Montse GrasesJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempo de comenzar
No teme tormentoquien ama con fe
si su pensamiento
sin causa no fue.
Habiendo por qué
más vale dolores
que estar sin amores.
1. DE NUEVO EN MADRID
Madrid, 28 de marzo de 1939. Hacía exactamente catorce años, en un día como aquel, don Josemaría había sido ordenado sacerdote en Zaragoza. Desde entonces había pasado mucha agua bajo los puentes del Ebro... y de la Historia. Ahora regresaba de nuevo a Madrid en una fría mañana de marzo, a bordo de un camión militar de abastecimiento, entre los primeros soldados del Ejército Nacional que entraban eufóricos en la capital.
Se repitieron en la ciudad, tras la llegada de los soldados vencedores, las mismas escenas de dolor y de alegría que en Barcelona pocos meses antes. Nada más llegar don Josemaría fue hasta la casa de Ferraz 16, donde estaba la residencia de estudiantes, aquella labor apostólica por la que había rezado y sufrido tanto. Ahora no era más que un montón de ruinas. Buscó entre los escombros una imagen de la Virgen, la "Virgen de los Besos", a la que tenía especial devoción. No la encontró.
Fue a la casa rectoral de Santa Isabel en la que había vivido antes de que se desencadenara el conflicto. Como tantos edificios religiosos, la iglesia había sido devastada. La casa, afortunadamente, no había sufrido daños, pero había sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros, y estaba llena de catres y mantas de los soldados, que habían huido precipitadamente. En el balcón ondeaba todavía la bandera blanca de la rendición. Acondicionaron la vivienda a toda prisa y se instaló allí con su madre y sus hermanos.
Como tantas otras personas que volvían a la capital y se encontraban con sus casas destrozadas por los bombardeos o saqueadas tras los avatares de la contienda, don Josemaría se puso, junto con otros miembros del Opus Dei, a intentar recuperar lo poco que la guerra había respetado. Un día fue de nuevo con su hermano Santiago y Juan Jiménez Vargas a las ruinas de Ferraz. Y entre los cascotes y los muros derrumbados encontró una cartela de pergamino con unas palabras del Evangelio de San Juan que estaba en la sala de estudio de la residencia: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros". Lo recogió, conmovido.
Aquellas palabras cobraban ahora un nuevo significado para el Fundador. Lo había perdido todo, desde el punto de vista material. Algunos de los primeros miembros del Opus Dei habían muerto, jóvenes, antes de la guerra, como María Ignacia; muchas de las personas que trataba apostólicamente habían quedado dispersadas a causa del conflicto; y alguno había caído en el frente de batalla... Y allí, de pie, entre los escombros, les dirigió a los que le acompañaban una meditación en la que les urgió a la entrega, al amor de Dios y a la confianza plena en el Señor, recordando aquellas palabras que había escrito a sus hijos pocos meses antes: "Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios y a la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento".
A la vuelta de diez años de intensa labor apostólica, contaba sólo con poco más de una docena de hombres que hubiesen entendido lo que la Obra significaba y que estuviesen dispuestos a entregar a Dios su vida para sacarla adelante... En esta fotografía de 1939, pocos meses después del fin de la guerra, aparece con uno de esos primeros miembros del Opus Dei, Alvaro del Portillo, durante un viaje a Valencia.
Poco más de una docena... ¡Y con ellos tenía que hacer el Opus Dei, y extenderlo por los cinco continentes! Sin embargo, aquella cartela encontrada en Ferraz le recordaba que contaba con lo más importante: el amor de Dios, un amor que todo lo puede. Ese amor, que había sido su cimiento para comenzar el Opus Dei, sería su cimiento para empezar de nuevo.
No se permitió un lamento. Y en cuanto pudo, prosiguió de nuevo la labor con las mujeres que se habían acercado antes de la guerra al Opus Dei. Pero los tiempos habían cambiado: al ponerse en contacto de nuevo con aquellas mujeres, buenas y piadosas, comprobó, dolorosamente, que durante aquellos años de separación física habían perdido el espíritu laical propio del Opus Dei.
"¿Sabéis que me habéis costado mucho vosotras, hijas mías? -comentaría más tarde-. Más que los hombres (...). ¡Me habéis salido a la tercera vez!"
Tuvo que comenzar de nuevo la labor con mujeres. Y empezó a buscar también una nueva casa para instalar una residencia de estudiantes para chicos jóvenes. Se iniciaba una nueva aventura apostólica. Pero antes de hablar de ella, trasladémonos de nuevo a Barcelona.
2. CUANDO TENGAMOS DOCE
En la capital catalana el joven matrimonio Grases, después de dejar Benicarló, y tras una corta estancia en Valencia, se enfrentaba también con el problema de encontrar vivienda. "En cuanto me licenciaron -recuerda Manuel Grases- y pude reintegrarme a la vida civil, nos vinimos a Barcelona, y nos pusimos a buscar piso".
Al fin encontraron uno que les convenció: estaba situado en la primera planta de una casa de la calle París, en el famoso "Ensanche" barcelonés, como se denomina a la dilatadísima cuadrícula de edificios que ocupaba en aquel entonces la mitad de la zona urbana de la ciudad. Es una extensa zona residencial, compuesta por calles de trazado rectilíneo, con cruces rigurosamente perpendiculares, casi sin plazas ni jardines que alivien la severidad de trazado. El barrio daba entonces tal impresión de uniformidad y orden geométrico, que algunos llegaban a compararlo con las grandes ciudades americanas, como el novelista Jules Romains que exclamó al llegar a Norteamérica: "New York, cette immense Barcelone!"
El nuevo hogar de los Grases -el primero de carácter estable, tras los avatares de la guerra- era una casa relativamente espaciosa, con la distribución de muchos pisos del Ensanche; con un pequeño recibidor y un largo pasillo, que une las habitaciones que dan a la calle con las que se asoman a los patios interiores: unos patios grandes, cuadrados, con largas galerías a cada lado, en las que se seca bien la ropa, se pueden cultivar las flores y se divisa un buen cacho de cielo. "El piso nos gustó mucho desde el principio -comenta Manuel Grases- porque vimos que, además de estar bien situado, contaba con cinco dormitorios, una sala de estar y un pequeño comedor, y podíamos instalar bien todos los muebles de mi madre, que mis tíos habían guardado celosamente durante años bajo llave en una habitación de la casa de la calle Valencia, para que me los llevara en cuanto me casase.
Sin embargo, la verdad sea dicha, nos pareció un poco pequeño, porque pensábamos tener muchos hijos".
"Es verdad", añade Manolita. "Recuerdo que dijimos: 'por ahora no vamos a discutir sobre el número de hijos. Cuando tengamos doce, ya hablaremos'".
La Virgen de Montserrat
"Entre las pertenencias de mi madre -continúa Manuel Grases- había una imagen de talla, muy bonita, de la Virgen de Montserrat que había quedado destrozada tras la guerra, porque unos milicianos le habían arrancado la cabeza, durante un registro, a la Virgen y al Niño. La restauramos y, como lleva un manto, recuerda un poco a la Virgen de la Merced. Quedó muy bien. Y la pusimos en un lugar de honor de nuestro piso recién estrenado, para que bendijese nuestro hogar..."
Enrique
"Poco tiempo después -sigue contando Manuel Grases-, encontré un empleo. Todo fue muy rápido. Un buen día vino a verme un antiguo amigo mío, Fernando Aris, que era director de una fábrica de productos químico-farmacéuticos, y me preguntó:
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-No sé. Estoy buscando trabajo.
-Pues mira, vamos a ampliar la fábrica. Si quieres, vente conmigo.
Dicho y hecho. A los pocos días ya estaba trabajando en la fábrica de Productos Pyre, que estaba en Pueblo Nuevo, donde me ocupaba de las instalaciones de la ampliación. Como la fábrica estaba un poco lejos me compré una moto para ir y venir: una Matchless de 250 cc. Y así, poco a poco, fuimos saliendo adelante.
Y comenzaron a llegar los hijos... El primero fue Enrique. Nació el 17 de mayo del 40, después de un parto muy largo y doloroso. Recuerdo que nada más nacer le pedí al Señor que le concediera una vocación, la que fuera, porque siempre había soñado con que mis hijos se entregaran a Dios.
Una vocación. La que fuera... Aunque yo había tenido siempre una ilusión: tener un hijo sacerdote..."
3. POR TODA ESPAÑA
Encarnita Ortega
Mientras los Grases celebraban la llegada del primer hijo y soñaban con su futuro, en Madrid don Josemaría proseguía su labor apostólica y soñaba con realizar la expansión del Opus Dei por todo el mundo. Pero las circunstancias políticas eran cada vez más adversas: Hitler había invadido Polonia en el mes de septiembre del año anterior y Francia y Gran Bretaña habían declarado la guerra a Alemania. El mundo se precipitaba por el abismo de la Segunda Guerra Mundial. Habría que aplazar de nuevo los comienzos en París y en tantas ciudades del mundo.
El Fundador empezó, mientras tanto, a desplazarse por los cuatro puntos cardinales de la piel de toro. Estos viajes rebosaban amor de Dios, ilusión y dificultades materiales. En la actualidad, con el desarrollo de los medios de transporte, resulta difícil hacerse una idea de lo que significaban aquellos viajes desde el punto de vista material. A veces -retrasos incluidos- eran viajes de ocho y diez horas, hacia ciudades que distaban en muchas ocasiones cuatrocientos y quinientos kilómetros: horas de traqueteo incesante de tren, entre vaharadas de humo y carbonilla, en aquellos viejos y desvencijados vagones de bancos de madera; con otro viaje de vuelta el domingo por la noche para regresar a Madrid, donde don Josemaría proseguía trabajando, sin descansar, el lunes por la mañana...
En uno de esos viajes se acercó hasta Valencia para predicar unos ejercicios espirituales. Nada más llegar, la noticia corrió como la pólvora: ¡Había llegado el autor de "Camino" y se disponía a dirigir unos Ejercicios Espirituales para chicas jóvenes en Alacuás!
En Alacuás estaba la Casa de Ejercicios de las Operarias Doctrineras. Era un edificio sencillo, con una capilla grande para la Bendición mayor y otra más pequeña para el resto de los actos, un comedor con mesas alargadas y bancos de madera, y un pequeño jardín con naranjos. Acudieron tantas jóvenes -más de treinta- que se llenó la casa y un grupo tuvo que ir y volver todos los días hasta la ciudad. Entre esas jóvenes estaba Encarnita Ortega, una chica muy joven, rubia, con los ojos claros y el gesto decidido. Estaba allí -pensaba ella- aquel 30 de marzo de 1941, Domingo de Ramos, por pura casualidad. No sabía nada del Opus Dei; había leído "Camino" y su hermano le había hablado muy bien de aquel sacerdote: eso era todo.
"Había leído la primera edición de 'Camino', recientemente aparecida, pocos días antes -cuenta Encarnita-; y al enterarme de que el autor de aquel libro iba a dirigir la tanda de ejercicios, decidí hacerlos, para ver cómo hablaba aquella persona que escribía así (...).
Comenzaron los ejercicios. Entramos en la capilla. Poco después llegó nuestro Padre. Su recogimiento, lleno de naturalidad, su genuflexión ante el Sagrario y el modo de desentrañarnos la oración preparatoria de la meditación, animándonos a ser conscientes de que el Señor estaba allí, y nos miraba y nos escuchaba, me hicieron olvidar inmediatamente mi deseo de escuchar a un gran orador, y se cambiaron por la necesidad de escuchar a Dios y de ser generosa con El. Vencí la pereza y, por buena educación, fui a saludar al Padre (...).
Después de un brevísimo preámbulo, con un gran asombro por mi parte ya que no conocía su existencia, el Padre, como en hipótesis, me explicó en síntesis la Obra: buscar la santidad en el trabajo ordinario, sin salirse de su sitio; estar en el mundo sin ser del mundo; vivir vida contemplativa sin ser religiosos, convirtiendo -sin hacer cosas raras- la calle en celda... Me habló de la filiación divina como nota que perfilaba la fisonomía de las personas que trabajaban así y su gran importancia; de inquietud apostólica; de virtudes humanas: sinceridad, laboriosidad, valentía...
No sabía que existiese el Opus Dei, pero en aquel momento lo vi perfectamente estructurado y me asustó mucho que Dios me pudiera pedir lanzarme a los comienzos de algo que me parecía maravilloso, que me iba perfectamente, pero que lo exigía todo. Hice el propósito de no volver nunca a encontrarme, frente a frente, con el Padre. A pesar de esa decisión, no podía dormir ni casi comer. Veía que Dios necesitaba mujeres valientes para hacer su Obra en la tierra; y, no sabía por qué, yo me había enterado a través de su Fundador... Aquella idea la tenía viva, constantemente.
En cada meditación, como para poner distancia a la llamada de Dios, me ponía en una fila más atrás de sillas -en la capilla había sillas, no bancos-, pero las palabras del Padre sobre los novísimos, la vida oculta y pública de Jesús, la elección de los primeros doce... eran un despertador continuo.
Llegó el último día y la última meditación de aquella jornada. Sólo faltaba, a la mañana siguiente, la plática sobre perseverancia y la Santa Misa. Agudicé mis preocupaciones y me puse en la última fila y en el centro: así me encontraba más defendida.
Entró el Padre en la capilla. Repitió la oración preparatoria, que siempre me impresionaba tanto, y comenzó a hablar sobre la Pasión del Señor. Desde el Cenáculo, donde nos había dado la gran prueba de Amor de la institución de la Eucaristía, nos llevó hasta el Huerto de los Olivos. Allí, después de dejar a la entrada a casi todos los apóstoles, acompañado de tres, a quienes pidió que orasen y vigilasen, se postró en oración. El Padre nos hizo sentir el sufrimiento de Jesús: visión de todos los pecados de los hombres; ingratitud; angustia física ante el pensamiento de la Pasión; soledad... El Señor fue a buscar un poco de consuelo en aquellos tres discípulos que había llevado con El y ¡los encontró dormidos! Renovada su oración, era tal su angustia, que ¡sudó sangre!... Con gran viveza nos presentó este momento. Y, a continuación, nos dijo: Todo eso lo ha sufrido por ti. Tú, al menos, ya que no quieres hacer lo que te está pidiendo, ten la valentía de mirar al Sagrario y decirle: eso que me estás pidiendo ¡no me da la gana!
Seguidamente, nos explicó la flagelación con tanta fuerza que parecíamos testigos oculares. Y la coronación de espinas. Y la cruz a cuestas. Y cada uno de los sufrimientos de la Pasión... Después de cada uno de ellos, volvía a repetir: todo eso lo ha sufrido por ti. Sé valiente, al menos, y dile que eso que está pidiendo ¡no te da la gana!
Al terminar la meditación, cuando intenté formular un propósito, alguien me tocó en el hombro y me dijo: te llama don Josemaría.
Al entrar en la misma salita de la otra vez, todo me pareció distinto. Sólo quería decir una cosa: que estaba dispuesta a todo.
El Padre, entonces, empezó a ponerme dificultades: la vida iba a ser dura; la pobreza, grande; había que tener una disponibilidad total hasta para irse lejos; tal vez habría que aprender japonés y marchar allá... Nada importaba ya: me había arrancado una decisión plena que, apoyada en la gracia de Dios, salvaría las dificultades".
Comienzos en Barcelona
La decisión de entrega de Encarnita no fue un caso aislado. Al día siguiente, le presentaron al Fundador a Enrica, hermana de Francisco Botella, aquel joven valenciano miembro del Opus Dei con el que había atravesado los Pirineos, y que le había acompañado después, junto con Pedro Casciaro, durante su estancia en Burgos. Enrica había pedido en el mes de abril la admisión en el Opus Dei. Un mes más tarde lo hizo Nisa González Guzmán. Y así, en los años siguientes, Dios iría enviando a la Obra sucesivas vocaciones de mujeres jóvenes: Guadalupe Ortiz de Landázuri, María Teresa Echeverría, Carmen Gutiérrez Ríos, Victoria López Amo, Raquel Botella y una catalana, Digna Margarit...
En cada uno de esos viajes apostólicos, Dios iba suscitando también vocaciones y respuestas generosas de hombres jóvenes. La labor crecía, como le gustaba decir a don Josemaría, "al paso de Dios"; y junto con Valladolid, Valencia y Zaragoza, una de las primeras ciudades a las que viajó el Fundador al acabar la guerra fue Barcelona, con un propósito decidido y concreto: poner los cimientos de la futura labor del Opus Dei en Cataluña.
Hizo varios viajes a la Ciudad Condal, acompañado unas veces por Isidoro Zorzano u otros miembros del Opus Dei, como Alvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica. En el viaje que hizo durante el mes de mayo le acompañaban, además de Alvaro del Portillo y de José Luis Múzquiz, Juan Jiménez Vargas que preparaba sus oposiciones a cátedra de Fisiología. ¡Qué lejanos le parecían a Juan ahora aquellos días de la guerra en los que deambulaba junto a don Josemaría por esas mismas calles barcelonesas, con hambre, sin dinero, con temor a que cualquier patrulla de milicianos los detuviera, mientras aguardaban el momento propicio para atravesar los Pirineos! Durante esa estancia en Barcelona, el Fundador habló con un chico joven, José María Casciaro, hermano menor de Pedro Casciaro.
"A la hora de comer -cuenta José María- me llamaron por teléfono: había llegado el Padre a Barcelona, podía ir a verle aquella tarde al Hotel Urbis. Al acabar de comer salí corriendo. Y el Padre me recibió inmediatamente".
Aquellas prisas de José María obedecían a una razón muy concreta: quería que el Fundador le dejara pertenecer al Opus Dei. Pero don Josemaría quería cerciorarse bien de que aquella decisión era fruto de un motivo sobrenatural y no el resultado de una admiración humana hacia su hermano mayor...
"Una de las primeras preguntas -sigue contando José María Casciaro- fue si alguien me había influido o movido para tomar aquella decisión (...). Sin detenerme a pensar me salió una respuesta, que aproximadamente fue:
-Padre, nadie me ha influido ni convencido para esto; mi hermano me explicó la Obra, pero nunca me ha dicho nada que pudiera ser ninguna clase de influencia o presión; he sido yo quien lo desea.
El Padre, insistió, con tono menos severo, concretando que pensara a ver si Pedro no me había influido. Volví a repetir que no lo había hecho, pues era la verdad.
Volvió por tercera vez a preguntarme en el mismo sentido, en concreto si yo obraba libremente y después de haberlo considerado despacio en la presencia de Dios. Y volví a responder que sí, que lo había pensado durante cuatro meses y no tenía ninguna duda (...). Me dijo al final que me podía considerar de la Obra desde aquel momento (...).
Posteriormente, al recordar esta conversación (...), he comprendido el exquisito cuidado con que el Padre velaba por la libertad en la entrega a Dios, para que ésta fuese sincera y por motivos exclusivamente sobrenaturales".
El Palau
Pocos meses después de estos viajes esporádicos comenzaba el primer Centro del Opus Dei en Cataluña, en un piso del número 62 de la calle Balmes, cerca de la de Aragón, algunas manzanas más abajo de la calle París, donde vivían los Grases. Estaba alquilado a nombre de Alfonso Balcells, un profesional joven que, aunque no era del Opus Dei, ayudó a facilitar la gestión, porque era el único de los que iban por allí que tenía la carrera terminada.
Era un pisito pequeño y algo oscuro, pero estaba bien distribuido; y sobre todo se encontraba a dos pasos del corazón de Barcelona, la Plaza de Cataluña; y muy cerca de la Universidad, cosa importante para el comienzo de una labor apostólica con universitarios.
Se alquiló el piso, pero los muebles..., ése fue otro cantar. Más tarde hicieron su triunfal -y solitaria- aparición dos mesas y dos sillas que tardaron bastante tiempo en encontrar compañía.
Cuando volvió don Josemaría de nuevo a Barcelona todavía seguían las mesas y las sillas solitarias en medio de las habitaciones vacías. Así que los estudiantes que vinieron a escucharle tuvieron que sentarse en el suelo, sobre gabardinas y periódicos. No les importaba, y se lo tomaron con buen humor. El Fundador les enseñaba que las obras de Dios no fracasan por falta de medios materiales, sino por falta de espíritu. ¡Ya vendrían esos medios materiales! Ahora, lo importante era confiar en Dios: rezar, mortificarse, trabajar con perfección humana y sobrenatural y llevar a cabo un apostolado vibrante.
Ese era el espíritu con el que se encontraban los que venían por allí. Se veía a la legua que en aquel lugar sobraba alegría, fe y confianza en Dios; y que faltaba algo, de un modo claro, palmario y urgente: dinero.
Había que darle un nombre al piso. Don Josemaría se lo puso con tono alegre y divertido, al recordar el nombre de aquella finca de Fonz con cuya venta su familia le había ayudado a instalar la Residencia DYA.
-"¡Bueno! -dijo-. Ya tenemos un 'palau'".
Y con ese nombre -Palau, palacio-, tan lejano de su realidad concreta, se quedó.
La contradicción de los buenos
Eran tiempos de esperanzas y de ideales vibrantes; y también, tiempos de resentimientos, odios, purgas y "depuraciones". Y si ya en Burgos don Josemaría había tenido que enfrentarse con un alto funcionario del nuevo régimen político, que había denunciado a Pedro Casciaro como "agente rojo infiltrado para espiar secretos militares en el Cuartel General de Orgaz", sólo porque el padre de Pedro se había significado políticamente durante la República, en Madrid tuvo que acudir en defensa de un viejo conocido, acusado por razones ideológicas, sin pararse a calibrar los riesgos que corría.
Entre ese mundo de sospechas, algunas se referían al Opus Dei. No es de extrañar: el Opus Dei, que era todavía muy joven -contaba, como hemos visto, con muy pocos miembros-, aparecía, a los ojos de algunos, como algo "excesivamente novedoso". Al final, la tormenta descargó con furia en varias ciudades españolas. Y con especial fuerza, en Barcelona, donde llegaron a hacer un auto de fe con "Camino", al que arrojaron a la hoguera por considerarlo la publicación herética de una peligrosa, peligrosísima, "sociedad secreta".
Hay un dato que puede sorprender al lector contemporáneo: algunas de esas maledicencias estaban promovidas, curiosamente, por personas de fe, que pensaban que estaban luchando por una buena causa. Aún más: muchas estaban convencidas de que agradaban a Dios con ese modo de actuar.
"En una ocasión -relata Salvador Bernal-, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el 'Palau'. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del 'Palau', que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy 'edificadas' por la piedad de esos jóvenes estudiantes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: 'Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa'. La pobre monja -recuerda uno de ellos- a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numerosísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos".
Entre todas las patrañas, hubo una que dolió especialmente a don Josemaría: en el oratorio de "El Palau" había una cruz de palo, de madera negra y sin brillo. Era una forma de venerar la Santa Cruz de ese modo, sin la imagen del crucificado. De ese modo se recordaba que el camino cristiano es de abnegación y sacrificio, y se movía a un afán corredentor, como se lee en "Consideraciones Espirituales": "Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú".
Pues bien: se corrió la voz de que en el "Palau" se hacían "ritos sangrientos" y que los miembros del Opus Dei se crucificaban allí, sobre la Cruz del oratorio...
En medio de esas situación, don Josemaría aconsejó a los pocos miembros del Opus Dei que vivían en Barcelona que no se sintieran nunca enemigos de nadie -pasara lo que pasara, dijeran lo que dijeran- y les dio un lema para vivir cara a Dios en aquel trance: "callar, rezar, trabajar, sonreír". Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir aquella cruz por otra más pequeña: "Así no podrán decir -bromeó- que nos crucificamos, porque no cabemos".
Estos sucesos, contemplados desde la lejanía de los hechos, podrán parecernos absurdos y aun ridículos. Los que iban por aquel pisito de la calle Balmes eran unos cuantos estudiantes universitarios que se podían contar con los dedos de una mano... pero las insidias llegaron a extremos insospechados.
No todos, sin embargo, actuaron del mismo modo. El Abad coadjutor de Montserrat, Dom Aurelio M. Escarré, prefirió preguntar a las autoridades competentes qué era aquello del Opus Dei. ¿En qué diócesis había nacido? En la de Madrid. Allí se dirigió. Escribió una carta al Obispo, don Leopoldo Eijo y Garay pidiéndole informes sobre el asunto.
Don Leopoldo le contestó el 24 de mayo de 1941, tranquilizándole: "Ya sé -escribía- el revuelo que se ha levantado en Barcelona contra el Opus Dei. Bien se ve la pupa que le hace al enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo".
Después de decirle que conocía el Opus Dei desde su fundación en 1928, concluía el Obispo: "créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso..."
4. MONTSE
"Nosotros sin embargo -recuerda Manuel Grases- no llegamos a enterarnos de esas habladurías, que debieron circular por unos ambientes muy concretos". Tenían ya un hijo pequeño y venía otro en camino. Y aunque Manuel contaba con un trabajo estable, tenían que luchar, como la mayoría de los españoles de aquel tiempo, contra las mil dificultades de cada día para conseguirse los medios más elementales de subsistencia.
Eran años de hambre y de penuria, de escasez y de "estraperlo"; de plato único, restricciones eléctricas, infiernillos y cocinas de petróleo; de coches con gasógeno, cortes de agua y cartillas de racionamiento. "Me dieron una cartilla de fumador -recuerda Manuel Grases- y otra de gasolina para la moto, con la que tenía derecho a cinco litros al mes que alargaba, en lo posible, mezclándole benzol de la fábrica, pero con tiento para que, en invierno, no se me cristalizara en el carburador".
Y eran años también de grandes alegrías para los Grases: aquel verano, si Dios quería, ya serían cuatro en la familia.
Y Dios quiso: un día de julio nació su segundo hijo: una niña. Montse.
"Esta fue la primera fotografía que le hicimos -recuerda Manolita-. Es del día de su bautizo, que tuvo lugar pocos días después de nacer. Nació el 10 de julio del 41, en posición sacra, mirando al cielo, y la bautizamos el día 19, en la parroquia del Pilar".
"El traje de cristianar que lleva en esta fotografía es el mismo con el que habían bautizado a Manuel y con el que he bautizado después a todos los hijos. Es un traje muy bonito de cuatro piezas, con entredoses y una chaquetita guateada en raso que le puse para que no pasara frío...
La bautizó el padre Javier de Olot, el capuchino al que había conocido durante la guerra, y le pusimos, como era la costumbre, varios nombres más: Amelia, en recuerdo de una tía materna de Manuel; y Margarita, por su madrina, Margarita Vellvé. Aunque en casa la llamamos siempre Montse, sin más".
"Nació cuando Enrique tenía catorce meses menos una semana. Era un sol de hija, ¡siempre lo fue! Luego de mayor, Montse me decía con mucha gracia que gracias a que la había criado durante casi catorce meses, estaba más bien un poco llenita... como se advierte en esta fotografía en la que ya tenía cuatro meses y medio":
"La verdad es que nunca tuvo complejo de gordita, a pesar de que sus hermanos le gastaban bromas de continuo; por eso siempre me decía en plan de guasa: '¿Ves, mamá? ¿Quién te manda criarme tanto tiempo?'.
Repito que nunca tuvo complejos y además no había por qué, porque, sí, estaba más bien llenita; pero gorda, ¡ni hablar!"
"Esta fotografía es de la misma época -comenta Manuel Grases-: aparece Manolita, que lleva al cuello una medalla de la Virgen de Montserrat, recuerdo de mi madre, con los dos mayores: Enrique, que ya está hecho un hombrecito y Montse, de pocos meses".
"Cuando nació Montse -recuerda su madre- tenía los ojos azules. Luego se fueron oscureciendo y al final eran castaños oscuros, con las pestañas muy negras.
Y de muy pequeña, cuando le hicimos esta fotografía, ya manifestaba una gran viveza de carácter..."
"No recuerdo más anécdotas de Montse de aquel tiempo -concluye Manuel Grases-, salvo que esta fotografía debe ser de cuando le enseñábamos a dar los primeros pasos, allá por el año 1942".
5. PRIMEROS PASOS
Carmen Escrivá
Mientras que la pequeña Montse Grases daba sus primeros pasos en la vida, Encarnita Ortega, aquella chica joven que había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei tras su encuentro con el Fundador en Valencia, daba también sus primeros pasos en su vocación. Y los primeros pasos -en la vida y en la vocación- suelen ser difíciles. Encarnita estaba ahora a punto de marcharse a Madrid, a vivir en un Centro del Opus Dei, y precisamente durante esa temporada habían llegado hasta los oídos de su familia los ecos de las calumnias y de las maledicencias. Su padre -viudo, padre de tres hijas-, sus tías, sus familiares... todos estaban perplejos: ¿cómo es posible que Encarnita quisiese irse a vivir con personas de las que todos decían que se estaban ganando a pulso la condenación eterna?
Aunque don José María Ortega Ijazo, un hombre ponderado y sereno, de carácter jovial, confiaba en su hija y respetaba su libertad, no acababa de quedarse tranquilo. No podía dar crédito a todo lo que le decían, pero... ¿qué sería verdaderamente el Opus Dei? ¿Quién sería ese Padre Escrivá del que se contaban tantas y tantas cosas? No se opuso a la vocación de su hija, pero aquello le entristeció.
"No sabiendo qué hacer -cuenta Encarnita Ortega-, fui a ver a D. Antonio Rodilla, entonces Vicario General de la Diócesis, y le rogué que recibiera a mi padre, le animase y le contara algo de la Obra. Fue papá a verlo y volvió cambiadísimo. D. Antonio le dijo que no conocía la Sección femenina del Opus Dei, pero que sí conocía muy bien al Padre, y que siendo una cosa fundada por él, estaba seguro de que era algo para mucha gloria de Dios, porque por donde había pasado, había dejado siempre una estela profunda de santidad y de eficacia. Estas palabras animaron mucho a mi padre, y a una de mis tías que lo acompañó".
Disipados los temores familiares, en el mes de agosto del año 1941 Encarnita llegó a Madrid, donde conoció a Carmen Escrivá que, tras la muerte de su madre, se ocupaba de la administración doméstica de la casa. A Encarnita le impresionó vivamente la fuerte personalidad de la hermana del Fundador.
Carmen era por aquel entonces una mujer de cuarenta y dos años, en la plenitud de la vida, con una belleza serena y unos ojos de mirada profunda. Tenía un carácter firme y decidido, enérgico y dulce al mismo tiempo. Como buena aragonesa, era de palabra contundente y clara, y amaba poco los circunloquios. Poseía una rara, una rarísima cualidad: sabía estar siempre en su sitio. Y su sitio en el Opus Dei era muy específico y concreto: ayudar a su hermano a sacar adelante el Opus Dei no como hija suya, vocación a la que Dios llamaría a miles de mujeres, sino como hermana suya, vocación que Dios había dado sólo a una mujer: a ella.
En aquellos difíciles años de la postguerra, Carmen se ocupaba de dirigir la atención doméstica de la nueva residencia de estudiantes que don Josemaría había promovido en la calle Jenner. Allí, como recuerda Juan Jiménez Vargas, que era Director de aquella Residencia, "tuvo una vida muy dura de dedicación, de trabajo y de preocupaciones (...). Lo más costoso lo hacía sin llamar la atención, parecía que seguía fielmente los pasos del Fundador del Opus Dei en `ocultarse y desaparecer'. Todo lo hacía sin darle importancia y cuando comentaba algunas dificultades -que a veces eran cosas importantes para la marcha de la Residencia-, a fuerza de sentido del humor, no dejaba ver lo duro que le resultaba. Nunca le oí una queja".
El Opus Dei, como explicaría más tarde el Fundador, no había tenido Fundadora; y su hermana Carmen le ayudaba, con una disponibilidad plena, en muchos menesteres concretos y gestiones materiales con mujeres que él, como sacerdote, no podía atender.
Dos reacciones
Una tarde de noviembre de 1942 don Josemaría fue al Centro que tenían las mujeres del Opus Dei en Madrid. Era una casa de dos plantas en la calle Jorge Manrique. Al llegar las reunió en la Biblioteca. Eran sólo tres mujeres jóvenes, y como recuerda Encarnación Ortega, "¡éramos pocas más en todo el mundo!"
Extendió sobre la mesa de la biblioteca un pliego de papel en el que había escrito el cuadro de labores que las mujeres del Opus Dei iban a realizar en el futuro en los cinco continentes. Les habló con fuerza, con una fe plena en que todas aquellas labores pronto se harían realidad. Y no parecía importarle que fuesen sólo tres...
"Sólo el hecho de seguir al Padre -comenta Encarnación Ortega-, que nos las explicaba con viveza, casi producía sensación de vértigo: granjas para campesinas; distintas casas de capacitación profesional para la mujer; residencias de universitarias; actividades de la moda; casas de maternidad en distintas ciudades del mundo; bibliotecas circulantes que harían llegar lectura sana y formativa hasta los pueblos más remotos; librerías... Y, como lo más importante, el apostolado personal de cada una (...), que no se puede registrar ni medir.
Debíamos de expresar con la mirada nuestro deseo de realizar lo que el Padre nos había expuesto, pero también nuestra impotencia, porque doblando despacio aquel cuadro, dijo:
-Ante esto se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda.
Su fe le hizo no tener en cuenta ni el número de mujeres del Opus Dei, ni la juventud, ni la falta de preparación en todos los campos (...).
Manifestaba esa misma fe ante la expansión de la Obra por los países más dispares (...). Siempre pensó que si el Señor nos pedía aquello y respondíamos con fidelidad, no dejaría de darnos su gracia, aunque tuviéramos que comenzar sin más bagaje que la bendición del Padre, una imagen de la Virgen y un Crucifijo".
6. NOCHES EN VELA
Dios quería más
Mientras tanto, en Barcelona, el hogar del joven matrimonio Grases empezaba a conocer los primeros sufrimientos. La pequeña Montse había caído enferma de gravedad.
"Al principio no parecía nada serio -comenta Manolita-. Tenía un asma infantil, al que el doctor Moragas, que era nuestro médico, no le dio mayor importancia; me tranquilizó, aunque me dijo que aquello podía durar semanas. Sin embargo, como el asma era muy aparatoso, al ver que se alargaba, decidimos consultar a otro médico, que nos habían dicho que era una eminencia... ¡Y ahí empezó todo!
El nuevo médico le recetó unos jarabes con unas fuertes dosis de codeína, que fueron secándole la expectoración de tal manera que degeneró en una bronquitis capilar y llegó a una situación de gravedad extrema; tanto, que un día, el médico llegó a decirme ¡a mí!:
-Pero, ¿aún no se ha muerto? ¡No comprendo cómo resiste tanto!
Ese médico fue el causante de todo: se obcecó, se obcecó totalmente y no quiso reconocer que se había equivocado en el diagnóstico.
Ay... Cuando la llevamos de nuevo al doctor Moragas y vio el estado en el que la habían dejado, le acarició una piernecita y le dijo:
-¡Pobrecita! ¡A qué estado has llegado!
Y todo por culpa de aquella obcecación... Y es que la medicación que le habían dado era, además de equivocada, contrapuesta por completo a lo que necesitaba...
Pero gracias a Dios, ya estaba de nuevo en manos del doctor Moragas, que empezó a darle enseguida sueros y más sueros y expectorantes para la bronquiolitis. Hacía tal ruido al respirar que, sin exagerar, se la oía de un extremo al otro de la casa.
Ese periodo de gravedad mortal duró un mes aproximadamente. Estábamos a su lado una noche, y otra, y otra... Y yo estaba a punto de dar a luz a Jorge...
Recuerdo que el doctor Moragas cada vez que venía a ver a Montse me preguntaba por mi embarazo:
-¿Aún no, señora?
-Pero Montse, ¿ha salido ya del peligro?, le preguntaba yo, porque estaba segura que no daría a luz hasta que Montse se pusiese buena.
Tardó en responderme días y días, hasta que la auscultó y le oí comentar:
-Bueno, esto ya me gusta más.
-¿Ha salido ya del peligro?
-Yo no he dicho tanto -me contestó el doctor, prudente como siempre...
Recuerdo la noche en que hizo crisis su enfermedad. Mi hermana Inés y mi cuñado, que es médico, se quisieron quedar con nosotros, porque estaban seguros que de aquella noche no pasaba, y no querían dejarnos solos. 'Acuéstate, descansa, no te preocupes, tienes que descansar', me decían, porque yo estaba en estado de gestación muy avanzado y llevaba muchas noches sin dormir...
Por supuesto que no quise y me quedé al lado de su camita, cosiendo unos botones que faltaban en los pañales de Jorge (entonces se usaban unos picos con tres botones). Mi hermana y mi cuñado, que estaban en nuestra habitación -que era donde estaba su camita-, se sentaron al borde de la mía; pero el sueño les fue venciendo y se quedaron dormidos. Manuel también se quedó dormido, rendido por el cansancio de tantos días en vela, no recuerdo dónde.
Yo cosía, cosía y la miraba... y le ponía de vez en cuando unos paños en la frente para enjuagarle el sudor; y le cambiaba la almohada... Estábamos en pleno invierno.
Durante esa noche vi cómo mejoraba; recuerdo perfectamente el momento en que la enfermedad cedió. Y le di muchas gracias a Dios porque la dejara con nosotros.
Cuando se despertaron los tíos y la vieron sonreír se quedaron muy sorprendidos. Luego me contaba mi hermana Inés que nunca pensaron que pasase la noche. ¡Montsina querida! Como Dios quería más..."
Isidoro
Aquellos primeros meses de 1943 fueron también de dolor, de sufrimiento y de noches en vela para el Fundador del Opus Dei. Isidoro Zorzano había caído enfermo y los médicos acababan de dar el diagnóstico, mortal a breve plazo: padecía la enfermedad de Hodking, linfogranulomatosis maligna. Era una enfermedad incurable y dolorosa: la inflamación crónica de los ganglios le producía escalofríos, fiebre alta, gran agotamiento, pérdida de fuerzas, y una inapetencia progresiva. Cualquier movimiento le producía una intensa fatiga. Apenas podía hablar. Las masas ganglionares le comprimían los bronquios y se le hacía difícil conciliar el sueño. Su respiración era acelerada, jadeante.
Lo mismo podía durar dos días que dos meses. En esa situación el Fundador pensó que era necesario explicarle su situación para que pudiera prepararse espiritualmente. A pesar de lo que debió costarle, se lo dijo con gran claridad. "Isidoro -cuenta don Alvaro del Portillo- reaccionó con una alegría formidable, y eso que él no se pensaba que tenía tan próxima la muerte, ni mucho menos (...). Entonces, Isidoro preguntó al Padre:
-Padre: ¿de qué asunto me tengo que preocupar, en cuanto llegue al Cielo: por qué quiere que pida?"
El Padre le respondió que pidiera, en primer lugar, por los sacerdotes; después, por la labor con mujeres; luego...
Esa petición por los sacerdotes tenía un sentido muy concreto: poco tiempo antes, durante la mañana del 14 de febrero de 1943, mientras celebraba la Santa Misa en un centro de mujeres del Opus Dei, Dios había mostrado al Fundador cuál era la solución jurídica que había buscado durante mucho tiempo para los sacerdotes de la Obra, sin encontrarla: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Era una solución que respondía plenamente a la luz recibida el 2 de octubre de 1928, en la que había visto el Opus Dei con seglares y sacerdotes en íntima cooperación.
La perspectiva de ir pronto al Cielo llenó de alegría a Isidoro: "¡pronto iría al cielo -recuerda don Alvaro del Portillo-, y desde allí podría trabajar mucho por lo que más le preocupaba al Padre!"
Al Fundador le emocionó la reacción tan sobrenatural de aquel hijo suyo ante la muerte y recomendó a los que le rodeaban que les dijeran siempre a los miembros del Opus Dei que se encontraran en ese trance -peligro de muerte- la verdad de su situación. "No se lo ocultéis -dijo-. Yo se lo he dicho claro a pesar de que he visto que se quedaba de momento contrariadísimo, al enterarse del pronóstico. Pero ha reaccionado enseguida con una alegría grande".
Lo ingresaron en el Sanatorio de San Fernando. Don Josemaría le visitaba con mucha frecuencia, a pesar de todas las obligaciones que recaían sobre sus hombros. Tenía con él innumerables detalles de cariño: se preocupaba de que le prepararan unos pasteles el día de su santo, de que le llevaran una palma bendecida el domingo de Ramos... Los miembros del Opus Dei se turnaban para que estuviese continuamente acompañado.
Mientras pudo, Isidoro siguió haciendo su vida de siempre, sin perder la alegría, a pesar de los continuos dolores que sufría, los insomnios y las frecuentes náuseas. "Hace mucho tiempo que sabe que se muere -comentaba el doctor Palos, Director del Sanatorio-, y, sin embargo, está tan tranquilo. Cuando se le dice que está mejor, lo agradece con una sonrisa que envuelve un fondo de amable ironía".
-"Mirad la paz y la alegría que se tienen en el Opus Dei -comentó el Fundador-, cuando se va a morir".
Poco más tarde, lo trasladaron al Sanatorio de San Francisco, de la calle Joaquín Costa. En esta fotografía del 21 de abril de 1943, se ve a don Josemaría velando junto a su lecho:
Dios se llevaba de su lado a un hombre fiel, en el momento que más lo necesitaba. El Fundador aceptó esa Voluntad divina, aunque le costaba: Dios sabía más.
En la primavera de 1943 Isidoro esperaba ya la muerte, y el 15 de abril, Viernes de Dolores, creyó que ya había llegado su hora. Vino el Fundador y le administró la Extremaunción. "¡Qué hermoso día para morir, Padre -comentó Isidoro-, y ver hoy a la Virgen!"
Pero Dios no lo llamaba todavía y el peligro pasó pronto.
Isidoro siguió rezando, con la misma serenidad de siempre, ofreciendo todos sus dolores por la Iglesia, por la Obra y por los primeros sacerdotes del Opus Dei.
El 15 de abril uno de los que le acompañaban le oyó musitar: "Siento que el Señor me llama por momentos... Saca fortaleza de mi muerte: perseverancia, perseverancia... Sed muy fieles al Padre... y mucho amor a la Obra. Que no haya nada que nos ate a la tierra".
Murió, con una gran paz, a las cinco y media de la tarde del 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen. Con la mirada puesta en ese último momento, dijo en una ocasión: "Cuando un día el Señor nos llame, como me llama a mí ahora, sentiremos esta paz y alegría que sólo puede ser fruto de una vida que le ha sido fiel. Solo por alcanzar esta paz en la última hora, bien se puede hacer lo poco que por el Señor hacemos..."
Por la noche, uno de los que le acompañaban escribió: "Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre".
Años más tarde, entre 1948 y 1954, se instruyó en Madrid el proceso informativo sobre la fama de santidad, vida y virtudes de este hombre bueno y fiel. La vida callada y de intenso trabajo profesional hecho cara a Dios de Isidoro Zorzano ha sido, desde su fallecimiento, un estímulo hacia la santidad para miles de cristianos que luchan por santificarse en medio del mundo. Su muerte, aceptada con alegría, ha tenido una influencia decisiva en la vida de muchas personas y de modo singular, como veremos más adelante, en la de Montse Grases, que se reponía durante aquellos días de aquella enfermedad que podía haber sido mortal...