José María SomoanoJosé Miguel Cejas
Capítulo: Una nota escrita a lápiz
Poco vamos a estar juntosLos gestos huraños, las muecas de desagrado cuando le veían llegar por los pasillos del Hospital; las burlas veladas, las críticas, los insultos; las pequeñas intrigas; todo aquel odio soterrado, hosco, turbio, alimentado por oscuras razones, cristalizó de pronto en una nota en la que los responsables del Hospital conminaron a Somoano a que se marchase lo antes posible de allí. La excusa era de carácter económico: no había dinero para pagar al capellán... Lo cierto es que su figura, para algunos, resultaba inútil. Para otros, detestable.
Somoano indagó en las instancias superiores de Sanidad. Todo era contradictorio y confuso. El 10 de abril escribió a su familia contándole su situación: "En Sanidad quieren que no marche de manera alguna y al mismo tiempo no se atreven a autorizar oficialmente créditos para el sostenimiento mío. Así andamos".
Al día siguiente, lunes, asistió, como de costumbre, a la reunión con el Fundador y el resto de los sacerdotes. Aquellos encuentros semanales le daban nuevos bríos apostólicos y aliento, y don Josemaría le contagiaba su deseo de servir a la Iglesia: "fielmente pegados -había escrito el Fundador en su carta del pasado 9 de enero- al Vicario de Cristo en la tierra -al dulce Cristo en la tierra-, al Papa, tenemos la ambición de llevar a todos los hombres los medios de salvación que tiene la Iglesia, haciendo realidad aquella jaculatoria que vengo repitiendo desde el día de los Santos Angeles Custodios de 1928: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!".
A pesar de las dificultades, estaba contento: Muy complacidos todos -anotó Somoano el 11 de abril- por la marcha que lleva el Hospital -Gran enchufe- A Dios infinitas gracias. Encomendaba las nuevas iniciativas apostólicas: -El próximo 14 Escrivá visitará a Salamanca -Dios le ilumine!.
El martes habló con Antonia Sierra, otra enferma del Hospital, sobre la posibilidad de entregarse a Dios en el Opus Dei. También esta mujer tuvo una decisión de entrega pronta, plena y generosa. Queda muy contenta -escribió-, igual que María. -Dios no desprecia al corazón humilde y que sufre.
El día 12 de abril se sucedieron las huelgas en Granada, Valencia y otras ciudades de la península. Al día siguiente vino a visitarle José María Vegas, que venía de "misionar" por algunos pueblos de la provincia. Le traía impresiones malísimas del clero que le produjeron indignación y lástima.
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Las noticias que le había dado Vegas -conductas sacerdotales poco ejemplares, falta de celo, malos ejemplos, desidias- le afectaron tan profundamente que, como escribió en sus notas, pasó toda la noche en oración pidiendo por ellos.
"Esto no es de extrañar -comenta Cristina-. Una de las grandes pasiones de su existencia fue siempre la santidad de los sacerdotes; una santidad que estaba íntimamente vinculada con el amor a la Eucaristía, aquel amor que mi madre le había inculcado desde su infancia, en lo más hondo de su alma, no sólo con palabras, sino con la fuerza y el ejemplo de su vida.
A veces, cuando mi madre estaba rezando en su habitación y venía alguno de nosotros a charlar con ella, nos hacía esperar hasta que terminaba, y al final nos explicaba cariñosamente:
-Mira, hija mía: yo también tenía muchos deseos de hablar contigo. Pero a Dios no podemos dejarle solo por nada ni por nadie. ¿Comprendes? Dios es siempre lo primero...".
Dios es siempre lo primero, y Vegas le contaba aquellas conductas de hombres que habían recibido el don inefable del sacramento del Orden... En sus anotaciones de los Ejercicios, Somoano había consignado, con gran dolor, la penosa experiencia que había escuchado de labios del predicador, sobre aquellos que se alejaban de la confesión sacramental hasta empobrecerse tanto espiritualmente que llegaban al sacrilegio... Dolorido todavía por lo que le había contado Vegas, al día siguiente, 14 de abril, ofreció la misa por la conversión del clero y para aplacar a Dios.
Para aplacar a Dios... por ese mismo motivo, en un acto supremo de desagravio, había ofrecido Somoano su vida en la pequeña capilla del hospital. Debía pensar que el Señor había aceptado ya ese ofrecimiento porque cuando Laureano, un chico que había conocido en el Porta Coeli, le comentó que una religiosa había ofrecido su vida por la causa de Dios en España, y que el Señor se la había llevado a los pocos meses, se le escapó este comentario:
-Entonces, poco vamos a estar juntos, porque yo también me he ofrecido.
Esto sí que vale
El ambiente, a su alrededor, se volvía cada vez más huraño. No hay espíritu cristiano -escribió el día 14-. Aquí en el 1º un enfermo no quiere nada con Dios ni con Cristo (palabras textuales) Dios le mudará.
Sin embargo, no había lugar para el desaliento. Ahora, cuando la situación social inducía al pesimismo y parecía entenebrecerse y el rechazo de Dios cobraba perfiles cada vez más violentos, gozaba en su alma de una nueva luz: la luz poderosa de la vocación al Opus Dei, que le llevaba a afrontar todas aquellas dificultades con fuerzas renovadas. Seguía pidiendo constantemente que rezaran por esa intención: a sus enfermos, a su familia... "Carta tras carta -recuerda Cristina- nos pedía que rezáramos por aquello, que haría un gran bien a la Iglesia. Yo era una chica joven y aquella insistencia me sorprendió. ¿Qué sería...? Y comencé a rezar y a rezar...".
Cada lunes, las palabras que iba escuchando del Fundador le causaban un fortísimo impacto. Anotaba en un pequeño cuaderno todas aquellas enseñanzas, que consideraba como un verdadero tesoro. "Cuando volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra -recuerda María-, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía. Y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de esta, era su joya más preciada.
¡Con qué santo entusiasmo, cuando encontraba ocasión favorable me las leía!
Y con algunas enfermas que tenía confianza, sin aclararle el secreto de su cuadernito les decía con él en la mano: ¡Esto sí que vale! Es hermoso entre todo lo hermoso. Es muy grande doctrina. ¡Cuánto amor divino encierra este librito!".
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Se advertía en muchos enfermos del hospital el intenso apostolado del Fundador, de José María Somoano, de Lino Vea Murguía, de José María Vegas, de María Ignacia... "Aunque en algunas chicas -escribió Somoano- se nota algo de frialdad, en otras todo lo contrario. Han comprado la imagen del Sagrado Corazón. Mucho entusiasmo. ¿Se traducirá en otros?".
Somoano seguía desviviéndose por todos, hasta el agotamiento. "Había días -escribió María en su cuaderno- que debido a que por la noche se había levantado dos o tres veces a auxiliar a sus enfermos, se pasaba las 48 horas sin descansar, pues el día lo tenía tan santamente ocupado que nada se reservaba para su descanso.
Pero a pesar de todo cuanto sufría, cuando a sus enfermos visitaba, llevaba tal alegría en el semblante procurando distraernos y animarnos a toda costa, apelando muchas veces a sus salidas de buen humor. Se comprende que su corazón de padre no permitía, por muy triturado que le tuviera, que llegáramos nunca a darnos cuenta de nada, no fuera a causarnos pena.
A la vez que por el bien espiritual nuestro, no descuidaba el corporal, interesándose por cuanto nos ocurría, como una madre cariñosa lo hubiera hecho".
El 16 de abril Sor Engracia, que celebraba aquel día su santo, le regaló una Imitación de Cristo en piel. "La Superiora -recuerda María- le reñía siempre, como a un niño pequeño, por lo poco que se cuidaba y había que verle con la naturalidad que le contestaba: Así me riñe mi madre... Igual que mi madre...".
"Parece que hay más optimismo -escribió aquel día Somoano en su cuaderno-. Voy a Madrid y compruebo lo mismo -No hay que perder las ocasiones para enfervorizar a los compañeros".
Las reuniones de los lunes rezumaban vibración apostólica, juventud y buen humor. Todos rondaban los treinta años, salvo don Norberto, que era de más edad. Tenía una salud débil y don Josemaría le trataba, como recuerda Braulia García Escobar, por esta causa, con una especial delicadeza y deferencia.
Constataba con alegría que tanto María como Antonia estaban muy contentas. No es para menos. "Cada día me convenzo más -anotó Somoano el 18 de abril tras la reunión- de la bondad de Dios N. Señor. ¡Cómo premia lo poco que por El se hace! Quiere Dios darme gracias especialísimas y que sea santo y grande. Yo quiero serlo".
Gracias especialísimas
El Fundador recordó siempre a los miembros del Opus Dei que no debían buscar cosas extraordinarias en su trato con Dios y en su quehacer cotidiano: Lo que se sale de los cauces de la Providencia ordinaria no nos interesa.
Sin embargo, Dios quiso conceder a Josemaría Escrivá, en aquellos primeros años del Opus Dei, para confirmarle en su camino, algunas de esas gracias especialísimas, de las que hablaba Somoano.
El 19 de abril anotó Somoano en su pequeño bloc de notas una de esas gracias especialísimas: "En la acción de gracias y después Dios me hizo sentir su divina Presencia. ¡Haced, Dios que, aún sin esas dulzuras, Os ame con pasión!-".
Al día siguiente, 20 de abril, escribió el Fundador: "quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del Purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (...) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (...) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (...) y comencé mi meditación. Pues bien, entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.
Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que me sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea tu pureza!".
Con fuerza y decisión
El 21 de abril anotó Somoano que una enferma había recibido admirablemente los últimos sacramentos. Seguía apenado por las injurias a la Eucaristía. "Creo que el Señor quiere -escribió- que una vez al año le celebre una función sacerdotal solemnísima en reparación por las misas sacrílegas celebradas durante el año".
Sus anotaciones reflejan su abnegación constante por sus enfermos, con una dedicación que no sabía de horarios. "Administro antes de Misa a un hombre en el 1º -escribió el 17 de abril-. Muere bien a las 10 1/2 horas". "Muere sin sacramentos -anotó el día siguiente- a las 5 1/2 una". "Recibió una enferma los sacramentos admirablemente", el día 21. "Me levanto a las 4.10 y muere 5 fuera q.e.p.d.", el día 26.
Sus escritos dan constancia también de su afán por dar a conocer el Opus Dei a otros sacerdotes: tenía la ilusión de que un amigo suyo, un tal don Juan, cuyo apellido ignoramos, pudiera formar parte de la Obra. Y reflejan su lucha cotidiana contra los propios defectos, que su humildad agrandaba: tras una breve estancia en Madrid, donde se había entrevistado con algunas personas, posiblemente sacerdotes, observó "pesetismo y otras zarandajas que me afligen el ánimo. Conversación espiritual con D. José, reprimenda a M. y después falta absoluta de mortificación. El ánimo decaído". Concluía pidiéndole al Señor auxilio y fortaleza: Da robur, fer auxilium.
Al día siguiente fue a visitarle Vegas y estuvieron charlando sobre la marcha de los enfermos del Hospital: Somoano le comentó que deseaba combatir, entre otras cosas, la inmoralidad de algunas de aquellas mujeres. Había hablado con muchas en este sentido, pero no todas habían respondido positivamente: "El 3º sigue muy bien -anotó pocos días antes- Los otros, regular -Mucha frivolidad, mucha -Las lecturas, las conversaciones, el ambiente y los alumnos, no favorecen nada la piedad -Hay necesidad de atacar esto con fuerza y decisión".
El oficio inicuo
Con fuerza, con decisión y... con prisa, porque los acontecimientos se precipitaban día tras día. A última hora del día 23 de abril el doctor Isla le comentó que había llegado un oficial de la Dirección de Sanidad con malas impresiones.
Al día siguiente le dieron la notificación: un oficio fechado el pasado 15 de abril, escrito a máquina en papel barba, sin membrete, en el que el Jefe de Personal de Sanidad le comunicaba que, en ejecución de la Ley de Presupuestos, el Ministro de la Gobernación había dispuesto que cesara en su cargo de capellán.
A partir de entonces -como le había comunicado el Inspector General de la Dirección General de Sanidad a don Luis Muñoyerro en una nota escrita a lápiz el 20 de abril en papel ordinario, sin membrete de ningún tipo- no podrían vivir sacerdotes en el establecimiento; las religiosas podían tener actos de culto, pero para ellas solas, y a sus expensas; se permitiría las misas de los domingos, siempre que los gastos no se cargaran a los presupuestos del Hospital y si algún enfermo grave pedía auxilios espirituales deberían avisar a alguna parroquia próxima...
Es necesario que yo me vaya, anotó el día 24, al conocer aquel oficio inicuo que contrista a hermanas y enfermos. No creo que esto tenga solución. ¿Acaso viniendo a la Ventilla?.
Aquella decisión fue un golpe duro. Un mazazo. Un desgarrón doloroso e imprevisto. ¡Ahora, cuando, por fin, estaba entre sus enfermos -la gran ilusión de su vida-, cuando se comenzaban a ver los frutos del intenso trabajo de aquellos años! Muchos pacientes del hospital se quedaron consternados al saber la noticia. Los enfermos protestan -escribió al día siguiente-. No sé qué caso les harán.
El Vicario General, Morán, en vista de la situación, le sugirió la posibilidad de trasladarse a los Pinos, pero Somoano no sabía qué hacer. Según su hermana Enriqueta, no acogió esa idea porque pensaba que si abandonaba el hospital, nadie le reemplazaría y los enfermos morirían sin los santos Sacramentos.
Habló aquella misma tarde con el Fundador y otros sacerdotes. Le sugirieron que tantease la posibilidad de ir a la Ventilla. Parecía la solución más razonable: era un lugar próximo al hospital y desde allí podría seguir atendiendo a sus enfermos. Pero no acababa de decidirse: sabía que una vez que hubiese salido de allí, la atención espiritual se volvería mucho más difícil. ¿Quién le aseguraba que no le cerrarían las puertas al ir a atender a un moribundo o a una persona necesitada? Todo quedaba bajo la arbitrariedad del responsable de turno. Además, reconocía en sus notas: Empiezo a perder la tranquilidad que tuve. Estoy indignado.
Comenzó a hacer gestiones. Visitó Pinos Altos: no es plan. Y se encontró, además, con nuevas dificultades: Lío del maestro y Anastasio y no poder asistir al Hospital. La señora de Quirós le sugirió otra solución. Tampoco resultó factible. Mientras tanto, los enfermos le manifestaban su deseo de que se quedase. Sigue el interés grande en que continúe aquí.
Se había abandonado en las manos de Dios, pero seguía inquietándole aquella situación de inestabilidad, que le hacía sufrir mucho interiormente. Pidió a Dios el don del abandono total. Pensaba que no tenía la resignación que debería, aunque -reconocía- "resignación es, pero no la tranquilidad de espíritu necesaria -Me duelen mucho los desprecios -Ante Jesús Crucificado me tranquilizo-".
¡Si el Señor le concediera el don de llevar gozosamente la Cruz, como los Apóstoles, -escribió- cuando marchaban alegres a declarar ante el Sanedrín!
Al día siguiente vino a verle don Josemaría. Aquello le consoló, pero a pesar de todo, seguía preocupado: No acabo de recobrar la tranquilidad -anotó-. ¿Será amor propio herido? Las religiosas no sabían qué hacer para retenerle: Sor Engracia visitó al doctor Marañón el día 28 y parece que cambia la cosa.
Pero no cambió: el viernes, ya más sosegado, estuvo hablando con el Vicario, que barajó de nuevo la posibilidad de que se fuese a los Pinos. Pero creo que fracasará esto -escribió-.
¿Qué debía hacer? "Como resumen de esta semana -anotó el sábado- se puede decir que he perdido mucha tranquilidad, y aunque he hecho las prácticas piadosas, he notado mucha frialdad y falta de virtud. Ha sido un buen termómetro para que no me ilusione. Dios me ha consolado mucho".
Hay que darse del todo, hay que negarse del todo: es preciso que el sacrificio sea holocausto.
Camino, n. 186