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Montse Grases
José Miguel Cejas

Capítulo: Tiempo de dudar, tiempo de decidir

Es la hora de la ronda.
El Amor pasa.
1. EN LA ESCUELA PROFESIONAL PARA LA MUJER
Los años no pasan en balde. Se lo decían a Manolita todas sus amigas: "tu hija ya está hecha una mujer". Y era verdad. En aquel octubre de 1956 Montse había cumplido ya los quince años y era una chica guapa que llamaba la atención por sus ojos de mirada profunda.
No era presumida y su modo de vestir gustaba a unos sí y a otros no, porque nunca llueve a gusto de todos. "Tenía bastante mal gusto en vestirse", cuenta una amiga, que la recuerda "con una falda pantalón marrón y un mambo de colores amarillos y rojos". Ana María reconoce que tenía algunos gustos "un poco especiales". Otras personas, como Andrés Framis, opinaban que vestía bien; y otras afirmaban "que tenía mucha gracia para ponerse las cosas", y "que su aspecto era muy moderno". Sea como fuere, Montse solía vestir casi siempre de sport, con el estilo de los cincuenta, un estilo que apasionó de nuevo a la juventud en los primeros noventa. Vaivenes de la moda.
Tampoco con su madre coincidía en los gustos. Manolita, desde luego, no era de la misma opinión que su hija acerca de aquel jersey de punto a rayas verticales azules y blancas que a Montse le gustaba tanto y le parecía de lo más moderno. A su madre más que moderno le recordaba la camiseta del Español.
-"Pero, ¿cómo puedes decir eso, mamá? -protestaba- ¡La camiseta del Español!"
"¡Uf! -recuerda su madre- No le gustó nada que se lo dijera, con lo que a ella le gustaba aquel jersey!"
Prueba de ello es que aparece en varias fotografías con él, como en esta en la que juega con sus hermanos pequeños en la terraza de su casa, el día del domingo de Ramos.
Gustos aparte, todos coinciden en que Montse destacaba por su sencillez, que en aquellos momentos venía exigida en gran medida por las circunstancias económicas que atravesaba su familia. Eran ocho hermanos y no nadaban en oro. Pero los problemas se resolvían con imaginación y buen humor. Su madre era experta en esas metamorfosis que a veces sufre la ropa en las familias numerosas a medida que va descendiendo del mayor al menor: una camisa floreada puede acabar siendo un pañuelo, y un jersey con los codos gastados puede convertirse en un chaleco, pero siguen sirviendo...
Había terminado, en junio de 1956, el Bachillerato elemental. Seguía con sus clases de Piano y Solfeo: en octubre comenzó el cuarto curso de Solfeo y el Preparatorio Superior de Piano. Pero sus padres querían que estudiase en la Escuela Profesional para la Mujer. Eso la obligó a dejar de nuevo el Colegio. "Le costó mucho -comenta su padre- pero se matriculó en la Escuela sin ninguna queja, aunque aquello no la atraía especialmente, porque ella lo que quería era ser enfermera".
En eso coincidía con su amiga Ana María Suriol. Sin embargo, sus padres les aconsejaron, prudentemente, que antes de empezar esa carrera hicieran unas prácticas. "Así lo hicimos -recordaba Ana María Suriol-. Fuimos durante unos meses al Hospital de San Pablo, prácticamente empezamos el primer curso, aprendimos algunas cosas, pero Montse no se encontraba demasiado a gusto en la sala de enfermos. Los trataba con mucho cariño, pero con temor y aprehensión, no atreviéndose según a qué cosas, como era la de poner inyecciones".
"Quería ser lo que ahora se llama Auxiliar Técnico Sanitario -explica su madre- pero como le faltaban dos años de edad para poder ingresar, le aconsejamos que se matriculase mientras tanto en la Escuela de la Diputación, donde podría aprender cosas que le podían ser útiles en el futuro".
Tampoco los estudios de piano le atraían especialmente, a pesar de sus buenas calificaciones y de su gusto por la música. Pero obedeció y siguió estudiando. Estas son algunas de sus calificaciones.
La Escuela Profesional para la Mujer -"L'Escola", como era conocida popularmente- se encuentra en la plaza de la Pietat, en el mismo corazón de Barcelona. Estaba dirigida por Montserrat Sindreu, y era un Centro académico de bastante prestigio. Aunque no expedía títulos, su Diploma-certificado era muy cotizado, y como decía un empresario de la época, con el proverbial sentido práctico catalán: "un certificat té el crèdit que mereix el qui certifica".
La Escuela tenía crédito, y mucho. Y cierta vida cultural: de vez en cuando se organizaban viajes a Italia; dos años antes habían estado en Roma más de cien alumnas con cinco profesoras. También se hacían excursiones a diversas localidades cercanas, como Ripoll, Poblet y Tarragona, y las alumnas participaban en muchos acontecimientos de la vida cultural y religiosa catalana: por ejemplo, en Semana Santa solían asistir a la famosa Pasión de Olesa.
Se respiraba en aquel centro un ambiente cristiano: contaba con un capellán, se organizaban charlas y cursos de preparación al matrimonio, y en aquel año de 1956, cuando se matriculó Montse, la Escuela ofreció a la vecina catedral una lámpara votiva para la cripta de Santa Eulalia, una mártir del siglo III que había perecido bajo la persecución de Diocleciano y es la patrona de la ciudad de Barcelona.
Esa lámpara votiva llevaba grabada una leyenda en latín, que rezaba, bajo el nombre de la Escuela y el escudo de la Diputación: "Santa Eulalia, sé para nosotros ejemplo de firmeza a la hora de vivir la fe".
Montse se matriculó en Formación Doméstica, Dibujo, Corte, Cocina y Oficios Artísticos. Aprendió mucho en aquel centro, porque poseía grandes habilidades manuales, como confirmaba el test de admisión. Sin embargo, comenta su madre, "aunque l'Escola era bastante buena, porque se daban clases de formación doméstica, de corte, dibujo, cocina y estudios artísticos, estaba claro que aquel no era su ambiente: casi todas las alumnas era mucho mayores que ella, con lo que eso trae consigo, en esas edades, de mayor frivolidad, de determinadas conversaciones, etc... Y además tenía un profesor de dibujo que le hacía bromas molestas y le decía que era muy seria..."
Día tras día, camino de l'Escola, realizaba el mismo recorrido por las viejas callejas empedradas del barrio gótico. Pasaba primero por la plaza de Sant Jaume, donde estaban el Ayuntamiento y el Palacio de la Diputación, desde la que se veía la iglesia de San Jaime, en la cercana calle Fernando. Su madre había nacido cerca de allí, y a esa iglesia habían ido sus padres con mucha frecuencia durante su noviazgo, pidiéndole a Dios que les concediera una familia numerosa...
Luego recorría la calle del Obispo Irurita, una de las más hermosas de Barcelona, con sus gárgolas caprichosas sobresaliendo de los muros y un alto pasadizo de línea gótica, con tres arcos de media punta. Era como introducirse de repente en la Edad Media. A mitad de esa calle, a la altura de la calle de la Pietat, con sus paredes esgrafiadas, se divisaba la iglesia de San Severo, en la calle del mismo nombre, en la que se habían casado sus padres.
Dando una pequeña vuelta llegaba a l'Escola, ubicada en la "Casa dels Canonges", casi pegada a los muros de la Catedral "bella joya de purísimo arte, de la que los buenos barceloneses se muestran justamente orgullosos, aunque esto únicamente sea cuando la visitan acompañando a algún forastero", como escribió en 1924 con cierta sorna su abuelo materno en las páginas de "El Noticiero"...
Desde la puerta de l'Escola se atisbaba el cercano claustro catedralicio, con su estanque de agua verdosa alimentado por el agua que emanaban varios sapos de piedra. Allí, entre los árboles y las ocas del estanque, rodeado por un blanco estruendo de palomas, podía contemplarse durante el tiempo de Pascua, uno de los prodigios de la ciudad: "l'ou com balla", el huevo semi-milagroso que se mantenía en inestable equilibrio en la cúspide del borbotón de agua del surtidor. Aquel huevo, náutico y aéreo al mismo tiempo, causaba la admiración de propios y extraños. ¿Por qué no se caía nunca? ¡Ah, secreto, secreto!
La hora de clase. Se cerraban las puertas de las aulas y los viandantes que pasaban por aquellas calles sosegadas podían escuchar el estruendo de las alumnas en aquel viejo edificio de ventanas góticas: un confuso concierto de voces femeninas y de ajetreo juvenil. Unas pintaban sobre grandes tableros; otras se inclinaban concienzudas sobre unos diseños; otras aprendían Encuadernación, Taquigafía, Mecanografía, o repetían una y otra vez, al unísono:
-"Nous partons pour la France. Et quand..."
-"No, no -repetía la profesora-. Nouus. Nouuuus. A ver, repitan otra vez: Nous partons pour la France. Et quand partez vous?"
-"Nouuuus partons pour la France -repetía el coro, monótono- Et quand partez vous?"
2. EL PRIMER CURSO DE RETIRO
Durante todo aquel año Montse había seguido asistiendo a las charlas y las meditaciones de Llar. En el centro le alentaban a santificar el trabajo, a realizarlo cara a Dios: ya no se trataba sólo de superar las asignaturas en junio, sino de encontrar al Señor en las clases de l'Escola; de ofrecerle el trabajo bien hecho, esmerándose por hacerlo con la mayor perfección posible...
Iba con mucha frecuencia a Misa. Y los domingos por la mañana, después de Misa, siempre se la veía dispuesta para hacer deporte con su vieja raqueta. Desayunaba, quedaba con una amiga y ¡al Barcino! Después se volvían juntas a casa, comentando las incidencias:
-"Pues hoy has tenido suerte, porque otra vez no me ganas. Si no llega a ser por ese saque..."
-"Pero, ¿y la media volea que he hecho?, ¿qué me dices de eso?"
-"Que has tenido suerte: me has pillado desprevenida..."
Y en medio de esos comentarios solía hacer una invitación a su acompañante que la pillaba más desprevenida todavía:
-"Oye, ¿por qué no te vienes por Llar? ¿Sabes que tenemos una meditación los sábados?"
........
Es una regla que conoce todo buen jugador. Hay que estar preparado para que el "contrario" te ataque, en el momento más imprevisto, con tus mismas armas. Y ella que, solía invitar a sus amigas a venir por Llar, se encontró de repente con una invitación ante la que se defendió como pudo...
"Un día después de una clase de piano -recuerda Rosa-, la invité a unos ejercicios espirituales. Y me contestó:
-¡Ah! Yo iré a un Curso de retiro cuando quiera, no cuando tú me lo digas.
A mí, he de reconocerlo, aquella contestación me sorprendió un poco. La verdad, aquello no me gustó nada. Por dos motivos: primero porque yo tenía mucha ilusión en que fuera a aquel Curso de retiro; y segundo porque éramos muy amigas y aquélla era la primera cosa de ese tipo que le proponía. Y... ¡tampoco le estaba pidiendo una cosa tan grande!
Pero no fue. Fue más tarde, como me dijo, a los Ejercicios que ella quiso. Sin embargo, aunque no me gustó su respuesta, yo respeté su libertad, porque en el Opus Dei me habían enseñado a amar la libertad de los demás y a no avasallar a nadie, y mucho menos en temas de carácter espiritual.
Aunque de todos modos Montse no era, ni mucho menos, una persona que se hubiese dejado avasallar por nadie ni por un momento... Era una chica con ideas propias. Y eso, aunque no me hiciese caso, era lo que me gustaba más de ella: con sus quince años, tenía mucha personalidad. No era una persona débil, ni mucho menos: a las personalidades débiles las maneja cualquiera. No; Montse era... ¡inmanejable!
Fue a unos Ejercicios que hubo en noviembre, y que tuvieron lugar en Castelldaura, en Premià de D'Alt, a pocos kilómetros de Barcelona".
Castelldaura
Castelldaura era el nuevo Centro de Retiros y Convivencias del Opus Dei en Barcelona. Un relato de la época refleja la ilusión de las que fueron a visitarlo por primera vez. "El tren avanza a lo largo de la costa, como abriéndose paso entre el mar y la carretera; así nos llevará hasta Premià de Mar, un pequeño pueblo limpio y silencioso. A los tres cuartos de hora escasos llegamos (...). Vamos subiendo por la carretera de Premià de d'Alt, donde está situada la casa. Al fondo siempre divisamos el mar (...).
Por fin, distinguimos dos mastines de piedra que, sentados dócilmente sobre dos columnas, guardan la entrada de la finca. Nos acercamos con impaciencia. A través de la cancela, vemos una avenida muy amplia. A cada lado una fila de palmeras esbeltas y encaramadas en sus troncos plantas trepadoras blancas, amarillas y rojas.
Nos acercamos a la casa (...). Abrimos puertas y ventanas y, ante nuestros ojos asombrados, van desfilando el vestíbulo, un salón dorado, un salón verde... Entramos en el Oratorio. Es grande y sencillo. En el retablo hay una imagen de la Santísima Virgen (...). Con la imaginación vemos llena muy pronto toda esta casa (...).
Después, salimos a conocer el jardín. Pinos, abetos y musgo por cualquier rincón (...). Y siempre, desde cualquier sitio, la vista del mar..."
"Aquel fue el primer curso de retiro que organizamos en Castelldaura -recuerda Carmiña Cameselle, una mujer del Opus Dei que iba por Llar-. La casa estaba recién comprada y quedaban todavía muchas cosas por arreglar. Montse era muy apostólica y se llevó a dos amigas".
"En aquel Curso de Retiro -añade Pepa- se siguió el plan habitual: meditación por la mañana, predicada por el sacerdote, Santa Misa, visita al Santísimo al mediodía, rezo del Rosario, Viacrucis..."
Era un intenso plan espiritual que las asistentes sabían compaginar con los modos de ser propios de la edad. "Montse era muy traviesa -recuerda Carmiña- y la noche que llegaron armaron mucho jaleo y bajaron riéndose y formando un estruendo fenomenal por las escaleras. Y al llegar abajo se encontraron con la directora que les riñó. Y ella, como tenía mucho genio, se enfadó..."
Se le pasó pronto aquel enfado. Al día siguiente comenzó a profundizar, al hilo de las meditaciones, en su trato con el Señor. El sacerdote que predicaba aquel Curso de retiro "daba unas meditaciones -sigue contando Rosa- que movían muchísimo al amor a Dios. Después de alguna de esas pláticas venía y me decía en voz baja -eran unos ejercicios en silencio-:
-Rosa, hoy voy a tener tema para pensar..."
¿No te has planteado nunca?
"Aquel primer curso de retiro significó para ella un fuerte impulso espiritual -comenta Rosa-, aunque de todas formas ella ya tenía algunos hábitos de vida interior porque en su casa había un ambiente de profunda piedad, sin beaterías de ningún tipo: se rezaba, y se aprendía a querer a Dios como Padre y a la Virgen como Madre. Por ejemplo, todos los días cuando Montse llegaba a su casa lo primero que hacía era saludar a la imagen de la Virgen de Montserrat que tenían al fondo del pasillo. Así que muchas de las costumbres de vida cristiana que le enseñaron en el Opus Dei ya las vivía, porque se las habían enseñado en su propia casa".
"Un día me preguntó cómo había sido mi vocación al Opus Dei. Yo le dije que eso era una cosa muy personal. 'No, no: ¡me lo tienes que decir!', insistió. Se lo conté y empezamos a hablar de la vocación. '¡Qué feliz eres!', me dijo.
-Pues tú podrías ser igual de feliz si Dios te diera la vocación a la Obra.
-¿Y cómo sé yo si tengo vocación?
-La vocación se ve en la oración -le respondí- porque la vocación la da Dios. No la dan ni las personas ni las amigas. Eso lo tienes que ver tú...
Ella no sabía todavía que sus padres eran del Opus Dei, porque ellos no se lo habían dicho, para respetar su libertad, pero sí que sabía que asistían a los medios de formación del Opus Dei. Y entonces me lancé y se lo pregunté más en concreto:
-Montse, ¿no se te ha ocurrido nunca pensar que quizá Dios te podría llamar al Opus Dei? Piénsatelo..."
¿Por qué lo he de pensar?
Concluyó el Curso de retiro. "Un día la vi muy preocupada -recuerda su madre- y le pregunté qué le pasaba. Me lo contó todo, porque tenía conmigo una gran confianza.
-Mamá, me han dicho: 'Piensa, ¿no se te ha ocurrido...?'. Dime: ¿por qué lo he de pensar?
La vi como desconcertada y sorprendida. Le dije que se tranquilizara y que no se preocupara. Sin embargo, seguía inquieta. No lo veía: '¿Yo, del Opus Dei?', se preguntaba una y otra vez. Y decidió no ir más por Llar.
Al día siguiente fui a Llar y hablé con la Directora y convinimos que lo mejor era que no la llamara nadie. Si quería ir que fuese; pero si no, no había que insistirle.
Estuvo unos días sin aparecer por el Centro. Sin embargo, a los pocos días, sin que nadie le dijese nada, volvió a ir...
A mí, la verdad, me dio mucha alegría que volviera, porque tenía la ilusión de que Dios le concediera la vocación... Rezaba mucho por esa intención y puse todos los medios a mi alcance para ayudarla a ser generosa. Pero siempre la dejé en plena libertad, porque me habían enseñado en el Opus Dei que sin libertad no se puede amar a Dios..."
Esa libertad de la que gozaba Montse se manifiesta en numerosos detalles. Sus padres eran del Opus Dei, pero no la obligaron -siguiendo una viva recomendación del Fundador- a realizar ningún tipo de devoción, ni mucho menos a asistir a ningún Centro del Opus Dei: fue a Llar siempre porque ella quiso. Y por el hecho de ir por allí no perdió el contacto con sus amigas de las Damas Negras. Prueba de ello es que el día 7 de diciembre entró a formar parte de una Asociación mariana del Colegio que se llamaba las "Hijas de María". Y como era habitual en estos casos, con motivo de su ingreso en la Asociación se imprimió una estampa en la que puso, inspirándose en el punto 513 de "Camino":
"Antes sola no podía.
Ahora que he acudido a Ti,
¡Qué fácil es todo, Madre!"
3. LIBERTAD Y ALEGRIA
No se puede amar a Dios sin libertad... y sin alegría. Montse gozaba afortunadamente, en abundancia de las dos cosas. Y la alegría era uno de los rasgos que más le atraían del ambiente de Llar.
Por lo demás, era una chica con los gustos y aficiones habituales de las adolescentes de su tiempo. Unas veces se iba a pasear con sus ocho hermanos, como se aprecia en esta fotografía.
A veces iba con su hermano Enrique y todo el grupo de amigos y amigas a los conciertos del Palacio de la Música, a los que sólo acudían "los mayores": "Yo les pedía que me llevaran, y les decía que a mí la música me gustaba también -recuerda Jorge, el hermano menor-, pero como si nada. No hubo manera de que me llevaran ni una sola vez".
Otros domingos por la mañana se iba con sus amigas a bailar sardanas a la Escuela Virtelia o a una de las plazas de la ciudad. "Durante aquella época -recuerda Pepa- se conservaba esa costumbre en Barcelona; y cada domingo era en un lugar distinto; y las chicas jóvenes se citaban allí para verlas o participar. A Montse le gustaban mucho, lo mismo que escuchar música o pasear".
Uno de los lugares favoritos de los jóvenes de aquel tiempo era el amplio bulevar del Paseo de Gracia, entre el Consejo de Ciento y la Diagonal. Por allí paseaban, arriba y abajo, los chicos y las chicas de su edad, que solían formar tertulias divertidas, sentados en corro, en aquellas sillas que se podían alquilar por 50 céntimos.
Los paseos que hacía con Rosa, por su situación física, eran especiales. Habitualmente daban una vuelta, entre el estruendo de los trolebuses, con su "Isetta" especial. Ese paseo solía terminar en la plaza de Cataluña, donde se detenían un rato entre las encinas italianas de la plaza, para contemplar el bullicio de los que paseaban entre las palomas o charlaban sentados en las sillas de madera dispuestas concéntricamente en torno a la fuente. Luego, tras enfilar la rambla de Cataluña arriba, solían acabar, un día sí y otro también, en Lezo, una chocolatería que reunía todas las condiciones requeridas: no tenía escaleras -cosa que Rosa agradecía-, contaba con un asiento largo junto a la pared, mullido y cómodo, y era el sitio de moda. ¿Qué más se podía pedir?
Otras veces se quedaban en casa, escuchando música. "Le gustaban a rabiar las rancheras", asegura Rosa. Y especialmente aquellas canciones mejicanas que cantaba Jorge Negrete, y que tarareaba con todas las fuerzas de su voz:
Cuando quiere un mejicano
no hay amor como su amoooor
porque lo entrega de veras
sin ninguna condición...
Luego, la voz subía y subía de decibelios:
Así es mi amoooor
Amor del bueno...
con él me lleno
con él se llena
mi corazoooón...
No podía sospechar Montse por aquel entonces hasta qué punto la letra de aquella canción se iba a hacer realidad en su vida, que desde aquel momento iba a dar un giro sorprendente. Pero antes de pasar a este punto, volvamos de nuevo a Roma.
4. LA ULTIMA BATALLA
Mientras tanto, en la sede Central del Opus Dei en Roma, el Fundador iba enseñando, día tras día, con paciencia y fortaleza, a aquellos hombres y mujeres que se formaban a su lado, los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei. Les alentaba a santificar el trabajo de cada día, a hacer cada jornada un esfuerzo amoroso por convertir el gris de lo ordinario en colores agradables a Dios, "endecasílabos de la prosa de cada día", como le gustaba decir. Abría ante sus ojos ambiciosos horizontes de apostolado y hacía crecer en sus almas deseos firmes de servir eficazmente a Cristo y a su Iglesia desde su propia situación en el mundo.
Sus enseñanzas eran exigentes y atractivas al mismo tiempo. Sabía encender en el amor de Dios a los que le escuchaban, conjugando un gran sentido sobrenatural y con su característico sentido del humor. "La verdadera virtud -recordaba- no es triste y antipática, sino amablemente alegre".
.........
Aquel año de 1956 era el cuarto que la hermana del Fundador, Carmen Escrivá, residía en Italia. El primer año lo había pasado en Salto di Fondi, un pequeño pueblo de la costa del mar Tirreno, en una finca con cuya explotación se ayudaba al mantenimiento del Colegio Romano. Le había costado irse de España, "pero pensó -comenta Encarnita Ortega- que, tal vez, podría ser su último servicio a la Obra".
Las condiciones materiales de aquella finca habían sido muy malas: el único acceso con el que contaba era un camino carretero y un puente de circunstancias, que se transformaba, cuando llegaban las lluvias, en un largo barrizal. La casa no tenía teléfono y la calefacción se reducía a tres o cuatro estufas de leña repartidas por las habitaciones, que estaban en obras.
Sin embargo, Carmen Escrivá había afrontado aquella situación con su elegancia y su buen humor habitual. Esas dificultades materiales no suponían para ella ninguna novedad: había ayudado en los comienzos de la labor apostólica en condiciones muy precarias, tanto o más que aquéllas. Y no hacía ningún drama de estas carencias: cuando se desplazaba a Roma algunos fines de semana hablaba de las maravillas del campo, que tanto le gustaba, y minimizaba aquellas incomodidades.
Por fin, en el verano del 53 pudo trasladarse a Roma, donde vivía en una casa situada en Via degli Scipioni. Allí residía en aquel verano del 56. En la entrada, junto a la puerta, recibían a los visitantes una pintura de la Virgen y unos azulejos con una inscripción latina: "sit iter laetus, reditus laetior", alegre sea tu marcha, más alegre tu retorno.
Aquella inscripción reflejaba el ambiente cordial que se encontraban todas las personas de la Obra que iban a visitarla. Como siempre, todo a su alrededor -salvo los ladridos del "Chato", el perro- respiraba buen humor y alegría. Y aunque ahora podía disfrutar de un merecido descanso, seguía atendiendo a las necesidades de unos y otros, con constantes detalles de delicadeza. Estaba pendiente de las necesidades de todos, hasta en los detalles más pequeños. Esta fotografía hogareña, en la que Carmen Escrivá intenta contener el ímpetu del "Chato", recoge su talante humano: alegre, simpático, amablemente divertido, con un carácter fuerte que, como señala Encarnita Ortega, trataba de dominar, y un gran sentido del humor. "Le gustaban mucho los chistes -cuenta Encarnita-: tanto escucharlos como contarlos, cosa que sabía hacer con gracia".
Había consumido su vida en servicio del Opus Dei, y ahora, cuando podía disfrutar de un merecido descanso, aprovechaba todos los ratos para confeccionar pequeñas prendas en el "cuarto de los pájaros", o bordados sencillos que fuesen útiles en un Centro del Opus Dei o en otro. Los que la visitaban nunca se la encontraban mano sobre mano: "nunca la vi sin hacer nada -recuerda Encarnita-. Tenía labores diversas para aprovechar mejor el tiempo variando de trabajo. Como era muy ordenada, conseguía hacer rendir mucho las horas".
Un día, Carmen Escrivá comenzó a sentirse mal. Encarnita Ortega y otras mujeres del Opus Dei la acompañaron en sus visitas a los médicos. Tras las consultas, el doctor Ficari les hizo saber el grave diagnóstico: cáncer de hígado. Cuando estas mujeres se lo comunicaron al Fundador y a don Alvaro del Portillo, Mons. Escrivá les preguntó cuánto tiempo de vida le auguraba el médico. Dos meses, fue la respuesta. "Entonces -escribe Encarnita- nos comentó que, con mucho cariño y haciéndole la reflexión de que si Dios quería podía salvarla, había que comunicárselo y decidió que lo hiciera don Alvaro. Nos argumentó el Padre, más o menos, con estas palabras: Carmen ha ayudado con su trabajo silencioso y con gran generosidad a la marcha de la Obra en distintos Centros y siempre que ha sido necesario; sin ningún alarde y con una disponibilidad plena. Es de justicia que le ayudemos a ganar la última batalla".
Poco después varias mujeres del Opus Dei hablaban con el Fundador, quien les había dicho que iba a darles algunas noticias.
-"¿Buenas, Padre?"
-"Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena".
Y les comunicó la grave enfermedad que padecía su hermana.
"Don Alvaro -cuenta Encarnita Ortega- le explicó (a Carmen) con mucho cariño y claridad, la gravedad de su estado. Al marcharse don Alvaro, después de aquella conversación, y entrar yo a estar con ella, me dijo:
-Alvaro me acaba de dar la sentencia de muerte.
E inmediatamente cambió de conversación. En los dos meses que duró su estancia en la tierra, sólo tangencialmente tocaba ese tema; por ejemplo, para recordarnos algo que había que hacer en una época determinada del año, en la que pensaba que ya no estaría entre nosotros. El resto de las veces no lo mencionaba para no hacernos sufrir, pero a don Alvaro le dijo, la víspera de su muerte, que desde que le dio la noticia de su gravedad, repetía casi constantemente: 'Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía'".
"En ese periodo destacó su serenidad; el abandono pleno en manos de Dios; la obediencia al médico para poner los medios humanos para la curación... Mientras nosotras pedíamos al Señor: 'Señor, si quieres, ¡puedes!' Ella nos confesó que le decía: '¡Que se haga lo que Tú quieras!'
No sólo tuvo conformidad (plena con el querer de Dios), sino que mantuvo el buen humor hasta el último momento y el interés por todo lo que le rodeaba, aunque tenía la persuasión plena de que la muerte estaba muy cerca. Nos decía que diésemos cuerda a los relojes de la casa para que funcionaran; que cerrásemos las persianas para que el sol no decolorase las tapicerías (...).
Se le notaba durante todo ese tiempo muy metida en Dios, muy pendiente de su Voluntad y hablaba con gran naturalidad del Cielo, de su encuentro con el Señor y con la Santísima Virgen. Dividía el día para irlo ofreciendo por diversas intenciones y sacarle así un mayor rendimiento sobrenatural. Tenía deseo de unirse a Dios y nos prometía seguir ayudándonos desde el Cielo".
"El día que Santiago llegó de España para estar en Roma en las últimas jornadas de su hermana en la tierra, quiso esperarle levantada y lo más arreglada posible, aunque el avión trajo varias horas de retraso y estaba muy cansada. Al insistirle para que se acostase, decía:
-Es mejor que le espere levantada para no hacerle mala impresión y evitar que sufra más. (...)"
"Su trato habitual con Dios, junto con la recia formación cristiana que había recibido en casa de sus padres y de la formación doctrinal-religiosa que ella cultivó, le prepararon para aceptar plenamente, 'como una persona santa del Opus Dei', nos comentó don Alvaro, la enfermedad y que el Señor quisiera llevársela cuando aún podía haber vivido bastantes años. Y, no sólo aceptar, sino ofrecer todas las molestias y el dolor, por la Iglesia, por el Papa, y por la Obra".
"El Padre le ayudaba a sobrellevarlos "(sus dolores) "con sentido sobrenatural y con garbo humano. 'Carmen -le decía-: ofrece hoy la sed... la fatiga... el dolor... el cansancio...' y le iba desgranando intenciones: por el Romano Pontífice; por las necesidades de la Iglesia; por el Opus Dei..."
Antes de morir, "pidió y recibió con gran devoción la Confesión -una vez más-, el Viático y la Unción de enfermos. El Viático se lo administró su hermano, que le dijo unas palabras reavivando su fe y ayudándole a pedir perdón a Dios por todas las debilidades y pecados. La Unción de enfermos, Mons. Alvaro del Portillo (...); después de recibirla Carmen le pidió que le hablase de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario".
-"¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?", preguntaba don Alvaro.
-"Tengo una paz interior muy grande -contestaba-. ¡Qué paz!"
-"Tiene una paz interior enorme -comentó el Procurador General de los Agustinos Recoletos, que la había confesado durante su enfermedad-. Se ve que es un milagro del Señor esta docilidad a la Voluntad divina: no he visto ningún enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme".
"Durante sus últimas horas -recuerda Encarnita Ortega- mantuvo en su mano el Crucifijo, que besaba con frecuencia, y hasta que le fue posible iba repitiendo las jaculatorias que frecuentemente le decíamos. Aunque físicamente sentía la inquietud propia de los moribundos, nos decía que estaba muy tranquila, contenta y con deseos de encontrarse con Dios".
En las conversaciones, se hablaba del Cielo, de la misericordia del Señor, y de la felicidad sin término que le esperaba allí.
-"Carmen, ¿quieres ir al Cielo?
-¡Claro que sí!
-Allí está Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y la Virgen Santísima... Cuando veas a la Virgen, pídele por nosotros".
Murió el 20 de junio de 1957, festividad del Corpus Christi, a las 3.25 de la madrugada.
"Tuve la suerte -prosigue Encarnita- de cerrarle los ojos, después de muchas horas pasadas a su lado -horas que marcaban el final- tratando de ayudarle en la última batalla (...). Su cadáver reflejaba una gran paz (...).
Aquella misma madrugada se celebraron cuatro Misas por su eterno descanso. La emoción de aquel momento estaba acentuada por el dolor que se reflejaba en nuestro Fundador y por su identificación con los planes divinos".
La primera de esas Misas, todavía en la madrugada, la celebró el Fundador del Opus Dei. Mientras, continúa relatando Encarnita, "nosotras amortajamos a Carmen, poniendo en cada movimiento y en cada detalle la mayor delicadeza y cariño de que éramos capaces. Rezábamos... Pensábamos... A veces las lágrimas corrían silenciosas: nos costaba creer -¡la habíamos querido tanto!- que ya nunca podría sonreírnos. Además nos había impresionado ver salir al Padre, después de aquel ratico de oración ante el cuerpo inanimado de su hermana. Estaba desencajado, visiblemente afectado, parecía mucho mayor. Y al encontrarnos de nuevo con él media hora más tarde, después de haber celebrado la Santa Misa, parecía otra persona: su rostro reflejaba una paz inmensa y algo que, ante la dificultad de saber expresarlo, me atrevería a decir transfigurado. Nos dirigió una mirada paternal y nos dijo con expresión de absoluta seguridad:
-No lloréis más, que Carmen ya está en el Cielo.
(...) Entró por última vez en Villa Tevere a hombros de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz. Unas horas más tarde descansaba en la 'Sottocripta' que hay en aquella casa".
En el momento del entierro el Fundador se dirigió a los que le rodeaban:
"Mientras bajan los restos de mi hermana, quiero deciros unas palabras. Nos ha enseñado cómo se vive y cómo se muere en el Opus Dei: sin hacer ruido, desapareciendo, sin que nadie se enterara aparte de nosotros, que estábamos muy cerca.
Yo, como sacerdote, os tengo que recordar que encomendéis su alma; sin embargo, ¿queréis que añada una cosa? Tengo mis motivos, porque siento el ímpetu de Dios, y os sugiero que os encomendéis a ella".
"Sí, hijos -explicaría más tarde-, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, y a la Santísima Virgen y a los Angeles... Ahora continúa encomendándonos".
"Llevó la enfermedad -comentó en otra ocasión- como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir le dije que la enterraríamos aquí, en la 'sottocripta'. Y se le ocurrió comentar:
-Oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.
Estaban a su lado, conmigo, don Alvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso (...). Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón".
5. SEVA, VERANO DEL 1957
Volvamos de nuevo al hogar de los Grases en Barcelona, que durante esos días se encontraba en pleno ajetreo. Los chicos habían concluido las clases y preparaban entre todos las maletas para el veraneo. Enrique había terminado sexto de Bachillerato y se preparaba para entrar en el Seminario; Montse había terminado su primer año en la Escuela Profesional.
Aquel verano del 57 en Seva comenzó bajo el patrocinio de San Lorenzo: ¡qué calor! Y eso que en aquel pequeño pueblo junto al Montseny no hacía tanto calor como en Barcelona, pero aun así se dejaba sentir el bochorno, al igual que en el resto del país..., ¡habían dicho en la radio, en "el parte" de las dos y media -comentaban- que en Pamplona estaban a cuarenta grados! ¡En Pamplona!
¡Cuarenta grados! Parecía como si el glorioso santo hiciese participar a los sufridos veraneantes de la propia temperatura de su parrilla...
Y en Europa -así, como algo lejano y separado: Europa estaba entonces mentalmente muy lejos todavía- tampoco les iba mejor: habían muerto doce personas en Francia a causa de la ola de calor y en ciudades como Berlín estaban a 34 grados.
Al fin, el 10 de agosto, fiesta de San Lorenzo, se acabó el martirio: ya estaban asados suficientemente por una parte y por otra, y el astro rey amainó sus furias... Bajaron los grados del termómetro; tomaron los veraneantes un respiro, mientras se seguían comentando las últimas novedades, en las tertulias veraniegas de Seva:
-"¿...Sabe usted que el nuevo coche que ha sacado la Seat..."
-"¿El 600?"
-"Sí; ése; ¡Pues que dicen que alcanza los 90 kilómetros!"
-"¡Qué barbaridad! Eso va a ser el fin del biscúter".
-"¡Y a 65.000 pesetas!"
-"Pues lo que le digo yo: que se acaba el biscúter".
-"Sí, han aparecido dos cerca de aquí: uno en Roda de Ter y otro en San Hipólito...", comentaban las señoras en la inevitable tertulia paralela.
-"¿Dos Seat 600?", preguntaba uno, despistado.
-"No, dos gamos. Deben de haber bajado del Montseny".
-"¿Dos gamos en Roda? Qué raro..."
-"Cosas que pasan".
-"Pues más raro todavía -intervenía otra- es lo de ése que está buscando oro en Madrid, en el parque del Retiro".
La otra contaba. El tema se ponía interesante.
-"Pues resulta que un tal Cervera, radioestesista, o radiestesista, que para el caso da igual, asegura que hay una mina de oro en el mismísimo parque del Retiro, junto a la montaña de agua. Y desde ayer -que lo he leído yo, que viene en 'La Vanguardia'- ya tiene a unos socios capitalistas dispuestos a excavar".
-"¿Y cree usted que allí habrá oro?"
-"¡Vaya usted a saber! De todas formas, como los de Madrid siempre quieren tener de todo..."
Del tal Cervera se pasaba al cine. En las carteleras se anunciaba una novedad: la última película de "Sissi Emperatriz", continuación de "Sissi" a secas, que había hecho furor años antes, donde según una señora, "se lloraba muy bien". Aunque también en lo de llorar hay gustos, porque enseguida replicaba otra:
-"¡Qué va! Donde se llora bien, bien, bien de verdad es en 'La Familia Trapp'..."
Veinte días en Francia
Montse no pudo seguir aquel verano de cerca las peripecias del Señor Cervera en el parque del Retiro, porque, por primera vez, pasaba unos días fuera: ¡En Francia! ¡En el extranjero!
"Durante aquel verano -explica su padre- tuvimos en casa durante veinte días a un chico francés de Limoges, Jean Marie de Catheu; y mientras tanto sus padres nos prepararon el intercambio de Montse con una hija de la Vda. Louvet, que vivía en Saint Leonard, muy cerca de Limoges".
El 6 de agosto se fueron a Francia los tres: Jean Marie, Enrique y Montse, que estuvo hasta el día 31 en casa de la Vda. Louvet, en St. Leonard. En sucesivas postales, fue contando sus peripecias en tierras francesas. Le gustaron especialmente las excursiones por la montaña y la visita que hizo a la catedral de Limoges: "es magnífica, sobre todo las vidrieras que tiene, representando diversos pasajes -contaba-, todos ellos preciosos". Y como todo no va a ser montaña y cultura, también le gustaron mucho las zambullidas en un lago cerca de Cascade, que relataba con rara exactitud germánica: "si miras la postal -escribe-, verás un gran lago. Aquí me bañé yo el segundo día de estar en Francia a las cinco de la tarde".
También hizo mucho deporte. Los partidos la dejaron exhausta, y le decía a su madre en otra postal: "me duele muchísimo el brazo derecho de jugar a tenis, y además con unas raquetas que pesan como un burro..."
La verdad es que en Francia lo pasó muy bien, pero, como suele suceder en estos casos, a la vuelta no tenía demasiado que contar. Hizo el plan habitual de cualquier viaje juvenil al extranjero: descubrir un mundo nuevo, reírse con las equivocaciones del idioma; sorprenderse ante las costumbres del país vecino y sobre todo, escribir postales, muchas postales.
No le gustaba demasiado escribir -estaba claro que lo suyo no era la Literatura-, pero con las postales -a pesar de que de vez en cuando se le colase una hache despistada de la ortografía- no había problemas. La mitad del texto la ocupaba la narración de las andanzas del día; y la otra mitad -otra ventaja de la familia numerosa- la ocupaban las largas despedidas a sus hermanos: "Muchos besos a todos de parte mía -escribe a Pilar- a Mª Cruz, Rosario, Mª José, a Jorge, Ignacio, a Mamá, a Papá y a Rafaelito y a ti un estirón de orejas. Montse".
Durante ese periodo los Louvet invitaron a pasar unos días con ellos a un matrimonio con cuatro hijos. La hija pequeña de esta familia le recordaba mucho a su hermano menor al que le enviaba una postal con una vista de Limoges y le escribía, en tono de broma:
El pequeño Rafael, con su año y medio recién cumplido, no estaba en muchas condiciones de responder a aquella postal del extranjero; pero a pesar de todo se ganó algún regalo de su hermana mayor a la vuelta de Francia. Naturalmente los regalos eran muy sencillos, y no picaban más alto que las chucherías, los "souvenirs" y los caramelos franceses, porque como le contaba a su padre en una postal: "las porcelanas, son magníficas pero carísimas, aquí todo es muy caro".
Robo en Despoblado
En Seva, tras su vuelta de Francia, la vida transcurría con la placidez y el sosiego de siempre. En la vida nacional y local, pasaba lo mismo que en veranos anteriores: es decir, prácticamente nada. Y los periódicos, a falta de noticias, seguían contando las aventuras del tal Cervera, que seguía sacando tierra y tierra del Retiro entre la rechufla general. Harto ya, se llevó a Madrid al Sr. Torrejoncillo al que le había descubierto anteriormente -aseguraba Cervera- una mina de topacio...
-"¿De topacio, dice Vd.?"
-"Sí señor -se comentaba en las tertulias nocturnas-, doscientos kilos de topacio en bruto. ¡Lo leí ayer en 'La Vanguardia'!"
A los amigos de Montse lo de la mina de topacio les traía sin cuidado. Se traían algo más interesante entre manos. Estaban preparando, bajo la sabia dirección del Sr. Maqueda, un sainete en dos actos de Ramos Carrión y Vital Aza: "Robo en Despoblado", para sacar fondos para la parroquia. ¡Aquello sí que iba a ser una mina!
La pieza elegida no era de Shakespeare precisamente. Ni falta que hacía: ¡con lo que les costó aprenderla! Sin embargo, a pesar de su bisoñez, la naciente Compañía vino al mundo con fuerza e ímpetu teatral: se autotitulaba "la Compañía titular de Teatro de Seva", (lo que era una suerte, ya que no había otra) y el programa no se paraba en chiquitas a la hora de resaltar sus cualidades artísticas: era "La mejor del mundo... después de unas cuantas".
En el reparto intervenían actores y actrices bastante conocidos en la localidad.
Doña Nieves .............. María Luisa Xiol
Enriqueta ................. Marisa Ferrater
Matilde ..................... Ana María Xiol
Don Bonifacio ............ Enrique Grases
Se señalaba la colaboración especial de Trini Salvá "que interpretará el dificilísimo papel de criada" y se recordaba -dato importante- que la recaudación quedaba confiada al "fértil numen" de Pepón Ferrater.
"Apuntará -seguía explicando el programa- María Teresa Galilea, especializada ya en las clases de su colegio y transpuntará Josefina Gamboa, que tampoco es muda".
Los precios de las localidades obedecían a un criterio singular:
"Personas hasta 1.50 metros .................... 5,00 ptas.
" desde 1.50 a 2 metros ................ 10,00 "
" desde 2 metros en adelante .......... 203,05 ""
En las Notas se observaba:
"1. La obra a representar es de carácter cómico. Por lo tanto, que nadie diga que le hace llorar.
2. El público debe contener su entusiasmo, absteniéndose de aplaudir todas las escenas. Basta que lo haga al final de cada acto.
3. Los beneficios que se obtengan serán destinados a beneficencia".
El director, don Pedro Maqueda, hombre simpático y cariñoso, era muy estricto a la hora de los ensayos, y la parroquia quedó muy agradecida, porque la representación fue un éxito, tanto de crítica como de público, aunque tanto la una como el otro estaba compuesto -todo hay que decirlo- en gran medida por los padres, madres, hermanos y amigos de los actores y actrices... El evento tuvo lugar en el teatrillo de la parroquia, un local viejo y algo destartalado, el día de la Virgen de la Merced, fiesta de los barceloneses.
Días más tarde tuvo lugar una segunda prueba de fuego ante un público más imparcial: el del pueblo. Esta segunda demostración del talento escénico de aquellos veraneantes fue un poco más comprometida. La función se celebró en domingo, porque los habitantes de Seva trabajaban duro durante la semana. Cosecharon un nuevo éxito: de crítica, de público y de fondos para la parroquia, que al fin y al cabo era lo que más importaba...
Y ahora que estamos contentos
Pocos días antes de la fiesta de la Merced, el 23 de septiembre, Montse había hecho su segundo viaje al extranjero: Andorra, donde estuvo sólo un día. Aquel final de verano del 57 tuvo sabor de despedida. A los pocos días Enrique ingresaría en el Seminario. "Su madre organizó entonces -cuenta Marisa Ferrater-, una de aquellas meriendas en el jardín que tanto le gustaban. Puso el 'pick-up' a todo volumen, escuchamos música, y cantamos muchas canciones.
También hubo alguna canción con una letra un poco más alusiva, que decía, al final, algo así como: 'Vuélvete loco por Cristo...'. Y luego, las de siempre: canciones de montaña, de tuna... 'Clavelitos'... Pero la que más éxito tuvo aquella noche fue la de:
Y ahora que estamos contentos...
Y ahora que estamos contentos..."
6. LA LLAMADA
Entró Enrique en el Seminario diocesano de Barcelona y Montse continuó sus clases en l'Escola. Las buenas calificaciones del curso anterior evidenciaban la formación que había ido recibiendo en Llar sobre la santificación del trabajo. A medida que crecía en vida interior, iba intensificando su espíritu de trabajo y esto tuvo un reflejo claro en las notas de fin de curso: obtuvo una mayoría de notables y sobresalientes. Seguía acudiendo a Llar con frecuencia. "En noviembre del 57 -cuenta Rosa- la invité de nuevo a ir un Curso de retiro. Esa vez me amparé en mi polio. Le dije que no sabía yo si podría ir a esos Ejercicios...
-¿Por qué?, me preguntó.
-Porque iba a venir una amiga mía para ayudarme y al final no va a poder. Y, la verdad, si no va alguien que me ayude, no me animo a ir. No me gusta que todo el mundo tenga que estar siempre pendiente de mí...
-Ah, muy bien -me dijo enseguida-, entonces iré yo y te ayudaré.
Ese era un gesto muy suyo: ayudarte en todo lo que pudiera. Y lo hacía además con una gran elegancia humana: no se hacía notar. Sabía hacer y desaparecer, sin dejar por eso de estar pendiente de ti: de repente, te dabas la vuelta y te la encontrabas detrás, por si necesitabas algo...
Esta actitud puede resulta natural en una persona mayor, pero en una chica tan joven como ella, me sorprendía. Estaba pendiente de las cosas grandes y de las pequeñas. Por ejemplo, si en una habitación no había sillas para todos, se marchaba, las traía, las ponía y se sentaba. Y si yo me daba cuenta, me guiñaba un ojo, sonriendo, como diciéndome: 'ya está'.
Al final, por otras razones, yo no fui a esos ejercicios. Me quedé en Barcelona y recé mucho por ella... porque yo estaba convencida de que tenía vocación. Veía que Montse tenía un espíritu desprendido, generoso, con capacidad de entrega. Y el corazón libre para querer a Dios...
Un día se lo dije claramente:
-Mira, Montse, Dios te ha dado una serie de cualidades por las que estoy convencida de que, si te entregas a Dios, serás muy feliz. ¿Por qué no le preguntas al Señor si tienes vocación?
Yo estoy segura que ella también veía todo esto, pero... no le gustaba que yo se lo dijera: me dijo que la vocación era algo muy importante, muy personal, y que lo tenía que decidir con plena libertad.
Y yo la dejé, naturalmente, en plena libertad. Pero seguí rezando por su vocación..."
Lía Vila
El 5 de noviembre llegó una nueva Directora a Llar, Emilia Vila, a la que todas llamaban por su nombre familiar: Lía. La madre de Montse recuerda a esta catalana de veintisiete años, oriunda de Gerona, como una mujer de grandes cualidades y de una gran simpatía: "...Alta, esbelta, con el pelo castaño... era muy dinámica, y tenía una gran vibración apostólica y un temperamento muy abierto y extrovertido. Era una mujer de gran corazón, muy delicada y muy agradable en el trato. Era alegre y serena, al mismo tiempo. Falleció hace unos años. En resumen: una persona excepcional".
Al llegar a Llar, Pepa Castelló presentó a Lía algunas chicas jóvenes que venían por allí: una de esas chicas estaba enfundada en una bata blanca y colaboraba en los arreglos de la casa limpiando una puerta sucia de pintura. Cuando vio a Lía se adelantó a saludarla:
-"Hola, me llamo Montse. ¿Y tú?"
El segundo Curso de retiro
Montse "me llamó la atención de una manera especial", recuerda Lía en sus escritos. Poco tiempo después de esta breve presentación tuvo ocasión de pasar con Montse unos días en Castelldaura, durante los Ejercicios Espirituales y tiempo más tarde se haría con ella esta fotografía:
Montse "estaba muy contenta -recuerda Lía-; me habló de que le ayudara a ponerse un plan serio" (de vida cristiana)". 'Ya lo tengo pero quiero hacer más, y sobre todo ordenado. Ya sé que va a ser un poco difícil, porque somos mucha gente en casa y tengo que ayudar un poco a mama'. Hablamos del 'minuto heroico', (...), de ir a Misa todos los días... y con cara de pasmo me iba diciendo: 'todo eso en casa lo hacen mis padres'. Y comentó: 'Pues, si ellos lo hacen, ¿por qué no voy a hacerlo yo?'"
Montse había ido al Curso de retiro junto con su amiga Ana María Suriol; eran las más jóvenes y les costaba estar en silencio. "Hablaban las dos bastante -recuerda Lía, divertida- pero no solíamos decirles nada". Lía y Pepa comprendían que a su edad, después de las charlas ascéticas y de las meditaciones del sacerdote, tuvieran ganas de charlar y de darse una vuelta, riéndose, por los jardines...
Del motivo de aquellas risas se enterarían más tarde. El primer día, nada más llegar a Castelldaura, Montse había ido probando, de broma, todas las camas que había en la casa, para comprobar cual estaba más blanda y más mullida; y cuando decidió cual era la mejor... se lanzó sobre ella como si estuviera desde lo alto de un trampolín y ¡zás!, tuvo tan mala suerte que la cama se rompió, ante la consternación de Ana María, que vio como acababan las dos -Montse y la cama- en el suelo. Tuvieron que atarla con cuerdas... ¡Vaya un buen comienzo -pensaron- del Curso de Retiro!
De todos modos, Lía y Pepa animaron a aquellas dos jóvenes parlanchinas a que aprovecharan aquellos días de retiro para profundizar en el trato con Dios y a que lucharan por estar en silencio, porque Dios habla bajo...
Fue como un susurro. Montse intuyó lo que Dios quería de ella... pero no del todo. Como sucede en todas las llamadas de Dios, debía superar todavía una pequeña bruma.
Aparentemente no había pasado nada. Nadie se dio cuenta. Ni siquiera Ana María, que lo único que notó fue una mayor alegría en Montse. Durante aquellos días -cuenta- intensificamos nuestras conversaciones espirituales (...). Sin embargo, no me comunicó su vocación o deseos de entrega al Señor hasta algún tiempo después, cuando vio con claridad la llamada de Dios".
En aquel Curso de retiro estaba una chica, Sylvia Pons, algo mayor que Montse, que cuenta: "Eramos doce las asistentes al retiro y tuvimos oportunidad de hacernos amigas todas las que estábamos allí. Montse estaba con una amiga suya Ana María Suriol, de su misma edad, 16 años. El retiro fue muy intenso, como todos los cursos de retiro. Recuerdo que en el comedor leíamos 'Cartas de Nicodemo', de Jan Dobraczynsky, que nos encantaba a todas".
Las "Cartas de Nicodemo" resultaban una lectura perfectamente adecuada para aquel público y para aquellas horas del mediodía. Habían tenido, por la mañana, una meditación antes de la Misa; luego otra meditación y un rato de lectura espiritual. Por la tarde vendría el Vía-Crucis, otra meditación, el Santo Rosario, la bendición con el Santísimo... Y todo en silencio, para favorecer la oración personal, junto al Sagrario o paseando por las avenidas de Castelldaura, bajo las palmeras o los plátanos, divisando siempre la cinta azul del Mediterráneo en la lejanía.
Tras el "affaire" de la cama, Montse y Ana María estaban haciendo con profundidad y seriedad aquel Curso de Retiro... pero es fácil comprender que aquellas dos quinceañeras estallaran en risas al oír en labios de una amiga la lectura del comienzo del primer capítulo de aquel libro:
"Esta enfermedad, Justo, me está destrozando. Antes yo era un hombre lleno de energía, sabía mostrarme suave y comprensivo con los que me rodeaban. No sentía esta continua irritación e impaciencia, esta insoportable necesidad de quejarme sin cesar de los demás..."
Montse -sigue contando Sylvia- tuvo unos cuantos ataques de risa y explosiones, contagiando a las demás".
Una vez superadas las risas, seguía el silencio del retiro y la oración junto al sagrario. En uno de esos momentos Montse atisbó lo que Dios le pedía: la entrega total y plena, dentro del Opus Dei.
Exteriormente nadie notó nada; pero, como recuerda la expresión castiza, "la procesión iba por dentro", aunque por fuera siguiera tan divertida y expansiva como siempre. "Siempre recordaré -comenta Sylvia- los abrazos tan efusivos y tumbativos que daba y lo dinámica que era".
Cuando terminó aquel Curso de retiro, ya de vuelta a Barcelona, comenzó a asistir con más frecuencia a Llar. A primera hora de la mañana acudía con Sylvia a la Misa que se celebraba en el Oratorio del Centro y después se quedaba a ayudar en lo que libremente quería. Era una ayuda eficaz y con frecuencia, divertida. "Nos quedábamos muchas veces -recuerda Sylvia- para hacer la limpieza del Oratorio. Como el suelo era de parqué, le sacábamos brillo frotándolo con bayetas. Estábamos no sé cuanto tiempo frotando con las bayetas en los pies hasta dejarlo resplandeciente. Nos parecía que era más efectivo al frotar, dar una patada al suelo, de manera que hacíamos un ruido fenomenal".
Lía Vila cuenta que, a partir de aquellos tres días de retiro, cada semana charlaban sobre algunos puntos de la vida interior, especialmente sobre la oración; para hacer la lectura espiritual le recomendó, y le entusiasmó, "El Valor divino de lo humano", de Jesús Urteaga; y "La Virgen Nuestra Señora", de Federico Suárez; que asimiló muchísimo y fue un libro muy decisivo en su vida... Recuerda también Lía otros libros de espiritualidad que había leído Montse, como "Dificultades en la oración mental", de Boylan, "Simón Pedro", de Chevrot y otros. También hablaban de filiación divina, de mortificación en las cosas pequeñas, y de apostolado. Y un día le dijo que estaba pensando pedir la admisión en el Opus Dei.
Por esos días -el 8 de diciembre-, Sylvia había decidido ya entregarse a Dios en el Opus Dei. A Montse no le extrañó: ya le había comentado a Nuria, una amiga suya, durante el retiro, que aquello se veía venir...
La decisión generosa de Sylvia debió ser un aldabonazo en su alma, como lo había sido la de su hermano Enrique. Sylvia tenía más o menos su misma edad y ya se había entregado a Dios... "Sylvia -recuerda María del Carmen Delclaux- era una chica guapa, de una buena familia de Barcelona, muy dinámica e independiente para lo que se llevaba en aquella época. Conducía una Isetta y gozaba de mucha libertad de movimientos, poco frecuente entonces. Recuerdo que nos llevaba y nos traía en el coche de acá para allá y el hecho de que gozara de esa autonomía nos sorprendía mucho, porque en aquellos años las chicas, por lo menos en Barcelona, solían vivir en un ambiente familiar muy cerrado".
Temores y dudas
Montse disfrutaba al igual que Sylvia, de ese clima de libertad familiar, y por su talante humano, abierto, divertido e independiente, congeniaron muy bien. También ella sentía la llamada de Dios allí, en el hondón del alma: una llamada que afloraba a la superficie cada vez que hacía oración... Tenía razón Rosa: la vocación es algo que Dios hacer ver en el corazón de un modo misterioso. Y aquel punto 903 de "Camino", era como una espada afilada:
-"Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?"
Los deseos de entrega, de amor a Dios, iban creciendo y creciendo cada vez con más fuerza en su alma, iluminando su mente y su corazón, hasta apoderarse de ella. Cada vez estaba más claro... aquello era lo que Dios le pedía... aquello era lo suyo... pero pensaba que era muy joven, que era pronto todavía... ¿No se estaría precipitando?
El tercer domingo de diciembre -el día 15- hubo retiro mensual, como de costumbre, y Montse estuvo allí junto con las chicas -una cincuentena- que asistieron; y además pasó la bolsa al terminar. En esa bolsa las participantes podían colaborar con sus ahorros en las labores apostólicas de Llar. El resultado en cifras no era precisamente como para deslumbrar al cajero del Banco de España, pero lo que importaba era sobre todo la generosidad del corazón, ya que el bolsillo de aquellas estudiantes solía ir, por lo habitual, bastante corto.
También los sábados y los días 19 de cada mes se hacía una colecta que se destinaba a las flores que se ponían junto al Sagrario y a las visitas que se hacían a gente necesitada, o a tener un detalle de cariño con alguna persona enferma, como aquella chica joven a la que visitaban Montse y Ana María. Esa chica "tenía cáncer en el cerebro -recuerda Ana María-, le hacía sufrir mucho, pero supo soportar heroicamente toda su enfermedad con una paz y alegría extraordinarias. Nos admiraba la serenidad con que aquella chica llevaba su enfermedad, dejándonos profundamente impresionadas cada vez que íbamos a verla..."
El martes 17, a partir de las siete de la tarde, el timbre de la casa sonó sin parar. Eran las más jóvenes, que acudían a una clase de formación espiritual. En esa clase se hablaba de cultivar las virtudes humanas -lealtad, sinceridad, alegría... de santificar el trabajo, y de algunos aspectos capitales de la vida cristiana. Entre las asistentes estaba Montse. Sin embargo, al acabar la clase no se fue a la hora acostumbrada. Le dieron las tantas hablando con Pepa.
En los días anteriores a la Navidad, mientras unas empezaron a adornar las habitaciones de la casa, otras comenzaron a montar el belén. ¡El belén! Desde el viernes 20 aguardaban en la sala de estar las figuras del pesebre y el resto de los aditamentos: corchos, puentes, casas y castillos; pero, como suele suceder, pasaban los días y el belén no se acababa; Pepa y otras "artistas" decían que faltaban elementos; por ejemplo, musgo. ¡No se puede hacer un belén sin musgo! Lo sabían bien, porque Barcelona es tierra de buenos belenistas. No había que preocuparse, mañana se iría por musgo. Lo importante era tener el Nacimiento acabado para la Misa del Gallo, porque ya se sabe que un belén corre sobre todo un riesgo: el de no acabarse nunca.
7. EL GORDO DE LA LOTERIA
-"Mamá, me parece que tengo vocación".
Cuando escuchó aquellas palabras en labios de su hija, Manolita se quedó desconcertada. Aquello que acababa de escuchar era algo que la ilusionaba, sin duda. Siempre había soñado con tener un hijo sacerdote, y allí estaba Enrique... Siempre había deseado, en el fondo de su corazón, que sus hijos se entregaran a Dios, y ahora Montse le decía que...
Sin embargo, había pensado siempre, no sabía explicarse por qué, que aquello sucedería dentro de muchos, muchos años, como si el tiempo no pasara... Quizá, como todas las madres, no se había dado cuenta de que sus "niños" ya no eran tan niños, y que aquel momento, por el que había rezado durante largo tiempo, ya estaba aquí, ¡tan pronto...!
-"Pero, ¿te lo has pensado bien Montse?"
-"Sí, sí, sí, mamá. Tengo vocación y quiero pedir la admisión como Numeraria".
¿Qué podía decirle? Montse la miraba aguardando una respuesta... ¿Qué respuesta iba a darle? No hay cosa más delicada que la vocación que nace en un alma joven. ¿Qué hacer? ¿Decirle que esperara un poco, como a Enrique...? Ya les había dicho el padre Gabriel que no se podía hacer que los jóvenes retrasaran su entrega y que cuando Dios llama hay que decir que sí, y que los padres comprometen su alma cuando ponen obstáculos graves a la vocación de sus hijos...
Pero aquello podía ser sólo una ilusión, un capricho juvenil que lo mismo se va que se viene. Y... ¿si era cosa de Dios? ¿Cómo podía oponerse a algo que era de Dios?
-"Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?"
-"No, mamá, porque antes quiero estar segura".
-"Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?"
Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió:
-"Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más".
Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó:
-"Bien, hablaremos con él".
Manuel Grases recibió la noticia con su calma habitual, y procuró disimular la alegría que aquello le producía.
-"Mira, Montse -le comentó, con voz serena-, todo lo que yo puedo decirte es esto: la vocación es un don maravilloso que Dios nos da y supone una decisión que hay que meditar muy bien, en la presencia de Dios... Tu madre y yo lo único que podemos hacer en este caso es rezar; y ya que estamos en estas fechas lo que vamos a hacer es encomendárselo los tres al Niño Jesús, para que te haga ver claro cuál es tu vocación. ¿Qué te parece?"
Manuel Grases contuvo su emoción como pudo. Sí; aquello era algo por lo que había venido rezando durante toda su vida... Dios le daba -como le había pedido- una nueva vocación entre sus hijos. Pero ahora lo importante no era que se cumpliese su ilusión personal, sino que se cumpliese la Voluntad de Dios.
Y se pusieron a rezar.
Manuel y Manolita Grases obraron como buenos padres cristianos: dejaron a su hija en plena libertad para que decidiera ante Dios. No le habían dicho que ellos ya pertenecían al Opus Dei, y esto no suponía ningún tipo de desconfianza, ni era un secreteo tonto: era una exquisita muestra de delicadeza con ella; pensaban que de ese modo respetaban más su decisión. Y no se equivocaban.
Tampoco le dijeron que hacía tiempo que rezaban para que algún día se entregara a Dios. Pero le dieron el mejor camino para resolverla: le aconsejaron que rezara, que consultara su decisión con personas bien experimentadas. Y dejaron que decidiera por ella misma, con libertad.
Y ellos, por su parte, pusieron los medios sobrenaturales para conocer la Voluntad de Dios: confiaron en la oración.
Veintiún mil setecientoooos. Ochocientasmiiiil pesetaaaaaas... Cuarenta y ocho mil ochocientos noventa y cuatro. Ochocientasmiiiil peseeetaaaaaaas...
Las voces agudas de los niños del Colegio de San Ildefonso horadaban aquella mañana del 22 de diciembre los tímpanos de los sufridos vecinos de aquella casa de la calle París. Se escuchaba, incesante, por todas partes, la cantinela anual de los premios de la lotería. Hacía frío: 9 grados. Por la calle, ateridos tras sus bufandas de lana, se felicitaban los viandantes: "Bon Nadal! Bon Nadal!" En la Rambla de Cataluña las vendedoras de gallos ponderaban sus ruidosas mercancías, que tiritaban bajo sus plumas entre las miradas inquisitivas de las amas de casa:
-"Pensi que l'hem criat a casa -insistía la vendedora- ja m'ho sabran dir".
Los Grases fueron a Misa a la parroquia, como de costumbre. A la vuelta sonaba todavía la cantinela del sorteo a través del patio interior de la casa, poniendo en vilo a cada momento a las señoras que preparaban la comida del día. A Manolita no le gustaba "tirar el dinero en esas cosas de la lotería", pero en el edificio, quien más quien menos, guardaba una esperanza lejana en su "decimito", o en su pequeña -o grande- participación en la lotería de Navidad, con la secreta ilusión, nunca confesada -¡a mí, a mí qué me va a caer el gordo!- de que si no el Gordo, al menos cayeran unos duros en la pedrea; o si no, para terminar bien las fiestas, algún "pellizco" en el sorteo del Niño...
... Cincuenta y tres mil setecientos veinticincooo: Seiscientas miiiiil pesetAAaaas. Cinco mil seiscientos setenta y sieteee: Cua-tro-cien-tas-mil peseee-tAAAAaaaaaaaaaaaaas...
Manolita no apartaba la vista de Montse. Aparentemente en la casa se vivía con el ajetreo de cualquier Navidad: los niños estrenaban ruidosamente sus primeros días de vacaciones, alborotaban y jugaban por los pasillos mientras Manuel ponía el Belén... y todo, con la música de fondo de los lloros del pequeño Rafael. Pero Montse...
Montse estaba como... distinta. Contenta, pero inquieta. Y no contribuían a la calma precisamente el eco de los números de la suerte que se escuchaban, "gracias a Radio Nacional de España", como repetía el locutor cada diez minutos. A las doce menos cinco hubo un breve silencio. ¿El gordo? ¿Habrá caído el gordo? Muchas señoras del edificio suspendieron por un momento sus faenas domésticas en la cocina. Hubo una tregua en el trasiego de las cacerolas y agudizaron el oído. Sí, por fin, ahí estaba: ¡El gordo! Se escuchó por la radio una voz grave y metálica que leía, silabeando, con acento solemne:
Cin-cuen-ta-y-tres-mil cua-tro-cien-tos-ca-tor-ce: trein-ta mi-llo-nes de pe-se-tas.
A continuación en muchos hogares se armó un pequeño revuelo en busca de aquel boleto que quizá... quizá... pero, después de comprobarlo, nada, ni por asomo. Ni siquiera la última cifra. Está bien. Otro año será. Y las bolas de la suerte seguían repartiendo fortunas, dando vueltas dentro del bombo de la lotería...
Montse, mientras tanto, seguía dándole vueltas a su entrega. Ya estaba casi decidida, pero de vez en cuando, surgía de nuevo la duda... Todo cristiano -lo sabía bien- está llamado a la santidad. La vocación a la Obra es una determinación de esa llamada universal; pero... ¿Dios le pedía eso? ¿Y si todo no era nada más que un sueño, un número equivocado de la lotería?
¿Y si...?
¿Y si su verdadero número, su verdadero camino era ése, y estaba a punto de tocarle el regalo más maravilloso que jamás pudo haber soñado?
A las 11 de la mañana del 22 de diciembre la Radio Vaticana difundió el mensaje de Navidad del Papa por todo el mundo. A través de las ondas se escuchó la voz grave y solemne de Pío XII: "Dios ha confiado a los hombres sus designios para que éstos los realicen personal y libremente poniendo a contribución su plena responsabilidad moral, y exigiendo, si fuera necesario, fatigas y sacrificios al servicio de Cristo".
Durante la tarde del día 24, víspera de Navidad, Pepa y Montse volvieron a hablar. "Montse -recuerda Pepa- vino para ayudarme a terminar el Belén. Luego salimos juntas a hacer varias compras y nos acercamos hasta la plaza de la catedral donde estaban los mercadillos en los que se vendían figuras de Belén, panderetas, musgo... Luego fuimos a Monterols, donde estuvo viendo los adornos navideños que había hecho Carmiña Cameselle. Estuvimos hablando de su vocación y me dijo que le dolía la pierna, pero yo no le di mayor importancia. Estaba prácticamente decid
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