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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Entre pobres y enfermos

Locuras
-¡Ese es un loco!
No fue una exclamación más de las vecinas de Arriondas ante la última excentricidad de Mambuxu, o ante la verborrea de aquellos charlatanes que voceaban en el mercado de los sábados las maravillas del ungüento amarillo, subidos en una caja de madera y agitando un frasco de cristal:
-¡Atención, muchísima atención, distinguidas señoras y señores! Aquí tienen ustedes lo nuuunca viiisto: el milagroso jarabe que está haciendo furor desde San Petersburgo a Nueva York. Con sólo una cucharadita...
No; aquellas palabras salieron de labios de un hombre habitualmente ecuánime y ponderado: el mismísimo Señor Rector del Seminario de Madrid, don Rafael García Tuñón. Y se referían a ese sacerdote, un tal Escrivá, que iba predicando unas enseñanzas, unas doctrinas que parecían locuras...
A todos
¿Qué locuras enseñaba aquel joven Fundador que preparaba el doctorado en Derecho mientras daba clases para mantener a su familia en la Academia Cicuéndez, y que no había cumplido aún, al igual que Somoano, los treinta años de edad? Una de ellas -que para algunos rozaba la herejía- era que Dios llamaba a todos, a todos sin excepción, a la santidad. Simples cristianos -había escrito-. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!.
¿Todos santos? ¿Cómo era posible?, se preguntaban al oírle. Y el Fundador explicaba un concepto que sonaba a nuevo en los oídos de muchos de sus contemporáneos, aunque tenía raíces evangélicas: la santificación del trabajo. Había que unir -enseñaba- "el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es este un ideal noble y grande -se preguntaba don Josemaría-, por el que vale la pena dar la vida?".
Sí, era un ideal noble y grande, que duda cabía... pero, la santidad... ¿un ideal para todos?
Sí, para todos, repetía don Josemaría: para los sabios de levita y anteojos que peroraban entre el esplendor decimonónico de las Reales Academias, para los políticos, los artistas, los comerciantes, los grandes empresarios y los escritores de grandes mostachos que deambulaban por los pasillos de los Ateneos; para los médicos, los abogados, los arquitectos y los farmacéuticos que fabricaban sus pócimas con mortero y redoma en la paz de la rebotica; para los maestros de pueblo y las madres de familia; para los campesinos que entraban por el Puente de Toledo cantando aires de su tierra subidos en sus grandes carretas; para los conductores de ómnibus, del metro y del tranvía, afanados todo el santo día en enganchar y volver a enganchar el trole; para los periodistas de visera y manguito; para esos locos audaces que se subían en el nuevo invento, el hidroavión, soñando emular las hazañas del Plus Ultra; y para toda aquella galería de tipos populares del Madrid castizo de los años treinta: sastres, aguadores, cigarreras, barberos de las Vistillas, obreros de alpargatas y grandes blusones de Ministriles o Lavapiés, soguillas, canteros de Colmenar, militares con y sin graduación, y guardias de la porra; para los que daban al manubrio de los organillos, y para las amas de cofia y delantales blancos que paseaban a los niños bajo los álamos del Retiro; ¡y hasta para las vendedoras que pregonaban las excelencias del pescado fresco en el mercado de la Cebada...!
Dios llamaba a todos, a todos sin excepción, a la santidad: en las academias, en el hospital, en la universidad, en el campo, con la tijera o la navaja en la mano, entre el fragor de las fábricas o tras el puesto de verduras. Y no sólo en Madrid, sino en todo el mundo, en las grandes metrópolis y las pequeñas ciudades, en los pueblos más tristes, pobres y apartados de la tierra, donde tantos sacerdotes como Somoano, intentaban denodadamente que se oyera la voz de Dios. Don Josemaría Escrivá soñaba con difundir este mensaje por los cinco continentes: Europa, América, Africa, Oceanía, Asia... ¡Japón! Hacerse santos por medio del propio trabajo, en medio del mundo: ésa era la gran locura, la herejía que enseñaba el joven Fundador del Opus Dei.
Aquel joven sacerdote soñaba. Soñaba con miles -millones- de cristianos que vivieran su fe en plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana. Soñaba con hombres y mujeres, de los más diversos ambientes, situaciones y culturas que fueran testigos de Cristo en los cuatro puntos cardinales. Soñaba con poner a los pies de Dios el mundo de las Letras, de las Artes, de las Ciencias... Esos hombres, esas mujeres, impulsarían en servicio de la Iglesia cientos, miles de labores apostólicas: escuelas para campesinos en lugares remotos de los Andes, dispensarios para gentes humildes en las tierras olvidadas de Africa, universidades y centros culturales en los viejos países de Europa, centros de promoción humana y espiritual en los sitios más insospechados del planeta...
Sabía -tenía la certeza, lo había visto- que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Aquí se vuelve uno loco -exclamaba al considerar toda la maravilla que Dios quería hacer realidad en medio del mundo. No me cabe en la cabeza -concluía- la bondad de Dios.
Pero luego... miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, sin nada. Solo. Pobre. Incomprendido. Denigrado y despreciado. No contaba con nada, ni con experiencia, ni con medios materiales: "Durante los primeros seis años de la Obra -recordaría más tarde- me encontraba casi solo. Fueron años fuertes, duros". Trataba a todo tipo de personas: "Estaba rodeado de universitarios y de obreros, de todos los ambientes". Fueron años difíciles, pero llenos de confianza en Dios.
Los cimientos
No le resultó sencillo trasmitir a los que le rodeaban aquellas enseñanzas tan sencillas y tan profundas al mismo tiempo. Sufrió en su propia carne aquello de lo que hablaba un conocido escritor español veinte años atrás: "Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede a los demás hacerles creer en él: la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios, que dice: tienes que hacer esto, mientras no les dice a los demás: este mi hijo que aquí veis tiene esto que hacer. Cosa terrible haber oído: haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general que os rige, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo porque la ley suprema soy Yo, que te lo ordeno".
Sí; desde un punto de vista meramente humano, aquello era terrible. Muy pocos -casi nadie- le comprendían. Pero sabía que Dios lo quería; y vivía de fe y esperanza. Todo lo puedo -concluía, lleno de confianza- en Aquel que me conforta.
Por eso, no le importaba que le llamasen loco. Le daba igual que algunos le mirasen con esa mezcla de risa y compasión con la que miraban los vecinos de Arriondas al bueno de Mambuxu. Dios haría la Obra, porque era suya.
¿Qué perseguía? A comienzo de los años treinta señaló los fines del Opus Dei: Que Cristo reine, con efectivo reinado en la sociedad. ¿Su objetivo?: buscar toda la gloria de Dios; Santificarse y salvar almas.
Pero, ¿cómo podría salvarse aquella desproporción abrumadora entre los fines que Dios le pedía y los pobres medios con los que contaba? Era un sacerdote joven, que no había cumplido aún los treinta años, sin medios... Su razonamiento obedecía a una lógica estrictamente sobrenatural, nacida de la fe y de la esperanza, incomprensible desde el punto de vista humano: ¿Tenía que alcanzar esos fines sobrenaturales? Entonces -concluyó- tenía que poner, fundamentalmente, medios sobrenaturales: oración y mortificación. ¡Esos -y no otros- debían ser los cimientos de la Obra de Dios!
¿Cual era la oración, la mortificación que más agradaba a Dios? La de los enfermos desahuciados, la que nace empapada en los sufrimientos de los más desamparados, la oración ingenua y confiada de los niños... Entonces,esa oración, esa pena, esa enfermedad ofrecida a Dios: ¡ésa sería la base, el cimiento sólido del Opus Dei!
El Patronato de Enfermos
Don Josemaría Escrivá conocía muy de cerca ese dolor. Poco después de llegar a Madrid, en abril de 1927, se había instalado en una residencia para sacerdotes enclavada en la calle Larra, dirigida por María Munitiz, una Dama Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, congregación religiosa que la Santa Sede había aprobado aquel mismo año. El 1 de junio había comenzado a trabajar como Capellán del Patronato de Enfermos que dirigían esas religiosas. Y aunque era sólo Capellán de la Iglesia del Patronato, buscó sacerdotes diocesanos que colaborasen en la atención espiritual de los enfermos por los barrios más pobres de Madrid, y de los niños que iban a las escuelas. El anterior Capellán había sido don Lino Vea-Murguía, el gran amigo de Somoano, que había dejado la capellanía para hacer el servicio militar.
A Margarita Alvarado, que trabajaba durante aquel tiempo como auxiliar de las Damas Apostólicas, le impresionó profundamente la personalidad de aquel sacerdote joven que iba a visitar y a confesar a los necesitados de los distintos barrios de Madrid, especialmente de Vallecas, de Ventas y Tetuán de las Victorias. "Les llevaba la Sagrada Comunión los jueves, en un coche que prestaban a doña Luz Casanova. Los otros días iba en tranvía o andando, como pudiera".
Como pudiera: la expresión está cargada de contenido. Porque no era fácil llegar a aquellos barrios extremos, hoy incorporados a Madrid: Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Almenara... Algunos de aquellos barrios estaban muy alejados de la última boca del Metro o de las calles transitables de la capital: eran, más que barrios, poblados de chabolas, un triste racimo de tugurios insalubres o barracas, cuando no de covachas malolientes. Otras veces don Josemaría atendía a los enfermos en las famosas corralas madrileñas, casas de vecinos relativamente céntricas, donde se hermanaban promiscuamente la suciedad, el hacinamiento y la más triste de las miserias. El joven Fundador del Opus Dei consumió muchos años de su juventud en aquellos callejones de Latina, El Lucero, Lavapiés, San Millán, Rivera del Manzanares, Bellas Vistas, Arganzuela, Usera...
Fueron años amasados en el sacrificio, el dolor y la esperanza. Iba en tranvía, a pie, como pudiera, entre el barro, el polvo, bajo la lluvia, sorteando los reguerones de inmundicia, con los zapatos rotos, protegiéndose las suelas agujereadas con cartones -no había para más-, haciendo oídos sordos a las amenazas y los insultos, entre el hedor y la mugre, adentrándose en lugares que muchas buenas gentes de Madrid no se atrevían a pisar.
En este ambiente -recuerda una religiosa, Asunción Muñoz- "se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (...). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (...). Nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor (...). ¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y él iba todas las tardes a ver a alguno de ellos, puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón".
Día tras día, año tras año, desde 1927 hasta 1931, fueron sucediéndose las notas del Patronato: Muy estimado y respetable D. José. Tenga la caridad de ir a Josefa González -Amor Hermoso 63, que está pasado el puente de la Princesa barrio de Usera, es todo seguido a mano izquierda.
Agradeceré a D. José María que esta tarde esté V. en Costanilla (donde se da la misión) a las siete menos cuarto de la tarde para confesar a los obreros.
Le agradecería que esta tarde confesase a Amalia Aviceta Embajadores 98 es bailarina casada que no quería confesar y se la ha convencido y es urgente para hoy.
Mucho le agradeceré que vaya a...
"Ahora es difícil encontrar nada así -explica Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei-. Aquello era la pura miseria. Los que vivían en aquellos lugares iban sucios, desharrapados, malolientes... En la actualidad, todos esos barrios se han integrado en Madrid. Por ejemplo, Arapiles es ahora un conjunto de casas modernas y recientes, pero entonces era un puñado de chabolas...".
No resultaba fácil durante aquellos años para un sacerdote llevar a cabo aquella labor caritativa; y más en aquellos lugares. Eran tiempos de gran crispación social y furia antirreligiosa. Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero el resto de los días, como pudiera. Entre recelos. Entre insultos. A veces, entre pedradas. Y eso, en el mejor de los casos. Recuerda Margarita Alvarado que varios años después, en el barrio de Tetuán, las arrastraron por la calle, mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza. "Una de ellas, Amparo de Miguel, trató de defender heroicamente a las demás y le arrancaron el cuero cabelludo y la maltrataron hasta dejarla desfigurada".
"El Capellán del Patronato de Enfermos -recuerda Asunción Muñoz-, era el que cuidaba los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados -del Madrid de entonces. Sin embargo, don Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente, a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría con la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento (...).
En nuestra casa de Santa Engracia de Madrid (Patronato de Enfermos), teníamos que quitar la mampara que aislaba la Capilla y comedor, para dar cabida a los acogidos a nuestra asistencia que bajaban a la Santa Misa. Don Josemaría les hablaba allí a todos nuestros pobres. Y no sólo después de la Santa Misa, sino también en el comedor, dialogando con viejos y con niños, con todos. Les hablaba sencillamente de la doctrina cristiana. Y se ocupaba de sus problemas, de las cosas que había en el interior de cada uno".
Los suburbios
En esos barrios extremos de Madrid -comenta Bernal- existían algunas escuelas de las Damas Apostólicas. Algunos colegios tenían capilla, que era a veces la única en aquellas barriadas inmensas sin parroquia, y las Damas Apostólicas no encontraban fácilmente sacerdotes que estuvieran dispuestos a colaborar con ellas: para decir Misa los días de fiesta, para predicar a los niños, para hablar con ellos y confesarlos...
Iba -recordaría el Fundador del Opus Dei años más tarde- "a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada".
"Fui a buscar fortaleza -explicaba- en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios".
Las catequesis
"Lo recuerdo -cuenta Braulia García- rodeado siempre de chicos y jóvenes, que le acompañaban a explicar el catecismo en los suburbios, en los rastrojos y en barrios de chabolas. Hacía falta una inmensa fe para hacer aquello entonces. Todavía recuerdo las caras de odio y el inmenso recelo que demostraban hacia los sacerdotes y sus acompañantes los hombres de aquellos barrios.
"Yo era muy joven -recuerda José Ramón Herrero Fontana- y estudiaba en la Facultad de Derecho. Me confesaba habitualmente con el Padre, que es como llamábamos a don Josemaría, y le acompañé algunas veces a la catequesis. Ibamos con él un grupo de cinco o seis estudiantes. Quedábamos los domingos por la mañana en la Gran Vía, junto a la red de San Luis, donde había un gran ascensor que bajaba hasta el metro.
Salíamos del metro, y después de caminar un buen trecho entre malezas y lodazales, llegábamos al lugar. Y comenzaban a llegar los chicos de las chabolas: sucios, desharrapados, pero despiertos y con muchos deseos de aprender. El Padre quería que conociéramos a las familias y que tratáramos a los padres, pero no era fácil. Hasta que un día se presentó un chiquillo llorando.
-¿Que te pasa?
-Es que mi padre está mu enfermo.
Fuimos a visitarle a la chabola: y allí, bajo un amasijo de latas viejas y cartones sucios, en el que se hacinaban un puñado de pobres criaturas, encontramos a su padre, temblando por la fiebre, tendido en una especie de camastro...".
"Tengo sobre mi conciencia -recordaba el Fundador- (...) el haber dedicado muchas horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas".
Los Hospitales
Además de impartir clases en la Academia Cicuéndez, visitar a los enfermos, dar catequesis a los alumnos de las escuelas de las Damas Apostólicas, atender el culto de la iglesia de Santa Engracia, y ocuparse de los pobres que iban al comedor de Caridad de aquella casa, don Josemaría Escrivá trataba apostólicamente a un buen número de personas de variadas profesiones. "Era un amigo y un santo sacerdote", confirma Asunción Muñoz, que recuerda: "Dentro de su enorme actividad diaria, don Josemaría no parecía tener prisa. Lo hacía todo con sencillez y con paz".
Sin embargo llegó un momento en que le resultó imposible llegar a todo, y en el otoño de 1931, dejó la Capellanía del Patronato de Enfermos para ocuparse de la del Patronato de Santa Isabel. Pero siguió poniendo aquellos cimientos espirituales que Dios quería para su Obra, atendiendo a muchos enfermos, a partir de entonces
especialmente en los hospitales de Madrid.
* * *
Tiempo después recordaría aquellos primeros años en los que sólo contaba con la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes, ni dinero. Y debía de hacer el Opus Dei... Y explicaba cómo pudo hacerse todo aquello: "Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas. Aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba... ¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ese fue el tesoro para pagar! ¡Y ésa fue la fuerza para ir adelante!".
Iba a varios hospitales de Madrid: al Hospital General de la Diputación Provincial, que estaba en la calle de Santa Isabel, muy cerca del Patronato; al Hospital del Rey; o al de la Princesa, en la Plaza de San Bernardo, donde los enfermos -unos 2000- se alojaban en salas enormes de doscientas y a veces trescientas camas, tan apretadas que sólo había espacio entre ellas para una minúscula mesilla de noche o una silla. Eran gentes muy pobres y necesitadas, atendidas gratuitamente por la Beneficencia. El doctor Canales Maeso, que conoció al Fundador algún tiempo después, recordaba que a los enfermos "les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir"
Fueron años de trabajo incesante, de fatiga, de cansancio constantemente vencido, pero agobiante, que recordaría tiempo después con sentido del humor: "Sabéis lo que hacía yo durante una época -hace años, apenas cumplidos los treinta- en la que me encontraba tan fatigado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez".
Una imagen grabada en el alma
"Un día -recuerda Herrero Fontana- me propuso el Padre:
-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?
Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro. Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo... con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello...
En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos... Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales. Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche... No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura.
Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven
Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento...
Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios...Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida".
Luis Gordon
Uno de los hombres que le acompañaban durante el comienzo de los años treinta fue Luis Gordon, un joven ingeniero de origen andaluz emparentado con doña Luz Rodríguez Casanova.
A diferencia de los jóvenes universitarios que trataba apostólicamente don Josemaría, Luis, que pediría pronto la admisión en el Opus Dei, había superado la treintena y estaba ya situado en la vida. Había estudiado en L'Ecole de Brasserie de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy una especialidad que no existía en España: ingeniero cervecero; y después de superar brillantemente sus estudios, dirigía desde hacía algunos años una maltería en Ciempozuelos propiedad de su padre.
Era un hombre "de una alegría serena, muy cordial en su trato y reciamente piadoso "que, además de sacar adelante la maltería y de realizar un buen trabajo profesional -como cuenta su sobrino Luis Gordon-, llevó a cabo una intensa tarea social y asistencial con los obreros, entre los que era muy querido; y con los marginados y enfermos de los hospitales".
Eso le llevó en algunos momentos a situaciones realmente paradójicas: en una ocasión un obrero de su fábrica, política y socialmente muy radicalizado, que estaba internado en un hospital, se quedó asombrado al ver que aquel hombre joven que le cuidaba y le lavaba las heridas era... ¡el propio ingeniero propietario de la maltería!
En otra ocasión, cuando acompañaba a don Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, Gordon tuvo que limpiar un orinal usado como escupidera. "Vi que palidecía tremendamente -recuerda el Fundador-, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (...) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!".
Bendito sea el dolor
Una muchedumbre doliente esperaba la muerte en aquellos lugares con una historia triste y penosa, muchas veces, a sus espaldas. Había una enferma que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. "Me la encontré ya podrida -contaba don Josemaría-; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.
Un día hube de administrarle la Extremaunción (...). Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!
Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho".
En otra de esas visitas, tiempo atrás, unos enfermos de la barriada le dijeron a don Josemaría que el hermano de una mujer que vivía en una casa de prostitución estaba muriéndose de tuberculosis.
¿Qué hacer? Sabía que el simple hecho de que un sacerdote joven entrase en un sitio semejante vestido de sotana, era exponerse a todo tipo de calumnias y habladurías.
Decidió tomar todas las medidas de prudencia. Acudió al Vicario General de la diócesis, don Francisco Morán, que le dio permiso para atender espiritualmente al enfermo en aquellas circunstancias; y le pidió a un amigo suyo, don Alejandro Guzmán, hermanastro de la Condesa de Vallellano, persona muy conocida en Madrid, honrado y buen cristiano, que le acompañase. De ese modo se evitaría cualquier posible escándalo. Al llegar al lugar en compañía de don Alejandro, habló con la mujer que regentaba aquel triste negocio y le dijo:
-Quiero que este hombre muera con los Santos Sacramentos; así que he pedido permiso al vicario General para atenderle. Volveré mañana, pero les pido un favor: que, por amor de Dios, no se ofenda mañana al Señor en esta casa.
La mujer se lo prometió, y al día siguiente, don Josemaría se encaminó hacia allá, con los Santos Oleos, y el Santísimo Sacramento sobre el pecho. Le acompañaba don Alejandro envuelto en una capa negra, a la usanza madrileña. Don Josemaría había conseguido algunas medicinas, porque sabía que aquel pobre hombre no tenía dinero para comprarlas. Le confesó y después de prepararle, le administró la Extremaunción y el Viático. Y estuvo a su lado, rezando jaculatorias junto a su oído, hasta que falleció.
En otra ocasión se encontró con un chico joven agonizante, de veinte o veintiún años, postrado en el camastro de un cuchitril miserable. "Le administré los sacramentos -recordaba don Josemaría-, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: ¡te tengo envidia! Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba".
"Era un trabajo durísimo y muy desagradecido -comentaba José Romeo, uno de los estudiantes que le acompañaban-. El ambiente anticatólico lo invadía todo y muchos enfermos nos insultaban. Nos ocupábamos de arreglarles el cabello, afeitarles, cortarles las uñas, les lavábamos y les limpiábamos las escupideras. Daba un asco horrible. Ibamos los domingos por la tarde y salíamos con náuseas."
* * *
"De modo -recordaría el Fundador- que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas... Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta".
Sin embargo, poco a poco, Dios le fue haciendo ver por la vía de la experiencia que, aunque tratara apostólicamente a personas de todas las condiciones sociales, sin exclusivismos de ningún tipo, en aquellos comienzos debía centrarse especialmente en el trato de los universitarios; es decir, en personas que, por su juventud y sus cualidades personales, pudieran formar un primer núcleo de crecimiento en el que se apoyara luego toda la amplitud de la labor.
Comenzó, como siempre, como pudo: en casa de su madre. Sin medios materiales ni humanos: los que estaban a su lado podían contarse con los dedos. Sin embargo, confiaba en Dios y seguía soñando con la labor apostólica de los miembros del Opus Dei dilatada por todos los países del mundo, extendida a lo largo y a lo ancho de toda la tierra, en servicio de la Iglesia; en las grandes estepas americanas, en las antiguas ciudades europeas, por las islas de Asia, en las llanuras de Africa y en el lejanísimo y exótico Japón...
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