Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de reir, tiempo de llorar
Rosa d'abrilMorena de la Serra
de Montserrat estel...
1. 27 DE ABRIL DE 1954
El santo de Montse
Aquel 27 de abril de 1954 hubo, como en todas las fiestas de la Virgen de Montserrat, alegría y regocijo en el hogar de los Grases. ¡Era el santo de Montse! Se sucedieron las felicitaciones de todos los hermanos, como en todos los "santos" que se celebraban en la casa. Manolita se fue con la imaginación a la Santa Montaña: le parecía escuchar las voces graves de los monjes del monasterio entre los picos escarpados en los que la imaginación popular veía figuras fantásticas: el "Gegant Encantat, el Setrill, la Panxa del Bisbe..." En aquel momento -pensaba- se alzarían al cielo las voces blancas de los niños de la escolanía con la melodía entrañable del "Virolai" o la Salve montserratina... y habrían llegado allí, como en todos los días de su fiesta, cientos y cientos de peregrinos de toda Cataluña para besar la imagen de la Moreneta y participar en los actos litúrgicos, que en Montserrat revestían una especial solemnidad...
Durante los primeros años de su matrimonio Manuel y Manolita habían pasado allí varias noches de Navidad: ¡Montserrat! Un nombre cuya significación más honda en el alma catalana ronda lo inefable:
íl.lumineu la catalana terra
guieu-nos cap al cel...
Una caricia de la Virgen de Montserrat
Aquel día, en la Sede central del Opus Dei en Roma la vida seguía su curso normal, y todo parecía indicar que esa fiesta de la Virgen sería un día más de trabajo en la cálida primavera romana. Pero...
"Al mediodía, era la una menos diez -recuerda Encarnita Ortega-, Don Alvaro le puso (al Padre) una inyección de una nueva marca de insulina retardada; después bajaron los dos al comedor porque era la hora de comer (...).
El Padre (...) desde hacía bastantes años sufría de diabetes, y estaba pasando una temporada en la que la enfermedad se había agudizado. Todas las semanas se le hacían análisis y cada vez el resultado era más negativo, a pesar del régimen alimenticio tan riguroso y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba.
De repente, ya en el comedor, sentado, tuvo un shock anafiláctico, se dio cuenta de que se moría y le pidió la absolución a don Alvaro y como don Alvaro quedó, por la sorpresa, un poco desconcertado, el Padre le inició la fórmula y quedó ya sin sentido".
Era un shock anafiláctico. Don Alvaro del Portillo, después de darle la absolución intentó que tomara algo de azúcar. Se avisó rápidamente al médico. Y a los pocos minutos, lentamente, el Fundador empezó a recobrarse, aunque se había quedado ciego.
Vino el médico, que se quedó extrañado de la situación: habitualmente una reacción de ese tipo solía ser mortal casi de necesidad. Sin embargo, don Josemaría se repuso y recobró la vista al cabo de varias horas. Y desde aquel día la diabetes quedó totalmente curada. Había sido una caricia de su Madre la Virgen en el día de la fiesta de Montserrat...
"Dios quiso que se recuperase -recuerda Encarnita Ortega-. Y pocas horas después cuando pudimos verle -nos llamó a María José Monterde y a mí, que éramos las que nos habíamos enterado-, para tranquilizarnos nos decía:
-Personalmente estaba muy tranquilo, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero, por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído y me concede una nueva etapa fecunda.
Como nosotras permanecíamos un poco alarmadas -era lógico-, para alejar toda preocupación se puso a realizar un trabajo en el que pidió nuestra colaboración y lo salpicaba de detalles de buen humor y de proyectos de nuevas actividades.
Su paz ante la vida y ante la muerte fue una lección más de serenidad y de abandono total en los brazos de Dios".
2. OCTUBRE DE 1954. ¡AQUELLA MIRADA!
Así pasó el verano.Meses después, un día de octubre de aquel mismo año de 1954, Manolita García pulsaba el timbre de LLar acompañada de su hija mayor. "Fui a recogerla a la salida del Colegio -cuenta- y la llevé a Llar. El piso estaba varias manzanas más arriba, no muy lejos de casa: a unos veinte minutos andando. Nos recibió Mirufa Zuloaga que era la Directora, y Pepa Castelló, que le estuvo enseñando el piso y le presentó a las chicas que iban por allí".
"Aquel día -cuenta Pepa- estábamos colgando unos cuadros en el pasillo cuando me presentaron a Montse. Recuerdo que le pregunté si me podía echar una mano y me dijo que sí. Se fue su madre y ella se quedó ayudándome a colgar los cuadros". -"Era una chica guapa y simpática -recuerda Mirufa Zuloaga-, muy sonriente". -"Traía -cuenta Rosa- el uniforme de las Damas Negras y venía con el lazo suelto del pelo, mirándonos con un poco de desconfianza... Es como si la estuviera viendo... Me la presentaron, me escuchó cómo tocaba un rato el piano, y al final le pregunté:
-¿Te gustaría recibir unas cuantas clases de piano?
-Sí que me gustaría y que me enseñaras a acompañar canciones y todo eso.
Y se fue jubilosa y contenta, sin aquella pequeña desconfianza que tenía cuando entró".
"Cuando vino por la noche estaba contentísima -recuerda su madre-. Nos estuvo contando que si las de Llar eran así, que si Pepa le había dicho esto, que si Pepa por aquí, que si Pepa por allá... Siempre he pensado que aquel día se le quedó el corazón allí".
"A partir de ese día -recuerda Rosa- continuó viniendo a Llar con cierta frecuencia; sobre todo los sábados, que era el día en que teníamos la meditación. Enseguida se hizo amiga de todas, porque tenía el don de saberse hacer amiga de la gente, con su forma de comportarse, tan sencilla y amable. Tenía montañas de amigas: las del Colegio, las de Seva... y las quería muchísimo".
María Luisa Suriol subrayaba estas cualidades, y añadía: "pero no se podía decir al verla: 'esta chica es una santa', porque no destacaba en nada; era corriente, pero encantadora".
"Muchas de esas amigas empezaron a venir por Llar -añade Pepa- gracias a Montse, y organizamos con ellas una charla de formación humana y espiritual. En esas charlas se les hablaba de santificar el trabajo, de ofrecer las clases, y las horas de estudio; de tratar personalmente al Señor en la oración, del sentido cristiano de la mortificación y de cómo ser contemplativos en medio del mundo; y también de algunas virtudes humanas, como la sinceridad, la lealtad, la alegría..."
"¡Aquella mirada...! -continúa Rosa-. Con aquella mirada te lo decía todo". -"Era lo que más sorprendía de Montse -cuenta Carmiña Cameselle-. Era una mirada clara, serena como ella, aunque tenía algo de genio. Su padre decía que tenía 'un pronto'..."
"Es verdad. Era dulce de manera de ser -concluye Rosa- y enérgica al mismo tiempo. Y espontánea, terriblemente espontánea. ¡Ah!, ¡y no le gustaba nada que la contradijeran! En cuanto la pinchaban, se enfadaba enseguida. Por eso, a mí me gustaba mucho hacerla enfadar, porque enseguida picaba...
Pero no es que tuviera mal genio: es que era una chica muy extrovertida, con un carácter muy vivo, que de vez en cuando salía a relucir... Una vez le comenté: 'mira: nos hemos ido de excursión, pero hemos llamado a tu casa y me han dicho que no querías ir'. '¡Pero! ¡Pero...! ¿Pero cómo que no quería ir! ¡Si no me has preguntado nada! ¡Pero cómo, si...!' Saltaba como una avispa. 'Sooo, para, para, para -le dije para que se calmase-, que es una broma...'"
"Desde el primer momento -continúa Rosa- le encantó el ambiente de Llar. Y además de venir a los medios de formación humana y espiritual, empezó a asistir a mis clases de piano: se matriculó, pagó su cuota y comenzó a ensayar en aquella pianola que había regalado mi padre, porque yo estaba siempre: 'Papá un piano, papá un piano...' y en cuanto se enteró mi padre de que una prima mía vendía una pianola nos la compró para que pudiéramos tener las clases..., ¡y para que yo le dejara en paz con el dichoso piano...!
La recuerdo allí, ensayando sobre el teclado, con aquella sonrisa... Siempre tan contenta, siempre tan alegre... Entendió muy bien desde el principio que la alegría es un rasgo fundamental del espíritu del Opus Dei".
"Era muy divertida. Rebosaba vida y salud: se estaba a gusto a su lado. No era murmuradora y no le gustaban los chismes. Sabía ceder y confiar en los demás. Y tenía un sentido innato de la justicia: si alguna le decía que ésta o la otra se había colado en el tranvía sin pagar el billete, se ponía seria..."
"Era, además, muy deportista: y siempre me estaba contando sus partidos de tenis, sus excursiones por el Montseny, sus amigas... Y le gustaba mucho el teatro. Recuerdo que una vez intervino en una sesión de teatro leído en la que representamos 'El alcalde de Zalamea'. No lo recuerdo bien, pero me parece que ella hizo de alcalde...
Sí; de alcalde, estoy casi segura: y yo en broma le decía que era un papel muy adecuado para ella, porque como era la hermana mayor, estaba muy acostumbrada a llevar la batuta. Eso se notaba en todo lo que hacía: cuando salía de excursión enseguida hablaba con unas y otras, y concretaba la hora de salida y el sitio al que íbamos a ir y lo organizaba todo; y además lo organizaba muy bien. Por eso, yo le decía que había nacido para caudillo... pero no era más que la consecuencia lógica de que había tenido que cuidar a siete hermanos y esto te da siempre mucho desparpajo en la vida... Era la hija mayor, su madre contaba mucho con ella y eso se notaba".
"Sí; le gustaba organizar cosas -puntualiza su hermano Enrique- pero no por una voluntad de protagonismo, sino porque los demás contaban mucho para ella. Le gustaba estar con otros y planear cosas con y para los demás".
"Con su madre tenía una gran confianza -sigue contando Carmiña- y se lo contaba todo. Estaban muy compenetradas. Se miraban y bastaba con una mirada para que se entendiesen perfectamente".
Lo importante es hacerlo
"Recuerdo que cuando iba a las cuestaciones de la Cruz Roja -dice Rosa- era la que colocaba más banderitas. ¿Por qué? Porque si había que ir a las ocho, Montse se presentaba allí desde el primer momento para poner banderitas... Pero no lo hacía por llamar la atención, por destacar, no; porque yo le preguntaba:
-¿Cuánto dinero has recogido, Montse?
Y me contestaba siempre:
-¿Eso qué importa, Rosa? Lo importante es hacerlo...
-Pero mujer -le decía yo, extrañada-: ¿No has mirado, ni siquiera por curiosidad, para ver lo que había dentro?
-No, no he mirado nada. No se pueden hacer las cosas para mirar después...
Su mentalidad era ésa: hacer el bien y no mirar a quién. Era generosa, muy generosa. Tenía muchas virtudes humanas; y se identificó muy bien con el espíritu del Opus Dei y se entusiasmó muy pronto con el ideal de ser santa en medio del mundo, de santificar el trabajo y de ayudar a los demás en el camino hacia la santidad... Recuerdo que hablábamos mucho de apostolado y de acercar a nuestras amigas a los sacramentos. Yo le decía: 'Fíjate: a lo mejor, la única oportunidad que tendrá esta amiga tuya de oír hablar de Dios es... la que tú le brindes. Y venir a escuchar a un sacerdote, y confesarse es muy importante. Tienes que ayudarla...'.
Entonces empezó a traer a Llar a amigas de su clase, de su pandilla de Seva... Ese afán apostólico lo tuvo siempre: mucho antes de tener vocación al Opus Dei.
Se dio cuenta perfectamente de las penurias económicas que pasábamos en Llar, porque un día me dijo:
-Hay gente que dice que en el Opus Dei hay tantas cosas y yo veo que en esta casa se pasan tantas necesidades...
Y concluyó con un comentario que me gustó mucho:
-Cuando quieres saber una cosa lo primero que tienes que hacer es vivirla. Y sólo entonces puedes hacer un juicio..."
Un cambio sorprendente
"Fue sorprendente el cambio que experimentó a partir del momento en el que comenzó a ir por Llar -sigue recordando su madre-. Y sus hermanos lo advirtieron también. Antes se metían mucho con ella porque estaba algo gordita; sobre todo para hacerla rabiar, porque se enfadaba... pero a partir de entonces, fue desapareciendo poco a poco aquel vinagrillo de su carácter. Se limitó a callarse. Y sus hermanos la fueron dejando en paz: se dieron cuenta de que perdían el tiempo...
Fue limando, también poco a poco, algunos defectos de su carácter. Por ejemplo: no le gustaba nada que la llamasen Montsita. Pero no lo dijo nunca: y cuando alguna de Llar la llamaba así, sin saber que esto la molestaba, sonreía en silencio...
Observé también cómo empezaba a vivir un pequeño plan de vida espiritual. Nada más levantarse luchaba por saltar enseguida de la cama, sin ceder a la pereza... luego se iba rápidamente al colegio; venía; comía justito y se marchaba de nuevo a clase. Y del Colegio se iba a Llar. Allí estudiaba, hacía un rato de oración, asistía a algún medio de formación y ayudaba a la marcha del Centro; en concreto sé que preparaba con todo detalle todo lo necesario para el oratorio, cosa que le hacía mucha ilusión. Y algunos fines de semana se iba de excursión".
"Le encantaban las excursiones -cuenta Pepa- y hacíamos muchas. Recuerdo que antes de salir íbamos a Misa, y siempre me sorprendía encontrar a esas horas -a las seis y media o siete de la mañana de un domingo- las iglesias llenas de jóvenes que iban a cumplir con el precepto dominical.
En definitiva: Montse se lo pasaba de maravilla en Llar".
"Sí -añade su madre, sonriendo-, tan de maravilla se lo pasaba en Llar, que a veces me llegaba a casa un poquito tarde. ¡Y tuve que ir un día allí a quejarme y a decirles que le metieran prisa a la hora de volver...!"
Ni un segundo que perder
"Ella era sobre todo amiga de Ana María Suriol, Sylvia Pons y otras que eran de su misma edad -sigue contando Rosa-. Sin embargo aunque se llevaba algunos años conmigo, congeniamos muy bien. Hablábamos de todo; de cine, de teatro, de los planes apostólicos que podíamos hacer con las amigas que teníamos en común... Entonces estábamos comenzando la labor del Opus Dei con chicas jóvenes en Barcelona y no teníamos ni un segundo que perder...
Recuerdo que un día estábamos hablando de Dios, y yo le comentaba que cumplir la voluntad de Dios es lo único importante en nuestra vida. ¿Qué hubiera sido mi vida sin Dios? 'Mira Montse -le dije sin darme cuenta del alcance de lo que le decía- tú ahora te encuentras bien, pero en un momento dado, como me sucedió a mí, te puede fallar todo lo físico... ¿y entonces qué? Si no estás unida a Dios todo se te derrumbará.
-Tienes toda la razón, Rosa -me dijo- Yo también quiero estar cerca de Dios; y si algún día me sucediera lo que a ti me gustaría continuar con la misma alegría y con la misma ilusión que tengo ahora...'.
-Fíjate -me dijo en una ocasión-, lo que me estoy planteando: mortificar la vista. A mí me gusta mirar ¡por todas partes! Voy por la calle y miro; voy junto a una librería y miro; junto a una tienda de ropa y miro..., y me han dicho que tengo que empezar a mortificarme en estas pequeñas cosas.
-Pues chica -le comenté yo-, a mí esas cosas no me importan tanto: a mí lo que me gusta es leer, oír música...
-Claro... Entonces no mirar no supondrá la misma mortificación para ti que para mí.
Es verdad -pensé-, Montse tiene razón. Ella va habitualmente a pie por la calle, y yo, por mi situación, no lo hago nunca; y al que va andando esas cosas le deben costar mucho más...
Y al cabo de una semana me dijo que estaba luchando mucho en estas pequeñas mortificaciones y que estaba consiguiendo dejar de mirar muchas cosas..."
Montse estaba dando los primeros pasos en el camino de la mortificación hecha por amor a Dios. Mortificación en lo pequeño: de la vista, de la curiosidad... "¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? -pregunta el Fundador del Opus Dei- Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz -sufriendo en todos sus sentidos y potencias-, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti".
"Pero no nos pasábamos todo el día hablando de temas espirituales -prosigue Rosa-; nos gastábamos muchas bromas, nos contábamos chistes... y nos teníamos mucha confianza para decirnos las cosas. Recuerdo que yo la invitaba cada sábado a la meditación que daba el sacerdote; y a veces me decía:
-Chica, es que te pasas; no seas pesada.
Pero al final, siempre venía.
Esas meditaciones las teníamos en el oratorio de Llar, donde había una cruz de palo. Y yo le comenté alguna vez, alentándola a ser generosa:
-Montse: mira esa Cruz: es la tuya. Cuando quieras la coges...
Y ella me contestaba:
-Pero Rosa, ¡qué pesada te pones con lo de la Cruz!
Y yo le decía:
-Vétela mirando..."
3. VERANO DE 1955. NAPOLEON TENIA CIEN SOLDADOS
En el año 1955, la situación profesional de Manuel se normalizó con su nuevo trabajo en una empresa constructora, y cuando terminó el curso escolar, los Grases volvieron, como de costumbre, a Seva. Y allí, con la llegada del calor veraniego, comenzaron las tertulias familiares en el jardín, bajo la sombra de los árboles y las excursiones por los alrededores.
Algunos domingos, Manuel y Manolita con alguno de sus hijos y los de algún amigo, iban de excursión por el Montseny. Salían de Seva muy temprano con las mochilas, comían cerca de alguna fuente o al abrigo de algún caserío, si llovía, y regresaban desde Viladrau, Tagamanent, El Figaró, Aiguafreda, San Marçal,... después de andar seis o siete horas. En esta fotografía se ve a Enrique y a Montse junto a la ermita de Sant Bernat.
Sin embargo, a medida que fueron creciendo, los mayores fueron organizando sus propias excursiones. Y era fácil encontrar, muchos días de verano, a los hijos de los veraneantes de Seva trepando por la falda del Matagalls, sudorosos, y cantando a voz en grito las hazañas de Napoleón, quitándole cada vez una palabra a la letra de la canción...
Napoleó tenia cent soldats
Napoleó tenia cent soldats...
El "grupo de hijos de veraneantes" estaba compuesto por chicos y chicas de edades muy diversas: muchos eran hijos de familias numerosas. Por ejemplo, los Grases en aquel momento eran ocho. Eso hacía que en el grupo hubiese varias parejas de hermanos: Pepón y Marisa Ferrater; María Luisa y Ana Xiol; José María Vives y su hermana Pilar, a la que todos llamaban Pilusi; Juan Antonio, Andrés y Javier Framis; María Teresa, Vicente María y María Eugenia Galilea y sus primos Pepito, Jesús y Cuca... Aquí están algunos en una foto hecha años antes, en la que se aprecia plásticamente, por medio de las estaturas, la "escalera" de edades formada por los hijos de los Grases y de los Xiol. Montse es la tercera por la derecha:
Se llevaban muy bien entre ellos, a pesar de la diferencia de edades: en aquel año los mayores rozaban los quince años, salvo alguno como Andrés Framis, que había alcanzado una edad casi venerable: ¡casi veinte!
Montse trepaba entre ellos, monte arriba, cantando y riendo, como todos, junto a su amiga María Luisa. Ahora, aquella subida era para ellas coser y cantar; no como años atrás, cuando subieron por primera vez el día del "Aplec" al Matagalls, a los once años. Las llevaron los padres de Montse. A la mitad del camino ya no podían ni con su alma, aunque seguían cantando:
Napoleó tenia cent...
Napoleó tenia cent...
Pero no podían pararse: ¡Si no, dirían que el Matagalls era demasiado para ellas y no las dejarían subir más! Tenían que seguir trepando monte arriba y coronar la cumbre como fuera...
"Como queríamos demostrar que podíamos -cuenta María Luisa-, íbamos todo el rato delante, medio muertas, pero sin decir nada.
Recuerdo que cuando nos preguntaban si estábamos cansadas (...), respondíamos a coro: ¡NO! Y luego nos hacíamos nuestras confidencias particulares:
-¿Estás cansada Montse?
-Sí. Yo no puedo más...
-Y yo tampoco...
Pero íbamos siguiendo".
A duras penas lograron llegar ¡por fin! a la cumbre. Allí descansaron, rieron, cantaron y se hicieron algunas fotos, como ésta, en la que aparece Manolita junto a la Cruz.
Pero eso era agua pasada: ahora ya no se agotaban; ahora se superaban fácilmente aquellas cuatro horas de ascensión desde El Brull al Matagalls, con sus 1.694 metros de altura, uno de los tres picos importantes del Montseny, junto con les Agudes, que llega a los 1.706 y el Turó de l'Home, con 1.712. Y lo subían además, cantando:
Napoleó tenia...
Napoleó tenia...
Y al llegar a la cima, ¡qué maravilla! Se veían al fondo, recortados sobre el cielo, los otros picos del Montseny... Allí, en todo lo alto, junto a la Cruz que puso, según cuenta la tradición, San Antonio María Claret, se celebraba el primer domingo del mes de julio una romería, se bailaban sardanas y subía el mismísimo Obispo de Vic a decir Misa...
De todas formas a Montse no le gustaba pasarse las horas muertas contemplando el paisaje, como recuerda Ana María Suriol y en cuanto la inevitable tortilla de patatas sucumbía al voraz apetito de los montañeros, iniciaba el descenso: otras tres o cuatro horas de bromas, cuesta abajo, entre risas, sudores y canciones.
Napoleó...
Napoleó...
El Montseny es un lugar propicio a la fantasía: a los viejos montañeros les gustaba relatar la vieja leyenda del mal cazador que dejó de ir a Misa por cazar una liebre y vagaba eternamente por el espacio... Ellos preferían temas más comunes: anécdotas del colegio, deportes, música... o algo tan socorrido como comentar las películas del cine de la parroquia.
-"¿Qué película ponen esta semana?"
-"Una que han estrenado hace poco: 'Siete novias para siete hermanos'".
-"¿Esa? ¡Pero si ya la he visto yo en Barcelona! -comentaba uno-. Es muy buena, os la voy a contar. Pues resulta que hay siete hermanos en un rancho del Oeste, de ésos que hay en las montañas, en las montañas del Oeste, claro; y entonces el hermano mayor se casa; y entonces bajan todos al pueblo; un pueblo del Oeste, claro; y entonces hay un baile muy divertido; y entonces en ese baile cada hermano conoce a una chica; y entonces piensan que lo mejor es secuestrarlas a todas; y entonces bajan y las secuestran; y entonces..."
Y contaba la película entera, ante la desesperación de los que no la habían visto todavía. Pero no todo era cine. A veces hablaban de temas más elevados, relacionados con Dios y compartían parecidas inquietudes espirituales... "Nos gustaban las mismas cosas -recuerda María Luisa-, y teníamos muchos puntos de vista iguales respecto al modo de tratar a los chicos y manera de ser de las chicas; no sé, cosas que entonces a los 14 y 15 años nos parecían de suma trascendencia..."
"Recuerdo con ilusión -prosigue María Luisa- las tardes de septiembre que, al anochecer pronto, cuando volvíamos de las excursiones, teníamos que bajar por la carretera del Brull, con luna o estrellas; siempre cantábamos; entonces hacíamos la Visita en la Iglesia del Brull".
Un día la conversación discurrió por derroteros más íntimos y personales. "Recuerdo las circunstancias perfectamente, aunque no exactamente la conversación -dice María Luisa-, del día que quizás hablamos más profundamente. Era una tarde, volviendo de las Agudes. Montse no había subido al pico, porque en su casa lo consideraban peligroso. Al regreso, ellos nos vinieron a buscar. Se hizo de noche, y todo el camino fuimos Montse y yo, separadas del resto del grupo, hablando de Jesucristo: si cuando estábamos tristes, le contábamos las cosas -Montse le llamaba 'el Señor'-, y lo que nos ayudaba el descansar en El".
Una amiga de mi hermana
"Así la recuerdo -comenta Jorge Suriol, hermano de Ana María-: como en esta fotografía que le hicieron en el Montseny, junto a la ermita de Sant Bernat; con una de aquellas faldas amplias que le gustaban tanto, y un pañuelo de colores alegres y el pelo rubio recogido..."
"Me gustaba mucho cómo vestía: tenía un estilo muy alegre y muy juvenil; y guardaba siempre aquel equilibrio tan suyo: no se pasaba nunca, ni por ñoña ni por lo contrario..."
El enigma del Gurri
Seva es un pequeño pueblecito de la comarca de Osona, a 663 metros de altitud. Enclavado al sur de la sierra del Montseny, se asoma hacia la extensa plana de Vic. Su población, a mediados de los años cincuenta, era de unos mil habitantes, poco más o menos -1.031 aseguraba el pasado censo de 1950-, que se incrementaban con algunos cientos más durante los meses de julio y agosto, gracias a la afluencia de veraneantes, en su gran mayoría barceloneses.
Durante el verano ofrecía a los forasteros -cansados de respirar asfalto, semáforo y tranvía- sol de montaña, tranquilidad de pueblo y un airecito fresco por las noches que era la gloria. Desde allí se podían hacer muchas excursiones y se celebraban unas buenas fiestas patronales, que tenían lugar, como en gran parte de los pueblos de España, el 15 de agosto: "la Virgen de Agosto". Y contaba además con el aliciente del "Gurri".
¿Quién era el Gurri? ¿Un bandolero? ¿Un nuevo personaje de las películas del Gordo y el Flaco? ¿Un compañero de aventuras de Crispín y el Capitán Trueno? No; el Gurri no era nada más que un arroyuelo sin pretensiones. No era ni siquiera un río; ni siquiera un "aprendiz de río", como el madrileño Manzanares; era algo más modesto: un afluente de segunda del Ter que, desde su nacimiento, al pie del Pla de las Fuentes, bajaba serpenteando tímidamente, haciendo meandros entre hayedos, robledales y pinares, al pie de los campos donde los cazadores aseguraban que había caza menor y con mucha, pero muchísima suerte, algún que otro zorro despistado...
Sin embargo, a los hijos de los Grases la modesta condición del Gurri no les importaba demasiado: mientras fueron pequeños se lo pasaban de primera con su "río" de segunda como se ve en esta fotografía:
La verdad sea dicha, el modesto Gurri cumplía discreta pero eficazmente, su función de "río de recreo". Su cuenca no era precisamente la del Amazonas; pero allí se podía chapotear y experimentar todo tipo de saltos acrobático-acuáticos sobre la espalda del hermano mayor. Y además, no había que quitarle tanta importancia al Gurri: era un río pequeño, pero no era un río normal y corriente: ¡incluso tenía un secreto! ¿Por qué bajaban siempre tan rojas las aguas del Gurri? ¡Ah, ah, eso era un enigma!
Además, bajara el agua roja, azul, amarilla, o verde esmeralda, el caso es que servía para bañarse: ¡cuántas volteretas, cuantas risas, gritos, saltos y chapuzones inesperados soportó mansamente sobre sus espaldas mojadas durante aquellos años el pobre Gurri!
Villa Josefa
Tras el baño les esperaba a los pequeños Grases la comida en Villa Josefa, una casa que alquilaban sus padres durante los veranos,que hacía esquina entre la carretera que seguía hacia Viladrau y el desvío que lleva a El Brull y a Coll Formic.
Villa Josefa era un gran caserón de pueblo; y si no tuviera aquel remate de cerámica sobre la puerta con la inscripción "Any 1906", en el más puro estilo del modernismo catalán, parecería un edificio italiano, con sus puertas de madera roja, sus paredes de color ocre y aquel balcón de hierro torneado al que se asomaban los niños por las tardes.
Después de la comida, salpicada de bromas y risas entre unos y otros, los pequeños Grases se quedaban charlando en el jardín, sentados en unas grandes y escurridizas hamacas de lona. ¡Qué bien se estaba allí, bajo la copa del tilo y las acacias, junto a aquel gran medallón de lirios que Manolita protegía a duras penas de las incursiones de sus hijos!
"Procurábamos dar un sentido cristiano a aquellos meses de verano -comenta Manolita-: vivíamos las costumbres de cualquier familia cristiana, y hacíamos todo lo posible para que los chicos no estuviesen sin hacer nada: ya se sabe; esos momentos de ociosidad inútil 'con los sentidos despiertos y el alma dormida' son el gran enemigo de las vacaciones. Les estimulábamos a leer, a hacer deporte, a conocer nuevos amigos..."
Poco a poco, verano tras verano, habían hecho bastantes amistades en el pueblo. Algunos de un modo insospechado. Un día, mientras Manuel proyectaba una película en el jardín, asomaron su pequeña nariz por entre los barrotes de la verja de entrada los hijos de los Framis. "¿Queréis entrar...?" -"Bueno...", dijeron con bastante decisión, porque aquel cine familiar con programación libre, era mucho mejor que el cine de verano de la parroquia. Y además, ¡no había que aguantar el No-Do, ni pagar entrada!
Después de la tertulia familiar, los más pequeños se iban a corretear de nuevo con las bicicletas por el campo. Los mayores unas veces subían hasta El Brull y otras se paseaban por Seva y se reunían en lo que entre ellos llamaban "el casino", como habían bautizado al garaje de una casa particular: la de los Galilea. El señor Galilea -alto, bondadoso, con cierto aire patriarcal- había instalado allí, para ellos, un ping-pong, un lugar para escuchar música y unas cestas de baloncesto en el jardín.
"Unas veces íbamos todos juntos -recuerda Andrés Framis-, pero las más, separados. Y pasaba lo que suele suceder en las pandillas de chicos de trece o catorce años: que aunque íbamos en grupo, las chicas iban por su cuenta y los chicos formábamos rancho aparte".
Montse era especialmente amiga de María Luisa Xiol, una chica alta, simpática y muy buena deportista, que era sólo veinte días mayor que ella. Sus madres eran también muy amigas entre sí: se habían conocido años antes, siendo aún solteras, y esa amistad se había intensificado con los años al coincidir en Seva con sus respectivas familias numerosas.
Muchas tardes se veía a Montse y María Luisa dando vueltas por Seva, aunque, la verdad sea dicha, Seva no necesitaba muchas vueltas: con dos o tres bastaban para conocerse de memoria las esquinas, las ventanas y las casas de aquel pueblo como la palma de la mano: la iglesia, la plaza donde se bailaban sardanas, la panadería, las serrerías, las tahonas, el Ayuntamiento, las casas de grandes piedras rojizas y ladrillo visto, y los postes indicadores en la esquina de la carretera: Montseny a 24 Km. El Brull a 3,5 Km. Y Palautordera a 34 Km.
Allí, en Palautordera, estaba aquella imagen de la Virgen a la que cantaban los montañeros:
Santa Maria
Mare de Deu
Palautordera
mon cor es teu
Montseny empara
tanta verdor
i els camps prepara
per la tardor...
"Montseny empara tanta verdor..." El Montseny amparaba también un edificio que se veía a lo lejos, semioculto entre las encinas. Era un sanatorio, "y allí -le contaba su padre a Montse- fue donde conocí yo a tu madre. Te voy a contar como fue. Resulta que cuando me vine de Suiza..."
Realmente Seva era un pueblo pequeño, pero ¡qué bien se estaba allí en verano! Se podía hacer de todo: combates de indios por el bosque o buscar "bolets" (setas). "O íbamos -como recuerda María Luisa- al 'prado dels Sords' y desde las diez hasta las dos jugábamos infatigablemente, con sus hermanos Enrique, Jorge y mi hermana Ana, y otros veraneantes y del pueblo, a 'pichi' -una especie de base-ball rudimentario-. Montse y Enrique eran los capitanes de los dos equipos, y siempre terminaban con peleas, y todos enfadados (...), aunque luego todo se olvidaba enseguida".
"Organizábamos muchas excursiones con ellos -recuerda Manuel-, porque ya se sabe que la tentación, en verano, es quitarse los niños de encima... A veces tomábamos las bicicletas, las subíamos en el tren y nos bajábamos en Centellas, un pueblo cercano, y desde allí, pedaleando, pedaleando, llegábamos a San Quirce de Safaja donde nos bañábamos en sus 'gorgs', con un agua bastante más limpia que la del Gurri.... Y se lo pasaban bien, tal como se ve en ésta fotografía".
La iglesia de Santa María
Habitualmente, al finalizar estas excursiones veraniegas bajaban a hacer una visita al Santísimo en la iglesia de Santa María, una iglesia del siglo XI, con buen retablo barroco, regalo de los monjes de Montserrat como agradecimiento a que el Abad pudiera haber salvado la vida en aquel pueblo durante la guerra civil.
En el centro del retablo se venera una imagen de la Asunción de la Virgen: allí había subido Montse algunas veces de pequeña, para besar la imagen, con cierto susto porque había que acceder hasta el camarín por unas escaleras empinadas y oscuras. El retablo tiene un remate simpático: a cada lado del cuadro que representa la genealogía de la Virgen, dos ángeles orondos y mofletudos sonríen a los fieles tocando la guitarra. No el laúd, ni los timbales, ni el arpa, no: la españolísima guitarra.
A la izquierda de la nave se veía la capilla del Santísimo; y a la derecha una capilla dedicada a San Isidro, con dos instrumentos alusivos al Santo en la base del altar: una pala y un rastrillo.
La iglesia cuenta con una gran inscripción -ASSUMPTA EST MARIA IN COELUM- y unos santos en sus hornacinas que responden a los nombres de Salutor, Teodosio y Avagrio. Nadie sabía en el pueblo a ciencia cierta quiénes eran estos santos, salvo el párroco, que aseguraba que eran los copatronos de aquella localidad.
El Reverendo Cura Párroco de Seva y Arcipreste de la comarca, era Mosén Garolera, un sacerdote muy mayor, alto, delgado, enjuto, doctor en Teología, catalán de pura cepa y hombre serio y grave. Estaba ya bastante entrado en años y solía cruzar lentamente la plaza de la iglesia, a pasitos cortos, apoyado en su bastón.
Allí se lo encontró un día Manolita:
-"Qué tal, Mosén, ¿qué tal está usted?"
-"Bé -le contestó sentencioso-. Estic bé. Aprenén l'ofici de vell. ¡Es molt difícil eh!, però s'ha d'aprendre..."
Aunque estuviese aprendiendo el "duro oficio de viejo", Mosén Garolera guardaba un gran afecto por aquel grupo de jóvenes veraneantes y los quería mucho. Tanto que no tenía inconveniente, cuando se iban de excursión, en darse un madrugón y levantarse al alba para darles la comunión antes de salir.
Aquellas excursiones estaban moderadas, muy a pesar de los precoces montañeros, por la prudencia familiar. Si a ellos los dejaran... irían a Les Agudes, y ¡al Everest! Bueno, al Everest quizá no, pero a Les Agudes sí...
En aquel año de 1955 los aprendices de "sherpa" consideraban que ya tenían edad para subir a les Agudes. Pero sus padres no compartían su opinión. Deberían conformarse con el Matagalls. "Cuando seáis mayores -se oía en casa de los Grases, de los Xiol, de los Ferrater- ya os dejaremos ir". Habría que esperar.
Mientras tanto, unos días se bañaban en el Gurri; otros se iban de excursión; lo que no solía fallar era la misa matutina. "Solíamos ir todos los del grupo a Misa por las mañanas -recuerda Enrique-, porque las vacaciones no significaban ninguna ruptura en la vida cristiana que llevábamos durante el curso". "Y al acabar -continúa María Luisa Xiol- nos quedábamos en la puerta de la iglesia, haciendo un rato de tertulia: era lo que llamábamos la 'sobremisa'".
Aquella tertulia entre amigos comenzaba en las escalinatas de piedra rojiza de la entrada de la iglesia; pero el frío del Montseny bajaba traicionero a esas horas de la mañana y se iban desplazando lentamente, dando un recodo por el carrer de Dalt, junto a las paredes blancas del Ayuntamiento, hasta el refugio caliente de la panadería, donde les esperaba Ramona, tras el mostrador, vendiendo panes y bollos para el desayuno. Luego solían acercarse a Villa Josefa, o se iban todos por la carretera, hasta la casa de los Maqueda o de los Galilea, con su gran jardín y su alta chimenea. O se quedaban charlando junto a la casa de los Xiol, con su fachada presidida por una imagen de San José. Era verano: no había prisa...
Las sardanas
De vez en cuando la vida de Seva salía de su monotonía habitual. Se escuchaba una algarabía en la plaza y vecinos y veraneantes se congregaban allí: "¡Corre, corre -se avisaban de ventana en ventana- que ha venido la cobla y ya están bailando sardanas en la plaza!"
...Las sardanas. No se concibe una fiesta en Cataluña sin este baile tradicional. Salían primero a bailar al centro de la plaza los más decididos, dejando las chaquetas amontonadas en el centro, sobre el suelo, mientras la pequeña orquesta -"la cobla"- lanzaba al aire los compases iniciales. Luego, se iban sumando al corro algunos más, sin alterar el baile, dando un paso a cada compás...
Así, poco a poco, la cadena se iba ampliando y ampliando con los que llegaban a la plaza, al ensalmo de la música, como ratones de Hamelín, hasta que se hacía un nuevo círculo concéntrico. Los recién llegados no entraban de cualquier modo, porque la sardana rezuma tradición de siglos: se situaban, como manda la costumbre, siempre a la izquierda de un bailarín o a la derecha de una bailarina, sin "romper la pareja".
Y ya en el corro, ¡qué alegría alzar las manos, todos juntos, padres, madres, hijos, vecinos, amigos, todos hermanados por el ritmo pausado de la música, un ritmo elegante, alegre, ceremonioso, como el espíritu catalán...! Un punto adelante con el pie derecho atrás; un punto adelante con el izquierdo... Luego cruzaban los pies a un lado, y después de dar un pequeño brinco levantando los brazos, volvían a empezar... ¡Cuánta razón tenía Maragall cuando cantaba:
La sardana és la dansa més bella
de totes les danses que es fan y es desfàn
és la mòbil magnífica anella
que amb pausa y amb mida va lenta oscil.lant.
... és la dansa sencera d'un poble
que estima y avança donant-se les mans!
A Montse, como buena catalana, le gustaba bailar sardanas y las bailaba bien. Sus amigos la recuerdan bailando sardanas en las fiestas mayores de los pueblos de la comarca; en Viladrau, en Seva; o en una excursión al Matagalls, como en esta fotografía:
"Cada vez que oigo una sardana -recuerda su madre- me acuerdo de ti, Montsina... Y es que la sardana es como tú, alegre y seria: es hermosa, y... ¡se puede mirar al cielo mientras se baila!"
Un concurso de tortillas
Habitualmente, tras la misa matutina, los "hijos de los veraneantes" solían quedar, como recuerda María Luisa, para hacer un rato de deporte. "No estábamos nunca sin hacer nada -comenta-: cuando no estábamos de excursión nos quedábamos en casa y jugábamos a las cartas, o leíamos... A Montse le gustaba cantar, nadar, ir en bicicleta, jugar al tenis, al ping-pong... La recuerdo así: con una gran pasión por el deporte, y una gran pasión por la vida... Una chica ardiente".
Todos reconocen en Montse una buena cualidad en un deportista: sabía ganar y sabía perder, cosa mucho más difícil. "Una cosa bonita me viene a la memoria -evoca su madre-: recuerdo que en una ocasión jugaban una final de tenis mixto: Montse con un chico que luego fue campeón de club, contra otra pareja en la que la chica era bastante más flojita que él. Su compañero le daba bastante juego a la flojita y entre los dos estaban... ¡venga a apuntarse tantos! Hasta que la madre de esa chica, de una manera muy poco deportiva, empezó a protestar y ellos, sin comentario alguno, se dejaron ganar, ¡así por las buenas!..."
Aquel grupo de amigos -chicos y chicas de catorce y quince años, alegres, sanos y divertidos- demostraban con sus vidas que es perfectamente posible llevar una intensa vida cristiana durante las vacaciones y al mismo tiempo, pasarlo bien sin necesidad de grandes medios materiales. No tenían tiempo para aburrirse. Cuando no sabían qué hacer, organizaban concursos de lo que fuese. Uno de los mejores fue "El Gran Concurso de Tortillas a la Francesa", junto a la "Font de la Borbota", a un kilómetro de Can Sibatté, donde veraneaban los Framis y donde el arte culinario tomaba alientos deportivos.
Para los profanos un concurso de tortillas puede parecer una prueba sencilla y sin interés; pero no es tan fácil, no, cocinar una tortilla en su punto y lograr además que sea del gusto de un Jurado de paladar exigente. Se necesitan unos nervios de acero para que el pulso no traicione cuando la tortilla del vecino va cobrando cuerpo y la nuestra se desmaya lánguidamente en el fondo de la sartén... Y encima, hay que soportar a los agoreros -habitualmente, los hermanos pequeños de los otros concursantes- que intentan desmoralizar al contrario presagiándole el más chamuscado de los finales...
Montse era una más: se integraba perfectamente y no le gustaban las "capillitas", esas amistades particulares que acaban destruyendo todos los grupos de amigos. "Se encontraba bien con cualquier grupo", recuerda María Luisa, y tenía una virtud muy valiosa para la convivencia: sabía hablar y sabía callar en su preciso momento.
Esa virtud -saber callar- se vuelve particularmente difícil en las excursiones, cuando se forma el conocido revuelo a causa del mejor paraje para descansar o el mejor lugar para comer:
-"¿Y si paramos ya y nos quedamos aquí?"
-"¿Aquí? ¿En este sitio?"
-"Pero, ¿qué le ves de malo a este sitio?"
-"Pues no sé... ¿Por qué no buscamos otro? Porque mira tú que andar cuatro horas para pararse a comer aquí.."
-"¿Y aquél de más arriba, qué os parece?"
-"No, ahí ni hablar. ¿Y si seguimos andando?"
-"No, no, nos paramos ya, porque yo estoy cansada".
-"Pues yo no estoy nada cansado. Por mí, tiraría una hora más".
-"Pues yo..."
-"Pues yo..."
-"Pues yo..."
Montse -recuerdan- solía estar de acuerdo, aunque no le gustasen especialmente ni el sitio, ni la hora, ni el lugar que elegían los demás. Solía comentar:
-"Bien, bien, lo que queráis".
Era una pequeña mortificación, aparentemente sin mayor importancia; pero no porque fuera pequeña le debía costar menos, porque era, por talante humano, muy "directa" y obraba con mucha naturalidad.
Esa naturalidad tenía un límite perfectamente conocido por los chicos de la "pandilla". Sabían que Montse no consentía un determinado tipo de bromas, ni de confianzas... y si no, que se lo preguntaran a Andrés Framis, que un día le quitó, para hacerle una broma, el pañuelo de la cabeza, se lo llevó a su casa, y... se encontró, al día siguiente, con todo el genio vivo de la hija mayor de los Grases. "Al principio era un poco susceptible -comenta María Luisa Xiol- y las cosas hechas sin intención a veces la herían, pero las olvidaba fácilmente".
Pero con estas tonterías no llegaba la sangre al río; y además con Andrés, chico bueno, abierto y simpático -"el hombre de confianza" de las madres, que se quedaban más tranquilas cuando iba él en las excursiones-, Montse se llevaba bien, lo mismo que con el resto de la pandilla..., con tal de que Andrés le devolviera enseguida el pañuelo, naturalmente.
Por lo demás, como cuenta María Luisa, en los planes que hacían "no era nada coqueta ni complicada en el trato con los chicos, ni creo, o por lo menos nunca me lo dijo, que se hubiera enamorado o simplemente le hubiera gustado alguno..."
El primer pantalón largo
"Durante la Navidad de aquel año -cuenta Manolita-, el Padre Gabriel, un sacerdote Operario Diocesano que era el director espiritual de Enrique, nos ofreció, con ocasión del estreno del primer pantalón largo de Enrique, la posibilidad de celebrar la Santa Misa para toda la familia en un oratorio de una torre de la calle Modolell de Barcelona.
Hoy ya sé que esto 'del primer pantalón largo' no tiene ninguna importancia, pero en aquel entonces significaba, en cierto modo, como la mayoría de edad de los chicos. Y lo quisimos celebrar sobre todo porque era una oportunidad simpática para tener una fiesta más, de familia, en torno a la Navidad.
Cada uno de los hermanos se ocupó de algún preparativo, y Montse estaba encargada de comprar las flores para adornar el altar. Pero nos enteramos después de que, a medida que avanzaba la tarde, se fue encontrando mal, aunque no nos quiso decir nada para no estropearnos la fiesta.
Cuando iba a poner las flores no pudo más y las dejó; tomó un tranvía de los que paraban frente a Llar, y subió al Centro; y allí esperó sentada hasta que se sintió un poco mejor. Luego se volvió a casa, e intentó disimular lo que le pasaba, pero nos dimos cuenta enseguida: tenía una cara que, con sólo mirarla, encogía el corazón.
Al día siguiente era Navidad y tuvo que meterse en cama. La llevamos al médico, y la encontraron muy baja de glóbulos rojos. Y después de varias consultas descubrieron, al cabo de varias semanas, que tenía un divertículo en la segunda mitad del duodeno. Le recomendaron reposo absoluto y estuvo medio mes en cama. Y luego tuvo que pasar un largo periodo de convalecencia. Esa fue la causa por la que tuvo que dejar de hacer deporte, precisamente cuando acababan de ficharla para el equipo de baloncesto del Club de Tenis Barcino; y en el verano siguiente, en 1956, cuando fuimos a veranear a Calella, no pudo nadar apenas".
4. ¡QUE BIEN SE ESTABA EN CALELLA!
Calella era entonces -no se había producido aún el "boom" turístico de los años sesenta- una pequeña población de la costa catalana. Allí pasaron unas semanas los Grases, en el verano del 56, con motivo de un intercambio de casas con una familia que buscaba en Seva el aire del Montseny para un hijo que se encontraba convaleciente.
Calella no tenía el Matagalls, ni el aire del Montseny, ni la tranquilidad de Villa Josefa, pero tenía una playa de "aquí te espero". Y esperando las olas, entre risas y gritos, se pasaban el día -y si los hubieran dejado, parte de la noche, los pequeños Grases, que ya eran nueve: el 8 de febrero de ese año había nacido otro chico, Rafael.
¡Qué bien se estaba en Calella! Chapuzón tras chapuzón, chapoteando entre las calabazas y los corchos, las horas se pasaban volando; y aterrizaban de pronto en la fatídica hora de la comida, que marcaba el fin del baño y la llegada de la tortilla con arena -o de arena con tortilla en el peor de los casos- y de la tertulia bajo la sombrilla.
Y siempre había tiempo para hacerse una fotografía divertida con los amigos:
Después de la comida venían las consabidas recomendaciones de las tres y media:
-"Ahora, a estarse quietos debajo del toldo, no vayáis a coger una insolación..."
-"¿No nos podemos bañar?"
-"¡Cómo os vais a bañar después de comer! ¿No veis que os puede dar un corte de digestión?"
-"Mamá -preguntaba uno de los pequeños-, ¿qué es un corte de digestión?"
¡Pero qué bien se estaba en Calella! "En aquel tiempo -recuerda Manuel Grases- no solía haber nada en el ambiente de la playa que ofendiera la sensibilidad cristiana. Si no, no hubiéramos ido allí, porque no tiene sentido que unos padres cristianos, con la falsa excusa del descanso, pongan a sus hijos en ocasión próxima de ofender a Dios". Aquellos días de playa sólo tenían un inconveniente: que se acababan. Y antes de irse de Calella se hicieron varias fotografías, como ésta:
Montse estaba convaleciente todavía y tuvo que seguir durante algún tiempo desde la arena los juegos de sus hermanos. "Tenía un traje de baño decente, muy bonito", recuerda su padre. Y vivía la modestia con sencillez, sin llamar la atención.
Aunque, la verdad sea dicha, a ella no le importaba llamar la atención en los pequeños detalles de pudor. No se dejaba llevar por los respetos humanos. "Era limpia de corazón y tenía una gran pureza", recuerda María Luisa. Por eso, aunque su traje de baño era algo diferente -más modesto, más pudoroso- que el de algunas chicas, "lo llevó siempre -anota su padre- con el mayor gusto y naturalidad".
Montse había entendido el profundo sentido de la naturalidad cristiana, que no puede entenderse como un mero "ser como los demás". Cuando tuvo que ir contra corriente, supo hacer realidad en su propia vida aquel punto de "Camino": "'Y en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?', me preguntas. -Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido".
Montse no vivió nunca en un ambiente "paganizado o pagano", pero sí en un ambiente en el que existían -como hoy, como ayer- los respetos humanos. En ese ambiente vivió su cristianismo como pedía el Fundador del Opus Dei: "espontáneamente, sin rarezas, ni ñoñerías", y sin llamar ñoñerías a lo que es ofensa a Dios, disfrazando el pecado con la falsa excusa de la "naturalidad". En Llar le habían enseñado a custodiar la virtud de la Santa Pureza luchando muy lejos de los puntos capitales: en los pequeños detalles de pudor y modestia que las salvaguardan. Y vivió esa virtud con decisión y con sencillez.
Esa virtud de la sencillez presidía todo su comportamiento. "Hace tiempo, cuando me preguntaban -comenta su madre- cómo era Montse de jovencita. '¿Se la veía ya extraordinaria?', solía responder:'¡No!' Porque no sabía a lo que se referían...
Pero ahora digo '¡Sí!' Porque lo extraordinario es precisamente eso: ser clara, sencilla, transparente y sin doblez. Así fue a lo largo de toda su vida. Me acuerdo de que una chica tenía la particularidad de que, en cuanto se les acercaba un chico, dejaba a Montse en una situación desairada. Le daba la espalda, poco menos como si no la conociera. Y esto se lo hacía en cuantas ocasiones se le presentaban.
Un día me vino casi llorando y me dijo: 'Es que no sé por qué me hace esto, mamá'. Ella no se lo podía explicar. De esas dobleces de carácter no tenía ni idea. ¿Valía la pena explicárselo? Yo creo que no. Por eso le dije:
-Mira, es que ella es así.
No hubo protestas, ni críticas por el comportamiento de aquella chica. Sólo el silencio".
El silencio: si hay algo elocuente en la vida de Montse son sus silencios, sobre todo a la hora de obedecer: "era muy obediente", recuerda María Luisa. Esos silencios -especialmente cuando uno lleva la razón- revelan una gran humildad y una fuerte personalidad humana, que se ponían de manifiesto en las situaciones más diversas. Por ejemplo, aquella noche de agosto, en Seva...
"Se había ido con unos cuantos de excursión -recuerda Manolita- y se hizo tardísimo en la noche y no regresaban... Todas las familias estábamos muy inquietas y cuando llegaron, como a mí aquello me había parecido una falta de responsabilidad, la castigué y le dije que no haría en el resto del verano más excursiones sola con sus amigas.
Ahora casi me sofoco -y sin casi- cuando lo pienso, sobre todo porque la culpa del retraso no la tuvo ella; pero su reacción fue ejemplar. Nunca me dio una mala contestación, ni un desplante, ni un desaire. Cuando una cosa le dolía, como aquello, lo único que hacía era ponerse muy seria, bajar los ojos y nada más. Y eso fue lo que hizo..."
¡Con lo que le gusta bailar!
Mientras tanto, en aquel verano del 56, la vida proseguía plácidamente en Seva. En las tertulias nocturnas se comentaban, al fresco de la noche, los temas de actualidad. La vida política no presentaba demasiadas variaciones; ni la situación internacional ofrecía temas candentes de interés. Las conversaciones derivaban hacia cuestiones más anecdóticas y populares y hacia los temas familiares: los estudios, lo que hacían los hijos de éste, de aquel... Y un día saldría a relucir que Montse, la mayor de los Grases, "con lo que le gusta bailar sola, nunca baila con chicos..."
¿A qué chico, a qué chica joven no le gusta bailar? Sin embargo, era cierto: Montse no bailaba nunca con chicos...
Esa regla general había tenido su excepción: en el jardín de Calella los Grases habían organizado una fiesta de despedida antes de marcharse de allí, y Montse había estado bailando, porque la circunstancia lo requería. Y lo hizo con toda la gracia y el salero de sus quince años. Pero fue algo excepcional: una golondrina que no hizo verano.
Aquella fiesta había tenido cierto sentido de compensación familiar, porque un día, como recuerda su madre, "vinieron ella y su hermano diciendo que habían entrado con un grupo de amigos en un local de Calella donde había baile; pero me contaba éste que Montse no había querido bailar; y nos preguntaba nuestra opinión. Les hicimos comprender que a su edad ni siquiera debieron entrar en ese lugar y que procurasen arrastrar al grupo hacia otras diversiones. No fue preciso repetírselo. ¡Y eso que le gustaba mucho el baile!"
¡Y tanto que le gustaba el baile! Como que era frecuente encontrarla bailando sola en su habitación siguiendo los compases de la radio, donde daban sin cesar los últimos éxitos de Miguel Acebes, como "Cucurrucucú Paloma"; o aquel bolero tan melancólico que decía:
Reloj
no marques las horas...
Sin olvidar, naturalmente, una canción que los radioyentes pedían a todas horas, y que llegó a escucharse hasta en la sopa: "Campanera":
Ay, campanera
que aunque la genteeeee... no quiera,
tú eres la mejor de la mujeres
porque te hizo Dios...
¡su pregonera!
Y un día...
"Y un día de aquel verano -recuerda Manolita-, cuando menos nos lo esperábamos, Enrique nos dijo que quería ser sacerdote...
Aquello fue una sorpresa: nos alegramos muchísimo, porque siempre le habíamos pedido a Dios que les concediera vocaciones a nuestros hijos, pero así, tan de pronto, a los dieciséis años, nada más acabar quinto de bachillerato... verdaderamente, nos sorprendió. No; no nos lo esperábamos".
"Entonces -continúa Manuel Grases- fuimos a ver al Padre Gabriel, su director espiritual. El Padre Gabriel nos aconsejó que le dejáramos obrar con libertad. Nos dijo, con palabras muy fuertes, que él, en nuestro caso, se cuidaría muy mucho de jugar con la vocación de un hijo, retrasándole el momento de su entrega.
Aquella separación, humanamente, nos costaba. Pero lo consideramos en la presencia de Dios y vimos que aquello no era ningún sacrificio, sino, como enseña el Fundador del Opus Dei, un privilegio, un honor inmenso para nosotros, una muestra de predilección divina con nuestra familia... Aquello era por lo que había rezado tanto desde que Dios me dio aquel hijo, y ahora me lo concedía... Y le dije a Enrique: 'Mira, yo te aconsejo lo siguiente: este año te pasas de Ciencias a Letras, haces sexto de Letras y en cuanto acabes el bachillerato, te vas al Seminario. Si no, te va a costar mucho el Latín y el Griego cuando llegues allí. Si te parece, te buscamos este mismo verano un profesor de Griego para que no te pille tan de sorpresa. Piénsatelo con toda libertad y luego me dices'".
"Y aquel mismo verano -concluye Manolita-, el día de la Virgen de Agosto, durante unos días en los que Manuel no estaba en casa, Enrique le escribió una carta a su padre en la que le decía que se había encomendado a la Virgen y había puesto en sus manos su vocación; y que gracias a Ella ya había visto claro lo que tenía que hacer: al acabar sexto ingresaría en el Seminario".
Ya lo sabían los padres. Ahora quedaban los demás hermanos.
-"El año que viene me voy al Seminario -dijo de repente Enrique durante una cena. -Voy a ser sacerdote".
Montse y Jorge se quedaron asombrados:
-"¿Qué has dicho Enrique? ¿Que vas a...?"
-"Sí, he dicho eso: que voy a ser sacerdote".
Sucede aquí como en esas fotografías en las que, al enfocar un primer plano, el paisaje del fondo queda con los perfiles desdibujados. No tenemos testimonios de la repercusión que tuvo en el alma de Montse la entrega generosa a Dios, en plena juventud, de su hermano mayor. Ana María Suriol asegura que fue "una de las mayores alegrías que tuvo Montse en su vida, fue al saber que su hermano Enrique quería ser sacerdote. Cuando Montse me dio la noticia le saltaron las lágrimas de alegría, junto con un fuerte abrazo que me dio. Hablaba de su hermano con gran cariño y al mismo tiempo con respeto y admiración". A partir de entonces, en casa de los Grases la atención estuvo centrada en el hijo que marcharía muy pronto al Seminario. Detrás, en un segundo plano, quedaba Montse.
"Nunca hablamos de mi vocación -recuerda Enrique- del mismo modo que yo nunca le preguntaba lo que hacía en el centro del Opus Dei. Nunca hablábamos de estas cosas".
Sin embargo, aunque no poseamos testimonios concretos, es probable que la entrega a Dios como sacerdote de un hermano con el que estaba tan particularmente unida, suscitó en ella ideales de entrega y de amor a Dios. Aquello tuvo que dejar en la intimidad de su alma una huella muy profunda; posiblemente decisiva en el camino de su santidad.
Pero su alcance sólo Dios lo conoce.