Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de ir, tiempo de volver
Nascosta rosa,io sento il tuo profumo divino,
che il cuore mi solleva e mi riposa
quando si fa più ripido il cammino.
... Fiore stellare
quando la notte abbatta l'alto muro
Tu sarai lì, ridente, a preparare
la dolce fine del cammin sicuro
1. SEPTIEMBRE 1958.
Se acababa el verano y con él, los plazos de matrícula para el siguiente curso en "l'Escola". Montse, aunque era perfectamente consciente de la gravedad de su situación, no lo dudó: se matricularía aquel año como si aquel fuese un curso más... aunque estaba segura de que sería el último. Una de las profesoras, tía de Carmen Salgado, quiso verla y preguntarle cómo estaba. Montse eludió el tema: "Bien, bien"...
A tantas otras personas, aquella situación podría llevarles a la desesperanza, a la tristeza, a la apatía, a un abandono, que nos parece normal, de las ilusiones humanas. En su caso no fue así: Montse procuró vivir fielmente su vocación hasta el último momento; y como sabía que su vocación le llevaba a santificar el trabajo de cada día, no dudó en matricularse en septiembre en un curso que -lo sabía- no iba a terminar...
Sus amigas no acababan de salir de su asombro: "Empezó a planear como si no pasara nada -recuerda Carmen Salgado- lo que iba a hacer. Decía: 'estudiaré piano, a ver si me da tiempo de terminar la carrera, porque a mis padres les haría mucha ilusión; pero tendré que pedir los libros a Ana María, porque es una pena hacerles gastar tanto dinero para cuatro días'".
No fue nunca "el caso"
Se esforzaba por vivir con normalidad... hasta donde le permitían sus fuerzas. "Una vez iba en una vespa con sidecar -recuerda Roser Fernández- y me la encontré, como otras veces, en la parada del autobús de la calle Balmes, en la dirección de subida al Tibidabo. Tenía ya la pierna bastante hinchada. En cuanto la vi le dije:
-¿Quieres subir?
-Yo sí quiero -me dijo, sonriendo-, la que no sé si querrá es la pierna..
Entonces introdujo la pierna con mucho esfuerzo en el sidecar y se sentó como pudo. Me sorprendió la alegría con la que hacía estas cosas, a pesar de que le costaban mucho. Pero no pensé nada más: siempre me pareció una chica normalísima...
Luego, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta que lo extraordinario de Montse era precisamente esa normalidad. Supo llevar su enfermedad sin buscar ningún tipo de protagonismo, sin querer ser el centro de las preocupaciones de los demás, sin darle ninguna importancia al hecho de su enfermedad... Cuando le preguntábamos por su enfermedad nos respondía sin trivializar el hecho, y sin tremendismos de ningún tipo, en el mismo tono con que otra persona podía decir: 'pues me he examinado esta mañana y me ha salido mal'. Y al verla actuar así, también a nosotras aquello -que se fuera a morir dentro de poco y estuviera alegre y feliz- nos parecía normal..."
No daba ninguna importancia a "lo suyo". "Una vez -afirma Ana María Suriol-, estando ya bastante enferma Montse, pasamos por delante de la casa donde había vivido esta chica" (que tenía cáncer en el cerebro, que habían ido a visitar varias veces y que había ya muerto)", e hizo un comentario sobre ésta, diciendo que verdaderamente ella sí que sufrió".
"Es verdad -concluye Roser-. No quiso ser nunca 'el caso', a pesar de que podría haberlo sido perfectamente, porque era la única enferma entre todas las chicas que iban por Llar y se encontraba en plena juventud.
No fue sólo mérito suyo, desde luego: fue una gracia de Dios a la que ella supo corresponder. Pero no hay que olvidar que no se enteró de la gravedad de su enfermedad quince días antes; lo supo con muchos meses por delante. Recuerdo que una vez le pregunté qué tal estaba; y me dijo, con total sencillez:
-Bueno... me han dicho que no llegaré a Navidad".
..........
En esta fotografía sonríe a la cámara desde el balcón de Llar. Se divisan al fondo los edificios de la calle Muntaner. Aparentemente no le pasaba nada. "No le gustaba hacer alarde de su enfermedad -comenta Carmiña- y no hablaba de ella. En una ocasión, una chica le comentó que le había contado a una amiga 'lo suyo'. 'Ya sabes que no me gusta', le dijo Montse". Sin embargo, todas advertían su sufrimiento: "Yo la observaba cuando estaba en el Oratorio -comenta Ana María- y veía cómo se retorcía las manos procurando que nadie se diera cuenta de su dolor. Cuando eran más fuertes estaba más inquieta y nerviosa y cambiaba constantemente de posición; pero procuraba siempre que los demás no lo notaran".
No tenía "complejo de enferma", ni quería comportarse como una enferma: "Cuando llevábamos las sillas de la sala de estar al Oratorio porque allí no había suficientes para sentarnos -continúa Carmiña-, no nos dejaba nunca que le llevásemos su silla. Y en esto, Rosa la animaba mucho; porque en estas cosas, tampoco Rosa se dejaba ayudar... Y en el Oratorio no le gustaba estar con la pierna apoyada en una banqueta -le parecía como una falta de delicadeza con el Santísimo-. Cuando se puso peor se quedaba en una salita contigua, y yo me quedaba muy cerca, en el pasillo, por si se encontraba mal. En una ocasión se levantó y me reconoció que ya no podía soportar el dolor.
-Entonces te llevo a casa, le dije.
-No, no; porque a esta hora mamá estará dando de cenar a los pequeños y no quiero estorbar".
"A mí también me asombró esa sencillez -añade don Emilio Navarro, que había regresado a Barcelona y atendía espiritualmente la labor de Llar, cuando los otros sacerdotes, por diversas razones pastorales, no podían asistir-. No sabía lo que le sucedía y le pregunté si pensaba asistir a algún curso de verano. Entonces me dijo:
-No; no puedo porque estoy enferma.
-¿Qué te pasa?
-Tengo un cáncer.
Me quedé sorprendido por la forma tan directa y clara con la que me lo dijo.
-Pero un cáncer... ¿ya diagnosticado y...?
-Sí, sí. Cáncer".
Cáncer. En la actualidad esta palabra terrible ha dulcificado algo sus aristas dramáticas gracias a los avances de la Medicina. Muchas personas, a pesar de padecer un cáncer, confían en su curación, porque hay modernos tratamientos que logran retrasar durante decenas de años el desenlace de esta enfermedad, cuando no la vencen totalmente. Pero a finales de los años cincuenta esa palabra tenía un sinónimo muy preciso. Ya lo había dicho Carmen Escrivá, con la claridad que la caracterizaba, cuando le comunicaron que tenía cáncer:
-"Alvaro me acaba de dar la sentencia de muerte".
Pero, ¿es que le resultó tan fácil aceptar la idea de morirse? ¿Es que esto no la hacía sufrir?
Los testimonios de los que disponemos confirman que sufría ¡y mucho, como cualquiera en su situación! "Lo que sucede -cuenta Rosa- es que ella aceptaba su muerte con visión sobrenatural y... no dramatizaba". Si un día se organizaba en Llar un baile de sardanas no se quedaba en un rincón, haciéndose la víctima. "Una vez -recuerda Carmen Salgado- una amiga le dijo '¿bailamos la titiritaina?'. Montse la miró y con la cara le decía que no podía, pero como la otra le insistió, se levantó y bailaron con mucha gracia. Al terminar, sin que nadie lo notara, se fue, porque no podía más".
Sólo su abandono sereno y alegre en los brazos de Dios, fruto de un profundo sentido de la filiación divina; sólo su afán de desagravio y corredención, que la llevaban a una unión cada vez más profunda con Cristo en la Cruz, explican la razón última de su comportamiento. Montse sabía, como enseñaba el Fundador, que "la alegría es uno de los medios que nos da Dios para hacer el bien, porque el Señor se sirve de la alegría y de la serenidad de mis hijos para llevar su luz y su paz a las almas". Sólo desde esta perspectiva sobrenatural se puede explicar que Montse le contestase sólo con tres palabras llenas de serenidad, acompañadas por una sonrisa, a su amiga Concepción Miró, cuando ésta le preguntó lo que tenía:
-"Tengo un cáncer".
2. LA ULTIMA SUBIDA AL MATAGALLS
De todos modos, a pesar de esa aceptación plena y rendida a la Voluntad de Dios, es muy duro cortar a los diecisiete años con esas pequeñas ilusiones de juventud que pueden resultar nimias, ridículas casi, si se contemplan desde la lejanía de la madurez, pero que ocupan un lugar muy importante en el corazón de un adolescente.
Una de esas "pequeñas-grandes ilusiones" de Montse era la subida desde Seva, durante la noche, hasta el Matagalls, uno de los tres grandes picos del Montseny. "Ya habíamos subido hasta allí de todas las formas posibles -recuerda su hermano Enrique-. En bicicleta, hasta Collformic, y luego a pie. De mil modos. ¡Lo habíamos probado todo! Hasta que un día de ese verano se le ocurrió a alguno:
-Oye, ¿y si subiéramos al Matagalls para ver salir el sol?"
Matagalls al amanecer... Aquello debía ser excitante. ¡Ver salir el sol en el Matagalls! ¡En el "pedró de Catalunya", como lo denominaba el Padre Claret! ¡Aquello era nuevo, era distinto -palabra mágica en la juventud-, era arriesgado...! Y además tenía una incertidumbre: sus respectivos padres, ¿les dejarían? Comenzaron los tiras y aflojas familiares...: "nos dijisteis que este año ya podríamos ir y ahora..." Al final los padres cedieron con la condición de que fuese con ellos Andrés Framis, al que consideraban "mayor", y responsable...
"Empezamos a hacer los preparativos -sigue contando Enrique-, ¡con una ilusión! Porque aquella subida nocturna guardaba para nosotros un sabor especial, indefinible. El Matagalls formaba parte de nuestra vida".
Aquí se ve a los dos hermanos -Enrique y Montse- en una excursión de años anteriores.
Aquella excursión se recordaría además, a lo largo del curso académico, entre clase y clase, como un mundo irreal, lejano, casi soñado entre las aceras grises de Barcelona: ¿te acuerdas de aquel amanecer en Matagalls...? "Era -prosigue Enrique- una especie de desafío, de reto fuerte, que nos ponía a prueba: la confirmación de que éramos mayores y capaces de reconocer los caminos por la noche, sin perdernos..."
Hubo un revuelo incesante durante los días anteriores a la marcha, con idas y venidas a casa de unos y otros, entre los gritos de la chiquillería. Los padres repetían los mismos avisos y recomendaciones del año pasado y del anterior: cuidado con hacer el loco; cuidado con esto, cuidado con lo otro...
Enrique y Jorge se calzaron para la ocasión unos botones inmensos, como si se prepararan para coronar el mismísimo Himmalaya; prepararon las mochilas, las cantimploras... ¡las cámaras! Sí; había que hacerse fotografías, como aquella de hacía unos años en la que aparecen Montse, María Luisa y Javier Framis...
Tres, dos, uno... Iban contando los días que faltaba para la subida. Ya se imaginaban monte arriba cantando una de sus canciones favoritas:
...A dalt de la muntanya
hi havia un vell xalet.
Mur blanc, sostre d'herba i
davant la porta un tronc revell.
Porque en esta ocasión, de noche, todo cobraría un encanto especial. Sería como ir por primera vez. Irían reconociendo, entre sombras, a la luz de la luna, los lugares por los que habían pasado ya: mira, el Brull; mira, la silueta del Matagalls... Y luego, seguirían cantando:
A dalt de la muntanya
caigué el vell xalet.
La neu i el rocam,
units, el van enderrocar...
Como en la letra de la canción, Montse veía cómo todas aquellas ilusiones de juventud, todos los proyectos de su vida, se le habían derrumbado de pronto, como aquel chalecito de la montaña. Pero no había que entristecerse porque, como decía la canción...
A dalt de la muntanya
hi hagué un nou xalet
car Jan, amb cor galant,
el va bastir millor que abans...
¡Sí! ¡Dios le construiría una vida nueva maravillosa, en el Cielo! ¡Dios la ayudaría! Y todo sería "millor que abans", mucho mejor que antes, cuando divisaba desde la cumbre todas las maravillas del Montseny, como en aquella fotografía en la que contemplaba el Hotel San Bernat...
Aunque le quedaba la nostalgia de las cosas que dejaba aquí... También lo decía la canción:
A dalt de la muntanya
quan Jan tornà al xalet
plorà amb tot son cor
sobre la fi del seu amor...
Estaba decidida: aquella sería su última subida al Matagalls. Se sentía todavía con fuerzas; ¡era todavía perfectamente capaz de llegar hasta arriba sin que nadie la ayudase, cantando sin cesar! ¡Seguro que sus padres la dejarían subir! Y desde allí, al pie de la cruz que coronaba la cumbre, sus pensamientos no serían muy distintos de aquellos que dejó escritos Mosén Cinto, abrazado a esa Cruz, poco antes de morir: "Verament la Creu de Jesucrist sempre es formosa". Allí se despediría de aquellas montañas, de aquellos valles, de aquellos cielos, de aquellos días de felicidad tan lejanos... y tan cercanos. Y podría ofrecerle a Dios su vida entera, lo mismo que el gran poeta catalán, cuando cantaba en sus versos:
Des del bell cim de la més alta serra
avui vos he cridat, oh Jesucrist:
jo us voldria oferir tota la terra,
amb quant sobre ella els ulls del sol han vist.
Per dar-vos-en lo ceptre i la corona
sols per un jorn, voldría ser-ne rei;
i aprés, com príncep que l'amor destrona
m'allistaria a vostre dolç servei... (...)
Tenir voldría el mon, ses meravelles
sos continents, les terres e la mar,
i lo sol i la lluna i les estrelles
per fer-ho a vostres plantes rodolar.
Sí: ¡aquella sería la última -y la más gozosa- subida al Matagalls de toda su vida!
Pero... no pudo ser.
"Me da mucha pena recordarlo -escribe su madre-. Desde el 23 de agosto se encontraba francamente bien y estaba ilusionadísima con subir; iban sus hermanos y todas sus amigas... ¡Nos dolió tanto tenérselo que prohibir! Al principio, como la veíamos tan bien, quedamos en consultárselo al médico, que nos dijo que, a pesar de todo, no era prudente: debía evitar todo lo que representase un esfuerzo.
-Pero -nos dijo Montse, durante la cena- si igual ha de ser... ¿por qué no me dejáis?
-Montse, porque a pesar de todo, hay que poner todos los medios.
Se quedó muy seria... ¡Qué cena! Enrique tuvo un gesto que nunca olvidaré. El también iba, por supuesto, y con mucha ilusión, como todos. Yo estaba pensando pedirle que se quedara; pero también me daba pena porque ya estaba en el Seminario, y pensaba que, a lo mejor, tampoco tendría otra ocasión de hacerlo. Así que no dije nada.
Pero de repente Enrique, en tono alegre, dijo:
-Bueno, se acabó, yo también me quedo. Pepón Ferrater creo que también y vamos a organizar algo para pasárnoslo bien.
Se me hizo un nudo en la garganta... y le di gracias a Dios".
No se da cuenta
Aquello le costó mucho. "Un día que bajó a Barcelona -recuerda Montse Amat-, me comentó que su padre no la dejaba ir de excursión al Matagalls como todos los años...
-Pero Montse -le dije-, te cansarás mucho...
-¡Qué me voy a cansar! -me contestó- ¡Con las veces que he ido!
Cuando la vi hablar de ese modo de la excursión; y de los preparativos que había hecho con tanta ilusión, pensé: 'es que esta criatura no sabe lo que tiene. No se da cuenta exactamente de lo que le pasa'.
Seguimos la conversación. Cerca de nosotras, encima de la mesa de dirección, había una fotografía de Tía Carmen. De pronto, la tomó entre las manos y comentó con gracia:
-Tía Carmen, ¡qué pronto vamos a conocernos, maja!
... y seguimos hablando, como si nada, de la excursión al Matagalls. Entonces comprendí que sí se daba cuenta -¡perfecta cuenta!- de lo que le pasaba..."
¿Naranja? ¿Turquesa?
A su madre también le desconcertaba la actitud de su hija. Un día de aquel verano vinieron a hacerle un vestido y Montse no acababa de decidirse: eran dos telas con el mismo estampado y dudaba entre una de tono turquesa y otra de tono naranja. Su madre la miraba asombrada. Aquella indecisión de su hija le confirmaba en sus sospechas: Montse debía estar íntimamente convencida de que se iba a curar; si no, aquellas cavilaciones no tenían sentido...
"¿Por qué tardará tanto en escoger el vestido esta chica? pensaba yo -recuerda su madre-. ¿Qué más le dará que sea turquesa o naranja? ¿Cómo es posible que a estas alturas esta hija mía me venga con estas dudas, como si fuera a llevar este vestido este verano y el que viene, y el otro y el otro?"
Pero Montse seguía allí: mirando y remirando las telas: la verdad es que ésta queda bien, pero ésta...
"Yo seguía diciéndome -cuenta su madre-: ¡Será posible...! ¿Se habrá olvidado de lo que le hemos dicho...? No lo creo...
Entonces me crucé en mitad del pasillo y le pregunté:
-Oyeme Montse: Papá está convencido de que te curarás. Yo a veces también lo pienso. ¿Y tú?
No me respondía.
-Dime lo que piensas -le insistí-, que tú nunca dices nada...
Me miró con un gesto apacible y sonriente.
-Yo no lo pienso nunca -me dijo, como indicándome que se había abandonado totalmente en Dios..."
Esta sorpresa se daba en todos los que la trataban, ya que, para los que no sabían lo que le pasaba, era muy difícil sospechar la gravedad de su situación. Jean Marie, el chico francés que realizaba el intercambio con Enrique, vino de nuevo, como el año anterior, a pasar unos días en Seva, y se incorporó al ritmo de la vida familiar. "De vez en cuando le hacía a Montse alguna broma sobre su pierna -recuerda Manuel Grases- sin sospechar ni remotamente lo que tenía. Ella, al oírlo, sonreía en silencio".
"Eso mismo sucedió el día de la fiesta Mayor de Seva -recuerda María Luisa- cuando subimos al campanario de la iglesia para ver y oír las sardanas desde arriba. Estuvimos bastante rato en silencio contemplándolo todo... Yo veía que para ella aquello era un adiós a todas las cosas, verlas y sentirlas por última vez...
Pero no dijo nada, y bajamos".
Montse, estaba claro, odiaba el dramatismo.
3. 24 DE SEPTIEMBRE DE 1958. LA CASA DE QUIROS
Odiaba el dramatismo; pero no el arte dramático. Y aquel verano se preparaba para actuar en la "Gran Compañía Titular de Teatro de Seva", como se autodenominaban pomposamente, haciendo gala de buen humor, todo los del grupo de "hijos de veraneantes". No hizo falta animarla mucho: le divertía, como a cualquier chica de su edad, disfrazarse y hacer reír un rato a los demás, como se comprueba en esta fotografía:
"Sin embargo -comenta su madre- no quiso aceptar el papel de protagonista que le dieron al principio; porque era el de una chica con amores contrariados y no le pareció apropiado para ella. Y no paró hasta que no le cambiaron el papel".
Este "cambio de papeles" puede sorprender, pero no es más que la puesta en práctica de ese saber "huir de las ocasiones", que la Iglesia recomienda a los cristianos desde hace siglos. Desde luego, participar en aquella obra de teatro no era en sí, ni mucho menos, una ocasión moralmente peligrosa. El ambiente humano de su grupo de amigos respiraba limpieza y buen humor: frecuentaban los sacramentos y, como ya hemos visto, demostraban con sus propias vidas que las diversiones juveniles no tienen por qué situarse entre estos dos extremos: o ñoñas o paganas, como ya alertaba el Fundador del Opus Dei en "Camino". Pero, como es natural entre chicos y chicas de dieciséis y diecisiete años, empezaban a surgir enamoramientos y "flechazos"; se hablaba de que "éste me gusta" y se comentaba que "ésta te ha mirado, ¿no te has dado cuenta?" Y Montse le había entregado su corazón entero al Señor.
Podía haberle entregado su corazón a una criatura; pero, al responder generosamente a la llamada de Dios, lo había puesto, como enseñaba el Fundador del Opus Dei, "entero, joven, vibrante, limpio, a los pies de Jesucristo: porque nos da la gana -que es una razón bien sobrenatural- corresponder a la gracia del Señor". Sabía por tanto que, para ella, vivir la virtud de la Santa Pureza con naturalidad no consistía sólo en no "hacer lo que hace todo el mundo -falso sentido de la naturalidad-, sino también en ser cada vez más fiel a esa llamada de Dios, apartándose de todo lo que pudiera enturbiarla. Es decir: su naturalidad consistía ahora en obrar conforme a la vocación específica que Dios le había dado, con fidelidad y coherencia.
No tenía sentido por tanto -lo veía muy claro- que saliera ahora en una obra de teatro haciéndole arrumacos de cariño al protagonista masculino delante de todo Seva, por muy divertidos, cómicos y fingidos que fuesen. No se engañaba.
Logró el cambio de personaje después de algunos esfuerzos y cierta mano izquierda. Fue una manifestación plástica de su modo concreto de huir de las ocasiones. No se apartó del mundo -sabía que Dios la llamaba a hacerse santa en medio del mundo-; pero se apartó de lo que para ella, en su circunstancia concreta, era inconveniente. Y en vez del papel de la joven protagonista -que era el que le habían asignado, sin duda el más atrayente y el de mayor lucimiento escénico- eligió el secundario de doña Cástula, una viejuca de setenta años, respondona y antipática.
Doña Cástula no era personaje precisamente atractivo para una chica de su edad; pero estaba claro que Montse no buscaba simpatías ni protagonismos humanos, sino ser fiel al Señor; y que -como recuerda Lía- evitaba todo aquello que presentía que podría provocarle algún problema".
Resuelto el problema del personaje, se enfrentó con otro: el de aprenderse de memoria aquel papel. No era tarea fácil, pero: "no os preocupéis -decía- ya saldrá".
La pieza que la Gran Compañía Titular de Teatro de Seva llevó a las tablas del Teatro de la parroquia en esta ocasión era "La Casa de Quirós", una farsa cómica en dos actos de Carlos Arniches, que se había estrenado a comienzos de siglo en el Teatro Cómico de Madrid: el 20 de noviembre de 1915, para ser exactos.
La representación tuvo lugar el 24 de septiembre, fiesta de la Merced. En la pieza salían a relucir las aventuras y desventuras de dos jóvenes enamorados, que debían defender su amor contra las convenciones sociales. Era un tema de cierta "denuncia social" que el autor resolvía con gracia y agilidad escénica. El sentido de la denuncia se había ido diluyendo con los años; pero, afortunadamente, permanecía lo mejor de Arniches: el humor.
Después de muchos preparativos y ensayos llegó la hora crucial. Al fin se hizo el silencio en la sala, mientras se apagaban los últimos murmullos del público. Por detrás de las bambalinas hubo, como era de esperar, nerviosismos, risas contenidas, prisas y despistes de última hora. Los asistentes aguardaban con interés: les habían dicho que la representación de este año superaría a la del año anterior, y con creces. Habría que verlo. Después de las presentaciones de rigor, se alzó el telón.
Y allí estaba Montse, en mitad del escenario, disfrazada de anciana, vestida de negro, con unas gafas caladas y un manojo de llaves prendido de la cintura, como pedía Arniches. Representaba a una vieja ama de llaves de una casa solariega castellana. El autor pedía también que hubiese gallinas picoteando por el suelo, una campana al viento que lanzase pausadas vibraciones y que se escuchase "a lo lejos el cacareo de un gallo". Se hizo lo que se pudo, porque las exigencias de los autores teatrales no están siempre al alcance de todas las fortunas...
La primera escena comenzaba con brío. Montse -es decir, doña Cástula- charlaba con Librada, una criada respondona y divertida, y Modesta, y se enzarzaba a los dos minutos con Sol -María Luisa Xiol, a la sazón-, que demostraba tener poco apetito. Tenía que contener la risa, y simular el peor de sus genios cuando aparecía en escena el bruto de Lucio:
Lucio.- "Guas tardes"
Doña Cástula.- "¡Pues mira que este otro!"
Sol.- "¿Quién es éste?"
Modesta.- "El criao nuevo"
Sol.- "¡Qué cara!... ¡Pero si eso es la caricatura de un ajo porro!"
Las risas de los asistentes interrumpieron la actuación. Los actores y actrices se contuvieron también la risa.
Doña Cástula.- "Oye tú...: ¿a dónde vas?"
Lucio.- "¿Eh?"
Librada.- "Que ande vas."
Lucio.- "No voy, que vengo."
Doña Cástula.- "Bueno, pero ¿de dónde vienes?"
Lucio.- "De ahí ajuera."
Doña Cástula.- "Bueno; pero ¿de qué?"
Al fin lograron que Lucio se presentara y les contara en su jerga particular, no demasiado académica, lo que le había sucedido en la capital:
Lucio.- "Pues jue que entremos en un comeero a comer, y toas las personas, dimpués de la comía, ascomenzaron a meterse madericas en la boca y a chupala, y díjeme yo: 'deben ser dulces', y agarro una y estoy media hora chupa que te chupa, hasta que tuve que tirala, que no me sabía a na, y eso que mastiquéla y to."
Sol.- "Pero hombre, si eso son mondadientes."
Lucio.- "Será lo que usted quiera, pero debían cocelos."
Sol.- "¡Qué rusticidad tan encantadora... comerse los mondadientes!"
Doña Cástula- "No lo he conocido más bruto."
Luego la trama se complicaba. Casimiro y Sol buscaban un ardid para que el terrible don Gil otorgase la mano de su hija, pero don Gil no estaba por la labor. "¡La mano de una Quirós del Pulgar y Carrillo de Peñas Altas -gritaba, hecho una furia- sólo será para un noble!"
Sin embargo, a Casimiro no lo amedrentaba cualquiera: "La mano se la dará usted a quien le dé la gana -protestaba- pero el resto me lo ha ofrecido a mí la interesada".
La escena se iba complicando, entre las carcajadas del respetable, hasta llegar al acto segundo, que no contaremos para no privar al lector del placer de su lectura, en el que Montse abría la escena gritando:
-"¡Ay que esto no es pa mis años!... ¡Ay Madre de la Piedad, que yo me muero!"
Ahora Montse ya sabía perfectamente lo que estaba diciendo. Y un estremecimiento de tristeza recorrió todo el auditorio.
"No me esperaba -comentaba su madre a la salida del Teatro de la Parroquia- que Montse actuara con tanta soltura y con tanta gracia". Hubo parabienes y felicitaciones para toda la Compañía. Fue una tarde muy divertida, pero Montse volvió agotada a Villa Josefa.
"Era la fiesta de Nuestra Señora de la Merced -recuerda su madre- y lo digo con mucho cariño: nunca se me ha ocurrido pensar que podría haber sido en otro día, cuando empezó nuevamente a tener dolores..."
Precisamente en aquel día, mientras todos reían con las ocurrencias de doña Cástula, el sufrimiento había hecho de nuevo su entrada en la escena de su vida. Y ya no la dejaría. Montse había logrado algo más que disimular su dolor: lo había convertido en alegría, en risa. Nadie podía sospechar lo que sufría mientras todos reían con su actuación.
El verano terminaba. Montse fue a Barcelona para matricularse en "L'Escola". Luego, regresó a Seva. "La pierna fue empeorando -recuerda María Luisa-, y organizábamos cosas en lugares cercanos para distraerla, aunque a veces, con el egoísmo vital de la juventud, que tiende a olvidar las cosas que no le afectan, hacíamos vida normal... Estoy segura que a Montse esto le afectaba, pero nunca nos dijo nada".
Aquel empeoramiento no fue ninguna excusa para alterar el ritmo de su vida de piedad. Como recuerda Ana María, que pasó algunos días con ella en Seva, acudía a Misa todos los días, rezaba las tres partes del Rosario, hacía un rato de oración por la mañana y otro por la tarde y cavilaba qué podía hacer para aprovechar mejor el tiempo: "tuvo la idea de hacer cosas de artesanía para venderlas".
Llegaron los últimos días de septiembre y los Grases empezaron a recoger la casa para trasladarse de nuevo a Barcelona. Los pequeños apilaron en montones, como todos los veranos, la pinaza del jardín sirviéndose de pequeños rastrillos. Balbina iba de acá para allá, doblando la ropa, cerrando ventanas y deshaciendo camas. Sus padres hacían las maletas...
Todos lo sabían: Montse ya no volvería nunca más a Seva. Ana Xiol y varias amigas fueron a despedirla. Mientras hablaban en el jardín -por última vez- dieron las doce de la mañana y Montse les pidió que rezaran el Angelus con ella.
No pudieron evitar la emoción. Mientras rezaban empezaron a saltárseles las lágrimas. Montse, sin embargo, permanecía serena.
4. 2 DE OCTUBRE DE 1958
"Sólo un día la vi apenada -sigue recordando su madre-. Fue aquel 2 de octubre, en el que se celebraba el treinta aniversario de la Fundación del Opus Dei. Montse fue a Llar para celebrar la fiesta y aquel día precisamente le arreció el dolor. Durante la tertulia, tras la meditación, empezó a sentirse mal. Y como se dio cuenta de que podía estropearles la fiesta, se marchó discretamente, sin alertar a nadie..."
"Temí no poder llegar a casa -le contó a Lía al día siguiente- y quise coger un taxi; pero no lo hice por pobreza".
"Al llegar a casa -recuerda su madre- entró con cara sonriente y parecía muy animada. Sabía que nos íbamos al cine y hacía todo lo posible para que no nos diéramos cuenta:
-Supongo -me dijo- que habrás adelantado la cena para poderte ir pronto al cine con papá.
Pero cuando fue a poner la mesa, como todos los días, no pudo más y tuvo que sentarse en una silla. Le pidió a su hermana Pilar que la pusiera ella; y a Pilar le faltó tiempo para venir a contármelo a mí. La encontré postrada en su habitación...
Tuvimos una conversación que me veo incapaz de expresar... Insistía en que nos fuéramos al cine, que no le pasaba nada, que estaba perfectamente... hasta que se le saltaron las lágrimas de dolor. No fuimos al cine, por supuesto; pero vivimos la fiesta con mucha presencia de Dios".
A los pocos días comenzaron las clases en l'Escola. "A pesar del poco tiempo que estuvo allí -comenta su madre- me consta que dejó huella, aunque el trato que tuviese con algunas de sus compañeras fuese muy superficial. Y eso le sucedió con muchas personas que vislumbraban en ella un 'algo'. Recuerdo que una profesora de la Academia Guiteras, que trataba con muchas otras chicas, me comentaba que sólo conocía a Montse de cruzarse con ella por la calle; y que siempre que la veía (...) pensaba:
-No sé qué tiene esta chica, pero tiene un 'algo'..."
Mientras tanto, en Barcelona las amigas de Montse se iban enterando, a la vuelta del verano, con reacciones diversas, de la gravedad de su enfermedad. La mayoría lo aceptaba sobrenaturalmente, aunque no faltaban las que tenían una reacción más a lo humano: "Con lo simpática que es, que le haya pasado esto", se lamentaba una a Rosa Pantaleoni. "Y otra me llegó a decir -recuerda Rosa-: '¡Cuando hay chicas que son un muerto y que le haya tenido que pasar esto precisamente a Montse Grases!'. Yo le contesté: '¡chica, qué falta de caridad!', y le expliqué que Dios se lleva a las almas en su mejor momento, cuando están maduras para el Cielo".
Muerte de Pío XII
Durante esos días se había difundido por todo el mundo una noticia preocupante: el Papa estaba gravemente enfermo. Muchos católicos pensaron en el famoso dicho vaticano: "los Papas sólo tienen una enfermedad: aquélla de la que se mueren", y comenzaron a rezar. El Fundador del Opus Dei pidió a sus hijos que oraran y se mortificaran especialmente por esta intención.
Se confirmó el dicho. Pocos días más tarde, en la madrugada del 9 de octubre, fallecía Pío XII. "Este Papa es un santo", comentó Montse al conocer la noticia. En Roma, se celebraron con toda solemnidad las exequias por el Pontífice difunto, y las muchedumbres de la Ciudad Eterna se agolparon en torno al cortejo que recorrió la urbe para dar su último adiós a aquel Papa romano, nacido en Roma y de figura elegante y aristocrática.
Siguió una novena de duelo por el Papa y, en los días que precedieron a la elección del nuevo Pontífice, el Fundador del Opus Dei siguió pidiendo a los miembros de la Obra oraciones, mortificaciones y un trabajo bien hecho, ofrecido por aquella intención. Un trabajo "acabado, perfecto, con amor a las cosas pequeñas". "Sabéis, hijos míos -les decía-, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, el Papa, quienquiera que sea. Al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma. Vamos a quererle antes de que venga, como buenos hijos".
Durante las semanas siguientes la atención mundial se concentró en el Vaticano. Los Grases, como millones de familias cristianas de todo el orbe católico, seguían, con el oído atento al receptor de radio, todas las ceremonias en honor del pontífice difunto. Tras las exequias empezaron a llegar a Roma los cardenales para el Cónclave: el famoso cardenal Spellman, de Nueva York; Tien-Chen-Sin, de Pekín; el joven cardenal de Varsovia Wyszynski... Hubo dos cardenales de la Iglesia del silencio que no pudieron asistir: Mindszenty, primado de Hungría, y Stepinac, arzobispo de Zagreb. Y empezaron -era inevitable- a circular en la prensa las listas de "papabili": Ottaviani, Lercaro, Siri... También se barajaban otros, mucho más improbables, como Agagianian, Tisserant, Roncalli...
Juan XXIII
Pasaron las semanas, y el 28 de octubre, a las cinco y siete minutos de la tarde, tras cinco fumatas negras, la fumata blanca que emergió de la chimenea de la Capilla Sixtina anunció al mundo, por fin, la noticia esperada: ¡un nuevo Papa! Había anochecido ya cuando el cardenal Canali pronunció, con voz quebrada, las solemnes palabras del ritual:
-"Anuntio vobis gaudium magnum..."
La multitud esperaba en la plaza de San Pedro en medio de un silencio expectante.
-"...Habemus papam!"
Resonó en torno a la columnata de Bernini un inmenso aplauso, que se cortó en seco para escuchar el nombre del nuevo sucesor de Pedro.
-"...Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum Cardinalem Angelum Josephum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Roncalli, qui sibi nomen imposuit Johannes XXIII..."
"Montse Grases sigue desmejorando día por día -le escribía Lía Vila al Fundador del Opus Dei-, pero está muy contenta. Las chicas que la ven y la tratan, están impresionadas; sólo le pido al Señor ahora que sepamos ayudarla y empujarla rápidamente hacia la santidad, para que al dormirse aquí, sea su despertar en el Cielo".
Una homilía en la Parroquia
Eran tiempos de alegría y de oración por el nuevo Pontífice en toda la Iglesia. En los periódicos se daban las primeras noticias sobre la personalidad de Juan XXIII, con su gran humanidad y su semblante afable y sonriente; en las tertulias familiares se glosaba su figura, y era tema preferente de las homilías de las parroquias. Aunque no en todas... En aquel mes de noviembre algunos sacerdotes preferían no olvidar los temas acordes con las festividades recientes, como la fiesta de Todos los Santos y el día de los fieles difuntos.
"No se me olvidará nunca aquel 9 de noviembre... -cuenta Manolita-. Aquel domingo, por una serie de circunstancias, no fuimos a Misa a nuestra Parroquia, como teníamos por costumbre, sino a la Misa de diez de la Parroquia de Nuria. Y el sacerdote empezó el sermón hablando sobre la muerte: de la rigidez del cadáver, del ataúd, de la sepultura, etc. Nos puso un ejemplo para que nos hiciésemos a la idea de que eso no tenía que sobrecogernos. 'Supongamos -dijo- que uno de vosotros está enfermo, que tiene un tumor en la pierna: un tumor canceroso que le proporciona mucho sufrimiento y que, como es natural, acabará con su vida. El médico ordena amputar la pierna, y eso hace que la persona se vea liberada de aquel miembro que es causa de sus sufrimientos. ¿No creéis que ha de ver sonriente cómo entierran aquella parte de su cuerpo que era para ella sólo ocasión de dolor? Pues así el alma mirará desde el Cielo cómo entierran su cuerpo, también causa para ella de dolor y pecado'.
Yo tenía la cara bañada en lágrimas... Pero Montse, que estaba sentada delante de nosotros con alguno de sus hermanos, se volvió hacia mí con una cara sonriente y divertida, y me hizo un gesto como diciendo: 'si éste supiera...'.
Fue de las pocas veces que me vio llorar... Porque es verdad: aquella enfermedad nos hizo llorar mucho, mucho... pero yo, para no entristecerla ni a ella ni a los demás, procuré estar alegre y no llorar nunca delante de ella. Y creo que con la ayuda de la Santísima Virgen lo conseguí".
Una conspiración de silencio
En situaciones como ésas no se sabe qué hacer. Es difícil "saber estar" con una persona que se va a morir pronto. Y con frecuencia se recurre a una "conspiración de silencio" sobre el tema en cuestión. Se habla en voz baja, hay gestos velados, se evitan alusiones... Balbina, la señora que ayudaba a Manolita en las tareas domésticas, una vez enterada de lo que pasaba, hacía cumplir en casa de los Grases esta "conspiración de silencio" a rajatabla. Aunque a Montse todo esto no sólo no le importaba, sino que le divertía. "Recuerdo que en una ocasión estaba lavando sus medias y las mías -cuenta su madre- y Montse me dijo: 'Mamá, Balbina estaba hace un rato apuradísima, porque ha entrado Ignacio contando que al padre de un compañero suyo le han operado ya tres veces de cáncer, y le ha dicho: ¡Cucha! ¡De eso no se habla aquí! -¡Cucha -le ha dicho Ignacio-, qué ocurrencia! -¡Que te calles!, le ha contestado... Ahora Balbina me quiere más, porque debe pensar: como ésta va a durar poco... Mira, éstas son tus medias y éstas son las mías, no las confundas'. Todo esto lo dijo de un tirón, mientras colgaba las medias del aro de la ducha..."
Esa despreocupación no era fruto de la inconsciencia. Montse no era una frívola: todo lo contrario. Sabía perfectamente que le quedaban "cuatro días"; lo había dicho ella misma. Y vivía con la misma serenidad que si le quedaran cuarenta: estudiaba, rezaba, ayudaba en casa, salía con sus amigas... O mejor dicho, precisamente porque sabía que le quedaban cuatro días, quería vivirlos fiel a su vocación, del modo como Dios esperaba que ella los viviera. Y todo, sin darle importancia: "Cualquier otra en mi lugar y con mis años y perteneciendo al Opus Dei haría lo mismo", le comentaba a su madre.
Sin darle importancia, pase; pero que no se quejase cuando se veía perfectamente en su rostro que le dolía... Eso, Encarna Ramos, una señora que había ayudado a su madre años atrás en algunas tareas de la casa, y conocía a Montse desde los siete años, no lo podía entender. La veía sufrir, y mucho. Y cuenta Encarna: "Frecuentemente me decía Montse cuando yo le ponderaba sus sufrimientos":
-"Para ir a Dios y con Dios no he sufrido todavía bastante. He de sufrir más".
Estas reacciones no sólo desconcertaban a Encarna. Jorge Suriol no salía tampoco de su asombro. Porque Montse seguía participando en los acontecimientos de la vida familiar como siempre. En esta fotografía se la ve con su madre, su abuela y la prima Angelines, a la salida de Misa del domingo.
Aparentemente, nada había cambiado... Muchos domingos por la tarde seguía yendo a casa de los Suriol y "se metía con todo el mundo -cuenta Jorge- siempre en plan de broma, y aquello me gustaba muchísimo. Y esa alegría me dejaba muy sorprendido. Lo mismo que su discreción... porque no escondía su enfermedad, pero no manifestaba lo que le estaba pasando. Y yo sabía, por mi familia, lo que tenía en su pierna... y realmente, me impresionaba ver que no lo manifestase.
A mí su ejemplo me ayudó mucho, en la medida en que yo me dejaba, claro, porque en aquel tiempo yo alimentaba un espíritu crítico muy fuerte en contra de la Obra, a causa de la imagen deformada que tenía de ella. Y no me paraba en barras: les decía en la cara, tanto a mi hermana como a Montse, todo lo que pensaba de su modo de actuar y les hacía todo tipo de bromas molestas sobre el Opus Dei, y sobre el apostolado que hacían...
Tuvieron que pasar algunos años hasta que en 1963 entendí el Opus Dei gracias a un encuentro que tuve con el Fundador, y Dios me diese la vocación. Pero en aquellos finales de los cincuenta, yo tenía una imagen muy negativa de la Obra. Con una sola excepción: Montse. Ella era la única que dulcificaba esa imagen...
Yo era un chico joven, preocupado sólo por esas cosas que te suelen interesar a esas edades, en la que te encuentras en la plenitud de las fuerzas físicas... y no acababa de valorar la profundidad de los sentimientos de Montse, ni los comprendía desde una perspectiva sobrenatural, porque yo no la tenía. Por eso, su comportamiento me dejaba completamente desconcertado. Cuando se iba de casa pensaba para mí: 'Chico, no lo entiendo: que tenga la pierna podrida, que lo sepa perfectamente y que siga actuando como siempre, sin ponerse triste... verdaderamente no lo entiendo'".
"Es verdad -concluye Rosa-, nunca estuvo triste. Siguió tan simpática como siempre y no perdió nunca su gran sentido del humor. Le sacaba punto a todo y tenía siempre la anécdota a flor de piel. A mí siempre me hacía reír..."
5. UNA SORPRESA INESPERADA
"Durante aquellos primeros días de noviembre -recuerda Manolita- vino a Barcelona Encarnita Ortega, que era entonces la Secretaria Central de las mujeres del Opus Dei. Tuvieron una tertulia en Llar, en la que les contó diversas noticias de Roma y de la labor apostólica en todo el mundo". Y Encarnita Ortega recuerda: "También les conté alguna cosa referente a la enfermedad y muerte de tía Carmen".
La tertulia se alargó y al finalizar Montse le comentó a Encarnita: "tendré que coger un taxi; si no, no llego a clase".
Encarnita, le contestó con una expresión que evocaba el Fundador en situaciones parecidas:
-"Montse: cuando perdiz, perdiz".
-"¿A qué clase vas?", le preguntó Encarnita.
-"A Encuadernación".
-"¿Ah, sí? ¿Y por qué no haces algo para el Padre y me lo llevo mañana?"
-"¡Estupendo! -dijo Montse-. Pero la clase sólo dura dos horas y a lo mejor no se seca bien del todo..."
"Entonces -cuenta Carmen Salgado- quedaron que encuadernaría un 'Camino' en pergamino. Y por la noche, al salir de clase, subió Montse con el libro encuadernado, algo preocupada porque no le había salido como ella quería: siendo para el Padre..."
"Una de las cosas que a mí me parece que mejor vivió -comenta don Manuel Vall, el sacerdote que la atendía espiritualmente, al recordar estos detalles- fue su espíritu de filiación al Padre. Le tenía muy presente en su oración, y tenía gran ilusión por saber cosas suyas y conocerle".
"Yo estuve también con Encarnita -cuenta Manolita- y le comenté que a Montse le haría mucha ilusión conocer al Padre... pero que si no iba a Roma enseguida, ya no podría ir. Encarnita me prometió ocuparse de esto nada más llegar a Roma; y así lo hizo, porque nos mandaron aviso enseguida de que se podía poner en camino. ¡Qué alegría tuvo Montse cuando se lo dijimos!. Lo que yo no sabía entonces -me he enterado muchos años después- es que el Padre ya la estaba esperando, porque el verano anterior le habían comentado la posibilidad de que fuera a Londres y había dicho:
-No os preocupéis. En Roma la veré".
"Hemos tenido una sorpresa agradabilísima -se lee en el Diario de Llar el día 10 de noviembre-. Tuvimos carta de Roma, de Encarnita, diciendo que Montse Grases saliera cuanto antes para allí. El Padre la esperaba. En cuanto Encarnita se lo dijo, su respuesta creo que fue: 'que venga cuanto antes, tengo ganas de conocerla y darle mi bendición'.
Fue una sorpresa mayor todavía para Montse, pues no sabía ni poco ni mucho que lo estábamos hablando hacía días. Como tenía el pasaporte en regla, por si acaso, fue todo rapidísimo. En cuanto lo supieron, su padre rápidamente se puso a gestionarlo: le hicieron el visado el mismo día, y tiene ya billete para mañana en el avión que sale a las 3 1/4. (...) Ella no acaba de hacerse a la idea. Sólo repite: 'pero si me parece un sueño'".
¡Roma! ¡Estar cerca del Papa! ¡Conocer al Padre, al Fundador del Opus Dei! ¡Así, en unas horas! Nunca se había atrevido ni a soñarlo. ¡Y ahora lo tenía ahí, al alcance de la mano! No acababa de creérselo. ¡Quién se lo iba a decir pocas semanas antes: ella, en Roma!
Prepararon a toda prisa la maleta y metió entre la ropa un nuevo ejemplar de "Camino" que había encuadernado -esta vez, sin prisas- para regalárselo al Padre. Ahora se lo podía llevar personalmente. De todas formas, no acababa de salir de dudas. ¿Qué debería llevar? Llamó a Llar y le dieron algunas ideas.
Pero claro, ¡no todos los días se plantea uno un viaje internacional! Surgieron más dudas. Volvió a llamar:
-"¿Qué más me llevo? Porque daos cuenta de que voy a ver al Padre; me llevaré los zapatos de tacón, aunque ya casi no me los puedo poner, pero ese día sí que me los pongo".
La asesoraron de nuevo; y acabó metiendo en la maleta, bien doblado, un vestido nuevo que Teresa Castellá, la modista, había hecho a su madre, para que lo estrenara ella en esa ocasión; se llevaba además, un jersey que su madre le había hecho la noche anterior, quedándose hasta las tantas, para que se lo pudiese llevar. Y además... Sí; ya estaba todo... sin embargo, nunca se sabe... ¿faltaría algo? Lo mejor era preguntar a las "expertas". Volvió a llamar a Llar.
"Llamó unas dos o tres veces más -escribe Lía en el Diario- para preguntar tres o cuatro cosas sin ninguna importancia, pero la comprendimos muy bien".
"Montse -explica su madre- hizo el viaje sola por dos motivos: uno de ellos -el principal- era que pensamos que al ir sola tendría más oportunidad de hacer vida en familia en algún Centro del Opus Dei; mientras que si iba yo, parecía que lo normal era que estuviese conmigo. Y como estaba segura de que a ella le haría mucha ilusión convivir en aquel ambiente, aunque sólo fueran unos días, pensamos que lo mejor era hacerlo así. Otro motivo era el económico, aunque eso quedaba en segundo lugar".
"¡Con qué alegría se fue a Roma! -recuerda Rosa-. Iba cojeando. La acompañaron sus padres y Lía. Y ella, la pobre, se fue con la maletita, y cuando se iba a subir en el avión se dio la vuelta y saludó, sonriendo... con aquella ilusión!"
Una tormenta aparatosa
"En ese viaje -cuenta su madre- sucedió algo con lo que yo no contaba en absoluto. Fue algo incomprensible: yo pienso que fue una prueba más que Dios permitió en su vida. El caso es que, a pesar de las gestiones que hizo Manuel con uno de los oficiales de vuelo para que se ocuparan de ella, no sólo no la atendieron en absoluto, sino que, aunque Montse pidió quedarse en el aparato, la obligaron a bajar del avión en las dos escalas que hizo, en Niza y en Milán...
Es más: en una de esas escalas, después de hacerla bajar y caminar hasta el aeropuerto en aquella situación tan lastimosa en la que estaba, le pidieron el pasaporte de nuevo; y tuvo que volverse, cojeando, empapada bajo la lluvia, hasta el avión a buscarlo... y luego volver de nuevo.
El viaje fue muy malo, porque en el trayecto de Milán a Roma, en el que el avión iba prácticamente vacío, se encontraron con una tormenta muy aparatosa. Una de las pasajeras se puso histérica y empezó a chillar. Y las azafatas, por lo que me contó a la vuelta, se despreocuparon de los pasajeros: siguieron en su cabina y no salieron para nada.
-¿Y tú, qué hacías, Montse?, le pregunté.
-Yo pensaba que estaba encima de Roma y que quizá no iba a ver al Padre..."
Ese pensamiento no era fruto del pesimismo. Montse rezumaba optimismo y alegría de vivir. Pero había visto, a lo largo de su vida, cómo se le habían ido derrumbando, una tras otra, todas sus ilusiones humanas. "¿Te das cuenta? -le contaba a su madre-. Todas las cosas que me han hecho ilusión en esta vida las he tenido que dejar: cuando más contenta estaba en el Jesús-María me cambiasteis; luego me tuve que marchar también del colegio de las Damas Negras; y más tarde tuve que dejar el baloncesto, por lo del divertículo; y ahora que soy del Opus Dei..."
Ahora que era del Opus Dei sólo le quedaban pocos meses de vida y la ilusión de conocer en persona al Fundador de aquella Obra, en la que había entregado su vida a Dios en servicio de la Iglesia... ¿Iría a pedirle Dios también eso? Ya estaba preparada...
Martes, 11 de noviembre. Roma
No; Dios no le pidió eso. Y aquellos días en Roma fueron, sin duda alguna, a pesar del dolor físico, los más felices de su vida.
Para que lo fueran, el Fundador había dado una serie de indicaciones muy concretas y precisas. Martha Sepúlveda, una chica mexicana que vivía en Villa Sacchetti, recuerda que indicó que le enseñaran con todo detalle la Sede central y los Oratorios; que en el comedor procurasen sentarse con ella chicas de diversas nacionalidades, para que le contaran anécdotas de la labor del Opus Dei en sus respectivos países; que en la tertulia le cantaran canciones mexicanas, porque sabía que le gustaban mucho; y aunque tenía por costumbre en aquella época hacerse pocas fotografías con los que le visitaban, con Montse quería hacer una excepción. Quería -recuerda Martha- que le hiciéramos pasar esos días lo mejor posible", adelantándose a hacer lo que le pudiera gustar. Les dijo que 'le deberían adivinar el pensamiento'.
"Fuimos a recibirla al aeropuerto de Ciampino Icíar Zumalde, Milena Brecciaroli y yo -recuerda Pepa Castelló- en medio de un fuerte temporal. Y recuerdo que, en el preciso instante en el que aterrizaba el avión, cayó un rayo y dejó a oscuras todo el aeropuerto durante unos momentos..."
También acudió a recibirla Encarnita Ortega. Recuerda que "Montse llegó algo mareada y nos sentamos para que se recuperara. Unos periodistas se acercaron a preguntarnos si era una artista de cine. Sin duda les llamó la atención el recibimiento alegre que le hicimos y su buena presencia".
"Nada más llegar -prosigue Pepa-, mientras Icíar recogía las maletas, Montse me contó que había pasado mucho miedo durante el viaje a causa de la tormenta y que había hecho muchos actos de contrición, porque pensaba que se iba a morir de un momento a otro... Luego comenzó a enseñarme todas las fotografías de su familia que traía para enseñárselas al Padre. Al poco rato llegó Icíar y se la presenté.
-¡Ah! ¡Esta es Icíar!, me dijo divertida. Y nos reímos las dos, porque nos acordábamos de que, cuando no se decidía a pedir la admisión en el Opus Dei, porque pensaba que todavía era muy joven, yo le contaba que Icíar, que era por entonces la directora de Villa Sacchetti, se había decidido también muy joven, más o menos a su misma edad.
Desde el aeropuerto nos fuimos a Villa Sacchetti, donde dejamos a Icíar, y de allí nos fuimos a Villa delle Palme, donde residió los pocos días que pasó en Roma. Nos estaban esperando algunas de las que vivían allí. Habían dispuesto una habitación especialmente preparada para ella: era una salita de estar que habían transformado en dormitorio, de forma que no tuviese que subir ninguna escalera. La habitación estaba muy cerca del Oratorio y tenía un baño al lado.
La ayudé a instalarse y me fue enseñando todo lo que traía: las fotografías, los vestidos y los jerseys que le había arreglado su madre, cambiándoles de forma para que parecieran nuevos".
Miércoles, 12 de noviembre
Aquel miércoles le aconsejaron que descansara un poco y se repusiese tras un viaje tan penoso. Encarnita Ortega se desplazó a primera hora de la tarde hasta Villa delle Palme para estar con ella. Después de charlar un rato fueron hasta el Vaticano: a pesar del cansancio no querían que pasara su primer día romano sin ir hasta la Basílica de San Pedro, cumpliendo la ilusión de cualquier peregrino que llega hasta el corazón de la cristiandad. Montse -recuerda Encarnita- manifestó con su expresividad habitual cómo le asombraban las dimensiones de la Basílica, la belleza artística y el gran valor que tiene para los católicos. Rezamos el Credo. Hicimos el recorrido habitual que suele hacerse. Recuerdo que ante la imagen de San Pedro le pedimos el 'gancho' que él había tenido para convertir a tres mil en su primer sermón". Fue una visita breve, pero intensa, en la que rezó especialmente por la Iglesia y por el Papa. A la vuelta, Montse estaba exultante.
6. JUEVES, 13 DE NOVIEMBRE. EL ENCUENTRO CON EL PADRE.
"Al día siguiente -sigue contando Pepa- jueves, a las diez y media de la mañana, llegamos a Villa Sacchetti, donde la recibió el Padre".
Montse quiso ponerse para la ocasión sus mejores galas: "llevaba zapatos de tacón -cuenta Encarnita-, aunque por su enfermedad le suponía esfuerzo, y estrenaba un jersey azul pálido que le favorecía mucho".
"El Padre -prosigue Encarnita- le preguntó por el viaje, por sus padres y hermanos. Le agradeció los dos ejemplares de 'Camino' que le había encuadernado... También le preguntó qué había visto de Roma y qué le habíamos enseñado de la casa Central. Le dijo que pidiera a Dios la salud, porque la salud es una cosa buena, y que le prometiera que si se la concedía, sería siempre fiel. Pero que añadiera que aceptaba plenamente su Voluntad".
"El Padre -cuenta Manolita- le dijo que él quería que se curara y que rezaría para que se pusiese buena, aunque aceptaba en todo la Voluntad de Dios. Y eso mismo se lo volvió a decir aquella mañana por teléfono a Encarnita. Quería -y le insistió mucho en esto- que Montse supiera que él deseaba con toda su alma que se curase... En la sala de sesiones de la Asesoría le regaló un rosario, una estampa y una medalla. Y quiso hacerse esta fotografía, con ella, en lo que llaman la Galleria del Torreone, junto con don Alvaro. A su derecha en la foto está Icíar y a su izquierda, mirando al Padre, Encarnita".
"Después de hacer la fotografía -prosigue Encarnita-, pasamos al comedor de la Villa, que está muy cerca de la galería. El Padre se puso las gafas de sol para ocultar lo emocionado que estaba, y dijo que iba a darle la bendición".
Esa emoción del Fundador del Opus Dei es fácilmente comprensible. ¡Le habían hablado tanto de esta hija suya, de su fidelidad al espíritu del Opus Dei, y del modo heroico con el que soportaba los sufrimientos de su enfermedad! Debió ser conmovedor y muy duro al mismo tiempo para Mons. Escrivá aquel encuentro con aquella chica joven de diecisiete años, a la que Dios se quería llevar ¡tan pronto!, cuando el Opus Dei necesitaba tantos brazos y tantas energías jóvenes en servicio de Dios y de la Iglesia... Dios se había llevado también en la plenitud de la vida a algunos de los primeros: María Ignacia, Isidoro... cuando pensaba que más falta le hacían. Y hacía poco tiempo se había llevado a su hermana Carmen... Pero Dios sabía más.
El Padre -cuenta Encarnita- dijo que iba a darle la bendición. Montse hizo ademán de arrodillarse y el Padre no se lo consintió. Le puso las manos sobre su cabeza y después le hizo la señal de la Cruz en la frente y le ayudó a besarle la mano".
"Le dio la mano a besar -explica el Diario de la Administración de Villa Sacchetti-, pero ella no se dio cuenta. Entonces (el Padre) le hizo una cruz en la frente, y le puso su mano entre las de ella y se la llevó a los labios".
"Cuando le dio la bendición -se lee en ese Diario- (el Padre) le dijo: 'Molestias, hija mía, las tienes y las tendrás, pero tú ofrece éstas por tus padres, por tus hermanas, por la Obra y por mí'.
Luego le dijo: 'Tú pide al Señor que se cumpla su Voluntad, pero que si El quiere, puedas ponerte bien. Y prométele que desde ahora serás siempre muy fiel'".
"Al marcharse -concluye Encarnita- se volvió desde la puerta y estuvo unos segundos mirando entrañablemente y con inmenso cariño a esa hija suya".
Una carta desde Roma
Tras aquel encuentro con el Fundador le enseñaron la Sede central del Opus Dei, en particular los Oratorios del Corazón de María y del Santo Cristo, con columnas de líneas sencillas, de mármol de color verde, en contraste con los capiteles blancos. Frente al Sagrario, en el centro de la sillería, se venera una imagen de la Virgen sentada, con el Niño entre los brazos, de mármol blanco débilmente veteado.
Conchita Puig, que la conocía de Seva, la acompañaba, apoyada en su brazo, y advirtió que Montse "estaba muy caliente, tenía fiebre; en la sacristía se sentó en un taburete, le llevamos un vaso de agua y tomó un medicamento. Estaba maravillada y feliz de ver todas aquellas cosas tan bonitas y cuidadas".
Encendieron todas las luces para que pudiera contemplar las vidrieras que hacían brillar, al iluminarse, un escudo con el sello del Opus Dei -una cruz inscrita en un círculo, significando la cruz en las entrañas del mundo- y el retablo en el que, en un tríptico, se representa, al estilo del quattrocento, la Crucifixión del Señor. La Virgen está de pie, junto a la Cruz, como evoca el punto 508 de "Camino":
"Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano -no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza.
-Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz".
Aquel día almorzó con las alumnas del Colegio Romano de Santa María, y estuvo un rato de tertulia con ellas. "Siempre está riendo y animando a todas", escribió una en el diario aquel día. Durante aquella reunión de ambiente familiar y distendido, Encarnita se sentó a su lado y fue contándole cosas de unas y otras, mientras algunas cantaban canciones de diversas regiones.
Montse, como buena catalana, quiso cantar unos aires de su tierra ayudada por Conchita Puig y Teresa Negre, que recuerda: "En el transcurso de la tertulia, dijo que podíamos cantar una canción en catalán. Creo que fue 'Muntanyes del Canigó'".
Mientras cantaban, la miraban con cierta tristeza, sabiendo que muy posiblemente, salvo que Dios hiciera un milagro, no la volverían a ver; y aunque se esforzaban, les resultaba difícil estar a su lado como si no pasara nada. Montse se daba cuenta de esto y procuraba pasar inadvertida. "Ni una sola vez hizo alusión a su enfermedad", cuenta Manolita Ortiz.
Hubo un momento especialmente emotivo. Al acabar una canción, durante unos segundos todas se quedaron en silencio mirándola. Ella salvó la situación proponiéndoles cantar un villancico. Todavía faltaban unas semanas para las Navidades, pero ¿qué importaba? Empezaron a cantar:
Soy una mula, mi Niño, mi Niño,
pero te quiero, te quiero...
Niño, móntate a caballo, a caballo,
iremos por el sendero.
Yo te enseñaré la tierra,
tú me enseñarás el Cielo...
Y les mostró el regalo que le había hecho el Fundador. "Nos enseñó emocionada -se lee en el Diario- la medalla del Colegio Romano de Santa María que esta mañana le regalara el Padre. Al mirar la imagen de la Virgen Regina Operis Dei que está en el anverso, decíamos, encomendando fuerte (...): 'iter para tutum'", prepárale un camino seguro... Durante la tertulia le hicieron esta fotografía:
"Ese día -sigue contando Pepa-, después de comer, y para que descansara, le alojaron en una habitación que hay detrás del soggiorno de la Montagnola. Aprovechó el momento para escribir a sus padres". "Hablaba con un cariño inmenso de sus padres y hermanos -recuerda Encarnita-. Se notaba que formaban una familia muy unida". La primera carta la dirigió a su madre, que había aprovechado la breve ausencia de su hija para hacer un Curso de Retiro.
"Querida mamá:
En estos momentos estoy en el Soggiorno de la Montagnola. Ya he visto al Padre.
Bueno, te lo voy a explicar todo desde el principio, para que te des más cuenta de todo lo que voy conociendo. Por la mañana me han venido a buscar en coche a la Región, pues no vivo en Villa Sacchetti. A eso de las 11 ya (estaba) había llegado y enseguida empecé a ver cosas, y todas ellas ¡tan bonitas! El Oratorio del Santo Cristo es precioso, no se puede explicar por carta; así es que ya te lo explicaré de palabra cuando llegue. Al lado mismo está el Oratorio del Corazón de María, también preciosísimo. Luego, enseguida de haber visto esto, bajó Encarnita y nos dirigimos al salón donde el Padre recibe (...).
Allí esperamos como unos 2 ó 3 minutos y llegó el Padre con don Alvaro. Fue tan emocionante: es tan sencillo el Padre que por eso te impresiona muchísimo más (...) Enseguida se acercó a mí (...), nos sentamos y el Padre mandó buscar a Icíar. Vino volando. Mientras tanto el Padre me iba preguntando por mis padres, hermanos, etc. Yo le dije que estabais muy bien, y en cuanto llegó Icíar nos hizo pasar a una galería donde nos hicieron dos retratos para mandároslos a vosotros, o sea que papá ya los habrá recibido, fíjate qué detalle tuvo el Padre tan estupendo, ¿no te parece?
Esta carta la he interrumpido porque ha subido Encarnita al soggiorno y nos marchamos con Pepa a ver más cosas, y no te las cuento porque si no, cuando llegue, no sabré qué contarte y eso no puede ser. Como te decía, te continúo esta carta después de la tertulia que ha sido ¡¡tan maravillosa!! No te lo puedes imaginar. Estaba también Encarnita y éramos muchísimas y además de cantidad de sitios distintos. Una venezolana y otra de Guatemala tocaban la guitarra y las demás cantábamos. Había una también del Perú y muy jovencita además. Es hija de la primera Supernumeraria que ha habido allí. Hemos cantado además muchísimas canciones de Casa y además muy bien cantadas, pues Teresa Negre es la profesora y canta divinamente. Bueno como Encarnita te quiere decir algo, yo me despido, muchísimos besos y abrazos.
Montse"
En Villa Sacchetti vivían muchas mujeres del Opus Dei de diversos países, profesiones y edades, aunque la mayoría no habían superado la treintena. Algunas ayudaban a Mons. Escrivá en el gobierno del Opus Dei, en todo lo relativo a las mujeres, como Encarnita Ortega, y otras trabajaban o estudiaban allí, mientras aprendían de los mismos labios del Fundador, el espíritu de la Obra. Después de residir en Roma durante un tiempo, volvían a sus naciones de origen o comenzaban la labor en algún nuevo lugar. Alguna se quedaba a vivir en Italia de un modo más estable, como Pepa Castelló, que se había ido a vivir a un Centro del Opus Dei de Roma precisamente el día anterior de la llegada de Montse a Italia.
Encarnita Ortega veía cómo aquellos sueños apostólicos, de los que les hablaba el Padre pocos años antes, en aquella tarde de noviembre del 42, en el Centro de la calle Jorge Manrique de Madrid, ya tenían rostros y nombres concretos: los de aquellas chicas de países y mentalidades tan diversas, de varios continentes, que habían acogido con generosidad la llamada de Dios.
Habían pasado sólo dieciséis años desde que el Fundador le hacía ver a las tres que le escuchaban todo el panorama apostólico que Dios quería para el Opus Dei: entonces eran sólo tres en torno a una mesa y ahora... eran miles y miles en todo el mundo.
Se estaban abriendo aquellos "caminos divinos de la tierra" de los que le hablaba el Padre a comienzos de la década anterior: miles de hombres y mujeres de todo el mundo santificándose en las tareas más diversas. Pero esos caminos, a veces, parecían incomprensibles: junto a aquellas chicas jóvenes, con toda la vida por delante, estaba Montse, en aquella salita, en los últimos meses de su vida, escribiendo a su padre...
"Querido Papá:
En este momento acabo de escribir a mamá y le he contado tantas cosas que ya no sé cómo voy a contártelas a ti. Lo principal: he visto al Padre. Ha sido emocionante: se le ve tan bueno y tan sencillo. Me ha preguntado por vosotros, me ha dado la bendición y un recuerdo preciosísimo, ya te lo enseñaré.
Todo es estupendo. Me pinchan cada día, ¿sabes? Esto es para que no sufras. La ida en avión ya te la contaré con más detalle. Sólo te digo que desde Milán a Roma hizo un tiempo de mil demonios. El avión bailaba que era un contento. Ni qué decir tiene que pasé un miedo y un mareíllo, pero en cuanto llegué, todo se me pasó. Estaba Pepa en el aeropuerto. Me hizo una ilusión... y además me cuidan mucho y me quieren más.
Hoy estoy en Villa Sacchetti y es formidable; te lo contaré todo de 'pe a pa' (...).
Resulta que todavía no termino porque estoy continuando después de la oración. Perdóname la letra, pero estoy en una postura que, como dice Pepa, 'así ya se puede vivir', pero de todos modos es muy incómoda para escribir. Dile a Nacho que está en muy buenas manos lo de buscar chapas y que seguramente le traeré un montón (...). Que me acuerdo mucho de la abuelita y que la compadezco, pensando en el trabajo que debe tener con todos, especialmente con Rafaelín, que debe estar hecho un demonio, como siempre; y si es así, un buen tirón de orejas y un beso en la punta de la nariz.
Muchos recuerdos a Jorge y que a ver qué hace que todo esto VALE LA PENA. Si veis a Enrique preguntadle de parte mía cómo le va el pie y la acetona, y dile también papá que esto vale la pena. Muchos besos a las nenas y que estudien mucho.
Bueno, ya estoy cansada de tanto escribir, cuando llegue ya os contaré más cosas y a ver si os traigo algo que os guste. Papá muchos besos y más todavía y hasta el lunes que llegaré.
Montse"
Después de escribir a sus padres hizo media hora de oración junto al Sagrario, y muy posiblemente meditó, como recomendaba el Fundador, las palabras del himno eucarístico compuesto por Santo Tomás:
Adoro te, devote, latens déitas,
quae sub his figuris vere látitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit...
Al terminar, las que vivían en Villa Sacchetti siguieron enseñándole diversas zonas del edificio y algunas costumbres de la casa, que guardaban un profundo sentido mariano, inculcado por el Fundador. En un pequeño jardín, muy cerca de un semicírculo formado por columnas blancas, estaba lo que llamaban el Cortile del Cipresso: un patio con un ciprés, algunos macizos recortados, una palmera y una yedra. En la pared, sobre un sarcófago romano con altorrelieves del que emergían begonias y plantas trepadoras, había una representación de la Virgen con el Niño, con el cuerpo envuelto en vendas, según la costumbre oriental. Cada día, al anochecer, una de las que vivían en aquella casa encendía el farol que iluminaba débilmente la cara del Niño, mientras rezaba una oración a la Virgen, habitualmente un "Acordaos". Aquella noche le tocaba a Montse.
Aunque Montse "residía en Villa delle Palme (...) -recuerda Adelaida Sánchez, que vivía entonces en Villa Sacchetti-, bastante tiempo lo pasó entre nosotras(...). Estuvo con nosotras feliz y como si nada le ocurriese. Se movía con mucha dificultad, aunque no lo hacía notar. Solamente quien la llevase del br