José María SomoanoJosé Miguel Cejas
Capítulo: Un fruto maduro
Un murmullo"Cuando la ambulancia de este hospital fue a la casa donde se hospedaba —relata María— para traerle aquí por encontrarse muy mal, cuenta el conductor lo siguiente:
—Cuando yo entré por la puerta del dormitorio de D. José María ¡pueden creer! me dio pena de lo malito que le veía. El pobre, quería vestirse algo para salir a la ambulancia y, con miles de apuros, lo intentó. Al darme yo cuenta de ello, le dije: Ea, Padre; eche a un lado en esta ocasión reparos, y déjese vestir por mí. Así lo hizo, y cuando terminé mi faena, me reclamó con interés un crucifijo muy hermoso que tenía allí, para traerlo en su compañía. Se lo dimos al punto comprendiendo que cada uno... ¡tiene que morir en sus creencias!
Como se ve, aunque este pobre hombre no es gran creyente, alabó el amor de aquel sacerdote a su crucifijo".
Nadie se explicaba, ni siquiera el propio Somoano, qué le estaba sucediendo. En vista de aquel mal repentino que le había sobrevenido, el 15 de julio lo ingresaron en el Hospital y lo instalaron en la cama nº 31 del primer piso del primer pabellón, en una habitación individual que contaba con un pequeño baño.
"Un día antes habíamos estado visitándole, en la casa donde vivía, Vicente y yo —recuerda Leopoldo— y cuando le preguntamos qué le pasaba, no nos supo contestar. Y al día siguiente, cuando volvimos a verle, las mujeres que atendían la casa nos dijeron que le habían trasladado al Hospital".
Presentaba un extraño cuadro de quebrantamiento general: vómitos sólidos y líquidos de sabor amargo, diarrea, fiebres, afonía... y su situación se agravaba hora tras hora. Padecía una inapetencia absoluta y sudores fríos.
¿Una intoxicación, quizá?, le preguntó el médico. No; bebía habitualmente agua de Lozoya, y tomaba la leche siempre hervida. Le preguntó también si recordaba haber tenido contacto físico con algún enfermo que hubiese podido dar pie a un contagio: En absoluto, le contestó.
Si no era contagio, si no era el fruto de una intoxicación producida por un alimento en mal estado, ¿qué podría ser? En aquel clima de terror, nadie se atrevió a pronunciar una palabra en la que pensaron todos. La noticia corrió, sin embargo, de murmullo en murmullo, de susurro en susurro, al oído, en voz baja, como un reguero de pólvora, por todo el Hospital:
—A don José María lo han envenenado.
Ninguno se aventuró a denunciar posibles culpables. Algunos médicos, enfermeras y monjas le dijeron a Leopoldo Somoano, "con mucha reserva, pero sin señalar a nadie, que acaso le echaron algún veneno en el cáliz antes de la Misa, como arsénico o algo parecido".
Al día siguiente, sábado, 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen a la que tenía tanta devoción, el médico volvió a visitarle por la mañana. Continúa —anotó con trazos rápidos el doctor en la Hoja de Diario Clínico— con vómitos líquidos y verdosos, unos cinco o seis desde ayer. Sigue con molestias de tipo vago simpático; el abdomen está blando y sin defensa muscular alguna; persiste el dolor a nivel del punto apendicular y cístico. El pulso es apenas perceptible, taquicardia intensa. Tratamiento: Espalmagine, 1 c.c.; Atropina y Suero Hayen 300 c.c. Recomendó que le aplicasen hielo sobre la región del hígado.
Su hermano Leopoldo le acompañaba constantemente. "Yo le iba preguntando -recuerda- qué tal se encontraba, pero le costaba mucho hablar. Sólo después de grandes trabajos, con mucha dificultad, lograba decir alguna frase ininteligible y perdía el conocimiento. Y sufría un absceso y otro...
—¿Qué te pasó, Pepe? —le preguntaba yo— ¿Qué te pasó?
—No sé...
Eso era todo lo que acertaba a decirnos. Avisaron a don Josemaría Escrivá, que vino enseguida a visitarle y le animó:
—José María, hay que estar dispuesto a todo. Lo que Dios quiera. Hay que ser valientes".
La visita del Fundador fue forzosamente corta porque el médico de guardia le dijo que se fuera enseguida, porque le comprometía. Se marchó, apenado, del hospital, y después de atender a unos niños pobres de La Ventilla, fue a casa de don Norberto, alrededor de las 9 de la noche, y le contó cómo Somoano estaba gravísimo, sin más esperanza de curación que Dios.
"Todos estábamos inquietos -prosigue Leopoldo-. ¿Qué sería aquello? Era algo realmente extraño: vomitaba con frecuencia cuajarones de líquido negro, con grandes trabajos; y era raro también que el personal médico no supiera nada de nada...
Llamamos a Arriondas, para que mi padre se viniera a Madrid lo antes posible. Pero entonces los trenes tardaban muchísimo... Quedé con Vicente en que aquella noche me iría a dormir a la pensión donde vivíamos, para esperar a mi padre la mañana siguiente en la Estación del Norte, porque no conocía Madrid. Yo no sabía si debía marcharme o no del Hospital; pero Vicente me dijo que no me preocupara, que si pasaba algo, me llamaría enseguida...".
En la fiesta de la Virgen del Carmen
"Parece que le estoy viendo —recuerda Sor María Casado—. Durante la noche del día 15 estuvimos junto a su cama sin separarnos ni un momento de su lado, sor María Galparsoro y yo. Padecía unas pesadillas y unos espasmos terribles. Cuando se reponía un poco, comenzaba a rezar y a invocar al Señor en voz alta. Le daban unas convulsiones y unos espasmos tan fuertes que teníamos que sujetarlo. Cuando se calmaba, nos miraba a las dos y nos decía:
—Qué trabajo, qué trabajo le estoy dando a las dos Marías...
Y volvía a tener vómitos y estremecimientos. Aquello era muy extraño. Yo no había visto nunca nada parecido y estaba convencida de que lo habían envenenado. En cuanto se le pasaba la desazón, volvía de nuevo a rezar, y a invocar al Señor...
Así pasó aquella noche... Y así, rezando, entre dolores y sufrimientos, invocando al Señor y a la Virgen, a las once de la noche del día siguiente, sábado 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, se nos fue al Cielo"...
* * *
"Una hora más tarde —recuerda Leopoldo— a las doce de aquella misma noche del sábado, mi hermano Vicente me llamó desde el Hospital y me dijo que fuera lo antes posible. Me temí lo peor. Tomé el metro, que me llevó a Tetuán de las Victorias, y desde allí fui en taxi hasta el Hospital... En la puerta me esperaba Vicente, para decirme que José María había fallecido.
Llegamos hasta la habitación. Estaba llena de personas que rezaban en torno a su cadáver: monjas de la Comunidad, algunas mujeres, enfermos, y sanitarios".
El día siguiente, domingo, el Fundador llamó por teléfono al hospital a primerísima hora. Le contestaron que hasta las ocho de la mañana no era hora de llamar. No insistió y prefirió quedarse en la duda. Celebró la Misa por Somoano: por su alma, si había fallecido; por su salud, si vivía. Avisó a las dos Comunidades de Santa Isabel, para que se unieran a su intención. Al llegar al memento de difuntos, tuvo el presentimiento, la corazonada, de que Somoano había muerto. Al acabar la Misa, recibió la confirmación. Rezó un responso, muy impresionado, y lloró.
También María, a la que habían pedido la tarde anterior —como relata en sus recuerdos— "que pidiera mucho por la salud de D. José María, pues que Nuestro Señor parecía querer conservarle la vida, si con fe se lo pedíamos", había tenido un presentimiento parecido al del Fundador. "-Yo no escatimé oraciones, privaciones, vencimientos —cuenta—, y cuanto mis fuerzas alcanzaron para ello, pues mis deseos de obedecer eran muy grandes, unido a que reconocía el bien espiritual que este Hospital recibía con tan buen Capellán.
Me dormí tarde, sin dejar continuamente de pedir más y más por su salud si así convenía; pero, a las tres o cuatro horas de quedarme dormida, serían las 3 de la madrugada, desperté y lo primero que se me vino al pensamiento fue él, pero al intentar de nuevo pedir por su salud, una voz interior me decía con toda insistencia: reza ante todo las oraciones de difuntos, que es lo que más falta le puede hacer en estos momentos.
Aunque no quería acabarme de convencer de que había muerto, las recé enseguida. Y a las 7 de la mañana cuando la enfermera vino a tomarnos la temperatura, me confirmó que había muerto a media noche".
Dios lo quiso
"En Arriondas —recuerda Rafael— seguíamos todos con el alma en vilo. A las dos de la tarde del 16 de julio, nos trajeron a casa el telegrama de Vicente: Pepe mal, venga papá. Vicente. Mi padre decidió marcharse enseguida en un taxi hasta Oviedo, completamente desolado, y desde allí, por la noche, tomó el exprés para Madrid.
Nos pasamos aquella larguísima tarde rezando por mi hermano, sin saber lo que podría haberle sucedido, pendientes de la Central de Teléfonos. Pedimos una conferencia con Madrid. Al final, cuando nos la dieron, no conseguimos que nos pusieran con nadie; sólo una voz seca, nos dijo, crudamente, secamente, que el capellán estaba grave.
Al día siguiente acudimos a primera hora de la mañana a la habitación de mi madre para preguntarle qué tal había pasado la noche. Nos contó que a eso de las once de la noche anterior había experimentado una extraña sacudida, como un estremecimiento...
Fuimos a misa. Al volver, la telefonista nos trajo un telegrama: Pepe falleció a las once. Vicente.
A esas mismas horas de la mañana estaba llegando mi padre a la Estación del Norte. Le recibió Vicente, sollozando:
—Dios lo quiso.
No le dijo más: no hacían falta palabras ni explicaciones. En silencio, entre lágrimas, se dirigieron al Hospital. Y me contó Vicente que cuando mi padre vio a mi hermano, lo cubrió de besos.
Todavía no había licencia judicial para el enterramiento, porque los médicos no querían certificar la causa de la muerte sin una autopsia previa. Pero mi padre, que se había visto obligado, por exigencias de su profesión, a presenciar tantas autopsias, se negó a que el cadáver de su hijo tuviera que sufrir, además, aquel duro trámite".
En vista de su negativa, los médicos acabaron cediendo y decidieron poner enteritis como causa de su muerte.
"Poco después —recuerda Leopoldo—, el Fundador del Opus Dei, junto con otros sacerdotes, asistió al funeral en la capilla y cada uno de ellos rezó un responso. Al día siguiente, estuvo con nosotros, consolándonos. Aunque comprendía la actitud de mi padre, nos dijo que él hubiera sido partidario de mandar hacer la autopsia para demostrar el presunto envenenamiento.
Entonces le contamos que Sor Engracia nos había dicho que había visto y oído a nuestro hermano ofrecer su vida a Dios, durante una visita al Santísimo. Al oír esto, exclamó:
—¡Qué pena de no haberlo sabido antes! Le hubiera disuadido, porque todos le necesitábamos muchísimo.
El entierro
"El día 18 por la mañana —prosigue Leopoldo— lo llevamos a enterrar al cementerio de Chamartín, en medio de una gran multitud. Estaba allí el Fundador del Opus Dei y varios sacerdotes amigos de mi hermano, muchos conocidos y gentes del Hospital, todos muy afectados y sorprendidos por la rapidez con la que había sucedido todo".
Don Josemaría Escrivá acudió al entierro, junto con Luis Gordon y algunos más. Aceptaba la Voluntad de Dios y confiaba en que Somoano, ya desde esa misma noche, gozaría de Dios, al haber fallecido en aquel sábado fiesta de Nuestra Señora del Carmen, a la que tenía tanta devoción.
Se haría eco, en sus escritos, del gran amor de Somoano hacia la Eucaristía, y comentaría cómo solamente el pensamiento de que había sacerdotes que subían al altar menos dispuestos le hacía derramar a Somoano lágrimas de Amor y de Reparación: "¡Cómo lloró -evocaría en el n. 532 de Camino-, al pie del altar, aquel joven Sacerdote santo que mereció martirio, porque se acordaba de un alma que se acercó en pecado mortal a recibir a Cristo!
-¿Así le desagravias tú?".
Pocos días después, don Josemaría estuvo hablando con un religioso, que al referirse a Somoano exclamó:
-¡Qué santo era!
-¿Lo trató Vd. mucho? -le preguntó el Fundador.
-No; pero le vi una vez celebrar la Santa Misa.
Esta muerte supuso un fuerte mazazo para don Josemaría, que en medio de su dolor, hizo un acto de abandono en Dios, acudiendo, desde el primer momento, a su intercesión. Había puesto muchas esperanzas en él: en su celo sacerdotal, en su afán apostólico, en su entrega sin límites, en su carácter alegre, recto y enérgico...
Pero Dios lo había querido para Sí: bendito sea.
* * *
"Poco después —recuerda Rafael— mi padre volvió a casa, acompañado por un primo nuestro sacerdote, Luis Sánchez Somoano. No sabemos lo que hemos perdido, no lo sabemos, repetía sin cesar. Y el día 24 se celebraron los funerales en la misma iglesia en la que había celebrado su primera misa cinco años antes. Mi madre estaba muy afectada, aunque conservaba su entereza habitual; pero cuando se abrió la cancela de la iglesia y vio el catafalco negro, en medio de la nave, se impresionó enormemente. A los que intentaban consolarla, les decía:
—Acepto la Voluntad de Dios, la acepto. Pero tengo una pena inmensa que no puedo remediar".
Circunstancias misteriosas
¿Cuál fue la causa de aquella extraña muerte? Julio Somoano reconoce que se dieron un conjunto de circunstancias misteriosas que no se desvelaron nunca.
En un intento de proyectar alguna luz sobre las causas de este extraño fallecimiento, el 15 de abril de 1983, Juan Angel Martínez Jareño, médico forense, realizó un dictamen a la vista de los datos que constan en la historia clínica del Hospital Nacional. Este perito concluyó que fue el arsénico, con casi toda probabilidad, el causante de su muerte.
No hay antecedentes epidemiológicos —afirma el doctor Martínez Jareño— para pensar en un cuadro gastrointestinal por intoxicación alimentaria y ante un síndrome de gastroenteritis agudísima que evoluciona letalmente en dos días, hay que resaltar algunas características especiales que acompañan al cuadro:
—Síndrome gastrointestinal con vómitos y diarrea,
—Síndrome nefrotóxico con oliguria y anuria,
—Síndrome respiratorio con afonía y
—Síndrome cardiocirculatorio final con taquicardia, pulso imperceptible, colapso y muerte.
Entre los agentes etiológicos capaces de producir un cuadro semejante están los tóxicos minerales:
El mercurio podría producir un cuadro gastrointestinal parecido, pero faltan los síntomas neurológicos y la estomatitis típica,
Por exclusión cree el informante, que el agente etiológico es el arsénico, en su forma clínica de Intoxicación Hiperaguda, que reviste el aspecto de una gastroenteritis de tipo coleriforme: A los vómitos —alimenticios primero y después biliosos— se une la diarrea abundante, serosa, de granos riciformes, sed, constricción de garganta, anuria.
El enfriamiento de los miembros, la hipotermia, la frecuencia, debilidad e irregularidad del pulso conducen al colapso en cuestión de horas.
Un fruto maduro
Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei, escribió el 28 de julio desde Málaga, donde trabajaba como ingeniero, esta carta a los miembros de la Obra, que le habían escrito poco antes relatándole el fallecimiento de Somoano: La primera impresión que me produjo la lectura de vuestra carta fue de dolor; es el primer hermano que perdemos en circunstancias tan extrañas y tan inesperadamente, que me ha producido verdadera emoción. No hemos empezado a poner en práctica todavía nuestros proyectos y ya contamos con un mártir de la Obra. Tenéis razón, era un alma tan hermosa que Dios ha querido conservarla íntegramente para Él; tal vez quisiera tenerla a su lado para que sea ella quien interprete cerca de Él nuestros sentimientos y deseos; será por decirlo así, el Abogado de nuestra causa. En medio de la tribulación que su separación nos ha ocasionado, debemos estar orgullosos de que uno de nuestros hermanos haya conseguido ya un puesto cerca de Él; sírvanos esto de ejemplo y guía, imitémosle y pidámosle a Él nos conceda la gracia de una muerte semejante. He rezado un Rosario entero en sufragio de su alma y aplicaré por la misma intención las tres primeras comuniones que haga. Os agradeceré me deis toda clase de detalles relacionados con su muerte. Os abraza fraternalmente. Isidoro.
Pocos días después, el Fundador redactó una nota necrológica, dirigida a los miembros del Opus Dei, donde recogía algunos rasgos esenciales de la vida de José María Somoano. El sábado 16 de julio de 1932 —escribió— día de Nuestra Señora del Carmen —de quien era devotísimo-, a las once de la noche, murió, víctima de la caridad y quizá del odio sectario, nuestro hermano José María.
Sacerdote admirable, su vida, corta y fecunda, era un fruto maduro que el Señor quiso para el cielo.-
El pensamiento de que hubiera sacerdotes que se atreven a subir al altar menos dispuestos, le hacía derramar lágrimas de Reparación.-
Antes de conocer la Obra de Dios, luego de los incendios sacrílegos de Mayo, al iniciarse la persecución con decretos oficiales, fue sorprendido en la Capilla del Hospital —del que fue capellán y apóstol hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas—, ofreciéndose a Jesús —en voz alta (creyéndose solo), por impulso de su oración—, como víctima por esta pobre España.-
Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro hermano redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a la Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros.-
¡Con que entusiasmo oyó, en nuestra última reunión sacerdotal, el lunes anterior a su muerte, los proyectos del comienzo de nuestra acción!-
Yo sé que harán mucha fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos —locos como él, y...¡como El!— y que obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios.-
Es justo que le lloremos. —Y, aunque su santa vida y las circunstancias que rodearon su muerte nos dan la seguridad de que goza del eterno descanso de los que viven y mueren en el Señor. Es justo también que hagamos sufragios por el alma de nuestro hermano.-.