Un relato de mi vida en el Opus DeiLázaro Linares
Capítulo: Una familia que crece
Una historia de familiaEn aquel Centro de la calle Bravo Murillo conocí a los primeros miembros del Opus Dei que pidieron la admisión como agregados . Eran Paco Navarro, Rafa Poveda y Paco Uceda. Fui sabiendo poco a poco la historia de la entrega a Dios de cada uno de ellos. Al oírla contar, y al releer después los recuerdos que ellos escribieron, me sorprendía ver cómo la Providencia se vale de medios muy diversos para que cada cual encuentre su camino. Haré una breve síntesis de sus escritos y de mis charlas con ellos sobre su encuentro con el Opus Dei.
Paco Navarro
El primero fue Paco Navarro, que había nacido en Valdepeñas (Ciudad Real) en 1922.
«En 1940, cumplidos ya los 18 años —escribió en unos recuerdos suyos—, pasé por una larga enfermedad que me obligó a estar tres o cuatro meses haciendo reposo. Durante todo ese tiempo, leía cuanto llegaba a mis manos. Entre otras cosas, un ejemplar del Nuevo Testamento, que leí de un tirón, como si se tratase de una novela. Yo estaba algo alejado de la Iglesia, pero cuando terminé de leerlo, ya había llegado a la conclusión de que tenía que cambiar de vida. Un día me confesé y empecé a asistir a Misa los días festivos y a comulgar, según las costumbres de entonces, cada dos o tres meses.»
En 1941, Paco comenzó a estudiar Comercio por libre en Valdepeñas. Viajaba a Madrid para examinarse, y decidió presentarse a una oposición para una plaza en el Banco Español de Crédito.
«Logré ingresar —continuaba Paco—, y me mandaron a la sucursal que tiene el banco en Socuéllamos, también en Ciudad Real. En ese pueblo entablé cierta amistad con algunos chicos de Acción Católica. Pasó el tiempo y pedí en el banco un destino en Ciudad Real, donde esperaba encontrar un mejor horizonte profesional, y también espiritual, porque llevaba tiempo pensando que Dios quería algo más de mí.»
Le dieron el destino que pedía, y se puso en contacto con personas de Acción Católica de la capital de la provincia. A las pocas semanas ya le habían elegido como presidente.
«A medida que pasaba el tiempo en aquella estupenda labor, crecía en mi alma el deseo de entregarme a Dios. Empezó a manifestarse en mí una llamada de Dios, lo veía claramente, de vivir célibe y en mi propia profesión, volcado en el apostolado. Pero a cuantos sacerdotes consultaba, me decían que esto no era posible. La única salida que me daban es que, si tenía ese deseo de entregarme, podía estudiar para ser sacerdote en un seminario que había en Salamanca para vocaciones tardías. Pero yo no veía que eso fuera lo que Dios me pedía y seguía buscando una solución.»
Pasó el tiempo, y un día leyó en una revista que se habían ordenado sacerdotes tres ingenieros: Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, y que los tres eran del Opus Dei.
Aparecían en una foto, con una breve explicación del Opus Dei. Les había ordenado el arzobispo de Madrid, el día 25 de junio de 1944. A Paco le llamó tanto la atención aquella noticia que decidió ponerse en contacto con ellos.
«Empecé entonces una larga y fatigosa búsqueda del domicilio de alguien del Opus Dei. Bastante tiempo después, se me ocurrió utilizar el consultorio de una revista que me dejó un compañero de pensión, El mensajero del Corazón de Jesús, que se editaba en Bilbao. Me contestaron que sólo conocían la dirección del Centro del Opus Dei en esa ciudad, en la calle Pérez Galdós 10, y allí escribí. Desde Bilbao me respondieron dándome la dirección de Madrid, en la calle Diego de León 14.»
Para entonces, había pasado bastante tiempo y comenzaba ya el otoño de 1948. Escribió a la nuevas señas y concertó para febrero una entrevista en Madrid con don José Luis Múzquiz, precisamente uno de los tres sacerdotes cuya ordenación había despertado su interés a través de aquella revista.
Sin embargo, cuando llegó el día previsto, quien le recibió fue un laico joven, que aparentaba poco más de treinta años, delgado y con cara de intelectual:
—Soy Amadeo de Fuenmayor. Siento que no te pueda recibir don José Luis, pero se ha marchado este miércoles a Chicago, para iniciar la labor del Opus Dei en Estados Unidos. Si no te importa, yo te puedo atender.
Paco le preguntó enseguida si una persona podía entregarse a Dios en medio del mundo. Le fue contando la historia de sus inquietudes y de su infructuosa búsqueda. Al final, concluyó:
—Todos me dicen que tengo que hacerme sacerdote si quiero buscar la santidad. ¿Crees que es así, o se puede ser santo en la vida ordinaria, con el trabajo que hago?
—Por supuesto, ése es precisamente el espíritu del Opus Dei.
Amadeo le explicó la Obra y le habló de Isidoro Zorzano, un ingeniero industrial, miembro del Opus Dei, que había fallecido en 1943, y de quien recientemente se había iniciado ya la causa de beatificación. Le entregó una hoja informativa y quedaron en escribirse de vez en cuando.
Continuaron carteándose. Paco se fue entusiasmando cada vez más con este espíritu y lo daba a conocer entre los que trataba. En marzo de 1950, acudió a un curso de retiro en Molinoviejo, una casa de convivencias y retiros espirituales cercana a Segovia, y se llevó con él a veintidós amigos suyos de Ciudad Real.
Poco a poco se fueron clarificando cada vez más sus inquietudes. Al final del mes siguiente, el 30 de abril de 1950, Paco estaba completamente decidido y pidió la admisión. Tenía 27 años y era el primer agregado del Opus Dei.
Rafa Poveda
Rafa Poveda, un madrileño de 32 años, fue el siguiente en pedir la admisión, el 8 de diciembre de 1950. Era el mayor de los que acudíamos por Bravo Murillo, y trabajaba como administrativo en la Comisión de Abastos.
Era un gran amante de la naturaleza, y hacía frecuentes salidas a la montaña. Tenía un carácter afable y sencillo, y un trato acogedor, aunque de pocas palabras. No recuerdo haberle visto nunca enfadado. Siempre estaba dispuesto a echar una mano al que lo necesitara.
La infancia de Rafa había tenido un pequeño punto de contacto con la historia de los primeros años del Opus Dei. Cuando tenía diez años, conoció a un sacerdote muy joven y simpático que apareció en su clase un día de mayo de 1929, en el colegio de las Damas Apostólicas en la calle Isabel la Católica.
«Calculo —contaba Rafa— que serían las cinco de la tarde cuando llegó. Era un sacerdote de cara muy joven y paso rápido. Vestía un manteo y sombrero de teja, de esos de copa redonda y alas planas y rígidas, muy del uso de la época.
»Nosotros éramos unos diez o doce chicos. Todavía no habíamos hecho la Primera Comunión, y Doña Luz Rodríguez Casanova, la Fundadora de las Damas Apostólicas y de aquel colegio, llevaba desde febrero enseñándonos el catecismo para que pudiéramos recibir por primera vez al Señor en el mes de mayo. Faltaba apenas una semana y el día antes Doña Luz nos había anunciado que vendría un sacerdote muy simpático y agradable para prepararnos para la confesión e imponernos el Escapulario del Carmen.
»Desde que aquel sacerdote entró en la clase, me llamó la atención su rapidez de movimientos y su desenvoltura. No estuvo mucho tiempo con nosotros, pero su carácter y su modo de expresarse me impresionaron mucho y, no sé bien por qué, su figura quedó grabada con viveza en mi memoria.
»Al día siguiente volvió de nuevo. Nos estuvo preparando para la confesión y después nos impuso el Escapulario del Carmen».
Rafa contaba estas cosas precisando muchos detalles que ya no recuerdo. Explicaba cómo, bastantes años después, siendo ya de la Obra, hizo un descubrimiento sorprendente. Viendo la película que habían grabado de un encuentro del Fundador con varios miles de personas en Buenos Aires, se dio cuenta de que aquel sacerdote joven que conoció en el año 1929 era precisamente el Padre. No le cabía duda, por una pequeña anécdota que contó el Fundador y que Rafa recordaba perfectamente, y puso por escrito:
«El día 10 de mayo de 1929, yo cumplía once años de edad. A primera hora de la tarde, fuimos a la Iglesia que tienen las Damas Apostólicas en la calle Nicasio Gallego. Nos juntamos un grupo de muchachos de diversos colegios de las Damas en Madrid, con idea de confesarnos, pues haríamos la Primera Comunión al día siguiente.
»Aquella iglesia era una capilla, no muy grande, y tenía dos hileras de bancos, con un pasillo central y dos laterales más estrechos. A la derecha de la nave, en unos espacios enmarcados por arcos, había dos confesonarios. El primero estaba en el mismo sitio donde sigue actualmente, nada más entrar a la derecha, y el segundo se encontraba más cerca del presbiterio, donde ahora está precisamente la sepultura de Doña Luz Rodríguez Casanova, que como he dicho era quien nos estaba preparando para la Primera Comunión y que falleció unos años más tarde en olor de santidad.
»Uno de mis amigos, que ya había hecho la Primera Comunión y se había confesado otras veces en ese lugar, me recomendó que fuera al sacerdote que estaba en el segundo confesonario, que era joven y bastante simpático. Lo malo es que había una larga cola de chicos que esperaban a confesarse con él, y como ese día era mi cumpleaños y quería irme enseguida a la merienda que había preparado en casa con mis amigos, decidí confesarme con el primero, que tenía sólo tres o cuatro chicos haciendo cola.
»Aquel sacerdote del primer confesonario era un hombre mayor, de buen peso y aspecto apacible. Empecé a confesarme y, después de hablar yo, el sacerdote estuvo un buen rato dándome unos consejos, pero en una voz tan baja que casi no le podía oír. Como se alargó bastante, me distraía contemplando la fila de botones de su sotana, que me parecía interminable. Entonces me pregunté cuántos botones tendría, y me vino el deseo repentino de contarlos. Cuando estaba casi acabando mi recuento, el sacerdote se dio cuenta y me preguntó qué hacía. Yo, con gran sencillez, se lo dije. Y se ve que le molestó bastante, porque se puso hecho un basilisco, dando unas voces que a mí entonces me parecieron tremendas.
»Entonces observé que mis compañeros del otro confesonario se estaban riendo ante el alboroto que yo había organizado. Al volver la mirada, vi también al segundo sacerdote, que asomaba la cabeza para ver cuál era la causa del revuelo. En ese momento reconocí a aquel sacerdote joven que daba catequesis en la Colonia de los Pinos y había venido al colegio a explicarnos la confesión.
»El sacerdote mayor, muy enfadado, me mandó ponerme frente al altar y pedir perdón al Señor por lo que había hecho. Y allí estuve, hasta que se acabó la cola y aquel sacerdote, que de nuevo presentaba un aspecto apacible, me preguntó con una sonrisa si me había arrepentido. Le dije que sí, y me fui a casa tranquilo, aunque con cierto disgusto porque acabé saliendo el último y se me hizo tarde para la fiesta de cumpleaños, y además me sentía humillado porque se habían reído de mí todos los compañeros.
»Este episodio quedó como un recuerdo de una pequeña humillación pasada siendo niño, y la verdad es que nunca había llegado a contárselo a nadie. Pasaron más de cincuenta años, hasta que un buen día veo una película de una tertulia que tuvo en Buenos Aires en 1974 el Fundador del Opus Dei. Durante aquella tertulia, hablaba de aquella labor que hizo durante los primeros años de la Obra, confesando miles de niños que se preparaban para su Primera Comunión, y de pronto el Padre cuenta la siguiente anécdota:
—Iba a confesar niños y procuraba que me acompañase algún sacerdote un poco anciano, porque tratando con los niños los viejos se hacen de nuevo jóvenes. Una vez venía conmigo un sacerdote ya mayor, de aspecto venerable. Era un hombre de estudio que se había pasado la vida escribiendo, confesando, predicando... Quizá por eso había desarrollado una panza también venerable. La capilla donde íbamos a confesar no era muy grande, y estábamos bastante cerca uno de otro. De repente oí ruido. Volví la cabeza y vi que aquel sacerdote —muy santo y muy manso— estaba como fuera de sí, riñendo a un niño. Cuando acabamos le pregunté: ¿qué ha pasado? Y me lo contó. Aquel amigo mío, ya mayor, se olvidó de que estaba confesando a un niño y se puso a hacerle muy seriamente algunas recomendaciones. Debió de alargarse y el muchacho, niño al fin, como se aburría, miró la venerable panza del sacerdote, se fijó en los botones de su sotana, tan brillantes, y comenzó a contarlos: uno, dos... Cuando aquel buen confesor se dio cuenta, le dijo: muchacho, ¿qué haces? —¡Treinta y cinco! ¡Le he contado treinta y cinco botones! Y mi amigo, tan manso y tan santo, se enfadó por no saber hacerse él también un poco niño .
»Al escucharlo —continuaba Rafa—, sentí un impresión muy fuerte. Las circunstancias y coincidencias eran tantas y tan claras, que difícilmente podría tratarse de sucesos distintos. En aquel momento asocié de modo instantáneo el gesto y la figura vivaz de aquel joven sacerdote, que tan grabado quedó en mi memoria de niño, con la imagen que se puede observar del Fundador del Opus Dei en las tertulias filmadas.
»El hecho de que Mons. Escrivá, pasados tantos años, recordara con detalle aquella anécdota, me hace pensar que muy probablemente rezara en aquel momento por ese pobre chico que había protagonizado el pequeño incidente. Y pienso —concluía Rafa— que quizá aquella oración del Fundador haya tenido bastante que ver con mi llamada al Opus Dei, veinte años más tarde.
»A mí siempre me ha llamado la atención esa intensa actividad sacerdotal del Fundador por todo Madrid durante aquellos primeros años del Opus Dei. Visitaba barriadas pobres de las cuatro esquinas de la capital —Tetuán, Dehesa de la Villa, Campo del Moro, Vallecas, etc.—, atendiendo enfermos en las chabolas, ayudando a los niños y acudiendo a los hospitales para consolar a los que sufrían, buscando en el dolor los cimientos y fortaleza de la Obra que Dios le pedía. No contaba, dice él mismo, más que con "la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes ni dinero. Y debía hacer el Opus Dei".
»Dedicó miles de horas a esa labor, y estaba convencido de que si pudo sacar adelante la Obra fue "por los hospitales: aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba..."».
Bastantes años después, cuando oía al Padre contar estas cosas, hablando de los comienzos del Opus Dei, me acordaba siempre de la historia de Rafa Poveda.
Paco Uceda
De Paco Uceda he hablado ya antes. Había nacido en Madrid en 1921, y su infancia se desarrolló en circunstancias de bastante necesidad. Su padre era policía, un hombre muy recto, al que admiraba mucho, y que le inculcó muchas virtudes humanas. Murió al comienzo de la guerra civil, y desde entonces Paco tuvo que trabajar mucho para ayudar a sacar adelante a la familia.
Desde pequeño Paco tuvo una personalidad muy acusada. Era extrovertido, con un corazón que le hacía querer y ser querido de cuantos le conocían. La historia de su encuentro con el Opus Dei se la oí contar a él mismo, en una de aquellas ocasiones de animada conversación, entre el goteo de urgencias y consultas, en la Casa de Socorro de Tetuán, cuando iba a verle a su trabajo.
—Dios llama cómo y cuándo quiere. Yo me sentí de pronto llamado a una vida de entrega y comprendí cuál era. Así que le dije a mi novia: lo siento, no te voy a dejar porque haya encontrado a otra mujer. Lo que he encontrado es un camino de servicio a Dios que estoy convencido de que es el mío y lo voy a seguir hasta el final. Y pedí la admisión en la Obra el 14 de febrero de 1951, cuando tenía 30 años.
Paco siguió dedicado a su trabajo y, por medio de él, hablaba de Dios a personas de todo tipo, con esa psicología y don de gentes que había aprendido en lo que él llamaba —ya lo he contado— la universidad de la calle. En esto tenía una especial audacia: en cuanto conocía a una persona, se metía en su alma con una gran naturalidad y simpatía, «como Dios se metió en la mía —decía, parafraseando unas palabras del Padre—, sin pedirme permiso».
Esto dio lugar a anécdotas como la que me contaba Enrique Esteban, otro de los que venía por aquel Centro de la calle Bravo Murillo. Enrique era —como él decía— de profesión literaria, pues trabajaba como corrector de pruebas de imprenta. Había conocido el Opus Dei precisamente a través de Paco Uceda. Y es curioso que la primera vez que Paco habló con Enrique, éste lo comentó después con una amiga suya del barrio. Su amiga, que conocía bastante a Paco por diversas referencias, le dijo a Enrique:
—Oye, es mejor que no vayas con ese Paco, que sé que es un golfo. Como no dejes de tratar con él, se lo diré a tu novia.
—¡Qué va! —respondió Enrique—, si ya no es así. Ahora Paco es muy buen cristiano.
—¿En serio? ¡Qué cosas hay que ver! —respondió asombrada su amiga.
La verdad es que el asombro de aquella chica estaba bastante justificado. El cambio que dio Paco fue motivo de comentario en el barrio durante mucho tiempo.
Algunos otros recuerdos
En el Centro de la calle Bravo Murillo fui conociendo a personas muy distintas que crecieron mucho en su vida cristiana. Podría contar numerosas anécdotas de cómo actúa la gracia de Dios en tantas almas: conversiones, primeros pasos en la vida cristiana tras muchos años de abandono..., pero me limitaré, porque es lo que mejor conozco, a cómo fue llamando Dios a los que serían los primeros agregados del Opus Dei.
En 1953 pidieron la admisión Antonio Mamblona y Pepe Navas. Más tarde lo hicieron Ramón Bertrand y Florentino Matías, el mismo día, el 8 de diciembre de 1954, fiesta de la Inmaculada. Luego vinimos, ya en 1955, Enrique Esteban, el 14 de febrero; Manolo Plaza, el 10 de abril, y yo, el día 24 del mismo mes.
También fueron llegando algunos otros que habían conocido el Opus Dei en otras ciudades y recalaron por aquel entonces en Madrid: Santi García, de Salamanca; Bernardino Cuesta, de Oviedo; Juan Marco, que venía de Badalona, aunque era alicantino; Pepe Guallart y Juan Soria, con su inconfundible acento valenciano; Guillermo García Somozas, que aunque había pedido la admisión en Madrid a finales de 1951, vivía en Ciudad Real; y otros más.
Cuando salíamos del trabajo, acudíamos al Centro, donde además de formarnos cristianamente pasábamos ratos estupendos. Nos reíamos mucho con el ingenio y el buen humor de Joaco Herreros, un ingeniero industrial de 24 años. Recuerdo bastantes detalles suyos, todos sencillos, pero con gracia. Por ejemplo, cuando en verano, alguien iba a dejar el botijo en el plato después de echar un trago, y Joaco quería beber, decía:
—No cuelgues, por favor.
Los domingos nos reuníamos para merendar, en una gran tertulia a la que invitábamos a mucha gente. Era un rato de expansión y de ambiente de familia, donde contábamos cosas de lo más diversas. Tuvo mucho éxito una canción mexicana: Todos me llaman el negro, llorona, / negro pero cariñoso... Otras veces se hacían representaciones. Por ejemplo, a Paco Uceda se le daban bien La niña de fuego y La Salvaora, —Quien te puso Salvaora,/ qué poco te conocía...—, que habían puesto de moda Manolo Caracol y la joven Lola Flores. Y hasta se atrevía, a veces, a marcarse unos pasos de baile flamenco.
Juan Marco entonaba Maravillas tiene el mundo y una jota que llamábamos La parra. Rafa Poveda cantaba más profesionalmente una cumbia muy agradable, La cumbiamba, y algún trozo de zarzuela o de ópera, pues no en balde había sido algún tiempo corifeo, como él decía, que así se llamaban los que cantaban en los coros de la ópera. Manolo Plaza se despachaba con Padam y algunas piezas italianas tan de moda entonces, o hacía dúo con Antonio Mamblona, especialista en tangos. Como en familia no se tiene miedo al ridículo, yo me atrevía a lanzarme con aquello, también de Lola Flores: La llamaban la caoba / por su pelo colorao...
Como ya he dicho, uno de los que acudía a aquel Centro era Juan Marco, pintor de profesión. Se inició en este trabajo a los 18 años en Badalona, cuando su familia se trasladó a Cataluña desde su Villena natal, en Alicante, donde su padre tenía una droguería. Llegaron económicamente a "bajo cero", como se suele decir. Juan solía ir a Misa diariamente en la iglesia de San José de Badalona. Allí coincidió con unos chicos. Una mañana de agosto de 1952 le invitaron a una reunión que iban a tener por la tarde. Así fue como conoció a Julián Herranz —entonces un joven residente del Colegio Mayor Monterols, que luego se ordenó sacerdote y hoy es arzobispo—, que fue quien dio la charla. Luego Julián le pidió que le acompañase hasta el autobús en el que se volvía a Barcelona.
En aquel breve trayecto, Julián le habló con mucha fuerza de todo lo que en el mundo quedaba por hacer y le abrió grandes horizontes a su vida. Le insistió en que tenían que meter fuego en el mundo, encender en las almas el fuego del amor de Dios.
Aquel día, Juan decidió comprar Camino y comenzó a hacer oración. Siguió en contacto con aquellos chicos y unos días después le invitaron a conocer un Centro del Opus Dei situado en un entresuelo de la calle Balmes, el Palau, en Barcelona. Desde entonces se dirigía allí todas las tardes de domingo. Al poco tiempo se planteó su llamada al Opus Dei y el 30 de noviembre de 1952 pidió la admisión.
Juan siguió durante años —también cuando se trasladó a Madrid en 1956— con su oficio de pintor, trabajando en el sector de la construcción junto con otros pintores, albañiles, carpinteros, escayolistas, calefactores... y junto a gente como yo, porque al cabo del tiempo pasé de pintar decorados a pintar techos y paredes, pero esto ya lo contaré más adelante.
El club Albatros
Los que frecuentábamos aquel pisito del barrio de Tetuán trabajábamos durante la semana en nuestras profesiones respectivas. Ahí hacíamos amistad, como es natural, con nuestros compañeros, a los que procurábamos acercar a Dios. Si era el caso, invitábamos a algunos al Centro para que recibieran algunas charlas de formación o hablaran con el sacerdote. Luego, miel sobre hojuelas si Dios llamaba a alguno a ser del Opus Dei, porque la mies es mucha y los obreros pocos.
Pero eso no significa, lógicamente, que todos los que vinieran por allí sintieran la llamada al Opus Dei. La mayoría no sentía una llamada específica, o Dios les llevaba por otro camino. Por ejemplo, solía venir un policía, hombre bueno y piadoso, que al poco de ir por allí comprendió que lo suyo era ser monje de clausura e ingresó en la Trapa. Lo importante era sembrar en todos el ideal de ser santos.
Por lo demás, las actividades que hacíamos eran las normales de la edad. Se nos ocurrió crear un club, al que llamamos Albatros, para jugar al fútbol y hacer excursiones y montañismo los fines de semana. Guardábamos el material de montaña que íbamos consiguiendo en casa de Rafa Poveda, que nos la dejaba como sede del club. Uno pidió un anticipo en su trabajo que sirvió para comprar un equipo completo de fútbol —camisetas, pantalones, medias, botas y un par de balones— y dos tiendas de campaña. Una de ellas la estrenamos en nuestra primera salida por el camino Smith: Cercedilla y Puerto de Navacerrada a Fuenfría, donde acampamos, así que bautizamos aquella tienda con el nombre de Fuenfría. Fue en esta época cuando se afianzó mi afición al deporte, que fue el comienzo de... pero ya lo contaré más tarde.
En el castillo de Peñíscola
En aquel Centro teníamos diversos medios de formación: clases sobre la doctrina de la Iglesia, sobre el espíritu del Opus Dei, sesiones culturales, etc. Por mi parte, comencé a estudiar por libre en el Instituto Ramiro de Maeztu, en los altos de Serrano. Acudía por las noches a cursar primero y segundo; y tengo mucho que agradecer a Bernardino Cuesta, que hacía conmigo las veces de tutor: me explicaba matemáticas, me enseñaba a escribir mejor y a leer bien, enseñándome detalles como lo de saberse parar en los puntos y comas y otras cuestiones elementales.
Disfrutaba especialmente en las convivencias que se organizaban cada año. Era un tiempo de estudio, de descanso y de formación . Solíamos ir al castillo de Peñíscola, en la provincia de Castellón, donde dicen que Aníbal juró su odio eterno a los romanos. Aunque lo que ha hecho más famoso al castillo, me parece, es el haber servido de refugio al famoso Papa Luna.
Ahora todo aquello es un lugar turístico donde acuden miles de extranjeros. Entonces no había empezado el boom del turismo y estaba casi solitario. Es más, cuando nos lo dejaron para las convivencias, en aquellos veranos, el castillo estaba completamente abandonado y en malas condiciones. Dormíamos en una amplia sala llena de literas de dos pisos, sin cristales en las ventanas, por donde entraban y salían los murciélagos. El aspecto era un poco fantasmagórico y quizás por eso algunos días, ya a última hora, durante el rato de tertulia que hacíamos por la noche al aire libre, nos divertíamos contándonos historias de terror, como la de La mano verde. El sitio era espléndido, sobre todo para gente joven como nosotros, y tenía numerosas mazmorras y pasadizos para explorar y dos playas solitarias a nuestra disposición.