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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: En la enfermería Victoria Eugenia

Trece retratos
Aquel día de abril de 1931 Mambuxu abrió su viejo baúl con su meticulosidad habitual y depositó en el fondo, con mucho cuidado, trece retratos de Alfonso XIII: tantos retratos como reyes de ese nombre había tenido España. Luego, se prendió parsimoniosamente unas banderitas republicanas en el mandilón, se atusó los grandes bigotones y se fue a pasear, todo ufano, por las calles de Arriondas.
-Pero, Mambuxu -exclamaban las vecinas-, ¡si tú siempre has sido monárquico!
-Yo, cuando manda el rey -contestaba con tono melancólico y trascendente-, estoy con el rey. Pero cuando manda el presidente de la República... ¡soy republicano!
* * *
Aquel mismo día Luis Asúa, intendente de la Real Casa, cerraba apresuradamente otro baúl: el de Alfonso XIII para su viaje hacia el exilio. El rey había interpretado que la consecución en las pasadas elecciones municipales de 5.875 alcaldías por parte de los republicanos en la mayoría de las capitales importantes, significaba una repulsa clara hacia su persona, a pesar de que los monárquicos hubiesen obtenido 22.150 concejalías en el campo y en numerosas localidades pequeñas; y había decidido exiliarse, sin renunciar a la corona, para evitar un derramamiento de sangre.
Pocas horas después, a las nueve de la noche, llevando por todo equipaje seis maletas de cuero, algunos maletines y unas cuantas bolsas de mano, abandonaba el país tras veintinueve años de reinado. Comenzaba la segunda República Española.
Al día siguiente una muchedumbre enardecida se agolpaba, exultante, en torno a una pequeña comitiva formada por tres coches que se dirigían al Ministerio de la Gobernación. Cuando los automóviles lograron llegar en medio de un entusiasmo indescriptible ante el portón principal del Ministerio, un piquete de la Guardia Civil les cerró el paso. El conservador Miguel Maura les gritó:
-Señores, ¡Paso al Gobierno de la República!
Los guardias, sorprendidos, se cuadraron y presentaron armas. Poco después, entre aplausos y vítores, se izó la bandera republicana desde el balcón principal. Aquel mismo día quedó constituído el Gobierno provisional bajo la presidencia de Niceto Alcalá-Zamora. España comenzaba una nueva andadura política y se abría un nuevo capítulo de su historia.
Capellán de la Enfermería
También José María Somoano había comenzado un nuevo capítulo de su vida. Mes y medio antes de la proclamación de la República se había hecho realidad uno de sus grandes sueños: trabajar con los enfermos. Desde el pasado 1 de marzo era capellán de la Enfermería Victoria Eugenia, situada en uno de los pabellones del Hospital del Rey.
Era un trabajo muy gratificante desde el punto de vista espiritual y muy poco gratificado desde el material, pero Somoano no había aceptado aquel cargo por dinero, sino por las grandes perspectivas apostólicas que le ofrecía aquella Enfermería, creada con el deseo de paliar la triste situación sanitaria en la que se encontraba el país. Hasta entonces los que tenían la desgracia de contraer una enfermedad contagiosa eran internados en hospitales no especializados, junto al resto de los pacientes, con el consiguiente riesgo de infección.
Aunque las instalaciones de la Enfermería eran modernas y buenas, el entorno no era demasiado reconfortante: el hospital estaba enclavado al norte de La Ventilla, en medio de un secarral, en un paisaje triste "de Castilla la pobre -escribiría el doctor Torres- la más pobre de todas las Castillas, donde ni los conejos hacían madrigueras".
Cerca del hospital había un inmenso basurero, donde se congregaban todas las basuras de la ciudad, acarreadas por los burros de un pequeño ejército de traperos que moraban por los alrededores. "En medio de aquellos escombros -recuerda Vicente Elvira, un joven sacerdote, capellán del convento de las Hospitalarias, que estaba relativamente cercano- malvivían familias enteras, en una situación de indigencia y suciedad difícilmente imaginable. Chabolas, tinglados, casas de latas...".
Esas casuchas miserables, recuerda el doctor Torres, eran "una continuación del estercolero y del corral de las gallinas y los cerdos. Más de una vez recuerdo haber visto en el interior de la vivienda los pollos y las gallinas en promiscuidad con los habitantes de la casa".
No resultaba fácil llegar hasta el hospital desde el centro de Madrid, que quedaba a unos siete kilómetros. Allí vivían sus hermanos Vicente y Polo: En Atocha veinticuatro / piso principal derecha / de esa villa ex-coronada / hoy República de izquierdas, como escribía su padre con buen humor.Para llegar hasta allí no había más remedio que tomar la Maquinilla, un modesto ferrocarril de vía estrecha que avanzaba lenta y dificultosamente por aquellos andurriales entre humaredas y pitidos, transportando piedras para el adoquinado en sus tres primeros vagones y sufridos pasajeros en el cuarto. Aquel cacharro desvencijado le evocaría seguramente a Somoano su querido tren de vapor de Covadonga. Los viajeros debían hacer buen acopio de paciencia antes de subir: la máquina no se daba demasiada prisa en cubrir el trayecto, y les obsequiaba, desde Cuatro Caminos a Fuencarral, con todo tipo de frenazos, chirridos, parones y balanceos...
Pero, en fin, eso era lo que había. Y afortunadamente, el hospital, que había abierto sus puertas a los dos primeros enfermos el 29 de enero de 1925 con un presupuesto modesto, gozaba ya, en marzo de 1931, cuando llegó Somoano, de merecida fama por su plantel de médicos, a cuyo frente estaba el famoso doctor Tapia.
Vivía en el hospital una comunidad de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que daban al recinto una particular fisonomía con sus cofias de grandes alas blancas, su collete y su hábito de larga falda, del que pendía un rosarión con un crucifijo de madera. La Superiora, sor Engracia Echevarría, era una mujer navarra de 49 años -"bajita, vivaracha, muy inteligente y decidida, con el acento y la fortaleza de las gentes de su tierra"- que recibió al nuevo capellán con su simpatía y energía características. Poco a poco, con el paso del tiempo, fue conociendo Somoano al resto de las religiosas: sor Trinidad, que procedía del Valle del Baztán; sor María Jesús Sanz; navarra también, de veinte años, que trabajaba en la cocina y los almacenes; sor Isabel Martín, una salmantina de 26 años; sor María Galparsoro; sor María Casado, recién salida del noviciado; otra jovencita, sor Alejandrina Ezcutari...
No eran tiempos fáciles para el hospital, aunque ya se habían superado aquellos primeros años que sor Engracia calificaba de heroicos, en los que estaba todo por organizar.
"No había un tratamiento claro para la tuberculosis -recuerda sor María Casado- y se confiaba mucho en lo que llamaban curas de aire. Al mediodía, después de comer, hiciera frío o calor, sacaban a los enfermos a reposar al aire libre, durante dos horas, y estaban siempre con las ventanas abiertas...
Sin embargo, a pesar de los cuidados de los médicos, muchos fallecían al poco tiempo. Y gracias a Dios, los que estaban algo alejados de la fe, durante aquellos meses en el hospital, reflexionaban, comenzaban a rezar, y se iban acercando al Señor... ¡Cuantas muertes edificantes he presenciado!
En cuanto alguno enfermaba de gravedad, llamábamos a don José María Somoano, nuestro capellán, y procurábamos acompañarle en todo momento, para darle consuelo y confianza en el Señor; y... ¡palpábamos tantas veces la gracia de Dios! ¡Cuántas veces rezamos durante aquellos años, junto a la cama de los enfermos moribundos, las recomendaciones del alma, las letanías de los santos y las oraciones para la aceptación de la muerte!".
Mayo de 1931
Aquella mañana del 11 de mayo de 1931, Vicente Elvira, el capellán de las Hospitalarias, tomó la bicicleta para ir a visitar a sus tíos que vivían en la calle de la Flor. Iba de paisano, como aconsejaban las circunstancias. Al llegar a aquella calle -recuerda- "me extrañó ver a un grupo de gente arremolinada frente a la iglesia de los jesuitas. Me dirigí hacía allí, y observé, asombrado, como varios hombres sacaban de entre la chusma un bidón de gasolina y rociaban la puerta de la iglesia para incendiarla. Y todo esto, ¡frente a unos números de la Guardia Civil que contemplaban el espectáculo sin hacer nada!
No pude más. Me encaré con los guardias y les dije que mi padre era Guardia Civil, y que yo, como hijo del Cuerpo, sabía lo que significaba el honor para ellos. ¿Cómo podían permitir aquello?
¡No comprendo -les grité- que se queden parados ahí, mientras queman la iglesia!
-Es que tenemos órdenes de no actuar -me respondieron.
-¿Ordenes? ¿Ordenes de quién?
-Del Ministerio de la Gobernación.
A lo largo de aquellos tres días terribles -10, 11 y 12 de mayo- Vicente Elvira vio alzarse sobre el cielo de la capital, como tantos miles de madrileños, las grandes humaredas de las iglesias incendiadas. Fueron tres días de gritos broncos, de blasfemias macabras, de sombras violentas sobre las naves de los templos, de hachazos en el rostro pacífico de las imágenes, de sepulturas desenterradas, de tumultos sin freno... Tras la iglesia de los jesuitas quemaron la de las monjas bernardas, en Vallecas; la de Santa Teresa, la de los carmelitas descalzos, en la plaza de España, que estaba recién construida; el colegio de las Maravillas; el de las Mercedarias de San Fernando; la iglesia de Bellas Vistas; el colegio de María Auxiliadora; la iglesia del Sagrado Corazón; la de San Agustín; la de Santo Domingo...
Somoano no pudo olvidar jamás aquellos días de incendios y sacrilegios. Le llagaron dolorosamente el alma, dejándole una herida que nunca logró cicatrizar. Fueron tres días de risotadas y sarcasmos entre algunos enfermeros del hospital; tres días de silencios tensos y miradas oblicuas en torno a la mesa de operaciones; tres días de estremecimientos, desasosiegos y temores en unos enfermos; de amenazas y burlas en otros, mientras paseaban, charlando en voz baja, por los corredores helados de la Enfermería.
-Dicen que en Valencia han quemado más de veinte iglesias...
-Y en Málaga más de cuarenta...
-Y cinco en Jerez...
En las terrazas, en los jardines, en los largos dormitorios, con las ventanas abiertas de par en par, los enfermos cuchicheaban qué había dicho el doctor Tapia, y qué había contestado el doctor Vallejo, hasta que entraba un determinado médico, o aquel enfermero...; entonces cambiaban de conversación y hablaban del tiempo, del aire de Madrid que bajaba de Guadarrama afilado como un cuchillo, de un nuevo remedio que habían inventado en el extranjero contra la tuberculosis...
Sor María Casado sufría aquella situación en silencio, y observaba que cuando el capellán abandonaba las salas, unos enfermos le miraban con gesto de agradecimiento y otros con el silencio terrible del rencor y la amenaza...
El ambiente se iba enrareciendo, se iba envenenando día tras día. Pero también el amor crecía. Y en el alma de Somoano iba surgiendo, de modo irrefrenable, un deseo...
* * *
Se vivía, como apunta sor María Casado, en medio de un "clima difícil, agitado por algunos elementos muy revolucionarios. Y los alrededores del Hospital no eran nada seguros. Cuando pasábamos por La Ventilla nos insultaban y nos amenazaban".
En los meses siguientes la situación política y social se fue deteriorando y las manifestaciones litúrgicas de carácter público se volvieron cada vez más peligrosas. En Alcalá se celebró, como de costumbre, la procesión de las Santas Formas, que tantos recuerdos de adolescencia y juventud evocaban en Somoano. Pero aquel año -recuerda Luis Madrona- "no se hizo formación de tropas, ni asistieron las brillantes y numerosas comitivas, ni se engalanaron las casas, ni las campanas sonaron, y la comitiva, temerosa de algún desmán, hizo el recorrido, no con el acompasado ritmo de las procesiones, sino con la intranquilidad y el vértigo de las huidas".
Pasó el tiempo. Pero Somoano no lograba olvidar. El recuerdo drámatico de aquellos incendios de mayo no se desvanecía en su alma. Seguía con el corazón desgarrado por aquellas profanaciones, aquellos sacrilegios, aquellos insultos, aquellos gritos, aquel rencor, aquel odio...
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