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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Siempre lo primero

Cosas que no se olvidan nunca
"Y la familia iba creciendo... Un año antes de lo del carro -cuenta Cristina Somoano-, en marzo de 1903, nació mi hermana Luz y en 1905, el último día del año, mi hermano Vicente. Dos años más tarde nació Enriqueta y en 1909, mi hermano Luis.
Lo de Luis fue una pena... Cuando tenía dos años se puso enfermo y mi madre llamó a un médico, diciéndole que ella pensaba que tenía difteria y que todavía estaban a tiempo de curarle; pero el médico no le hizo caso. Pensaría quizá que era un temor, una aprensión propia de mujeres. El caso es que al cabo de pocos días, falleció. Era difteria.
Luego nació mi hermana Carmen, en 1911. Y al año siguiente, a finales de octubre, Leopoldo. Y tres años más tarde, en 1915, Julio.
* * *
Hay cosas que no se olvidan nunca -continúa Cristina-, aunque pasen los años. Por ejemplo, aquellas oraciones que me recitaba mi madre nada más levantarme. Es como si la estuviera viendo. Abría las ventanas, entraba la luz a raudales, me besaba y me susurraba, suavemente:
Mis ojos a Ti se alcen
al ver hoy la luz del día.
Mi lengua tu nombre ensalce
cantándote el alma mía
las primicias de tu amor.
Bendito seas, Señor,
Bendito seas,
Tú que deseas
siempre mi bien.
Bendito. Amén.
Y continuaba: cual si de nuevo naciera / alegre... Era algo así como alegre... Ah, sí: alegre a tu voz despierto. Y..., lo siento pero ya no me acuerdo de más".
"Luego —cuenta Julio—, tras el desayuno, nos íbamos a las Escuelas Nacionales, que estaban cerca de la Plaza del Ayuntamiento donde trabajaba mi padre. Tenían unos grandes ventanales desde los que se veía el crucifijo, el retrato de Alfonso XIII, y al bueno de don Cipriano, el maestro, que nos enseñaba las primeras letras, por grupos, a todos los niños del pueblo. Don Cipriano componía la pura estampa del maestro tradicional: benévolo, paternal, cariñoso, con un gran bigotón de guías recortadas al estilo del siglo pasado. Era muy culto y muy amante de los latines: cuando veía que nos juntábamos determinados amigos, fruncía el ceño y nos soltaba un Similis similem quaerit!, que sólo al cabo de los años he sabido qué quería decir...
El sábado era el día más esperado de la semana. Ese día sólo teníamos dos horas de clase; a las once, don Cipriano nos daba una plática exhortándonos a acudir a Misa al día siguiente; y a continuación se rifaba un real...
Ese día había mercado en la Plaza del Ayuntamiento. Las mujerinas de los pueblos cercanos acudían con sus grandes banastos y vendían de todo sentadas en el suelo: huevos, manteca, fabes y arbeyos, que es como llamamos a los guisantes por aquí. Traían la fruta en plena sazón; del árbol al cesto: manzanas de reineta, cerezas, peras... Y la carretera se llenaba de borricos con las alforjas rebosantes de avellanas, nueces, castañas, aves de corral... Venían los de Pola de Siero, los polesos, con sus blusones negros y unas tijerotas en la mano, para vender ganado. Era un espectáculo: los pequeños nos reuníamos en torno a los que pujaban por comprar un caballo, una vaca o un xato. Tras el regateo, cuando los compradores se ponían de acuerdo, el mediador les unía las manos y pregonaba con grandes voces la cantidad acordada. Entonces los polesos marcaban al animal con un signo que indicaba que lo habían comprado, y para celebrarlo se iban a un chigre a tomar la robla.
Yo disfrutaba especialmente viendo trabajar a los componedores de paraguas y a los afiladores de Orense, mientras algún aficionado tocaba el acordeón o la gaita, o escuchando a los charlatanes que intentaban engatusar a los viandantes:
-¡Señoras y caballeros! ¡Presten atención! ¡Les traigo algo nuevo y maravilloso! ¡Lo nUUUUuunca viiiisto...!".
"Muchas veces, de improviso -continúa Cristina-, se desencadenaba la tormenta y cada uno corría a guarecerse donde podía. Nosotros esperábamos la llegada de nuestra madre, que venía cargada con las madreñas de cada uno y un paraguón enorme con el que nos cubría a todos.
A las doce de la mañana todo se detenía. Nos reuníamos con ella en la cocina, y rezábamos el Angelus. Poco después, a la una y media, nos congregábamos en torno a la gran mesa del comedor, que de niña me parecía inmensa, y saboreábamos las fabes estupendas que nos preparaba. Era muy buena cocinera, y a pesar del trabajo que le dábamos ¡qué gozo para ella vernos a todos reunidos alrededor de la mesa! La recuerdo así: encantadora, optimista, alegre, desviviéndose siempre por hacernos felices...
Por la tarde íbamos de nuevo a la escuela y, al volver, merendábamos en medio de una gran algarabía. Los mayores tomaban invariablemente chocolate en taza; a los más pequeños nos daban rebanadas de pan, que estaba riquísimo en aquellos tiempos, con mantequilla y azúcar, o pastelillos de chocolate con nueces, higos pasos, queso y fruta... Al anochecer, rezábamos el rosario, de rodillas hasta el segundo misterio y desde la letanía hasta el final, como se acostumbraba entonces.
Dirigía el Rosario cada día un hermano distinto, y claro, a esas edades, bastaba el vuelo de una mosca para que nos echáramos a reír... Tanto jaleo armábamos que mi madre le preguntó a don Pablo, el párroco, si aquel Rosario valdría para algo:
—Mire usted, es que arman tanto jaleo y tanto alboroto...
—¡Siga, siga! —la animó don Pablo, divertido—. Y quédese tranquila, porque a pesar del jaleo... ¡esas avemarías llegan al Cielo!
Para que nos estuviésemos quietos nos prometía un caramelo o una estampa; pero no había modo. Cuando eran pocos hermanos, José María, Luz, Vicente, Enriqueta... resultaba más fácil; pero luego, cuando fuimos tantos, un día era uno el que alborotaba y otro día otro. Víctor era uno de los que más revuelo armaba, aunque al acabar se ponía muy modoso y preguntaba con vocecita de niño bueno:
—Mamá: ¿quien ganó la estampa?
Y luego cantábamos, reíamos... La infancia de José María fue, como la nuestra, una infancia llena de alegría. Mi madre amaba mucho la música: sabía tocar el piano y cantaba muy bien. A mi padre también le gustaba cantar y formaban un duo realmente espléndido. Además, narraba sucesos de la historia de España, y nos comentaba las escenas del Evangelio... ¡Qué agradables recuerdos... -evocaba José María- al recordar aquellas veladas de invierno en que mi madre nos hablaba de Dios, nos contaba su crudelísima Pasión o los milagros que hacía la Virgen!.
Por las noches rezábamos el Señor mío Jesucristo, el Bendita sea tu pureza, las tres avemarías y la oración al Angel de la Guarda: Angel de Dios / bajo cuya tutela me puso el Señor.... Y nos dormíamos. Nunca he olvidado esas oraciones que me enseñó mi madre y al igual que mis hermanos, las sigo rezando todavía.
Como queriéndole decir
Nuestra madre nos quería con toda el alma; pero el gran amor de su vida fue, sin duda, la Eucaristía. Iba a Misa todos los días y en cuanto algo la apenaba o la inquietaba, exclamaba enseguida: ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento!, y se quedaba en paz. Y siempre que podía, habitualmente a primeras horas de la tarde, se acercaba a la iglesia para hacer una Visita al Santísimo, que solía concluir con aquella plegaria:
Oh admirable Sacramento
de la Gloria dulce prenda
seas por siempre alabado
en los Cielos y en la tierra.
Luego, se sentaba en la primera fila, cerca del Sagrario, sacaba un librito y buscaba una página donde ponía: Quince minutos en compañía de Jesús Sacramentado, y me decía:
—Tú me lo vas leyendo con calma, despacito, despacito, para que podamos rezar...
Nos inculcó también la devoción de los primeros viernes. Quería que aquel día nos pusiéramos nuestros mejores vestidos, para recibir al Señor, aunque después nos tuviéramos que cambiar de ropa para ir a la Escuela. "El Señor es siempre lo primero -nos recordaba- y se merece siempre lo mejor".
Nos preparaba con gran ilusión para recibir la primera Comunión y disfrutaba muchísimo en la fiesta del Catecismo, que era una celebración verdaderamente hermosa. El párroco invitaba para la ceremonia a un orador de campanillas; se rifaba un corderito y por la tarde, los niños sacaban en procesión al Niño Jesús y las niñas, a la Virgen Niña.
José María hizo la Primera Comunión el 4 de junio de 1911. Mi madre nos contaba siempre lo contento que estaba aquel día y como la miró, cuando desfilaba por la tarde en la procesión, con su chalina y sus pantalones bombachos, sosteniendo el estandarte del Catecismo. Fue una mirada llena de inteligencia y alegría, como queriéndole decir....
Era un chico recio, vivo, ardoroso, muy enérgico y, al mismo tiempo, muy equilibrado y sereno de cabeza; tenía mucho carácter, pero se esforzó siempre por dominarse a sí mismo. Esto se comprobó el día que le tocó el real en la rifa de los sábados. Habitualmente los niños salían de la escuela, locos de alegría, gritando: ¡Me tocó, me tocoooó! Él no; llegó a casa, dejó parsimoniosamente su cartera en el suelo y le mostró la moneda a mi madre.
—Mira, mamá —dijo, conteniendo la emoción—: me tocó el real.
La vocación
En cuanto a su vocación al sacerdocio... por lo que nos contó mi madre, sé que fue siempre un chico bueno y piadoso; y he sacado la conclusión de que aquella fue la única y la gran ilusión de su vida. Siempre y sólo quiso ser eso: sacerdote.
Muchas veces, al oír que faltan vocaciones sacerdotales, he reflexionado sobre esto... y pienso que la vocación de José María fue un don de Dios que creció en tierra buena; una tierra que mi madre cultivó a fuerza de sacrificios, y en la que sembró ideales de entrega y santidad. Y estoy segura de que Dios escuchó sus oraciones, su ilusión por ser madre de un hijo sacerdote, y que aquella mirada, durante la procesión de la Primera Comunión, fue la respuesta de José María...
Veo también que los padres pueden enseñar a sus hijos a amar a Dios desde muy niños... y me pregunto a veces si, más que vocaciones al sacerdocio, lo que falta realmente son padres verdaderamente cristianos que sepan sembrar esos deseos de entrega en el alma de sus hijos... ¡Qué ilusión tuvo mi madre cuando José María le dijo que quería irse al seminario! No hacía más que decir:
-¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Dios me concedió lo que le pedí y vamos a tener en casa a un hijo sacerdote!
Comprobaron luego mis padres que era una decisión libre y firme; se pusieron en contacto con don Manuel Fernández, un sacerdote de Cornellana, amigo de la familia, que era abad de la Colegiata de Alcalá de Henares, y convinieron que José María iría a estudiar al Seminario que había allí.
A José María le debió costar mucho aquella separación. Alcalá estaba lejos y éramos una familia tan unida y feliz... y siempre cuesta dejar a la propia familia. Pero mi madre nos había enseñado a poner siempre a Dios en primer lugar. Y ahora me doy cuenta de cuánto le debió costar también a mi madre verle partir para el Seminario y de cuántas cosas tuvieron que privarse mis padres para formar una familia numerosa y cristiana. Pero el Señor era lo primero para ella, como nos recordaba cada primer viernes de mes, cuando nos vestía con nuestras mejores galas:
-Mirad, hijos míos: Dios es lo primero; siempre lo primero. Y se merece lo mejor....
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