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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Un asilo suelto

Abril de 1929
"Hambriento de oxígeno y aire puro, y harto de la atmósfera axfisiante que se respira en el centro de este Madrid que exhibe tantas cosas contradictorias, bajando por la calle de Alcalá, sentado en la butaca de un tranvía, pensaba con fruición en el paseíto soleado del Retiro en perspectiva, cuando me distraen de mis cavileos unos cuantos jóvenes spormans, que viajan en la plataforma. ¡Hablan de la Cuaresma!"
Salvo las visitas a los hospitales, las excursiones por la Casa de Campo o los paseítos soleados por el parque del Retiro a los que aludía años antes en su composición académica sobre la Cuaresma, poco había callejeado Somoano por las calles de la Villa y Corte durante sus años de seminarista. Ahora, al dejar los pueblos de la sierra por un nuevo destino en la capital de España, tendría ocasión de conocer a fondo aquel Madrid sorprendente que rozaba el millón de habitantes; o más bien, los madriles, porque había varios: un Madrid aristocrático y elegante que se pavoneaba con sus canotiers bajo las alamedas del Retiro; un Madrid histórico que evocaba junto a los muros de palacio las glorias pasadas de Austrias y Borbones; y varios madriles populares y bullangueros, como el del barrio de Chamberí —a donde se dirigía Somoano, con su maleta, aquel día de abril de 1929—, con casas de ladrillo rojo y escayola sucia, y calles atestadas de coches, tranvías y taxis de franja azul, amarilla o verde.
En aquel barrio de Chamberí, con baruchos en los que servían todavía un café con leche a treinta céntimos, hervía el Madrid castizo y zarzuelero, invadido a todas horas por lañadores, colchoneros, afiladores, traperos, fumistas, botijeros, vareadores de la lana y de la borra, vendedores de miel de la Alcarria, paragüeros y un larguísimo etcétera, y tal número de pobres que un político de la época llegó a escribir: "El paseante, si no mendiga, parece un intruso en ese vasto coto de la hermandad de la roña: los dueños son los pobres, y en cuanto llegado el estío se marchan de Madrid las dos docenas de familias a quien su fabulosa fortuna les permite no vivir de limosna, la capital queda por suya. Madrid es un asilo suelto".
El político exageraba, pero no demasiado, como pudo comprobar José María Somoano nada más traspasar el umbral de la puerta nº 25 de aquel edificio modesto de una sola planta, con una larga fachada de ladrillo de la calle García de Paredes.
En el Porta-Coeli
Por un curioso azar —más bien, por una de esas casualidades con las que la Providencia va entretejiendo la vida humana- ahora era él, precisamente él, el nuevo capellán del Porta Coeli, aquel Asilo de golfillos fundado por el padre Méndez, a quien don Daniel García Hughes, su profesor de Historia Eclesiástica, consideraba un santo y cuya figura le había impresionado tanto desde sus años de Seminario.
Desde que don Daniel hizo aquellos comentarios en clase, se había fijado especialmente en aquel anciano canónigo, cada vez que le veía entrar y salir de la catedral; se había informado sobre sus fundaciones; tras su muerte, el 1 de abril de 1924, había venido a ver la habitación pobrísima en la que vivía, donde atendía "a los chicos, muchos llenos de miseria, niños que primero buscaba y de quien se hacía acompañar, como si fuera los que más le honraban".
Poco después, las religiosas que atendían el asilo -el Padre Méndez no había encontrado hombres que se hicieran cargo de aquella labor-, pidieron a Somoano que hablase con los testigos de su vida y revisase los escritos y cartas del Fundador, para dárselas a don Daniel, que estaba recogiendo material para su biografía, con vistas al proceso de Canonización. Aquellas notas, escritas en papeles viejos y usados, conmovieron hondamente su alma de sacerdote joven. "Lo más difícil para mí —había escrito el Padre Méndez— cuando trato de emprender una obra es saber si Dios quiere que la haga. Una vez convencido de esto, ya tengo las dificultades solucionadas; porque no puede Dios llamarme a hacer una obra sin darme los medios necesarios".
Los golfos
¿Quiénes eran los golfos? No eran mendigos, ni delincuentes, ni vagos propiamente dichos, aunque hubiera de todo en aquella curiosa cofradía madrileña, tan semejante a la cervantina de Rinconete y Cortadillo. Se les llamaba niños del arroyo; y eran chicuelos abandonados de seis a catorce años, que se dedicaban a las tareas más peregrinas para sobrevivir: unos recogían colillas del suelo y las vendían; otros transportaban maletas en la estación, tocaban el organillo en las plazas o movían el manubrio en los tostaderos de los cafés; otros hacían de limpiabotas o buscaban espoletas perdidas por los campos de tiro. Vivían de las sobras de comida de los cuarteles, conventos, fondas y asilos; viajaban en las garitas de los guardafrenos o en los techos de los vagones; y dormían habitualmente donde les sorprendiera la noche: bajo los soportales de las plazas, en covachas, en chabolas fabricadas con cartones o en los pórticos de las iglesias.
Eran el triste fruto de la miseria de una sociedad que contempló el 28 de enero de 1930 el derrumbamiento de la Dictadura de Primo de Rivera, en medio de una grave crisis política y social. Si Primo nos abandona -se preguntaba don Vicente Somoano en uno de sus poemas- ¿Quién nos vendrá a gobernar / volvemos al gorro frigio / los comunistas quizás (...)?.
La inestabilidad general afectaba especialmente a aquellos golfillos, considerados por algunos como desechos de la sociedad. En muchas ocasiones aquellos ladronzuelos de apodos castizos -el Choto, el Bronquista, el Colilla, el Chato, el Pintamonas- no eran más que unos pobres niños explotados, maltratados, olvidados de todos; y no es de sorprender que cuando no encontraban un oficio como matarife, monosabio o corneta del Ejército, acabaran chapoteando en el mundo del hampa y se convirtieran, con frecuencia, en carne de presidio...
En los talleres del Asilo les enseñaban —como deseaba el Padre Méndez— trabajos manuales de ebanistería, imprenta, carpintería o broncería ...a los que querían, porque muchos desaparecían de pronto, saltando la tapia -era la costumbre- aunque podían irse libremente por la puerta principal... Somoano se desvivía por ellos y hacía todo lo posible por ayudarles humana y espiritualmente, acercándolos a los sacramentos y promoviendo actividades que hoy calificaríamos de integración social. Cuenta Enriqueta Somoano que, en cierta ocasión, su hermano invitó a los niños de un colegio de postín a que fueran a jugar con aquellos chicos. Los sacerdotes de aquel colegio accedieron -comenta Enriqueta- , movidos por la misma buena intención que le movía a él: un acercamiento de las clases sociales entonces tan distanciadas". Pero en cuanto empezaron a jugar a la pelota, los golfillos protagonizaron un altercado, con patadas, gritos e insultos, "que puso de relieve la falta de la más elemental educación en los pobres asilados". Y al marchar, le dijo el sacerdote del Colegio que iba con los otros niños:
—Ya veo que no es posible que estos niños vengan a jugar con los golfos.
"Aunque se lo dijo confidencialmente -recuerda Enriqueta- ¡cuánto le dolió! Porque los golfillos no tendrían educación, pero tenían corazón e inteligencia".
Prueba de ese corazón y de esa inteligencia fue el poema que le compusieron con motivo de su santo, el 19 de marzo de 1930. Estaba escrito en un papel que imitaba a los antiguos pergaminos y redactado con el estilo neorromántico al uso:
Recibe, Padre amado
la ofrenda del amor,
que cual panal libado
entre escogida flor,
todos hemos labrado
para ofrecerte el don,
y, si es que su fragancia
no embriaga el corazón
dice con abundancia
lo que los golfos son.
"La labor apostólica con aquellos chicos —recuerda Leopoldo Somoano— era especialmente dura, porque la mayoría se habían criado en la calle, abandonados de todos. Recuerdo que uno de ellos escribía a su madre: `Ayer me acordé de que era tu santo y cogí un tablón —es decir, una borrachera—, para celebrarlo...'
No era una tarea fácil ni grata: como en tiempos del Padre Méndez, seguían escapándose, durante el verano, para robar fruta; y durante el invierno, para alborotar por los carnavales y verbenas... Luego volvían cabizbajos, con cara de falso arrepentimiento... para volverse a escapar pocos días después. Y eso, en el mejor de los casos, porque había algunos que desaparecían definitivamente sin previo aviso... A pesar de todo, mi hermano hablaba de ellos con cariño y se alegraba porque un porcentaje importante encontraba trabajo y llevaba una vida normal".
"Al final de aquel primer año en el asilo —recuerda Cristina—, en el verano del 29, volvió como de costumbre a casa. ¡Cómo disfrutaba con nosotros! Sacaba a pasear a Maximín, que tenía siete años, y se reía mucho con Víctor, que ya tenía once, y estaba aprendiendo a silbar como los pastores, poniendo unas caras muy raras... Y nos trajo un cuadro muy bonito de la Virgen de Covadonga, con un fondo color canela...".
"Sí; disfrutaba mucho con nosotros —comenta Víctor— pero una casa con tantos hermanos es una prueba para el genio de cualquiera. José María tenía un carácter fuerte y simpático, lleno de energía, que le venía muy bien para tratar a los chicos del Asilo, y que fue templando cada vez más, con el paso de los años. Pero en una ocasión le hicimos una barrabasada —no recuerdo cual— y sacó a relucir su genio más de la cuenta. Entonces —cosa rarísima— mi madre se vio obligada a corregirle:
—¡José María! —le dijo— ¡Que aquí no estás con tus golfillos del Asilo!
Se quedó callado. Rectificó al momento, porque era muy humilde, y nunca se me olvidará la cara que puso, con los ojos llorosos, por la pena que le dio haber contristado a mi madre...".
* * *
A comienzos del nuevo curso experimentó una gran alegría: su hermano Rafael, que había decidido ser sacerdote durante su primera Misa, ingresó el 5 de octubre en el Seminario de Valdediós. Dentro de pocos años, Dios mediante, ya serían dos sacerdotes en la familia....
Deseos de algo más
¿Cuáles eran las inquietudes espirituales de Somoano durante aquel periodo? Lo ignoramos. Desgraciadamente, esa región profunda del alma, esa intimidad espiritual donde tiene lugar el diálogo con Dios y de la que surgen las decisiones más profundas, rara vez se manifiesta mediante escritos o palabras. Sin embargo, su modo de actuar revela la búsqueda de algo más. Se advierten tanteos, incertidumbres, deseos de mayor santidad...
Uno de esos tanteos —que no cuajó en ninguna realidad concreta— se pone de manifiesto en la solicitud que dirigió al Obispado, el 20 de noviembre de 1929, para que se aprobase y erigiese canónicamente una Congregación Mariana Sacerdotal, que había promovido junto con sus buenos amigos José María Lahiguera, Lino Vea-Murguía y José María Vegas.
En este proyecto se advierten claramente algunas de sus inquietudes. Deseaban como se especificaba en el texto, fomentar la perfección y santidad propia; procurar con todo empeño la unión y caridad fraterna del Clero y, por último, animarse mutuamente al celo apostólico, en un ámbito concreto: la evangelización de los barrios extremos de Madrid.
Se proponían ayudar a las catequesis de los poblados de chabolas que formaban un cinturón de pobreza en torno a la capital; atender los Hospitales, muy especialmente el de San Juan de Dios y las salas de infecciosos e incurables de los demás Hospitales; cuidar de los pobres y desvalidos; y trabajar con los rudos, con los enfermos, en los barrios más apartados y desatendidos.
Esos Estatutos son también un reflejo de las aspiraciones más profundas del alma de Somoano. Aunque esa iniciativa no se materializase más tarde en nada concreto —por más que sus promotores trabajasen intensamente, cada uno por su cuenta, en esas labores con los más necesitados— testimonia su deseo, compartido con sus tres buenos amigos, por llevar una intensa vida de piedad que le librase de uno de los peligros del apostolado cristiano: el activismo. Por eso en los Estatutos se proponían vivir las siguientes prácticas de vida cristiana:
"1ª Media hora de meditación; 2ª Piadosa preparación y celebración de la Santa Misa y la acción de gracias actuándose en la real presencia de Cristo Nuestro Señor en nuestro pecho; 3ª Un cuarto de hora de lectura espiritual; 4ª Examen general de conciencia; 5ª Rezar digne, attente ac devote el Oficio Divino, y en cuanto sea posible en tiempo litúrgico; 6ª Rezar el Santo Rosario y visitar al Santísimo Sacramento; 7ª Confesarse cada ocho días o a lo menos cada quince; 8ª Hacer los Ejercicios Espirituales todos los años, y si no se puede, cada dos. 9ª. Retiro espiritual cada mes (...)".
La iniciativa, como ya hemos dicho, se quedó sobre el papel: Dios tenía otros planes para cada uno de esos cuatro sacerdotes.
* * *
El 21 de noviembre, durante el periodo en el que Somoano se reunía con Lino, y los dos José María para pergueñar esta iniciativa apostólica, llegó de Arriondas su hermano Leopoldo. "Me fui a Madrid -recuerda- para trabajar en la Compañía de Seguros Zürich, junto con Vicente, que ya estaba viviendo allí. Como éramos muchos hermanos, aunque mis padres iban vendiendo lo que les quedaba de su patrimonio para sacarnos adelante, hacíamos lo posible para dejar de ser un peso desde el punto de vista económico. Madrid me impresionó: yo era entonces un chico joven de dieciocho años que nunca había salido de Asturias y aquellas grandes avenidas, llenas de coches, radiantes de luz, con semáforos que se habían instalado pocos años antes, me deslumbraron...
José María estaba entonces en plena juventud. Es como si le estuviera viendo; le recuerdo sonriente, en el patio del Asilo, charlando con los golfillos mientras jugaban. Tenía un don singular para el trato apostólico con estos chicos, especialmente con los violentos, los mal hablados y los rencorosos; les llegaba al corazón, con aquella sonrisa suya, tan franca, tan abierta, tan clara. En una palabra: se los ganaba. Y el secreto era el cariño. Porque, como decía mi hermana Enriqueta, los quería como un padre".
Unos Ejercicios en Gijón
En verano de 1930, como de costumbre, estuvo en Arriondas. Pero aquellas semanas en su pueblo no se podían denominar propiamente vacaciones. "El párroco —cuenta Rafael— que se llamaba Rafael Alvarez García, y era muy celoso, competente y ejemplar, aprovechaba la estancia de José María para tomarse unos días de legítimo descanso y dejaba en sus manos las labores de la parroquia aproximadamente durante un mes. Otro, en su lugar, hubiese rehusado, quizá, aquel encargo pastoral que no le correspondía; y más en su periodo de vacaciones; pero José María no decía jamás que no a algo que fuese en servicio de Dios; tenía un gran celo sacerdotal y nos comentaba que agradecía las orientaciones que le daba el párroco, porque le ayudaban mucho a la hora de tratar a los feligreses.
Durante ese tiempo se desvivía por todos, especialmente por los enfermos. Había una señora de Santianes, un pueblo de la parroquia, que estaba muy grave y José María iba todos los días a verla. Tenía que andar un rato, y atravesar el río en barca, porque no había puente, pero la atendió abnegadamente hasta que falleció. Y en la confesión era muy solicitado, porque era comprensivo, bondadoso, padre, generoso... Yo era un muchacho, pero me acuerdo perfectamente que un día, al salir de la iglesia, se me acercó una señora, muy alegre y muy locuaz, que me dijo: "Estoy contentísima. Acabo de confesarme con tu hermano y he quedado felicísima".
Y atraía por su piedad. A mí me conmovía ver el amor con que celebraba la Santa Misa".
Durante el mes de agosto aprovechó la cercanía de Gijón para hacer ejercicios en el Colegio de la Inmaculada de aquella ciudad, desde el 3 al 10 de agosto. Es muy posible que procedan de aquel retiro algunas de estas consideraciones, escritas en un minúsculo cuaderno de notas. En ellas puso de manifiesto la necesidad que tiene el sacerdote —y en general, cualquier cristiano que luche por la santidad— de cuidar en primer lugar su propia vida interior: "quien por cualquier trabajo extraordinario, u ocupaciones, -anotó- deja la meditación, la lectura o el examen, (...) es un tibio"; "el mejor medio —escribió poco después— que tiene un sacerdote para conservarse santo es confesarse semanalmente siempre, no dejándolo por nada".
Malos presagios
Aquel fue un verano apacible, en el que la construcción de la iglesia constituía, como de costumbre, tema obligado en las tertulias de los parragueses. ¡Dios mío! —se preguntaban— ¿Pero es que vamos a ver acabada esta iglesia algún día? Porque allí seguía la torre, mirando al cielo desde sus escasos siete metros, como implorando la lluvia de dinero que necesitaba para remontarse a las alturas. Lluvia de dinero y... de entusiasmo, elementos de los cuales el párroco, don Rafael Alvarez, tuvo que hacer buen acopio cuando reemprendió las obras al acabar aquel verano, a primeros de octubre de 1930.
Durante esas fechas Somoano ya estaba de nuevo en la capital. "A su vuelta a Madrid —cuenta Leopoldo—, siguió absolutamente dedicado a aquellos chicos. Se entregaba a ellos con toda el alma, dedicando a aquel trabajo sus mejores energías. Nosotros procurábamos que descansase, pero él tenía como norma de conducta, por ejemplo, no asistir a espectáculos de ningún tipo. Era muy sacerdotal en todo lo que hacía. Sólo algún domingo conseguimos que nos acompañara a un campo que había en la carretera de Chamartín, para ver a los futbolistas famosos del Real Madrid Club de Foot-ball. Jugaban en un campo de tierra, protegido por vallas de madera. Eran los tiempos gloriosos de Quesada, Uribe, Urquizo y Gaspar Rubio, al que llamaban el mago del balón; y ya existía cierta rivalidad con el Barcelona, que habían conseguido dos años antes el Campeonato de Copa...".
Pocos datos más poseemos de aquel periodo, salvo una carta a Luz, Carmina y Julio, que se habían trasladado a Santoña, para acompañar a Luz, que trabajaba como profesora. Qué queredes que vos digamos? —les escribía José María, en clave de humor, imitando al bable- Per equí fai friu y bastante, la xente comenta coses de la gripe que per equi ya pasó, y de Berenguer que ye otra gripe —per gripe— y ni con aspirina para nin le podemos echar. ¿Qui vos vamos dicir? Qui los tres estamos bien de salud y contentos.
Durante las Navidades estuvo de nuevo en Arriondas. "Esperábamos su llegada -recuerda Cristina- con especial ilusión. Tengo su imagen grabada, bajando del tren: tan alegre, tan joven, con aquella sonrisa afable, con el pelo muy negro, los ojos azules y aquella mirada, honda, profunda, muy viril y al mismo tiempo muy dulce..."
En la cena de Nochebuena, como de costumbre, don Vicente se levantó, y les leyó el poema que había compuesto:
Esposa e hijos caros, vamos a Belén
y allí honremos todos al Dios de Israel
que al mundo ha venido par nuestro bien:
Salud, bello Infante, gloria del Edén,
hijo de Dios Padre, de los Reyes Rey...
Era uno de los momentos más entrañables del año... Sin embargo, en aquella ocasión, don Vicente concluyó el poema con un presagio sombrío:
Maestro del mundo, del orbe sostén
cuida de estos niños, dirige tu grey
y oye nuestro ruego, pues ruge Luzbel....
Comienzos
El rugido al que aludía don Vicente era la expresión literaria de la preocupante situación social de España, en la que crecía de modo vertiginoso la animadversión contra la Iglesia, la repulsa ante la religión y el odio hacia Dios.
Un ejemplo entre muchos: en aquel noviembre de 1930 uno de los oradores de La Liga Laica proclamaba a voz en grito en la Casa del Pueblo de Madrid: "Mientras no os enteréis de que habéis extirpado la influencia del catolicismo, vuestro país no habrá hecho la verdadera revolución espiritual... Ayer podíamos decir: a defendernos. Hoy hay que gritar: atacar".
Atacar: no era una expresión retórica. Pronto se comprobaría el alcance de la frase. Desde luego, no parecía la ocasión más propicia para comenzar una fundación; y mucho menos para abrir aquel camino de santidad que Dios había confiado a don Josemaría. Pero a Dios le gusta escribir recto sobre renglones torcidos.
Don Josemaría seguía buscando personas que pudieran entenderle y que le ayudaran a abrir aquel camino de santidad. Entabló amistad con gentes de todas las profesiones y oficios; y entre ellos, muchos sacerdotes. Asunción Muñoz, que era maestra de novicias del Noviciado de las Damas Apostólicas de Chamartín, recuerda que "don Josemaría venía muchos domingos a vernos. Teníamos la casa-noviciado en el Paseo de la Habana de Madrid y había allí un campo muy grande con una huerta hermosa. El venía con otro sacerdote, don Norberto Rodríguez García, que también ayudaba en la capellanía del Patronato de Enfermos. Era un sacerdote mayor y enfermo que vivía en lo que fue Patronato antiguo.
Yo creo que don Josemaría le llevaba para poder ayudarle: para que se sintiera útil y apreciado. Hablaba con él y le hacía pasar un buen rato".
Don Josemaría había conocido a don Norberto en el Patronato, donde era Capellán primero. Allí trabó amistad también con don Lino Vea-Murguía. "Don Josemaría Escrivá -comenta Herrero Fontana- tenía un gran afecto por don Lino, que era, más o menos, de su misma edad: le recuerdo activo, dinámico, muy apostólico, con un gran carácter... Y al mismo tiempo con un gran corazón y con mucha simpatía".
El Fundador compartió con estos sacerdotes muchas tareas apostólicas y las visitas a pobres y enfermos; y pronto les hizo partícipes de sus afanes fundacionales.
14 de febrero de 1930
En cuanto a estos afanes, algo muy importante había sucedido en el alma del Fundador varios meses antes, el 14 de febrero de 1930.
Aquel día fue a celebrar la Santa Misa, como solía hacer con frecuencia, al oratorio privado de la casa de doña Leónides García San Miguel, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas. Era una capilla pequeña y cuidada, con un crucifijo de plata, un cuadro del Sagrado Corazón y una talla de la Virgen de Lourdes.
Mientras celebraba, el Señor le concedió una nueva luz fundacional: le hizo entender que, en contra de lo que había pensado en un principio, Dios quería que hubiera mujeres en su Obra.
Era como si aquella primera luz del 2 de octubre, aquel fogonazo de gracia hubiese sido tan poderoso, tan intenso y deslumbrante que no le hubiese permitido captar algunos perfiles decisivos del querer de Dios. Ahora, con el paso del tiempo Dios le daba a conocer unas perspectivas insospechadas:
"No pensaba yo -comentaba a sus hijas- que en el Opus Dei hubiera mujeres. Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto: os veo como una madre ve al hijo pequeño".
La primera
Las primeras mujeres vendrían al Opus Dei con el paso del tiempo. Exactamente dos años después, el 14 de febrero de 1932, pidió la admisión la primera. Sin embargo, el Señor quiso hacer ver al Fundador, de un modo singular y concreto, que el dolor y el sacrificio debían ser siempre los cimientos de una Obra de Dios. "Cuando yo iba a celebrar todas las mañanas al Patronato de Santa Isabel -contaría muchos años más tarde- encontraba una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, en la calle, pidiendo limosna; me acerqué a ella y le dije:
-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!
Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro... Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.
-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?
Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:
-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.
Sólo le dije: "Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo"
"Yo os digo -comentaba el Fundador- que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa".
* * *
A partir de entonces consideró a aquella pobre mujer, desde un punto de vista espiritual, como la primera vocación femenina del Opus Dei.
Excmo. Sr. Ministro de la
Gobernación. Madrid. Proclamada
la República, diga qué hacemos
con el cura.
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