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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Arriondas, 5 de febrero de 1902

Un temporal de nieve
Los viejos del lugar no recordaban nada parecido. El Carbayón, la gaceta regional asturiana, informaba que gran parte de España y Europa sufrían las inclemencias de aquel temporal. En París se había helado la parte alta del Sena y el puerto de Marsella estaba cerrado desde hacía varios días. En Reinosa la nieve superaba el medio metro de altura y el Nuestra Señora de Aránzazu, un vapor de mil toneladas que se dirigía en lastre hacia Avilés, se había estrellado contra la costa, entre Tangón y Fuentenegra. No llegaba el correo, y en Madrid los coches no podían circular por las calles atestadas de nieve. Se suspendió una sesión del Senado a causa del temporal; algo no previsto en el Reglamento....
Aquel día don Vicente Somoano, secretario del Juzgado Municipal de Arriondas, atravesó la plaza del pueblo enfundado en su abrigo y aterido de frío. Llegó a su despacho en el Ayuntamiento y comprobó que no todo son diligencias, providencias, actos de conciliación, juicios de faltas, autos y sentencias; de vez en cuando, un secretario del Juzgado debe realizar tareas sumamente agradables. Se sentó en su gran sillón rojo, se frotó las manos y sonrió satisfecho cuando le mostraron el documento para que lo firmara:
"En Arriondas, capital del término de Parres, a las once del día cinco de febrero de mil novecientos dos, ante D. Luis de la Fuente Portilla, Juez Municipal, y D. Amancio Rivero y Rivero, suplente Secretario, compareció D. Vicente Somoano Uncal, natural de esta villa, casado, mayor de edad, Secretario en propiedad de este Juzgado, y domiciliado en la misma, según cédula personal señalada con el número 81, con objeto de que se inscriba en el Registro civil un niño.
Al efecto, como padre del mismo, declaró: Que dicho niño nació en la casa paterna el día de ayer a las diez. Que es hijo legítimo del declarante y de Doña María Berdasco Caravia....
Mientras firmaba, entre las enhorabuenas de sus colegas, no podía disimular su alegría: ¡Ya era padre de un hijo!
Un pueblecito de Asturias
"Me imagino —recuerda Víctor Somoano— la ilusión de mi padre al inscribir en el Registro Civil a su primer hijo, mi hermano José María Somoano. En ese documento se especifica además el nombre de mis abuelos paternos, que se llamaban Vicente y Máxima, y procedían de Fuentes y de Caravia; y el de los maternos, Fabián y Cristina, que eran de Villaverde (Belmonte) y de Caravia, respectivamente. Nuestros apellidos están vinculados a los concejos asturianos de Parres, Cangas de Onís, Ribadesella y Llanes, pero a causa de diversas circunstancias mis abuelos paternos se vinieron a vivir a Arriondas. Y aquí nacieron mi padre y mis hermanos.
En 1902, cuando nació José María, Arriondas era un pueblecito pintoresco, situado en un enclave excepcional, junto a la confluencia de dos ríos, el Sella y el Piloña, rodeado de pomaradas, robledales y castañares inmensos. Recuerdo, de pequeño, cómo pasaban los vagones de los trenes cargados de castañas... La mayoría de los vecinos eran ganaderos y agricultores, aunque también había algunos indianos, que habían regresado al pueblo después de hacer las Américas con mayor o menor fortuna, y que formaban lo que llamábamos el 'círculo de los americanos'. Era un lugar sosegado, y sereno, donde nadie, salvo Mambuxu, hacía nada de particular".
Mambuxu
¿Quién era Mambuxu? ¿El alcalde? ¿El médico? ¿El maestro? ¿Un personaje local? Un personaje sí era, aunque un tanto singular. Era un vecino de Cuadroveña, de mediana estatura, con ojos vivaces y grandes bigotones. No estaba demasiado en sus cabales, pero los parregueses le cuidaban y querían, al tiempo que se divertían con sus excentricidades. Ya estaban acostumbrados a verle deambular por las calles del pueblo con su mandilón de xatero color marrón, entre un enjambre de niños...
De poetas y de locos, todos tenemos un poco, asegura el refrán; y Mambuxu, para ciertas cosas estaba loco, loquísimo, loco de atar; pero era un loco bueno y cariñoso; un loco simpático y solemne, piadoso y ordenado, que gozaba de una memoria prodigiosa y una labia florida y grandilocuente. Sus vecinos le decían que iba desaliñado, cosa que no comprendía. ¿Desaliñado? ¡Si se mudaba de ropa todos los días! ¡Si tenía siete camisas, siete chalecos, siete corbatas, siete chaquetas y siete pantalones: es decir, ropa para el lunes, para el martes, para el miércoles...! Además, cuando acababa la semana se cambiaba, poniéndose de nuevo la ropa del sábado anterior, sin lavarla, naturalmente. ¿Sucio? ¡Los sucios eran ellos! ¡Con lo que le gustaba el agua! El lunes tomaba un vaso de la fuente del pueblo; el martes dos, el miércoles tres; y así lo hacía todo, con orden y concierto, metódicamente, sin variar un ápice su inalterable ritmo de vida.
Por eso se irritó tanto Mambuxu cuando don Lino, el párroco, decidió que su querida iglesia de San Martín de Cuadroveña, que se erguía, altiva y hermosa con su espadaña en uno de los miradores más bellos de Asturias, iba a dejar de ser la parroquia de Arriondas, porque se iba a construir un nuevo templo en medio del propio pueblo. ¡Cambiar de sitio la parroquia en la que él asistía devotamente -sin perderse uno- a todos los entierros! ¡Cambiar de sitio la iglesia en la que iba, año tras año, a su novena del Carmen, de rodillas, desde el principio hasta el final! Aquello le escandalizó, y le dio pie para nuevas herejías y divagaciones pseudoteológicas:
-"Porque yo -proclamaba a voz en grito- en cuanto a la Virgen... ¡estoy con el Papa! Pero en cuanto al Papa... ¡estoy con Lutero!".
No; no le valieron a Mambuxu las razones de don Lino, ni las de don Marcelino, el párroco siguiente, que vino en 1906, cuando le explicaban que de ese modo los feligreses del pueblo ya no tenían que dar, como antes, una larga caminata para subir a la ermita. ¡No, no, y mil veces no! Aquello fue una ofensa para sus costumbres inalterables y sus pies no se dignaron pisar jamás lo que llamaba, desdeñosamente, el conventón.
—¡Nunca entraré en ese lugar! ¡Nuncaaa!
—¿Y cuando te mueras, Mambuxu? ¿Qué haremos?, le preguntaban, socarronas, las vecinas.
—Cuando me muera —reconocía cabizbajo-; yo sé que me llevaréis allí. Pero cuando esté dentro... ¡Cuando esté dentro me levantaré de mi ataúd y gritaré!: ¡Cobardes! De muerto me metisteis; que de vivo... ¡no pudisteis!.
Don Vicente Somoano
"En aquellos primeros años del siglo -recuerda Cristina Somoano- cuando nació mi hermano José María, mis padres contaban con bastantes bienes de fortuna y llevaban una vida sosegada y placentera. Durante el verano solían pasar muchas horas en una huerta que teníamos cerca de casa. En el otoño salían a pasear por las cuatro carreteras que confluyen en el pueblo, que en aquel tiempo estaban casi desiertas: sólo se veían, de tarde en tarde, los carros-correo, y aquellas viejas carretas del pan con los varales forrados de blanco y alguna que otra diligencia... En invierno subían por la falda de la montaña y contemplaban las puestas de sol sobre los Picos de Europa, cuando las nieves adquieren tonos nacarados a la luz del atardecer. Durante la primavera caminaban por el campo: mi madre volvía siempre a casa con ramitos de acacia, azahar, tomillo, mimosa...".
"Otras tardes —añade Julio Somoano— después de trabajar en el juzgado, mi padre acudía a algunas de las tertulias del pueblo, como la que se organizaba en Casa Tereñes o en Casa Pepito; o se acercaba al Café Español,donde se comentaba todo lo que sucedía en el país".
Cuando nació José María los contertulios de toda España tenían un tema obligado de conversación: los grandiosos festejos con los que se había celebrado en Madrid la Jura de Alfonso XIII, con corridas de toros, obras de teatro y ese nuevo deporte extranjero que llamaban foot-ball... El rey había cumplido dieciséis años, y con su mayoría de edad acababa -¡por fin!- la más larga de las regencias españolas.
* * *
"Mi padre no tenía ninguna filiación política —explica Víctor Somoano— quizá a causa de la función que desempeñaba, pero era de un talante más bien liberal, con un liberalismo acorde al de los intelectuales de su tiempo".
"Sí —asiente Cristina—, era un liberal en el sentido más noble del término: sereno, abierto, comprensivo, respetuoso con todos... Nunca le oí levantar la voz. Y era muy culto". "Tenía alma de poeta -añade Julio- y le gustaba componer poemas para recitarlos en algunas fechas señaladas. Recuerdo aquel poema que le compuso a mi madre con motivo de su aniversario:
¿Te acuerdas? Hoy se cumple
el año veintitrés de nuestra boda
aquel cinco de junio que he grabado
con señal indeleble en mi memoria.
Esa fecha feliz, que el alma mía
recuerda con placer, amada esposa...".
Doña María
"Mi madre —prosigue Víctor— tenía una gran personalidad. Era alta, elegante, atractiva... todo un modelo de belleza clásica. Tenía una mirada profunda y apacible, y solía llevar el pelo recogido hacia atrás con un moño. Hablaba con un acento nítidamente castellano, porque había nacido en Madrid, aunque luego, al enviudar su madre, se trasladó a Caravia".
"Siempre estaba de buen humor —añade Cristina— y era muy caritativa: no había persona necesitada que llamara a su puerta y se marchara de vacío; y a pesar del poco tiempo que le dejaba la crianza de tantos hijos, sacaba un rato los domingos para dar una clase, en la parroquia, a las muchachas de servicio. Le preocupaba especialmente la educación de sus hijas, porque había leído en su juventud Pequeñeces, del Padre Coloma, y nos quería prevenir de ciertas frivolidades. Al mismo tiempo, era muy comprensiva y procuraba disculpar a todo el mundo, sobre todo a las chicas jóvenes. Cuando le contaban un desliz de alguna muchacha del pueblo, cortaba en seco:
—Mira, hija mía: ¡si a una mocita joven la engaña cualquiera!
Lo del carro
Tuvo que padecer mucho, y, desde luego, lo del carro supuso para ella uno de los sufrimientos más amargos de su vida. Me lo contó muchas veces. Sucedió en 1904. Mi hermano José María tendría unos dos años y medio. Mi madre no le dejaba bajar a la calle, pero aquel día consintió en que jugara en la acera de la casa con unos primos pequeños y otros amigos. Entonces, en un despiste de los que le cuidaban, cruzó la calle en el preciso momento en el que pasaba un gran carro cargado con cajas de viajante. Una de las ruedas le pasó por encima del vientre. Nadie se explicaba cómo no lo mató. Avisaron enseguida a mi madre... ¡Ay, cuando llegó y lo vio allí, desvanecido, en medio de la carretera!
...Cuando lo vio así se lo ofreció de nuevo al Señor, como había hecho nada más nacer, diciéndole:
-Dios mío: si me lo dejas con vida, te prometo que haré cuanto esté de mi parte para que sea sacerdote.
Todos estaban alborotados, atendiendo al niño e intentando calmarla. Entonces una muchacha le recomendó que lo ofrecieran a San Gregorio Papa, que se venera en Cúa, en el concejo de Piloña.
Así lo hicieron, y gracias a Dios, con la ayuda de las oraciones y las medicinas fue recuperándose de forma portentosa: todos los que habían presenciado el accidente decían que era milagroso que no hubiese muerto en el acto. Y cuando estuvo bien —ya que hubo un tiempo en que dejó de andar— mis padres fueron de nuevo a Cúa para agradecer a Dios la curación de José María, su primer hijo varón".
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