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Un relato de mi vida en el Opus Dei
Lázaro Linares

Capítulo: En la federación de atletismo

Una nueva etapa en mi vida
Poco antes de la Olimpiada de Montreal, en 1976, una conversación con el Presidente de la Federación Española de Atletismo, Rafael Cavero, provocó otro cambio en mi vida. Yo era entonces el seleccionador de atletismo de todas las categorías en la Escuela Deportiva de Tajamar.
Cavero me dijo un día:
—Lázaro, ¿estarías dispuesto a trabajar algunas horas con nosotros?
Accedí, en el tiempo que me dejaba libre mi trabajo en Tajamar. Y así es como pronto comencé a acudir a varios mítines internacionales. Después me nombraron responsable de medio fondo y fondo para la Olimpiada de Montreal. A continuación pasé a responsable de martillo y categorías menores, y estuve en el cargo diez años. Aquel trabajo me gustaba mucho. Me daba la oportunidad de tratar con muchas personas y de promocionar a jóvenes deportistas de toda España.
Tuve que viajar a diversas reuniones de atletismo internacional, sobre todo los veranos, atendiendo atletas en Holanda, Checoslovaquia, Alemania, Finlandia, etc. Fue una época muy intensa de mi vida. Pude cambiar de vivienda por fin, y llevar a mis padres a Moratalaz, donde me compré un piso. Viajé mucho y traté con mucha gente de lugares muy diversos.

Siembra a voleo
Podría contar muchos recuerdos deportivos de esos años tan decisivos para el deporte español. Pero como he escrito este libro para contar sobre todo el influjo del espíritu del Opus Dei en mi vida, me limitaré a evocar algunos recuerdos en este aspecto, sabiendo que son sólo un botón de muestra, porque el espíritu del Opus Dei me ha ayudado en todo: me ha llevado a amar de veras mi profesión y el mundo del deporte; me ha enseñado a pedir perdón por mis equivocaciones, a superar también con deportividad mis defectos a la hora de trabajar, y a no llenarme de soberbia con los triunfos... ¡Tantas cosas...! Y tan difíciles de contar, porque pertenecen a la intimidad. Por eso, me centraré en varios recuerdos de amigos míos y de su encuentro con Dios.
Yo tenía —y tengo— un amigo, entrenador, de ideas marxistas, con el que tuve mucho trato cuando fui responsable nacional de fondo. Mientras entrenábamos en las pistas, hablábamos de todo, y como sucede cuando hay amistad, salían a veces cuestiones relacionadas con Dios. Él solía decirme:
—Mira, Lázaro, perdóname. Esas historias no son para mí, ni para niños siquiera...
Y me hablaba de lo bueno que era el marxismo para resolver los grandes problemas de la sociedad.
Estando así las cosas, en una ocasión me tocó ir a una concentración a Zarauz, con atletas de la selección española de fondo. Allí volví a encontrarme con mi amigo. Era Semana Santa, por eso no me extrañó que, conociendo mis costumbres, me dijese:
—Lázaro, ¿has encontrado ya iglesia para ir a Misa?
—Todavía no, pero voy a ir.
—Entérate de la hora de los Oficios, porque mañana voy a ir contigo.
—¿Me estás tomando el pelo? Si tú no vas nunca a Misa...
—No, no, tú no sabes lo que me ha pasado. Pero no te lo digo ahora. Mañana te lo cuento mientras entrenamos.
—Bueno, bueno. Esperaré a mañana, pero me dejas intrigado.
Al día siguiente, me contó la historia con todo detalle.
—Mira, Lázaro, ha sido algo extraordinario. Un día que iba con mi hijo pequeño hacia la playa, de pronto sentí algo que me atraía, una iglesia por cuya puerta pasábamos en aquel momento. Pero no entré. Llegamos a la playa y yo seguía sintiendo la misma conmoción. Así que le dije a mi hijo que se quedara allí un rato jugando, que enseguida volvería. Me dirigí a la iglesia y entré con una inquietud enorme por dentro. Entonces, me entraron unos deseos enormes de confesarme y pedir perdón a Dios por tantos errores que había cometido en mi vida.
Hizo una breve pausa, como dudando, y añadió:
—Además, mira, Lázaro, antes yo casi no pisaba mi casa: que si la política, que si el entrenamiento, que si esto o lo otro. Y eso no estaba bien. Ahora, siempre que puedo estoy con mi familia.
Dios quiso que aquel amigo mío tuviera esa conversión. Tenía en ese momento unos cuarenta años. Pienso muchas veces en ella para considerar que la gracia de Dios lo puede todo. Han pasado más de veinte años y sigue siendo católico ejemplar.
Otra anécdota que me viene a la memoria se refiere a otro amigo mío, cuyo padre se estaba muriendo. Le costaba aceptarlo y se rebelaba contra Dios. Un día le dije:
—Tienes que aceptarlo, porque es la voluntad de Dios, aunque te cueste entenderlo ahora.
Aquello le sentó muy mal y durante una temporada no quiso hablarme. Tiempo después volvimos a encontrarnos. Me recibió con un abrazo:
—Lázaro, te tengo que contar. ¿Sabes que doy catequesis en mi parroquia?
—Y eso... ¿cómo ha sido?
—Lo que me dijiste sobre la muerte de mi padre me sentó muy mal, pero luego recapacité y me di cuenta de que tenías razón. Sin Dios no se puede vivir. Nuestra vida está en sus manos y está decretado que nos tenemos que morir. Podemos negarnos a aceptarlo, pero está ahí. Así que he cambiado. Y estoy muy volcado en la parroquia, en las catequesis y demás.
A veces me pregunto: cuando después de un entrenamiento, charlo con un amigo y sale el tema de Dios —porque como saben que soy creyente, suelen preguntarme—, y yo le contesto como puedo las dudas que tiene... ¿se entera o no se entera, comprende o no comprende lo que le estoy hablando? La fe resulta tan difícil de explicar a veces... Y luego resulta que sí que se entera. Y he sacado la conclusión de que hay que aprovechar las ocasiones de hablar de Dios a la gente, porque cada día que pasa no se puede recuperar. Hay que sembrar a voleo, sin conformarse con lo que uno hace, porque siempre se puede hacer más.
Recuerdo a un atleta de martillo, al que un día, después de charlar sobre cosas de atletismo, le animé a ser buen cristiano. Siempre que sacaba estos temas, me escuchaba en silencio, con interés, pero un poco distante.
Después de un tiempo coincidí con él en el tren, casi llegando ya a la estación de Atocha de Madrid. Me alegré de encontrarlo. Mientras salíamos, me dijo, el muy bromista:
—Bueno, Lázaro, ¿donde hay un bar cerca de aquí?
—Pues, aquí mismo, al lado.
Y echándose a reír, dice:
—Pues vamos a celebrarlo.
—Celebrar, ¿qué?
—¡Que ahora yo también soy del Opus Dei!
Lo he pensado muchas veces: Dios aprovecha lo poco que ponemos de nuestra parte, porque quiere contar con nosotros. A veces, un simple comentario puede remover un alma, porque Dios es el que las remueve sirviéndose hasta de nuestras equivocaciones.

La clave: ocuparse de los demás
El puesto de Coordinador Nacional de Atletismo de Categorías Menores de la Real Federación Española de Atletismo es el que me ha dado más satisfacciones. Me dediqué a ese encargo poco después de la Olimpiada de Montreal de 1976, y permanecí en él muchos años. Se trataba de seleccionar escolares en todo el país que tuvieran aptitudes para las diferentes modalidades atléticas y formar a los que destacan.
Es un trabajo poco lucido ante la profesión, pero muy eficaz, porque se llega a la gente más joven, que es la cantera del deporte. Me ayudaban en esa tarea muchos entrenadores de todo el país, y se movían más de mil chicas y chicos, jóvenes atletas. Con los que tenían mejores aptitudes solíamos organizar concentraciones, entrenamientos y clases de teoría y de técnica. Se celebraban habitualmente en Santiago de Compostela y en Santander, en verano.
En este tipo de encuentros procuro dejar siempre las reglas de juego muy claras. La primera, cuidar la puntualidad: sin puntualidad no hay quien organice nada. La segunda, cuidar los detalles y estar pendiente de los demás, procurando crear un ambiente de compañerismo. Les suelo decir:
—¿Queréis pasarlo bien? Pues el mejor modo de lograrlo es ocupándose de los demás. Probadlo y veréis el resultado. Fijaos: si cada uno piensa sólo en sí mismo, se encuentra él solo para ayudarse; en cambio, si sois veinticuatro y cada uno se ocupa de todos los demás, cada uno tendrá a veintitrés preocupándose por él. Así que la cosa está clara: preocúpate de tus compañeros y tus compañeros se preocuparán de ti.
Eran chicos y chicas de 15 a 17 años, que se portaban estupendamente, como casi todas las personas cuando se razonan las cosas. También les hablaba de la importancia del afán de superarse, para un atleta y para cualquiera:
—El atleta es como el salmón: cuantas más dificultades supera, mejor salmón es. Hay que saber remontar la corriente.
Al terminar el curso se marchaban felices de allí, aunque sentían el tirón de la despedida. Habían hecho amistades profundas, con esa lealtad de la juventud, hasta el punto de que a más de uno se le escapaba alguna lágrima en la fiestecilla final que organizábamos.
El resultado se notaba en muchos aspectos, en especial en lo deportivo. En 1993, por ejemplo, en la Olimpiada de la Juventud, que se celebró en Holanda, España fue la primera nación de Europa en el medallero de atletismo. Había un nivel muy alto, como sucede con más facilidad cuando están contentos. Procurábamos enseñarles no sólo técnicas deportivas, sino también inculcar virtudes humanas, y eso es quizá lo que más agradecen.

Viajes por Europa
En mayo de 1994 me trasladé a Chipre para asistir a una competición deportiva internacional.
Ese año había sido muy especial para mí. Mi madre enfermó en el mes de marzo. La llevé al hospital porque tenía una anemia muy fuerte. No era la primera vez que caía enferma. Anteriormente había pasado una neumonía bastante grave. Los médicos me dijeron que estaba entre la vida y la muerte. En vista del peligro, le hablé a mi madre sobre la importancia de aceptar la voluntad de Dios, y le pedí que lo ofreciese por el Opus Dei, para que fuésemos muy santos.
—Hijo mío, eso lo vengo haciendo desde siempre.
Salió de aquello, pero poco después los médicos dijeron que la causa de la anemia era un cáncer de estómago y que la situación era bastante grave.
—¿Y si se opera? —pregunté.
—La posibilidad de que eso resuelva algo es remota. Muy probablemente se hayan producido ya metástasis por todo el cuerpo.
Fueron días duros. Decidí dejarlo todo en manos de la Virgen y acudí varios días seguidos con mucha fe a hacer una romería a una ermita de la Virgen, pidiendo la curación de mi madre. Durante la quinta visita, tuve el convencimiento, no sé bien por qué, de que había sido escuchado y que mi madre se iba a salvar. Y así fue: la operación salió perfectamente y no encontraron metástasis.
Mi alegría y la de mis hermanos fue tan grande que celebramos una fiesta familiar. Todos la queremos muchísimo, porque nunca ha vivido para ella sino para sus hijos, con una preocupación enorme por cada uno. Se sentía muy feliz, emocionada en medio de todos nosotros, cuarenta ya de familia. Mis seis hermanos estaban todos casados, con familias bien estupendas y matrimonios felices.
Mi madre, como ya he dicho, vivía conmigo. En aquellas fechas empezaba la temporada anual de mis viajes al extranjero, pero como estaba aún convaleciente, no era aconsejable que se quedara sola. En ese mayo de 1994 tenía una competición internacional en Chipre, por eso mi madre pasó esos días con una de mis hermanas.
El encuentro deportivo se celebraba en Larnaka, una ciudad cercana a la frontera de la zona turca. Nos alojábamos en un hotel a siete kilómetros de la ciudad. Llegamos un sábado. Me dirigí a Larnaka con unos cuantos atletas para asistir a Misa. Era la única iglesia católica de la ciudad y me agradó comprobar que, aunque el país era de mayoría ortodoxa, asistía mucha gente.
Los días siguientes acudí también, aunque esas veces iba yo solo. Mi aspecto extranjero debía llamar un poco la atención, porque al acabar la Misa el sacerdote se acercó hasta donde yo estaba y me preguntó en inglés de dónde era.
Nos contamos brevemente quiénes éramos cada uno. Así supo que yo era un entrenador de atletismo que asistía a una competición internacional en su país y yo me enteré de su condición de franciscano misionero, que residía en Chipre desde hacía unos quince años. Después me preguntó:
—¿Cómo viene usted hasta aquí?
—Vengo y vuelvo en taxi desde el hotel. Es la única manera posible.
—Eso le supondrá un gasto...
—Mire, no sé bien cómo explicarle. Unos se gastan las dietas en cerveza, otros en comprar regalos y recuerdos, y algunos en otras cosas que es mejor no decir. En este viaje, yo me estoy gastando casi todas las dietas en venir a saludar al Señor y estar aquí un buen rato. ¿Qué quiere usted que le diga? Para mí esto es importante.
—¿Y hace usted esto en todos los viajes?
—En cada país, lo primero que hago es buscar una iglesia, para así organizarme. Por supuesto, cumpliendo con mi deber profesional por encima de todo, no se vaya usted a creer: lo cortés no quita lo valiente. Pero se pueden hacer bien las dos cosas.
Le intenté explicar cómo entiendo que debe ser la vida de una persona que se esfuerza por santificar su trabajo y sus ocupaciones ordinarias. Al final me dijo:
—No sabe lo que le agradezco todo lo que me está usted contando.
Charlamos un rato más, y al final me comentó que probablemente pasaría por España unos meses después. Le di mi teléfono:
—Me parece muy buena idea. Si viene usted por Madrid, nos encontraremos.
Y así fue.

Los viajes que, sobre todo en verano, me confiaba la Federación de Atletismo, me sirvieron para conocer muchos países, tratar con muchos atletas y pasar por situaciones muy diversas, algunas con cierta dosis de aventura.
En una ocasión, llegué a Checoslovaquia, procedente de Holanda. Llevaba un buen número de libros sobre Dios y la fe católica, que pensaba hacer llegar a unos amigos checos que me los habían pedido. No era mi primer viaje a ese país y tenía allí muy buenas amistades. La policía —en pleno rigor comunista de entonces— estaba registrando con minuciosidad todas las maletas. Me vi muy apurado porque en aquella época este tipo de libros estaban considerados como el peor contrabando. Me encomendé rápidamente a mi Ángel Custodio:
—¡Si me has hecho traer todo esto hasta aquí, a ver qué haces ahora!
Llegó mi turno y enseñé el pasaporte. El policía me miró sonriente:
—¿Trae algo?
—A little.
—Pase...
Fui el único al que no registraron. El amigo checo que me esperaba —Josef Buriakne— se quedó asombrado cuando se le conté.
—Los Ángeles Custodios son muy eficaces —le contesté.
Josef me dijo:
—Hay dos días que no olvidaré, el día que me casé y hoy.
Pero este comentario merece un capítulo aparte.
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