Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de esperar
Anda borrico,la cuesta arriba;
mira esa estrella,
mira, te mira.
1. EL JUEGO DEL CIELO
"Durante el verano de 1943 -recuerda la madre de Montse- estuvimos en Seva, un pueblecito que está muy cerca de Vic y que ya conocíamos por su proximidad con el Sanatorio del Montseny, donde nos habíamos conocido Manuel y yo, en 1931. Fuimos allí porque el médico nos había recomendado que buscáramos un lugar donde Montse pudiera respirar aire puro.
Nos instalamos en una antigua casa pairal que hay a la entrada del pueblo, donde estaba la vivienda del recadero y, gracias a Dios, Montse se repuso muy pronto, y al poco tiempo ya estaba rebosante de salud.
Seva nos gustó mucho; tanto que decidimos volver: los niños podían corretear a sus anchas -entonces ya éramos cinco, porque en marzo de ese mismo año había nacido Jorge- y se respiraba tranquilidad y paz".
Aquella paz y tranquilidad de la que gozaba Seva contrastaba con la situación que se vivía en el resto del continente. Aquel verano Europa atravesaba un momento decisivo de su historia: los aliados habían ido estrechando el cerco contra el III Reich y al fin, el día 10 de agosto, sus tropas lograron desembarcar en Sicilia. Se avecinaba el fin de la guerra mundial.
Acabó el verano y los Grases regresaron a Barcelona. Su álbum fotográfico recoge muchas escenas familiares de aquellos años, comunes a las de tantas familias españolas de la época.
"A veces, cuando algunos amigos -cuenta Manolita- me preguntan '¿y cómo era Montse de pequeña?', les enseño este álbum. Y es que quizá esperan encontrar en ella, ya desde la niñez, algo extraordinario... y Montse, como se ve en estas fotografías, era una niña con las mismas aficiones de todas las niñas de su edad. No era 'una niña santa', porque los santos no nacen, se hacen...
Por ejemplo, en esta fotografía del año 1944 se la ve junto a Enrique, que sostiene su palma de Domingo de Ramos. Está muy graciosa con su gorro marinero. Mi madre y yo vamos vestidas a la moda del momento, con aquellos zapatos topolino que se llevaban entonces y que ahora me parecen horrorosos..."
"La siguiente fotografía tiene su pequeña historia. Salíamos de Misa un domingo por la mañana cuando se nos acercó Juan Antonio Sáenz Guerrero, fotógrafo reportero, hermano del doctor Leandro Sáenz, nuestro médico de cabecera, que vivían en el mismo rellano de nuestra casa, y nos dijo: 'Un momento, un momento, señora Grases, que le voy a hacer una foto a Montse'. Y le hizo esta instantánea".
"Esta fotografía me gusta mucho -sigue contando Manolita-; refleja muy bien el carácter de Montse: alegre, divertido, jovial, muy juguetón... ¡y con cierto geniecillo!
Sólo recuerdo de aquel verano del 44 que el día 16 de junio, vino el doctor Perelló, que era obispo de Vic, y los confirmó a los tres -a Enrique, Montse y Jorge- en la iglesia de Santa María de Seva. Entonces no era como ahora, y se recibía ese sacramento muy pronto. Fue una ceremonia muy emotiva. El grupo de los que se confirmaron era muy pequeño: todos niños, hijos de gentes del pueblo o veraneantes". Esta es una fotografía de aquel periodo.
"Poco tiempo después, en octubre de aquel año, el día 25, nació Ignacio. Es curioso: intento hacer memoria de aquel tiempo , y lo único que recuerdo son anécdotas divertidas, sin mayor importancia. Las cuento porque muestran el carácter de Montse ya desde pequeña. Por ejemplo, en una ocasión tomó parte en un festival de canciones de Llongueras, que se celebró en el Palacio de la Música. Llongueras era un compositor de canciones infantiles muy conocido en aquel tiempo. El título de la canción era 'El joc del cel' y Montse salía descalza, disfrazada de angelito. Estaba muy graciosa en su papel; pero, ¡ay!... como tenía que estar sentada un buen rato en el escenario, esperando a que las demás acabasen de hacer sus piruetas, llegó un momento -es como si la estuviese viendo- en que se cansó; y no se le ocurrió otra cosa que ponerse, delante de todo el público a... ¡hurgarse en los pies!
Era así: sencilla, espontánea, simpática, como se ve en esta fotografía de 1945".
"Esta otra fotografía es de agosto de 1945 y está tomada en la puerta de una torre que alquilamos en Vallvidrera, donde pasábamos parte del verano. Salvo Manuel, que es el que hizo la foto, estamos todos: mi madre, Montse, Enrique, Jorge y yo. ¡Ah, también está Ignacio, que asoma la cabeza desde el cochecito!"
"A veces nos preguntan a Manuel y a mí: ¿y qué educación cristiana le disteis a Montse para... ? Siempre les respondo que la misma formación que le dimos al resto de nuestros hijos... No hicimos nada de particular. Procuramos, eso sí, trasmitirles un sentido cristiano de la vida... y enseñarles lo que creíamos y luchábamos por vivir... Les enseñamos, por ejemplo, a rezar desde pequeñines algunas oraciones muy sencillas; a tratar al Niño Jesús; a tener devoción a la Virgen; a aceptar y ofrecer el dolor; a luchar contra los propios defectillos; a ayudarse los unos a los otros..."
"Yo les insistía especialmente en un punto -interviene Manuel- que me parece fundamental: la sinceridad. `Dime lo que ha pasado -les decía, después de alguna travesura-; mira: no me importa que hayáis roto esto o lo otro; lo que quiero sobre todo es que seáis sinceros; que digáis siempre la verdad, pase lo que pase. Si me mentís es cuando os castigaré'".
"Sí; nosotros le dimos una formación cristiana... pero todo lo que sucedió luego en el alma de Montse -concluye Manolita- fue porque Dios quiso. Fue todo fruto de la correspondencia a la gracia... fruto de la gracia y del amor de Dios".
2. CON UN SIGLO DE ADELANTO.
De nuevo en Barcelona
Mientras que la vida de la familia Grases en Barcelona seguía su curso cotidiano, a mitad de los años cuarenta seguían difundiéndose por toda España las calumnias contra el Opus Dei. No hay que extrañarse por tanta pertinacia: las maledicencias son incansables por naturaleza.
No era raro que el que escuchaba esas falsedades las ampliara con nuevas patrañas de su propia cosecha:
-"¿Qué me dices...? Entonces lo más probable es que sean masones disfrazados. Y además me supongo yo que..."
De este modo, engordadas por la propia dinámica de la calumnia, los rumores se volvían cada vez más disparatados y rocambolescos.
El Fundador sabía que la contradicción suele acompañar los comienzos de muchas instituciones de la Iglesia, y que algunas incomprensiones obedecían a la novedad que el Opus Dei suponía para la mentalidad de muchos. Preveía también las dificultades que debería vencer el Opus Dei hasta encontrar su lugar en el marco jurídico de la Iglesia: sabía que era un fenómeno pastoral nuevo y que las leyes de la Iglesia no contemplaban nada parecido. "¡Ustedes han llegado con un siglo de adelanto!", le había comentado un prelado a don Alvaro del Portillo, Secretario General del Opus Dei, que se encontraba en Roma, enviado por el Fundador, realizando las gestiones previas para la aprobación del Opus Dei por la Santa Sede como una institución de Derecho Pontificio
Las palabras de aquel prelado le hicieron ver a don Alvaro del Portillo que sin la presencia del Fundador en Roma todo sería inútil. Y le escribió diciéndoselo: tenía que venir enseguida. No había otra solución.
Cuando recibió la carta, don Josemaría se encontraba enfermo. Padecía una diabetes "mellitus" y el médico le había aconsejado calma y reposo. ¿Viajar a Roma en esas condiciones? La respuesta del doctor fue tajante: aquel viaje, y en aquellas circunstancias, podía poner en serio peligro su salud. Si emprendía ese viaje -le dijo-, no respondía de su vida.
Sin embargo, el Fundador no dudó: era el futuro de el Opus Dei el que lo exigía. Se abandonó en las manos de Dios y la tarde del miércoles 19 de junio de 1946 salió de Madrid rumbo a Barcelona.
Hizo una primera etapa en Zaragoza, donde rezó ante el Pilar. Al día siguiente, fiesta del Corpus Christi, llegó a Cataluña y subió hasta Montserrat para orar a los pies de la Moreneta. Allí dejó, en manos de la Virgen, todas sus peticiones y todas sus esperanzas.
El día 21 de junio, les dirigió una meditación junto al Sagrario a los miembros del Opus Dei que residían en Barcelona. Comenzó su oración con unas palabras de los apóstoles:
-"Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis?" -He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?
Aquellos hombres jóvenes que le seguían lo habían dejado todo -familia, futuro, planes personales- en las manos de Dios. Allí estaba Juan Jiménez Vargas, que tras ganar su cátedra de Fisiología se había establecido en Barcelona, y Alfonso Balcells, un joven médico, que había sufrido, aún antes de ser del Opus Dei, en carne propia, toda la campaña de calumnias, por el puro hecho de haber alquilado a su nombre el piso de "El Palau"... Todo el afán de estos hombres en esta tierra era servir a la Iglesia en el Opus Dei. Y ahora parecía que el Opus Dei no encontraba camino en el marco jurídico de la Iglesia. ¿Qué iba a ser de ellos?
-"¿¡Señor -seguía diciendo el Fundador en su oración-, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (...). No he tenido más voluntad que la de servirte".
Después de la Misa fue a la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, patrona de la diócesis de Barcelona, para pedirle por los frutos de aquel viaje. Y a las seis de la tarde embarcó en un pequeño vapor correo de poco más de mil toneladas, el J.J. Sister, rumbo a Génova, donde continuaría hasta Roma en coche.
El tiempo no auguraba un viaje fácil: el mar estaba encrespado y el cielo, encapotado y con chubascos, amenazaba tormenta.
Una noche en oración
Al fin, a media noche, tras un viaje azaroso, el barco desembarcó en el puerto de Génova, y al caer la tarde del 23 de junio el Fundador pudo ver en la lejanía el perfil inconfundible de Roma. Y nada más llegar a su apartamento, en la Plaza de la Città Leonina, junto a la Plaza de San Pedro, quiso asomarse a la pequeña terraza para contemplar la Basílica.
Muchas veces, paseando por las calles de Madrid, había soñado recibir la Comunión de manos del Papa. Ahora estaba físicamente muy cerca del Romano Pontífice, en el comienzo de una nueva etapa dentro del camino del Opus Dei.
Pasó toda aquella noche en oración, rezando por el Papa. Aquella noche romana era como el compendio de toda su vida. Era un eco de aquellas noches de Zaragoza, cuando era un joven seminarista y el alba lo encontraba también rezando como ahora, musitando aquel "Domine, ut videam!", "¡Señor, que vea!", en la oscuridad de la iglesia del Seminario de San Carlos...
Días más tarde, el 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, el Papa le recibió en una audiencia privada que siempre recordó con afecto. "No puedo olvidar -comentaba tiempo más tarde- que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una 'herejía'; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini".
Decidió entonces que era el momento de cumplir uno de sus más antiguos deseos: que el gobierno central del Opus Dei residiese en Roma, junto a la sede de Pedro. Con ese motivo llamó a varias hijas suyas para que se ocupasen del primer Centro del Opus Dei en la Ciudad Eterna. Y el 27 de diciembre de 1946 llegaron al aeropuerto de Ciampino, cerca de Roma, Encarnita Ortega y otras cuatro más.
Don Josemaría y don Alvaro fueron a esperarlas al aeropuerto. Para la mayoría había sido su primer viaje en avión y habían pasado sus más y sus menos; y alguna se traía, como recuerdo del viaje, un buen susto y un mareíllo. Venían cargadas con un montón de maletas con comida, ropa y los objetos más imprescindibles, porque Italia acababa de salir de la guerra y se encontraba en una situación catastrófica.
"El Padre nos dijo -recuerda Encarnita Ortega- que con doce de nosotras, muy fieles, sería capaz de enfrentarse con toda la labor de Italia, y que al pasar los años, no creeríamos lo que habíamos visto, y nos parecería haber soñado..."
Predilecta Barcelona
El 8 de diciembre de ese mismo año, fiesta de la Inmaculada, el Papa volvió a recibir al fundador del Opus Dei. Y el 2 de febrero de 1947 fiesta de la Presentación de la Virgen, Pío XII promulgó la Constitución Apostólica "Provida Mater Ecclesia". Se iba allanando, de la mano de la Virgen, poco a poco, el camino. Pocas semanas después, el 24 de febrero de 1947, se concedió al Opus Dei el "Decretum laudis", la primera aprobación pontificia que sería definitiva el 16 de junio de 1950.
Una de las preocupaciones de don Josemaría sus primeros años romanos era conseguir un lugar adecuado para la Sede central del Opus Dei, como le habían recomendado altos eclesiásticos. Después de sortear numerosas dificultades económicas, encontró un lugar apropiado en la calle Bruno Buozzi, en el barrio del Parioli. Había sido sede de la embajada de Hungría ante la Santa Sede y se lo ofrecían a buen precio.
Pero en julio de 1947 aquellos edificios eran todavía un sueño por realizar. Por lo pronto, seguían viviendo allí unos inquilinos húngaros, que no tenían demasiada prisa por marcharse -contra todo derecho, porque Hungría, tras la ocupación de los comunistas, no mantenía relaciones con la Santa Sede- y el Fundador ya no podía esperar más; así que, urgido por las circunstancias, no tuvo más remedio que instalarse en la pequeña portería de la entrada junto con algunos miembros del Opus Dei. Aquellas estrecheces no le suponían ninguna novedad: la pobreza era una antigua compañera de viaje...
Lo malo es que mientras vivió en aquella portería durmió con frecuencia en el suelo, y en marzo de 1948, el frío le produjo una parálisis facial "a frigore"...
Al fin se marcharon los inquilinos, en febrero de 1949. Unos meses antes, en la fiesta de San Pedro de 1948, erigió en aquel edificio, que denominó "Villa Tevere", el Colegio Romano de la Santa Cruz.
"'Colegio' -explicó- porque (...) es una reunión de corazones que forman -'consummati in unum'- un solo corazón, que vibra con el mismo amor (...).
'Romano', porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra.
'De la Santa Cruz', porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero... Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de mis hijos. Y también porque la Cruz es el trono de la realeza del Señor, y hemos de ponerla bien alto, en la cima de todas las actividades humanas".
Con un fin similar erigió también en Roma, años más tarde, el 12 de diciembre de 1953, un Centro Internacional de formación para las mujeres del Opus Dei: el Colegio Romano de Santa María.
Desde allí, junto al corazón de la cristiandad, don Josemaría seguía impulsando la labor apostólica del Opus Dei en todo el mundo. Constantemente le llegaban noticias alentadoras del desarrollo de la Obra, a la que el Señor iba colmando de frutos y vocaciones.
Y también llegaba, de tarde en tarde, el eco lejano de alguna calumnia. A ellas aludió, el primer día del año de 1948 cuando escribió a sus hijos de Barcelona una carta en la que firmaba con el nombre de "Mariano".
"Que Jesús me guarde a mis hijos de Barcelona.
Queridísimos: unas palabricas para vosotros. Estoy muy contento de cómo lleváis las cosas, y muy contento también porque en esa queridísima -predilecta- Barcelona nunca nos falta la Santa Cruz. Pero, no tiene demasiada importancia -¡ninguna!- ese ambiente, de que habláis en vuestras notas: con alegría y sin ninguna preocupación, adelante. Seguid trabajando, llenos de sentido sobrenatural y de comprensión humana: estoy segurísimo de que el Señor, con la mediación de nuestra Madre de la Merced, ha de bendecir cada día más vuestra labor. ¡Cuántas cosas grandes y cuántas vocaciones van a salir de Cataluña!
Que me cumpláis las normas, que améis a la Iglesia, que sepáis perdonar siempre, que viváis con nuestra alegría de hijos de Dios, y que estéis seguros de que es muy agradable al Señor vuestra conducta.
Os quiere, os abraza, os bendice vuestro Padre
Mariano".
3. EN EL JESUS-MARIA
Mientras tanto, la vida seguía su curso habitual en el hogar de los Grases. "Mi vida familiar -recuerda Manolita- era la corriente de cualquier madre de familia de clase media, de aquella 'heroica y sufrida clase media' de la que hablaba mi padre... Los mayores ya iban al Colegio: Enrique a los Hermanos de La Salle, en la Bonanova y Montse a las monjas del Jesús-María.
Parece que la estoy viendo todavía cuando salía corriendo de casa con su uniforme, escaleras abajo, camino del Colegio, con sus dos trenzas al aire, bajando los peldaños de dos en dos, medio ladeada por el peso de la cartera y ¡una alegría en el cuerpo!..."
El Jesús-María fue el primer Colegio en el que la pequeña Montse estudió sus primeras letras. Cuando la llevó su madre, en octubre de 1946, era un Colegio con prestigio y solera, muy conocido por las familias barcelonesas. El edificio había sido construido en 1892 por Enric Sagnier -marqués de Sagnier, según el título pontificio-, un arquitecto que ha dejado varios edificios representativos del segundo modernismo catalán en la Ciudad Condal, con un estilo muy personal e imaginativo.
En la actualidad el Colegio ofrece al paseante que sube por la calle Teodora Lamadrid una gran fachada de color rojizo, con una larga hilera de ventanas con vidrieras en la parte superior. Sobre esta gran fachada de estilo neogótico se adelanta, solemne, un cuerpo central de tres caras, sobre el que se abren tres altos arcos ojivales que muestran en su frente dos letras: JM: Jesús, María. En la cúspide, una aguda aguja de filigrana apunta desafiante hacia el cielo barcelonés.
Se accede al Colegio por dos amplias escalinatas circulares y convergentes. Por esas escalinatas subió y bajó diariamente durante varios años la pequeña hija de los Grases. Era una niña sencilla, sonriente y algo tímida, que no llamaba externamente la atención entre aquella pequeña turbamulta de colegialas que se dirigían diariamente a clase, unas veces en silencio y otras algo menos, bajo la mirada atenta de las monjas.
"En aquel Colegio -comenta su madre- todo le pareció de maravilla. Al principio la pusimos a media pensión. Primero estuvo en la clase rosa; luego pasó a la clase azul... y una de las monjitas que la conoció -la Madre Ana- que entonces era Procuradora, me dijo que al cabo de los años, la recordaba perfectamente, porque 'le había dejado impacto'".
No hay grandes anécdotas de la estancia de Montse en el Colegio. Su infancia y la primera adolescencia transcurrieron con placidez, sin sobresaltos: durante el verano, tenían lugar las excursiones por el campo y los chapuzones en la playa; durante el invierno, se sucedían las clases en el Colegio y los juegos colectivos en el recreo; y al salir de clase más juegos con sus hermanos por los jardines de Barcelona...
"Los solía llevar con mucha frecuencia -sigue evocando Manolita-, al parque del Turó para que tomaran el sol los más pequeños. Y aquí, en esta fotografía del 47, aparecen todos, con sus abrigos de botones, en torno al carrito en el que duerme Pilar, que había nacido poco tiempo antes. ¡Ya éramos siete en la familia!"
Manuel y Manolita llevaban ocho años de casados y ya tenían cinco hijos: Enrique, Montse, Jorge, Ignacio y la pequeña Pilar. Cinco hijos sanos y fuertes, divertidos y alegres, que obligaban a los Grases a hacer piruetas y equilibrios económicos a fin de mes; aunque comprobaban la verdad del dicho que afirma que Dios envía cada hijo con su pan bajo el brazo. Cinco niños que disfrutaban, como todos los niños, jugando a policías y ladrones por los pasillos de la casa o haciendo travesuras en verano por los caminos de Vallvidrera; que reñían entre sí veinte veces al día y hacían las paces otras veinte veces; que soñaban en invierno con los chapuzones en la playa, que suspiraban en Navidades con el tren eléctrico que les iban a traer los Reyes -pasando primero por la tienda de su tío Juan-; y que esperaban ansiosos en mayo, a medida que iban creciendo, el día de su Primera Comunión.
4. LA PRIMERA COMUNION
Aquel año de 1948, les correspondía hacerla a Enrique y Montse. Tanto sus padres como el colegio les habían preparado con una intensa catequesis. Por eso, el 27 de mayo, fue un día muy especial. Los pequeños se pusieron nerviosos, como sucede siempre que hay un movimiento general en la casa. Unos ayudaban a Enrique a ponerse su traje de primera comunión, que -como mandaba la costumbre-, era de marinero. Aunque no era la primera vez que se lo ponía: ya había hecho la Primera Comunión tres semanas antes, el día 6 de mayo, en el Colegio de La Salle, en la Bonanova; hoy acompañaría a Montse, que recibía al Señor por primera vez en la Capilla del Jesús-María.
Era día de gran fiesta: y de agobios y prisas de última hora en los preparativos. Manolita se probaba frente al espejo una mantilla de blonda sobre la alta peineta, mientras Manuel Grases, ya con el chaqué puesto, miraba inquieto al reloj: "Daos prisa, daos prisa -repetía-, no vayamos a llegar tarde -musitaba entre dientes-... como el día de la boda". Los mayores peinaban a los pequeños y ayudaban a vestirlos. Algunos se aturullaban y su padre les recomendaba serenidad, recordando el conocido "Vísteme despacio, que tengo prisa"... Al final, cuando estuvieron todos a punto salieron a la calle, hechos un brazo de mar. Iban de punta en blanco. ¡Qué alegría! Y no era para menos: ¡la primera Comunión de Montse!
Llegaron al Colegio. Se respiraba aire de fiesta. En el amplio vestíbulo de inspiración gótica, con el suelo de baldosines de rombos rojos y cenefas caprichosas, esperaban ya las otras familias, engalanadas para la ocasión. En la pared, sobre la puerta, se leía una jaculatoria: "Sean por siempre alabados Jesús y María".
Subieron la gran escalinata blanca de la entrada que conduce hasta el amplio corredor del primer piso, junto a los altos ventanales del patio. Allí, en el costado de la derecha, estaba la capilla.
Era una capilla de buenas dimensiones, con grandes arcos de medio punto. En los días de gran solemnidad como aquél, cabían todas las alumnas del Colegio. En aquel momento, parecía como nueva, distinta... Habían encendido todas las luces y relucía con destellos la Virgen del retablo, que mostraba sonriente al Niño con los brazos abiertos. Debajo de la imagen se leía la inscripción: "Monstra te esse Matrem": "Muestra que eres Madre". Y más abajo, descendiendo escalonadamente, unas lámparas de cristales multicolores daban su luz tenue al Sagrario. Los padres y los familiares aguardaban sonrientes, sentados a lo largo de la sillería de corte gótico, o en los primeros bancos, cerca de la imagen del Corazón de Jesús.
Dio, solemne, sus primeros acordes el órgano, que se alzaba, majestuoso, en el coro, entre destellos dorados y rojos. Todos se pusieron de pie y comenzó la Misa...
"Esta es una de las fotografías que le hicimos como recuerdo de la Primera Comunión -cuenta su madre-. Tras la ceremonia vinimos a casa y lo celebramos en familia. Tuvimos una sencilla fiesta infantil en la que actuaron unos payasos, que estuvieron haciendo bromas y contando chistes. Fue un día inolvidable... Y una vez que hubo acabado todo, al despedirse, mi tío Mauricio le preguntó a Montse qué era lo que más le había gustado. Ella respondió rápidamente:
-¡Los payasos!"
"Más de una vez le he dado vueltas a esa respuesta suya y siempre me ha parecido muy natural que contestara, aunque a partir de entonces ya no hubo más payasos el día de la Primera Comunión, para que ese día estuviesen pendientes sólo de lo único importante: de recibir por vez primera al Señor Sacramentado. Cuento esto porque cuando me preguntan cómo era Montse de pequeña me dan ganas de repetir esta frase. Pero no lo hago, porque quizá no lo entenderían.
Y es que todo lo de Montse fue así: enormemente pequeño. No hizo nunca nada 'espectacular'. Se fue acercando a Dios poco a poco, identificándose con El, poquito a poco, paso a paso, por el camino de las cosas pequeñas...
Lo normal, por otra parte, en una niña de su edad, es que contestara eso y no que había estado en éxtasis o algo parecido; porque, aún suponiendo que hubiera tenido un éxtasis, por poner un ejemplo, tengo entendido que eso es un don que concede el Señor gratuitamente. Y lo suyo fue siempre fruto de la gracia y de una lucha diaria, constante, por enamorarse del Señor y de un esfuerzo para vencerse en lo grande y en lo pequeño; en todo: en la vida de piedad, en el trato con los demás, en el carácter... sí, sobre todo en el carácter, porque es evidente que era viva de genio".
"Sí, era viva de genio -matiza su padre-, pero no hay que pensar en nada fuera de lo normal. Tenía el carácter de una niña pequeña llena de vitalidad, nada más. Por lo demás era muy equilibrada, alegre y sencilla. Y estaba siempre serena. Bueno... casi siempre".
Ese "casi" alude a las rabietillas y "erupciones" de genio de la pequeña Montse. Sin embargo, por lo que cuentan sus padres, los fuegos volcánicos de aquel pequeño Etna con trenzas no pasaban de las chispas normales que saltan en las peleas domésticas entre hermanos; y a los pocos minutos aquel fuego infantil se convertía en lava de risas, juegos y correteos por el pasillo, como sucede en cualquier familia numerosa... Aquí la vemos sonreír a la cámara, en una estampa típicamente barcelonesa, jugando con sus hermanos, bajo la atenta mirada de "la abuelina", entre las palomas de la plaza de Cataluña.
"Sí; tenía genio: era muy resuelta, muy decidida, desde pequeñita. Yo recuerdo que siempre que jugábamos -comenta divertido, Enrique Grases- yo hacía valer mis derechos de hermano mayor y me encantaba hacerla rabiar, diciéndole que yo sabía mucho más que ella, porque iba en un curso inferior al mío... Un día, durante la cena, le dije que en la clase de Religión nos habían explicado una cosa muy difícil, muy difícil...
-... tan difícil -le dije para picarla, porque sabía que entraría al trapo rápidamente- que nadie, nadie, la podía entender.
-¡Pues seguro que se puede entender!, dijo ella enseguida.
-Pero Montse -seguí pinchándola yo, con muy mala intención- si no hay nadie que lo entienda... ¡Qué lo vas a entender tú!
-¡A ver, a ver, -preguntó, toda decidida- dime qué es!
-Es... el misterio de la Santísima Trinidad.
-Pues fíjate tú -contestó, entre nuestras risas, con un gesto que la retrataba perfectamente- ¡eso es, precisamente, lo que a mí me resulta más fácil de entender!"
5. UNA MIRADA LIMPIA
Hasta 1948 "ganaban" los niños: tres a dos. Enrique, Jorge e Ignacio "frente a" Montse y Pilar. Pero al año siguiente se cambiaron insospechadamente las tornas: el 3 de mayo del 49 los pequeños Grases contaban con dos hermanas más, gemelas: María Cruz y María José. Ahora eran cuatro chicas y tres chicos.
"Esta fotografía -comenta Manolita- es del verano del 49. Se ve que yo acababa de arreglar a Montse y Manuel, al verla tan requetepeinada, le hizo esta foto. Pilar está detrás, con cara de muy mal genio, y ella aparece muy afable, sonriente, con aquella mirada limpia que tenía..."
"Era tan sencilla... No tenía doblez de ningún tipo... Por eso algunas chicas de su misma edad le hacían el vacío, porque delante de ella no se atrevían a hablar de ciertas cosas... Ella ni lo comprendía siquiera. ¡Ay, Montse, cuánto me costó ponerte al corriente de las cosas de la vida!
Me resultó dificilísimo. Manuel me apremiaba de continuo y me recordaba la responsabilidad que tenía: él ya lo había hecho con los chicos.
Yo prefería explicárselo por etapas, sin cigüeñas de ningún tipo, pero de una forma adecuada a su edad; claramente, con naturalidad, pero sin detalles innecesarios, y con sentido sobrenatural. La primera pregunta se la planteó en el Colegio, al leer el Avemaría. Al escuchar la explicación que les dieron, sus compañeras empezaron a desconfiar de sus madres. Y nada más llegar a casa me lo contó, porque me tenía una gran confianza.
-Mira mamá, mira lo que pone aquí: 'bendito es el fruto de tu vientre'. ¿Qué significa? Lo estábamos leyendo unas niñas y no lo entendíamos y me han preguntado a mí qué quiere decir.
-¿Y tú que les has dicho?
-Yo les he dicho que te lo preguntaría a ti y que ellas se lo preguntaran a sus madres; pero me han contestado que si lo hacían las reñirían, y que era mejor que yo se lo explicase cuando me lo dijeses tú.
Recuerdo que se lo aclaré y le insistí mucho en que le dijese a las niñas que se lo preguntasen a sus madres -que son las que deben explicar estas cosas- , pero que ella no les tenía por qué explicar nada...
A los pocos días le pregunté:
-Montse, ¿has pensado sobre lo que hablamos el otro día?
-No, mamá.
-¿De verdad, de verdad, Montse que no te ha dado nada que pensar, ni tienes ninguna preocupación?
-No.
-Pues mira, me vas a prometer una cosa: si sientes la menor curiosidad sobre lo que te he dicho, me lo dices y continuaremos. ¿Me lo prometes?
-Sí, mamá.
Y así se quedó..."
¿Por qué pones tus ojos en la tierra...?
"Siempre le he dado gracias a Dios -sigue contando la madre de Montse- por la gran confianza que nos teníamos y muchas veces he meditado en lo importante que es que los padres se hagan realmente amigos de sus hijos para llegar a tiempo en sus pequeños y grandes problemas...
Aunque ella, verdaderamente, no tuvo especiales problemas. Tuvo una infancia muy feliz. Salvo las enfermedades, todos los recuerdos que conservo de los primeros años de su vida son recuerdos llenos de alegría, como esta fotografía de 1949 en la que aparece junto a un payaso en un festival infantil del Ideal Pavillón":
"El Ideal Pavillón -explica Manolita- era una colonia de viviendas en Vallvidrera, donde se organizaban de vez en cuando algunas fiestas para niños. Montse participó en varias. Recuerdo que una vez escenificó, junto con otros niños, una pieza de Llongueras que se llamaba 'El General Bum-Bum', en la que salían desfilando como soldaditos
El General Bum-Bum
Davant del seus soldats
fa tremolar la terra...
¡Ram, ram, pataplam!
¡Cómo disfrutaba en aquellos veranos en Vallvidrera! Recuerdo que allí le cortaron por primera vez la trenza. La tengo guardada y es preciosa, de un rubio muy bonito...
También recuerdo otro festival en el que salió a recitar una poesía que encontré en uno de sus libros de colegiala: 'Las golondrinas'... La grabamos en película, porque después de casarnos nos compramos una maquinita de filmar en dieciséis milímetros, y como no teníamos dinero para hacer películas habitualmente, nos hicimos el siguiente planteamiento: vamos a comprar un rollo cada año y filmamos a los niños cada Domingo de Ramos y en las fiestas importantes. Y así lo hacíamos... Estuvo muy graciosa en aquel festival, haciendo de broma unos melindres y unos gestos muy repipis, muy poco suyos, porque ella era todo lo contrario: espontánea y alegre...
Recuerdo que se adelantó hacia el público, cruzó los brazos delante del pecho -igual que cuando se nos fue- y mirando al cielo, dijo:
Golondrina,
Golondrina...
¿Por qué pones tus ojos en la tierra
si tienes tu morada en el cielo?
...'Por qué pones tus ojos en la tierra si tienes tu morada en el cielo'... No recuerdo más versos de aquella poesía, es una pena, pero de éstos me acuerdo perfectamente. Lo mismo que de aquellas fiestas de Pascua y de aquellos domingos de Ramos...
En casa hemos celebrado siempre mucho el domingo de Ramos. A los pequeños... ¡qué ilusión les hacía! El día anterior cada madrina les iba trayendo una palma a cada una de sus ahijadas y un palmón a los chicos, y las dejábamos todas preparadas en el recibidor; y el domingo por la mañana los primeros que salíamos de todo el barrio con nuestras palmas éramos nosotros. Las chicas se ponían su mejor vestido y los mayores, como Enrique, iban con bombachos, como se estilaba en aquella época...
Al acabar la Semana Santa, durante la Pascua, en Cataluña se suele tomar un postre típico que se llama la `mona de Pascua' que regala el padrino. Los niños la esperaban con especial ilusión. Como lo sabíamos, los animábamos a que alguna la diesen a personas necesitadas. Era un modo concreto, que nos parecía muy adecuado a su edad, de ayudarles a vivir la virtud de la caridad y a ser generosos en algo que les costase... Lo mismo hacíamos con los regalos de Reyes.
De todos modos, por lo que respecta a la mona de Pascua, los dejábamos en plena libertad; cada cual la podía dar o no; aunque los animábamos mucho a ser desprendidos. Por eso, los llevábamos algunas veces al Asilo de San Juan de Dios para que acompañaran a los niños enfermos o al Asilo de San Rafael para niñas. Cuando nació Enrique habíamos suscrito una pequeña cuota a su nombre en el de San Juan de Dios y, al nacer Montse, hicimos lo mismo en el de San Rafael".
"Esta fotografía que viene ahora es de esa misma época: nos la hicimos en agosto del 49, mientras paseábamos por una calle de Barcelona. Quizá fuese a la salida de Misa; o no, porque están sólo dos, Enrique y Montse, y a Manuel y a mí nos encantaba ir a Misa, los domingos por la mañana, con todos los niños juntos..."
Octubre de 1950. En el internado
"En septiembre de 1950 -sigue contando Manolita- nació Rosario. Ya teníamos ocho hijos. Y gracias a Dios, robustos y fuertes. A los niños, de pequeños cuando tenían alguna enfermedad, los llevaba al doctor Moragas, que era, aparte de un gran médico, una excelente persona: un hombre de pocas palabras y muy poco visitero. Algunas de las enfermedades normales -el sarampión, la tosferina- me las controlaba por teléfono; luego venía, daba un vistazo rápido, y ya en el rellano, mientras se despedía, me decía lo que tenía que hacer...
Sin embargo, cuando le llamé por teléfono aquel día de octubre de 1950 para decirle que María Cruz, que tenía un año y pocos meses, hacía unas noches que se despertaba llorando, y que había venido el médico de Vallvidrera y no le había encontrado nada, pero que yo había observado que no quería apoyar el pie derecho en el suelo, no me dejó terminar:
-Dígale a su marido que me venga a buscar inmediatamente, señora.
-No se moleste, doctor -le dije yo-, ya se la bajaremos porque no tiene fiebre.
-No se preocupe por mí y dígale a su marido que me venga a buscar.
Era poliomielitis.
El doctor nos dijo que la mejor medicación era tener una gran tranquilidad en la casa: no le convenían ni los gritos, ni los correteos de los otros hermanos. Y a consecuencia de eso tuvimos que meter rápidamente a los mayores en el internado: a Enrique y Jorge, que tenían diez y ocho años, respectivamente, en el de la Salle de la Bonanova y a Montse, que tenía nueve, en el de Jesús-María, de San Gervasio.
¿Qué podíamos hacer? No teníamos otro remedio; y lo tuvimos que decidir en cuarenta y ocho horas... marcamos la ropa de prisa y corriendo, y se fueron internos..."
"Sin embargo, a pesar de mis temores, ¡qué bien se lo pasó interna Montse en el Jesús-María! Cada vez que paso por delante de la puerta del Colegio la recuerdo jugando allí, en el patio, con aquel delantal que le caía tan bien; o contándome cosas de aquella camarilla donde dormía y donde se encontraba tan a gusto... Sí: no cabe duda; en el Jesús-María pasó unos años muy felices...
Ya estaba totalmente recuperada de aquella primera enfermedad seria y era la estampa de la salud. Seguía un poco llenita, es verdad; cosa que les daba motivo a sus hermanos para meterse con ella...
Esto es todo lo que recuerdo de aquellos años... Gracias a Dios, a pesar de todos nuestros temores, Crucina comenzó a recuperarse muy bien.
Ahora me doy cuenta que con todas estas pequeñeces, Dios la fue preparando poco a poco para lo que iba a pedir después sin apartarla un ápice de lo aparentemente corriente".
¿Una niña excepcional?
Como hemos visto, a sus nueve años, Montse Grases no era una "niña prodigio", como Pierino Gamba, aquel niño italiano que vino a España por esas fechas y asombró a todos al ver cómo dirigía una orquesta. Era una niña buena, piadosa, alegre; con sus virtudes y sus defectos: no tenía nada que ver con las heroínas "imperiales" del momento: ni con aquella Antoñita la Fantástica que hacía las delicias de las quinceañeras, ni con ninguno de los "niños santos" de algunos libros de la biblioteca de su padre.
En esa biblioteca Manuel Grases guardaba un ejemplar curioso: un libro antiguo de tapas negras y cantos dorados, con unas letras impresas en oro en la portada y algunas ilustraciones piadosas en el interior, donde se contaba la historia de algunos santos, con el bienintencionado deseo de mover a la emulación...
Con un deseo bienintencionado; pero sólo eso. Porque, en las primeras páginas de esas biografías, se narraba cómo ya en su más tierna infancia algunos de esos santos hacían cosas tan extrañas como no mirar las vidrieras de las catedrales para guardar la vista; y alguno llegaba a más: no mamaba los viernes de Cuaresma.
Estos biógrafos conseguían con exageraciones de este tipo, que más que con lo excelso rayan con lo ridículo -y que son fruto en su mayoría de dudosas leyendas- precisamente lo contrario de lo que pretendían: si buscaban "acercar" a sus jóvenes lectores a la santidad, los hacían correr despavoridos. Porque, ¿quién se plantea, recién salido de la cuna, si es Domingo de Ramos, Miércoles de Ceniza o Viernes de Cuaresma?
Y los escasos lectores que no corrían despavoridos acababan desanimados: porque estos biógrafos mostraban la santidad como algo tan extraño, tan desencarnado de la realidad de cada día, que la volvían difusa, inalcanzable y hermosa, como la luna. Pero tan lejana como ella.
Por el contrario, todo en la vida de Montse nos resulta cercano, cotidiano; familiar casi. En su vida no hay "cosas raras" ni espectaculares. Esto es parte del mensaje de Montse, eco fiel del mensaje del Fundador del Opus Dei: para hacerse santo lo importante es amar mucho a Dios, no hacer cosas raras. Y a Dios se le puede encontrar en los sacramentos, en la oración, en el trabajo, en el trato con los demás, en el deporte...
6. EN LAS DAMAS NEGRAS
"El deporte le gustaba muchísimo -continúa relatando su madre- y en ese campo, destacó en todo cuanto se proponía: lo mismo daba que fuese bicicleta, tenis, ping-pong, baloncesto... Recuerdo un día del verano del 51 una señora de Vallvidrera puso a unos cuantos niños en fila y les dijo: 'a ver quién llega primero a dar un par de vueltas a las viviendas del antiguo Ideal Pavillón'. Montse se animó enseguida. Y durante la carrera le hicimos esta fotografía".
Evidentemente, el circuito de aquella carrera no era el de los Juegos Olímpicos por los que Barcelona sería conocida en todo el mundo casi cuarenta años más tarde: los "triunfos" de Montse no pasaron del pequeño marco familiar. Lo suyo fue siempre muy asequible a todos... Pero ella ponía toda el alma en lo que hacía. Llegó la primera y en la siguiente fotografía se la ve exultante de alegría, recogiendo el trofeo. No era para menos: ¡la primera copa de su vida!
"Al acabar ese verano, en octubre del 51 -sigue rememorando su madre- la cambiamos al colegio de las Damas Negras, que estaba más cerca de casa, en la Travesera de Gracia, donde la matriculamos como alumna externa. Gracias a Dios, Crucina ya estaba prácticamente recuperada y ya no hacía falta que los mayores siguiesen internos. Y Montse, con sus diez años, ya tenía edad suficiente para ir y venir sola al Colegio...
Estoy segura de que sintió mucho aquel cambio de Colegio; no porque estuviese a disgusto en las Damas Negras, sino porque era muy feliz en el Jesús-María. Y ahí ya se reveló un rasgo de su carácter: nunca, nunca, nos hizo la menor manifestación de desagrado...
En esta fotografía lleva el uniforme de su nuevo colegio: azul, con la falda plisada, el cuellecito blanco y el guardamarina...":
El colegio del Santo Niño Jesús, es popularmente conocido como "el de las Damas Negras". Es un colegio religioso, situado en el centro de la ciudad, fundado en el siglo XIX, el 12 de diciembre de 1860, por las Hermanas del Niño Jesús. Nicolás Barré, tras una consulta al Santo Cura de Ars, que confirmó la necesidad de "que hubiese una escuela del Niño Jesús en Barcelona". Cuenta con edificio amplio, de seis pisos, más otros dos, bien iluminados por grandes ventanales, y un gran jardín.
Durante aquel curso de 1951 contaba con unas ochocientas alumnas, atendidas en su mayoría por religiosas a las que, según la costumbre entonces vigente en la Institución, de origen francés, denominaban "Madame": Madame San Miguel, Madame María Eugenia...
Ana Vallejo, que coincidió con Montse en aquellas aulas, la recuerda jugando a la pelota, en el breve recreo mañanero, con su cabello castaño, su expresión alegre y su habilidad característica para los deportes, pero no destaca en ella ningún rasgo especial: era una más en aquel Colegio, donde abundaban los hijos de familias numerosas, como Montse, y donde se dejaban sentir todavía las carencias materiales de la posguerra.
Una vez hecho el Ingreso de Bachillerato, Montse se enfrentó, a partir de septiembre del 51, con las materias del primer curso de Bachillerato: Latín, Lengua, Matemáticas, Ciencias Cosmológicas... Junto con esas asignaturas, se daban otras englobadas bajo el título "Enseñanzas del Hogar": Labores, Música, Formación familiar y social; y no faltaba una, cuyo nombre evoca el período político que atravesaba el país: "Nacionalsindicalismo". Se matriculó también en los cursos preparatorios de Solfeo y Piano, en la Academia Guiteras.
Aquel curso el Colegio tuvo un trasiego especial: se alojaron allí unas 350 personas, con motivo del XXXV Congreso Eucarístico Internacional, que se celebró en Barcelona, con gran afluencia de gentes.
Llegaron las Navidades y Montse, siguiendo una costumbre iniciada años atrás, felicitó las navidades a sus padres con una tarjetón. En los años anteriores ella misma había confeccionado estos christmas: un tarjetón con recortes de papel coloreado que componían figuras navideñas; o unos dibujos ingenuos y sencillos del Nacimiento... El texto era escaso. Este año Montse se sirvió de una tarjeta ya impresa. La novedad, como se ve en la fotografía, se encontraba en el contenido: la felicitación estaba escrita en francés.
En el mes de junio de 1952, las calificaciones de Montse acusaron el cambio de colegio: oscilaron entre el notable en Religión y el aprobado en Labores, Música y el resto de las asignaturas. Hizo agua en Geografía y Matemáticas. Y afortunadamente, no tenía Literatura... En sus estudios de Piano, en la Academia Guiteras, obtuvo notable y en el curso de Solfeo, sobresaliente.
Rosas y espinas
A comienzo de los cincuenta, seguía el desempate: tres chicos -Enrique, Jorge e Ignacio- y cinco niñas: Montse, Pilar, María Cruz, María José y Rosario. Montse era "la segunda de los mayores", y se divertía entre los juegos de sus hermanas y las discusiones de sus hermanos sobre si el Barcelona era mejor que el Madrid o si había alguien en el mundo entero que metiese más goles que Kubala...
Mientras tanto, el país se iba reponiendo lentamente de las heridas de la guerra. La radio, altavoz cotidiano de los cambios sociales, fue "dando el parte" año tras año, del fin de las cartillas de racionamiento, del ingreso de España en la Unesco, de la muerte de Stalin, de la fastuosa coronación de la reina de Inglaterra, de los triunfos del "rey de la montaña" Federico Martín Bahamontes...; todo, amenizado por las rancheras de un Jorge Negrete que seguía soltando, por debajo del amplio ruedo de su sombrero mejicano, su famoso chorro de voz.
Montse vivía indiferente a este mundo cambiante, feliz y sin problemas, aunque de vez en cuando -muy de vez en cuando- surgía alguna pequeña espina...
"Una vez -recuerda su padre- me contó a la vuelta del colegio que le había enseñado a la profesora un dibujo que había hecho el día anterior y que le había dicho que era una mentirosa, que la había engañado, que aquel dibujo no era suyo. Aquello la había humillado, sin duda alguna. Entonces le pregunté qué había hecho: `nada', me dijo. Había bajado la cabeza sin protestar..."
En junio de 1953 terminó segundo de Bachillerato. Las notas, una vez asumido el cambio de colegio, mejoraron: alcanzaron el sobresaliente en Música y en Formación familiar, navegaron entre el notable y el aprobado en el resto de las asignaturas y naufragaron decididamente en Literatura. Afortunadamente, se mantuvieron en inestable equilibrio -un cinco "de chiripa", en el argot estudiantil- con el Latín. Se conservan algunos ejercicios de clase: "ubi?, en donde, quo? a donde, unde? de donde". No parece que le entusiasmaran a Montse mucho a esa edad -y es comprensible- las declinaciones y casos de aquella lengua. Y estaba claro que la literatura no era lo suyo. En Piano obtuvo sobresaliente; y en Solfeo, sobresaliente con distinción.
Lo que sí le entusiasmaba, por lo que recuerda su madre, era la catequesis para niñas de condición más modesta que organizaban sus profesoras en un suburbio de Barcelona. "Recuerdo -cuenta su madre- que iba muchos domingos.... ¡con una ilusión! Les llevaba juguetes, libros, golosinas..."
La Madre María Eugenia, una de sus profesoras, la recuerda como una niña sencilla, querida por todas, y un poco tímida.
Posiblemente, un deseo de entrega anidaba en su alma. De ser así, esto no constituiría nada excepcional. Es probable que muchas de sus compañeras soñasen también con entregarse a Dios. Esos deseos generosos resultaban relativamente frecuentes en el seno de aquellas familias cristianas -como la de los Grases-, verdadero semillero de vocaciones para la Iglesia, donde prendían desde pequeños los ideales de santidad y entrega.
El hogar de los Grases, como hemos visto, era un hogar cristiano, pero sin beaterías de ningún tipo. Dios era lo primero en aquella casa, pero no se pasaban el día rezando Rosario tras Rosario. Su tren de vida era muy similar al de tantas y tantas familias católicas españolas. Por la mañana había bostezos de sueño de los más pequeños, algún que otro rezongueo en la cama hasta el último minuto y un ajetreo bullicioso de deberes, carteras y galletas del desayuno. Manuel Grases se marchaba al trabajo y, a continuación -uno, dos, tres, cuatro, cinco...-, los pequeños iban bajando uno tras otro escaleras abajo; y tras el desembarco más o menos pacífico de aquella tropa infantil en el autobús colegial, venía la paz. Y con la paz, la guerra doméstica y diaria del barrido y el fregado en el que Encarna Ramos, una chica de Cañete de las Torres, ayudaba diligentemente a Manolita.
La mañana se pasaba rápida: Manolita aprovechaba para ir a Misa y luego, ayudada por Encarna, cuidaba de la pequeña Rosario. Entre las dos arreglaban la casa, hacían las camas y preparaban la comida mientras escuchaba un poco la radio. En la radio -un Telefunken, modelo "Cruz del Sur"-, Concha Piquer, la tonadillera por excelencia, solía suspirar unas veces por un marinero que se fue en un barco, y otras las hacía reír con su "Niña de la estación":
... como ver pasar los trenes
era toda su pasión,
en el pueblo la llamaban...
¡La niña de la estación!
Adiós, adiós, buen viaje
Adiós, que lo pase bien,
recuerdos a la familia,
al llegar escríbame...
Por la tarde, tras la comida familiar, volvía Manuel al trabajo y los niños al Colegio -salvo los jueves- y Manolita solía encontrar un rato para rezar el Rosario o hacer una visita al Santísimo en alguna parroquia cercana. Luego seguían las labores domésticas con Encarna, y con frecuencia, entre zurcido y zurcido, reían los últimos chistes que había contado Pepe Iglesias, "el Zorro" -un conocido humorista- por la radio el día anterior en aquel programa que comenzaba: "Yo soy el zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos".
A esas horas de la tarde se escuchaban con frecuencia por el patio ecos confusos de llantos y suspiros: "Carlos... Nita..." No había que preocuparse: era sólo el enésimo episodio de "Lo que nunca muere", una larguísima radionovela de Guillermo Sautier Casaseca, interpretada por Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa, que tenía la rara virtud de detenerse siempre en el momento más interesante... Manolita no seguía estos seriales: no era amiga de pasarse las horas muertas escuchando la radio. Y además, la tarde -y el sosiego- se pasaba volando. Porque a las cinco y media volvían los niños del Colegio como una invasión, jugando, riendo, brincando, pidiendo la merienda, y con todos los deberes por hacer. Y así les daba la hora de la cena. Y por la noche, hasta que se iban a la cama, juegos y más juegos y carreras por toda la casa. Sólo cuando se acostaban ¡al fin! Manuel y Manolita podían sentarse un rato en la sala de estar, para charlar con un poco de calma.
Antes de acostarse los pequeños Grases rezaban siempre las oraciones que les había enseñado su madre. "Dios mío protégenos y danos la paz"; Montse decía una oración muy sencilla: "Dios mío, hazme buena, a Enrique y a mí".
Pero luego, con el paso de los años, aquella plegaria fue requiriendo una cierta dosis de memoria: "Dios mío, hazme buena -rezaba Montse cada noche-: a Enrique, a Jorge, a Ignacio, a Pilar, a Crucina, a María José, a Rosario... y a mí".
A continuación había de todo: noches de sueño plácido; noches de risas y bromas; y noches de guerra de almohadas, mientras se escuchaba, lejana, la radio de los vecinos, con los ecos de la "Cabalgata fin de Semana", de Bobby Deglané...
Aquí aparece Manolita con sus cinco hijas. Al fondo, el voluminoso aparato de radio.
7. SANTIDAD EN EL MATRIMONIO
Durante ese periodo, en el verano del 52, el Opus Dei pasó de nuevo, casi rozando, junto a la vida de los Grases...
"Tanto Manolita como yo -explica Manuel- procurábamos desde hacia años vivir una vida cristiana, y habíamos incorporado determinadas costumbres: por ejemplo, íbamos a misa con frecuencia, asistíamos todos los años a Ejercicios Espirituales... pero con lo que hacíamos -nos decían- ya teníamos bastante...
Sin embargo yo sentía en el alma una inquietud, como lo diría, un deseo de hacer más por Dios. Pero ¿cómo? ¿dónde? Nunca había oído hablar del Opus Dei, aunque la Obra de nuevo, como me había sucedido años atrás en Burgos, estaba pasando físicamente a mi lado...
Sucedió lo siguiente: cuando estábamos en Vallvidrera, veíamos con frecuencia a unos señores, alojados en el Hotel Vallvidrera, que paseaban carretera arriba y abajo, junto a la puerta de nuestra torre, camino al Tibidabo. En algunas ocasiones iban charlando con un sacerdote muy alto. Luego supe que se trataba de don Emilio Navarro.
Un día, casualmente, lo comenté con un amigo mío, José Cusó Abadal, y me dijo que posiblemente estaban haciendo un Curso de retiro dirigido por algún sacerdote del Opus Dei.
-¿Y eso qué es?
Me dio una explicación muy sencilla y me comentó que tenía un primo, Juan Bautista Torelló, que era sacerdote de la Obra. De esa conversación saqué la idea de que sólo podían pertenecer al Opus Dei hombres y mujeres célibes.
-¡Qué pena -le dije- que no haya nada parecido para nosotros, los casados!"
No sabía Manuel Grases que las personas casadas podrían formar parte del Opus Dei. Del 25 al 30 de noviembre de 1948, el Fundador había dirigido un retiro espiritual en Molinoviejo, un Centro de Convivencias cercano a Segovia, al que asistieron quince hombres que estaban dispuestos a ser plenamente del Opus Dei dentro del estado matrimonial. Eran el comienzo de una labor que llevaría a miles de hombres y mujeres de todo el mundo a asumir la tarea de santificar su vida familiar y convertir sus casas, como le gustaba decir a don Josemaría, en "hogares luminosos y alegres".
Se confirmaba entonces lo que don Josemaría había dejado escrito en "Camino" muchos años antes y que muchos de esos hombres habían podido escuchar de sus propios labios: "¿Te ríes porque te digo que tienes 'vocación matrimonial'? -Pues la tienes: así, vocación".
Entre esos hombres -que se denominarían miembros supernumerarios- estaba Tomás Alvira, aquél que el Fundador no había querido abandonar durante la travesía de los Pirineos, cuando se encontraba totalmente desfallecido.
El Fundador recordó siempre que estos hombres y mujeres no constituyen una categoría aparte dentro del Opus Dei: todos los miembros de la Obra tienen la misma vocación. A ellos les corresponde vivir esa única vocación en su circunstancia concreta: en su hogar, con su mujer, con sus hijos, en la vida matrimonial que es, como recordaba don Josemaría, "una vocación divina".
"Yo tampoco había oído hablar nunca del Opus Dei -comenta Manolita- y al igual que Manuel, sentía deseos de dar más y no sabía cómo".
8. UNA NUEVA BENDICION DE DIOS
Dios había bendecido abundantemente a la familia Grases: les había dado ocho hijos y una posición económica relativamente acomodada. Quiso bendecirlos aún más y les concedió... una quiebra económica.
Sorprendente modo de bendecir, pensará el lector. Pero el cristiano sabe que cuando Dios permite el descalabro económico esa contradicción es, al igual que el dolor, un signo de predilección. Dios había permitido la ruina económica, como hemos visto, en el hogar del Fundador del Opus Dei, en el de Isidoro Zorzano, en el de María Ignacia...
La llegada de la ruina económica suele tener con frecuencia una característica: se presenta, desde un punto de vista humano, en el peor momento. Terminada la ampliación de los Productos "Pyre", Manuel Grases había promovido, años atrás, un almacén de maquinaria, que empezó a atravesar, a comienzos de los cincuenta, una situación difícil. "Todo fue fruto -explica Manuel Grases- de una competencia desleal en el negocio que nos dejó en muy poco tiempo, en una situación económica muy apurada. Y nos vino cuando teníamos un buen número de hijos, algunos ya bastante crecidos y había que pagar todos los colegios..."
Los pequeños Grases, sin comprender demasiado lo que sucedía, vieron como sus padres se esforzaban por vivir todas las obligaciones de justicia -y algunas que no eran tan de justicia, pero eran propias de un corazón cristiano- con los trabajadores que dependían de ellos, aunque el cumplimiento de esas obligaciones los dejara en las últimas... Fue una lección de honradez y rectitud que nunca olvidarían.
"A pesar de que nos quedamos en las últimas -recuerda Manuel- no quisimos quitar a los niños de los Colegios a los que iban, porque allí les daban, aparte de la formación humana y académica, una buena formación religiosa, y pensábamos que su educación era lo primero. Y comprobamos que Dios aprieta, pero no ahoga, porque en ambos colegios me dieron toda clase de facilidades. Y no se me olvidará nunca aquel día por la mañana...
Teníamos pendiente una deuda urgente y no sabíamos como resolverla. Habíamos puesto ya todos los medios: habíamos vendido el coche, y Manolita ya no podía contar con la ayuda de ninguna chica para las faenas de la casa. Tenía que enfrentarse, sola, con el cuidado de los ocho hijos... Y yo estaba acosado por las deudas. Era una situación terrible.
No sabíamos qué hacer... y aquel día, nos abandonamos en los brazos de Dios: 'Tú sabes Dios mío, que no sabemos como salir adelante, que tenemos ocho hijos...'. En ese preciso momento se presentó el cartero que nos traía un giro postal de 40.000 pesetas que nos mandaba un 'hereu de confiança' de unos parientes míos de Manresa que habían fallecido y de los que ni siquiera conocía su existencia. Eso nos ayudó a confiar siempre en Dios, pasara lo que pasase..."
Años felices
"Sin embargo, a pesar de esas dificultades económicas, yo guardo unos recuerdos muy felices de aquellos años -comenta el hermano mayor, Enrique-. Eramos una familia numerosa, muy alegre, muy divertida, pero muy ordenada. Nuestros padres nos insistían mucho en la virtud del orden, y en todo lo relativo al uso de nuestras cosas, o del cuidado de los libros, y el hecho de que no nos sobrara el dinero nos ayudó a hacernos más responsables y a que nuestros padres no tuvieran que estar siempre encima de nosotros, diciéndonos: `¿y ese balón qué pinta en el pasillo? ¿Y esos calcetines que hacen tirados por ahí?'
Esa virtud del orden significaba para nosotros, que éramos tantos hermanos, y en aquella situación económica, algo importantísimo.
Ahora, con la perspectiva de los años, veo con mayor claridad que el hecho de haber nacido en el seno de una familia numerosa es una experiencia muy grata y enriquecedora. Te acostumbras a compartir. No tienes 'tu' habitación: es siempre 'nuestra' habitación. Y sobre todo a los mayores, como a Montse y a mí, a los que nos confiaban los más pequeños, esa situación nos hacía madurar y nos obligaba a estar siempre pendientes de los demás.
De todos modos, las familias numerosas tienen un problema: siendo tantos es fácil disgregarse... por eso, nuestros padres nos enseñaron a estar unidos por encima de todo, a ver la familia como un proyecto común: cada uno en su sitio, pero con un proyecto común. Todos teníamos que aportar nuestro granito de arena para sacar la familia adelante, de tal forma que los problemas, al multiplicarse por ocho, no nos aplastaran como una losa.
Todo esto lo fuimos comprendiendo a medida que íbamos creciendo, y dándonos cuenta de lo justos que andábamos en lo económico y de cómo nuestros padres se sacrificaban por nosotros... Eso nos llevó a rendir más en los estudios, a no pedir caprichos y a conformarnos con lo que teníamos... Yo, por ejemplo, veía a mis compañeros de colegio siempre con dinero en el bolsillo para comprarse unos helados o cualquier chuchería, o para jugar al futbolín... Y yo sabía que si quería jugar al futbolín, que me apasionaba, lo tenía que recortar de las dos o tres pesetas que me daban para el tranvía.
Eso me enseñó mucho a valorar que el dinero es fruto del esfuerzo y a entender, desde muy pequeño, que aunque lo fácil sea pedir, no puede uno pedirlo todo... Comencé a apreciar las pocas cosas que tenía y a valorarlas mucho más. Hoy esto no se entiende; muchos padres piensan, equivocadamente, que hay que darle a los hijos todo lo que pidan, porque si no, 'se traumatizan'. Es todo lo contrario: para mí aquella experiencia fue ciertamente dura y con 'malos tragos' en mi relación con los compañeros del Colegio, pero en definitiva, muy enriquecedora.
En ese sentido, mi familia fue una escuela de austeridad. Yo siempre le he dado gracias a Dios por no haber ido alegremente por el mundo durante esos años, pensando que podía disfrutar de todo lo que me apeteciese...
También fue una escuela de vida cristiana, vivida con sencillez. Algunas tardes, al acabar los deberes, rezábamos el Rosario todos juntos. Lo solía dirigir uno de nosotros. Luego, nos íbamos a la cama, tras rezar aquella oración: 'Dios mío haznos buenos, a Montse, a Jorge, a...a...a...a...a... y a mí'.
Eramos una familia feliz; pero no éramos una 'familia perfecta': no existen las 'familias perfectas'. Había cosas del funcionamiento de la casa en la que, como es natural, -sobre todo 'los mayores', Montse y yo- no estábamos de acuerdo. Recuerdo que instituimos una especie de 'consejo familiar', muy divertido: tenía lugar los sábados. Nos reuníamos todos y charlábamos y opinábamos sobre la marcha de las cosas de la casa. Eran pequeñas cosas, sin importancia, pero que tan decisivas le parecen a uno cuando es pequeño: si nos dejaban hacer esto, o lo otro... Unas veces se conseguía lo que pedíamos... y otras no. Pero disfrutábamos de esa libertad y de esa confianza para charlar de todo con nuestros padres y para decirlo todo, en su momento adecuado.
Por ejemplo, a mis padres les hacía mucha ilusión que fuéramos a Misa todos juntos -los mayores y los pequeños- los domingos por la mañana. Y eso no era nada fácil de conseguir, porque teníamos que asearnos todos de prisa y corriendo en el único servicio que había -luego se puso otro- y antes de salir, mi padre nos ponía en fila y nos revisaba de arriba a abajo: nos miraba las rodillas, las uñas, las orejas... Y luego marchábamos por la calle, todos juntos, hacia la parroquia... ¿Y qué sucedía? -continúa, divertido, Enrique-. Pues que, como éramos tantos, llegábamos a la iglesia cuando toda la gente estaba sentada, y entonces nos poníamos a buscar un banco donde cupiéramos todos juntos, y claro, sin querer, dábamos el espectáculo... Esto de llevar todos los niños juntos a las personas mayores les suele gustar mucho, pero a los chicos -por lo menos, a Montse y a mí- no nos hacía tanta gracia... Intentamos cambiarlo, pero nada, no hubo manera ¡todos los domingos, todos por la acera, todos juntos a Misa!"
Mira mamá, mira lo que ha pasado...
En junio del 54 la pequeña Montse concluyó tercer curso de Bachiller. Aquel año afortunadamente no había literatura y las notas oscilaron entre los notables en Dibujo y en Hogar y los aprobados en Latín y Matemáticas. En la Academia Guiteras obtuvo de nuevo notable en el segundo curso de Piano y sobresaliente en el de Solfeo.
Mientras tanto, entre la memorización de los ríos de España -con los ojos del Guadiana incluidos- y la evocación gloriosa de las hazañas del Cid, entre los participios, los acusativos, los quebrados, los decimales, las poesías de Lope, y los autos sacramentales de Calderón de la Barca, fueron pasando los años. Casi sin darse cuenta, los pequeños Grases fueron creciendo. Enrique tenía catorce años; Montse, trece... Y un día cuando vino del Colegio, le preguntó a su madre:
-"Mira mamá, mira lo que me ha pasado: a la salida del Colegio nos hemos encontrado con unos chicos que nos han acompañado hasta aquí. ¿Qué te parece?"
-"¿Y a ti?", le preguntó Manolita.
-"Ay, no sé, no le veo el qué... Pero, ¿verdad que eso no es malo?"
-"No, Montse, de malo no tiene nada. Pero, ¿sabes qué pasa...? Que hoy han sido estos dos chicos, y mañana serán esos dos y otros dos más... y pasado...; y verdaderamente, Montse, a tu edad, es un poco pronto. Eres demasiado joven, ¿no te parece?"
Tenía trece años. La edad en la que muchos chicos y chicas comienzan a hacer pinitos, a tontear, y a cambiar la voz. La edad de las espinillas, de los suspiros, de los pitillos furtivos y del "¡yo ya soy mayor!" En definitiva: la "edad del pavo".
Montse resolvió aquel primer envite de la vida con la misma sencillez de siempre: fue, se lo contó a su madre, entendió y le hizo caso.
Pero una cosa es predicar y otra dar trigo... A los pocos días, otro chico la abordó nuevamente por la calle y Montse, poco experta en aquellos menesteres, no sabía qué hacer. El pelmazo seguía probando fortuna, preguntándole por unas amigas y por otras: "¿No conocerás tú a fulanita? ¿No te suena una tal menganita?"
Montse trataba de explicarse y cortar por lo sano, pero el otro seguía y seguía, tozudo.
Hasta que en un determinado momento, como no sabía cómo salir de aquel embrollo, se volvió hacia el chico y le dijo con mucho genio... lo primero que se le vino a la cabeza:
-"¡Mira! ¿Sabes lo que te digo...? ¡Que mi madre me ha dicho que soy muy pequeña!"
No era el mejor argumento, desde luego. Pero fue eficaz: "¡Lo dejó plantado! -recuerda Manolita-. Le dio la espalda y salió corriendo... Yo me río cada vez que lo recuerdo, y me confirma la inocencia de su alma, y aquella sencillez con la que lo abordaba todo..."
9. LLAR
Rosa Pantaleoni
Años antes, a la misma edad que Montse, otra chica barcelonesa, Rosa Pantaleoni, se enfrentaba con los primeros problemas de su adolescencia. Pero sus problemas no se resolvían tan fácilmente como los de Montse con el pelmazo que la aguardaba a la salida del Colegio. Eran de orden físico: padecía desde los ocho años poliomielitis en las dos piernas y ahora se veía obligada a caminar con muletas y con mucha dificultad, después de estar en silla de ruedas durante mucho tiempo. Y tenía un brazo mal.
"Conocí el Opus Dei en un momento decisivo de mi vida -cuenta Rosa- a comienzos de los cincuenta, cuando pensaba que por mi defecto físico tenía todos los motivos para sentirme desgraciada...
Hasta que un día, hablando con don Florencio Sánchez Bella, un sacerdote del Opus Dei con el que me dirigía espiritualmente, le comenté:
-Don Florencio, ¿no ve qué desgraciada soy?
-¿Desgraciada por qué? ¿Es que no quieres a los demás?
-í, le dije tímidamente.
-¿Es que no puedes hacer cosas por los demás?
-Sí...
-Pues entonces -me dijo, con mucha fuerza- ¿qué necesidad tienes de pensar en otras cosas? Ya sabes que el Padre dice que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra..."
"Aquello me animó mucho y me puse contentísima al pensar en estas palabras: 'La felicidad del Cielo...'
Al Padre lo conocí años después, cuando yo ya era del Opus Dei, un día de mucho frío, en el aeropuerto de Barcelona, durante una escala que hizo aquí. Fuimos tres chicas del Opus Dei a saludarle. Yo era muy jovencita y al principio estaba como avergonzada... Nada más vernos, se acercó a nosotras sonriendo.
-Hola, Padre -le dije-, me llamo Rosa Pantaleoni y voy a estudiar Farmacia.
-Ah, sí, hija mía -me comentó en tono divertido-, ¡serás boticaria!
Y añadió, con un tono que indicaba que aquello debía recordarlo siempre:
-En las rebotica