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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Más poder en el cielo

Ya ha llegado don Josemaría
A Dios hay que pedirle todo, menos explicaciones. Y aquello era, desde el punto de vista humano, inexplicable. El Opus Dei estaba dando sus primeros pasos: José María Somoano era uno de los pocos sacerdotes que se habían identificado con el espíritu del Fundador; y Dios se lo había llevado de un día para otro, de repente... Y María, que podía haber ayudado tanto en aquellos comienzos, esperaba también la llegada de la muerte. Don Josemaría sufría profundamente con estas pérdidas; pero no había en sus palabras ningún pensamiento de desesperanza ni de pesimismo ante el futuro de la Obra. Transmitía esa misma confianza a los que le rodeaban. "Tengo una confianza absoluta, Jesús (...) -escribía María tras la muerte de Somoano- en que desde el Cielo ha de continuar su apostolado. ¡Qué ganancioso cambio!
A mis hermanos en la Obra de Dios les diré: ¡No tengáis pena! ¡Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis!".
A partir de entonces el Fundador siguió atendiendo a los enfermos del Hospital supliendo la ausencia de Somoano.
"Le recuerdo perfectamente -comenta sor María Jesús Sanz-. Nos venía a celebrar la Santa Misa casi todos los domingos y días festivos. Algunas veces, esta Misa se celebraba al aire libre, en el jardín, a pesar de que en la situación política de aquel momento era mejor no hacer manifestaciones religiosas públicas. Rezábamos casi en oculto.
No recuerdo las palabras exactas de las homilías de sus Misas, pero sí que me impresionaron profundamente. Invitaba a los enfermos a recibir los Sacramentos, a conservarse siempre en la Gracia de Dios, y se dirigía también a las Religiosas, a los empleados, a todos, para llevarnos al servicio de Dios.
(...) Siempre me impresionó como un hombre santo. Lo hubiera dicho ya desde entonces. Se le notaba en su juventud y alegría extraordinaria en el servicio de Dios. Y en el fervor, que impresionaba. Yo le veía actuar en el Hospital y pensaba: este sacerdote es y lleva dentro algo grande.
Otra de sus características era el valor. Atravesábamos unos tiempos muy difíciles y él no tenía miedo a nadie ni a nada en el cumplimiento de su deber sacerdotal. Hablaba con mucha fe y con absoluta naturalidad. Y no era fácil ya que, a nosotras, nos apedreaban frecuentemente cuando veníamos al Hospital (...).
Los sábados venía a confesar a los pacientes que estaban en el Hospital. La mayoría de éstos eran tuberculosos jóvenes (...) con un serio peligro de contagio. Los pacientes tenían hemoptisis frecuentes y la contagiosidad era alta. También en eso conocía la existencia de un peligro importante que nunca tuvo en cuenta.
Cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos, les he visto esperarle con alegría y con esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos. Y creo que esto se debía a la asistencia sacerdotal y a la unción de su palabra. Hizo un bien inmenso en este Hospital".
"Me llamaba la atención -comenta Benilde- la alegría y la serenidad de todas aquellas mujeres, madres de familia, pobres, separadas de sus hijos por el contagio de la enfermedad y que, apenas veían entrar a don Josemaría se llenaban de una felicidad profunda. Lo decían sencillamente así: Ya ha llegado don Josemaría. Quedaba dicho todo".
"Recuerdo a enfermas jóvenes, tuberculosas -evoca sor Isabel Martín-, que recuperaban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes de que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto personal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios. Y esto eran matices del espíritu de don Josemaría Escrivá. Yo he llegado a envidiar, desde mi juventud sana, a estas enfermas, por tanto amor y por tanta entereza. Desde luego don Josemaría se ocupaba de que recibieran los últimos Sacramentos, pero tenía además la virtud de infundirles una generosidad en la entrega, que también me llenaba a mí".
Irse y quedarse
Siguiendo los pasos del Fundador, María seguía desarrollando un intenso apostolado, a pesar de que las circunstancias se volvían cada vez más difíciles. "En el Hospital -cuenta Matilde García- estaba en una habitación con nueve o diez camas y las enfermas eran bastante heterogéneas. Había una que hablaba de tal forma que incluso tuvieron que dejar de llevarle la Comunión. María Ignacia hacía todo lo que podía por ir influyendo en ellas, poco a poco, y logró que se convirtiese".
Cuando el estado de María se agravó, su hermana Braulia se trasladó a Madrid para atenderla. Paradójicamente, esos últimos meses, en los que se redoblaban los dolores, fueron, sin duda alguna, los más felices de su vida. De qué paz disfruto -escribía el 31 de agosto- cuando todo y del todo lo pongo en tus manos. Experimentaba el amor de Dios de forma arrebatadora; la palabra amor recorre todas las páginas del cuaderno, hasta convertirse en la protagonista absoluta; al final de sus días sólo deseaba decirle a Dios cuánto te amo, que deseo amarte más y más, que mi única ilusión es llegar a amarte con locura".
Durante los meses de noviembre y diciembre no escribió nada en su cuaderno. Padeció "fiebres altas, los grandes dolores en el vientre, el traslado de nuevo a un cuarto... en fin todo, todo sufrido por tu amor, (este ha sido mi deseo) había ido trazando líneas de la tierra al Cielo, pudiendo asegurar sin temor a equivocarme, que estos escritos son los que más te agradan.
Por tanto, repetiré llena de confianza: Sí, en noviembre y diciembre también le he dedicado escritos a mi Jesús, pero... no están en mi cuaderno; están en el suyo... ¡Qué alegría!".
El ambiente del hospital, donde se rumoreaba en voz baja el posible envenenamiento del Capellán, estaba cada vez más enrarecido; la lucha política parecía encresparse y el ambiente social presagiaba lo peor. En medio de estas circunstancias adversas escribió María: ¡Qué feliz me siento en medio de tanta obscuridad y tribulación!
Su cuaderno termina el 9 de enero de 1933. Cuenta cómo el día anterior una mujer del Opus Dei le había traído "unos escritos que hace tiempo esperaba con santa impaciencia, por tratarse de Tí.
En varios de sus puntos, habla de la niñez espiritual. Al terminar de leerlos, con gran convicción de lo que decía y esperanza ilimitada en Tu poder y misericordia, he exclamado: (...)
¡¡Jesús del alma mía, apiádate de mí!!".
Estas fueron las últimas palabras que escribió en su cuaderno.
* * *
Cuando comenzó a empeorar, el Fundador "iba todos los días a verla -recuerda Braulia-; si no podía ir, la llamaba por teléfono y preguntaba cómo seguía".
Los médicos preveían un pronto desenlace y la trasladaron de la sala común a una habitación de dos camas para no apenar al resto de las enfermas. "Yo la acompañaba día y noche -evoca Braulia-. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vertebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie".
Ahora, desfallecida y sin fuerzas, María Ignacia sabía que era más eficaz en el Opus Dei que nunca. El Fundador seguía apoyándose en aquellos dolores como en un cimiento poderoso. En una ocasión fue a visitarla acompañado por Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei: "En cuando la vió -cuenta Jiménez Vargas-, el Padre le dijo que ofreciera todos sus sufrimientos por las labores apostólicas que tenía que encomendar cuando estuviera al otro lado: la catequesis, la gente que trataba...".
Era la última paradoja de la vida de María Ignacia: deseaba vivir y morir; y crecía impetuosamente en su alma el deseo del Cielo. Quería quedarse... y quería irse. Aquí quedaba mucho por hacer, pero... ¡desde allí podía hacer tanto! A ella se refiere, con toda probabilidad, aquel punto que el Fundador escribió en Forja:
"¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.
-Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí trabajaría más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero -exclamaba, llena de gozo- ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".
Escribió en vísperas de una operación que le hicieron durante aquel periodo: Están estudiando mi caso y ya de un día a otro decidirán lo que me han de hacer. Ya sé lo que es una operación de vientre y por lo tanto voy a dar gracias al Señor que tan espléndido es en enviarme beneficios a mí que tan mal sé aprovecharme. Bendito sea mil y mil veces y El haga se cumpla en mí su adorable y divina voluntad.
Cuando me operaron del vientre -prosigue en otra carta-, fui a la sala de operaciones convencida de que no me curarían y así ha sido. Dice el Doctor que me encuentra una corteza muy dura que me envuelve todo el vientre y además cree tengo adherencias. En fin que a estas horas están sin saber a punto fijo qué van a combatir...Mi confianza no está puesta en los hombres. Sé que sufro por Jesús y para Jesús. ¿Habrá palabras en la tierra comparadas con éstas? ¡Dichosa el alma a quien Nuestro Señor concede tal beneficio y sabe aprovecharle. Ayúdeme V. con sus oraciones a alcanzar la más íntima unión con Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si El dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! con que lo sepa El me basta....
Una misa al alba
El 5 de noviembre de 1932, ya de madrugada, don Josemaría miró hacia la ventana. Un débil rayo de luz comenzó a iluminar la estancia familiar de los Gordon. Amanecía un nuevo día en Madrid. Todos rezaban. En la penumbra, sobre la cama, muerto, yacía Luis.
Había caído gravemente enfermo tiempo atrás, de una dolencia pulmonar que le había provocado fuertes dificultades para respirar. El mal se había ido agravando y había muerto por asfixia, entre grandes dolores ofrecidos al Señor.
"Al amanecer -comenta su sobrino, Luis Gordon Beguer- don Josemaría dijo que ya estaban en el alba y que podía celebrar la Santa Misa en el oratorio".
Don Josemaría se santiguó al pie del altar y comenzó la Misa.
-Introibo ad altare Dei: Ad Deum qui laetificat iuventutem meam. Me acercaré al altar de Dios: Al Dios que es la alegría de mi juventud.
* * *
Dios, que había alegrado la juventud de don Josemaría con el don maravilloso de la semilla divina del Opus Dei, le hacía saborear ahora el dolor y el sufrimiento, que le unían más íntimamente a la Cruz. Primero se le había ido Somoano, cuando podía haberle ayudado tanto. Y ahora, Luis... Y proseguía aquella furia anticristiana... y las dificultades... y las incomprensiones... y la falta de medios materiales... y su ideal seguía pareciendo a muchos una locura...
No se rebeló. El Opus Dei era de Dios, y Dios tenía sus caminos. Ahora contaba con José María Somoano y con Luis Gordon en el Cielo: eran los primeros miembros de la Obra que habían pasado a la casa del Padre.
Tanto José María Somoano, como Luis Gordon, habían muerto en la plenitud de la vida, con fama de santidad, y el joven Fundador estaba seguro que le ayudarían más eficazmente desde el Cielo.
Prosiguió la Misa.
-Confitebor tibi... Cantaré tus alabanzas al son de la cítara ¡oh Dios! Dios mío; ¿por qué estás triste alma mía, y por qué me llenas de turbación?
Los familiares de Luis contestaron con voz quebrada:
-Spera in Deo... Espera en Dios, porque he de alabarle más todavía, a El, que es mi Salvador y mi Dios.
13 de septiembre de 1933
"A primeros de septiembre de 1933 -recuerda Braulia- vino el Padre para administrarle la Extremaunción (...) y estuve presente, sosteniendo el farol con dos velas encendidas, que dejé caer -del nerviosismo y del cansancio- manchando la ropa de cera y quemándome un poco (...).
Cuando María Ignacia murió yo estaba sola con ella. Don Josemaría se enteró inmediatamente -no sé cómo- y vino enseguida. Se encargó de organizar el entierro y lo presidió, junto a otros sacerdotes (...).
Recuerdo al Padre con manteo, caminando deprisa detrás del féretro colocado sobre el coche mortuorio, hasta el cementerio de Chamartín de la Rosa (...).
Cuando llegó el momento terrible de echar la tierra, don Josemaría cogió un puñado, la besó y la echó sobre el ataúd. Me animó con un gesto para que hiciera lo mismo. No sé de dónde saqué fuerzas, pero al ver la serenidad que el Padre tenía yo hice lo mismo con una gran paz".
* * *
"En vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 13 de septiembre -escribió don Josemaría inmediatamente después del fallecimiento de María- se durmió en el Señor esta primera hermana nuestra, de nuestra Casa del Cielo (...).
¡Qué paz la suya! -¡Cómo hablaba, con qué naturalidad, de ir pronto con su Padre-Dios... y cómo recibía los encargos que le dábamos para la Patria..., las peticiones por la Obra!-.
(...) Aun antes de conocer la Obra ya aplicaba María por nosotros los terribles sufrimientos de sus enfermedades. (...) La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta hermana nuestra. -No la hemos perdido: la hemos ganado. -Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el Cielo".
* * *
María murió como había vivido, con la alegría de la fidelidad plena al Señor. Estos versos, que escribió el 16 de agosto de 1932, un mes después del fallecimiento de Somoano, son, en cierto modo, su testamento espiritual:
Decid al Dios que yo adoro
Que es suyo mi amor entero
Que vivir sin El no es vida
Y con El de gozo muero.
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