabó aquella "guerra".

Y luego los padres
Pronto llegaron solicitudes de padres de alumnos para las clases nocturnas. Eran hombres dispuestos a seguir los pasos de sus hijos, aunque comenzaran muchas veces en cursos inferiores. A mi me impresionaba ver la puntualidad, el interés que ponían en las clases, el esfuerzo por entender y hacer bien los ejercicios, y, sobre todo, su ilusión por compaginar a toda costa el trabajo, la familia y el estudio.
Desde los últimos días de noviembre de 1958 hasta finales de 1961, en que nos trasladamos a la sede definitiva, transcurrieron tres años en la vaquería. Me vienen a la memoria muchos recuerdos de esa etapa de la historia de Tajamar, como si los estuviera viviendo ahora mismo. El patio central se destinaba a deportes, con unas cuantas redes de balonvolea y varias canastas de baloncesto. Al fútbol, sin duda el deporte más popular, se jugaba fuera de la valla, donde en muy poco tiempo los surcos y barbechos que rodeaban la vaquería se allanaron por las pisadas y carreras, en intensos e interminables partidos, en los que tanto destacaban Manolo Plaza y Jesús Carnicero.
Conservo también el recuerdo de Salvador y Paco Toledo en secretaría. Del portero Heliodoro y de su perro, Moro, paseando durante el recreo. De La Nicanora, una camioneta aspirante a autobús, que entregó los últimos años de su vida a la dura tarea de trasladar a los chicos de Tajamar. O de aquel coro dirigido por Jesús Arenillas, que tanto éxito tuvo.
Y guardo muy viva también la imagen de aquel uniforme recio, de pana, que llevaban los alumnos y que tanto ayudó a combatir los intensos fríos de la vaquería. Sus escapadas al modestísimo puesto de chucherías que estaba junto a la casa de Sacristán, donde vendían palo fumeque y cigarrillos de anís.
Todo esto, que parecerá a los jóvenes de ahora algo inimaginable, viendo el progreso del barrio en la actualidad, compone en mi memoria una estampa inolvidable, unos años de trabajo y de ilusiones, de consolidación de un estilo educativo singular: porque aquel sistema pedagógico, con el preceptor, los encargos de clase, o ese ambiente de confianza y libertad, realmente lo era.

El deporte como profesión
Yo seguía durante esos años ayudando a sacar adelante a mi familia, en la que el menor de mis hermanos apenas tenía cuatro años. Como las necesidades no tienen espera, me veía obligado a trabajar todo lo que podía. Dejé el taller de escenografía, como ya he dicho, y con la empresa Avelimar me ganaba la vida pintando pisos y casas, con ese poco más de libertad que siempre da el llevar el propio negocio.
A golpe de viaje en Metro, con continuas idas y venidas, solía regresar a mi casa de Tetuán bastante tarde, estudiando durante el largo trayecto de Metro, porque, a todo esto, continuaba haciendo el bachillerato. Asistía a Misa temprano cada mañana antes de entrar a trabajar y después dedicaba bastante tiempo a la labor del Club Deportivo. El caso es que cada vez me fui aficionando más al deporte, y en concreto a la gimnasia con aparatos.
Un día, un entrenador me animó:
—Creo, Lázaro, que lo tuyo es la halterofilia. Eres chaparro pero fuerte. Vas bien para el levantamiento de pesos.
La halterofilia exigía muchas horas de entrenamiento, pero dio pronto resultado: en la primera competición en que me presenté, quedé campeón de Madrid, en mi categoría de peso pluma, y luego llegué a ser campeón de España.
Fue entonces cuando empecé a pensar en dedicarme profesionalmente al deporte. Nació en mí el deseo de ser entrenador, y dedicarme a la enseñanza deportiva. Fui alcanzando cierto nivel. Al poco tiempo me dijeron los directivos del Instituto:
—Lázaro ¿te interesaría ser profesor ayudante en las clases de Educación Física? Podrías entrar a prueba un año o dos.
Acepté el ofrecimiento, dejé la pintura y me lancé a mi nuevo trabajo en la enseñanza con gran entusiasmo. Tanto, que me animé a realizar, poco después, los cursos de entrenador: primero de halterofilia y de gimnasia deportiva, y luego de monitor, cuando se creó el Instituto Nacional de Educación Física —el INEF— y apareció la nueva figura, que hasta entonces no existía, de profesor de educación física.
Juan Marco siguió pintando en Avelimar, pero yo veía que también él tenía, como ya he contado, muy buenas condiciones para el deporte. Así que en 1963, cuando vio cómo crecía el deporte en Tajamar, se incorporó también como profesor de Educación Física, cortando con trece años de su vida dedicados a la pintura. Fue un buen profesor y un entusiasta del Instituto.
Cuando terminé el bachillerato me convertí en entrenador de atletismo, después de cursar cuatro años de estudios. El atletismo era lo que más me gustaba, entre otras cosas porque podía enseñar a muchas personas, no sólo a unas pocas, como en los otros deportes minoritarios. Mi gran deseo en lo profesional era y es ayudar a la gente a hacer deporte, que es un elemento muy importante de la educación.
El deporte me ha proporcionado muchísimos amigos a lo largo de mi vida, con los que he disfrutado mucho. Con ellos he hablado de todo, de Dios también, por supuesto, porque es hablar de lo que uno está convencido y de lo que uno lleva en el corazón. En eso de tener muchos amigos, mi ejemplo más cercano fue Paco Uceda, responsable del deporte en Tajamar y luego ayudante en el servicio médico del Instituto, como practicante, junto al doctor Pérez Cabaleiro.
Hacía deporte con mis amigos y a veces me iba después con ellos a un bar cercano, el Sol y Aire, donde se escuchaban giros vallecanos, llenos al tiempo de chulería y de aire castizo. Entraban dos jóvenes trabajadores, con el mono puesto, y decían, apoyándose en la barra:
—A ver, dos vinos y una cosa de capricho.
O una pareja, ella con la rebeca y el pelo recogido en cola de caballo, al estilo de aquel tiempo, y él con jersey a rombos... El chico pone cinco pesetas sobre el mostrador y dice:
—Champán y jamón hasta que se acabe el duro.
Era gente muy buena, muy trabajadora por lo general, noble, sincera, la mayoría con una fe un poco abandonada. Solían estar apartados de Dios sencillamente porque hacía mucho que nadie les había hablado de Él.
Vi cómo la gracia de Dios hacía maravillas en las almas de aquellas personas. Recuerdo a un hombre que se había criado en un ambiente ferozmente anticristiano, y que treinta años atrás, siendo apenas un adolescente, acompañaba a unos milicianos cuando incendiaban iglesias en los años previos a la guerra civil. Había seguido desde entonces alejado de la fe, hasta que su contacto con personas del Opus Dei, en Tajamar, le hizo cambiar poco a poco. Acabó siendo un cristiano ejemplar.
A esa historia se podría añadir la de tantos otros, que quizás no habían comulgado desde su Primera Comunión (si es que llegaron a hacerla), o que habían respirado un ambiente de indiferencia religiosa desde su niñez. Como la de aquel padre de varios chavales que venían por Requena, que no pisaba la iglesia, hasta que un día escuchó desde su habitación cómo dos de sus hijos leían en voz alta El valor divino de lo humano, un libro con mucha fuerza, que había escrito hacía pocos años un sacerdote joven, don Jesús Urteaga. Aquel hombre también escuchaba, y observó cómo iban cambiando sus hijos, y un buen día se presentó en Requena y me dijo:
—Oye, que quiero que me ayudéis a mejorar, como a mis hijos.
Empecé a hablar con él. Dios se metió en su alma, poco a poco. Un año después pidió la admisión en el Opus Dei. Era un escultor de talento, y llevó durante tiempo un club de escultura en el colegio, que creó gran afición en algunos chicos. Él esculpió la imagen de la Virgen que hay en el paseo de entrada al colegio.

Mi primer encuentro con el Padre
En octubre de 1960, el Padre vino a España. Estuvo en Madrid, Zaragoza y Pamplona. Un amigo mío, entrenador de balonmano, con el que había hablado de Dios bastantes veces, seguía con muchas dudas y las cosas no cambiaban. Le pedí que me acompañara a Pamplona para conocer al Padre, pues se iban a celebrar allí varios encuentros numerosos con todo tipo de personas. Finalmente, se animó, y nos fuimos para allá en moto, en una Montesa en la que tuvimos que aguantar una buena tormenta de agua y nieve.
Entramos en Pamplona en medio de una larga caravana, entre tantos vehículos que venían de toda España para reunirse allí. Nos alojamos como pudimos y al día siguiente fuimos a uno de esos encuentros en los que el Padre respondía a lo que a cada uno se le ocurría preguntar.
A la salida, perdí de vista a mi amigo, y al poco nos encontramos en un bar. Estaba muy emocionado.
—¿Qué te pasa, chico? —le pregunté.
—Pues que todo lo que me llevas diciendo tú tanto tiempo, lo he visto hoy clarísimo de golpe. Ese hombre, el Padre, parece que me lo decía todo expresamente a mí. ¡Lo tengo todo claro! ¡Clarísimo!
Estaba con deseos de rehacer su vida cristiana y cambiar radicalmente.
La verdad es que yo estaba alucinado, como se dice ahora. El Padre le había hecho cambiar en un instante, y yo, en dos o tres años de amistad, intentando explicarle lo que es ser cristiano, no había conseguido casi nada. Se ve que cuanto más cerca de Dios está uno, mejor transmite la luz de Dios a los demás.
Aquélla era la segunda vez en que yo veía al Padre. La primera había sido una semana antes en Madrid, el 16 de octubre de 1960. Aquel día, a las 8 de la tarde, nos recibió a todos los agregados de Madrid. Tuvimos una tertulia en una de las salas de la Basílica de San Miguel, una iglesia encomendada a sacerdotes del Opus Dei que está situada en la zona vieja de Madrid, junto a la Plaza Mayor.
Estuvimos con el Padre un buen rato. Nos habló sobre unidad de vida, sobre la santificación de nuestra vida corriente, en la que no caben milagrerías sino el trabajo bien hecho, que se ha de imponer a la rutina y al cansancio. Nos animó muchísimo.
A la mañana siguiente, el Padre celebró una Misa en San Miguel. Recuerdo bien la imagen de aquel momento, con un rayo de sol que iluminaba el retablo, justo a las doce de la mañana. Todos nos pusimos de pie. Empezó la Misa. Al final del Evangelio, el Padre dirigió una breve homilía:
—Sentaos... los que podáis. Yo quiero deciros unas palabras en esta iglesia de Madrid, donde tuve la alegría de celebrar la primera Misa mía madrileña. Me trajo el Señor aquí con barruntos de nuestra Obra. Yo no podía entonces soñar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo. Y estoy conmovido. Conmovido, porque os tengo que decir que vosotros y yo hemos de cumplir un mandato divino, maravilloso: primero, en nuestra vida personal; después, influyendo en la vida de los demás, en todos los ambientes del mundo. Porque os tengo que decir que no hay nación en América y en la Europa libre, donde no haya corazones que vibren como vosotros. Porque os tengo que decir que comienzan a brotar vocaciones como las vuestras y la mía en tierras africanas y asiáticas.
El Padre nos pidió que fuéramos fieles al Señor, que mantuviéramos siempre el ambiente de familia. Insistió en que hemos de amar mucho la libertad personal de todos, que afirmamos con nuestra propia libertad; que en las cosas de la tierra somos libérrimos, y nos comportamos como cualquier otro ciudadano honrado.
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