José María SomoanoJosé Miguel Cejas
Capítulo: El seminario conciliar de Madrid
Nuevos amigos¡Qué diferencia!, pensó José María al llegar, aquel día de octubre de 1922, al Seminario Conciliar de la calle San Buenaventura, donde iba a comenzar sus estudios de Teología. En contraste con el modesto caserón de Alcalá, el Seminario de Madrid se alzaba, imponente, sobre el solar que ocupó en otros tiempos el palacio del Duque de Osuna, lugar de fastuosas fiestas en las que la fantasía popular aseguraba que los candelabros de oro se encendían con billetes de banco...
Se detuvo a contemplarlo. Era un edificio rectangular de cinco pisos, con una elegante fachada de ladrillo, enclavado en un mirador natural desde el que se divisaba la Casa de Campo, sobre un fondo azul de paisaje velazqueño. Dejó la maleta bajo los tres grandes arcos de la entrada, y visitó la capilla. Era amplia, grande, de estilo neogótico. Al frente del vestíbulo, una escalinata conducía al primer piso, donde se encontraban el salón de actos, con un gran cuadro de la Inmaculada, la biblioteca, con más de 18.000 volúmenes, y los salones rectoral y de estudio para los alumnos latinos y externos.
Le indicaron su habitación, entre un trasiego juvenil de risas, saludos y caras nuevas. En la segunda planta estaban las camarillas para los latinos; en el ático, las habitaciones de los filósofos, los teólogos -como él- y la enfermería; y en la parte de atrás, en un declive del terreno, la huerta. Los seminaristas subían y bajaban con sus equipajes o conversaban a lo largo de los claustros que rodeaban los dos grandes patios. Desde algunas ventanas —por donde se colaba de rondón, inmisericorde y traicionero, el frío del Guadarrama— se podía contemplar la gran mole del Palacio Real.
Comenzó a saludar a unos y otros. A algunos, como Casas, Ramón García y Francisco Navarrete, los conocía de Alcalá. Pero la mayoría de los rostros eran desconocidos.
Uno de los chicos del curso superior con los que congenió se llamaba José María García Lahiguera. Era un año menor que él y llevaba ya siete años en el Seminario. Era navarro, de Fitero: discreto, alegre, trabajador y con gran talento musical. Le apodaban Albericio, porque era sobrino nieto de don Ignacio Albericio, autor de una Gramática Latina que se estudiaba en el Seminario años atrás.
Aquí estaban más de cien y era más difícil conocerse. Poco a poco fue trabando relación con Félix Verdasco y Casimiro Morcillo, de dos cursos superiores; y con los que formaban con él los últimos nombres de la lista de clase: Sevilla -con el que había estudiado en Alcalá-, Vea Murguía y Vegas Pérez...
Lino Vea-Murguía Bru era un muchachote alto y recio, descendiente de militares, de aspecto atlético y fuerte, con un gran corazón que se manifestaba en su gran preocupación por los enfermos. José María Vegas Pérez era hijo de Miguel Vegas y Puebla Collado, un conocido catedrático de la Universidad de Madrid, y tenía un carácter sencillo y entusiasta, junto con un irresistible sentido del humor. Era, sin duda, uno de los tipos más simpáticos del seminario. Tanto con Lino como con José María hizo pronto buena amistad; una amistad que acabaría siendo decisiva en su vida...
Preguntó por el horario. Era muy parecido al de Alcalá y un seminarista, años después, lo explicaría así: "A las cinco y media o seis nos levantamos, y luego nos lavamos, y luego vamos a la Capilla a hacer la oración y oír Misa, y luego hacemos las camas, y luego... sale el sol".
Los madrugones eran los mismos que los de Alcalá, pero las instalaciones no tenían nada que ver: aquí los seminaristas disponían de un pequeño Museo de Historia natural, un Gabinete de Física y Química... Algo impensable en el destartalado caserón de Santa María la Rica. Con razón decían que este era uno de los seminarios mejor dotados de España... Aunque, como no sólo de espíritu vive el hombre, aquellos muros acusaban una carencia fundamental: la calefacción. ¡Qué frío se pasaba allí! Especialmente, en la zona de habitaciones que daban hacia la Sierra, que denominaban Siberia. Aunque José María ya venía acostumbrado de Alcalá...
Nuevas costumbres
El rector, don Rafael García Tuñón, aunque no era excesivamente mayor, era conocido por los seminaristas, con el apodo cariñoso de el abuelo. El nombre le retrataba de cuerpo entero: había algo en don Rafael de venerable y paternal; y sus consejos delataban la sabiduría de un viejo cura de pueblo. No en vano había sido párroco de Valdetorres, Ciempozuelos y Villarejo de Salvanés, lugares que evocaba de vez en cuando en sus famosas Kalendas, charlas que daba un domingo al mes a todos los seminaristas en el salón de actos; o en las clases de Ascética y Mística,en las que transmitía sus experiencias pastorales a los teólogos de los últimos cursos, junto con algunas enseñanzas prácticas de la vida sacerdotal.
Poco a poco, a lo largo de aquel año, José María fue habituándose a las nuevas costumbres del lugar. Aquí las cosas se hacían con la prestancia y el empaque de la capital. Por ejemplo, el 11 de diciembre se celebraba la fiesta de San Dámaso, patrón del Seminario, con una Misa solemnísima. Venían oradores de postín, que unos años hablaban de Sófocles, otros de Latín y otros del nombramiento de obispos en España; había comida especial, los seminaristas daban un largo paseo y organizaban por la noche una velada literaria de altos vuelos. No se podía hacer menos en honor de aquel Papa madrileño, nacido en el antiguo Matritum e hijo glorioso de la España Romana, al cual sus paisanos desconocían -y siguen desconociendo- casi por completo.
Los domingos tenían clases de escritura y pronunciación, daban catequesis en la Capilla del Seminario a los chicos del barrio de las Vistillas y repasaban, a la hora del recreo, las reglas de ortografía. Sólo se libraban de aquel repaso los que no hubieran cometido ninguna falta durante dos días seguidos... Luego paseaban por la Casa de Campo, donde no era raro encontrarse con los mismísimos reyes, propietarios del lugar. Los jueves, los alumnos de quinto de Teología se repartían por diversos hospitales de la ciudad para visitar enfermos. "La visita a los hospitales de Madrid —recuerda Félix Verdasco— nos venía muy bien. Nos ponía en contacto con la desgracia ajena, y, aparte de adiestrarnos en el difícil arte de hablar al enfermo, ponía en nuestra alegre y, a veces, alocada juventud, una nota saludable del realismo de la vida. Repartíamos a los enfermos cigarrillos y revistas, y algunos nos llamaban padre, y este tratamiento nos sonaba, a nuestros veinte años, tan gratamente como a un estudiante de medicina el de doctor".
Don Leopoldo
Madrid, cuya arquitectura ocre y abigarrada se divisaba desde los ventanales del Seminario, conservaba, en aquellos primeros años de los "felices veinte", un aire castizo y provinciano. Las modistillas seguían bajando cada 13 de junio por la cuesta de San Vicente para oír misa en la ermita de San Antonio, y las lavanderas seguían ocupando las riberas del Manzanares con sus cubos atestados de ropa entre los tendederos de caña; y todavía se podía oír, cuando arreciaba el invierno, el grito de las castañeras pregonando su calurosa mercancía:
-¡Asás! ¡Calentitas! ¡Castañas de Galicia!
Todavía, por las noches, los faroleros se reunían en la Puerta del Sol para distribuirse las escaleras, las cestas con la aceitera, las torcidas y los paños para limpiar los faroles. Eran aquellos que inmortalizó la canción:
Soy el farolero
de la Puerta el Sol,
cojo mi escalera
y enciendo el farol.
Después de encendido
me pongo a contar,
y siempre me sale
la cuenta cabal.
Una muchedumbre pintoresca atestaba las calles, vestida de trapillo, y se arremolinaba entre los coches de caballos, los tranvías, las carretas y las carrozas de la corona: menestrales, traperos, quincalleros, aguadores, serenos, organilleros, charlatanes, cocheros, caleseros, vendedores ambulantes, mozos de cuerda y un sinfín de castizos que se peinaban con un tupé sobre la frente, a lo Alfonso XIII. Y mendigos; muchos mendigos; muchísimos mendigos...
La capital se preparaba para recibir a su nuevo Obispo, séptimo de la diócesis, que hizo su entrada solemne el 1 de julio de 1923, en plena canícula madrileña. Una entusiasta ovación recibió a don Leopoldo Eijo y Garay a su llegada a la Estación del Príncipe Pío, entre un repique general de campanas.
Y, como no podía ser menos, a comienzos de curso, los seminaristas agasajaron a su nuevo obispo con una gran velada literaria. Vino don Leopoldo y tres seminaristas representaron una pieza escénica en la que remedaban a un andaluz, un italiano y un gallego, aludiendo a los orígenes del nuevo prelado. El Rector no cabía en sí de gozo... que se fue pronto al pozo de los desencantos. "El que hizo de gallego —recuerda Verdasco— encarnó la figura estereotipada del gallego inculto y ordinario, ya conocida. Esto desagradó al doctor Eijo, que se creyó ofendido en su nativa condición, y con agrio tono se dirigió públicamente al Rector, diciendo: Señor Rector, ¡eso no es el gallego!
¡Pobre don Rafael! Con aquello se le aguó la fiesta...".
A pesar de aquel pequeño incidente, la primera visita de don Leopoldo trajo una gozosa consecuencia: la instalación inmediata de la calefacción en todo el Seminario. ¡Se acabaron las tiritonas en la capilla por las mañanas y aquellas largas horas de estudio, envueltos en mantas!
Meses después, con motivo de la fiesta de la Inmaculada, don Leopoldo hizo una nueva visita al Seminario: "Y sin protocolos -recordaba José María García Lahiguera-, rodeado por nosotros los seminaristas, nos narraba, con su peculiar gracejo, su visita reciente al Santo Padre, y terminó diciendo: Para mí, el Seminario es el 75 por cien de la Diócesis. Y comentábamos chicos y mayores: ¡Cuánto nos quiere, porque para el resto de la Diócesis, un 25 por 100!".
* * *
Mientras tanto, en Arriondas, había llegado un nuevo párroco, don Fernando, para sustituir a don Pablo, que había fallecido sin realizar su sueño dorado: terminar de construir la torre de la iglesia. Al principio don Pablo había ideado hacer dos torres; pero poderoso caballero es don dinero y se tuvo que conformar con una, que había empezado a levantar dos años antes. Llegó hasta los siete metros... y ahí se quedó la torre, compuesta y sin campanario, rodeada de andamios, en espera de tiempos mejores.
El nuevo párroco llegó con nuevos bríos: retiró los andamios y promovió la construcción del comulgatorio y la cancela lateral. Los parregueses contemplaban aquello con calma: realmente la iglesia estaba tardando bastante en acabarse, pero no se ganó Zamora en una hora...
En el Seminario se sucedían los cursos y las clases con ordenada monotonía. El Rector se ocupaba de la Teología Moral, Pastoral y Ascético-Mística. Don Eusebio Malo les enseñaba Teología fundamental; un salmantino, don Juan Francisco Morán daba Sociología; y un canónigo de la catedral, madrileño de pura cepa a pesar de su apellido, don Daniel García Hughes, explicaba Historia Eclesiástica. Solo alteraba el horario alguna celebración extraordinaria o alguna visita del obispo que, como recordaba Faustino Cerrato, "era muy amante de los seminaristas. Le gustaban siempre mucho las cosas que hacíamos".
Un santo muy grande
Un día del mes de marzo de 1923, mientras don Daniel García Hughes daba clase, un alumno de segundo de teología le preguntó sobre los canónigos de la Catedral. Don Daniel, que estaba explicando con el tono distendido de costumbre, se puso serio de repente:
—En la Catedral de Madrid —dijo— tenemos un santo muy grande.
—¿Quién es?
—Don Francisco de Asís Méndez.
A José María le impresionó aquella respuesta. "Siempre que iba a la catedral —recordaría años más tarde— clavaba en él los ojos y aunque pecara de indiscreto, procuraba escuchar sus palabras. Sin conocerle, le veneraba. Es el influjo que ejercen los santos".
¿Quién era el padre Méndez? Para saberlo bastaba pasear por los alrededores del Seminario durante las noches de frío y ventisca. Los serenos de Madrid, pertrechados con su chuzo y su gran manojo de llaves, estaban acostumbrados a contemplar, bajo la luz amarilla de las farolas de gas, la silueta de aquel sacerdote anciano que caminaba encorvado sobre la nieve, embozado en un amplio manteo y apoyándose tambaleante en su bastón. Se dirigía habitualmente hacia los soportales de la Plaza Mayor, o hacia las garitas de la guardia de caballería, frente a la fachada pálida del Palacio Real. Iba con la seguridad del que sabe lo que busca. Con frecuencia, encontraba allí, entre las sombras, acurrucado en un rincón, a un niño de pocos años, temblando de frío, sucio y vestido con harapos. Lo tomaba entre sus brazos, lo arropaba en su manteo y se lo llevaba, mientras amanecía sobre los tejados de la ciudad.
Para saber quién era aquel sacerdote bastaba también con preguntar a cualquier canónigo de la vecina catedral; o mejor, a cualquier vendedora del Mercado de la Cebada, que estaban al tanto de los dimes y diretes de todo Madrid:
—¿El padre Méndez, el del Porta Coeli? Es una persona muy conocida... Pero yo no sé a qué carta quedarme, porque mire usted, se comenta de todo. Hay muchos que dicen que está loco. ¡A quién se le ocurre ponerse a recorrer esas calles de Dios, todas las noches, con más de setenta años, enfermo como está, para recoger golfos! Y más en días como éstos... Pero él sigue saliendo noche tras noche, llueva, truene, o relampaguee. Y si se pone a nevar como ahora, dice que mejor, que así encuentra más. De día merodea por las puertas de los cafés o de los cuarteles, o se va a las Estaciones del ferrocarril, porque allí hay muchos golfos trabajando de maleteros. ¡Y eso cuando no se va a las covachas, a los suburbios, a las Peñuelas, o a Dios sabe dónde! Yo lo veo muchas veces por aquí, entre los tendejones de fruta, porque ya sabe usted que esos golfos están siempre por estos sitios olisqueando a ver que pillan...
Yo no digo que ese cura no tenga mérito, pero... ¿a usted qué le parece? ¡Con las enfermedades que contagian esas gentes! Que ya lo dice el dicho, por la caridad entra la peste... Dicen que más de una vez, cuando iba con un golfo de ésos, le han hecho bajarse del tranvía. Pero el caso es que convence a muchos de los chicos para que se vayan con él a su Asilo, el Porta Coeli. Los atienden las trinitarias, unas monjas que ha fundado, porque no encuentra hombres que le ayuden...
En el Asilo los pone a trabajar y les enseña un oficio: ebanista, carpintero, impresor; y les enseña la doctrina... a los que le duran, claro está, porque ya sabe usted cómo es esa gente: hay algunos que, a las cuatro horas de haberlos recogido, se le escapan sin decir oste ni moste...
* * *
Mientras se comentaban sus andanzas por todo Madrid, el padre Méndez terminaba de limpiar a uno de los niños abandonados que había recogido durante la noche. Después de curarle pacientemente las heridas infectadas, le preguntó:
—¿Qué tal te encuentras, hijo mío?
El chiquillo abrió los ojos, asombrado, y miró a aquel sacerdote con una mezcla de recelo y extrañeza. Nadie, hasta ahora, le había llamado así. Limpio y bien vestido, el padre Méndez se lo confió a Sor Loreto, una de sus religiosas.
—Ya ve usted —le dijo—: este chico se ha criado sin haber oído decir nunca hijo mío.
El don de sí mismo
Aquel mismo mes de marzo de 1923, en torno al día 19, José María recibió una postal de su padre, en la que —en verso, y en tono festivo, como de costumbre— le felicitaba por su santo:
Tu santo conmemoro y felicito
En esta simplicísima cuarteta
Pues para más no alcanza ¡oh caro hijo!
El numen de este mísero poeta.
José María tenía gran devoción a San José y su fiesta le resultaba particularmente entrañable; y solía aludir en sus cartas al Santo Patriarca. Aunque de vez en cuando se olvidaba: Amadísima mamá -escribió un año para remediar aquella omisión-: después de escrita la carta acuérdome que el sábado próximo es S.José, por eso falta algún párrafo obligado al S.Jefe de la S.Familia, y a los jefes queridísimos de la mía. ¡Que vele el santo bendito por Vds. y haga de nuestra familia una casa de santos!.
Pocos datos más poseemos de aquellos años de Somoano como estudiante de Teología, que se fueron pasando casi sin darse cuenta. Clases y más clases de Moral, de Historia Eclesiástica, de Arqueología, de Griego... el divino Morales, la historia de los Estados Pontificios... el clero secular y los cabildos en los siglos XII y XIII... las odas de Píndaro... Sólo quedan, como testigos de aquella época, algunas postales: una vista de Zaragoza, con una felicitación de Navarrete al dorso, una tarjeta firmada con las letras ingenuas de sus hermanos pequeños... En el Seminario, donde pasaba gran parte del año, la vida se desarrollaba de modo uniforme y reglado. Los meses transcurrían lentos y monótonos, y la nostalgia del hogar familiar se hacía más fuerte durante las Navidades. Que el niño Jesús -deseaba Somoano a los suyos en la Nochebuena de 1923- venga a toda nuestra familia recibiéndole ese día en la Sagrada Comunión, (...) junto con el mayor don que puede dar el divino Infante, que es el don de sí mismo.
Veranos en Arriondas
En verano regresaba a Arriondas, donde recibía noticias del Seminario gracias a La Corres —abreviatura de la Correspondencia fraternal—, un periodiquillo que habían creado años atrás, alentados por don José Utrera, el Prefecto, varios alumnos del Seminario como José María Bueno Monreal, Casimiro Morcillo y Félix Verdasco. Se editaba en la imprenta del Asilo Porta Coeli —donde el padre Méndez daba trabajo a sus golfillos— con pretensiones bastante modestas: imprimir quinientos ejemplares costaba 35 pesetas....
Durante aquellos meses sus hermanos advirtieron una de las grandes pasiones de José María: su amor por los enfermos. "Cada vez que venía por Arriondas —recuerda Cristina—, en vez de descansar y olvidarse de todo, preguntaba nada más llegar: ¿quiénes están enfermos? Y en cuanto podía, iba a visitarlos y a atenderlos.
Yo era muy pequeña y no recuerdo nada más de aquellos veranos —comenta Cristina, divertida—, salvo su afición por la radio. Tenía un carácter muy abierto y le gustaba estar al tanto de todo. En una ocasión nos trajo una radio que instaló él mismo: fabricó primero una antena interior, que no funcionó, y luego puso una exterior, de muchos metros. Los pequeños le contemplábamos asombrados: instalar una radio en aquellos tiempos era un experimento en toda regla. Y abríamos los ojos como platos cuando nos decía que en el Seminario algunos tenían su radio de galena. ¡Qué modernos y qué adelantados!, pensábamos...
Maximín
Mi madre —prosigue Cristina— disfrutaba muchísimo durante aquellos meses que pasaba con nosotros. Rezaba mucho por él, y por todos. Recuerdo que teníamos en casa una imagen del Cristo Crucificado, a la que guardaba especial devoción, y una noche entré en su cuarto, mientras rezaba, sin que se diera cuenta... Estaba de rodillas junto a la cama, con los brazos en cruz:
—Dios mío: José María... María Luz... Vicente... Enriqueta... Carmina... Leopoldo...
Me agazapé en un rincón para que no me viera. Ella seguía:
—... Julio... Rafael... Víctor... Cristina... ¡Maximín!
Maximín era el pequeño, que había quedado minusválido, mental y físicamente, a causa de la poliomielitis que había padecido a las pocas semanas de nacer. Fue un golpe muy duro para mis padres, que sufrieron lo indecible. Acudieron a muchos médicos para resolver el problema, pero no les dieron esperanzas. Y en cuanto vieron que no había nada que hacer, aceptaron la Voluntad de Dios con toda el alma.
Les preocupaba mucho su futuro, aunque estaban seguros de que nosotras lo cuidaríamos siempre con todo cariño; y así sucedió; sin embargo, mi madre le pedía a Dios que se lo llevase al Cielo un día antes de que se muriese ella, para poder cuidarlo hasta el último día...
Es curioso: aquello no mermó, sino que acrecentó su confianza en Dios: Dios tiene que oírme —nos decía, cada vez que tenía una preocupación—; ya verás cómo me oye... Y nunca, nunca, se sintió víctima, ni se quejó: ¡Cuántas gracias tengo que dar a Dios por todo lo que me dio! —repetía con frecuencia—. ¡Cuántas, cuántas gracias! ¡Qué bien nos quiere Dios! Y le gustaba recitarnos aquellos versos, para que no lo olvidáramos:
Estar bien con Dios:
quien anda con Dios
Dios anda con él...
Yo tenía muy pocos años, pero me queda un recuerdo gratísimo de los veranos que pasaba José María con nosotros, en los que mi madre soñaba con el día en el que podría verlo, ¡por fin!, ordenado sacerdote".
Las órdenes menores
Todo llega en la vida; y el 19 y el 20 de diciembre de 1924 José María recibió la Tonsura, el Ostiariado y el Lectorado. La Tonsura consistía en una ceremonia en la que el Obispo hacía varios cortes de pelo en forma de cruz, que simbolizaban la entrega al Señor y el desprendimiento de uno mismo, mientras se escuchaban los versos del Salmo 15:
Dominus pars hereditatis...
"El Señor es el lote de mi heredad y mi copa
mi suerte está en tu mano.
Me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad."
Fue un día feliz y triste al mismo tiempo. Para muchos alumnos del Seminario, naturales de Madrid, aquella fue una fiesta muy familiar. Acudieron muchos padres, parientes, amigos y conocidos de los nuevos tonsurados. Pero Asturias estaba demasiado lejos, y don Vicente y doña María optaron por quedarse en Arriondas, a pesar de la ilusión que tenían por asistir: la situación económica de la familia hacía imprudente un gasto de ese tipo.
Al acabar la ceremonia, José María buscó alguna cara conocida. No la encontró. Se fue al Seminario, solo, a celebrarlo en compañía de su amigo Pazos.
Las Navidades del 25
"Aquel año -recuerda Leopoldo- fue especialmente feliz para nosotros. José María estaba en cuarto curso de Teología. ¡Ya faltaba menos para la ordenación sacerdotal! En una de sus cartas nos contó su pena por la muerte repentina de un compañero suyo, José Sevilla, que murió de lo que se llamaba en aquel tiempo un cólico miserere. En Navidades, como de costumbre, mi padre compuso un poema —una humorada, las llamaba él— para la cena de Nochebuena. Lo recitó, como siempre, con un tono entre solemne y divertido. Expresó, entre bromas y veras, su gozo por poder reunir en torno a la mesa a tantos hijos:
Del árbol frondoso Berdasco—Somoano
Brotaron retoños a dar con un palo:
Pepe, Luz, Vicente, Víctor, Julio, Falo,
Carmen, Enriqueta, Cristina, Leopoldo,
y el último rorro, muy ilustre Máximo:
once florecillas, once lindos vástagos,
que son de sus padres orgullo y encanto...
Se detuvo entre la complacencia de todos... Luego, con la copa en la mano, concluyó brindando:
¡Salud, cara esposa! ¡Salud, hijos caros!
Sed siempre felices y buenos y honrados
Dad lustre a la firma "Somoano Berdasco".
Un paso adelante
Pocos meses después recibieron en Arriondas una carta de José María fechada el 21 de marzo, encabezada por una jaculatoria exultante: ¡¡¡Laudemus et exaltemus Deum in saecula!!!, en la que les describía con todo detalle la ceremonia del Subdiaconado.
El día once entramos en ejercicios, me parece que diecinueve seminaristas y un subdiácono, y solos y aislados de la comunidad estuvimos hasta las órdenes, bien que el día de San José ya pudimos hablar. Llegó el 20 de marzo tan esperado, y a las siete y cuarenta y cinco ya estábamos esperando al Sr. Obispo, con los ornamentos propios cada uno del orden que iba a recibir. Entre religiosos y seminaristas éramos setenta y cinco. A las ocho en punto llegó el Prelado, empezando poco después la misa de órdenes empezando como es natural, por la tonsura y ordenes menores.
Después de esto nos llamaron a los subdiáconos en ciernes, nos acercamos hasta el altar vestidos con alba y cíngulo, el amito caído sobre los hombros para que pudiera colocarlo con facilidad sobre la cabeza y en la mano izquierda la dalmática y el manípulo. Allí nos dirigió una exhortación diciéndonos qué pensáramos bien lo que íbamos a hacer; que hasta entonces éramos libres para elegir estado y después no; que miráramos atentamente las cargas gravísimas que echábamos sobre nuestros hombros; pero si queríamos perseverar en nuestra decisión y servir a Dios en el estado clerical, que servir a Dios es reinar, que diéramos algunos pasos adelante.
Fue un momento emocionante, porque en aquel paso decidíamos nuestra vida para lo futuro. Todos lo dimos con decisión y valentía y ninguno titubeó. A continuación todos los ordenandos in sacris nos postramos en tierra mientras el Sr. Obispo y demás clero imploraban el auxilio al Cielo, rezando las letanías de los santos.
A continuación nos ordenó, y consistió la ceremonia en la entrega de un cáliz y patena vacíos, y el libro de las epístolas, y nos vistió el amito, el manípulo y la dalmática. A causa del número tan grande de ordenandos terminó la ceremonia cerca de las once. Asistieron las Sras. Valle y Dª Aquilina, después de verme ordenado se emocionó tanto, que le saltaron las lágrimas.
Estos conocidos de Madrid le agasajaron lo mejor que pudieron: y no faltaron, tras la comida, los brindis y los cantos asturianos, que don Benito —pariente y amigo suyo— acompañó a la pianola, entre evocaciones nostálgicas de la tierrina.
Fue un día feliz en lo que cabe —concluía José María—; sólo eché de menos a Vdes. ya que hubieran gozado y yo con Vds. celebrando este gran acontecimiento de mi vida.
Sueños
¡Qué fácil era para José María, en aquellos meses de abril y mayo de 1927, cuando estudiaba quinto curso de Teología, mientras el Rector -que tanto aprecio le tenía-, les daba las últimas charlas antes de recibir la ordenación sacerdotal, dejar suelta la imaginación y soñar con sus primeros años de sacerdocio! Ya quedaba menos; ya se veía llegando al pueblo, entrando en la parroquia -su parroquia-, saludando a los feligreses, predicando desde el púlpito, dando catequesis a los niños, confesando, celebrando las grandes fiestas litúrgicas...
No escribió en sus apuntes personales nada acerca de esos sueños juveniles, que se enraizaban en las ilusiones más profundas de su infancia; pero se deducen de las composiciones académicas de sus últimos años en el Seminario. Se adivina en esos textos que vibraba en deseos impacientes de ordenarse para poder consagrar al propio Cristo entre sus manos, y que esa era la única ilusión de su vida: ¡ser sacerdote! ¡Sacerdote de Jesucristo!
Ya faltaba poco, muy poco, para traspasar, por fin, aquellos muros del Seminario y lanzarse a ganar el mundo para El. Contaba, uno tras otro, los meses, los días... ¿Qué le tendría preparado Dios? Su alma bullía en ideales grandes. "La juventud —escribió en una de esas composiciones— significa ideales, amor, belleza, fortaleza, ánimo esforzado, valentía, heroicidad. Es la edad de los héroes, la de las epopeyas".
Le esperaba —lo intuía— una aventura, una epopeya maravillosa. Todo aquello por lo que había soñado desde pequeño, por lo que había rezado tanto, la gran ilusión de su vida, estaba ahí, cerca, muy cerca, en el próximo recodo del camino...