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Un relato de mi vida en el Opus Dei
Lázaro Linares

Capítulo: Tajamar que crece

El Cerro del Tío Pío
No muy lejos de la vaquería, en lo que es el kilómetro 6 de la antigua carretera de Valencia, dejada ya la avenida de la Albufera y girando hacia la izquierda, se levanta un cerro al que ya me he referido antes, El Cerro del Tío Pío, o El Cerro de Pío Felipe, y que debe ese nombre a un legendario personaje que habitó por primera vez aquellos parajes, del que hablaré después.
En El Cerro del Tío Pío había unos cientos de modestas casas encaladas, construidas por sus ocupantes, de una sola planta —casas bajas, las llamaban—, de mampostería cubierta con techo de uralita, y muchas chabolas de latas, maderas y cartones.
En la ladera del cerro, también había cuevas excavadas en la tierra. Aún me acuerdo de cómo me contaba un "inquilino" de las cuevas su modo de vida:
—Si crece la familia, no tengo más que sacar tierra y me sale otra habitación. Además, la luz me sale gratis... —me decía, optimista, mientras señalaba el cable de la luz conectado a un poste de alumbrado público.
Esas chabolas y casas bajas estaban ocupadas por aquellos inmigrantes que no habían encontrado una vivienda barata ni siquiera en los suburbios. En lo alto del cerro había unos terrenos que se extendían hasta lo que ahora es la autopista de Valencia y que entonces eran todavía campos de labor. Enseguida comenzaron a alzarse unos edificios que serían testigos, durante años, de las duras condiciones de vida de esas gentes.
Aquellas viviendas no tenían agua corriente. De vez en cuando venía un camión cisterna militar con el agua. Al comenzar las obras de Tajamar, conectamos con la red de abastecimiento de agua y pretendimos construir unos lavaderos para uso de las familias que vivían en las chabolas. La administración municipal no lo permitió, pero lo que no pudo evitar es que respetáramos una chabola que se había levantado, sin ninguna autorización, dentro de los terrenos de Tajamar.
A base de ayudas —los socios protectores se mostraron muy eficientes—, comenzó la primera fase del proyecto de nueva sede del Instituto: tres pabellones de una sola planta, con tres aulas cada uno, además de un taller y otras dependencias. Todo se construyó de ladrillo visto, procurando dar a cada pabellón la orientación adecuada, de modo que tuvieran luz abundante y los muchachos estuvieran rodeados de espacios abiertos.

Un traslado muy esperado
El traslado de la vaquería a la nueva sede fue muy esperado por todos. Por fin se hizo, un buen día de noviembre de 1961. Comenzaron las clases por la mañana en la vaquería, y por la tarde, con toda naturalidad, los propios alumnos mudaron sus pertenencias y pupitres a las nuevas instalaciones. Eran unos cuatrocientos metros de camino, y todo discurrió con rapidez y orden, encantados los chicos de estrenar los nuevos locales.
La inauguración oficial se retrasó hasta el 17 de marzo de 1962, con un acto al que asistieron destacadas personalidades de la vida nacional. También acudió el Obispo Auxiliar de Madrid, que bendijo los locales. Bernardo Perea, el director de Tajamar, recordó la breve pero intensa historia del Instituto, con los sucesivos cambios de sede, desde aquellos primeros tiempos en la Colonia Erillas. Recordó que todo ese camino estaba presidido por el deseo de profundizar en el respeto y el cariño a los alumnos y sus familias, a los que se procuraba ayudar en la medida de nuestras posibilidades.
Terminado el discurso, se hizo un recorrido por las instalaciones: cuatro pabellones, la biblioteca, los laboratorios, los talleres de carpintería, mecánica y electrónica. Había diversas exposiciones de dibujo, carpintería y electricidad. En las clases del curso de transformación —quinto—, se hizo entrega de los primeros títulos de Bachiller elemental que concedía el Instituto.
Al llegar a la sala donde se exponía la maqueta, veían los terrenos previstos terrenos para un campo de fútbol, pista de atletismo y otros deportes; también para salón de actos, biblioteca y un nuevo oratorio más amplio; locales para los clubes de música y de periodismo, seminarios, charlas y reuniones; una sección profesional en la que se cursaría un primer grado y, luego, especializaciones de mecánica, electrónica y artes gráficas. El director de Tajamar terminó con unas sentidas palabras:
—Todos estos proyectos ya no son sólo una ilusionada esperanza. Ya no hablan sólo de optimismo y de entusiasmo. Se trata de realidades que están cuajando, de trabajo esforzado de quienes sacan adelante día a día Tajamar, de tantas historias sencillas y conmovedoras de chicos y familias enteras que encuentran aquí la alegría, al darse cuenta que vale la pena vivir cara a Dios.
Todos le escuchamos en silencio, conscientes de estar viviendo un momento histórico y agradeciendo a Dios todo aquello.
Miraba a aquellas familias, que tenían poca consideración social a los ojos de muchos, pero eran una gente de mucha clase, como suele decirse. Así pensaba también el Padre: «Lo que la gente llama clases altas de un país, para nosotros son, sencillamente, las personas que llevan una vida limpia, santa, noble, con trabajo, con esfuerzo (...) No perdáis nunca este sentido y este modo de ver las cosas».

El día a día en Tajamar
En todos estos años, han sido muchos los días en que he ido y he vuelto a Tajamar. Tengo especialmente grabados aquellos primeros años, sobre todo aquellas mañanas de invierno de la meseta. Me da alegría recordar la marcha de los alumnos y de los profesores en el camino de entrada a clase. Venían chicos de las chabolas casi inmediatas, o de Entrevías, distantes varios kilómetros, o desde Doña Carlota, con sus casuchas levantadas junto a las torrenteras, o desde los nuevos barrios, ya mucho mejores, de Moratalaz, San Blas o La Quintana, con sus carteras de libros y apuntes, con sus bocadillos, y la ilusión del día recién estrenado.
Los profesores que vienen en coche o en moto aparcaban sus vehículos lo más cerca posible de Tajamar, es decir, a casi un kilómetro, más o menos, porque desde allí no había camino transitable. Todavía en 1969, para llegar desde Moratalaz, por ejemplo, había que cruzar un auténtico barrizal de terrenos arcillosos y, cuando llegabas, pesabas dos o tres kilos más. Por eso todavía se observa que en las entradas de las aulas, junto a la puerta, hay unas pletinas metálicas que eran precisamente para eso, para quitarse el barro. Otros venían con botas de agua y al llegar se las quitaban. O sea, que en esto no había cambiado mucho respecto de la vaquería.
En 1960 se pusieron, si no recuerdo mal, dos nuevas paradas en la línea 1 del Metro, que llegaba hasta la estación de Portazgo y facilitaba mucho la llegada de los que vivían más lejos. Yo iba también en el Metro y subía la cuesta desde Portazgo, cruzando ese barrio, lleno de desperdicios, viendo cómo salía el humo por la puerta de la cocina-habitación de las chabolas, o cómo las mujeres tiraban en las inmediaciones las aguas sucias.
Entraba en Tajamar y dejaba en la puerta, que estaba justo frente al barrio de chabolas, a un hombre ya mayor sentado en una silla baja de anea, fumándose un cigarrillo de picadura. Se llamaba Julián Galán, aunque en El Cerro todo el mundo le conocía como Tío Julián. Era el portero del Instituto: un hombre con mucha historia, puesto que fue nada menos que cofundador de El Cerro. Un día me reveló su misterio:
—Vine aquí por el año 1918, con el Tío Felipe, un compañero de trabajo, que me parece que era de Ávila. Él compró unos terrenos, hizo un corral y se dedicó a la recogida de basuras, un negocio que viste poco, pero que rinde. Yo apañé unos terrenos de renta para labrar y cuidaba del ganado de mi propiedad. La gente empezó a venirse a vivir a El Cerro a poco de cuando Primo de Rivera trajo la dictadura, allá por los años veinte. Después, en la guerra, perdí todo el ganado. Así que estoy como estaba: ni he subido ni he bajado.
Me gustaba charlar con aquel hombre, que tenía una conversación y una filosofía de la vida verdaderamente singulares.
Al caer la tarde, se repetía otra escena que me encanta rememorar. Hay alumnos que se retrasan jugando a las bolas y les animo a irse a su casa. Luego salgo de Tajamar y estoy en pleno campo. Allá abajo, en Madrid, empiezan a encenderse los anuncios luminosos. Un grupo de obreros, todavía con la cesta de la comida al brazo, regresan de trabajar. Algunos de ellos se quedan en Tajamar, porque esa tarde tiene lugar la charla mensual con los padres de los chicos.
A mí me queda todavía bastante tarea en las últimas horas del día. Los atletas estarán a punto de llegar al gimnasio de Requena. Y allá me voy, cerro abajo, esquivando los charcos, entre las chabolas, a la vez que encomiendo sus esperanzas al Señor.

Un crecimiento constante
Poco a poco, Tajamar fue creciendo. Se construyeron los pabellones de lo que solemnemente llamamos la segunda fase, con la que comenzó el bachillerato en la rama laboral o técnica, que funcionaba como Instituto Laboral independiente de la Sección Filial del Instituto.
Pronto vendría la tercera fase, con la que comenzaron los estudios de formación profesional y los cursos intensivos para adultos en electrónica, torno, delineación, etc.
Con la cuarta fase de las obras se construyeron los pabellones de Primaria y otros campos de deporte más amplios. También se construyó el edificio central, el taller de forja y soldadura, y la residencia de profesores. Y por último, otro edificio con una torre, donde está el oratorio y un salón de actos. Debajo del oratorio hay una cripta, más pequeña, en la que queda reservado el Santísimo, donde los que quieren van a saludar al Señor al llegar o marcharse del colegio.
Este crecimiento de Tajamar no pasó inadvertido en Madrid, donde muchas empresas y fábricas empezaron a tener alumnos que habían estudiado en Tajamar. Algunas hicieron llegar sus ofertas de trabajo. Recuerdo que uno de esos grupos de antiguos alumnos comenzó a trabajar en la Standard Electric en verano de 1965, y el siguiente mes de mayo aquella empresa nos dirigió una carta que Bernardo nos leyó con satisfacción: «El comportamiento de este personal proveniente de Tajamar es hasta la fecha excelente, y su capacidad y rendimiento en el trabajo pueden considerarse extraordinarios».
A medida que pasaban los años, las sucesivas promociones iban abriéndose camino hacia el mundo universitario o hacia puestos de trabajo en la industria. Y empezó a suceder algo que me gustó mucho: antiguos alumnos procuraban ayudar económicamente a Tajamar porque sabían bien las necesidades que había y sigue habiendo.

El Libro de Honor de Tajamar
Año tras año, Tajamar fue siendo cada vez más conocido en España y en el extranjero. No pasó mucho tiempo y ya era habitual ver, entre los edificios de aulas y talleres, a grupos de visitantes que observaban las instalaciones y escuchaban las explicaciones de algún profesor o directivo del Instituto.
Son personas que desean conocer Tajamar por motivos diversos: unos son profesores o empresarios; otros son personas interesadas en la formación de la gente joven. En el Libro de Honor del Instituto hay firmas de muchas visitas. Por ejemplo, el director de la Oficina de Educación de la UNESCO escribía, después de la visita: «He descubierto Tajamar con la alegría de quien descubre una obra fructífera». Después de un viaje por casi todo el mundo, el director del Instituto Técnico Argentino, un hombre de religión judía, escribió: «Mis mejores deseos de éxito al primer centro con alma que he tenido la suerte de conocer». Más tarde, nos envió una revista de Buenos Aires, en la que narraba su viaje y dedicaba un amplio comentario a su visita a Tajamar, que calificaba como un Centro «revolucionario en sus métodos de enseñanza».
Hay firmas de obispos, periodistas y corresponsales de prensa de distintos países, cantantes, actores, toreros, deportistas, etc. Aparecen nombres de empresarios, grupos de profesores del Centro Español de Formación del Profesorado, cursos del Instituto de Ciencias de la Educación de varias universidades, etc.
En la prensa de aquellos años aparecen con frecuencia noticias de algún acontecimiento deportivo de Tajamar, un récord, una medalla o lo que fuera. La verdad es que Tajamar, estando como estaba en un barrio obrero, llamaba bastante la atención en una época en que parecía que todo lo que tenía que ver con los trabajadores debía surgir de la organización sindical y de las universidades laborales.
Como por entonces alguna persona del Opus Dei empezó a estar presente en la vida pública, muchos pensaban que en la Obra sólo había gente de ese tipo. Supongo que es un error en el que es fácil caer, porque la gente de más relieve suele ser más conocida que los obreros. Algunos periodistas quisieron conocer Tajamar de primera mano, que es como hay que conocer las cosas si se quiere escribir sobre ellas con acierto, y el resultado fue bastante esclarecedor.

Formación integral
Desde sus comienzos en la Colonia Erillas, estaba presente en todos los que hacían Tajamar esta idea: la enseñanza no podía ser meramente instructiva o técnica. Había que conseguir una formación integral: académica, humana y espiritual, y eso sólo podía lograrse mediante una atención individualizada.
Para lograrlo, desde el principio se implantó en Tajamar la figura del preceptor o tutor: una persona que habla cada cierto tiempo personalmente con el alumno para orientarle en sus dificultades. Poco a poco, conforme la confianza crece, los chicos ven en el preceptor a un amigo del que pueden aprender muchas cosas. Así, además de los temas más académicos, pronto tratan, si quieren, en una charla sencilla y abierta, sobre sus ilusiones, sus proyectos, la relación con su familia y sus amigos. En esas conversaciones se conoce mejor a los alumnos y de esta manera se les puede orientar mejor en sus problemas.
He visto que la figura del preceptor es algo que agradecen, que buscan, que valoran. En una ocasión, un alumno me decía:
—Yo antes era de los alumnos diurnos; pero ahora trabajo durante el día y he de venir a clase por la noche. Lo que echo de menos es el preceptor. Quería pedirle a usted si quisiera ser el mío.
Le contesté que sí, y le expliqué que no había preceptores en la sección nocturna porque eran alumnos ya mayores, algunos incluso padres de familia.
Bernardo Perea, el director del Instituto, decía que sólo merece el nombre de educación —y lo digo con sus propias palabras— «la que ayuda al educando a tomar conciencia de su dignidad, de su inalienable condición de ser libre y de su correlativa responsabilidad». Y eso es algo que los alumnos de Tajamar comprendían enseguida en su vida, aunque si hubieran leído esta frase quizá no la hubieran entendido. Se comportaban con naturalidad, sin esos cambios de timbre de voz que, a veces, se advierten cuando los alumnos hablan con los profesores o personas mayores. Allí se expresaban con respeto, por supuesto, pero de la misma forma que lo hacían con sus amigos del barrio.
A propósito de esto, a comienzos de los años sesenta estuvo en Tajamar el Cardenal König, entonces Primado de Austria, acompañado por el entonces Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella y el director del Instituto, Bernardo Perea. En su recorrido, estuvo hablando con un alumno de unos doce años que en ese momento venía por un pasillo en dirección contraria. El chico, fue respondiendo a sus preguntas: el curso a que pertenecía, las clases que más le gustaban, su horario, etc., y en un momento dado se refirió al preceptor. El Cardenal le preguntó qué era eso del preceptor.
—Es un profesor que me orienta en los estudios. Charlo con él cada quince o veinte días, y le cuento lo que me pasa.
—Pero... ¿le cuentas todo, todo?
—Todo, todo, sí.
El Cardenal, en tono de broma, le dijo:
—Bueno, eso lo harás tú, porque eres pequeño, pero ¿harán lo mismo los mayores?
Sin inmutarse, el chico contestó con ese desparpajo tan propio de Vallecas:
—Pues eso pregúnteselo usted a los mayores.
El Cardenal rió con ganas.

Lo primero, los padres
Desde el principio los profesores de Tajamar procuramos estar en contacto con los padres, que son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Ya en el primer curso en la Colonia Erillas, Bernardo Perea comenzó a charlar y a entrevistarse con ellos.
Cuando estaba en la vaquería, hablábamos con algunos padres en un bar, o íbamos a su casa, porque no todos podían desplazarse hasta allí. Siempre se esmeraban por atendernos bien mientras hablábamos con ellos de la marcha del chico.
Los padres estaban contentos y algunos se animaron tanto que decidieron comenzar ellos mismos a estudiar el bachillerato nocturno. Era impresionante ver el interés que se tomaban por aprender, haciendo a veces un curso inferior al de sus propios hijos. Los tres primeros que lo hicieron, y pienso que demostraron con ello una valía humana muy especial, fueron Félix Haering, Teófilo Casado y Paco Feito.
Dos de ellos, Félix y Paco, formaron un trío, junto con León Hernández, que se llamó El Trío Trinámico (en alusión al famoso Dúo dinámico). Preparaban un número de payasos para festejar las tertulias de las fiestas de Tajamar, especialmente la de Navidad, a la que acudían muchos padres y familias de los alumnos y de los profesores.
La celebración del aniversario de Tajamar es particularmente emotiva para mí. Suele haber diversos actos académicos y deportivos, un partido de fútbol entre profesores y alumnos: las espadas siempre en alto, porque la ventaja va casi siempre de parte de los alumnos, pero hay veces en que la técnica y la experiencia de los profesores derrotan a la juventud y al empuje de los chavales. También hay una comida donde se reúnen todas las personas que trabajan en Tajamar, profesores y demás personal.
La fiesta de Nochebuena es otra tradición muy arraigada, que comenzó a celebrarse en el gimnasio de Requena. Se iniciaba a las 12 de la noche, con la Misa del Gallo. Luego venía la fiesta, con una asistencia de varios cientos de personas. No era extraño que se acercara alguna pareja de la policía para averiguar a qué se debía esa concentración y siempre acababan tomando un refresco con nosotros.
La Navidad traía también la costumbre de los belenes, que cada clase construía en su aula. El primer día de vacaciones lo visitaban las familias, y un jurado formado por padres y profesores otorgaba premios a los mejores.
Estas costumbres cristianas calaban en los chicos, porque la mayoría tenían fe. En Tajamar todos los actos de culto son voluntarios, aunque el espíritu cristiano estaba y sigue estando presente en mil detalles.
En aquellos años, en la Agenda Escolar que tenía cada alumno, donde apuntaba su labor diaria, estaban impresos dos puntos. Uno tomado de Camino, el número 823: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —un ladrillo y otro, miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!». Y el otro punto era un breve poema de Antonio Machado: «Despacito y buena letra. / El hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas».
Desde el principio se respetaba la libertad de las conciencias de los chicos y sus familias, siguiendo el espíritu de aquellas palabras del Fundador del Opus Dei: «Nadie en la tierra debe permitirse imponer al prójimo la práctica de una fe de la que carece; lo mismo que nadie puede arrogarse el derecho de hacer daño al que la ha recibido de Dios.» O de aquellas otras: «Recibo a todo el mundo: tengo el corazón y las puertas de nuestras casas abiertas siempre a toda la gente, porque no puedo hacer la injusticia de privar a nadie de la caridad de Jesucristo» .
Hay entre los alumnos chicos de otras confesiones religiosas, a los que se trata con mucho respeto. En algún caso hay conversiones, como la de David, un alumno mío que era protestante, como su madre viuda, limpiadora de un bar de la Puerta del Sol. Se interesó por la fe católica y quiso ir a las charlas de formación religiosa. Le dijo a Manolo Plaza, su preceptor, que quería bautizarse. Tras un tiempo de preparación, se presentó a un examen de doctrina cristiana ante un sacerdote del Arzobispado, como se hacía entonces. El examen era por la mañana. Llegaron las doce y David le pidió al sacerdote que interrumpiera el examen para rezar el Angelus, como hacían todos los días en el colegio.
—Por supuesto —contestó el sacerdote—, rezamos el Angelus y se acabó el examen. No tengo más preguntas que hacerte.
El bautizo se celebró en una iglesia de Vallecas. Lo ofició don Rodrigo y fueron padrinos Bernardo Perea y su mujer, Lola. Después hubo un pequeño festejo en el club juvenil Palomeras, donde solía acudir David algunas tardes.
La labor de formación con los alumnos se completaba, como ya he dicho, con la que se hacía con los padres, sin cuya colaboración la educación difícilmente se consigue. En estos años se les atendió de muchas maneras, hablando mucho con ellos sobre la educación de sus hijos, y también sobre su propia vida cristiana, si lo deseaban, para que pudieran dar ejemplo también en esto a sus hijos.
Era gente buena y sincera. Tenían poca formación, pero tanto ellos como sus hijos tenían también muchas ganas de aprender y una disposición estupenda, que es lo importante. Vi en ellos lo que decía el Fundador del Opus Dei: «hay almas oscuras, ignoradas, profundamente humildes, sacrificadas, santas, con un sentido sobrenatural maravilloso, (...) un sentido sobrenatural que no raramente falta en las disquisiciones hinchadas de presuntos sabios, (...) y esas almas sencillas son poderosas delante de Dios, y obran prodigios apostólicos que pasan inadvertidos a los hombres» .
Esa estrecha relación entre el colegio y las familias la entendió muy bien el padre de un alumno de primer curso, que dijo un buen día a un profesor con el que se encontró a la entrada del colegio:
—Vengo tan a menudo por aquí porque Tajamar también es nuestro. Cuando viene a verme algún amigo le digo: voy enseñarte una nueva adquisición que he hecho. Y le enseño Tajamar.
El padre de otro alumno se presentó un día en Tajamar. Quería hablar con el preceptor de su hijo. Aquel hombre le dijo que agradecía mucho que su hijo ahora estudiara más y se portara mejor en casa, y que le parecía bien que su chico mejorara, que fuera a Misa los domingos, e incluso algún día entre semana si quería, pero...
—Pero, mire —continuó—, yo no puedo hacer eso. Yo quiero que mi hijo sea mejor que yo, pero, compréndame, yo llevo muchos años apartado de todo esto.
El preceptor comprendía lo difícil que resultaba a aquel hombre volver a la práctica religiosa. Le escuchó con interés y se pusieron a hablar de otros temas. Pasó el tiempo. Mientras tanto el chico, sin saberlo, iba haciendo cada vez más mella en su padre. Un día volvió aquel hombre:
—Me doy cuenta de que no hay nada que hacer. O prohibo a mi hijo que haga lo que hace, o tengo que cambiar yo y hacerlo también. Como lo primero no me va, aquí estoy para que me digan qué tendría que hacer para ser como él.
Cuento todas estas cosas y quizá parece que todo en Tajamar salía bien. No es así. Tuvimos muchos problemas, y cometimos fallos, como todo el mundo. Con esos errores, y con las "vueltas a empezar" que hay en toda tarea educativa, íbamos procurando llevar a la práctica el ideal cristiano y las enseñanzas del Padre.
Y otra aclaración antes de seguir: estos son mis recuerdos de Tajamar, contados desde mi experiencia y prisma personal. Cada una de las personas que dejaron parte de su vida —y en muchos casos lo mejor de su juventud— en este empeño educativo, podrían contar otros muchos aspectos de esta historia, aportando quizá más fechas y documentación que yo. Mi testimonio quiere ser sencillamente una fuente más para una historia de Tajamar que queda por escribir .

En un barracón encalado
Pronto comenzó también cerca de Tajamar un centro femenino, llamado El Vado, donde algunas mujeres del Opus Dei empezaron a atender no sólo a madres de alumnos sino a todo tipo de personas de Vallecas. Y más adelante, en 1967, nació, a sólo unos centenares de metros, en Moratalaz, un colegio de parecidas características a Tajamar, pero femenino, llamado Senara.
Otro acontecimiento imponente para todo el barrio fue el comienzo de la parroquia de San Alberto Magno. La erigió el Arzobispo de Madrid, don Casimiro Morcillo, el 30 noviembre de 1965 y encomendó su dirección a sacerdotes del Opus Dei.
Su sede provisional fue durante años un barracón encalado, de techo de uralita, como el de las casas de la zona. En un extremo había altar de madera sobre el que estaba el sagrario, un crucifijo, los candeleros y unas flores frescas. En la pared, como retablo, un cuadro de la Virgen. En la pequeña nave, muy limpia, unos cuantos bancos y unas sillas plegables. Todos los días se celebraba la Santa Misa, por la mañana y por la tarde. Yo solía acudir con frecuencia: se rezaba a gusto allí, en esa iglesia en la que el Señor esperaba a las gentes del barrio.
Don José Luis Saura, el párroco, era un sacerdote de unos treinta y cinco años, alto, que se hizo bastante popular. Cuando llegó, la parroquia tenía pocos feligreses. Pero a base de acudir adonde estaba la gente, también a esos bares de El Cerro que estaban instalados en las mismas viviendas, acabó haciéndose amigo de todos. El "miedo al cura" fue desapareciendo. Era fácil verle en casa de uno o de otro, muchas tardes de domingo, charlando un rato con familias enteras, familias que en muchos casos se habían distinguido por su anticlericalismo.
Había un chico de unos dieciséis o diecisiete años que decía que él no creía en los curas. No pasó mucho tiempo cuando, un buen día, en plena calle, don José Luis oyó que alguien le gritaba desde lejos:
—¡Cura, cura... venga!
Don José Luis se volvió, y al ver quien era, le dijo:
—¡Ven tú, que tienes bici!
El muchacho se acercó y le dijo:
—Era para que viniera usted a comer a mi casa.
—Pero hombre —le dijo con tono divertido—, ¿cómo voy a ir a tu casa si tú no quieres a los curas?
—No, mire. Yo quiero que venga porque usted trabaja. Lo que yo no admito en mi casa es uno que no trabaje. ¡Hala, véngase, que queremos que coma con nosotros!
Acudían al barracón que servía de parroquia muchas madres para apuntar a sus hijos a la preparación de la Primera Comunión. Don José Luis les aconsejaba a las que sabían leer que repasaran el catecismo con sus hijos en casa. Un día en que estaba yo con él, escuché cómo se lo decía a una madre. No debía ser la primera vez, porque la mujer se volvió hacia su hijo y le dijo:
—Ya has oído a don José Luis, que te tengo que tomar todos los días la lección. Así que luego no me vengas con que tienes que ir a jugar al fútbol.
Y volviéndose hacia otra amiga le dijo, en voz más baja:
—¡Pues vaya con el señor cura! Ahora resulta que las que estamos aprendiendo el catecismo somos nosotras.
Otro personaje popular de El Cerro era un hombre, que hablaba muy poco, pero que, cuando lo hacía, la gente le escuchaba con respeto.
Era de los que no pisaban la iglesia. Sin embargo, como apreciaba al cura, asumió el papel de aconsejarle. Un día, en que don José Luis hizo algo que no había caído bien en El Cerro, este hombre se acercó al barracón y, sin mencionar ese tema en concreto, le dijo, sentencioso:
—Mire, don José Luis. Haga usted muchas cosas bien..., y pensaremos que eso es lo que tiene obligación de hacer. Pero haga usted algo mal, por pequeño que sea, y ya es usted malo. ¿Comprende? De todas formas, no se preocupe, intente seguir haciendo las cosas como las hace, y no se preocupe, que esto pasará.
Y así fue. Aquel hombre salía en defensa de don José Luis cuando le parecía oportuno..., a su manera. Una manera, como diría yo..., pero mejor lo explico con un ejemplo. En una ocasión, estaba tranquilamente en el bar, a última hora de la tarde, como de costumbre, y uno de los presentes se permitió decir algo malo contra el párroco. Inmediatamente, como un resorte, se levantó y le dijo:
—Retira ahora mismo eso que acabas de decir, porque no es verdad y tú lo sabes.
—Hombre, no es para ponerse así —le dijo el otro.
—Sí que lo es. ¡Y te digo que lo retires ahora mismo porque es mentira!
Como el otro no estaba dispuesto a desdecirse, se acercó y le puso la navaja en el cuello, lo que, según me contaron, aceleró bastante la cuestión.
Luego se sentó, satisfecho, porque no estaba dispuesto a que nadie en su presencia se metiera con un amigo suyo, fuera cura o no.

Octubre del 66
Estamos en octubre de 1966. El despacho parroquial junto a Tajamar atiende asuntos diarios: inscripciones para la catequesis y la Primera Comunión, bodas, bautizos, etc. Las madres hablan de sus hijos:
—Mire usted, mi hijo aún no tiene la edad para hacer la Primera Comunión. Pero es un chico listísimo, ¿sabe usted? Con decirle que el otro día...
Sin embargo, a veces hay asuntos más extraordinarios. Ese día por la tarde un grupo de mujeres llegan llorando muy nerviosas:
—¡Los guardias están derribando nuestras chabolas!
Seis familias que se quedaban sin hogar. Don Rodrigo salió enseguida y se presentó ante el teniente que, con unos cuantos guardias más, protegía a los obreros que realizaban la demolición:
—Pero ¿qué hacen ustedes? —preguntó don Rodrigo.
—¿Cree usted que esto es un plato de gusto? —respondió el teniente. ¡Órdenes son órdenes! —y le enseñó el documento en el que se le ordenaba derribar aquellas chabolas.
Al momento Bernardo y don Rodrigo fueron a la Dirección General de la Vivienda, el organismo de donde procedía aquella orden de derribo. De camino hacia el Ministerio, visitaron varios periódicos. Pasaron el día entero haciendo gestiones, pero no encontraban un sitio donde alojar a las seis familias que se quedaban sin hogar si tiraban sus casas —es un decir— sin darles una solución. Consiguieron, eso sí, con ayuda de la prensa de la mañana siguiente, detener el derribo, pero... ¿qué hacer esa noche con los que estaban en la calle, sin techo donde cobijarse?
Llegaba la noche y aquellas gentes seguían a la intemperie, con sus pocos enseres. Una mujer estaba a punto de dar a luz; una familia tenía una hija bastante enferma... Les dijeron que llevaran los colchones y las ropas a las aulas de Tajamar y que pasaran la noche allí. Mientras, no hubo más remedio que reconstruir de inmediato las chabolas derribadas, porque las clases en esas aulas tenían que continuar a la mañana siguiente.
A esas horas, todavía estaban en Tajamar los alumnos del Bachillerato nocturno. Don Rodrigo pasó por las clases pidiendo voluntarios: todos levantaron el brazo. Don José Luis fue por los bares de El Cerro, pidiendo también ayuda a los que estaban allí, apurando los últimos ratos del día.
Y comenzaron a trabajar: los hombres, colocando tablones, ladrillos y uralitas, y las mujeres sin parar de traer tazones de café para que aguantasen el trasnoche. Don José Luis Saura resultó ser bastante diestro con la paleta y levantó una pared tan bien como el albañil de oficio que tenía a su lado, que no dejaba de mirar hasta que dijo:
—Si no lo veo, no lo creo. ¿Dónde ha aprendido usted el oficio?
A las dos de la mañana habían construido tres viviendas. Alguno sugirió a Pepe, uno de los que colaboraba, que ya podía irse a su casa, porque era muy tarde y no faltaba mucho para terminar. Pepe se negó:
—Total, una hora más y acabamos las seis.
El incidente de las chabolas no pasó inadvertido y tuvo gran eco en la prensa madrileña. Estaba en su apogeo el problema del chabolismo. Precisamente, a principios de ese mismo año 1966, don José Luis había hecho varios intentos para que se creara una cooperativa que resolviera el grave problema de vivienda de la zona. Convocó a algunos vecinos del barrio en un aula que les prestó Tajamar y les dijo:
—La cosa es difícil. No tenemos medios, pero hay que intentar algo. No perdemos nada. Si lo logramos, estupendo. Y si no lo conseguimos, tendremos la tranquilidad, por lo menos, de haber hecho todo lo que estaba de nuestra parte.
Don José Luis había intentado ponerse en contacto con el Director General de la Vivienda, para hablarle de la Cooperativa y de unos terrenos del Ministerio que estaban en el mismo Cerro, pero las gestiones no dieron resultado.
Tuvo que ser precisamente el eco de las informaciones de prensa sobre el incidente lo que moviera al Director General de la Vivienda a citarle en su despacho. A este señor le parecía que se estaba tratando el asunto de las chabolas del barrio de forma demagógica. Don José Luis le repuso:
—Si usted derriba las chabolas y no puede darles casa, recójalos a todos y devuélvalos a sus pueblos, donde sí que tienen casas.
—Eso no entra en mis atribuciones.
—Entonces, puede impedir que se construyan más chabolas, pero no debe usted ordenar destruir las que hay, dejando a esas personas en la calle. No se puede extrañar de que les ayudemos. Yo me alegro de poder hablar con usted, porque en el barrio queremos que se promueva una cooperativa para hacer unas viviendas dignas.
Las relaciones quedaron abiertas y aquel director general acabó visitando El Cerro. Conoció Tajamar y el barracón donde estaba provisionalmente la parroquia. Don José Luis le hizo ver la miseria que había en el barrio. Aquello debió surtir efecto, porque al final preguntó:
—¿Y cuáles son los terrenos que ustedes decían?
Don José Luis le mostró el lugar.
—¡Pero si son muy buenos!
—¡Precisamente por eso los queremos! ¡Porque son muy buenos!
Aquel hombre no comentó nada más. Regresaron a Tajamar y allí le dijo a don José Luis:
—Le prometo aquí, delante de estos señores, que si puedo, y voy a hacer todo lo posible para que sea así, esos terrenos serán para su cooperativa.
En una reunión posterior, dijo que el Ministerio no podía vender esos terrenos, porque no había compradores con solvencia, pero que si lograban que la "Cooperativa Jesús Divino Obrero", de Álvarez Abellán, que era conocida por su experiencia en ese tipo de proyectos, se hiciera cargo de la construcción, entonces se podría conseguir la aprobación. Alvarez Abellán era un hombre honrado y competente, que construía bien y a buen precio.
Y así nació, después de aprobar los estatutos el 26 de julio de 1967, la "Cooperativa Nuestra Señora del Cerro". Una iniciativa que, aunque ya tenía nombre, no dejaba de ser una pequeña aventura, porque aquellas familias no tenían posibilidades económicas de ningún tipo. Don José Luis estuvo muy activo. Procuró responsabilizar y alentar a sus feligreses a trabajar por su cuenta y a ejercer sus derechos en todos los recovecos de las oficinas de la Administración pública. Les animaba a superarse ante los obstáculos que surgían, que no eran pocos.
En la labor de la Cooperativa, merece una mención especial don Manuel Serrano, un coronel jubilado que había conocido a don José Luis cuando éste hizo el servicio militar en Aviación. Al jubilarse, sabiendo que su antiguo soldado estaba en El Cerro de Pío Felipe y, sobre todo, sabiendo qué es lo que hacía allí, se presentó un buen día y se ofreció a ayudarles. Gracias a su trabajo incesante, consiguió que todos los cooperativistas obtuviesen el dinero que les correspondía de sus respectivos Montepíos laborales para construir las viviendas.
En El Cerro sólo había una fuente, con un chorrito que requería armarse de paciencia para llenar un cubo de agua. También se logró que el Ayuntamiento pusiera varias fuentes y alcantarillado. Hasta entonces toda la porquería corría por un regato que estaba en el centro de las calles. Y después se consiguió agua corriente.
Por fin, en 1970, comenzaron las obras. Se construyeron 1.189 viviendas, que se adjudicaron a los que vivían en las cuevas, en las chabolas y en las casas bajas. La primera entrega, de 391 viviendas, se efectuó en julio de 1974; y los últimos 180 pisos se entregaron en octubre de 1975.
Apareció una nueva barriada, limpia y ordenada, en uno de cuyos extremos se elevó más tarde el nuevo templo de la parroquia de San Alberto Magno, inaugurado en noviembre de 1979, y que se alza enfrente de Tajamar.

El Club de Periodismo
Algunos alumnos de últimos cursos de Tajamar comenzaron a colaborar en la Parroquia de San Alberto Magno, con la catequesis de los pequeños y la preparación para la Primera Comunión. Y fueron naciendo también diversos clubes. Los deportes, como ya he dicho, crecieron en las más distintas modalidades. De algunas ya he hablado, porque surgieron muy pronto; otras aparecieron más tarde, como el tenis, que por entonces Manolo Santana hizo tan popular gracias a sus éxitos.
También se crearon clubes en torno a otras especialidades: el de aeromodelismo; de arte; de teatro; de cine; o de ciencias naturales, que ha sido motivo de muchas excursiones ecológicas, y cuya sede Antonio Hernández-Carrillo, otro veterano profesor, acabó convirtiendo pronto en un auténtico museo.
A comienzos de los años sesenta, comenzó el Club de Periodismo en la sala de estar del Centro de la calle Monte Perdido. Los martes y jueves a las ocho y media de la tarde, acudían los muchachos de los clubes deportivos y del Instituto Tajamar con afición por el periodismo. Más que una clase, era un tiempo de trabajo con un periodista experimentado que les facilitaba el conocimiento de la técnica periodística y les ayudaba a enjuiciar las cosas con profundidad, a enmarcar los acontecimientos dentro de una visión más general —y muchas veces más positiva— de las cosas.
Las clases resultaban siempre animadas. Unas veces el profesor traía varios periódicos del mismo día, incluso de varios países, para hacer un estudio de su estilo peculiar y de las características de cada uno; otras, las explicaciones eran sobre la forma práctica de realizar editoriales, crónicas, reportajes.
Los asistentes redactaban sus trabajos, que se leían en la siguiente sesión, a veces después de ser publicados en algún medio de comunicación. Parte de ese material aparecía en "Puente", el Boletín de Tajamar que por entonces comenzó a editarse periódicamente. El club fue creciendo con los años e hizo descubrir su vocación por el periodismo a muchos que ahora son conocidos profesionales.
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