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José María Somoano
José Miguel Cejas

Capítulo: Un día de abril

Una postal
Aquel mismo 27 de marzo, Domingo de Resurrección, en el que Somoano escribía a su hermano seminarista en Valdediós, María volvió a hacer algunas anotaciones en su diario. Como siempre, eran confidencias íntimas, de carácter espiritual, que dirigía al Señor:
"Todos los días de esta semana que ha pasado en la cual se conmemora tu sangrienta Pasión, he procurado seguir tus pasos, meditando tu amor hasta el fin, por mi alma pecadora... ¡gracias Jesús bueno! Si no dispusiera de tu Sangre Redentora para lavar con ella mi pobre alma manchada tantas veces (...) ¿qué sería de mí?
El Jueves Santo escribí a mi hermanita Braulia felicitándola pues como San Braulio era el 26 y las cartas a mi pueblo echan tres fechas, tuve que hacerlo ese día.- Con sus trece años de enfermedad no acertaba qué ponerle. Por fin lo hice, pero como todo fue Tuyo, me place anotarlo aquí:
Querida hermana: Con esta postal desearía enviarte la salud completa, que es una de las mayores felicidades de esta vida pero... si yo tampoco la tengo ¿dónde ir a buscarla? Pues mira, querida hermana, vayamos al Calvario... a los pies de la Cruz de nuestro Divino Redentor... Allí, la encontraremos, no lo dudes.- Jesús, nos la compró a costa de su propia vida.- Es la salud del alma; la que vale más que todo el oro del mundo y la que nos deparará una eternidad feliz. Esta vida que es 'poca y mala', ¡pasa tan pronto!
No te niego que nuestras enfermedades y contratiempos nos hacen a veces llorar gotas de sangre... pero pensemos, querida Braulia, con toda confianza, que ha de ser éste el billete para nuestra entrada segura en el Reino de los Cielos. ¡Qué alegría! Allí tendrán término todas, todas nuestras penas y dolores.
Que el Señor te bendiga en tu día en unión de nuestra querida madre y hermanos, desea tu hermana que te quiere mucho.
También escribo a continuación los propósitos del día de retiro para que los bendigas y nos concedas la gracias necesarias para cumplirlos: 1º. Confianza absoluta en la misericordia del Señor. -2º Indiferencia completa en todas las cosas, aceptando lo que Jesús me envíe, sea como fuere. -3º Alabar al Señor en todos los sucesos de mi vida, ya sean prósperos, ya sean adversos y hacer de ellos la menor referencia posible, sobre todo de los adversos. -4º Cuando sea reprendida, no contestar; si alguna vez fuere necesario, muy brevemente. -En mis dolores y sufrimientos, no dejar nunca de mirar al Crucifijo y besarle con amor. -6º Viviré siempre como si a cada instante fuese a morir. -7º Amaré mucho a la Santísima Virgen, mi Madre. :Viernes Santo del 1932. (...)
Ya es hora -concluía María- que del todo me dé a Ti".
* * *
"En este tiempo -escribió María- fue cuando en mí dieron comienzo los 6 meses que últimamente he estado en cama y tantas fiebres altas, y continuos dolores en el vientre tenía, se me ocurrió decirle un día (a Somoano):
-D. José María, pienso que su intención tiene que valer mucho porque desde que V. me inició que pidiera y ofreciera, Jesús se está portando muy espléndido conmigo. -De noche, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor.
Y seguidamente me contestó:
-Siga, siga adelante y no dude, que todo lo merece dicha intención".
9 de abril de 1932
No podía sospechar María que uno de los primeros frutos de esa intención por la que rezaba y se mortificaba tanto -el Opus Dei- iba a ser precisamente... ella misma. Ya había llegado la hora -como había escrito poco antes en su cuaderno- para darse del todo a Dios.
Todo sucedió de forma rápida y sencilla. Don Lino le planteó a María la posibilidad de entregarse a Dios en el Opus Dei, a pesar de la gravedad de su estado. María -anotó Somoano el 9 de abril- aceptó complacida.
Fue algo más que un aceptación complacida. María rebosaba -como dejó constancia en su cuaderno de notas- agradecimiento y alegría por aquel inesperado don de Dios. ¡Allí, postrada en aquella cama del Hospital, desahuciada por los médicos, esperando la muerte, allí, precisamente, Dios le había hecho ver su vocación! Aquella enfermedad -lo comprendía ahora con una luz nueva- era algo más que una cruz que debía soportar: era su trabajo, su instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios, su medio específico para hacer el Opus Dei en esta tierra. Vendrían miles de mujeres a aquella Obra de Dios. ¡Y ella, en aquel Hospital, iba a ser parte del cimiento del Opus Dei y allanaría con su dolor los caminos de Dios para los millares de almas que vendrían después...!
"El 9 de abril del 1932, jamás podrá borrarse de mi memoria -escribió María, dos días más tarde, exultante-. De nuevo me eliges buen Jesús, para que siga tus divinas pisadas... ¿qué viste en mí, mi enamorado Amante, para dispensarme tan señalado favor? -Sé que no lo merezco... -Confundida y rebosando mi corazón de gratitud, te digo: ¡Gracias Jesús mío! gracias, por tanta bondad.
Te prometo desde este momento con tu ayuda, ser espléndida en el puesto en que me has colocado, ya que toda la gloria ha de ser para Ti.
Dame las gracias necesarias para ello, y no te separes de mí. -Así una vez más el mundo entero quedará convencido, que por muy grande pecadora que un alma sea, no debe temer el ir a Ti, pues con sólo oír de sus labios un Te amo salido del corazón, te complaces en designarla como piedra fundamental para tus obras. -Te repito conmovida, por este nuevo y hermoso favor ¡¡Gracias Jesús del alma mía, gracias!!".
Almas grandes
María está feliz, anotó Somoano el domingo día 10. Y le planteó la posibilidad de sugerir la entrega a Dios en el Opus Dei a otras enfermas como Antonia, Angeles y Tomasa.
Ya sabía María, por fin, en qué consistía aquella intención por la que había estado pidiendo durante tanto tiempo. Ahora hablaba largamente con su capellán sobre la Obra: "no tengo palabras -anotó, refiriéndose al amor de Somoano por la Obra de Dios- con que expresar lo mucho que la amaba". En su afán apostólico, María le hablaba constantemente de conocidas suyas, en su mayoría buenas cristianas, cuyos sufrimientos "podían servir (...) mucho para nuestra Obra, uniéndose a ella". Pero Somoano le "contestaba siempre: No queremos número; eso... ¡nunca! -Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino. ¡almas grandes! ¿Me entiende?".
Y añadía, soñando en el futuro desarrollo de la Obra de Dios: "Nada, nada: Hay que cimentarla bien. Para ello, procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito, no nos ocurra, lo que a aquel edificio de que habla el Evangelio, que fue edificado en la arena. Los cimientos, ante todo; luego, vendrá lo demás".
Durante ese tiempo, mientras pudo -comenta su hermana Braulia- María "salía del Hospital para asistir a las reuniones que dirigía el Padre, en donde recibían formación doctrinal y les explicaba algunas facetas del espíritu de la Obra. Recuerdo oír decir a mi hermana algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utilizando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba instrumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en El".
Las mujeres que seguían a don Josemaría durante aquel tiempo eran muy pocas: una profesora de colegio, una enfermera, varias empleadas y algunas chicas jóvenes que se reunían en casa de alguna de ellas o iban los domingos a dar catequesis al barrio de la Ventilla. Era el germen de la labor con mujeres del Opus Dei, cuya formación confió el Fundador, considerando su propia juventud, a sacerdotes que colaboraban con él.
María pudo participar en las labores apostólicas de aquellas mujeres muy escasamente, a causa de su enfermedad. Pero desde que pidió la admisión en la Obra luchó por vivir un plan de vida espiritual adaptado a sus circunstancias. "A las seis y media -anotó en su cuaderno-, despertarnos para el termómetro.- A las 7, tomarnos la temperatura la enfermera.- De 7 a 8 levantarnos. A las 8 el desayuno. A las 9, Lámpara. De 9 a 11, coser, escribir, etc. De 11 a 12 reposo...". El horario concluía a las 9 y media de la noche, hora en la que apagaban la luz. A continuación don Lino le sugirió por escrito este plan de vida espiritual:
"Al despertar poner el pensamiento en Dios y en la meditación preparada la víspera. Los días de comunión este pensamiento lo llenará todo.- 7 1/2 Oraciones de la mañana y examen de previsión. -9 Meditación.- 9 3/4 Tiempo libre.- 11 1ª parte del Rosario...". Seguían, a hora fija, el examen, la lectura espiritual, otras partes del Rosario, la oración, el examen de conciencia "general y particular, preparación de los puntos de la meditación para el día siguiente". Y englobándolo todo, había dibujado una llave con este resumen: "Presencia habitual de Dios, haciendo y sufriendo todo por su amor".
Braulia recordaba que su hermana María "estaba maravillosamente atendida espiritualmente " por el Fundador. Veía como, tras aquellas visitas la alegría de su hermana se hacía "patente y me recibía con un ánimo especial: Ha estado aquí don Josemaría. Estoy muy contenta".
* * *
A Braulia le parecía increíble, pero era cierto: María se sentía felicísima en medio de sus terribles dolores y sufrimientos -borracha de felicidad, escribió en su cuaderno-. Aquel nuevo encuentro con Dios, gracias a la vocación en el Opus Dei,
la había llenado de esperanza: "¡Qué fácil veo entonces el camino de la santidad! Tú lo quieres... Tú eres quien forma los santos... Tu poder y Tu sabiduría no tiene límites...
¿Somos nosotros los llamados a escoger los materiales para tus obras? No; solamente estar dispuestos a no negarte nada, y como Maestro consumado que eres, Tus obras serán siempre la admiración de los hombres y la alegría de los Angeles".
En los escritos en los que desvela su intimidad, María escribe que sólo le gustaría una cosa: que la llamaran "la loca de amor de Dios".
Ese amor se va apoderando cada vez con más fuerza de su alma. Y cada vez le duelen más las ofensas, el olvido, la indiferencia y el odio a Dios. "No se comprende que esto ocurra, si no es porque no se te conoce" -escribe-. "Conociéndote es imposible dejarte de amar. Y no con un amor tibio, mezquino, pobre, ¡no! se te ama hasta la locura, pues dándose cuenta el alma de lo que te debe y la bondad y misericordia que te cuidas de ella, sin Tí no quiere la vida; no acierta a respirar sin Tí."
Y concluye con una súplica ardiente: "¡Que vean, Señor, que vean!".
Lo que llegará a ser
María estuvo hablando del Opus Dei con su hermana Benilde en una de las ocasiones que vino a visitarla y esta constató cómo el aliento y el estímulo espiritual que María recibía en la Obra ayudaban poderosamente a su hermana a llevar con paz su terrible mal y a "vivir una intensa vida interior. La vocación a la Obra le daba extraordinaria fuerza".
La alegría de María se manifestaba especialmente en las cartas a sus hermanas. Benilde recuerda que la animaba "a tener preocupación de santidad, y me contaba algunos detalles del Opus Dei".
"Lógicamente -concluye- quiso que las otras dos hermanas participáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que había sido una especial gracia de Dios", y no paró "hasta conseguir que fuese a visitar a don Josemaría. Cuando llegué a Madrid por segunda vez, acompañando a mi madre -pienso que era en mayo de 1932-, fui a visitarle a su casa, sin previo aviso. La casa estaba situada en la calle de Martínez Campos, nº 4, cerca de las religiosas Esclavas".
Nunca olvidaría Benilde aquel primer encuentro con el Fundador: "A pesar de no haber concertado la entrevista -prosigue-, el Padre no me hizo esperar y estuvo un rato conmigo. Me llamó la atención su extremada sencillez y lo alegre que era. Lo que me dijo -breve, concreto- no tuvo desperdicio. Centró enseguida el tema, que fue exclusivamente espiritual. Más o menos me dijo que podía pertenecer a la Obra y que María Ignacia ya le había explicado las circunstancias en que me encontraba. Me anticipó un poco de cómo podía ya empezar una vida espiritual más intensa, señalándome algunas cosas concretas. Recuerdo un detalle que me pareció muy significativo: que llevara a mis hijas, con toda libertad -pero que ellas querrían-, a hacer la Visita al Santísimo todas las tardes. Pepita tenía entonces diez años.
Yo me sentía en la gloria cuando hablaba con él y conocerle ha sido uno de los favores más grandes que Dios me ha concedido y del que estoy más agradecida.
Ese primer día se hizo bastante tarde: serían las tres y me pareció que el Padre tenía prisa. Yo también estaba un poco apurada porque tenía a mi madre esperándome en la fonda".
Durante esa entrevista, Benilde estuvo observando una pequeña fotografía del Fundador que había en la habitación. Y en un determinado momento, pensando en voz alta, se le escapó un comentario:
-"Este sacerdote, con el tiempo... lo que llegará a ser".
Señor, tu borrico quiere merecer que le llamen "el que ama la Voluntad de Dios".
Josemaría Escrivá de Balaguer, 28-IV-1932.
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