Opus Dei
Ponte al día
Opus Dei: verdades ...
DATOS | DINERO | CRÍTICAS Y SECRETOS | OPUS DEI: ENLACES | FRANCO | LIBROS | LA ESTAMPA | MISCELÁNEA


ÍNDICE

Escríbenos Escríbenos: correo@pontealdia.net

Montse Grases
José Miguel Cejas

Capítulo: Tiempo de cantar

Borrico, si quieres amar,
si sabes cantar,
cántale, cántale.
1. AMAR LA VOLUNTAD DE DIOS
Rosas de conformidad
"Montsita cada día va perdiendo más -escribía Lía a Crucita Tabernero el 29 de noviembre-. Desde que vino de Roma, no ha podido subir más que un solo día en Llar. Está, eso sí, animadísima con una paz y serenidad impresionante. Se habla ahora, sin ninguna seguridad de mejora, de cortarle la pierna. Tanto el Dr. Cañadell como sus padres se resisten un poco, ahora están esperando la visita de un médico italiano de mucho prestigio, aunque todo el mundo está muy desesperanzado de que se le pueda hacer algo positivo.
Da mucha pena verla agotarse día a día, pero, a la vez, una alegría tremenda. ¡Cómo lo está llevando ella y sus padres!"
A partir de la estancia en Roma se abre un capítulo decisivo en la vida de Montse. Casi sin darse cuenta, empezaba a recorrer los últimos escalones del Amor a Dios que el Fundador del Opus Dei señalaba en "Camino": "Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con al Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios".
Transmitía a los demás esa confianza en Dios. "Cierto día, en su habitación -cuenta Encarnación Ramos-, Montse me preguntó por mis circunstancias de vida, hijos que tenía, etc. Al responderle que tenía ya suficiente con dos hijos (...), me alentó a confiar siempre en la Providencia de Dios, a 'esperar' en El".
No era simple resignación; sino búsqueda amorosa del querer de Dios. "Una vez hicimos la lectura espiritual juntas -cuenta Carmen Salgado- con el capítulo de un libro que se llamaba 'Sí, Padre', en el que el autor hablaba de entrega y conformidad con la Voluntad de Dios, y cuando terminamos Montse me dijo: '¡Es bárbaro este libro! ¿Verdad que es una maravilla?'. Lo dijo con tanta fuerza y con una alegría tan honda que se me quedó muy grabado".
Tenía apuntados en su agenda -que no era más que una libreta pequeña de pastas azules, con las páginas sujetas por una sencilla espiral de alambre- unos versos de José María Pemán que leía con frecuencia y espoleaban su abandono filial:
"No quiero que en mi cantar mi pena se transparente..." Ese deseo le llevó, día tras día, a vibrar cada vez con mayor sintonía, en un diapasón fidelísimo, con el querer divino. Por esa razón un día que su madre le leyó un pasaje de una obra de San Francisco de Sales en el que hablaba del sentido del sufrimiento y de aceptar la muerte con alegría, le dijo entusiasmada: "Qué bien nos viene esto, ¿verdad?"
Esta es una de sus últimas fotografías. Está sonriente, junto a su madre, en la cama. Sabe que se acerca el final y sigue intentando que todo no gire alrededor de ella y que la vida familiar transcurra con el ritmo normal de siempre.
Se podía decir de ella lo que el Fundador escribió de María Ignacia, aquella mujer del Opus Dei que también murió sonriendo: "Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".
"Cuando le hice esta fotografía -cuenta su padre- estuvo contemplando un rato a su madre y le dijo, muy cariñosa: 'mirando a mi mamá, que la quiero mucho'".
Dos o tres días antes de la Novena a la Inmaculada, cuando estaba en cama, fueron a verla dos amigas de su madre, también Supernumerarias del Opus Dei. Una de ellas era María Gambús, que le llevó dos orquídeas como regalo. Se encontraba Lía también allí en aquel momento, y les contó que dentro de poco iría a Llar don Florencio para hablarles de la futura Escuela Hogar que se pensaba construir -el nuevo Llar- y que luego les daría una meditación y la Bendición con el Santísimo.
Las perspectivas de esa labor apostólica -que comenzó dos años más tarde, en 1961- la entusiasmaron: "¡Qué maravilla la Escuela-Hogar -le comentó a Lía-, ¿te imaginas?"
Al final cuando se fueron las amigas de su madre, le sugirió a Lía:
-"Oye, ¿por qué no te llevas esas flores y las pones al lado del Sagrario?"
2. LA NOVENA DE LA INMACULADA
Una locura
En Llar, como es costumbre en tantos lugares del orbe católico en los primeros días de diciembre, antes de la festividad del día 8, tenía lugar la Novena de la Inmaculada, a la que solían asistir muchas de las chicas que iban habitualmente por aquel centro. Durante aquellos días todo vibraba en aquella casa en detalles de amor a la Virgen.
Montse -recuerda Rosa- quería ir a la novena para rezar a la Virgen. Terminada la Novena, se quedaba en Llar hablando con las chicas que habían ido y haciendo apostolado, aunque hubiese estado mucho más cómoda en su casa, en la cama... Pero le parecía que no tenía derecho a pensar en sí misma cuando había tanta gente a la que podía acercar al Señor. 'Ese es -decía- el empujón que le falta a muchas chicas... y hay que dárselo'. Pensaba que si le quedaba poco tiempo tenía que acelerar..."
Allí, junto al Sagrario estaban las dos orquídeas que le habían regalado. Y allí estaban también, junto a la Virgen, todos sus dolores: "Su devoción a la Virgen Santísima -contaba Ana María Suriol- puedo decir que era (...) 'una locura'". Es cierto: ir a Llar todos los días, en su situación física, tenía mucho de locura... de amor. Pero iba, aunque nada más llegar se tuviera que recostar en la cama turca, eso sí, quitándose primero los zapatos, aunque viniera exhausta, para no manchar el cubrecama... Como atestigua una de las que la acompañaban, "era muy cuidadosa con los detalles pequeños, que a veces resultan heroicos".
Una página del Diario de Llar relata uno de estos días de la novena: "Rosa Mª Pantaleoni se vino prontico -se lee con fecha del 2 de diciembre- y estuvo animando a la gente cantando y haciendo que todas las chicas lo pasaran bien. (...) Montse ha venido y se echó un rato en la cama (...). Desde allí cantaba con todas (...). Están impresionadísimas al verle la alegría que tiene. Muchas vienen a decirnos: ¿es verdad que está tan mala? ¡pero si está contentísima...! y claro que lo está, porque su disposición es maravillosa para darle al Señor con garbo y alegría todo lo que le ha pedido".
"Venían muchas chicas a la novena de la Inmaculada -cuenta Rosa-: cuarenta, cincuenta, sesenta... de ese orden; y el Oratorio estaba completamente lleno. Recuerdo que un día Montse estaba sentada, con la pierna apoyada en una silla, porque ya no podía doblarla y en esa posición se encontraba mejor. Procuraba, como siempre, no llamar la atención".
El sacerdote comenzó la meditación. En el Oratorio quedaban encendidas sólo las luces que iluminaban el Sagrario y una pequeña lamparilla puesta sobre la mesa desde la que hablaba el predicador, de tal modo que todo quedara en penumbra para favorecer la oración personal con el Señor.
"En aquel momento -cuenta Rosa- entró una chica que, en la penumbra, no se dio cuenta de que Montse tenía la pierna apoyada en la silla, y le preguntó: '¿está libre?'. Ella sonrió y contestó: 'sí, sí, siéntate, por favor...', fue retirando la pierna sin que la otra se diera cuenta y le cedió el sitio.
Yo, en cuanto la vi, me llevé un disgusto, y me acerqué por detrás como pude y le dije en voz baja -porque estábamos en el Oratorio- que hiciera el favor de apoyar la pierna en mi silla. 'Si te levantas -me dijo poniendo cara de enfadarse, para que me sentara- toda la vida estaré disgustada contigo'.
Y me tuve que volver a sentar, porque además tampoco estaba yo en muy buenas condiciones físicas como para quedarme de pie todo el rato..."
Un día, a la hora de la meditación -recuerda Roser-, intentamos entre algunas llevarla hasta el Oratorio. Pero a la mitad del pasillo, cuando faltaban pocos metros para llegar, Montse nos dijo con mucha serenidad:
-Mira, no podéis conmigo; estoy cansada. Lo mejor es que me dejéis aquí, en Dirección, en el sofá cama y vosotras os vais a la meditación. No os preocupéis por mí; yo me quedo aquí haciendo la oración.
Esa fue la última vez que la vi; yo era muy joven, casi de su misma edad y me sorprendió la sencillez con la que le quitaba hierro al asunto. No hizo ningún drama: se quedó allí, sonriente, haciendo la oración".
El día de la Madre
Había llegado a una situación en la que ya no podía valerse físicamente por sí misma, y eso, en una joven desenvuelta, deportista y llena de vitalidad como ella, era algo humanamente muy duro. Pero lo aceptó. Y aceptó también algo de lo que era enemiga por propia naturaleza: llamar la atención, porque se daba cuenta de que, allá donde iba, se convertía, aunque no lo pretendiera, en el centro de todas las miradas. Si no hubiera sido por la Virgen, se hubiera quedado en casa...
Llegó el 7 de diciembre. Al día siguiente era la fiesta de la Inmaculada y en esa fecha se celebraba por entonces en toda España, unida a la de la Virgen, la fiesta de las Madres. ¿Cómo voy a dejar a mi madre -debió pensar Montse- en una fiesta como ésta sin su regalo?
Lo consultó con Lía y dicho y hecho. Un día, de vuelta de la Novena -a pesar de lo mal que se encontraba- llegó como pudo hasta una tienda donde sabía que vendían unos zapatos que a su madre le gustaban (porque una vez, al pasar junto al escaparate, se lo dijo), entró con mucha dificultad; vio que eran de la talla que usaba su madre y se los compró. No fue una tarea fácil; y no pudo evitar que todos los clientes se fijaran en la pierna hinchada de esa chica joven que andaba tan dificultosamente...
"Ahora (Montse) ya no puede sostenerse en pie -le escribía Lía, el 8 de diciembre, a Josefa Castelló-. Da sólo unos pasos, se le ha puesto la pierna impresionante de hinchada, y ya no es sólo eso, sino también su estado general. Aunque así y todo no pierde el ánimo. Está, si cabe, más maja. Hace una labor de apostolado no ya entre las chicas, sino la gente mayor que la van a ver. Está siempre contenta, sacando chispa a todo. Estos días de la Novena de la Inmaculada ha podido subir todos los días. La visten a última hora. Sube en coche y aguanta la pobre como puede el rato de la Meditación. Pero el final no se lo pierde mientras pueda. Tú sabes el jaleo que arman estirada en la turca de la oficina... cantan. Pide a la gente para que vayan a Ejercicios. No sabes la gente como se va de impresionada. No me extraña, porque hay días que da pena verla. Cómo se arrastra, con una cara que parece más muerta que viva".
Todas estas cosas forman parte de ese "heroísmo de la vida cotidiana", que está compuesta, como un mosaico, de mil pequeñas teselas: un detalle de servicio, una sonrisa cuando no apetece y un regalo en el día adecuado, aunque tengamos todas las excusas para no hacerlo... En esto consistió la santidad de Montse: supo ser heroica en lo pequeño, en lo ordinario. "Santidad heroica", había escrito el Fundador en 1930. "Es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos, canonizables; si no, hemos fracasado. Santidad auténtica, sin paliativos, sin eufemismos, que llega hasta las últimas consecuencias: sin medianías, en plenitud de vocación vivida de lleno. De modo que hemos de poner un cuidado extremado hasta en las cosas más pequeñas".
3. LAS LUCES DE LA NAVIDAD
Una partida de parchís
Durante aquellos días, con las que venían a acompañarla, rezaba, cantaba, charlaba... y de vez en cuando, jugaba una partida de parchís, o al Juego de la Oca, o al "tres en fila".
Unas veces ganaba Montse... y otras no. Nunca la vio Rosa lo suficientemente triste como para dejarla ganar, aunque ella disfrutaba mucho cuando ganaba. "Y jugábamos cada partida -comenta Rosa- con toda la ilusión del mundo: de oca en oca, y tiro porque me toca... Y cuando yo caía en el pozo..., ¡qué alegría le daba!
Es curioso, pero me acuerdo perfectamente de estas tonterías... Es comprensible. ¡Eramos tan jóvenes! Rabiosamente jóvenes...
Y sin embargo, cuando pienso en estas cosas intrascendentes es cuando la admiro más, porque veo que sabía compaginar el sufrimiento con la alegría... A su lado entendí con una fuerza especial aquellas palabras de Fundador del Opus Dei, cuando decía que la tristeza es la escoria del egoísmo... Me decía: 'Es verdad, esto es así... pero hay cosas más tristes'. Y es verdad: la única desgracia es el pecado. Y yo me daba cuenta de que se esforzaba en sonreír cuando estaba conmigo para que yo no sufriera..."
Rosa no lo acababa de creer... ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto, tanto, en tan poco tiempo? Luego comprendió que todo fue obra del Espíritu Santo, de aquel amor de Dios que se fue apoderando de su alma a medida que ella iba correspondiendo a la gracia... Pero entonces se quedaba sorprendida, por ejemplo, de que una persona tan impaciente en ocasiones como ella, fuese adquiriendo tanta mansedumbre; y que, a pesar de que sufría muchísimo, nunca se comportase como una "enferma crónica", ni se compadeciese de sí misma. No le gustaba que le compadecieran, ni que le dijeran: "Pobre Montse"... Aquello era el fruto de los sacramentos, de su oración, de su trato con Dios... y de algo que le influyó muchísimo: aquel encuentro en Roma con el Padre. Las cosas que le dijo le ayudaron profundamente.
No hay tal andar
Por la radio comenzaban a escucharse los primeros villancicos. Se aproximaban las fiestas de Navidad. Ana María y varias amigas comenzaron a adornar la habitación de Montse, poblada de banderines de procedencia varia -de Lima, de Córdoba y de las motos "lambretta", junto con uno del Domund, que tenía la efigie de Pío XII- con estrellas alusivas y ramas de abeto, por debajo de la estantería corrida, llena de libros, que bordeaba la cama. Uno de esos libros le había gustado especialmente: "Viento del Este, Viento del Oeste", de Pearl S. Buck, autora que entonces estaba muy en boga. Montse desde la cama, dirigía la operación: "esa estrella azul, allí; esa guirnalda en la lámpara; ahí dejad un hueco para los christmas que vayan llegando". Tenía también un azulejo con una leyenda expresiva: "Siempre alegres".
"Recuerdo que por aquel tiempo -sigue contando Rosa- vino a atenderla un sacerdote del Opus Dei, el Dr. Vall, que era más bien serio. Estaba la puerta medio entornada y de pronto me dijo Montse: 'Chisss, Rosa, acércate; corre, corre, corre; mira, está el Dr. Vall paseando a Rafaelito...'; me asomé sin hacer ruido y allí estaba el Dr. Vall, en el pasillo, jugando con el más pequeño...
Estos detalles le llegaban al corazón. 'Fíjate qué buena es la gente en el Opus Dei -me comentó-. Qué suerte tenemos, ¿verdad?'
Aquello me hizo pensar mucho... Entendí lo que me había querido decir: que la vocación es una suerte, una gran gracia de Dios, por la que le debemos estar siempre agradecidos. Nuestro Fundador nos decía que Cristo Jesús nos había llamado desde la eternidad, que nos había besado en la frente... La vocación es eso: un don inmerecido, la suerte de caminar muy cerca del Señor, siguiendo sus pasos. Por eso pienso que le gustaba tanto aquel villancico:
No hay tal andar
como buscar a Cristo.
No hay tal andar
como a Cristo buscar.
Que no hay tal andar..."
Rosa recuerda su lucha en lo pequeño, contra los propios defectos. "Y si eres diferente -continúa-, porque tienes una limitación física de cualquier tipo como nos pasaba a nosotras dos... pues mira, lo que tienes que procurar es adaptarte tú a los demás y no esperar que los demás se adapten a ti. De esto hablábamos mucho: somos nosotras las que tenemos que aproximarnos a ellos más que esperar que ellos se aproximen a nosotras..."
Montse actuaba con esta mentalidad, que la llevaba a hacer una vida aparentemente normal para no llamar la atención; aunque esa "sorprendente normalidad" fuese lo que más llamase la atención de ella. En esa normalidad de la vida corriente llegó hasta la identificación plena con Jesucristo, como pedía el Fundador: "Tú, alma entregada a Dios, a Jesucristo, ¿qué haces?... ¿Amas con obras, con esas obras pequeñas? Porque, con obras grandes, pocas veces podrás servirle. Porque cosas grandes, de ordinario se presentan sólo en la imaginación".
Un ejemplo entre muchos: Un día fue a Monterols para hacer un retiro mensual de medio día, como tenía por costumbre. Llegó al Oratorio, se sentó, apoyó su pierna en dos sillas bajas y allí estuvo todo el tiempo sin moverse. Carmiña Cameselle le dijo que si se cansaba y quería cambiar de postura se lo dijera, "pero no se movió en todo el tiempo que duró la meditación -cuenta- y eso que tenía un malestar continuo".
¡Una televisión!
"Su familia le ayudo muchísimo. Especialmente, sus padres... -cuenta Rosa- ¡qué sacrificios hicieron para darle todo lo que le podía hacer ilusión...!"
Muchos domingos su hermano Enrique traía la máquina de cine que utilizaba en la catequesis y así conseguía que se distrajera un poco. Pero hubo un domingo en el que no pudo venir. "¡Qué lástima -dijo Montse, cuando se enteró-, con lo que me gustaría ver cine!"
En el mismo momento en que acabó de pronunciar estas palabras llamaron a la puerta. Era Paisa Zóbel, una amiga de su madre, que le traía una sorpresa: ¡un aparato de televisión!
En aquellas fechas la televisión era todavía algo inusual en los hogares españoles; aunque se popularizó muy pocos años después, seguía siendo un "invento americano" del que disfrutaban fundamentalmente los extranjeros. Sólo unos cuantos privilegiados podían ver, dentro del país, las retransmisiones de la única cadena nacional. Y todavía por las calles, cuando algún establecimiento exponía uno de aquellos aparatos, voluminosos, se formaban pequeños corrillos de televidentes improvisados en la acera, frente al escaparate, que comentaban con admiración:
-"¡Esto va a ser el fin del cine!"
¡Una televisión! En realidad lo que le trajeron era un artefacto curioso, compuesto con urgencia en la fábrica del Sr. Zóbel, para darle esa alegría a Montse. Pero al fin y al cabo, funcionaba, y se veían, después de mover muchos botones y batallar para que desaparecieran mil rayas misteriosas, películas americanas y corridas de toros...
"De todas formas -comenta su madre-, ella vio pocos programas. Ya estaba muy mal..."
"Recuerdo -sigue contando Rosa- que un día su padre consiguió que le prestaran un coche porque tenía la ilusión de que Montse viese las calles de Barcelona iluminada con las luces de la Navidad.
Ya estaba preparada para salir. Pero en el momento de bajar al coche le sobrevino un ataque de dolor y no pudo ir.
Y entonces... todos reaccionaron como si no hubiese pasado nada. Ella disimuló el dolor como pudo, mientras que sus padres le decían: 'no te preocupes, no pasa nada, Montse, ¡qué más da! Ahora mismo despedimos el coche; tú no te preocupes por eso...'. Había siempre aquel ambiente de cordialidad y de alegría..."
Un hogar luminoso y alegre
"¡Qué cariño había en aquella casa! Era verdaderamente uno de esos 'hogares luminosos y alegres' de los que hablaba el Padre... Nunca me dijeron 'vaya por Dios, que cruz nos ha caído encima' o 'qué desgracia tenemos en esta casa', ni nada parecido. Al revés, su madre, siempre que yo iba a acompañar a Montse, en vez de hablarme de sus penas, me preguntaba cómo estaba yo, cómo estaban mis padres, si mi madre se encontraba bien, si me gustaba la carrera que hacía en la Universidad y qué asignatura me costaba más... Se les veía a todos tan cerca del Señor que yo palpaba a Dios a través de su comportamiento. Porque esto de sonreír es fácil hacerlo un día. Pero un día y otro, y otro, y otro, y otro... y otro, y otro, y otro... y siempre con el mismo carácter... y siempre con el mismo cariño y la misma dulzura..."
"Recuerdo -sigue contando Rosa- que cuando a Montse el dolor se le hacía insoportable y ya no podía más, su madre nos pedía que saliéramos de la habitación, y se quedaba sola con su hija, y la consolaba:
-Montse, Montse, ya verás cómo se pasa... Hijita mía, quéjate; porque si te quejas te podemos ayudar mejor...
-No, no -le decía Montse, con lágrimas en los ojos-, no te preocupes, mamá, si estoy muy bien, si estoy muy bien...
Pero el ambiente de aquella casa no era dramático, o tenso, o deprimido, no: si hubiese sido así yo no lo hubiese podido soportar... Es curioso: a pesar de todo lo que estaba pasando, yo lo recuerdo como un ambiente muy agradable, especialmente durante aquellas navidades..."
4. LA ULTIMA NAVIDAD
Primer aniversario
Aquella era su última Navidad en esta tierra y Montse lo sabía. También sabía que sería muy diferente a las anteriores. Ya no iría como otros años con su madre y sus hermanos a la plaza de la Catedral, en el barrio gótico, en busca de alguna figura para el belén -un pastor, una burra- entre la algarabía de los tenderetes:
-"¡A peseta! ¡Todas a peseta!"
-"Musgo para el pesebre! ¡Muérdago! ¡A peseta! ¡Corderos a real!"
Musgo para el pesebre... hacía un año, justamente un año, paseaba por ese mercadillo con Pepa. Y horas más tarde escribía la carta en la que pedía ser admitida en el Opus Dei y se entregaba plenamente al Señor. Llamó a Rosa por teléfono para decírselo, llena de alegría:
-"¡Rosa! ¡Es mi aniversario!"
Sólo había pasado un año, y ahora... ¡era todo tan distinto! Mientras escuchaba la cantinela de la lotería de Navidad por la radio, contemplaba los adornos navideños de su habitación desde la cama. A cada uno de esos adornos le daba una intención apostólica y le servían para rezar por unos y por otros. Su padre había bajado de lo alto de un armario, con la solemnidad de un viejo rito, el viejo armazón del belén: una caja grande, cuadrangular, en la que cada año se disponían de diversa manera las montañas, el portal y las figuras el pesebre. Aquel belén tenía de todo: molino, castillo de Herodes y río de zinc... (Un año le pusieron agua de verdad: agua corriente que desfilaba rápida entre las figuras inmóviles y se perdía misteriosamente por un agujero... Pero como a veces, se producían inundaciones en las que naufragaban juntos pastores, patos y lavanderas, decidieron volver al papel de plata: era menos expresivo, menos "realista", pero más seguro). Se puso el belén y se cantaron villancicos, como siempre: todo debía seguir igual que siempre: "hay muchos pequeños -comentaba Manolita- y no tenemos derecho a robarles la alegría".
Pero era una alegría silenciosa. Este año no se escuchaban, como en otras Navidades, los gritos por el pasillo de los pequeños al estrenar sus vacaciones. Todos intentaban guardar el mayor silencio para no molestar a Montse. "Una tarde -cuenta Lía- en que estaba con ella y sus padres, en silencio y la habitación estaba casi a oscuras, con todas las ventanas entornadas. De pronto exclamó:
-¡Abrid las luces! ¡Y los postigos de las ventanas! ¡Y no habléis en voz baja...! A ver... ¿por qué no cantamos una canción? ¡Un villancico!
Quería que hubiese alegría... y nos pusimos a cantar su villancico preferido".
Soy una mula, mi Niño, mi Niño
pero te quiero, te quiero.
Cógeme de las orejas,
dame un beso y otro beso,
que yo no quiero besarte,
que tendrás miedo.
La voz se les ahogaba en la garganta. Pero Montse, seguía, jubilosa:
Niño, móntate a caballo,
ven al sendero.
Yo te enseñaré la tierra,
enséñame el Cielo...
El tratamiento ruso
Aquella Nochebuena sus padres querían llevarla a Llar, porque pensaban que a Montse le gustaría poder celebrar aquella fiesta allí. Sin embargo, a lo largo del día 24 los dolores arreciaron. La pierna se iba inflamando cada vez más. Montse se pasó todo el día disimulando su sufrimiento.
"Y precisamente el mismo día 24 -cuenta su padre- llegaron unas pastillas procedentes de Rusia que llevábamos esperando desde el mes de agosto, y que habíamos conseguido a través de nuestra embajada de Bélgica. Las traía la secretaria de la Embajada de Bélgica en Moscú, que venía a Barcelona a pasar las Navidades. Yo había leído en una revista médica que ofrecía ciertas garantías de curación y estaba muy esperanzado".
Le consultaron al doctor Cañadell. "Su padre -recuerda el doctor Cañadell- estaba dispuesto, como es natural, a hacer lo que fuese para salvar la vida de Montse, y en más de una ocasión me había planteado la posibilidad de amputarle la pierna; pero yo le había explicado que en este caso una amputación no resolvería nada; sólo contemplaba esa posibilidad si la pierna, al hincharse, se volviese tan voluminosa y tan pesada que las molestias fueran insufribles...
Entonces su padre leyó en una revista médica que los rusos habían experimentado con un medicamento que se llamaba sarcolisina y se consiguió, tras mil gestiones, un frasquito... El tenía mucha confianza en la sarcolisina; yo no. Era algo puramente experimental... Pero decidimos hacer por Montse todo lo que estaba en nuestra mano y comenzamos a administrarle aquellas pastillas..."
Con el visto bueno del doctor, ¿qué hacer? ¿Dárselas ya, en un día como aquel? ¿Por qué no esperar a mañana? Sin embargo -pensaban- cuanto antes empezara el tratamiento, mejor.
Prefirieron que lo decidiese ella. Sí; eso sería lo mejor.
-"Montse -le preguntó su madre- ¿Qué prefieres?: ¿tomarte las pastillas hoy o mejor esperamos a mañana?"
Contestó con su serenidad habitual: -"Haced como mejor os parezca..."
"Montse -comenta el Dr. Cañadell- aunque tenía gran ilusión por asistir a la Misa de Navidad y sabía que la medicina le podía ocasionar algunos trastornos, se la tomó. Se mostró, como siempre, discreta y juiciosa. Tenía lo que llamamos en Cataluña un 'gran seny'".
"Nosotros -explica su padre-, como veíamos que la enfermedad avanzaba, deseábamos comenzar cuanto antes (...). Jamás se negó a ningún tratamiento, por doloroso que fuese. Nunca preguntó: ¿por qué me hacéis esto? ¿Para qué es esta medicina? Por eso decidimos que se empezara a tomar aquellas pastillas enseguida, aunque le provocaran alguna reacción..."
"...¡Alguna reacción! -comenta su madre- ¡Aquellas pastillas eran terribles! Cada vez que tomaba una se pasaba de seis a ocho horas seguidas con vómitos y con un malestar tremendo...
No pudimos ir a Llar, a pesar de la ilusión que le hacía... y nos quedamos toda la noche con ella de esta manera tan penosa. Los tres más pequeños, Pili, María José y Crucina, ¡ah! y Rosario -en realidad Pili era algo mayor, pero también formó parte del conjunto- en los momentos en los que la veían más calmada, le cantaban algún villancico:
El vint-i-cinc de desembre,
fum, fum, fum
ha nascut un minyonet
ros i blanquet
Fill de la Verge Maria...
De pronto dejábamos de cantar porque volvía a sentirse mal y empezaba a vomitar. Cuando se reponía, seguíamos...
La Verge y el Fillet
n'estant tots morts de fred...
Pero a mitad del villancico se empezaba a poner de nuevo mal. Vómitos y más vómitos. Y cuando se sentía bien, seguíamos:
Josep, a poc a poc
encén allá un gran foc,
i els angels canten,
i els angels canten.
Era muy de madrugada cuando pudo descansar al fin... Y así pasó su última Nochebuena en casa".
Alegría y dolor
Así pasó también -entre villancicos y vómitos- la noche de fin de Año, con la pierna cada vez más inflamada, mientras llegaba hasta la habitación el estruendo y la algazara de las calles de Barcelona, que celebraba jubilosa la llegada de 1959.
"¡Mil felicidades en este nuevo año! -le escribía Lía al Fundador-. El día nueve nos acordamos intensamente de Ud y el Señor nos regaló en este día con una nueva vocación. Desde hace una temporada en Llar, constantemente, el Señor se está volcando (...). Estamos seguras que los sufrimientos de Montsita tienen ante Dios un gran valor. No sabe Padre lo mucho que impresiona a todas las chicas, está de un humor que infunde ánimos a todo el mundo. Pasa ratos muy malos, pero sabe llevarlo con alegría y optimismo".
La visitó de nuevo el doctor Cañadell. "Yo, como he dicho -recuerda el dotor-, no tenía ninguna confianza en la sarcolisina. Pero quisimos poner todos los medios. Sin embargo, al ver que cada pastilla que tomaba le creaba una situación angustiosísima le dije:
-Mira Montse: si te sienta tan mal, si te parece, no te lo tomes.
-Doctor -me contestó-, usted no me diga si me parece o no me parece...; dígame si me las tomo o no...
Le aconsejé que dejase de tomarlas".
"A pesar de lo mal que se encontraba -cuenta María del Carmen Delclaux- me dijo que, como ella sabía hacer punto y yo también, le podíamos preparar entre las dos una prenda para regalársela por Reyes a Lía. Yo le dije que no se preocupara, estando como estaba, pero me insistió tanto, que al final me convenció. Recuerdo que estuvo haciendo punto totalmente tumbada en la cama, porque no podía incorporarse, poniendo muchísimo esfuerzo. Pero, ¡con una ilusión!"
Quería que todos estuviesen contentos, felices. Y a veces, tarareaba una canción o les pedía que cantaran. No siempre era fácil. Había ocasiones en la que no se sentían capaces. En una ocasión que lo pidió, su madre fue la primera en ponerse a cantar; su padre, con lágrimas en los ojos, hizo como que leía el periódico, para disimular. Montse se dio cuenta y le dijo:
-"Papá, que no te oigo... Quiero que estéis alegres".
Que nadie sufriera por ella: ésta era una de sus grandes preocupaciones. Un día llamó a su padre y le preguntó: "Papá, ¿estás contento?" Y lo mismo hizo con cada uno del resto de la familia. Y añadía: "Somos la familia más feliz de Barcelona. Cuando yo me muera no quiero que nadie esté triste: ha de haber alegría".
"Se olvidaba completamente de ella y de sus dolores -comenta Encarnita Rubio- para alegrar a los demás. Una tarde, en que estaba algo más cansada que de costumbre, cuando llegué, para tratar de animarla, le conté una historieta muy graciosa que había visto en la televisión. Se reía muchísimo y, cuando más tarde, llegaron otras de la Obra, me pidió que se la repitiera para alegrarles un rato. Más tarde supe que le contó a Lía, en la confidencia, que aquella tarde le dolía mucho la pierna y que se sentía mareada pero que le daba pena decirlo porque veía cómo disfrutaban todas al escuchar aquella historieta".
"Eso era una de las cosas que más me impresionaban de ella -cuenta María del Carmen- porque se entregaba tanto a los demás que era muy difícil saber cuando algo le dolía o no. Recuerdo que un día llegué a su casa y vi que estaban con ella sus primas y sus amigas de Seva, contándole cosas divertidas. Entonces su madre me tomó antes de entrar y me dijo:
-Mira, yo creo que se encuentra muy mal. Tú entra, y si ves que está sufriendo, corta la visita y pídeles que se vayan.
Entré; y la vi tan animada, recordando tantas cosas de Seva y del verano, y de las funciones del teatro, que no comenté nada, hasta que nos dijeron ellas que se iban. Y entonces, en el mismo momento en el que salieron y cerraron la puerta, exclamó: 'Ay, ¡no puedo más, no puedo más, no puedo más', y se quitó de golpe las mantas porque ya no podía soportar más su peso sobre la pierna. Yo llamé enseguida a su madre y la tranquilizamos como pudimos, porque estaba con un dolor intensísimo, un dolor que yo, minutos antes, no se lo pude ni notar..."
Aquel "vivir para los demás" le llevó a Montse no replegarse en su dolor y a vivir pendiente de los otros, incluso en las cosas más pequeñas. Algunas tardes parecía que el dolor cedía un poco y la llevaban a Llar. Durante esos desplazamientos no se olvidaba de los demás. "Hoy me he fijado -le dijo a María del Carmen- en un chaquetón que te podía ir a ti muy bien. Vete a verlo".
Su alegría era contagiosa: "Nunca la vi triste o amargada o apesadumbrada", recuerda el Dr. Cañadell. "Todas las visitas tuvieron un carácter vivo, alegre, animado, sin la menor sombra de tristeza, a pesar de la gravedad de la enfermedad que padecía..."
Una carta a sus majestades
...Amb alegria i amor
celebrem el dia
que ha nat el Diví Senyor
en una establia.
Si no tenim més tresor
Oferim-li el nostre cor
amb tota la finesa
de nostra fermesa...
Villancico tras villancico, llegó la fiesta de la Epifanía, que en las tierras de España guarda un sabor especial. La noche del día cinco es noche de ilusión e incertidumbre, de esperanzas y nerviosismos. Hubo que insistir a los pequeños para que se durmieran pronto: "si no, los Reyes pasarán de largo con sus camellos y no os traerán nada..." No les fue fácil conciliar el sueño, con la incógnita de si les traerían o no todo lo que habían pedido aquellos misteriosos personajes del Oriente, cuyos pasos creían percibir de un momento a otro en el extremo del pasillo... A Montse le dijeron que pidiera un regalo también, algo "para estrenar", porque como sentencia el refrán catalán: "Per Nadal qui res no estrena res no val..."
"No sé qué pedir -comentaba- porque ha de ser algo que sirva para ahora y para después". Pensó en un bolso. "Nunca había tenido ninguno -comenta María del Carmen- y le hacía ilusión tener uno, 'de persona mayor'". Dudaba, le preguntó a Lía: no sabía en aquel momento qué era lo más importante: la caridad o la pobreza. Hacer gastos en ella, en aquella situación, le parecía algo superfluo... Sin embargo, pensaba -cuenta Lía-" que si pedía cosas para salir a la calle, p. e. un bolso, unos guantes, una bufanda, sus padres verían que estaba animada y también se animaban ellos; por otra parte eran objetos que luego podrían servir para sus hermanas".
Aquel año no podría pasear por las Ramblas, iluminadas con las luces de la Navidad, ni contemplaría el espectáculo de los guardias de circulación -habitualmente altos y orondos, con un breve bigotillo bajo el casco, y una gruesa tira de cuero blanco cruzándole el pecho-, dirigir el tráfico con el aguinaldo a sus pies: una montaña festiva de cajas de botellas de champán, turrones y, a veces, un pavo... No iría a ayudar a vender juguetes a la tienda de su tío, ni acompañaría a sus hermanos a ver la cabalgata, que tuvo aquel año una animación especial: después de los elefantes, de los camellos con los regalos, de los lanceros, los heraldos, los farautes, los pajes con antorchas y los "pooneys", vino una carroza alusiva al satélite artificial americano, el "Explorer I", que había sido puesto en órbita en febrero del año anterior. Y al llegar a la Plaza de San Jaime, gran sorpresa: un paje se había subido en una escalera de bomberos y le había entregado el regalo de los reyes en persona al mismísimo señor Alcalde, entrando por la ventana de su despacho...
Llegó el día 6. Sus Altezas los Reyes Magos de Oriente -por vía de los Sres. Grases- no se olvidaron de Montse y le trajeron un bolso a ella y otro a su madre. Aquel regalo le gustó mucho; pero luego, al ver el de su madre, bromeaba con ella, diciendo que el otro era mejor: ¿y si se lo cambiaban?
Tampoco se olvidaron sus Majestades de regalarle una guitarra. "Manolita le dijo que se la íbamos a regalar -cuenta su padre- y ella sintió que hubiésemos hecho ese gasto, porque pensaba que la podría utilizar por poco tiempo...; pero todavía le estaba diciendo esto a su madre cuando llegué yo a casa con la guitarra. Entonces vio que el asunto no tenía remedio y lo aceptó diciendo:
-¡Bueno! Luego servirá para Ignacio..."
Mientras tanto, los médicos seguían intentando frenar el avance rápido y doloroso del mal. La pierna se le iba inflamando cada día, hasta alcanzar un tamaño desmesurado. Le recetaron unas inyecciones de hígado muy dolorosas, que le solían poner sus padres. "Un día -cuenta una de las que la atendían- su madre me preguntó si sabía ponerlas y le dije que sí. Le puse la primera y fue muy bien: me dijo que ni siquiera había notado el pinchazo. Pero al ponerle la segunda no me di cuenta de que era el lado de la pierna enferma, y le di, como es habitual, tres golpes con los dedos antes de clavar la aguja con bastante fuerza y le puse la inyección.
Al acabar Montse se abrazó a su madre mientras le saltaban las lágrimas. Fue la única vez que la vi llorar. Se repuso al momento y me dijo:
-No, si no me has hecho nada; lo que pasa es que es del lado izquierdo...
En ese instante me di cuenta de que, sin quererlo, le había hecho un daño horrible".
5. SIEMPRE POR LOS DEMAS
Esto le hace sufrir
A partir de la segunda mitad del mes de enero las curas se volvieron cada vez más penosas. "Tenía la pierna tan inflamada, tan inflamada -recuerda María del Carmen- que cuando ayudaba a cuidarla, era tanto lo que pesaba, que a veces me tenía que arrodillar en el suelo para que ella la apoyara sobre mi hombro, porque me veía incapaz de sostenerla a pulso..."
"La inflamación era tanta que la pierna llegó a tener 60 centímetros de perímetro -cuenta Rosa- hasta que un día... se le reventó. Y aquello, en el momento de curarla, olía mal, lo que le hacía sufrir una barbaridad. Por los demás. Ella siempre sufría por los demás...
Eso ahora me emociona recordarlo, pero en aquel momento, la verdad, me molestaba bastante. Porque, cuando estábamos solas y arreciaba el dolor, la pobrecita lloraba, apretaba los puños, y me decía que le parecía que ya no podía aguantar más... Y luego me pedía perdón:
-Rosa, qué poco sufrida soy, ¿verdad? Fíjate qué vergüenza...
-¡Qué tontería! -le replicaba yo-. Si eres valentísima... Además, te tienes que quejar, porque el quejarse desahoga mucho...
Sin embargo, cuando llegaba el doctor Cañadell y le preguntaba: 'Montse, ¿qué tal estás? ¿Cómo has pasado la tarde?', ella le decía invariablemente:
-Bien...
-Chica: ¿cómo que bien? ¿Es que no te acuerdas de todo lo que has sufrido? Mujer, ¡si te ha dolido una barbaridad!
Pero ella me pellizcaba sin que se diera cuenta el doctor, para que me callara. Y en cuanto se marchaba me decía:
-Pero Rosa, ¿qué sacamos con decírselo? El doctor Cañadell hace todo lo que puede... No puede hacer más. Y esto le hace sufrir..."
"Fue siempre muy humilde -añade don Manuel Vall- y nunca creyó que llevaba bien su enfermedad: le parecía que era poco fuerte y que se quejaba demasiado..."
"Luego, cuando se le pasaba el dolor -continúa Rosa- se metía conmigo en plan de broma. Yo estudiaba Farmacia y me decía, riéndose, que todas las medicinas que le traía no le solucionaban nada: '¿Ves? -me decía- No sirven para nada'.
Y cuando yo iba a los laboratorios farmacéuticos, con aquella sensación de impotencia que tenía al ver una chica de diecisiete años que se estaba muriendo y que no había medicina que pudiera salvarla, les decía:
-¡Todas estas cosas que venden Vdes. no sirven para nada! ¡Para nada! ¡No han sido capaces de inventar una medicina que cure esa enfermedad!"
"Estábamos cuatro personas para curarla -recuerda Manolita-: dos le sostenían la pierna, otra le iba aplicando el Linitul, mientras que yo, casi simultáneamente, le iba haciendo el vendaje. Lo hacíamos lo más rápidamente posible; pero así y todo duraba bastante rato. Y cuando le quitábamos el vendaje del día anterior, a veces no era solamente la piel lo que quedaba en las vendas..."
En esta tarea solían colaborar Teresa González y María Gambús. Esta última recuerda que las curas fueron, "cada vez más penosas y delicadas por la cantidad de úlceras que se le iban formando". "Otras veces -continúa contando su madre- se le provocaba una pequeña hemorragia. Tenía además una supuración continua y pestilente; pero eso sólo se notaba al momento de curarla, porque teníamos repartidos en la habitación tres frascos de purificador de aire. Las cuatro personas que le hacíamos las curas lo pasábamos muy mal. En ocasiones parecía que no íbamos a poder soportarlo...
...Cuando cuento estas cosas siempre hay alguien que me dice: 'Realmente, Manolita, no comprendo cómo pudiste soportar una cosa así'. Y yo siempre les contesto: 'Mira: cometes un gran error si crees que hubo algún mérito por mi parte. Te puedo asegurar que no lo hubo. Lo que sí hubo, y mucha, fue una gran gracia, una gran asistencia del Señor. Por eso, si un día te pasa algo parecido, no tienes que preocuparte: Dios te ayudará y te dará esa asistencia que ahora no tienes, sencillamente porque no la necesitas.
Y además, Dios aprieta, pero no ahoga... Por una parte te quita y por otra te da, porque no quiere que te vuelvas loca de dolor... porque la vida sigue y tienes ocho hijos más y hay que seguir luchando...
Ahora, cuando pienso en aquellos meses me parece casi imposible que Manuel y yo fuésemos capaces de llevar aquello así...; y me he preguntado más de una vez: '¿Y todo eso has sido capaz de hacerlo tú?'. Y siempre me contesto a mí misma: 'No'.
Y es verdad. Realmente aquello no lo hicimos nosotros. Dios nos ayudó y nos dio una gracia superextraordinaria para que no nos muriéramos de pena y de dolor al verla así...
Por eso ahora hay algunas cosas que al recordarlas me parecen casi irreales... Pero fueron verdad. Yo le quitaba el vendaje con total serenidad, ¡con el hedor que desprendía aquello!... porque al retirarle las vendas siempre le arrancábamos algo de carne... y lo lavaba... y luego me sentaba a la mesa, y comía como si no hubiera pasado nada. ¡Y llegué incluso a engordar!
Y luego me sentaba a su lado y rezaba y... veía allí al Señor. ¡Sin nada de milagritos, eh! Sentía su Presencia allí, en aquella hija que se me moría...
Y cuando no podía más y estaba a punto de llorar, me salía a la calle; o me iba a una iglesia cercana y me serenaba; y luego, ya más calmada, me subía a casa, porque en casa no podía estar llorando..."
Los calmantes
"Sin embargo, ella no protestaba -continúa Rosa- y se tomaba todo lo que le daban. Salvo con los calmantes, que no se los quería tomar..."
"Sí -corrobora su madre-. Recuerdo que le decíamos que tomase Cibalgina, que es un calmante muy leve, y se resistía a tomárselo". Lo mismo recordaba el doctor Cañadell.
"Eso yo nunca lo acabé de entender entonces -continúa Rosa-. Ahora veo que temía que los calmantes le quitaran capacidad para hacer apostolado, porque pensaría que la iban a adormecer. Y es verdad, un poco de sueño sí que dan los calmantes. Un día le dije: 'tómatelos, te relajarás, te dormirás...'. Quizá fue éste mi fallo... No sé, pero siempre he tenido la sospecha de que no los tomaba por eso: porque le impedirían hacer apostolado y hablar de Dios con sus amigas. Yo le insistía: 'tómatelos, Montse, que te aliviarán el dolor'. Y siempre me contestaba: 'no, no, no; porque me darán sueño'.
A Lía se lo dijo claramente: si los tomaba no podía ofrecer sus sufrimientos al Señor, por el Papa, por el Opus Dei y por el Padre".
"Además, no quería que sus padres se gastaran dinero en ella. 'Soy la mayor -decía- y fíjate cuántos gastos les ocasiono'. Pensaba que las medicinas valían mucho dinero, cosa que no era verdad.
Alguna de las tardes que estuve con ella su madre salía un momento para buscar los niños al Colegio y nos quedábamos las dos solas. Entonces me contaba muchas cosas... ¡nos sentíamos tan compenetradas!
En esas ocasiones, si empezaba a dolerle la pierna, soportaba el dolor como podía: 'no puedo, no puedo', decía, porque el carcinoma es dolorosísimo... Rosa, Rosa, por favor, vamos a hacer la oración...'.
Nos santiguábamos y yo decía la oración introductoria: 'Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi Padre y Señor, Angel de mi Guarda interceded por mí...'.
Comenzábamos la oración en silencio y Montse se quedaba quieta, quieta, rezando, conteniéndose el dolor...
Su madre sin embargo, en cuanto llegaba y la miraba, se daba cuenta enseguida de todo lo que había pasado...
He dicho que nos compenetrábamos muy bien. Pienso que por dos motivos. En primer lugar, porque como farmacéutica, yo comprendía muy bien el dolor. Y en segundo lugar, porque yo estaba en una situación algo parecida a la suya, y el que mejor entiende el sufrimiento de los demás es aquel que lo sufre en su propia carne... Sin embargo, al ver el estado en el que se encontraba, comparándolo con el mío, le decía:
-Montse, no compares...
-Sí, pero fíjate: tienes que andar así.
-Sí es verdad, no puedo moverme con facilidad, no puedo ir a esquiar, no puedo irme de excursión.... Pero ten en cuenta una cosa: a mí no me duele nada... ¡que si me doliera! Yo, en cuanto noto que me duele la cabeza, me tomo volando una aspirina (...).
Para que la gente se confesara, para que se acercaran a Dios sus amigas... hacía lo que fuera. Y además, lo hacía con mucha gracia, porque venían a verla y le preguntaban:
-Montse, ¿cómo estás?
Y ella contestaba, invariablemente:
-¡Bien!
-¿Puedo hacer algo por ti?
-No, mira, no... Bueno..., ¿quieres saber una cosa que me haría muy feliz, muy feliz, muy feliz...?
-Sí, sí, dime.
-Pues mira..., hay un Curso de Retiro..., si fueras..., me harías muy feliz, muy feliz, muy feliz..."
"Y luego, con aquella sonrisa que tenía, ¡tan alegre!, me contaba chistes y se reía y cantábamos las canciones que yo le estaba enseñando a tocar a la guitarra...
La verdad, no he comprendido nunca cómo se me ocurrió enseñarle, en aquellos momentos, cuando sabía perfectamente que se estaba muriendo, a tocar la guitarra... Luego he reflexionado sobre estas cosas y todavía no logro comprenderlas... aquella alegría con la que yo llegaba a aquella casa y aquella alegría con la que me marchaba... con lo horroroso que era todo, visto desde un prisma puramente humano... Entonces no le podía contar a nadie estas cosas porque nadie comprendía, nadie, que pudiera haber un ambiente de tanta alegría..."
Seis acordes
"Le costaba comer cada vez más -recuerda María Gambús- y la animábamos pidiéndole que ofreciera cada cucharada por el Señor. '¿Verdad, Monsina, que lo probarás? -le dijo su madre en una ocasión-, por lo que tú ya sabes...'. Montse le contestó que sí, y tomó un poco de sopa, y algo más. Pero de repente lo devolvió todo, dando la sensación de que pasaba muy mal rato. Entonces levantó los ojos al cielo, y dijo: '¿por qué ahora, Señor?', como diciendo: 'si te lo ofrecía a Ti...'"
"Luego, cuando se reponía, pedía que cantáramos -sigue contando Rosa-. Y había una canción que le gustaba mucho:
Recuerdo aquella vez
que yo te conocí,
recuerdo aquella tarde
pero no recuerdo
ni cómo te vi...
Pero sí te diré,
que yo me enamoreeé...
Y cuando llegaba a aquello de: 'Alma para conquistarte, corazón para quererte...', me decía en voz bajita, para que la cantáramos 'a lo divino', como nos había enseñado el Padre:
-Rosa: mayúscula, mayúscula...
Y seguíamos cantando:
Alma para conquistar Te,
corazón para querer Te...
y Vida para vivirla
junto a Ti...
Y Vida para vivirla junto a Ti... Me dijo que le gustaría poder acompañar todas estas canciones con la guitarra. ¡Total, eran seis acordes...! Yo pensaba que no lo iba a conseguir, porque en la cama, ¡es muy difícil aprender a tocar la guitarra...! Sin embargo, a pesar de que yo no me lo creía, aprendió. Y a raíz de esto se metía mucho conmigo.
-¡He aprendido, eh..!, me decía.
-¡Claro!, le contestaba yo. ¡Como que me tienes a mí, que soy una magnífica profesora!
-¿Tuuú? ¡Si tú sólo te sabes seis acordes!
(Es verdad, sólo me sabía seis acordes...)
Era así, muy natural, muy espontánea. No tenía doblez. Nunca en la vida me dio un poco de... de coba, ¡nunca! No era nada melosa: no me decía: '¡Ay sí, Rosa! ¡Qué bien me has enseñado!'. No; no me decía nada para que yo me pusiese colorada y apabullada. Todo lo contrario: se metía conmigo: 'Pero Rosa, ¿no te sabes más? ¿Sólo te sabes esos seis acordes?'. Entonces yo hacía como que me enfadaba:
-Bueno, chica: serán sólo seis..., ¡pero te los he enseñado!
La verdad es que aprendió enseguida y fue una alumna muy aventajada. Pero yo tampoco se lo dije. Al revés, cuando se equivocaba en una nota, la regañaba: 'Chica, otra vez... pareces tonta...'
Y así, con estas tonterías, nos lo pasábamos tan bien.
Ahora lo pienso y me parece imposible aquello. No sé cómo pude pasar tantos momentos duros a su lado y ser las dos tan felices. Quizá es que a su lado aprendí, con el ejemplo de su vida, lo que nos enseñaba nuestro Fundador: que lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona es el intento de quitar la Cruz de su vida y que encontrar la Cruz es encontrar a Cristo, el Amor... A su lado aprendí a querer..., ya sé que no es la palabra adecuada, pero no encuentro otra: pero yo aprendí a querer su enfermedad. Y la mía...
A ella le daba mucha pena no poderse levantar para ayudarme a andar... Me decía: 'Mira Rosa: todo el mundo te ayuda muy bien, estupendamente bien; todos lo hacen con cariño; pero a mí... ¡me hacía tanta ilusión ayudarte!'"
Entre canciones y risas
"No quería que perdiéramos el tiempo por su culpa -comenta María del Carmen- y cuando iba a su casa a acompañarla, como sabía que yo tenía que preparar muchas asignaturas, me hacía que estudiara (...). Ella no perdía el tiempo; y deseaba aprovecharlo lo mejor posible para hacer apostolado (...).
Durante ese mes de enero venía sólo de vez en cuando a Llar. Pero a veces estaba tan desfallecida que no tenía fuerzas ni para vestirse: pero quería que la lleváramos a Llar. Le poníamos encima de la ropa de cama un abrigo largo, buscábamos un taxi, la subíamos y la acomodábamos en la cama turca de la sala de estar; y allí empezaba a hablar con sus amigas y hablarles de Dios".
Era un apostolado vibrante, juvenil y profundamente alegre: "Lo primero que hacía -recuerda Ana María Suriol- era ponerse a cantar acompañando su canto con una guitarra (...). Lo hacía para evitar que habláramos de ella y nos concentráramos en su persona. Procuraba, en una palabra, disimular como fuera sus dolores y enfermedad".
Otras tardes no se encontraba con fuerzas para moverse de casa, y aprovechaba la ocasión para hablar de Dios con las amigas que venían a verla. Pero en primer lugar estaba, como enseñaba el Fundador del Opus Dei, la oración y la mortificación por ellas. "Desde la cama -recuerda don Manuel Vall, el sacerdote que la atendía espiritualmente- hizo mucho apostolado con su oración".
Estaba, a pesar de los dolores, feliz. Aunque algunas mañanas, cuando abrían la ventana y llegaba hasta sus oídos el ruido cercano de la calle París, mientras la habitación quedaba bañada en luz, no pudiera evitar que le llegara al alma, sin quererlo, un cierto regusto de tristeza. Afuera, la vida parecía vibrar, pujante, con toda su fuerza, mientras que ella la iba perdiendo poco a poco... En esos breves instantes sentía todo lo que dejaba atrás.
"Había una canción que le gustaba mucho -sigue contando Rosa- y que cantaba como siempre a voz en grito, con todos los bríos de su juventud:
En la lejana montaña
va cabalgando un jinete
que ya ha perdido la viiiida
y va deeeeeeeeeeeeeeeee...seando la muerte.
Yo pienso que durante ese tiempo de su enfermedad ella aceptaba con toda su alma la muerte, pero no la deseaba. Quería vivir, deseaba vivir con todas sus fuerzas. Más tarde no; en los últimos meses ardía en deseos de encontrarse con Dios, y hablaba de la muerte como un abrazo con el Amor. Lo único que le daba repelús era el ataúd...
Cada vez soñaba más en el Cielo... Yo la animaba a vivir, y siempre que venía una nueva medicina, como aquellas inyecciones de un antibiótico japonés, le decía:
-Mira, Montse: aquí pone que en Estados Unidos ha dado unos resultados espectaculares... Verás qué buena es esta medicina. Esta sí, ésta sí que..."
"Yo por mi parte nunca vi -comenta la madre de Montse- que pusiera la menor atención a la medicación que tenía que tomar. Cada mañana, le distribuía las medicinas y nunca me dijo: 'Mamá, mamá, acuérdate de darme tal pastilla, que se nos ha pasado la hora...'. ¡Nada! Se las tomaba siempre como una autómata, con la mayor indiferencia... Y jamás me pidió: 'Mamá, vamos a hacer una novena para que me cure'. ¡Qué va! Ni se lamentó por su situación; eso, nunca, nunca, nunca".
"Es verdad -asiente su padre-. Las únicas pastillas que le costaron especialmente fueron las rusas, porque le producían unos vómitos terribles... pero se las acabó tomando".
"Un día -cuenta Rosa-, cuando llegué a su casa, me dijo:
-Hoy he estado pensando mucho...
-¿Sí? ¿Sobre qué?
-Estaba pensando que... le voy a decir al Señor que tú también te mueras.
-¡Ah, caramba...! ¿Pero qué dices?, le contesté yo, muy enfadada.
-Es que... pensaba que ya estarás cansada de andar así, y que te gustaría irte pronto junto al Señor...
Me dio un disgusto tremendo. Le dije que ella estaba preparadísima para irse al Cielo, pero que yo no lo estaba; y luego, de broma le comenté:
-Además, imagínate que en vez de irme al Cielo como tú... ¡me envían a otro sitio, al limbo, por ejemplo!
Se rió. Pero a partir de aquel momento la comprendí más y entendí mejor su dolor; me di cuenta de lo mucho que amaba yo la vida y de lo maravilloso que es vivir; porque la verdad, yo no tenía -ni tengo- ninguna gana de morirme... Y le dije, además, que no volvería a su casa hasta que dejara de rezar por aquello... Entonces me contestó que no me preocupara, que dejaría de rezar. Porque eso sí, era muy sincera: cuando decía una cosa, la cumplía...
De todas formas yo estaba intrigada: ¿deseaba morirse o no? Sólo una vez hablamos sobre eso. Sólo una. Fue tiempo después, cuando le dije:
-¡Pero Montse, ¿cómo se te ha ocurrido rezar por eso, cuando yo no tengo ninguna gana de morirme?! ¿Es que tú no tienes deseos de vivir?
Entonces me comentó, con toda sencillez:
-Mira Rosa: si sale una medicina nueva, me la tomaré; si me tienen que cortar la pierna, me la cortarán. Y si el Señor quiere que me muera..., me moriré. Yo lucho porque quiero vivir, porque soy del Opus Dei, porque quiero servir al Señor, porque quiero evitarle ese sufrimiento a mis padres. Quiero y amo la vida... Pero si Dios quiere que me muera, me moriré... porque también puedo ayudar desde el Cielo.
Y no hablamos más de eso".
6. QUIERO VER TU ROSTRO, SEÑOR
En esta fotografía aparece junto con María Teresa González Garay. Se la ve serena y feliz. Amaba la vida, porque es un don de Dios; y aceptaba con la misma alegría la muerte, si era la Voluntad de Dios. Deseaba vivir y deseaba morir al mismo tiempo: en definitiva, deseaba lo que Dios quisiese. Pero, a medida que pasaban los días, lo mismo que le sucedió a María Ignacia García Escobar, crecía en su alma, con ímpetu irrefrenable, el deseo de ver el rostro del Señor: "Vultum tuum, Domine, requiram! ¡quiero ver tu rostro, Señor!" Aquel deseo de ir al Cielo que hacía suspirar a María Ignacia "ay si fuera hoy mismo!" se fue apoderando también, con una fuerza inusitada, del alma de Montse.
Por eso, cuando hablaba con unos y otros, no fingía. Era sincera con ellos: deseaba vivir y deseaba irse al Cielo. Tomaba las medicinas con aquella indiferencia que tanto sorprendía a su madre, porque sabía que por encima de aquellas medicinas estaba la Voluntad de Dios. Y como veía a Dios como a un Padre amoroso, que siempre disponía lo mejor -aunque fuera, tantas veces, humanamente incomprensible-, esperaba la vida -o la muerte- con serenidad y paz, tranquila y sonriente. Si Dios era la felicidad plena y esa felicidad era para siempre, ¿por qué se iba a poner triste? ¡Hasta tenía tiempo para arreglarse!
Nunca, a pesar de su situación, abandonó el cuidado de su aspecto externo. "Se cepilló los dientes -anota su padre- hasta el último día".
Esto sorprendía a los que la cuidaban, pero no había por qué asombrarse: era una muestra delicada, pequeña como todo lo suyo, de caridad con los demás. ¿No había aprendido a tocar la guitarra para alegrar a los que la rodeaban durante aquellos días duros? Aquel cuidado personal era también una manifestación de caridad, pequeña pero eficaz, porque nada desanima más que ver a un paciente desmadejado en la cama, con un desaliño que es la muestra externa, tantas veces, de la desesperanza interior, del desaliento, del "ya, qué más da".
"A veces -recuerda Carmen Salgado- le decíamos al llegar: 'Montse, ¡qué guapa estás hoy!'. Y contestaba divertida:
-¡Es que me he acicalado para estar guapa cuando vinierais!"
Sin embargo, por mucho que hiciera por disimularlo, su estado de salud se iba empeorando a ojos vista. Había perdido casi totalmente el apetito y se repetían día tras día, penosamente, las recomendaciones de sus padres:
-"¿Montse, no quieres un poco más?... Esto de aquí, que está muy rico..."
Al final, para animarla a tomar algo, invocaban el argumento decisivo:
-"Montse, ánimo... mira: esto ofrécelo por una vocación".
Entonces se lo tomaba, aunque cada cucharada era un verdadero tormento. Y nunca pidió comida especial.
Llegó un momento en que sólo podía calmar la sed con líquidos, como la leche con cacao. "Como no la vendían en los alrededores de su casa -cuenta Carmen Salgado-, yo se la llevaba. Pero ella no quería que eso me causara molestias. '¿Has tenido que venir expresamente?', me preguntaba siempre...; y yo le daba siempre alguna excusa para que no sospechara que iba sólo a donde lo vendían para comprar eso".
Una novena a Isidoro
Mientras tanto todos rezaban para que se curase y su familia acudía también a la intercesión de Isidoro Zorzano:
"Oh Dios -leían en voz alta en la estampa para su devoción privada-, que llenaste a tu siervo Isidoro de tantos tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales, en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y ser apóstol de mis amigos y compañeros..."
Isidoro y Montse: dos miembros del Opus Dei, de mentalidades, circunstancias, talante humano y origen muy diferentes, unidos por un mismo afán de santidad y una misma vocación. Isidoro es un ejemplo admirable del trabajo cotidiano hecho por amor a Dios. También ella debía ser santa, como Isidoro, en su propio trabajo: su enfermedad. Ese era "su Opus Dei", lo que tenía que convertir en trabajo de Dios.
Como Isidoro, como María Ignacia, como Carmen Escrivá, ella también se iba hacia el encuentro definitivo con Dios con serenidad, dando paz a los que la rodeaban, sonriendo... "¡Qué frutos tan magníficos está dando la Obra!", escribió Isidoro, al conocer la muerte de María Ignacia. "Y todavía no ha empezado", explicaba, aludiendo a la juventud del Opus Dei. "Contamos ya con verdaderos santos..."
Qué paradoja: todos rezaban para que "se quedara", y ella, sin embargo, estaba deseando "irse", aunque no lo decía, para no entristecerlos. Hasta que un día preguntó:
-"¿Qué pedís para mí?"
-"Lo que más te convenga".
-"Pero, ¿no pedís que me vaya pronto?"
-"No, Montse, eso no podemos pedirlo".
-"Es que... yo me quiero ir".
-"Sí, pero cuando Dios quiera..."
Se quedó en silencio y dijo:
-"Bueno".
"Bueno..." Es la traducción al habla coloquial de la aceptación rendida a la Voluntad de Dios; la versión familiar de una jaculatoria que repetía con frecuencia: "Señor, cuando quieras, como quieras, donde quieras"; la misma oración que repetía sin cesar, hacía un cuarto de siglo, en su lecho de muerte, María Ignacia García Escobar... Como María Ignacia, pedía una vez y otra:
-"¿Por qué no me hablas del Cielo?"
No os dejaré nunca
"Hijina, da gusto hablarte del Cielo -le dijo un día su madre-, porque así te veo sonreír".
Era verdad. Se sentía feliz al pensar que el Cielo estaba cada vez más cerca. Y se lo decía a todo el mundo: a sus amigas, a sus hermanos, a Lía:
-"Nadie lo creería, pero estoy muy contenta".
-"Pues nada Montse -le animaba Lía-, un poco más de paciencia y a disfrutar para siempre".
¡Para siempre! Aquella palabra de ecos teresianos -así animó la Santa de Avila a su hermano cuando salieron a escondidas por la Puerta del Adaja, "a que los descabezasen los moros"-, le daba ánimos y fuerzas: ¡Para siempre!
-"Jorge, ¿te das cuenta? -le comentaba a su hermano- Feliz, feliz para siempre, recuérdalo, ¡para siempre!"
No era un "para siempre" egoísta. "Os aseguro -repetía- que desde el Cielo os ayudaré mucho; no os dejaré nunca".
Pero, en la tierra -le recordaban- ¡aún podía hacer tanto! Esa seguridad la llevó a "la sed de padecer" de las almas santas, y a una confianza filial basada en que, si Dios le daba la carga, El le daría la fuerza...
Qué desgrasia
Cada vez venían a verla más familiares, amigos y conocidos. "Un día vino un sacerdote muy mayor a verla -sigue contando Rosa-. Era un hombre muy bueno, pero estaba muy viejecito".
"Era don Jeroni Viñolas -precisa Manuel Grases- el capellán de las monjas Josefinas de la calle Ganduxer, que era muy amigo de nuestra familia y quería mucho a Montse".
"...y cuando llegó -prosigue Rosa- y la vio en aquella situación le dijo, muy compungido, medio en catalán, medio en castellano:
-Hija mía, qué 'desgrasia'; que a mis años haya tenido que verte con cáncer y saber que te vas a morir...
Al oírle decir esto nos moríamos de risa las dos; a Montse estas cosas no le afectaban nada; al revés...
-...qué 'desgrasia', Montse -seguía don Jeroni -, con lo que te conozco de toda la vida...
Estaba muy mayor, muy mayor y no sabía cómo decirle lo apenado que estaba por verla así. Y seguía: "pero qué 'desgrasia', hija mía, con lo joven que eres"...
En ese preciso momento me llamaron por teléfono, y me tuve que levantar... ¡Ay, cuando me vio...! Se echó las manos a la cabeza y me dijo:
-¡Y esta otra! ¡Ay qué otra 'desgrasia', madre mía!
Al escuchar esto, no nos pudimos contener la risa, y ante la sorpresa del bueno del cura, nos echamos a reír las dos.
Y se marchó, pobrecito, entristecido de ver a Montse así y de verme a mí andar así, lamentándose de que él, a su edad, hubiese tenido que contemplar, juntas, aquellas 'dos desgrasias'..."
"No había nada en este sentido que la alterase -sigue contando Rosa-" (...). Se despreocupaba de su enfermedad: pensaba siempre en el apostolado; por eso, lo que más sentía era no poder ir a Llar con más frecuencia, ni poder asistir a la meditación que daba el sacerdote, ni estar con las chicas, ni hacer apostolado con ellas...
Yo le decía: 'chica, tú ahora piensa en tu pierna, piensa en ti'. Pero no me hacía ni caso. Ella quería continuar... en pie de guerra.
Y estuvo, hasta el último momento, en pie de guerra. Nunca... ¡nunca! bajó la bandera. Nunca se rindió. Como en aquella película de Errol Flyn, 'Murieron con las botas puestas'... Ella igual; hasta el último momento estuvo rezando, luchando, riendo..."
Cuando estaba a su lado...
Dios camina por el alma, veíamos al comienzo de las páginas de este libro, con un ritmo insospechado. Pero cuando un alma corresponde con todas sus fuerzas a la Gracia, Dios aprieta el paso. Eso es lo que sucedió en el alma del Fundador: Dios se presentó de improviso el 2 de Octubre, y luego en los sucesivos 14 de febrero de 1930 y 1943. También había sucedido en el alma de María Ignacia y en la de Isidoro. Y ahora, en el alma de Montse se producía esa maravilla insospechada de la Gracia divina. "Era sorprendente: como si cada día que pasaba -recuerda su padre- fuese uniéndose más y más con el Señor".
"En poquísimo tiempo -comenta Rosa-, maduró humana y espiritualmente muchísimo. Tenía una vida interior que se palpaba... Yo lo notaba en todo. Hasta tal punto que, durante el último mes, iba apuntando todo lo que decía y cuando llegaba a mi casa me lo llevaba a la oración, porque aquellas cosas me ayudaban mucho a tratar al Señor..."
"Yo al principio, como era mayor que ella, en edad y en tiempo en el Opus Dei, me consideraba como más 'preparada' y, en fin, todas esas tonterías que piensas... hasta que me di cuenta de la intimidad profundísima que Montse tenía con el Señor... Sin embargo, seguía comportándose como siempre; no apabullaba: no te sentías incómoda a su lado, no. Yo nunca me sentí como abrumada por su vida interior; al contrario: me comunicaba ese amor de Dios. A su lado, notaba que ella estaba muy cerca, muy cerca, de Dios y que eso me acercaba a Dios a mí... Era algo parecido a lo que me sucedió cuando conocí al Padre por primera vez...
Fue muy importante para mí el haberla conocido. Comprendí por qué Dios me había dado esta enfermedad que padezco, y por qué me daba también la gracia de conocer a una persona como ella, que era como yo he pensado siempre que debemos ser las personas del Opus Dei... Era tan humana, tan sobrenatural, y sabía compaginar las dos cosas con tanto salero... Vivía una unidad de vida tan fuerte... En realidad, lo humano y lo espiritual en ella no eran dos cosas, sino una sola. Pero estaban tan unidas, que no sabías si era la una o era la otra...
No sé como explicarlo: sus palabras me ayudaban a rezar más que una meditación o la homilía de un sacerdote... Cuando le oía decir aquella oración del comienzo: 'Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí; que me ves y que me oyes...', tenía la certeza de que Dios estaba allí, entre nosotras, que nos veía y nos oía..."
7. LAS CURAS
Se sucedían las noches en blanco: noches larguísimas y dolorosas en las que Montse seguía ofreciendo sus dolores por unos y por otros. Y durante el día le esperaban las curas, que ofrecía, como recuerda Carmiña, por una intención concreta: por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes... "La cura de la mañana, que era tremenda -cuenta Carmiña- la ofrecía siempre por el Fundador del Opus Dei y todos los que vivían con él en Roma".
Como a medida que avanzaba la enfermedad, las curas eran más dolorosas y complicadas, "venía una amiga de su madre, que era enfermera, a curarla -recuerda Carmiña- y su padre la levantaba de la cama, sosteniéndola con los dos brazos en el aire, mientras ella cantaba: '¡Tachín, tachín, tachín!', para quitarle dramatismo a la situación, mientras le cambiaban las sábanas, totalmente empapadas a consecuencia de lo de la pierna... Hasta que decía: '¡ya no puedo más!', y la dejábamos en la cama, quieta..."
"Además -añade María del Carmen- teníamos que darle fricciones en la otra pierna, para que no se le durmiera ni se le anquilosara
Volver arriba
Enlaces del Opus Dei