José María SomoanoJosé Miguel Cejas
Capítulo: No ha llegado mi hora
Mayo de 1932El 1 de mayo se registró un paro absoluto en Madrid. En Sevilla, Córdoba, Valencia, Alicante y otras capitales hubo derramamiento de sangre. Aquella situación social, cada vez más degradada, no parecía tener solución. Tampoco la permanencia de Somoano en el Hospital. Afortunadamente, a pesar de que las circunstancias no mejoraban -al contrario-, poco a poco, durante aquellos días, fue recobrando la serenidad. El lunes, cuando acudió a la reunión, don Josemaría le sugirió que se abandonase totalmente en las manos de Dios: "Escrivá dice que Jesús me necesita y que para la tranquilidad mía me conviene postrarme en tierra y estar así en la presencia de Dios 5 ó 10 minutos".
"No sé a qué es debido -escribe el 3 de mayo, entre otras notas de carácter apostólico-, pero estoy más frío. ¿Acaso a (causa de) abandonar alguna práctica piadosa o mortificación que Dios me pide?".
Sin embargo, al día siguiente reconoce: Mi espíritu parece que va mejor.
A pesar de estas luchas interiores, ni las amenazas, ni los insultos cuando camina entre los barrizales para dar la catequesis, ni las reticencias de determinados médicos, ni las burlas de algunos enfermos, ni las incertidumbres sobre su futuro, lograron aminorar su ímpetu apostólico y su afán por dar la doctrina de Jesús: "el mejor servicio que podemos hacer a la Iglesia -había escrito el Fundador el pasado mes de enero- es dar doctrina. Gran parte de los males que afligen al mundo se deben a falta de doctrina cristiana (...). Toda nuestra labor tiene, por tanto, realidad y función de catequesis. Hemos de dar doctrina en todos los ambientes".
Cuando era necesario, Somoano predicaba con tonos fuertes sin importarle los inevitables dimes y diretes. Hablaba claro, sin miedo. Acaso levanté polvareda, reconocía en sus notas, a propósito de su última homilía. Repartía folletos, atendía a numerosas personas necesitadas, confesaba a los niños pobres de la Carretera... ¡Qué bueno -anotaba el 5 de mayo- es lo que se hace con esos desgraciados chicos!.
Vientos de fronda
El clima social, adverso a la religión, se iba dejando notar cada vez con mayor virulencia en las salas del hospital. Corren vientos de fronda -escribió el día 6-, para las Hermanas. Tampoco las querían allí. Le gustaría sobrellevar aquellos acontecimientos con mayor sosiego interior, pero -como reconocía en su diario- su estado de ánimo sufría con aquellas amenazas: "la situación se va ennegreciendo poco a poco. Parece que estos quieren llegar en lo que de ellos dependa, a descristianizar a todos. ¡Dios nos asista, y nos sostenga! Los ánimos, regulares".
Esta expresión -descristianizar- no es exagerada. Estaban en los comienzos de una nueva persecución. Bastaba abrir las páginas del periódico para encontrar múltiples hechos que la confirmaban. Por ejemplo, aquel año Alcalá de Henares no vio, por primera vez en varios siglos, desfilar por sus calles la procesión de las Santas Formas. Nadie se atrevió. Era un signo elocuentísimo de la fuerza que había cobrado el odio hacia Dios.
Muchos confiaban en una solución de carácter político-social, pero Somoano apuntaba más hondo: sabía que aquellas convulsiones no tenían su raíz sólo en meras coyunturas políticas: eran la consecuencia, sobre todo, de una profunda crisis humana, moral y espiritual.
Entre algunos católicos empezó a cundir el temor y el desaliento. ¿Qué pensaría de todo esto el pequeño Rafael? Decidió escribirle al Seminario de Valdediós para confirmarle en su vocación:
Estás hecho un valiente -le escribía-. Admirable está eso si le añades, que creo que sí, una vida fervorosa y santa. Que nunca se pueda decir aquello de 'sois muy buen enfermero, pero muy mal religioso'. Dígote esto porque, desgraciadamente, la mayor calamidad que nos puede caber es, que haya tantos católicos de nombre nada más, y sacerdotes sin celo y sin fervor, que creen que son buenos con no dar escándalos. No hay más remedio, querido Falín, que ser, o no ser; y en la vida de la gracia, en un sacerdote se entiende, no hay medio. O uno es un santo, o no es un buen sacerdote; y como los seminaristas a eso tienden, tienen que poner los medios y escoger. Hace más un buen sacerdote, un santo sacerdote, que dos mil discursos de Gil Robles. La reacción tiene que venir fomentando en serio la vida religiosa y esto unicamente lo consiguen los sacerdotes fervorosos. Que tú lo seas ante todo y sobre todo, pide a Dios con toda su alma, tu hermano.
El día 8 de mayo tuvo lugar el entierro de Angelines, una enferma del Hospital que había muerto santamente dos días antes: "Un Angel más que intercederá por mí. Entre todos los que he conocido en la tierra y están en el Cielo tienen que conseguirme de Dios la santidad".
Aquel día hubo huelga general en Toledo y se produjeron diversos enfrentamientos con la fuerza pública. Dos días más tarde se registraron graves disturbios estudiantiles en Zaragoza y se clausuró la Universidad de Valladolid.
Proseguían las amenazas de expulsión: "Nuevos rumores acerca de mi estancia en esta casa" escribió el 10 de mayo.
Y al día siguiente Alvaro de Albornoz, Ministro de Justicia, leyó dos proyectos de ley: el reconocimiento exclusivo del matrimonio civil y la posibilidad de inscribir como legítimos a los hijos habidos fuera del matrimonio.
Un triste aniversario
Precisamente durante aquellos días se cumplía el primer aniversario de la quema de conventos. Aniversario triste escribe
Somoano, que no podía olvidar los terribles días de mayo de 1931, con las altas humaredas grisáceas proyectando sombras violentas sobre el cielo de Madrid. Le parecía escuchar todavía los gritos, las risotadas, las blasfemias, las burlas... Todo aquello se le había grabado en el alma, como una herida que no acababa de cerrarse. Poco después se había ofrecido plenamente al Señor. ¿Esta expulsión del hospital no sería, quizá, un preludio de aquel ofrecimiento...?
Tampoco María podía olvidar aquellos días. Se sentía, en su humildad, culpable por aquellos sacrilegios. Yo he sido la causa de ello; y al recordar las faltas de su vida pasada, escribió: ¡Te debo tanto, Dios mío! ¡Me has mirado siempre con tanta misericordia!. Y después de rememorar, agradecida, todos los dones que Dios le había dado, concluía con un acto de entrega plena:
"Aquí me tienes... no me canso de repetirte que dispuesta estoy a recibir de tus manos lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras.
Ya sabes, soy tu Víctima de Amor. -Corta por donde quieras y mi sangre, unida a la tuya redentora, lavarán mi alma de toda mancha y de este modo, entrándome por la llaga de tu divino costado, viviré en Ti y Tú en mí, de tal forma que, al romperse las ligaduras que me unen a la tierra, goce de tu divina presencia alabándote y bendiciéndote eternamente".
Lo que quieras, cuando quieras y en la forma que quieras: estas palabras eran un eco de la predicación del Fundador, que enseñaba a identificarse plenamente con la Voluntad de Dios diciendo: ¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!.
Dios nos escoja
Aquel mismo día 11 de mayo se celebró en el hospital una solemne fiesta eucarística de desagravio a la que asistieron muchos enfermos; eso consoló a Somoano, al igual que los frutos de su catequesis con los chicos de la carretera -chicos redimidos por Jesucristo y que pueden ser santos y que acaso depende algo de mí. Sin embargo la conducta inmoral de algunas enfermas del hospital le seguía preocupando: "estoy contento con los muchachos pero las ellas...-escribe el día 13-. No sé lo que hacer para que sean más modestas. Van muy poco vestidas-. En la carretera se nota poca constancia; pero no importa, hay que perseverar".
Sostuvo esta lucha durante mucho tiempo, con resultados diversos: "la advertencia que hice en el 3º acerca de lecturas y cines hizo efecto contradictorio. Unas se aprovechan y otras se disgustan porque no quieren saber la verdad y seguir leyendo lo que les parece, al mismo tiempo que quieren ser tenidas y parecer buenas. La virtud cuesta -Jesús ayúdalas-".
No cayó en la tentación de adulterar la doctrina de Jesucristo para "acomodarla" al ambiente que le rodeaba. No buscó falsas "soluciones de compromiso". No limó los perfiles exigentes del Evangelio, para ganarse a las almas. Una enferma le comentó a María que al capellán "le pasaba como al médico que limpia la llaga del enfermo sin escuchar para nada sus lamentos, poniendo todo su cuidado en hacerlo bien. Sabe que le produce dolor, pero lo que le interesa no es la molestia pasajera que dicho enfermo siente, sino su curación. -Igual le pasaba a D. José María; daba siempre en la llaga... pero por tanto, siempre también curaba las heridas del alma".
Al día siguiente, por la tarde, se produjo por fin la temida decisión: le indicaron tajantemente que se fuese. Me afecta -escribió-; pero poco.
No fue una simple notificación de cese: junto con la expulsión, le dieron una amenaza de muerte. Me anuncian la salud para un plazo muy próximo. ¡Que el Señor lo haga!.
Aquella amenaza no era una fanfarronada: en el hospital había -recuerda Leopoldo Somoano- "un nutrido grupo de extremistas que tenían fama de realizar toda clase de hazañas criminosas, arrastrando con ellos a algunos empleados y personal sanitario".
Allí estaba estorbando y era mejor que se fuera, ¡y que no volviese -le advirtieron-, porque no faltaban personas dispuestas a matarlo! Él -escribe Enriqueta Somoano- contestó con toda entereza lo que el Señor a Herodes:
-Decid a esa zorra que aún no ha llegado mi hora.
En Arriondas recibieron durante aquellos días una carta suya con un texto sobrecogedor, por la seguridad con la que hablaba del futuro y la rara clarividencia que demostraba:
Habrá una persecución religiosa muy grande, una gran revolución y la sangre de los mártires correrá a raudales por España. ¡Dios nos escoja! Porque al fin, las horas del hombre son como el día de ayer que ya pasó...
"Aún recuerdo -cuenta Enriqueta- que mamá, al leerlo, comentó llorando:
-Si Dios te escoge... ¡qué será de tu madre, hijo mío!".
Una cosa trascendentalísima
"En otra carta -prosigue Enriqueta- decía, creo que textualmente:
Me he enterado de manera extraordinaria de una cosa trascendentalísima de mi vida, no me preguntéis nada, he prometido guardar secreto confesional. Encomendadlo todos y cada uno al Señor".
¿Qué sería aquella cosa trascendentalísima de la que había tenido conocimiento de modo tan singular y que, como recuerda su hermana Cristina me atañe a mí y a todos vosotros?.
El conocimiento de aquella cosa trascendentalísima produjo un gran cambio en su alma. Desapareció el desasosiego de días anteriores. El 15 de mayo, Fiesta de Pentecostés, dio ánimo a todos y les anunció su marcha del Hospital. Parece que con esto se calman. Yo estoy la mar de tranquilo. Dios le había concedido, por fin, el abandono total que le llevaba pidiendo tiempo atrás: ¿Qué haré? -¡En manos del Señor me pongo para que El haga de mí lo que quiera!. El Señor es el auxilio de mi vida. ¡Qué me hará temblar?
-escribe el 16 de mayo.
Fue a ver de nuevo al Vicario, que le ofreció, por cuarta vez, la posibilidad de los Pinos. Ya no le quedaba otra salida. Su hermano Vicente le animó. Aceptó, por fin, aunque no sabía cómo iba a arreglárselas para celebrar misa los domingos y llevar la Comunión al Hospital. Algo difícil va a ser.
Sin embargo, al día siguiente, 18 de mayo, "precisamente después de estar todo determinado para ir a los Pinos, vuelve a parecer posible quedar aquí o cerca de aquí pero para atender esto ¡Qué lío! Hay unas cuantas almas santas que no se resignan a quedar sin la S. Comunión e instan a Jesús".
Una de esas almas era María, que escribió cómo durante ese periodo "su celo porque los enfermos no murieran sin recibir todos los sacramentos y amaran mucho a Jesús, no tenía límites.
Sabiendo que la fuente inagotable del amor de Dios Nuestro Señor es la Divina Eucaristía, nos la traía a sus enfermos siempre que podía; dos veces a la semana nunca nos faltaba y en las grandes festividades de Nuestra Santa Madre la Iglesia, procuraba siempre traérnosla. Un día que estábamos en duda si se marcharía ya del Hospital, le pregunté: Padre: ¿tendremos mañana Comunión? A lo que me contestó sonriendo, a la vez que con firmeza: ¡Sí! ¡Sí! -Antes ha de faltar agua al mar (...) que aquí la Sagrada Comunión".
Su expulsión, que parecía cada vez más inminente, era un símbolo de lo que estaba sucediendo en el país. "El ambiente -escribió Somoano el jueves 19- presagia una pronta revolución religioso-social".
Fue dedicando cada vez más atención a los chicos de los Pinos, pues se acercaban las fechas de las primeras Comuniones, que tuvieron lugar el domingo 22. Le gustaba el trato con aquellos pobres muchachos: sabía ganarse su confianza y su amistad, y contaba con la experiencia del Asilo. Por lo demás, se encontraba -¡gracias a Dios!- interiormente sereno, sosegado, feliz: "La primera vez que me alegro -anotó- por contumeliam pro nomine Jesu pati", por haber padecido por el nombre del Señor.
"En los seis últimos meses de su vida fue mucho lo que sufrió -consignó María en sus notas-, con la entereza de un mártir. Persecución, insultos, desprecios, molestias y continuos trabajos, debido a las órdenes dadas por el nuevo Régimen, siempre con la sonrisa en los labios. -De todos estos contratiempos, jamás le gustaba hablar y si a ruegos nuestros lo hacía, nos dejaba tan edificadas, que con gusto hubiéramos sufrido en aquellos momentos cualquier persecución con tal de disfrutar de aquella paz tan envidiable que en él se retrataba.
Un día me atreví a decirle:
-Vd. no me quiere contar nada, pero yo he sabido que en La Ventilla, cuando cruzaba las calles, se han metido con Vd., insultándole cuanto han querido.
Y me contestó:
-¡Bah! no hay que darle importancia a eso. Sólo fue motivo para hacerme entonar al punto un Te Deum...".
El lunes siguiente, 23 de mayo, estuvo conversando de nuevo con el Fundador: "La O. de D. va bien - El tiempo se aprovecha más y el espíritu más se sobrenaturaliza - Hay dos nuevos - ¡Señor, que sean santos y que perseveren!".
En cuanto a noticias sobre su expulsión, "nada - Sigue el compás de espera-".
No sabía qué hacer: el administrador del Hospital, Eugenio Vázquez Caballero, que se encontraba entre dos fuegos, le recomendaba día tras día que se fuese, aunque Somoano sabía que tomaba esas decisiones por su cuenta para complacer a sus superiores. "Los médicos -escribe- me han dicho que no hay nada de esa orden que el administrador dice". Confiaba todavía en quedarse: "Creo que la cosa le va a salir mal. Hay orden de que no me marche por ahora". Seguía atendiendo día y noche a sus enfermos: "Comulgan muchos, mejor dicho, confiesan. No está mal el ambiente espiritual".
Hay que llevar la Cruz
Mientras tanto, día tras día, Somoano iba profundizando en su vocación y en la naturaleza sobrenatural del Opus Dei. La O. de D. no es cosa de los hombres -escribió Somoano el lunes siguiente, tras la reunión con el Fundador-. Deseaba ser fidelísimo a aquel camino, que Dios quería que fuese uno de los primeros en recorrer. "¿Pretenderemos apropiarnos algo? - Señor, humíllanos profundamente antes de que te robemos la parte más pequeña de tu Obra-".
Estas palabras eran un eco de las enseñanzas del Fundador. Dios me quiere santo y me quiere para su Obra, había escrito don Josemaría el pasado 3 de abril. Como un eco de este deseo, afirmaba Somoano que la salvación de España y del mundo dependía "de los sacerdotes. Estos tienen que ser santos, pero la santidad no se adquiere en un día - Si no se lleva vida de gran oración y de mortificación la santidad es imposible. Bien lo veo. No nos engañemos. Hay que llevar la Cruz - Da robur, fer auxilium (Da fortaleza, presta auxilio) -Da mihi humilitatem et amorem, Tui! (Dame humildad y amor hacia Ti)"
Un símbolo
El 30 de mayo de 1932, se acabó de construir -!por fin!-, al cabo de casi cuarenta años, la torre de la iglesia de Arriondas. Don Rafael, el párroco, no cabía en sí de gozo. Los más ancianos pensaban en el bueno de don Lino, el antiguo párroco, que comenzó a construir la nueva iglesia a finales del siglo pasado ¡Si él pudiera verla!
Aquella iglesia era, en cierto modo, un símbolo de la vida de Somoano. Había contemplado, durante su infancia y los veranos de su adolescencia -años de trabajo, de renuncia y de entrega-, cómo se iba alzando aquel templo, poco a poco, superando mil dificultades. Más tarde, tuvo el gozo de celebrar en ella, aquel inolvidable 21 de junio de 1927, su Primera Misa. Pero todavía quedaba por construir la torre. Ahora, por fin, se había puesto la última piedra y el campanario se recortaba airoso sobre el cielo de Asturias, dominando todo el concejo. También él -lo presentía, lo sabía quizás-, había puesto la última piedra de su vida, había dado el último paso...
* * *
Pocos días después, el 3 de junio, primer viernes de mes, fiesta del Sagrado Corazón, miles y miles de balcones de Madrid se engalanaron con tapices y colgaduras blancas, como manifestación pública de desagravio por los desmanes cometidos durante aquel año contra la Eucaristía. Nunca vi a Madrid así, reconoció, gozoso Somoano en su diario. Y precisamente aquel día se consumó por fin su expulsión: "Hoy día del S. Corazón de Jesús dejo de vivir en la Enfermería aunque sigo siendo su Capellán y lo seguiré siendo". Estaba sereno y evocaba en su interior las palabras del Evangelio: bienaventurados los que padecen persecución por parte de la justicia.
"Parece que me desenvolveré bien -escribió, confiado, al día siguiente- y el Hospital y Enf(ermería) quedarán atendidos aunque con alguna molestia con más o menos dificultad la soportaré, ya que estoy poco acostumbrado al sacrificio".
A medida que pasaban los días, la fobia antirreligiosa parecía extenderse más y más por todo el país. Pero Somoano no se dejó ganar por el pesimismo general: pensaba que para muchos cristianos aquello podía ser un revulsivo. Por ejemplo, para sus hermanos Vicente y Leopoldo: "La persecución religiosa -anotó- les ha venido a ellos admirablemente. Cada día son más fervorosos y con más espíritu religioso".
El día 6 le presentaron a Luis Gordon. Aquel miembro del Opus Dei, ingeniero, de treinta y tres años, alto, de porte elegante, director de una maltería en Ciempozuelos, bien preparado profesionalmente y que traslucía en su mirada una gran vida interior, le produjo una impresión magnífica: "Completamente identificados. Muy fervoroso, con mucho espíritu de sacrificio. ¡Si hubiera miembros como Gordon! Gran adquisición".
Seguía -era una vieja costumbre de sus tiempos del Seminario- con los oídos siempre atentos a las noticias de la radio. Le gustaba estar al tanto de todo lo que sucedía... y lo que sucedía, desde una perspectiva puramente humana era desalentador. El día 7 se produjeron conatos de huelgas en Vigo, Lugo y Orense; hubo huelga general de campesinos en Talavera y las cárceles estaban a rebosar. El orden público se había convertido en una obsesión nacional.
Al día siguiente estuvo hablando del Opus Dei con aquel chico joven, Antonio Royo Marín. Somoano ponía en práctica así una de las enseñanzas constantes del Fundador, que recordaba que el sacerdote debía llegar a la esfera de lo personal en su trato apostólico; no podía contentarse con simples predicaciones genéricas dirigidas a unas masas anónimas, sino esforzarse por poner cada alma frente a Cristo, mediante un apostolado de amistad y confidencia. Somoano enseñó a Antonio algunos apuntes de las charlas del Fundador que tenía recogidas en su libreta y le estuvo contando algunos detalles de la fundación del Opus Dei.
Antonio Royo Marín tenía dieciocho años y muchas inquietudes espirituales. Se había planteado la vocación sacerdotal y se confesaba habitualmente con Somoano. Pero no sabía el camino concreto que Dios le pedía. "¿Será un sacerdote de la Obra? -se preguntó Somoano en su Diario-. Creo que es materia dispuesta para grandes cosas y que el Señor quiere favorecerle -¡Señor Jesús que tanto amáis a los humildes de Corazón y a los pobres, queréis por esta alma, este pobre manifestar vuestra gloria? Perdóname Señor! Dame tu amor".
Una persona decisiva
"Durante esa temporada -cuenta Cristina Somoano- recibimos en Arriondas una carta de mi hermano en la nos contaba que había conocido en Madrid a una persona verdaderamente decisiva. Pero no nos dijo el nombre. ¿Una persona decisiva, en aquellos momentos? Mi madre supuso que se trataría de Gil Robles, un político muy conocido, y se lo preguntó a vuelta de correo.
Entonces mi hermano le contestó que esa persona a la que había conocido era verdaderamente decisiva para la Iglesia, dando a entender que no era sólo para España, sino para todo el mundo... Yo pienso que se refería al Fundador del Opus Dei".
* * *
Los enemigos de Somoano habían conseguido su propósito: ya estaba el capellán fuera del hospital. Vivía en una casita cercana, la quinta de las Nieves, atendida por unas señoras gallegas muy ancianas. A pesar de la situación en la que se encontraba, procuraba infundir optimismo y espíritu de oración y penitencia. Se preguntaba, en su examen personal: Mucho hablas a los demás y ¿tú? Qué poca oración haces y qué poco mortificado.
El 11 de junio se cumplía el quinto aniversario de su ordenación sacerdotal. En este tiempo, cuántas gracias de Dios, especialísimas muchas y qué mala correspondencia-. Concluía con una petición ardiente: ¡Dios haga que me enamore de Él!.
Esa pasión por el amor de Dios se advierte cada vez con más fuerza en sus últimas notas: "Dios mío, que sea ferviente -anotó el 14 de junio- que sea humilde al mismo tiempo que urge una gran confianza y amor de Vos. Vos sois mi amigo íntimo - ¡Como no os amo más y converso con Vos y Os defiendo!"
El día 19 escribió a sus padres con el tono divertido de siempre:
Queridísimos padres y hermanos: Empiezo por darles la enhorabuena a todos, porque supongo que D. Rafael ya estará entre los suyos tan ufano, como si se hubiera particularmente agenciado una clueca y presentara sin saberlo nadie una pollada de 24 pitos.
Después se refería a Julio, que estaba en trance de exámenes:
También están muy de enhorabuena con D. Julio con quien hay que extremar las consideraciones y el afecto; porque los merece. Dios a cada uno llama por distinto camino y el que se porta bien y tiene buena voluntad y constancia, a la larga triunfa. Dios premia a los suyos y ayuda a quien con El anda. En casa tienen abundantes ejemplos de eso, y no es que yo me ponga por modelo ni mucho menos. Yo estoy la mar de satisfecho con Julio.
Continuaba: parece ser que saldré de aquí hacia el diez del próximo julio, y si se arregla bien lo del substituto, iré a Arriondas. ¿Cuándo? Ya veremos. Pienso estar ahí por lo menos hasta mediados de agosto, si pudiera hasta el final. Pueden decírselo como mera probabilidad a Rafael.
¿De política y de complots? Algo les diría de los rumores que corren, pero la Ley de Defensa prohíbe alarmar a la gente y juzga cualquier cosa un ataque a la niña.
Ya hablaremos de lo que sea, si antes no se producen acontecimientos...
Aquí sigo; no de capellán de monjas, no; de capellán del H. Nacional y Enfermería -cargo eclesiástico meramente aunque no cobre nada del Estado- Hasta otra.
Dos semanas de silencio
A mitad de junio su Diario se interrumpe. Durante dos semanas no anotó nada. Pero María ha dejado constancia en sus notas del enrarecimiento progresivo del clima del Hospital durante aquellos días. "¡Es tan triste -se lamentaba, dirigiéndose, como siempre, al Señor- ver el pago que recibes a cambio de la muerte que escogiste solamente por nuestro amor!
No se comprende que esto ocurra, sino es porque no se te conoce; no, Jesús de mi vida conociéndote, es imposible dejarte de amar. Y no, con un amor tibio, mezquino, pobre, no se te ama hasta la locura".
Como se temía Somoano, el cuidado espiritual de sus enfermos, desde que abandonó el hospital, era cada vez más difícil. Sin embargo, seguía poniendo todos los medios para atenderlos contra viento y marea. "Pondré un ejemplo entre tantos como pudiera decir -contaba María- (...) para demostrar cómo lo hacía con nosotros en todo y a todo momento". Y narraba la historia de una enferma a la que iban a someter a "una operación bastante grande en el pulmón izquierdo y por tanto, deseaba recibir en su pecho aquel día a Nuestro Señor, para que le diera las fuerzas necesarias. Dicha enfermita, como no era día de comunión, pidió permiso al médico para ir a la Capilla, y el médico se lo negó".
Al enterarse Somoano de sus buenos deseos, "le dijo a la enferma -relataba María- que estos serían cumplidos, pues Jesús aquel día vendría a visitarla y unirse a ella, por medio de la Sagrada Comunión. (...) Le prometió a la enferma estar durante la operación, pidiendo por ella y, sin esperar a que se terminara, vino en persona a preguntar a los médicos cómo iba, pero como todavía estaba en la mesa de operaciones, no pudo verla.
Por la tarde, cuando fue hora de poder entrar, vino a visitarla. A la mañana siguiente, seguido de celebrar la Sta. Misa, vino a ver cómo seguía y a alentarla, como siempre, a unir sus sufrimientos a los de Jesús, y a la vez, confortarla con la lectura de la Hora Santa. -De vez en cuando interrumpía esta lectura, para preguntarle a la enferma si le fatigaba el oírle; y al contestarle que no, seguía cada vez con más entusiasmo y lleno de caridad su labor.
Todos los días siguió repitiendo sus visitas mañana y tarde. En uno de estos, dio comienzo a un triduo de pláticas que las enfermas le pedimos para que nos hablara del amor y las grandezas del Deífico Corazón ya que estábamos en su mes. Solamente había dicho la primera cuando dio orden el Director del Pabellón para que no las siguiera, y por añadidura, que no entrara a ver a las enfermas como no estuvieran graves, y fuera llamado por éstas. Este día como de costumbre, entró a visitar a la enferma de que antes hablo, y la Hermana del piso, toda asustada con las órdenes que acababa de recibir, le mandó salir inmediatamente, obedeciendo al punto. La enfermera se dio cuenta de lo que sufrió (...) pero, sin replicar una palabra, salió del Pabellón.
Cumplió esta orden con tal exactitud, que a no ser llamado por una enferma grave, no volvió a venir nada más que los días de confesión, y cuanto cumplía su (...) deber marchaba enseguida.
Y si alguna enferma de las salas se enteraba que estaba allí y le mandaba entrar para darle algún recado, le contestaba siguiendo su camino: Dígaselo al director".
El 3 de julio hizo una nueva anotación en su diario. La causa de su silencio anterior es una muestra elocuente de la penosa situación en la que se encontraba: había perdido el lápiz.
* * *
Siguieron días de sufrimiento y de intensa oración. Había pedido meterse en las llagas del Señor y ahora Dios le hacía participar de su dolor: insultado, amenazado de muerte, expulsado del hospital, en una situación inestable y difícil... Puso, de nuevo, toda su confianza en Dios y el día 5 fue con el Fundador a rezar ante una imagen del Sagrado Corazón: "Me emociona -escribió-. Escrivá, Vegas y yo rezamos a las llagas de Cristo".
Su diario se cierra con estas palabras: "Laureano me pide oraciones. Yo estoy necesitado de ellas - Dios sea bendito!".