Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de luchar
Corazón que no quierasufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
libre de amores.
¡Ay!, vida mía
libre de amores.
1. VIENTOS DE GUERRA
Luchad, matad, morid
"No sospechábamos lo que iba a suceder en España poco tiempo después", recuerda Manolita García, hablando de sus años de noviazgo. Como ella, millares de españoles contemplaron las tristes consecuencias de muchos años de siembra de odio. "Entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura -gritaba el político radical Lerroux, en 1906, a sus "jóvenes bárbaros" en Barcelona-; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie. No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad, matad, morid".
Muchos otros, como Lerroux, contribuyeron al crecimiento de la violencia, y esa siembra de odio fue creciendo durante treinta años alimentada por el rencor y la turbulencia política, hasta que dio frutos sangrientos. Las metáforas grandilocuentes se convirtieron, al cabo de varias décadas, en realidades palpables y descarnadas, y gran número de aquellos "jóvenes bárbaros" barceloneses, convertidos ya en hombres maduros, comenzaron a luchar, a matar, a morir.
Desde la victoria del Frente Popular, el 16 de febrero de 1936, se produjeron numerosos desórdenes de raíz anticristiana que fueron creciendo día tras día, y se agudizaron durante los cinco meses que duró aquel gobierno. Se incendiaron varios centenares de iglesias en toda España; se expulsaron de sus parroquias a decenas de sacerdotes; en algunos lugares se prohibió tocar las campanas y se hicieron frecuentes los robos sacrílegos del Santísimo Sacramento, las profanaciones y los actos blasfemos. Se creó "un clima de terror en el que la Iglesia fue el objetivo fundamental".
Esta fotografía, de pocos meses más tarde, en la que un grupo de milicianos dispara contra el Sagrado Corazón del Cerro de los Angeles, al sur de Madrid, es un testimonio elocuente de aquel periodo.
Ese objetivo tenía una diana muy precisa: los eclesiásticos. En Madrid, especialmente por los barrios de Cuatro Caminos, Tetuán y Chamartín, que frecuentaba mucho el Fundador del Opus Dei, circulaban las patrañas más absurdas. Se decía que unas monjas habían distribuido caramelos envenenados a sus alumnos, hijos de obreros; que había muerto un niño a consecuencia de eso en la Casa de Socorro y que otro agonizaba en el Colegio de la Paloma, en medio de atroces sufrimientos. Era sólo una excusa para lanzar el populacho contra esas religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el Colegio, como sucedió. Comenzaba un periodo de anarquía, caracterizado por lo que se dio en llamar, tristemente, "la caza del cura". Sucesos parecidos ocurrían en Málaga, donde trabajaba Isidoro Zorzano, o en Barcelona, donde Manuel y Manolita empezaban a contemplar con incertidumbre su futuro próximo.
El 16 de agosto de 1936, una patrulla de milicianos golpeó con fuerza la puerta de una vivienda acomodada del portal nº 3 de la calle Francisco de Rojas, de Madrid. Al entrar descubrieron a un sacerdote de treinta y cinco años, todavía con sotana, que acababa de celebrar Misa. Festejaron el hallazgo con gritos y amenazas, y encañonándolo, le ordenaron, en presencia de su madre:
-"¡Quítate la sotana!"
El sacerdote obedeció, para evitarle sufrimientos a su madre, que contemplaba la escena horrorizada. A continuación, entre insultos y groserías, se lo llevaron a empellones de la casa. En la puerta, uno de ellos gritó:
-"¡A este mozo lo despacharemos enseguida!"
Sus amigos empezaron a buscarlo por todas partes. Nadie sabía nada. Desde que el gobierno había repartido armas al populacho, se había desatado la anarquía y cada cual hacía la "justicia" por su cuenta. ¡La justicia! En Bellas Artes les dijeron que quizá pudiera estar en la Dirección General de Seguridad. Pero allí todo eran evasivas y suposiciones. "Seguro que lo mataron", comentaba el portero de la casa.
Al final encontraron el cadáver en medio de un charco de sangre, junto a la tapia del Cementerio del Este. Era don Lino Vea-Murguía, aquel sacerdote amigo del Fundador del Opus Dei que le ayudaba en la atención de los enfermos del Hospital del Rey. Don Lino el único hijo que le quedaba a doña Trinidad Bru, viuda.
Había estallado la guerra civil y don Lino era uno más entre los miles de asesinados por motivos religiosos en la guerra civil española que comenzó el 17 de julio de 1936. Sólo en el mes de agosto se cometieron 2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra sacerdotes, religiosos y religiosas, entre los que figuraban diez obispos. Entre ellos estaba el obispo de Cuenca, don Cruz Laplana, que murió perdonando a sus asesinos, y que era pariente de doña Dolores Albás, madre del Fundador del Opus Dei. También moriría mártir el padrino de bautismo de don Josemaría, su tío Mariano, que se había ordenado sacerdote tras enviudar.
Comenzó entonces para don Josemaría un largo peregrinaje de domicilio en domicilio. Su situación se volvió crítica: en aquellos momentos, amparar a un sacerdote bajo el propio techo equivalía a firmar la propia sentencia de muerte. En algunos sitios sólo le dejaban permanecer algunos días; en otros, escasas horas. Y la situación, en contra de las primeras previsiones optimistas, que esperaban que el conflicto se resolviese en pocas semanas, se fue agravando. Los desórdenes y asesinatos se sucedían: el odio ante la Iglesia se encarnizaba.
No podía transitar por la calle: cualquier control callejero podía ser fatal. Estaba sin documentación en unos momentos en los que la palabra "documento" cobró un valor mítico. Tener "los papeles en regla" significaba poseer un ancla de salvación, una garantía de supervivencia en medio del terror. Y don Josemaría no tenía documentos, ni "papeles en regla", ni dinero. Y le llegaban por todas partes rumores de detenciones arbitrarias, registros, torturas y "paseos"...
Al final don Josemaría se refugió junto con Juan Jiménez Vargas, en una casa de la calle Sagasta. No era un sitio seguro: y un día caluroso de agosto unos milicianos estuvieron a punto de encontrarlos durante un registro por las buhardillas de la vivienda.
De esa casa se fueron a la pensión donde vivía José María Albareda; tampoco era un lugar fiable. Se trasladó luego a la de los González Barredo; y de allí, a la de unos amigos de Alvaro del Portillo...
Así fueron pasando, lentos, terribles, inciertos, los días de la guerra, entre temores, sospechas e incertidumbres de futuro; y al final, en octubre de 1936, no tuvo más remedio que refugiarse en la Clínica del Dr. Angel Suils, dedicada a enfermos mentales, haciéndose pasar por uno de ellos. ¡Qué ironía! ¡Tantas veces le habían llamado loco por sus aventuras apostólicas y ahora debía hacerse pasar por loco!
Meses más tarde, en marzo de 1937, encontró nuevo asilo en la Legación de Honduras. Allí permaneció varios meses -en los que, a pesar del hambre que pasaban, don Josemaría practicó un ayuno riguroso-, acompañado de Juan Jiménez Vargas, Alvaro del Portillo, su hermano Santiago Escrivá y algunos más; hasta que obtuvo, a finales de agosto, una documentación que le acreditaba como intendente general del Consulado de Honduras y le permitía cierta libertad de movimientos.
Era sólo "cierta libertad", naturalmente: porque si unos milicianos recelosos comprobaban aquellos datos podían detenerle inmediatamente. Sin embargo no se arredró: siguió haciendo apostolado por las calles de Madrid, en un ambiente en el que la vida cristiana había tomado aspecto de catacumbas. Confesaba paseando a lo largo de las avenidas; decía la Santa Misa a escondidas, y llevaba siempre el Santísimo consigo, custodiado en una pitillera de plata en el interior de la chaqueta. Atendía moribundos, como el padre de Alvaro del Portillo, que falleció por aquellas fechas; llegó a bautizar a un niño -en medio de numerosas precauciones- y organizó un curso de retiro espiritual, que se llevaba a cabo en diversos domicilios, a los que los asistentes acudían con disimulo...
¿Meses? ¿Años? Nadie sabía cuánto podía durar aquel largo conflicto. Don Josemaría intentaba marcharse de Madrid desde hacía muchos meses, y estaba a la espera desde marzo de los resultados de múltiples gestiones, cuando surgió una posibilidad: pasarse "al otro lado" a través de los Pirineos.
2. BARCELONA. LA GRAN OPORTUNIDAD
La quinta del 35
En Barcelona, el estallido del conflicto había truncado los planes de Manuel Grases y Manolita García, que llevaban varios años de noviazgo y pensaban ya en casarse. Manolita seguía trabajando en el Sindicato de Banqueros y Manuel había terminado la carrera de Técnico Industrial en Mecánica y Electricidad en la Escuela Industrial de Tarrasa cuando le llamaron a filas. "No me ha tocado -pensó- precisamente la mejor época para incorporarme al Ejército..."
"Yo era de la quinta del 35 -explica-, de aquella quinta fatal que coincidió con la guerra, y cuando ingresé en Artillería, en el Ejército Republicano, el ambiente ya era muy tenso. Se rumoreaba, mientras hacíamos la instrucción militar y las prácticas de tiro, todo lo que se nos venía encima...".
En la capital catalana se vivía en un clima de gran confusión política y social. "Recuerdo -prosigue Manuel Grases- que unos días antes de la Jura de Bandera me puse enfermo y no pensaba asistir al acto. Pero un compañero vino a decirme todo agitado: 'Levántate, levántate, porque han dicho que no puede faltar nadie'. Me levanté como pude y fui, y vi que se hacía algo muy curioso: no se gritó ¡Viva la República!, como era de esperar, sino ¡Viva! y nada más...
Eso indica la situación de tensión política en la que vivíamos... Por las calles se mascaba el ambiente de la guerra civil. Subían metralletas hasta las sedes de los partidos revolucionarios, por la ventana, a la vista de todos.
Yo seguía enfermo y me volví a meter en la cama. Y al día siguiente de la Jura empezaron los tiros por las calles, los saqueos y los incendios. Recuerdo que vi desde la ventana de mi cuarto de la pensión SIDUR, en la calle Clarís, cómo quemaban el convento de las monjas de Lestonnac y como se alzaban las humaredas sobre el cielo de Barcelona...
Cuando me encontré mejor, y tuve que incorporarme, aproveché mis antecedentes de tuberculoso para ir sometiéndome a sucesivas revisiones en el Hospital Militar, intentando lograr la inutilidad. Mientras tanto, seguían los asesinatos y los actos sacrílegos... No se me olvidará nunca la escena que vi en el Convento de las Salesas del paseo de San Juan: habían desenterrado los ataúdes de las monjas y habían puesto las momias, al aire libre, alineadas en el jardín. Mientras tanto, yo seguía alistado en el Ejército Republicano. Y no sabía qué hacer...".
Ahora o nunca
Miles de creyentes, republicanos o no, se planteaban este mismo interrogante: ¿cómo debía actuar un católico consecuente en aquella situación confusa y turbulenta, que se caracterizaba por una saña contra todo lo sagrado y por una persecución violenta contra la Iglesia? Por todas partes llegaban noticias de nuevos mártires, que morían por defender su fe. Las iglesias estaban cerradas, o convertidas en garajes o almacenes; los conventos se habían transformado en cuarteles, en hospitales o cuadras. Y lo que se había salvado de la quema, se utilizaba del modo más insospechado: en una calle céntrica de Barcelona pronto se vería un confesonario sirviendo de garita al centinela del cuartel que se había instalado en un colegio de religiosas....
En aquel momento, además, no había demasiado tiempo para reflexionar; había que decidir qué postura tomar en medio del fragor de los hechos, siendo consecuentes, más que con un análisis histórico global, con lo que cada día veían los propios ojos. Y había que resolver también algo muy perentorio y concreto: el modo de salvar el propio pellejo.
Cualquier motivo bastaba para ser detenido. Un día, Manolita y su madre se asomaron al balcón de su casa para ver pasar a Durruti, al frente de su columna de anarquistas, con tan mala suerte que, justamente cuando pasaba el líder revolucionario, "se nos cayó una maceta del balcón a la calle. Se armó un escándalo y todos pensaron -cuenta Manolita- que había sido un atentado. Se llevaron detenida a mi madre. Fueron unos momentos terribles, terribles...
Gracias a Dios pudo salvarse porque la reconoció uno del Comité que la conocía de cuando veraneábamos en Garraf...".
Aquellos primeros días de julio fueron particularmente sangrientos en Cataluña: asesinaron a 197 eclesiásticos, y a mediados del año siguiente llegó a su apogeo aquel "furor de sangre y ruina": había más de 200 sacerdotes y religiosos en las cárceles de Montjuic, en la Modelo o en las prisiones de la FAI o del POUM. Se sucedían las profanaciones de imágenes religiosas y templos, y un día Manolita vio como perecía entre las llamas la iglesia de San Jaime, que estuvo ardiendo durante dos días. Se quedó sin la imagen -"su" imagen- de San José...
Se vivía un clima de terror. Para un católico, el puro hecho de llevar un crucifijo podía ser motivo suficiente para ser declarado reo de muerte. Y se sucedían los "paseos". Recuerda Manolita aquellas noches en las que, cada vez que oía frenar a un coche en seco junto a su casa, le daba un vuelco el corazón. "Estaba -cuenta- muy preocupaba por Manuel. Rezaba todos los días para que no le sucediera nada. Y veía que la única solución era pasarse al otro lado. Pero, ¿cómo? Eso era muy peligroso.
Hasta que un día, pocos meses después del inicio de la guerra, a comienzos del 37, mi hermana Inés (que estaba casada con un médico al que había conocido durante su estancia en el Sanatorio del Montseny) me dijo que había un medio para pasarse, porque mi cuñado se había enterado de que uno de los individuos de la Clínica en la que trabajaba, un tal Pintaluba, se dedicaba a pasar gente al otro lado del Pirineo.
Este Pintaluba era un personaje muy curioso: era un chico joven que había perdido una pierna y un brazo durante una batalla, luchando con los de su gente. Esto le permitía ir a todas partes sin despertar recelos, cosa que en aquellos momentos era muy importante, porque nadie podía sospechar que a lo que se dedicaba realmente el tal Pintaluba cuando iba a los Pirineos, con la excusa de conseguir comida para los enfermos, era a pasar gente a Francia. Entonces mi cuñado le dijo a Manuel:
-Mira: ahora o nunca. Si quieres marcharte, ésta es tu gran oportunidad. No te lo pienses más y decídete".
3. DE ESPAÑA A ESPAÑA
Una decisión arriesgada
"Era una decisión muy arriesgada -cuenta Manuel Grases- pero... después de encomendarme a Dios, me decidí. Pintaluba me comentó que había posibilidades de pasarse en mayo. 'Pero esto -me advirtió- te costará bastante'.
Me dijo la cantidad. Aquello era realmente mucho dinero para mí. No tuve más remedio que desmontar un reloj de oro que había heredado de mis abuelos y cambiarle la caja por otra de acero; y con eso, y con la venta de la alianza que me había dado Manolita, junto con una esclava de oro que le había regalado su madre, pude pagarle; y un día de mayo de 1937 me metí en un coche con él y con otro individuo que nos acompañaba, y que iba con un fusil asomando por la ventanilla; y así, junto con otros dos coches, fuimos pasando sucesivos controles. Y llegamos a Novés del Segre, donde nos dejaron a cargo de un guía que nos escondió en el bosque y vino a buscarnos al anochecer.
Al principio éramos ocho personas en aquella expedición. A los pocos días quedamos sólo seis, porque un señor mayor que venía al principio con nosotros, y había estado hasta entonces escondido, sin moverse, en la buhardilla de su casa, no pudo seguir y lo dejaron con un sobrino suyo, que también venía con nosotros y no quiso abandonarlo. Era un sistema brutal: al que desfallecía en el camino, lo dejaban, para que no atrapasen a todo el grupo. Atravesamos a pie parte del Pirineo, de noche, a escondidas, a lo largo de unas jornadas agotadoras.
Nos refugiábamos en lugares insospechados: en una cueva, en una choza, en un pajar de una casa de payeses. Y no se me olvidará nunca aquella madrugada...
Habíamos caminado durante toda la noche, y estábamos muy cerca de Andorra. El guía nos había dejado ya, diciéndonos: 'me voy; aquel pueblo que veis es Sant Julià'. Llegamos, y después de pasar el control de la gendarmería francesa, nos dio comida y ropa la familia Ribas, hacendados andorranos, que se dedicaban por entero a atender a cuantos lograban pasarse.
De Sant Julià pasamos a Les Escaldes donde, al cabo de un par de días, encontramos un camión que, por motivo de la nieve, sólo pudo llevarnos hasta el 'Pas de la Casa' y el resto, hasta Francia, había que hacerlo a pie.
Nos pusimos a andar. Parecía que se habían terminado todos los peligros... Seguimos caminando... y entonces se nos vino encima una gran tormenta de nieve, que nos cegó por completo...
No sabíamos qué hacer. Empezamos a dar vueltas y vueltas sin encontrar el rumbo. Pasaba el tiempo y no lográbamos orientarnos. Vueltas y más vueltas. Después de tantos sufrimientos -pensé-, ¿íbamos a morirnos así, congelados de frío, perdidos en mitad de la montaña?
Lo pasamos mal, muy mal... La tormenta no cedía y el frío era cada vez más intenso. Teníamos las piernas y los brazos completamente entumecidos...
Entonces me encomendé a mi madre, porque estaba seguro de que, desde el Cielo, me tenía que guardar. Y en aquel preciso instante apareció un gendarme francés que llevaba correo a Andorra. Y pudimos llegar sanos y salvos a L'Hospitalet... en Francia.
Sin embargo, en aquel mes de mayo del 37 esta travesía resultaba, a pesar de todo, relativamente fácil. La frontera no estaba tan vigilada como tiempo más tarde, cuando las autoridades se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo allí.
Más tarde, en el mes de noviembre, cuando se pasó el Fundador del Opus Dei, 'pasarse al otro lado' presentaba mucho más riesgo y constituía una auténtica aventura..."
Una rosa en la noche
Como meses antes había hecho Manuel Grases, don Josemaría inició el 19 de noviembre de 1937, tras unas semanas de tensa espera en Barcelona, la peligrosa travesía por las montañas. Tanto él como los que le acompañaban habían calibrado el riesgo que corrían: sabían perfectamente a lo que se exponían si eran detenidos. Algunos eran universitarios, como Pedro Casciaro o Francisco Botella; otros, jóvenes profesionales, como José María Albareda o Tomás Alvira. Se pusieron bajo el mando de un guía. Don Josemaría vestía un pantalón bombacho, un jersey azul de cuello alto y una boina negra, y durante aquellos días se vieron obligados a dormir también, como Manuel Grases y todos los que se "pasaban", en los sitios más inverosímiles.
Durante la noche del día 21 pernoctaron en un lugar que les pareció un horno abandonado, y al día siguiente el Padre parecía muy preocupado, "aunque -recuerda Juan Jiménez Vargas- no dijese nada que pudiera traducir su estado de ánimo. No había dormido en toda la noche. Tan mal estaba que decidió no celebrar Misa en aquel momento (...). Salió de la habitación y al parecer bajó a la iglesia. Al cabo de no mucho tiempo volvió. Su preocupación se había disipado. Aunque no hizo comentarios en este sentido, su aspecto entonces era muy alegre. Llevaba una rosa de madera dorada. Todos sacamos la impresión de que aquella rosa tenía un profundo significado sobrenatural, aunque no hizo ninguna aclaración".
"Es una rosa de madera dorada -explicaba años más tarde el Fundador del Opus Dei-, sin ninguna importancia... Allí, cerca del Pirineo catalán, la tuve por vez primera entre las manos. Fue un regalo de la Virgen, por quien nos vienen todas las cosas buenas".
Hablaría poco en el futuro de este suceso: en parte por humildad -era el protagonista de esas gracias de Dios- y en parte porque no era nada amigo de milagrerías: "Lo único verdaderamente importante, hijos míos -subrayaba con fuerza-, es que Dios nos conceda la fe, la humildad y la fortaleza para ser buenos instrumentos suyos, a pesar de nuestras miserias (...). No busquéis cosas extraordinarias o raras (...). Lo que se sale de los cauces de la Providencia ordinaria no nos interesa".
Hasta el final
Aquel mismo día llegaron a un lugar del bosque en el que acamparon durante algún tiempo, guareciéndose en una cabaña. El 27 de noviembre comenzaron las marchas nocturnas hasta la frontera. Les esperaban cinco noches terribles, en las que tendrían que sortear numerosos precipicios y desfiladeros, con larguísimas caminatas que durarían hasta el agotamiento.
"A las doce o la una -recuerda Jiménez Vargas- nos metieron en una cueva de ganado en una montaña que llaman el Corb (...). En la cueva estaba el nuevo guía, que se hacía llamar Antonio. Hasta que nos despedimos en Andorra no dijo su verdadero nombre: José Cirera. Era un hombre de 23 años, con traje de pana y abarcas, duro, autoritario, infatigable y audaz, como poco a poco fuimos comprobando (...). Todavía de noche, salimos de la cueva (...). Llegamos a la Espluga de las Vacas, en el barranco de la Ribalera, a unos 800 metros de altitud, el 28 de noviembre, completamente de día, con sol".
Nada más llegar el Padre dijo Misa sobre una gran piedra, muy cerca de la pared de aquel cortado, para quedar bien a cubierto del viento. Las personas que estaban allí -más de veinte- no habían oído Misa ni pisado una iglesia desde julio del año anterior. Siguieron la celebración en medio de un silencio impresionante. Algunos comulgaron.
"Sobre una roca y arrodillado -escribió entonces uno de los expedicionarios en su bloc de notas-, casi tendido en el suelo, dice un sacerdote, que viene con nosotros, la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias(...). Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un Santo".
Iniciaron la subida al Aubens. "La pendiente era grande y en algunos momentos -prosigue Jiménez Vargas- sólo se podía andar trepando por las piedras. Apenas empezar este tramo, Tomás Alvira se cayó desfallecido. Tenía ampollas en los pies y estaba en un estado de agotamiento que le inutilizaba. En su desmoralización estaba seguro de que no podía llegar al final.
El jefe dio orden de seguir, porque había que alcanzar la cumbre antes del anochecer. Dijo que a aquel hombre había que dejarle allí. De momento, todos pensamos que era una decisión brutal y no estábamos dispuestos a aceptarla, aunque Tomás no se sentía capaz de nada (...). Todavía recuerda la escena después de tantos años como si lo estuviera viviendo: 'El Padre, cogió del brazo al guía, habló con él unos momentos, y me dijo:
-No hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final".
Aquello era sólo explicable por la fe y la fortaleza del Padre, porque Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Sin embargo, arrastrándole casi, cruzaron el Tosal del Fach y bajaron por un bosque de pinos en la cara norte de la montaña.
Así durante cinco noches. La última jornada de aquella travesía fue especialmente dura: divisaron al fondo, en una hondonada, una caseta de carabineros; y al otro lado, una hoguera. Debían pasar entre la caseta y la hoguera, sin que los vieran, entre el ladrido de los perros que parecían haber advertido su presencia.
Cruzaron en silencio, con el alma en vilo, sin que pasara nada. Luego, atravesaron un bosque, hasta que uno de los guías dijo:
-"Ja son a Andorra. Tenen qu'esperar aquì fins qu'es faci de dia perquè no's perdin; poden fer foc".
¡Ya estaban en Andorra! Era el 2 de diciembre de 1937. Hubo una explosión general de alegría. Don Josemaría comenzó a rezar la Salve:
-"Salve Regina, Mater misericordiae..."
Al día siguiente, 3 de diciembre, don Josemaría pudo celebrar la Santa Misa, en la iglesia parroquial de Les Escaldes, revestido con ornamentos, por primera vez desde el comienzo del conflicto. Tenía las manos hinchadas todavía por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales.
Necesitaban documentación nueva y aprovecharon la ocasión para hacerse una fotografía.
A pesar del cansancio, pocos días después, don Josemaría quiso hacer una breve visita a la Basílica de Lourdes para agradecer a la Virgen que hubiesen llegado sanos y salvos. Luego pasó unos días en San Sebastián y en Pamplona, donde hizo unos ejercicios espirituales. El grupo de expedicionarios se disgregó: Juan Jiménez Vargas se fue a Zaragoza, como alférez médico. Pedro Casciaro y Francisco Botella, dos jóvenes miembros del Opus Dei, fueron destinados militarmente a Pamplona y luego a Burgos. José María Albareda, comenzó a trabajar en la Secretaría de Cultura.
El Fundador decidió establecerse temporalmente en Burgos, junto con estos tres -Pedro Casciaro, Francisco Botella y José María Albareda-, en espera de que terminase la guerra.
4. BURGOS, 1938. TRABAJAR SIN DESCANSO
Cuando llegó don Josemaría, la pequeña ciudad castellana no estaba preparada todavía para acoger a todo aquel aluvión de gentes que se le venía encima. Eso explica que a su llegada no le resultase nada fácil encontrar un sitio para alojarse. Al fin, tras pasar un breve tiempo en una pensión, pudo alquilar una habitación en un modesto hotel -el Sabadell-, que contaba con un mirador asomado a la vera del Arlanzón, desde el que se divisaban las torres de la Catedral.
Al fin -pensaban los que le acompañaban- don Josemaría podría descansar un poco. Lo necesitaba: estaba demacrado y delgadísimo. "Se me saltaron las lágrimas al verle -comentó don Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, cuando fue a visitarle-. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza". Todos pensaron que aprovecharía aquel tiempo de calma para reponerse del agotamiento en el que lo habían sumido los últimos meses. Pero se equivocaron.
Su corazón sólo tenía una inquietud: cómo hacer realidad, en aquellas circunstancias, la misión que Dios le había encomendado. ¿Cómo podía dedicarse a descansar, cuando tenía que recomenzar de nuevo la labor apostólica, y todos los chicos que conocía se encontraban dispersos por los diversos frentes de batalla?
Con los que no podían acercarse hasta Burgos, que eran la mayoría, seguía manteniendo contacto por carta. Les enviaba una sencilla carta circular, tecleada gozosamente en una vieja máquina de escribir. No quería perder el contacto con ninguno. A Tomás Alvira, aquel chico que estuvo a punto de desfallecer durante la travesía del Pirineo, le escribía en el mes de febrero:
"Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.
Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.
Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?"
A Tomás le había mostrado ya la posibilidad de entregarse a Dios dentro del Opus Dei en el estado matrimonial. Don Josemaría sabía que los casados formaban parte -con plenitud y unicidad de vocación- de la luz fundacional del 2 de octubre. Pero no existía el cauce jurídico adecuado ni los tiempos estaban maduros todavía.
Además de su intenso trabajo sacerdotal dedicó mucho tiempo también -como recuerda Pedro Casciaro- a investigar lo necesario para acabar su tesis doctoral sobre La Abadesa de las Huelgas y para ultimar la preparación de "Camino", que recogía y ampliaba las "Consideraciones Espirituales" publicadas en 1934. Mientras tanto, el Fundador esperaba el momento propicio para regresar a Madrid.
5. FIN DE LA GUERRA
"¡Qué espectáculo!... -escribía el nuevo embajador de Francia en Barcelona, Pierre Labonne, protestante y ferviente republicano, en su informe al Ministerio francés de Asuntos Exteriores- desde hace cerca de dos años y después de afrentosas masacres en masa de los miembros del clero, las iglesias siguen devastadas, vacías, abiertas a todos los vientos. Ningún cuidado, ningún culto. Nadie se atreve a aproximarse a ellas. (...) Por decreto de los hombres, la religión ha dejado de existir. Toda vida religiosa se ha extinguido bajo la capa de la opresión del silencio".
La valoración del embajador francés de la situación de Barcelona durante aquel año de 1938 era cierta sólo desde un punto de vista externo. La vida religiosa se había extinguido a los ojos de los hombres; pero continuaba existiendo, disimulada de mil modos. "Aunque la mayoría de los sacerdotes estaban escondidos o habían huido -cuenta Manolita- algunos seguían administrando los sacramentos. Yo, por ejemplo, tuve la suerte de poder comulgar todas las semanas en mi propia casa, porque tenía una profesora de piano que me puso en contacto con un capuchino, el padre Javier de Olot, que venía a escondidas a confesarnos y a traernos la comunión..."
"Nosotras vivíamos -prosigue Manolita- relativamente cerca del Puerto, y estábamos siempre con el alma en vilo... Todavía recuerdo el sonido de las bombas al caer". Era un ruido desgraciadamente habitual: si era un golpe seco, los barceloneses sabían que venían del Canarias, un buque de los nacionales y que tenían por objetivo la fábrica Elizalde del Paseo de San Juan; si las lanzaban los aviones, retumbaban por el aire... "Ciutadans -alertaba la radio- hi ha perill de bombardeig. Acudiu amb calma als vostres refugis..."
De día, los bombardeos dejaban una columna vertical de polvo y humo de color negro y marrón. De noche, eran especialmente terribles: sonaban las alarmas, se cerraban precipitadamente ventanas y balcones, corrían todos a los refugios y la ciudad quedaba a oscuras... Luego se oía un estampido que rompía el silencio tenso y se formaba en el horizonte una claridad rosada...
"Así, un día y otro y otro... Y más bombardeos... Aquello parecía que no se iba a acabar nunca. Y yo -concluye Manolita- seguía rezando para que a Manuel no le pasara nada..."
Una cita en San Severo
A comienzos del año siguiente, el 26 de enero de 1939, las tropas de los vencedores entraron en Barcelona, entre escenas de euforia y de dolor. Se veían mutilados y heridos de guerra por todas partes. Los edificios tenían todavía las ventanas cubiertas por largas tiras de papel engomado para que los cristales rotos por los bombardeos no cayeran sobre los viandantes. Muchos iban de un extremo a otro de la ciudad buscando el paradero de un familiar o un amigo. Los vencidos, mientras tanto, se agolpaban en las fronteras o se hacinaban en los campos de concentración franceses. Los muros de la ciudad se llenaron de carteles redactados al nuevo estilo, autoritario y grandilocuente: "Si eres español, habla español". "¡Español, habla la lengua del Imperio!". Y empezaron a volver los hombres del frente...
Aunque no todos: "Manuel seguía movilizado en Benicarló -cuenta Manolita- y nuestra boda se iba retrasando y retrasando..."
"Sucedió lo siguiente -explica Manuel Grases-: nada más pasar los Pirineos, me había incorporado de nuevo a filas, en el bando nacional. Entonces me destinaron al Parque de Artillería de Burgos, donde estuve hasta el mes de mayo del 38. En esas fechas llegó una orden en la que se nos comunicaba que los que no habíamos ido nunca al frente debíamos marchar inmediatamente hasta la primera línea de combate. A mí me destinaron a una división de choque, a la 122, que estaban en el Ejército del Sur...
Allí estuve de cabo artificiero, hasta que me admitieron en la Academia Militar de Ingenieros, en Burgos, muy cerca de la Cartuja de Miraflores. Y a Burgos me volví... Y otra vez mi vida iba a pasar, como rozando, junto a la del Fundador del Opus Dei...
Muchas veces he pensado que es muy probable que durante mis estancias en Burgos me cruzara alguna vez con el Padre, cuando caminaba por las calles de la ciudad, o paseaba a la vera del río... Estoy seguro que en más de una ocasión pasé a su lado. ¡Me hubiera gustado tanto conocerlo entonces...!
Pero Dios quiso que esperara un poco más, y tuvieron que pasar varios años antes de encontrarme con el Opus Dei.
Más tarde, cuando estaba en la 58 División, ya como oficial, me destinaron a transmisiones en Sagunto. Y luego, a Benicarló. Y así fueron pasando los meses: febrero, marzo, abril. Se acabó la guerra y yo seguía militarizado: mayo, junio, julio... Manolita seguía en Barcelona y yo veía que pasaba el verano y seguía sin casarme... Así que decidí pedirle a Manolita que agilizara las gestiones de papeleo para poder casarnos lo antes posible. Como yo estaba militarizado, tenía dispensa de ciertos trámites. Manolita podía aprovecharse de las facilidades que le daría el doctor Falp, beneficiado de la iglesia de San Severo, y de mi amistad con Antonio Simarro, Presidente de la Diputación entonces y, más tarde, Alcalde de Barcelona. Quedamos en que me avisara en cuanto lo tuviera todo a punto.
Recibí el aviso de Manolita uno de los primeros días de agosto. Así que, al día siguiente, me fui a ver a don Montserrat Fenech, un conocido de mi familia en Barcelona, que era mi Teniente Coronel de Estado Mayor. Era un hombre alto y corpulento, de carácter fuerte y vigoroso, que me imponía mucho respeto.
-A sus órdenes, mi teniente coronel -le dije, tras presentarme.
-Pase, pase, Grases, ¿qué desea?
-Venía a pedirle un permiso, mi teniente coronel...
-¿Permiso? ¿Un permiso? ¿Para qué?
-Para casarme.
-¿Casarse ahora? -me preguntó extrañado.
La situación internacional era crítica y la posición española era especialmente delicada. Se avecinaba la segunda guerra mundial. Pero no me arredré. Seguí insistiéndole.
-Mire, mi teniente coronel: es que mi novia lleva mucho tiempo esperándome y yo llevo tres años de guerra, siempre de acá para allá y...
-Pero... -me replicó con mucha fuerza- ¿se da Vd. cuenta de lo que me está diciendo? ¿No ve todo lo que se nos viene encima? ¡Yo, en estas circunstancias, no le puedo dar permiso!
No cedí. Le insistí una y otra vez, con el mismo argumento:
-Es que llevo ya tres años de guerra mi teniente coronel... y estoy cansado de esperar...
Me volvió a repetir sus razones. Yo seguí insistiendo, hasta que al final cedió:
-Bueno, bueno, Grases. Le voy a dar ocho días de permiso. ¡Pero sólo ocho días, eh! ¡Ni uno más! ¡Luego se tiene que reincorporar inmediatamente!
Fue visto y no visto. Se lo dije a Manolita como pude -las comunicaciones civiles no funcionaban y logré ponerme en contacto con ella gracias a que era oficial de transmisiones de mi División- y me fui rápidamente a Barcelona, después de cruzar el Ebro en una barcaza, porque estaban cortados todos los puentes. Hicimos los preparativos de la boda de la noche a la mañana; arreglé de prisa y corriendo mi uniforme de Oficial para la ocasión; y a los dos días, a las once de la mañana del 7 de agosto de 1939, en la iglesia de San Severo, en una pequeña iglesia barroca muy bonita que está junto a la catedral, nos casaba el doctor Ricardo Falp, de mi Consejo de Familia, el mismo que había casado a mis padres"".
A la hora fijada me presenté, con mi planchado uniforme de alférez de Ingenieros, en la puerta de la iglesia y... Manolita que no llegaba. Dieron las once y cuarto y Manolita sin aparecer. Las once y media, y nada. Yo no sabía qué hacer ni qué pensar. No me podía creer que... ¡Después de haber estado esperando tanto tiempo este momento! Dieron las doce menos cuarto. ¿Que habría pasado?"
"No había pasado nada -comenta, riendo, Manolita- salvo que... en casa de mi madre sólo teníamos un espejo grande, frente al que nos pusimos a arreglarnos mis hermanas, mi prima y yo... Y entre unas cosas y otras... Total, que me presenté en la iglesia, a las doce de la mañana, con mi sombrero y mi traje de chaqueta azul marino. Una hora más tarde... Una horita de nada..."
"Tras la boda -continúa Manuel- nos fuimos enseguida a Burgos de viaje de novios. Fue un viaje brevísimo. Llegamos el día ocho de agosto y el día nueve cumplí una promesa que le había hecho a la Virgen si salía con vida de la guerra: ir rezando, descalzo, desde Burgos hasta la Cartuja de Miraflores.
Y el día trece, a los ocho días exactos, me reincorporé de nuevo a mi División, en Benicarló. Manolita se vino conmigo a donde vivía y supo dar un toque de feminidad al lugar, ¡que buena falta hacía!"