José María SomoanoJosé Miguel Cejas
Capítulo: Sólo aparentemente
Otro temporalDurante aquellas Navidades de 1917-18 España sufrió un gran temporal de nieve que recordó el de 1902. En Logroño, la pequeña capital de la Rioja, el penúltimo día del año los termómetros marcaron 16 grados bajo cero; cuatro personas fallecieron a causa del frío; la ciudad estuvo a punto de quedarse incomunicada; crujían las lunas de los armarios... Algo inaudito en aquellas tierras de La Rioja. En sus casas, las comadres comentaban, apiñadas en torno a las mesas camilla, arrebujadas bajo gruesas toquillas de lana, las consecuencias del temporal.
-Esto es lo nunca visto. Dicen que a los serenos se les hiela el vino de las cantimploras y que el otro día se murió uno que trabajaba en Correos porque estuvo esperando más de seis horas en la estación.
-¡...Y los vendedores de la Plaza de Abastos, con la mercancía congelada! ¡Y sin poder salir, aislados como estamos! Aunque dicen que el otro día llegó un cochero de Murillo de Río Leza...
-¡Con estas nieves! ¿Cómo?
-Pues envolviendo los cascos de los caballos con forros de trapo. Y dicen también que han visto un lobo merodeando cerca del Cuartel de Artillería.
—¿Un lobo? ¡Qué exageración! ¿No será un perro grande?
-Pues no sé... pero lo que sí sé es que esto es... ¡lo nunca visto! -aseguraba otra, mientras removía afanosamente con la badila, bajo los faldones de la mesa camilla, los rescoldos de ceniza del brasero de picón...
Huellas en la nieve
Durante uno de aquellos días de frío, un chico de la misma edad que Somoano, caminaba por la calle Mayor de Logroño, delante de la fachada trasera del Colegio de los Maristas. Al llegar a la altura del patio de juegos, en una zona conocida como la Costanilla, vio en el suelo cubierto de nieve algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos. Eran las pisadas de un joven carmelita que caminaba descalzo con una leve sandalia de cuero sobre el pie desnudo por amor a Dios.
Aquello fue como un fogonazo de luz en su alma. "Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó aquel chico—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?".
Fue una señal decisiva. Entendió, de pronto, que Dios le estaba llamando. Sí; le estaba llamando, le estaba pidiendo algo con fuerza inusitada, poderosa, profunda... pero ¿qué? ¿Dónde? ¿Para hacer qué?
No lo sabía.
Se llamaba Josemaría Escrivá. Era aquel chico del que decía su madre, doña Dolores, que la Virgen lo había dejado en este mundo para algo muy grande. Ahora Josemaría vislumbraba oscuramente los perfiles nebulosos de ese algo en su corazón... Y años después comentaría: "Vino Jesús a mi alma como viene el amor: sicut fur, como un ladrón, en el momento más inesperado", comparando aquella llamada interior con el grito de Isaías: yo te he llamado por tu nombre porque eres mío.
El Señor le quería para El. Lo había entendido. Debía ser, sin reservas, enteramente suyo. Dios le había indicado la dirección: la entrega plena. Pero no había señalado el camino: la llamada había sido imperiosa y al mismo tiempo vaga, indefinida. Era sólo un murmullo, casi un susurro... un susurro que se le había clavado en lo más hondo del alma. "Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era".
Y decidió hacerse sacerdote. De ese modo —pensó— podría llevar a cabo ese querer de Dios que barruntaba en su alma. Se lo dijo a sus padres, buenos cristianos, e ingresó poco después en el Seminario de Logroño.
Fue un acto de fe y de generosidad sin límites. No esperó a conocer la Voluntad de Dios para ponerse en camino. Se puso en camino precisamente para cumplir cuanto antes esa Voluntad de Dios que desconocía. No sabía qué era, aunque tenía la certeza de que todo aquello era algo grande, algo maravilloso, algo divino; algo -comentaría años después- "que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida".
Una gran revolución
Mientras tanto, en Alcalá, José María Somoano proseguía su vida cotidiana en el Seminario, atento a las últimas noticias de la radio, con el gran interés por los grandes sucesos nacionales e internacionales que ya empezaba a caracterizarle. En España se había producido el año anterior la primera huelga general. En Rusia habían asesinado al zar, y una gran revolución amenazaba con extenderse por todo el mundo. Soplaban vientos de renovación y cambio.
No tuvo noticia, sin embargo, de otra gran revolución de carácter espiritual que Dios estaba gestando durante aquellos días en el corazón de un adolescente de su misma edad. Y es que no todas las noticias se publican en los periódicos; como en tantas otras ocasiones de la historia de la Iglesia, lo verdaderamente trascendente ocurre en el silencio, en el sosiego de los días aparentemente iguales, en la callada monotonía de lo cotidiano...
Europa en guerra
Desde hacía tres años las tierras de Europa estaban divididas por trincheras en las que se desangraban y morían miles y miles de hombres. Es la guerra una alimaña -escribiría don Vicente Somoano- que infecciona cuanto toca, / monstruo horrible, bestia loca / sin pudor y sin entraña.
España, afortunadamente, gozaba de una venturosa neutralidad, y las trincheras se alzaban sólo entre las tazas de café donde contendían verbalmente germanófilos y aliadófilos. Los contertulios del Círculo de Contribuyentes comentaban apasionadamente cada semana, bajo los toldos blancos del casino, la marcha de la contienda, que se reflejaba con tonos heroicos en las fotografías de La Guerra Ilustrada.
-Miren Vdes. lo que dice aquí: en Waterloo murieron 37.000 hombres en diez horas de pelea y ahora...
-Ahora -apostillaba otro- acaba de publicar el Daily Mirror que sólo -presten atención-, sólo en el primer año han muerto casi cinco millones en los campos de batalla...
-¡Qué barbaridad!
-¡... y casi siete millones de heridos o prisioneros!
-¡Qué barbaridad! Por favor, camarero: otra taza de café...
Junto al Rhin alemán
La guerra era algo tan bárbaro y terrible como apartado y lejano. Sin embargo, los alcalaínos pudieron ver el rostro humano de la contienda. Un día lluvioso y frío del mes de mayo de 1918 llegó a la ciudad un grupo de alemanes del Camerún que había resistido valientemente a los ingleses. Poco después, arribó una tripulación de submarinistas que desafiaban el frío de la meseta con sus camisas descotadas y que causaron la admiración general . ¡Y, además, se bañaban en el río en pleno invierno! Más tarde hicieron acto de presencia otros personajes pintorescos, como un general boer y un capitán turco. La ciudad adquirió, de pronto, un insospechado aspecto cosmopolita. "Los alemanes traían unas grandes barbas —recuerda Inocencio Casas— y les escuchábamos cantar viejas canciones guerreras cuando salíamos a jugar a la huerta del Seminario". Eran cantos patrióticos que rompían los tímpanos neutrales de los naturales del lugar:
Es brauts ein Ruf wie Donnerball
mit Schwertgeklirr und Wogernprall
zum Rhein, zum Rhein,
zum Rhein zum deutschen Rhein.
Fermenta un grito cual la bola del Trueno,
con fragor guerrero y azote de olas
junto al Rhin, junto al Rhin,
junto al Rhin alemán.
"Durante aquellos años del Seminario —recuerda Leopoldo Somoano— mi hermano José María nos escribía unas cartas largas, muy largas, que desgraciadamente se han perdido, en las que nos relataba diversos aspectos de su vida de seminarista: sus compañeros, sus profesores, sus progresos en el Latín...
Esperábamos ansiosos su vuelta a casa en verano. ¡Qué ilusión, en junio, cuando regresaba! Todas las tardes nos llevaba a bañarnos al Sella o a jugar al fútbol".
"Mi madre -recuerda Cristina- nos contaba siempre que al volver de Alcalá traía los libros que le habían dado de premio en el Seminario, junto con una buena caja de almendras garrapiñadas. Ella disfrutaba especialmente durante aquellos meses. No le quitaba los ojos de encima; y como era gran aficionada a la lectura, le pedía que fuera leyéndole aquellos libros, en voz alta, mientras cosía o se ocupaba de las tareas de la casa".
Mientras tanto, la familia iba aumentando: en mayo de 1918 había nacido otro chico, Víctor. Ya estaba acostumbrado José María a encontrarse, casi cada verano, con un nuevo hermano en la familia...
"Creo recordar que durante el verano de ese año —cuenta Casas— fui a visitar a una tía mía que vivía en Pola de Lena y me acerqué hasta Arriondas para visitar a José María. Me encantó el ambiente de su casa, con tantos hermanos: un ambiente grato, amable, divertido, y muy cristiano. Un día fuimos de peregrinación a Covadonga; otro, nos fuimos de excursión a la montaña, y por poco no lo contamos, porque nos cogió un nublado tan tremendo que llegué a pensar que no salíamos de allí...".
Durante aquel verano de 1918 Arriondas se puso de gala. Se celebraba el duodécimo centenario de la batalla de Covadonga y el 8 de septiembre los Reyes de España en persona asistieron a la solemne coronación de la Virgen. Fue un acto inolvidable. Don Victoriano Guisasola, el Primado —que era asturiano—, coronó a la Santina en medio de un gran gentío que comenzó a aplaudir entre las melodías de las bandas de música y el estruendoso estampido de los morteros.
En octubre de 1919, una vez superados los cuatro cursos de Latín, Somoano, ya con diecisiete años, se dispuso a estudiar los tres años preceptivos de Filosofía. Y de nuevo, a comienzo de curso, cuando ya estaba de vuelta en Alcalá, recibió otra grata noticia: había nacido una nueva hermana, María Cristina.
También el Seminario acrecentaba, curso tras curso, el número de alumnos. Durante aquel año serían unos 300, de los que 120 eran internos. Y varios años después, en febrero de 1922, cuando estudiaba tercero de Filosofía, en su último año de Seminario menor, nació su último hermano, Máximo, a quien siempre llamarían Maximín. ¡Ya eran once hermanos!
Doce hubieran sido, de no haber muerto Luis...
Fuera y dentro
Con su letra pulcra y minuciosa, año tras año, don Manuel Picazo, el Secretario de Estudios, firmaba las papeletas de las calificaciones en la primera semana de junio. En aquellas papeletas pequeñas, cuadrangulares, con una greca de dibujos geométricos en la que iba estampado el sello del Seminario, no había, por lo general, grandes variaciones. Se sucedían uno tras otro, los Benemeritus y los Meritissimus.
El alumno Somoano, por ejemplo, había obtenido el primer curso Benemeritus y Meritissimus en Latín, Historia Sagrada y Geografía elemental; en el segundo, Benemeritus en Geografía universal y Latín; Benemeritus en Latín de tercero, Historia de España, Griego y Retórica...;
Con el paso del tiempo, don Manuel fue firmando los Benemeritus y los Meritissimus en Historia Universal, Poética, Griego y Latín de cuarto... A comienzo de los años veinte firmó la papeleta de Lógica, Ontología, Historia de la Literatura, Aritmética y Algebra. En 1921, la de Metafísica especial, Física y Química, Geometría y Trigonometría. En 1922, la papeleta con las calificaciones de Etica y Derecho natural, Historia de la Filosofía, Fisiología e Higiene, Geología y Agricultura: más Benemeritus y Meritissimus.
Aparentemente, la vida no cambiaba. Aparentemente, dentro, todo seguía igual, con cadencia de rito, con un ritmo sereno, uniforme y ordenado. Fuera se sucedían las revueltas y las revoluciones; las huelgas y los atentados en Cataluña; los fracasos en la campaña de Marruecos: el desastre de Annual... Aquellas tragedias de la Gran Guerra que comentaban los socios del Círculo de Contribuyentes, años atrás, en sus tertulias bajo los toldos, viendo pasear a los alcalaínos por la Plaza de Cervantes, se habían vuelto ahora, al cabo de poco tiempo, una realidad inquietante, terrible y cercana: los periódicos recogían las imágenes sobrecogedoras del Monte Arruit, donde habían perdido la vida miles de soldados españoles. Sus cadáveres, destrozados y mutilados por la barbarie del enemigo, se quedaron sin enterrar durante mucho tiempo, calcinados por el sol africano, formando un inmenso y siniestro cementerio sin tumbas.
Por el contrario, allí, en el pequeño caserón de Santa María la Rica, todo iba sucediéndose en calma, año tras año, sin variar, como la procesión de las Santas Formas que desfilaría, como aseguraba la promesa, hasta la fin del mundo; como los seminaristas -Marcelino López Herranz, José Sevilla y José María Somoano-, que al acabar los cuatro cursos de Latín y Humanidades y los tres de Filosofía, se trasladaban al Seminario de Madrid para estudiar Teología...
De nuevo, sólo aparentemente.