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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: La llamada

El descubrimiento de la vocación
Aquella mañana de Año Nuevo de 1932 hizo un frío intenso en Madrid. Las calles estaban desiertas; sólo algunos trasnochadores deambulaban sin rumbo por la ciudad, después de celebrar la llegada del nuevo año en la Puerta del Sol, viendo bajar, como mandaba la costumbre, la luminosa bola de Gobernación. Tanto frío hacía que unos bromistas habían colgado una estufa del brazo de la estatua de Neptuno, cuya sola visión, emergiendo con su tridente de un mar helado, provocaba escalofríos.
Comenzó el año con negros presagios. ABC destacaba en la primera página de su número extraordinario la pastoral colectiva del Episcopado español: La Iglesia excluida de la vida pública; Una negación de libertades y derechos. La sección de Nacional ofrecía un amplio reportaje sobre la matanza de cuatro guardias civiles en Castilblanco.
Las medidas de carácter anticatólico se sucedían: habían sido disueltos los cuerpos eclesiásticos del Ejército y de la Armada; se habían suprimido los honores militares al Santísimo en las procesiones. El ministro de Gobernación había anunciado que trabajaba activamente en tres proyectos de "secularización de la vida civil": el divorcio, el matrimonio civil y la secularización de los cementerios... En el pasado mes de julio, el ministro de Trabajo había dado la orden a las agencias de seguros de que no aceptaran y anularan los contratos "a base de prima especial contra riesgos de incendios, robos, saqueos, destrozos, sabotajes, etc. originados en posibles alteraciones del orden público...".
Al día siguiente, 2 de enero, como de costumbre -triste costumbre-, se produjeron nuevos disturbios y enfrentamientos, esta vez en San Sebastián, Barcelona y Sevilla entre los obreros y la Guardia Civil.
Por la tarde, don Josemaría Escrivá y don Lino fueron al hospital del Rey para visitar a Somoano. Don Josemaría había pedido a varias personas que rezaran y ofrecieran algún sacrificio por el fruto de aquella conversación. El día anterior, en la iglesia de las Esclavas, había conocido a don José María Vegas, otro de los amigos de Somoano.
"Me visitó por vez primera José Mª Escrivá acompañado de Lino —escribió Somoano aquel mismo día—. Me entusiasmó. Le prometí enchufes —enfermos orantes— para la O. de D. Yo entusiasmado. Dispuesto a todo".
Dispuesto a todo. La oración y el sacrificio habían dado fruto. La semilla había caído en tierra buena. Don Josemaría había encontrado en Somoano un alma de Apóstol y, agradecido a Dios, rezó con don Norberto un Te Deum.
* * *
Somoano no cabía en sí de gozo: aquello había supuesto un descubrimiento maravilloso. "Pedí por la O. de D. y rogué a hermanas y cabildo que pidieran. Durante la mañana me sentí entusiasmadísimo y contento". Le contó a María que aquella noche no había podido "reconciliar el sueño, de la alegría tan grande que sentía".
Estaba felicísimo por aquella nueva gracia, un regalo inesperado que Dios le concedía. La entrega en el Opus Dei abría una dimensión nueva en su vida sacerdotal. Sabía que, en cuanto sacerdote, estaba llamado a la santidad; pero ahora sus horizontes de amor de Dios cobraban, gracias a la ayuda espiritual del Opus Dei, vuelos y perspectivas insospechadas.
Su vida había discurrido hasta entonces por las vías cotidianas, de siempre, como el tren que enlazaba su pueblo con Covadonga. Ahora Dios ponía, de pronto, a su disposición un medio magnífico que le ayudaría a servir eficazmente a la Iglesia, como aquel viejo avión de su infancia...
Aquel avión... Entonces todo había sucedido también de repente, casi por sorpresa. Fue al año siguiente de hacer su Primera Comunión. Trajeron a Arriondas, de improviso, unas cajas procedentes de Francia. Sacaron unas piezas curiosas. Dos mecánicos de la zona comenzaron a armarlas entre la expectación general y al cabo de pocos días, oh, sorpresa, ¡un aeroplano! ¡Sí! ¡Un verdadero aeroplano, como los de las fotografías del Blanco y Negro que recibía su padre; un artefacto maravilloso que se alzó poco después con sus grandes alas sobre el cielo de Asturias y que realizó varias exhibiciones aéreas -las primeras que tenían lugar en el Principado-, cubriendo el trayecto de Arriondas hasta Covadonga en poquísimo tiempo!
* * *
Con la llamada divina al Opus Dei —había escrito el Fundador en una carta fechada pocos días después- "es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.
La vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia".
"A la vuelta de tantos siglos —concluía don Josemaría-, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —del trabajo profesional- y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia".
Vegas
El bien es difusivo y el 4 de enero, cuando su amigo Vegas fue a visitarle al Hospital, Somoano le encaminó hacia el Fundador y, al día siguiente, le habló del Opus Dei. El Fundador rezó especialmente por el resultado de aquella conversación y pidió, como de costumbre, la oración y mortificación de otras personas.
Vegas estaba adscrito a la Capilla del Santísimo Cristo de San Ginés, en Madrid, como capellán tercero. Era un sacerdote alegre, piadoso, con una gran devoción al Santo Cura de Ars, dinámico, optimista... Su respuesta fue semejante a la de Somoano: se entregó pronta y generosamente. Como escribió pocos días después el Fundador, la vocación, aquella fuerza vital, tenía algo de alud arrollador...
Somoano anotó en su agenda, complacido, que Vegas se había entusiasmado, al igual que él, al conocer aquel nuevo camino de santidad que Dios había abierto dentro de la Iglesia.
Siempre sonriendo
Mientras tanto, el país sufría constantes convulsiones sociales. Pocos días antes había tenido lugar una batalla campal entre campesinos y guardias civiles en Zalamea de la Serena, y la Guardia Civil, acorralada, había causado en Arnedo, un pueblo de Logroño, durante el transcurso de una huelga, seis muertos y treinta heridos, en su mayoría mujeres.
Escrivá sufría por esta situación, mientras impulsaba sin cesar la acción apostólica. Sabía que Somoano y Vegas encauzarían los sufrimientos de aquellos enfermos que atendían, dándoles paz y consuelo, para que los ofrecieran a Dios: confiaba plenamente en los frutos sobrenaturales de aquellos dolores y sufrimientos: sabía que ése sería el cimiento de la Obra de Dios: ¡El dolor de los pobres, de los niños, de los enfermos! Un dolor convertido en instrumento de corredención, en cauce para la salvación de las miles de almas que vendrían al Opus Dei con el transcurso de los siglos.
* * *
A Leopoldo le impresionó profundamente la alegría y la fuerte vibración apostólica de aquellos sacerdotes amigos de su hermano, que se reunían de vez en cuando en el hospital o en el Porta-Coeli. Eran jóvenes -muy jóvenes-, alegres, entusiastas, decididos y muy amigos entre sí. Recuerda que su hermano se compenetraba espléndidamente con aquel joven Fundador lleno de Dios, con mucha energía, sencillo, siempre sonriendo y con buen humor. Junto con don Lino Vea-Murguía y don José María Vegas formaban un grupo de sacerdotes "del cual era el alma don Josemaría, que ponía un gran entusiasmo y un enorme espíritu en la labor con estudiantes, con enfermos y con sacerdotes. Se preocupaba mucho de éstos últimos, sobre todo cuando oía que alguno abandonaba su sacerdocio o se comportaba indignamente".
Sor María Casado guarda el mismo recuerdo: "Aunque coincidí pocos meses con ellos, los recuerdo perfectamente. Don Josemaría Escrivá se desvivía por los enfermos. Era todo para los enfermos. A Somoano lo recuerdo más bien discreto, silencioso, muy fervoroso, aplomado, con mucho afán apostólico".
Sor Isabel Martín, que atendía la Farmacia del Hospital, señala que a don Josemaría Escrivá "le queríamos mucho, muchísimo. La razón de este cariño general era que él se daba generosamente a todos. Era, además, muy espiritual y sabía entregarse a los demás con una enorme alegría. Yo le recuerdo siempre alegre. Si tuviera que destacar una cualidad de él, creo que me quedaría con esta: la jovialidad, el gozo que emanaba de su persona".
El Fundador hablaba del Opus Dei a los que le rodeaban —recuerdan Vicente y Leopoldo— "haciéndoles ver —también nos lo decía a nosotros— que la Obra sería un gran instrumento al servicio de la Iglesia, con proyección universal, extendida por todo el mundo". Sabía contagiar su entusiasmo y su afán de almas: "Me visitaron Escrivá y 4 más —escribió Somoano el día 26—. Sigue el entusiasmo y parece que tiende a la perfección".
A partir de entonces, José María Somoano comenzó a participar todos los lunes en unas reuniones con aquellos sacerdotes que tenían lugar en casa de don Norberto. Disfrutaba allí del ambiente de familia cristiana propio del Opus Dei. Salía removido: la vocación al Opus Dei reforzaba su comunión con el Obispo y con el resto de los sacerdotes, y era un factor poderoso de comunión y de servicio a la diócesis. ¡Y estaban sólo en los comienzos!.
Vendrían a lo largo de los siglos -los veía ya, con los ojos de la fe- miles y miles de hombres y mujeres, de todas las profesiones y oficios, millares de sacerdotes de todas las diócesis del mundo que encontrarían en aquel espíritu un aliento renovado para servir a la Iglesia. ¡Valía la pena rezar y hacer rezar!
A María, discreta y observadora, no le pasó inadvertido aquel nuevo fervor, aquella alegría singular que se adivinaba en el rostro del capellán, que durante aquel tiempo —secundando los deseos del Fundador— había ido acercándose a su cama, y diciéndole:
—María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición, no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso.
"Y marchó por las salas —anotó María en su diario— alentando a todas las enfermas a ofrecer oraciones y cuantos sufrimientos tuvieran, por su intención".
Ella ofrecía sus dolores por aquella intención, mientras pensaba qué podía ser. ¿De qué se trataría? Consideraba, intentando desentrañar su significado, una vez y otra, aquellas palabras: "no es de días...", "es un bien universal...", "ahora, mañana y siempre".
Una homilía en la Concepción
Pocos días después, el 2 de febrero de 1932, el Fundador entró en la iglesia de la Concepción, un templo neogótico que se alza en el corazón del barrio madrileño de Salamanca, donde se celebraba el acto de inauguración de la Adoración Real, Perpetua y Universal del Santísimo Sacramento (ARPU), fundada por don José Lles. Predicaba desde el púlpito un sacerdote joven, alto, de mirada penetrante tras sus lentes de concha. Era José María García Lahiguera, otro de los grandes amigos de Somoano. Hablaba con fuerza, con una energía, una vibración y una pasión singular...
Al escucharle hablar de Dios con tanto fervor, el Fundador quiso conocerle personalmente y fue a visitarle aquella misma tarde al Seminario de Madrid.
"Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna —recordaría años más tarde García Lahiguera— desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía; quizás a causa de su modo directo y franco de iniciar la conversación.
—¿Tú has visto esta mañana —empezó diciendo—, durante el sermón que has predicado, un sacerdote que te miraba atentamente, sin perder palabra de lo que decías?".
A continuación don Josemaría le explicó la tarea que Dios le había encomendado: el Opus Dei. "Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo —recuerda García Lahiguera— y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso... Con gran delicadeza, de vez en cuando, se interrumpía para preguntarme si me interesaba lo que me iba contando, y yo, que estaba pendiente de sus palabras, le animaba a seguir.
Don Josemaría, después de explicarme la Obra, sólo me pidió una cosa bien concreta: que rezase para que el Señor le ayudase a llevar el peso que El mismo había echado sobre sus hombros. Prometí hacerlo de todo corazón y nos despedimos. Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas".
Tres días más tarde, el 5 de febrero, Somoano visitó a García Lahiguera, el cual, por lo que se deduce de sus notas, le estuvo hablando de la Adoración Real, Perpetua y Universal del Santísimo Sacramento (A.R.P.U.) "Se tiende a fundar misioneros —escribió Somoano en su Diario- y a fomentar la unión del clero y calentar su espíritu. Muy buenas impresiones saqué. —Es época de carismas especiales".
Sólo tu amor
Era época de carismas especiales. Y también de un especial encono contra la fe y contra la Iglesia.
El mes de febrero comenzó con malos augurios. El día 6 la Gaceta de Madrid publicó el Decreto de secularización de los cementerios. La Legislación pretendía -como se denunciaba en un editorial de ABC- que sólo fuesen enterrados en sagrado aquellos que lo hubiesen manifestado explícitamente en su testamento, o lo pusiesen por escrito en un documento firmado. Era una medida claramente secularizadora, porque, como señalaba el editorialista, la mayoría de los españoles de aquel tiempo morían sin testar.
* * *
"Hoy empezó tu retiro en el desierto, Jesús mío —escribió María en su libreta el día 10 de febrero, Miércoles de Ceniza—, donde ayunaste los cuarenta días que antecedieron a tu Sagrada Pasión. Yo no puedo acompañarte mi adorado Jesús, con ayunos ni penitencias pues ya sabes que estoy en esta cama, sin una hora seguida de descanso... Si con mis dolores puedo hacerte alguna compañía, dispón de mi como mejor te plazca.
Desde luego al despertar esta mañana, he visto mi Jesús, que ahora como siempre, no me has olvidado. —Desde anoche, me encuentro peor..... no tengo nada en mi cuerpo, que no me duela. —Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable sorpresa para hoy.
No sé hacer oración. —Rara vez me mortifico. Soy muy charlatana... ¿Cuando así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti?
Al enviarme los dolores me dices: Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor aunque sea con una mirada al Crucifijo, yo te prometo suplir con ello, cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor.
¡Qué hermosas palabras, mi dulcísimo Jesús! ¡qué alientos das a mi pobre alma con ellas! —¡Qué grande y qué bueno eres, mi enamorado Esposo!— Te pido tu ayuda y con ella, cuantos dolores y penas ha habido en el mundo desde su principio, y haya hasta el fin.
Tu amor, es solamente lo que anhelo ¡Sólo tu amor!".
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