Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de ignorar, tiempo de saber
Ja sonen les campanesEl món es tot florit
1. ENERO DEL 58
Un curioso Rey Mago
El 6 de enero se celebró en Llar la fiesta de la Epifanía al modo habitual de los hogares españoles. Muchas de las que residían allí habían pasado unos días fuera, haciendo un Curso de Retiro, y al volver a Barcelona se encontraron con que Lía y las más jóvenes ya lo tenían todo dispuesto para la celebración de los Reyes. Había un magnífico trono improvisado en la sala de estar -compuesto por el sofá de la sala del piano, envuelto en una tela, y varios almohadones como escabel- y todo estaba dispuesto ya para recibir a los regios visitantes que vinieron, con toda la pompa y el boato que pudieron proporcionar las colchas de la casa. Melchor, Gaspar y Baltasar habían delegado sus funciones esta vez en Carmen Salgado, Ana María Suriol y Montse Grases, que fueron recibidas por la concurrencia entre grandes aplausos. Hubo pequeños regalos y bromas alusivas para cada una por parte de sus majestades, que no se olvidaron de sus propios regalos: Montse recibió una pequeña escultura de barro que representaba un borrico, y un alfiletero con la forma de un farol pintado de rojo.
Así era Montse: si le pedían que cantara para entretener a los demás, cantaba. Y si hacía falta bailar, bailaba. Y si le pedían que hiciera de rey mago, lo hacía; sin temor al ridículo, y sin timideces (con frecuencia esas "timideces" no son más que vanidad y complicación interior: qué pensarán, qué tal quedaré...). Desconocía la doblez. Le contaba a Lía con toda sinceridad las cosas que le salían bien y le salían mal en su empeño por incorporar a su vida el espíritu del Opus Dei. Confiaba en la gracia. Si lograba los puntos de lucha espiritual que se proponía, daba gracias a Dios; si no, luchaba por corregirse. Todo con sencillez, que es el sabor de la humildad. "Recibía las correcciones que se le hacían -recuerda Carmen Salgado- con mucha paz; escuchaba con atención, y luego, sonriendo, daba las gracias". Luchaba por tener la constancia, la docilidad y la fidelidad del borrico del que hablaba tanto en su predicación el Fundador del Opus Dei: "¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! -Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. -Un día y otro: todos iguales.
Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín".
Montse sabía estar en su sitio, sin querer ser la sal de todos los platos, y procuraba pasar inadvertida; pero cuando le pedían que hiciese algo para divertir a los demás, hacía lo que hiciera falta -hasta de rey mago-. Aunque la pierna, después de aquel día de excursión, le molestaba un poco.
Unos días de convivencia
El día ocho de enero comenzaron unos días de convivencia en Castelldaura. Asistieron Lía, Sylvia, Ana María, Montse y ocho chicas más. Habían rezado mucho por los frutos apostólicos de aquellos días. Debían ser una ocasión para rezar, para abrir horizontes de vida cristiana a las chicas que asistían a aquel medio de formación, y también para descansar, divertirse y hacer deporte. Montse iba muy elegante: Lía le había explicado que debía cuidar su aspecto externo como una muestra de delicadeza humana en el apostolado y del amor a Dios.
Pero lo cortés no quita lo valiente; ni la elegancia, el buen humor. "Me acuerdo -cuenta Sylvia- que animaba mucho el ambiente y en esa ocasión contó en la tertulia unos cuantos chistes". Con su carácter, era fácil trabar amistad con ella. Durante aquellos días coincidió en la misma habitación con una chica que no conocía. Se llamaba Montse Soler. Congeniaron mucho y desde aquel día se hicieron amigas.
A partir de entonces Montse asistió a Castelldaura en diversas ocasiones. Esta fotografía recuerda una de esas estancias:
Aquella caída en la Molina
Un domingo de enero por la tarde Lía se extrañó al ver que Montse cojeaba un poco. También su madre lo advirtió. "Llamamos al doctor Sáenz -cuenta Manolita- que vino tan campechano y jovial como siempre, y empezó a gastarle bromas:
-Vamos, vamos, Montse, ¿pero a quién se le ocurre ponerse enferma?
El doctor no le dio ninguna importancia a aquel dolor en la rodilla y le recetó unas vitaminas. Pero el dolor no se le quitaba. Al poco tiempo la vio de nuevo; le dijo que se pusiera una rodillera y le sorprendió por su decaimiento físico; estaba perplejo:
-Lo que no puedo comprender -me dijo- es que tenga este aspecto con la cantidad bárbara de vitaminas que está tomando; esto es lo que más me preocupa".
"Montse pensó que aquella rodillera que le habían indicado que se pusiese era poco menos que un aparato ortopédico -recuerda Carmen Salgado- y cuando me lo contó en Llar yo le dije que yo tenía una y que se la podía dejar. Se la llevé y en cuanto la vio me dijo, riéndose: 'anda, si de esto tienen mis hermanos para jugar al hockey; yo pensaba que era una cosa muy cara...'. Y se puso muy contenta por no tener que haber hecho un gasto a sus padres".
Era una caída sin importancia; quizá un nervio hinchado que necesita un poco de reposo; pero el dolor no cedía y cojeaba un poco al caminar. "Yo -cuenta Rosa-, cuando la vi venir hacia mí cojeando, creía que se estaba riendo de mí, y le dije:
-Mujer, que encima te burles de los pobres que andamos así...
-¡No, si no me burlo -me explicó- si es que me he dado un golpe y me duele la rodilla!"
"Sin embargo -sigue contando su madre-, el Dr. Sáenz estaba muy inquieto por aquel asunto: sabía que nuestros hijos no eran enfermizos ni quejones. Las 'curas de caballo' se habían hecho célebres en casa: cuando los chicos venían del colegio con alguna herida, Manuel tomaba las tijeritas, cortaba la piel, lo desinfectaba bien y no pasaba nada... Aguantaban a pie firme porque les habíamos enseñado a ser recios. Por eso, en Seva, se extrañaron tanto cuando uno de sus amigos empezó a llorar a moco tendido cuando se lastimó y le puse en la herida un poquito de agua oxigenada..."
Volverá
"¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?"
Todos los días Montse hacía un rato de oración junto al Sagrario, y aquellos puntos de "Camino" la encendían en amor de Dios y la llevaban a deseos cada vez mayores de apostolado y corredención. Sabía que su vocación -la gracia mayor que el Señor había podido hacerle- le llevaba a santificar su trabajo y suponía una entrega plena al apostolado: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo soy el que os he elegido a vosotros y destinado para que vayáis y deis fruto..."
Dar fruto... Pero ¿cómo? Nadie nace sabiendo y tuvo que ir aprendiendo a hacer apostolado poco a poco. No le costó mucho, porque el apostolado no consiste en ninguna técnica; es, en palabras del Fundador del Opus Dei, "sobreabundancia de la vida interior". Y Montse tenía vida interior: rezaba, era piadosa, recibía diariamente al Señor en la Eucaristía, tenía un trato cada vez más íntimo con la Humanidad Santísima de Jesucristo, profundizaba en su devoción eucarística, crecía en afán de desagravio...; y además tenía muchas amigas y las sabía querer. Ofrecía por ella muchas pequeñas mortificaciones y las encomendaba especialmente en su oración. "Un día Lía (...) nos dijo -recuerda Sylvia- que iba a haber un curso de retiro abierto en una parroquia cercana y que, si queríamos, podíamos ir a hacer la oración de la mañana y a oír la Misa. Durante aquellos días yo iba a buscar a Montse, e íbamos juntas. Recuerdo que en las meditaciones el sacerdote abría horizontes de amor a Dios y de entrega, y Montse y yo nos mirábamos (...) y encomendábamos a las chicas que asistían".
En Llar le enseñaron cómo es el apostolado propio de una persona del Opus Dei: apostolado de amistad y de confidencia, de servicio y de abnegación; de entrega generosa, sin esperar compensaciones, y de respeto hacia la libertad del otro; sin buscar nunca intereses personales y sin instrumentalizar la amistad, aunque sea por un fin noble.
No le costó mucho llevar esos principios a la práctica. Era "amiga de sus amigas" en toda la extensión del término; y esa expresión en ella estaba llena de sentido. Ser amigo de alguien es mucho más que compartir risas y aficiones: es saber confiar, saber perdonar y -muy importante- saber olvidar. La amistad lleva a aceptar las buenas cualidades del otro... y también sus defectos (aunque se le ayude a corregirlos), y sus manías, y sus aficiones (aunque no coincidan con las nuestras), y sus momentos buenos y esos momentos en los que se pone insoportable. Y eso no siempre es fácil.
Montse sabía ser "amiga de sus amigas": sabía dar afecto y lo recibía; y como consecuencia lógica de esa amistad nacía la confidencia, que facilitaba el apostolado.
Sabía además, que con aquel apostolado participaba de la misión redentora de Cristo para salvar almas. Era una obligación -"id y predicad el Evangelio..."- y un derecho: "Yo ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás? -explicaba el Fundador- ¡Porque Cristo se ha metido en vuestra vida y en la mía!"
Sus medios para llevar a cabo esa misión fueron la oración, la mortificación y una acción apostólica vibrante y decidida. Sus "aliados", su simpatía, su buen humor y... el tenis.
Y junto con el tenis, el baloncesto. Formaba parte de un equipo de la Escuela profesional y participaba en un pequeño torneo. Aunque ahora tenía, además del incentivo deportivo, el apostólico. En el equipo había conocido a una chica, Gloria, a la que quería acercar a los apostolados de la Obra.
Gloria era muy deportista: era la jefe del equipo de un colegio que iba a la cabeza del torneo. Y era además, buena estudiante. Un día Montse la invitó a la meditación que tenía lugar en Llar. Al acabar le preguntó si estaba interesada en tener dirección espiritual con el sacerdote, don Julio González Simancas, y en venir por aquel Centro. Gloria asintió. Montse estaba contentísima, y lo comentaba con alegría:
-"¿Te das cuenta? ¡Ha venido Gloria! ¡Volverá!"
Y como el que hace un cesto hace ciento, comenzó a hacer "planes" apostólicos con otras amigas. "Si conseguimos ir a jugar ping-pong a Barcino -le decía a Carmen Salgado- seguro que Mª Luisa Xiol vendrá, porque juega muy bien y le encanta. Así será más fácil que venga a Llar. Podemos estar jugando hasta una hora o así antes de la meditación. Entonces les preguntamos qué van a hacer; les decimos que nosotras vamos a Llar y que también pueden venir ellas; les explicamos que nos reunimos unas cuantas chicas, hablamos de catequesis, roperos, etc... Luego un sacerdote da una charla, hay bendición con el Santísimo, cantamos la Salve..."
Una más
"La recuerdo como una más entre las chicas que venían por allí", comenta don Julio González Simancas. No hacía nada llamativo, nada que desentonase en la vida cotidiana de un Centro del Opus Dei, donde se viven prácticas habituales de la vida cristiana. Iba diariamente a Misa; hacía todos los días media hora de oración por la mañana y otra media por la tarde y algunas veces la vieron rezar durante la media hora de rodillas. Ofrecía el trabajo antes de empezar y desde que había pedido la admisión en el Opus Dei, se esforzaba por hacerlo con mayor perfección humana y espiritual. Leía habitualmente los Evangelios y algún libro de lectura espiritual. Rezaba las tres partes del Rosario. Hacía la Visita al Santísimo; procuraba decir jaculatorias. Se esforzaba en tener detalles de servicio con los demás... Todos los que la conocieron durante ese periodo coinciden en lo mismo: era una chica de grandes cualidades, pero no llamaba la atención. Por esa razón, pasan los días sin que haga una mención de ella la que escribía el Diario de Llar, en el que se recogían anécdotas de la vida cotidiana del Centro. Sólo hay una referencia, fugaz, el martes 4 de febrero. "Después de Misa -se lee- Montse G. se quedó en casa toda la mañana haciendo cosas de oratorio".
Ese era su encargo: cuidar del oratorio, preparar todo lo necesario para la celebración de la Santa Misa. Como es natural, al ser tan joven, en el Opus Dei no le encargaron grandes cosas; ella se ocupaba, por ejemplo, de llevar el balón cuando jugaban al baloncesto; y procuraba llegar la primera para no hacer esperar al resto. Pero en ese encargo del Oratorio puso todo su amor, porque sabía que todo aquello se relacionaba directamente con Dios. Al comenzar tenía un pequeño detalle de delicadeza con el Señor: se lavaba las manos antes de tocar aquellos objetos litúrgicos que iban a estar en contacto con el Cuerpo de Cristo. Y siempre, un cuarto de hora antes de marcharse a su casa, preparaba todo lo necesario para la Misa del día siguiente.
"Todo lo suyo -comenta su madre- fue siempre muy pequeño, porque el amor de Dios esta lleno de cosas pequeñas hechas por amor... Todo muy pequeño, como aquel dolor de la rodilla, que no se le quitaba;y que además no sabía localizar bien: unas veces le dolía más arriba; otras más abajo..." Pero eso no parecía importarle; seguía haciendo deporte, aunque le doliera: "coja y todo -bromeaba- seguiré jugando".
Era un comentario que manifestaba su reciedumbre humana, que había aprendido de sus padres y que fue el cimiento de la fortaleza sobrenatural que iría creciendo en su alma en la medida que fue correspondiendo a la gracia. "Esa fortaleza -comenta don Julio González Simancas- puede ser de dos tipos: la de los mártires, que mueren en un momento por amor y la de los que saben morir poco a poco, mediante la negación constante de sí mismos en las cosas pequeñas. Así fue la fortaleza de Montse".
Esa fortaleza en lo pequeño le llevaba a no permitirse caprichos: Carmen Salgado recuerda que tenía un vestido "que no le gustaba nada, pero se lo ponía, porque se daba cuenta de que tenerlo en el armario sin usar, era falta de pobreza".
Toda esta primera época de su vocación podía resumirse en una sola palabra: felicidad. Felicidad plena en su entrega recién estrenada e intensamente vivida. En aquellos primeros meses -recuerda Lía- su vida "se desarrolló tranquilamente. Como todas, tuvo sus luchas, sus pequeños fallos y dificultades; pero siempre fue de una gran pulcritud interior tremenda, sincera, transparente... lo captaba todo con gran facilidad y tenía un gran amor a su vocación".
Rebosaba del gozo de la entrega, y de esa profunda alegría con la que Dios suele premiar a las personas generosas en los comienzos de su vocación. "En estos primeros tiempos en el Opus Dei -cuenta Sylvia- hablábamos muchas veces 'comparando experiencias' y a menudo nos encontrábamos comentando el pasaje del evangelio del 'joven rico' (...). Solíamos pensar en él con pena, y nos parecía natural que se fuera triste, porque le había dicho que no al Señor por su falta de generosidad. En cambio, qué estupendo era haber dicho que sí!"
2. FEBRERO 1958: PARIS EN JUNIO
Un día, a comienzos de febrero, cuando Montse no estaba en casa, los Sres. Grases recibieron una visita. Eran Lía y la Subdirectora de Llar.
"Nos comentaron la posibilidad -recuerda Manolita- de que Montse se fuese a vivir a la Residencia Rouvray que se iba a abrir en París. Allí podría hacer una gran labor apostólica entre sus compañeras. Querían saber qué nos parecía".
Aunque ya había alguna mujer del Opus Dei de nacionalidad francesa, la labor del Opus Dei con mujeres no había comenzado todavía establemente en ese país. A Montse le correspondería, junto con pocas más, comenzar la labor apostólica en aquellas tierras.
"Le contestamos -continúa Manolita- que si a ellas no les parecía mal, nosotros no teníamos nada que objetar. Sólo quedaba proponérselo a Montse.
Nos gustó la idea porque entendíamos que seguir la vocación que Dios da a cada uno, aunque cueste renuncias, proporciona una alegría inmensa; y si además a esa alegría se une el hecho de ir a comenzar una labor apostólica en un país nuevo, esa alegría se vuelve aún mayor. Estábamos seguros de que a Montse le haría muchísima ilusión. Ella no entendía que hubiese padres que pusiesen obstáculos a los planes de Dios: '¿cómo es posible -decía- que haya alguien que no quiera la vocación de su hija?'"
"Sin embargo, como faltaban algunos meses para que pudieran ponerse en marcha esos planes, quedamos, como propuso Lía, en no proponerle todavía nada en concreto a Montse, salvo la posibilidad de ir a vivir a un Centro del Opus Dei durante el verano...
Empezamos a prepararlo todo; y hablamos de la ropa que podía necesitar, para irla haciendo a medida que se pudiese y tenerlo ya todo pensado. Compré enseguida una pieza de cruzado y me puse a hacer unas listas de todo lo necesario..."
Un "tronco" de chocolate
Por su parte, Montse, a medida que iba profundizando en su vocación, iba ganando en agradecimiento a sus padres, a los que le debía en gran medida su vocación. "El primer germen de la fe, de la piedad y de la vocación -explicaba el Fundador-, lo han puesto ellos en nuestros corazones". "Si soy así -comentaba Montse- es gracias a los padres que tengo".
Trataba de manifestar su agradecimiento con ellos de diversas formas, e intentaba materializarlo de algún modo, porque veía ahora con gran claridad aquello que afirmaba el Fundador del Opus Dei: que el noventa por ciento de la vocación se la debía a ellos.
Le gustaría regalarles algo, pero no manejaba demasiado dinero ni la situación económica familiar permitía despilfarros. La única solución que tenía era ahorrar; es decir: combinar los trayectos de tranvía o de metro -el famoso "tren de Sarriá"- con los del "coche de San Fernando": "unas veces a pie y otras andando". Así lograba reunir, con esfuerzo, 5 pesetas y media. Realmente no era ningún capital; pero suficiente, porque con cinco pesetas y media -con aquellos simpáticos dos reales con agujerito- podía comprar, en Cremel, la pastelería que mostraba su sabrosa mercancía junto al portal de Llar, un dulce para su madre.
La tienda ofrecía, entre vaharadas olorosas -¡hummm!- toda una gama de pasteles en dos escaparates enfrentados, sobre los que lucían, en letras blancas, dos grandes rótulos: PASTELERIA. BOMBONERIA. Bastaba empujar levemente esa puerta para entrar en el paraíso del goloso -y ella lo era-: tartas de manzana, torteles de hojaldre, bizcochos, cabellos de ángel y unos pasteles de chocolate a los que llamaban "búlgaros", vaya usted a saber por qué.
Montse se conocía muy bien aquella pastelería pintada de un color verde manzana que estimulaba el apetito. Se apoyaba sobre el mármol estrecho del mostrador y pedía un "tronco" de chocolate, mientras miraba la hora en un curioso reloj de pared que tenía letras en vez de números: AIRELETSAP. No se entendía nada. Pero si se leía de derecha a izquierda...
Ese "tronco" de chocolate era el dulce que más le gustaba a su madre. Era sólo eso: una pequeña muestra de cariño con los suyos. Una más en la vida de Montse. Quizá no es el detalle más significativo de su vida, ni el más "heroico" o el más "trascendente"; pero sí, desde luego, uno de los más entrañables: ¡Con qué esmero le llevaba el pastel -no fuera a perecer aplastado en uno de los vaivenes nerviosos del tranvía- envuelto en el papel sedoso de la confitería, sujeto por un cordel bien anudado para que no se le cayera...!
..........
Llegó la fiesta de San José, Patrón de la Iglesia universal y Patrón del Opus Dei. En Llar lo celebraron con una especial vibración apostólica. Ella seguía con su rodillera y no le faltaban las bromas:
-"Pero Montse... ¡si pareces un futbolista!"
3. PASCUA 1958. UNAS FOTOGRAFIAS EN EL JARDIN
"A comienzos de abril -recuerda su madre- nos fuimos a Seva, como de costumbre, para pasar los días de Semana Santa allí. Yo estaba convencida de que en verano Montse se nos iba a Francia -aunque a ella no le habían dicho nada todavía: sólo tenía previsto irse a vivir aquel verano a un Centro del Opus Dei- y por eso quisimos aprovechar aquellas últimas vacaciones en Seva con nosotros para hacerle fotografías en el jardín de Villa Josefa, con el rosal al fondo. En ésta fotografía está junto a Manuel, con un gesto muy suyo..."
"Hubo que convencerla para que se dejase retratar. No era nada amiga de aquellas 'sesiones' fotográficas; o mejor dicho: era enemiga de todo lo que supusiese significarse... no le gustaba 'posar' y hacía gestos divertidos para que no la fotografiáramos; por eso en una de las fotos está muy salada, haciéndole burla a la cámara..."
"En esta fotografía que me hice con ella lleva colgada al cuello una medalla preciosa de la Virgen de Montserrat, con esmaltes, que diseñaron para la madre de Manuel, que también se llamaba Montserrat. Manuel me la dio a mí y yo se la regalé a Montse. Tiene una orla de rubíes y en el centro, alrededor de la Virgen, está representada toda la escolanía..."
"Pasamos en Seva unos días de Semana Santa especialmente entrañables, con un sabor agridulce de despedida. Por las tardes íbamos a los Oficios en Santa María".
Como reflejan bien las fotografías, la madre de Montse no dejaba de mirar a su hija: pensaba que aunque Montse no lo supiese todavía, muy posiblemente en cuanto se lo propusieran decidiría irse a Francia, y tardaría tiempo en volverla a ver...
Los días pasaron rápidos. Y el 5 de abril, Sábado de Gloria, como era costumbre en toda Cataluña, salieron grupos de niños cantando las "caramellas", unas canciones tradicionales de la Pascua florida:
Al.leluya
Ja sonen les campanes
El món es tot florit
Cantem en cor...
Las circunstancias concretas de la entrega de Montse como Numeraria del Opus Dei, indicaban que había sido llamada por Dios para vivir el celibato apostólico y que gozaba de una disponibilidad completa para sacar adelante las labores apostólicas del Opus Dei. Y esa disponibilidad plena significaba, para Montse, en aquel momento concreto, irse a vivir aquel verano a un centro para formarse espiritualmente según el espíritu del Opus Dei, y dejar de vivir materialmente con su familia, con la que aparece en esta fotografía.
Esto le costaba. Y le costaba mucho, aunque esa separación física de su familia no suponía una separación afectiva ni espiritual, sino todo lo contrario. Pero veía con toda claridad, que Dios le estaba pidiendo aquella separación. Y muy posiblemente sentía en su alma el eco de las palabras de Jesús adolescente en el Templo: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?"
Quería con toda su alma a sus padres. Pero por encima de ese cariño, estaba la Voluntad de Dios. "Quien ama a su padre y a su madre más que a mí..."
A sus padres aquella separación también les costaba, naturalmente. Los hijos se les iban yendo... Enrique ya estaba en el Seminario. Y ahora Montse, quizá, a Francia... Pero lo aceptaban con alegría: no se hacían "novelas rosas" con sus hijos; los habían educado para cumplir la Voluntad de Dios y ahora empezaban a recorrer libremente el camino que Dios les pedía. Y como padres cristianos, no deseaban otra cosa, por mucho que les costase -que les costaba- que ayudarles a recorrer con garbo ese camino.
"De todos modos -comenta su madre- yo, como la veía tan contenta con la idea de marcharse a vivir a un Centro del Opus Dei en verano, le decía de vez en cuando, de broma:
-Montse, estás deseando irte... ¡qué fresca!
-No, mamá -me contestaba, con una expresión tan dulce y con tanto cariño, que me hacía comprender lo verdadero de su vocación..."
Una marcha problemática
"Cuando acabó la Semana Santa -sigue contando su madre- volvimos a Barcelona. Montse continuó con sus clases. Pero los dolores no cesaban y yo veía cada vez más problemática su marcha. A ella a veces también la veía inquieta...
Siguió haciendo su vida normal: asistía a clases, iba por Llar, pero se veía -aunque no se quejara- que aquello le costaba cada vez más esfuerzo. Tenía unas grandes ojeras; era evidente que no dormía bien y que debía pasar más de una noche en vela. A la mañana siguiente, yo le insistía inútilmente, intentando que se quedase en cama. Pero ella se levantaba puntualmente, aunque estuviese rendida, a la hora señalada.
-Montse, quédate en cama. Si no has dormido nada...
-No mamá...
Y se levantaba".
El doctor pensó que con un poco de reposo se le pasaría el dolor. Lo único que debería hacer era levantarse más tarde. Pero esto a Montse le costaba mucho cumplirlo: veía que había mucho trabajo en casa con todos sus hermanos y argumentaba, con toda razón que, cuando volvía de Misa, su madre ya había hecho "todas las labores de la casa y eso no puede ser". Le dijeron que ofreciera ese reposo como una mortificación.
Manolita observaba que durante la comida Montse levantaba disimuladamente el faldón de la mesa camilla para frotarse la rodilla y que de vez en cuando se le contraía el rostro con un latigazo de dolor. ¿Qué podría ser? Y había perdido el apetito. Cada día, al mediodía, se repetía la misma escena:
-"Montse -le insistía su padre-, un poco más".
-"Papá..., si es que no me apetece tomar nada".
-"Pues has de comer, hija mía. Anda, un poco más..."
Al ver este estado de cosas, el médico de cabecera recomendó que fueran a visitar a un especialista y el 10 de abril acudieron a la consulta del doctor Escayola, de la Sociedad médica a la que pertenecían. El doctor anotó en su ficha un diagnóstico provisional: "artritis reumática. Ligero derrame". Indicó que se le hiciese una radiografía.
Pero aquello no parecía un reuma pasajero. Seguían las molestias y el día 24 de abril volvieron a la consulta del doctor Escayola, que contaba ya con el informe del radiólogo: se apuntaba allí una ligera separación del periostio.
Hoy, cualquier estudiante de Medicina aventajado sabe que una pequeña separación de aquel tipo en el periostio es un signo revelador -patognómico, en lenguaje médico- de una patología específica, de una enfermedad muy precisa y concreta... Pero en aquella época se ignoraba todavía que alcance podría tener aquello.
El 3 de mayo volvió de nuevo a la consulta: la pierna seguía algo hinchada y le molestaba. Dos días después, el doctor decidió hacerle una punción. El resultado fue negativo: estaba claro que no era una artritis; sino otra cosa. El doctor determinó que le pusiesen una calza enyesada. Al salir Montse estaba demudada.
Le escayolaron toda la pierna hasta el tobillo, dejándole a salvo el pie; y aunque Montse hacía bromas diciendo que así se podría poner unas punteras para cubrir los dedos, lo cierto es que se encontraba cada vez peor. Además, daba la impresión de que le habían puesto una cantidad de yeso excesiva. Pero lo llevaba con serenidad.
No pensó que esa fuese una causa suficiente para alterar su horario mañanero del día siguiente. "No dejó ni un solo día de venir a Llar -cuenta Lía- para hacer la oración, hasta que cayó definitivamente en cama. Daba pena verla en el oratorio con su pierna estirada; le era prácticamente imposible arrodillarse, pero ella hacía mil piruetas para conseguirlo. '¿Por qué no voy a hacerlo?', decía".
Al día siguiente la pierna se le hinchó dentro de la escayola y las molestias se volvieron insufribles. Decía que no lo podía soportar. ¿No estaría exagerando?
-"Ten un poco más de paciencia, Montse" -le dijo una.
-"Sí" -respondió sonriendo.
Todos empezaron a inquietarse. Aquello no parecía la consecuencia de una simple caída en una excursión de esquí... "Al tercer día, al verla en ese estado decidimos -prosigue su padre- ir al doctor Esteva, cirujano de huesos y buen amigo. Nada más examinarla nos dijo que había que quitar inmediatamente aquel yeso y en todo caso, ponerle otro mucho más flojo; pero que en todo caso la quería ver antes de enyesarla de nuevo.
Le quitaron el yeso. Y le hicieron sufrir mucho porque se lo habían aplicado directamente a la piel... Después de reconocerla, el doctor Esteva nos dijo que lo mejor era no ponerle nada y volvió a revisar el análisis y la medicación".
Sus padres seguían perplejos: ¿qué podría ser aquello? Lo que le recetaba un médico lo desaconsejaba el siguiente; y el siguiente cambiaba lo del anterior. Le hicieron algunas punciones en las rodillas: pero era difícil averiguar dónde le dolía exactamente: el dolor se le extendía por toda la pierna y además, contra todo pronóstico, iba en aumento. Se quejaba de un dolor en el muslo, pero todos le decían que no había que preocuparse: debía ser el dolor reflejo de algún nervio.
Mayo. Una romería a la Cisa
Esta fotografía corresponde a una de las ocasiones en que fue a Castelldaura.
Durante el mes de mayo algunas de las que iban por Llar decidieron hacer una romería a la Virgen de la Cisa, caminando desde Castelldaura. Tenían previsto rezar una parte del Rosario durante el camino, hasta llegar al Santuario, que está relativamente cercano. Para llegar allí había que andar un rato entre pinos mediterráneos, siempre con el mar al fondo.
"Yo iría en coche -precisa Rosa-. Al llegar junto a la Virgen, rezaríamos otra parte del Rosario, y la tercera al volver. Y Lía le dijo a Montse: 'tú es mejor que no vayas andando, porque los médicos han dicho que no te conviene mover la pierna. Vete con Rosa'.
Uf... ¡Seguro que aquello no le gustó nada! Le dijo a Lía que no se preocupase, que ella podía ir andando hasta allí...
-No, no, Montse -le dijo Lía-, tú vete en coche con Rosa.
-Mujer, vente, me harás compañía, le dije yo.
-Pero, si yo puedo ir a pie como todo el mundo, ¡si no estoy lisiada...!
En ese preciso momento se dio cuenta de que eso me podía haber herido... Y entonces, sin dudarlo un segundo, se subió al coche y me dijo:
-Perdona, Rosa. He dicho una tontería, porque... fíjate: lo más importante no es estar lisiada por fuera, sino estar lisiada por dentro: tener poca caridad y decir cosas que molestan a los demás.
Yo me quedé muy sorprendida, y le dije: 'Chica, si no me ha molestado nada'. (Y era verdad, aquello no me había importado nada. Yo comprendía muy bien que ella quisiera ir andando: a mí también me hubiera gustado mucho ir a pie...) Pero ¡qué disgusto tuvo por haber dicho aquello! Y desde aquel momento estuvo teniendo detalles de cariño conmigo.
Yo sé que esto no son grandes cosas; todo lo que recuerdo de ella durante ese tiempo son cosas pequeñas, de este tipo... pero como nos enseñaba el Padre, esas cosas pequeñas, hechas por amor a Dios, son muy importantes. Cuando el Padre se enteró que yo quería ser farmacéutica, me dijo: 'hija mía: cuando envuelvas un paquete, puedes hacerlo de dos maneras: con cariño o con indiferencia. Si lo envuelves con cariño y encomiendas a aquella persona, se va con el paquete... y tus oraciones'. Y ahora, en la farmacia, cada vez que envuelvo un paquete, me acuerdo de esto siempre, siempre... ¿Qué hubiese sido de mi vida si el Padre no me lo hubiera enseñado? Pues esto era lo que me admiraba de Montse: su amor a Dios en estas cosas pequeñas".
"Es cierto que a veces -matiza Rosa- era demasiado espontánea, demasiado impulsiva: al principio decía, por pura falta de doblez de ningún tipo, todo lo que se le pasaba por la cabeza. Pero se lo fueron haciendo ver y se fue corrigiendo poco a poco..."
4. JUNIO DE 1958. TIEMPO DE SABER
En esta fotografía de junio de 1958 aparece toda la familia Grases al completo. Montse sonríe serenamente. Ha acabado el curso. Dentro de pocos días se irán a Seva como siempre, y hace pocos días -el 20 de junio- ha superado, ante un tribunal, el examen de su sexto curso de Piano... Han concluido ya los interminables ensayos sobre el teclado, interpretando piezas de Bach, de Beethoven o de su preferido, Chopin.
"Fue una de las últimas en examinarse -recuerda su madre- y todas las anteriores lo habían hecho muy mal. Cuando se sentó al piano y empezó, nada más sonar las primeras notas, dijo uno de los que componían el jurado:
-Ahora sí que vamos a oír una cosa buena.
Más tarde Montse me contaba que se había quedado sorprendida de cómo había tocado la pieza de Chopin que tenía como examen. Y al terminar, uno de los miembros del tribunal le comentó a la Directora de la Academia, aludiendo al modo en que la había interpretado:
-A esta chica parece como si se le acabase la vida..."
Sin posibilidad de error
"Le seguía doliendo la pierna -prosigue Manolita- y unos médicos nos decían una cosa y otros, otra; y nosotros lo único que sacábamos en claro es que ninguno encontraba la causa real de aquellos dolores; y seguíamos buscando un buen especialista. Hasta que un día, mi hermana Adela me recordó al Dr. Martín, médico especialista y amigo nuestro, que ya había visto a Montse anteriormente".
"Fuimos a ese especialista y la volvió a reconocer; y entonces se le ocurrió medir las dos piernas a la altura del muslo. Advirtió una pequeña diferencia en el movimiento del músculo y dijo que quería hacerle una serie de radiografías en casa de un radiólogo amigo suyo.
Fuimos al radiólogo. Lo recuerdo como si fuera ahora. Le iban haciendo las placas a medida que el doctor las pedía, en diversas posiciones. Tengo grabados los ratos que pasamos en aquella salita... y yo, al ver el rostro del médico, ya empezaba a vislumbrar algo...
El doctor Sáenz habló con el especialista y vino a casa para irme preparando... Me habló de una 'masa tumoral', y me dijo que habría que hacer análisis, etc...
-Pero en fin -me comentó-, doña Manolita, que no hay que pensar en una cosa terrible... Mala, sí.
-Mala, sí... ¿verdad, doctor Sáenz?
-Sí, mala sí, señora; pero se puede luchar, verá usted...
Aquello fue el final de mis dudas... Me quería coger como a un clavo ardiendo a todas aquellas vaguedades que me decía el bueno del doctor. Y vinieron más consultas...
El 17 de junio me llamó el doctor Martín; me dijo que acababa de estudiar todas las placas y los análisis del doctor Roca y que estuviera tranquila, que él también, al comparar la movilidad de ambas piernas, se había temido lo peor, pero que había visto un avance... Y me insistió en que no me preocupara, porque a los pocos días acabaría de diagnosticar el caso. Yo creo que me lo dijo de buena fe y que él entonces todavía lo creía así. Pero a los tres días...
Fue el 20 de junio, primer aniversario del fallecimiento de Carmen, la hermana del Fundador del Opus Dei.
Todo estaba muy claro. No había posibilidad de error: se confirmaban todas las sospechas... Fueron Manuel y mi cuñado, el médico, a la consulta. Nada más llegar, el médico le dijo:
-Tu hija tiene un cáncer (...). Le quedan pocos meses de vida.
Mi cuñado quería suavizarlo, dándose cuenta del golpe tan duro que representaba para Manuel; pero el especialista (...) le mostraba las páginas de un libro de Medicina.
-Mira, mira aquí: no hay ninguna posibilidad de equívoco. Es un cáncer de hueso sin curación posible...
Mi pobre cuñado pasó un mal rato (...), pero hay que hacerse cargo: en aquel momento hablaba el profesional (...), con el diagnóstico que había traído de cabeza a varios médicos durante seis meses. Y eso (...) le hizo perder de vista que estaba hablando con el propio padre de la enferma...
Pero era una gran persona y estoy segura que él también lo sentía; y mucho. Y Manuel, después de que el médico le hubiese cerrado todos los caminos, y le hubiese quitado cualquier esperanza de curación, se despidió diciéndole:
-Mira, a pesar de todo, no puedo perder la esperanza: por encima de todos los diagnósticos está la voluntad de Dios.
Al volver a casa no me dijo nada; yo tampoco se lo pregunté: le miré a los ojos y me di cuenta de todo.
Estaba Rafael en cama con unas anginas muy fuertes. Les hice creer a todos que estaba preocupada por Rafael, que tenía anginas, y les decía que temía que en vez de anginas tuviese difteria... Porque lloraba sin poderme contener.
Estaba claro. Era un sarcoma, aunque no se sabía todavía de qué tipo: eso se podría averiguar mediante una biopsia. Había opiniones en pro y en contra, porque unos médicos decían que uno de los peligros de esa enfermedad es que, al remover, se precipita el proceso, aunque de momento el enfermo experimente una mejoría -o mejor dicho, un alivio en sus dolores- debido a la descompresión que hacen...
Por otra parte cabía una posibilidad muy mínima de que no fuera... ¿Y si todo había sido un error? ¡Suceden tantas cosas!"
"Me vuelvo perezosa -le decía Montse a Lía-; tanto que protestaba antes porque me hacían quedarme en la cama, y ahora hay días que me da pereza levantarme; pero no es pereza, es modorra. Me noto cansada y no sé de qué. ¿Tú crees que esto es normal? Como no me despabiles, no sé donde voy a ir a parar. Me mimáis demasiado..."
Lía no sabía qué contestarle. Había que esperar al resultado de la biopsia. Quizá todo no fuera más que un error. Era increíble casi pensar que... No; seguro que todo no era más que una equivocación. Había que rezar...
"Al fin -cuenta Manuel Grases- después de sopesar los pros y los contras, decidieron hacerle la biopsia y la llevamos al Hospital de la Cruz Roja, donde la atendieron muy bien. Se ocupó de ella José Cañadell, que era un doctor joven, de unos treinta y cinco años, muy prestigioso, director por aquel entonces del Servicio de Cirugía Ortopédica de aquel Hospital. Trabajaba con él, como ayudante, un hijo del doctor Escayola, el médico que la había reconocido al principio. Recuerdo que Cañadell no quiso empezar hasta que no vino el analista, que estaba considerado como el mejor de Barcelona".
26 de Junio de 1958. En el Hospital de la Cruz Roja
"El 26 de junio -recuerda su madre-, la llevamos al Hospital de la Cruz Roja. Montse estaba un poco asustada mientras esperaba que la llevaran al quirófano: la atemorizaba encontrarse allí sola, con los médicos. Yo le expliqué lo que había experimentado en una ocasión en la que me tuvieron que intervenir.
-Mira, Montse. Entonces yo también me encontré muy sola, muy sola, hasta que me puse a rezar; y de repente tuve la gran seguridad de que Dios estaba a mi lado, dándome ánimos y fuerzas... Reza tú también.
Entró en el quirófano. El doctor quería hacerle una biopsia en la parte afectada del fémur izquierdo, y para eso tuvo que abrirle lateralmente el hueso unos diez centímetros, para facilitarle la circulación de la sangre y aliviarla. Yo me quedé fuera, pasillo arriba, pasillo abajo, esperando, rezando...
Manuel había entrado dentro, y estaba en el quirófano..."
"De acuerdo con el doctor Cañadell, yo me había puesto una bata blanca -explica Manuel Grases- y entré dentro como si fuera un médico. Sin embargo, en un determinado momento, entre análisis y análisis, no me pude contener y le di un beso en la frente a Montse, que estaba dormida sobre la mesa del quirófano, ante la sorpresa de las enfermeras, a las que dije enseguida que era su padre..."
"Cabía aún una pequeñísima probabilidad -prosigue Manolita-, y le pedíamos a Dios con todas nuestras fuerzas que no fuese aquello tan terrible...
Y cuando la trajeron de nuevo a la habitación, mientras se recuperaba de la anestesia, me iba repitiendo:
-Tenías razón, mamá; tenías razón.
Comprendí que Dios la había acompañado en aquellos momentos tan duros.
Llegaron los doctores. El doctor Roca de Viñals le había hecho un análisis de células y el diagnóstico estaba claro. Era un sarcoma de Ewing. Intentaron consolarnos. Nos dijeron que de todos los sarcomas, aquel era 'el más benigno', y que se podían intentar cosas, y etcéteras y más etcéteras...
Era muy duro, pero aceptamos con toda el alma la Voluntad de Dios.
Le dijimos a Montse que tenía un tumor. Pero lógicamente no le explicamos todavía la gravedad de su situación. Lo aceptó muy bien.
Era la vigilia de San Pedro. Recuerdo que estábamos las dos en la habitación del hospital, mientras se escuchaba desde la calle el jolgorio y las risas del barrio que celebraba la verbena.
Y al día siguiente algunas de Llar -con las que Montse debía de haberse ido- se marchaban a París..."
..........
Aquel mismo día, Manolita escribió al Fundador. Ya le había escrito anteriormente y le había que rezase por su hija, para que cumpliera siempre la voluntad de Dios:
"Es la segunda vez que escribo para pedirle que encomiende a mi hija Monserrat, y aunque el origen de la petición es bien diferente, la finalidad es la misma: Que el Señor le haga ver y aceptar Su voluntad, ya que en las mismas fechas que hubiera salido hacia París, a inaugurar una Residencia, le han practicado una biopsia, cuyo resultado ha sido cáncer.
Ruegue por ella, y por nosotros.
Manolita"
"Para mí -cuenta Rosa- la heroicidad de Montse consistió en aceptar con una sonrisa todo lo que Dios le iba enviando, con aquella paz, con aquella serenidad... Y esto no significa que las cosas le dieran igual. Cuando ella entraba 'en materia' en un asunto, cuando se ilusionaba con algo, ponía toda su alma, todo su corazón, toda su mente y toda su vida en aquello...
En este sentido, a medida que su enfermedad se fue agravando, la vi evolucionar, poco a poco. Dejó de ser impulsiva; fue cediendo aquella irreflexión juvenil; y aquellos prontos de mal genio fueron desapareciendo..."
Fueron desapareciendo, pero no por arte de birlibirloque; sino como fruto de una lucha diaria, tenaz y decidida; una lucha con altos y bajos, con sus más y sus menos. Una lucha positiva, de persona enamorada. "Hoy venceré con la Gracia de Dios -decía-; mañana se la pediré de nuevo".
Había comenzado -sin saberlo todavía- su camino hacia lo alto, hacia una montaña cuyo nombre aún ignoraba, hacia un Montseny desconocido, que le iba a mostrar -tras muchos sufrimientos- un paisaje maravilloso.
Estuvieron en el Hospital de la Cruz Roja durante tres días, del 26 al 29 de junio. Las que vivían o iban por Llar, aunque estaban de exámenes, fueron a verla. Una le contó que sus padres le ponían dificultades para vivir en un Centro del Opus Dei y le pidió que encomendase que el examen próximo le saliese bien: era un inconveniente menos que podrían ponerle.
A pesar de sus molestias, Montse no se olvidó del examen de su amiga: nada más llegar le preguntó por los resultados y la animó a rezar para que sus padres la dejaran marchar. Como siempre, confió en la oración: "Es cuestión de que lo encomendemos".
Sus padres disimularon la gravedad del diagnóstico, "tanto que cuando entré en la habitación -recuerda Lía- me dijo Montse: 'nada, Lía, ahora ya sabemos lo que tengo, un tumor, pero pronto me curaré'".
"A los tres días -cuenta Manolita- nos la llevamos del Hospital. Trasladarla desde su habitación al taxi fue muy penoso. Se la veía sufrir. Al llegar a casa se la instaló en la habitación del fondo del pasillo, la que da a la calle París, junto a la imagen de la Virgen de Montserrat".
"Una de esas tardes, a finales de junio, llegué a Llar -recuerda María del Carmen Delclaux- cuando estaban haciendo la oración en el oratorio. Me dio la impresión de que pasaba algo, y me pareció -al verle la cara- que alguna había estado llorando. Seguimos la oración en silencio y al acabar, Lía me llamó a dirección y me lo dijo claramente:
-Montse tiene un cáncer; y los médicos le han dado poco tiempo de vida.
Así me enteré, porque con ella no lo hablé nunca directamente".
Las que iban por Llar se fueron enterando poco a poco. "Hace unos días vivimos con la impresión de lo que nos han dicho de Montse Grases -se lee en el Diario de Llar-. Le han diagnosticado un cáncer en la pierna izquierda. No se le ha dicho nada todavía, pero parece que se le tendrá que decir pronto, pues la cosa va a pasos agigantados".
El sarcoma de Ewing
"Sí; esa expresión `a pasos agigantados' -comenta el doctor Cañadell-, además de expresiva, es bastante certera. Montse padecía lo que sospechábamos desde un primer momento: un sarcoma de Ewing, un tumor maligno, propio de gente joven -de edades comprendidas entre los cinco y los dieciocho años, más o menos-, sin duda el más maligno de los tumores óseos. En aquel tiempo desde que se conocían las primeras manifestaciones del mal hasta que sobrevenía la muerte la media de vida no sobrepasaba, habitualmente, del año y medio...
Entonces el único tratamiento que tenía una discreta utilidad era la radioterapia; porque era capaz de modificar la imagen del tumor; pero no porque fuera realmente curativa.
Se empezaba a hablar ya de la posibilidad de utilizar algún fármaco; pero era algo de carácter totalmente experimental. Y la cirugía no reportaba ningún beneficio. Así que el pronóstico no podía ser más infausto..."
5. JULIO DE 1958. TREINTA SESIONES DE RADIOTERAPIA
"El día 2 de julio -sigue contando su padre- comenzaron las sesiones de radioterapia. El médico nos dijo que debían darle unas treinta sesiones seguidas, diarias, descansando los sábados y los domingos. Fuimos al consultorio de los Doctores Parés y Vilaseca donde le aplicaron la dosis máxima de 10.000-R".
"Llevarla hasta allí -recuerda su madre- nos costaba mucho. La metíamos en el taxi con bastante dificultad. Yo le colocaba la pierna a lo largo del asiento y me sentaba en una esquinita. Así recorríamos las dos aquel trecho de una manzana y media escasas.
A mí me parecía imposible que prefiriese el trajín de meterla y sacarla del coche dos veces al día, además del plantón que debíamos soportar en la calle hasta que encontrábamos un taxi; y se lo dije varias veces. Tanto es así que ella, un día que no aparecía ninguno, accedió a ir caminando. ¡Pobrina! ¡Cómo recorrió aquellos metros! ¡Nunca más se lo volví a decir! Me acuerdo perfectamente del gesto de dolor que traía cuando llegó a casa".
A pesar de todo seguía asistiendo con regularidad a los medios de formación espiritual. "Se la veía contenta pero inquieta -se lee en el Diario de Llar-. Está molesta. Tiene una pierna hinchadísima. Hoy le decía a Lía que estaba preocupada. No tiene la menor idea, pero algo teme".
Aquellas sesiones de radioterapia la obligaban a bajar con frecuencia de Seva a Barcelona. En una de esas ocasiones la acompañó Carmen Salgado, que se asombraba de su buen humor: "Cuando le dejaban la pierna quemada -cuenta-, Montse me comentaba: 'se me está poniendo más morenita la pierna'".
Afrontaba con el mismo optimismo las penalidades del taxi. Le resultaba muy costoso introducirse en ellos, porque en unos cabía con la pierna extendida y en otros no. Pero no hacía un drama de eso: "yo -decía, bromeando- necesito los taxis a medida..."
Las sesiones de radioterapia duraron hasta el 13 de agosto, y se las pusieron a una hora un tanto intempestiva, a mitad de la tarde, cuando más arrecia el calor en Barcelona. Nunca se quejó. "Lo único que le oí -cuenta Carmen- fue: 'Ah, ya es la hora de ir al médico. Qué de prisa se pasa el tiempo en Llar'".
Rosa y Ana María la acompañaron en alguna ocasión. "Cuando íbamos a esas sesiones -recuerda Rosa- todas las enfermeras le preguntaban qué le pasaba; pero ella enseguida cambiaba la conversación y acababa preguntándoles por sus cosas; y se hizo muy amiga de una enfermera: se enteró que le gustaba dibujar, y le preguntó por sus dibujos, por sus problemas... Aprovechaba la ocasión para hacer apostolado: no perdía comba... Y se interesaba por todos, hasta por el médico también. Y me pedía siempre que me quedara con ella, durante la sesión médica. Le consolaba mucho que estuviéramos juntas las dos.
Y a veces, cuando terminábamos, me decía la enfermera:
-Qué simpática, qué alegre y cariñosa es esta chica. Pero nunca sé si le duele o no le duele. ¿Tú lo sabes?
Y yo le contestaba:
-Pues yo tampoco".
Sin embargo, aunque no lo manifestara, aquellas sesiones la agotaban, como recoge el Diario el día 10 de julio: "Se le nota cada día más cansada. Sigue con gran ilusión de que pronto se pondrá buena, aunque parece lo dice menos convencida. Tiene poco apetito. Mañana se va (...) a Seva cerca de Vic. Decía: verás Lía cómo allí con el aire y el sol me entra un hambre feroz. Después, cuando vuelva, si no me ha entrado, sí que me asustaré..."
Sus padres no sabían qué hacer. ¿Era prudente decirle ya la gravedad de su enfermedad o era preferible aguardar un poco? ¿Se sospecharía algo? Los médicos decían que podía vivir algunos meses más. ¿Y, con ese tiempo por delante, no era mejor esperar, como les aconsejaban todos sus familiares? Además, ¡estaba tan ilusionada en irse a vivir a un Centro del Opus Dei! ¿Cómo cortar de cuajo y de golpe todas esas ilusiones sin herirla innecesariamente? Porque los médicos podían equivocarse... y en vez de tres meses podían ser diez, o doce... o quizá... ¿Quién sabe?
Resolvieron esperar; porque, aunque la pierna le dolía, Montse seguía haciendo vida completamente normal: sabía que tenía un tumor, pero pensaba que se le reduciría enseguida... Muchas de las chicas que conocía no advirtieron nada nuevo en ella: "Yo la veía cada sábado en LLar, y no tenía ni la menor idea de que estuviese enferma...", cuenta María Josefa Rovira, una estudiante de farmacia que iba por aquel Centro.
En Seva seguía el ritmo de vida normal de todos los veranos -el doctor Cañadell le había dicho que no había ningún inconveniente para ello-, y aunque se esforzaba por mejorar en todo lo que se le indicaba, sus padres se esforzaron en tratarla igual que siempre: cuando hacía algo mal, su madre se lo advertía. Entonces -recuerda Ana María-, lo aceptaba "con mucha visión sobrenatural, rectificaba y luchaba".
"Me llevaba en bicicleta todos los días para ir a Misa -comenta Ana María-, después me di cuenta de que hacía un gran esfuerzo físico. Pero como nunca se quejaba, no pensé que le podría doler la pierna".
De todos modos, aunque no se le dijera nada por el momento -convinieron sus padres con la directora de Llar- había que prepararla... "Sobre todo interiormente", precisa Lía. "Y a partir de entonces vi cómo iba creciendo en vida interior. Me preguntaba cómo vivir mejor las cosas pequeñas, crecía en su devoción a la Virgen y mostraba una gran sinceridad en todo; y todo lo decía con una gran sencillez".
Un mes antes, a comienzos de aquel verano -el 12 de junio-, Pepa Castelló se había ido a Roma, y residía en el Colegio Romano de Santa María, muy cerca del Fundador. Recibió entonces una carta de Manolita. "En esa carta me decía -cuenta Pepa- que tenía que decirle a Montse la gravedad de su enfermedad, y nos pedía a las que vivíamos en Roma que rezáramos por Montse, para que supiera reaccionar como una mujer del Opus Dei".
Montse, por su parte, seguía tan contenta como siempre: bulliciosa, divertida, siempre con una canción entre los labios. "Cantaba -recuerda Rosa- canciones de todo tipo. Canciones de moda, folclóricas o tradicionales, como aquella de los árboles altos:
Corazón que no quiera
sufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
libre de amores.
¡Ay!vida mía,
libre de amores.
Y le gustaba mucho aquella otra que decía:
Corazón, corazón,
es inútil dejar de quererte...
Corazón, corazón...
ya no puedo vivir...
sin tu amor.
Y estaba al tanto de la última moda y de todo lo que se hablaba..."
Durante aquellos días en Seva se hablaba sobre todo de la obra de teatro que los hijos de los veraneantes iban a representar aquel año. A todos hizo ilusión que participara Montse y le dieron el libreto para que ensayara. Y por las tardes era frecuente verla, en el jardín de Villa Josefa, junto con su amiga Marisa, repitiendo los diálogos de la comedia una y otra vez, intentando aprendérselos de memoria. Manuel y Manolita la oían repetir una y otra vez un pasaje del diálogo de su personaje, dicho en tono cómico:
-"¡Ay que esto no es pa mis años!... ay Madre de la Piedad, que yo me muero!"
"¿Tú entiendes lo que me pasa? -le preguntaba Montse a Lía, cada vez que bajaba a Barcelona-. Yo no entiendo nada, pero noto que estáis muy preocupados".
-"Un tumor -le comentaba Lía, para irla preparando, como había convenido con sus padres- no se sabe lo que puede ser. A veces son malignos. Mi padre murió a consecuencia de un tumor..."
-"Pero a mí no me pasa nada..."
-"...Quizás no, Montse... pero hay que estar preparada para hacer la Voluntad de Dios. Ya sabes que somos una caja cerrada... Te están haciendo muchas cosas para indagar qué te pasa y no acaban de averiguar la causa de ese dolor... Y por más que los médicos hagan, Dios tiene la palabra".
Era lo máximo que podía decirle. Montse no se alteró. Y le comentó:
-"Ahora no me duele nada, Lía. De todas formas, yo estoy dispuesta a sufrirlo todo..."
"Otro día volvió a preguntarme -recuerda Lía-: ¿Pero por qué no puedo saber lo que me pasa? ¿Tú qué crees que tengo?
Para mí era una tentación decirle lo que le pasaba, pero sólo de pensarlo me daba pavor... De todos modos, poco a poco, la iba preparando.
-Montse, ¿de verdad estás contenta, y dispuesta a aceptar lo que pueda ser?
-Claro que sí -respondió-. Pero, ¿por qué tienes miedo? Fíjate cómo estoy de fuerte -y me enseñaba sus brazos-, no quiero que te preocupes.
Pero a pesar de todo, se la notaba peor. De vez en cuando me buscaba, y me preguntaba si tenía mucho trabajo. Yo dejaba inmediatamente lo que estaba haciendo y nos poníamos a charlar un rato. Un día tomé la resolución de insinuarle algo más claramente y le dije, en el transcurso de la conversación:
-...porque ya sabes que hay tumores que degeneran en cáncer.
La miré a la cara para ver qué impresión le había causado. Seguía serena, y me preguntó:
-Pero si es el Señor quien me ha dado la vocación, ¿por qué no ha de darme la salud?
No pude más y le dije, muy resuelta: ¿Pero tú estas dispuesta a todo, no es cierto?
-Sí, eso sí -me dijo-, pero me da mucho miedo sufrir y los médicos me asustan... pero si Dios me envía más sufrimientos, como dices, me ayudará mucho, lo mismo que vosotras".
"Uno de esos días -recuerda Manolita- bajé a Barcelona para hablar con Montse Amat y me dijo que habían pensado en acortar el plazo de la incorporación jurídica de Montse al Opus Dei. Al regresar a Seva le dije:
-Montse, tengo que darte una alegría.
Pero no pudimos charlar hasta la noche.
-Mamá -me preguntó-, ¿qué me querías decir?
Se lo conté y me dijo:
-Eso quiere decir que voy a durar poco...
Yo intenté arreglarlo como pude; pero ella seguía serena. Me había hecho aquel comentario con la frialdad de una conclusión lógica, aunque esa lógica llevase a algo terrible... No acusó ni pena ni sentimiento de dolor. Un poco más tarde se acostó y se quedó dormida enseguida".
6. 20 DE JULIO DE 1958. LO QUE TU QUIERAS
"Esta mañana en Misa -se lee en el Diario, el 10 de julio, escrito por Lía- nos hemos acordado de una forma especial de Montse. Hoy cumple 17 años (...). Hemos pensado que quizá precisamente por eso el Señor la quiere para El. Se había entregado ya, y qué mayor entrega esa de darle lo mejor: nuestra vida, nuestras ilusiones. Podría, sí, haber trabajado mucho... pero pensamos que desde el Cielo nos ayudará mucho más".
Eran las mismas palabras que había dicho el Fundador, veinticuatro años antes, hablando de María Ignacia García Escobar.
María Ignacia y Montse: dos mujeres a las que Dios llamó a su lado en el comienzo de su vocación al Opus Dei. No sabemos si Montse supo mucho de María Ignacia: quizá alguna referencia lejana cuando en las tertulias de Llar se hablase de la historia de la Obra. Sin embargo hubo entre ellas una honda sintonía espiritual: las dos supieron vivir cara a Dios en la salud y en la enfermedad, "sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte", como enseñaba el Fundador.
En Llar celebraron el cumpleaños de Montse con bromas y canciones. "Rosamaría Pantaleoni y Carmen Salgado han venido pronto para hacerle un 'mural' -cuenta Lía en el Diario-. Le preparamos con gran cariño una pequeña sorpresa para la tarde. Después de salir del médico la traerán aquí y haremos todas juntas la tertulia..."
¡Diecisiete años! El tiempo pasaba y sus padres convinieron con Lía que había que irla preparando para la muerte... Había que decirle claramente la realidad de su situación. Porque le quedaban pocos meses de vida, ¡y ella seguía hablando de que al año siguiente haría esto y lo otro...!
Sí. Había que decírselo. Ya.
Qué sencillamente se dice esta frase: "Había que decírselo. Ya". ¿Pero cómo? ¿Cómo dar esa noticia -que resulta tan difícil, incluso a personas de mucha edad- a una chica que sentía bullir su vida joven dentro de la piel?
Lía lo intentó de nuevo. Ahora, a medida que iban transcurriendo las sesiones de radioterapia, Montse se encontraba mucho mejor. Las sesiones fueron aumentando de duración al principio, y luego decreciendo progresivamente. Ahora duraban pocos minutos. Este era el momento. El 18 de julio, viernes, antes de irse a Seva con sus padres, estuvieron charlando en Llar. "Quizá sea más fácil de lo que suponemos. Quizá se lo imagina todo -pensó Lía- y no se atreve a decírnoslo..."
Estuvieron charlando de varias cosas. No sabía cómo comenzar. Al fin le comentó:
-"Montse, tú sabes que Tía Carmen, antes de morir, sufrió mucho y tenía una enfermedad como la tuya...
-¿De qué murió tía Carmen?
-De cáncer".
Miró a Montse a los ojos. En ese momento -un segundo tan sólo- se dio perfecta cuenta de que no se había imaginado nada.
-"Sí, pero yo no tengo cáncer..."
Se fue de nuevo a Seva con sus padres. Allí les preguntó qué enfermedad tenía realmente. ¿Qué le habría querido decir Lía? Pero en Seva, rodeados de niños y de amigos no se podía hablar con calma. Había que estar pendiente del pequeño, de las gemelas y de que los chicos no hicieran ninguna travesura...
"Quedamos -recuerda su madre- en que se lo diríamos cuando regresásemos de Seva y pudiésemos charlar los tres solos, con más tranquilidad..."
El domingo por la tarde se volvieron a Barcelona. Habitualmente subían a Seva en el coche del Sr. Maqueda o, algunas veces, en el del Sr. Brosa -que veraneaba muy cerca, en Taradell-, amigos de sus padres.
"Pero aquel fin de semana -comenta su madre- Brosa nos mandó un recado diciéndonos que no podía bajar y tuvimos que tomar un tren de regreso que venía lleno. Manuel logró que Montse se sentara en el pasillo del tren, en uno de esos banquillos para los revisores. Pero había tanta gente que encontrábamos mucha dificultad para que apoyase la pierna... ¡Qué cosas pasan a veces más terribles! No nos íbamos a poner a explicar a todo el mundo lo que le pasaba... Habría sufrido mucho más... Y de aquella forma tan penosa hicimos el viaje".
Arribaron a Barcelona muy tarde porque el tren iba con retraso. La ciudad estaba sumida en el silencio caluroso del verano.
Abrieron la puerta de la casa. Sonó una campanada en el reloj del salón. Las doce y media de la noche... Empezaron a hacer los preparativos para acostarse.
"Entonces -recuerda su madre- vino Montse y me dijo:
-Bueno, mamá, ¿me vais a decir lo que tengo?
-Pero Montse -le dije-, ¿a esta hora, tan tarde...?
-Sí, sí, de hoy no pasa: me decís ahora mismo lo que tengo.
Comprendí que ya no podíamos retrasarlo más. Entonces Manuel se lo explicó todo, muy concreto, muy claro, sin disfrazar las palabras:
-Montse, tienes un cáncer. Un sarcoma de Ewing.
Se quedó un momento parada, y preguntó:
-¿Y si me cortaran la pierna?
Manuel le dijo que ya había habido una consulta concreta sobre ese particular: se habían considerado todos los aspectos, y no era conveniente; no existía esa posibilidad; no podía ser...
Entonces ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: 'qué lástima'...
Fue un mohín nada más, un mohín muy gracioso me pareció a mí, después de decirle aquello, pobrina, que era tremendo... Y se salió del cuarto y se fue para la habitación.
Allí la vi cómo se arrodillaba a los pies de la Virgen de Montserrat y se ponía a rezar.
Luego se sentó y estuvo haciendo brevemente el examen de conciencia. Rezó de rodillas las tres avemarías y se metió en la cama. Entonces le dije a Manuel: 'me voy con ella'. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiese dormir...
Llegue a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo:
-¿Qué haces, mamá?
-Pues mira, dormir contigo.
-¡Ay, que suerte!, me contestó, en un tono jovial...
Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos instantes, vi que respiraba profundamente... Me di cuenta de que se había dormido.
Me cercioré bien y me marché. Y eso fue todo.
...Todo no, porque luego supe que al arrodillarse delante de la Virgen de Montserrat le había dicho: 'lo que Tú quieras'".
"...Ya sé que son muy pocas palabras para describir un acto tan grande como fue el de explicarle a Montse la enfermedad que tenía. Pero no hay nada que añadir: todo fue así de sencillo. Ella no conocía siquiera la existencia de esa enfermedad, entre otras cosas porque entonces no se conocía tanto como de unos años a esta parte. No creo ni que se le hubiera pasado ni por la imaginación. Recuerdo perfectamente la expresión de su cara... solamente aquel frunce de labios; no se le humedecieron los ojos, ni... ¡Nada! ¡Nada! ¡Qué cosa más sobrenatural!
Sobrenatural. Me lo he pensado antes de emplear esta palabra. Pero es la que corresponde. Porque, ¿cuál puedo emplear, si no? ¿Qué cosa 'más poco natural'?, o ¿qué cosa 'más poco normal'? No. Ella siempre obraba con normalidad y naturalidad. Y era evidente que Dios la confortaba... Porque, si le quitaba de golpe todas sus ilusiones, todo..., ¿iba acaso a dejarla sola?
Yo siempre vi a Dios en todo lo que iba sucediendo aquellos días y muchas veces lo sentí muy cerca. A partir de aquel momento ya no podría hacer realidad ninguna de sus ilusiones, cuando estaba llena de gozo pensando que le faltaban pocos días para marcharse a vivir a un Centro del Opus Dei; y eso era lo único que a veces la hacía impacientarse. En los días pasados veía que se iba alargando lo de su enfermedad y me lo decía con preocupación... Y aquella noche se confirmaron sus sospechas: ya no se realizarían nunca aquellos sueños que la habían hecho vibrar durante los últimos meses.
Al día siguiente, lunes, llamé a primera hora a Lía para contárselo todo, sin que lo supiera Montse; y luego nos fuimos las dos a confesar a Monterols. El sacerdote, don Gonzalo Lobo, me aconsejó que no le creara complejo de enferma: aunque me costase, debería conducirme con ella 'como si tal cosa'.
¡Como si tal cosa...! Y el caso es que creo que lo logré... ¿Cómo es posible? Fue todo gracia de Dios".
"Yo estaba en Monterols aquella mañana -recuerda Carmiña Cameselle- y vi a Montse después de su conversación con el sacerdote. Me di cuenta de que había llorado. Pero no me dijo nada. Sólo: 'me voy a Llar'. Y se fue".
Cuando más feliz vivía
"Recuerdo perfectamente aquella mañana cuando llegó a Llar -cuenta Roser-. Yo le abrí la puerta. Me preguntó si estaba Lía. Le dije que estaba en Dirección, hablando con alguien. Saludó al Señor en el Oratorio y al ver que Lía estaba ocupada le dijo:
-Lía: quiero hablar contigo cuando puedas; ¿qué quieres que haga mientras tanto?"
Lía estaba conmovida, pero se contuvo. Le dijo que fuera planchando ropa del Oratorio.
Había llegado el momento, pensó Lía. Primero se fue junto Sagrario donde estuvo pidiéndole fuerzas al Señor para llevar a cabo aquella conversación. Mientras tanto escuchó algo que la sorprendió: la voz de Montse que cantaba, sonriente, en el planchero:
Cuando más feliz vivía
sin pensar en el cariño
quisiste que te quisiera
y te quise con delirio.
Y te seguiré queriendo
hasta después de la muerte
que te quiero con el alma
y el alma nunca se muere...
...que te quiero con el alma
y el alma nunca se muere.
"La oía cantar tranquilamente -cuenta Lía-, tanto es así que temí se lo habían dicho tan delicadamente que no había entendido nada".
"Comenzamos a hablar. Procuré aparentar serenidad, aunque no sé hasta que punto lo conseguí, porque Montse me preguntó:
-¿Has llorado, Lía? Bueno, ya sabes que lo sé todo, incluso que me tengo que morir pronto, porque ayer me lo dijo papá...
-¿Y qué, Montse?
-Que estoy dispuesta. Vengo de confesarme y estoy muy contenta.
Me contó lo que le había dicho el sacerdote:
-Me ha dicho que soy una enchufada porque pronto voy a disfrutar de Dios. Fíjate, al principio no me lo parecía y ahora sí... Y estoy muy tranquila y muy contenta. Tengo una gran paz. Y quiero la voluntad de Dios. Recuérdamelo, por si lo olvido: yo quiero la Voluntad de Dios... Y ésta es la segunda entrega que he hecho al Señor. La primera ya la hice.
Me dice mamá que le pida a Isidoro que me cure, pero a ti, ¿qué te parece? Es que armo mucho jaleo, ¿sabes? Unas veces sí pienso que me cure, otras pienso que no, que si el Señor lo quiere, es porque es su voluntad, y cuando me meto en este jaleo que si sí, que si no, le digo a la Virgen que lo arregle Ella como quiera. ¿No crees que es lo mejor?
Luego me contó la conversación con sus padres. Me dijo que se daba cuenta de lo que habían sufrido al hablarle de su enfermedad; y que debían de ser muy santos para que el Señor les pidiera este sacrificio:
-Mamá pensó que yo le diría algo, pero no se me ocurrió nada; sentí un cosquilleo dentro y... sólo pensé que debía ser fuerte.
Me dijo también que habíamos sido tontos por no habérselo dicho antes:
-Pillina: ¡con que lo sabíais y no me lo habíais dicho...! Ya sé que habéis sufrido mucho. Ahora comprendo toda la preocupación que veía aquí y en casa. Antes no entendía nada. Ahora ya sé lo que tengo y estoy tranquila.
Hablamos de la muerte con una gran paz. Le costaba hacerse a la idea:
-Porque, ¿sabes? no me duele nada.
Hablamos también del dolor, que aceptaba 'como una purificación para ir al Cielo'.
-Y estoy dispuesta -continuaba-. Soy una egoísta. ¿Sabes que pedía hasta ahora por mi salud? ¿Verdad que no debo pedirlo?
-¿Y ahora qué pides?
-Pido que se cumpla la Voluntad de Dios, pues yo estar