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María Ignacia García Escobar
José Miguel Cejas

Capítulo: Felices años veinte

1920 –1930


El descubrimiento
“¡Estaba siempre tan alegre!”. La alegría es uno de los primeros rasgos que resaltan los que la trataron. Una alegría que contrasta llamativamente con la dureza de este periodo de su vida. Escribió, años después, hablando de sí misma en tercera persona:
Pero... ¿sabéis lo que ocurrió? Que, aunque animada de muy buena voluntad, como los designios del Señor eran otros, [Dios] permitió [que esa alma] se diera cuenta [de] que la obra de su santificación iba torcida (este alma no consultaba con su confesor ni Director cuanto en ella ocurría) y que en breve, sería destruida .
Y al mismo tiempo —escribe—, su cuerpo enfermó gravemente. Un día vomitó sangre y comprendió que ella también estaba tuberculosa.
Recordaba Braulia: “Poco después quizá contagiada por mí, cayó también enferma mi hermana .
¿Dónde fue consciente María Ignacia de su enfermedad por primera vez? ¿En Hornachuelos? ¿En Priego? ¿Fue esa la razón por la que se volvió de aquel pueblo? Lo ignoramos. María Ignacia, que se muestra tan expansiva al hablar de Dios, pasa como de puntillas sobre sus propias tribulaciones.
Sólo cuenta lo que le dijo al Señor al darse cuenta de que estaba tuberculosa.
No llegó a perturbarme
ningún triste pensamiento.
¡Sólo poder disgustarte! .
Sabía lo que significaba aquella sangre. Sabía lo que significaba “estar tuberculosa”. Era el anuncio de muchos sufrimientos y, casi con toda seguridad, de una muerte cercana. Su primera reacción fue un acto de amor:
al ver la sangre que había
desde mi pecho arrojado
llena de amor te decía...
¡Jesús mío, cuánto te amo!
Pensó que, además de aceptar aquella enfermedad mortal con alegría, no debía pedir a Dios que la curase; de ese modo, su unión con la Voluntad divina sería más intensa, más plena.
Pero... ¿era eso realmente lo que Dios le pedía? Decidió comentárselo a su confesor.
Ignoramos a quien acudió. ¿A fray Francisco, por carta? ¿Al nuevo párroco, don Lorenzo? Sólo conocemos el consejo que recibió: debía pedir por su curación.
Y así lo hizo, como comentaba en un poema:
Te pedí luego salud/ Pues bien sabes me recreo/ en esta preciosa Cruz. /Al quererme toda tuya,/ Jesús, quisiste probar / Si con alegría aceptaba/ tan terrible enfermedad./ Aunque unidas tres en una/ De esta enfermedad hubiera /Por tu amor Jesús mi vida/ ¡¡Cual rico licor bebiera!!

¡Si te quedaras ahí!
Aunque unidas tres en una... Pero, ¿es que no le costaba, a un carácter como el suyo, apasionado y vital, aquel desgarramiento repentino del mapa de su vida? ¿Es que era insensible...? Le debieron hacer esa pregunta en varias ocasiones, porque estas líneas tienen sabor de respuesta:
No crean que cuanto he padecido en la tierra haya sido con insensibilidad; todo lo contrario.— No he visto corazón más sensible que el mío; tanto así que le llamo a veces, “niño mimado”. —Pero el inmenso amor que le tengo a mi Amado Jesús ha remontado siempre por encima de mi corazón .
Doña Pepita cuenta que “hay un recuerdo que me viene siempre a la mente. Yo tendría unos seis o siete años, y estábamos ahí, en la cocina, viendo como hervía la leche, cuando se llenó toda la cazuela de espuma. Entonces María Ignacia, haciendo como que hablaba con la leche, comenzó a decir con mucha gracia:
—¡Ay...¡ ¡Si te quedaras ahí!
En ese momento no supe qué quería decir, pero se me quedó muy grabado. Ahora sí que lo entiendo.
Hasta poco tiempo antes estaba muy bien considerada; vivía sin problemas; tenía todas las puertas abiertas: eso era la espuma... Y de un día para otro, se muere su padre, se quedan sin dinero y llenas de deudas, Braulia se pone enferma, y poco después, ella.
Toda aquella espuma se había convertido... en nada”.


¿Dónde? ¿Cómo?
Aunque pide por su curación, como le han aconsejado, María Ignacia piensa, como la mayoría de las personas de su generación, que debe luchar por identificarse con Cristo por el camino de lo extraordinario. Muchos entienden la ascética, durante esos años, como los hachazos que daba su abuelo hasta dejar los troncos de los árboles rojos como la grana. Hachazos de renuncia, de anonadamiento, de humillación.
Muchas mañanas, a primera hora, se levanta y hace un rato de meditación en el sosiego del antiguo granero de la casa . Acude con frecuencia a la Confesión. Comulga todos los días y acompaña a Jesús en la Eucaristía.
En mis visitas a mi Jesús Eucaristía le digo que para qué vivo, sino para Él... que a quien más lo ama, más se le perdona... que quiero escribir su nombre en mis ojos, en mis oídos, en todos mis sentidos, en mi corazón.
¡Oh Jesús, Jesús mío, mi Jesús!, le repito. Yo quiero pensar en Ti por los que te olvidan... orar por los que no lo hacen... agradecer por los ingratos... pedir perdón por los que de ello no se acuerdan... ¡y amarte con delirio, con locura y con toda la intensidad con la que te ama el Espíritu Santo, por los que no te aman!...

Una idea cobra cada vez más fuerza en su corazón: el afán de desagravio. Intuye que su vida tiene un sentido profundo: la expiación, la reparación por los pecados ajenos. Encuentra en la Eucaristía la fuerza interior que necesita y se llena de esperanza; no tanto de la esperanza de curarse, sino la esperanza de cumplir la voluntad de Dios, de llegar a amarle algún día con todo su corazón.
Vislumbra en su oración que su enfermedad guarda un sentido divino que aún desconoce. Para algunas personas, los padecimientos de los últimos años no habían sido más que un rosario de desgracias; como disparos fallidos de uno que aquellos colorineros, los cazadores furtivos que corrían alocados por la sierra. Para ella, por el contrario, aquellos padecimientos eran dones, gracias —misteriosas, eso sí— que Dios le iba concediendo.
Por eso, no se considera la víctima de un destino caprichoso, ni la protagonista de un sino absurdo y cruel, como doña Leonor en la tragedia del Duque de Rivas. María Ignacia —como recordaba doña Pepita— no tiene propensión al melodrama. Aquello no es la fatalidad, sino el querer de Dios. A ella no la gobierna la fuerza del sino, sino la fuerza del Amor.


El espíritu de abandono y confianza
Un día cae en sus manos la “Historia de un alma” de Teresa de Lisieux. Ese libro le descubre un nuevo panorama ascético y espiritual. En las obras de espiritualidad que había leído hasta entonces, se identificaba habitualmente la santidad con lo extraordinario. Y en muchos de esos textos, junto con cierto rigorismo en la lucha ascética, se daba una visión pesimista sobre la posibilidad de alcanzar la santidad .
La lectura de aquellas páginas cambió muchas de sus perspectivas espirituales. Descubrió en el libro de la Santa de Lisieux el camino de infancia, la sabiduría de los niños, la misericordia de Dios y el valor de lo pequeño. Años más tarde —hablando de sí misma en tercera persona, como de costumbre— comentó el gran bien que le hizo ese relato autobiográfico. Su alma fue “atraída por el espíritu de abandono y confianza en la Divina Providencia (...), su transformación fue completa .

A comienzos de julio de 1927 llega un nuevo sacerdote a la parroquia de Hornachuelos, don Antonio Molina Ariza, como coadjutor de don Lorenzo . Don Antonio tiene veintitrés años y es un hombre de aspecto simpático, alegre y cordial, “recién sacado del horno”, como dicen los vecinos, porque acaba de ordenarse hace sólo tres semanas, el 11 de junio de 1927.
Mientras tanto, de forma discreta pero dolorosa, algunas amigas se van distanciando de María Ignacia. Pocas se atreven a visitarla. “Hasta los mismos que tenemos en este mundo por buenos amigos —reconoce, con pesar—, ¡cuántas hieles nos dan a beber!” .
Sin embargo, aunque humanamente se encuentra cada vez más sola, no se rinde ante la tristeza o la melancolía. No hay en sus poemas ni un acento triste ni una nota amarga. Como afirma en un poema titulado ¡Siempre me quedarás Tú!, suceda lo que suceda, siempre le quedará Dios, la fuente de la alegría.
Circunstancias fatales
Podrán también cercarme
Pero Tú, Vida mía,
Vendrás a consolarme.
Amigas muy queridas
Se apartarán de mí,
Pero... nada me importa
Mientras te tenga a Ti .


Navidades de 1929. La Ciencia del Amor
Anita Cárdenas, otra amiga de aquellos años, recuerda como doña María, la madre de María Ignacia, le pedía “que le hiciera algunos recados. Tengo grabada la imagen de las dos hermanas enfermas, reposando en su casa, y a María Ignacia escribiendo”.
¿Qué escribe? Habitualmente son consideraciones espirituales íntimas y espontáneas; confidencias amorosas dirigidas a Jesucristo, que requieren para su comprensión cierto conocimiento de la mentalidad de la época.
El estilo de María Ignacia es el habitual de las jóvenes de su tiempo, los años veinte. Utiliza frases hechas, giros y modismos propios del modernismo y del romanticismo. Hay en su prosa jardines deliciosos, cortinajes finos y deliquios de amor. Escribe, además, con la gracia y el garbo de las señoritas andaluzas; y eso exige, por decirlo de alguna manera, una lectura andaluza.
Por ejemplo, al leer: “Ten siempre presente, hija mía” hay que darle a esa expresión el tono afectuoso y cálido de las gentes del Sur: no se trata de una reconvención ni de una sentencia.
Su prosa es tan libre y espontánea como su modo de ser. María Ignacia no adopta pose de escritora, ni se preocupa demasiado el estilo. No suele citar a otros autores, salvo en raras ocasiones . Toma sus ejemplos de su infancia en el Añozal o de los sucesos de la vida cotidiana en Hornachuelos:
“Cuando se quiere siempre se acaba por poder”. ¿Qué hace usted para mantener a tan numerosa familia?, preguntaban a una madre. Y ella contestó sonriendo: ¡Amar!! Cuando se ama, no se cuenta .
Podría decirse que reza por escrito: no pretende hacer literatura. Por eso, hay que leer sus escritos, fogosos y ardientes, como lo que son: expresión viva de una experiencia cristiana y humana; el testimonio genuino y conmovedor de un alma profundamente enamorada de Dios. Un alma a la que Dios va atrayendo hacia Sí por el camino por el que suele llevar a los que más ama: el camino del dolor.

Un regalo de Navidad
El 27 de diciembre de 1929 María Ignacia hace a sus sobrinas Pepita, Benilde y María un regalo de Navidad muy especial. Es un pequeño cuaderno, titulado Pepitas de Oro , escrito a mano por ella. En sus páginas les transmite este mensaje esencial: deben buscar a lo largo de su vida, por encima de todo, sólo una ciencia: la ciencia del amor.
¡La ciencia del Amor! No quiero otra ciencia más que ésta... porque no me queda ningún deseo sino es el de amar a Jesús con locura. Cueste lo que cueste, quiero ganar la palma; sino es por la sangre, sea por el Amor.
¿Deseas un medio para llegar a la perfección? No conozco más que uno: el Amor.
Jesús arde en deseos de entrar en nuestro corazón y estima nuestro amor por encima de todos los dones que le podamos ofrecer. Pues todos los dones, aún los más perfectos, nada son sin el amor .
María Ignacia aborda en este cuaderno, con hondura y sencillez algunas cuestiones capitales de ese “conocimiento de lo divino, profundo, penetrante y abarcante, pero más intuitivo y connatural que reflexivo, propio de las almas santas” . Escribe habitualmente sobre el núcleo de la vida cristiana: la caridad, el Amor.
Son páginas con cierto sabor de testamento, porque las escribe cuando sabe que debe marcharse de Hornachuelos, quizá para no volver nunca más.


¡Míralas, míralas!
Doña Pepita sigue contando la historia de su tía María Ignacia. “Llegó un momento en que los médicos les dijeron a María Ignacia y a Braulia que había que internarlas lo antes posible en un Sanatorio. Braulia había hecho gestiones para ir a un hospital que había en Madrid, el Hospital del Rey, que decían que era muy bueno; pero precisamente por eso, estaba muy solicitado y era difícil conseguir una plaza. Además, no sabían cómo pagarlo.
Comenzaron a pedir ayuda a todas las personas que conocían: parientes, amigos... Al fin les ayudó el famoso Bombita , amigo de mi abuelo, que era un hombre muy generoso. Ese torero le costeó a María Ignacia un año entero de estancia en un hospital .
Y en ese mismo año, 1930, se murió mi padre, y mi madre se quedó viuda con treinta siete años y con cuatro niños pequeños.
Es como para desesperarse ¿verdad? Pero mi tía María Ignacia permanecía serena, como siempre, confiando en Dios, y haciendo apostolado con todos, grandes y chicos”.
“Sí; —asiente Elena Santisteban— yo formaba parte de su grupo de amigas, que era bastante grande y como a todas, su amistad nos hizo mucho bien. Nos ayudó a ser buenas cristianas en un tiempo cada vez mas difícil.
María Ignacia iba a Misa todos los días. Eso no era frecuente, y con el paso del tiempo fue requiriendo cierta valentía, porque empezaron las dificultades... No era raro que te insultasen por la calle, porque había gentes, que entonces se llamaban de ideas avanzadas, muy hostiles a la religión.
A finales de los años veinte y a comienzos de los treinta esos ataques se quedaban en burlas y amenazas. Luego vino la persecución hacía todo lo cristiano... Recuerdo que había una mujer –Dios la haya perdonado, rezo por ella— que cuando nos veía dirigirnos hacia la iglesia, comenzaba a gritar:
—¡Míralas, míralas! ¡Como si no supiéramos todas que van a la iglesia!
Había en aquel tiempo muchos sagrarios abandonados, sin nadie que rezara ante el Señor, ni los cuidara. María Ignacia, que amaba tanto la Eucaristía, secundado la iniciativa de don Manuel González, nos animó a todas las amigas a reunirnos los jueves junto al Sagrario, en un lugar donde han puesto ahora a la Patrona. No había bancas en esa zona y cada vez que íbamos teníamos que trasladar las sillas. Éramos pocas: como mucho, unas diez o quince amigas de 18 y 20 años” .
Conchita Santisteban recuerda que María Ignacia las animaba, además, a dedicar cada día a la consideración de un misterio de la Fe o a una devoción concreta:
—Mira, el Jueves es el día de la Eucaristía: puedes hacer una visita al Santísimo...; el Viernes es el día de la muerte del Señor: puedes meditar el Vía Crucis; y el Sábado, que es el día de la Santísima Virgen...”
Otra de sus amigas, Anita Cárdenas afirma que era “una de esas personas que nunca se olvidan . Su mirada se me ha quedado en el fondo del alma, no sé por qué. Aunque, pensándolo, sí lo sé: por su sencillez, por su humildad, por su cariño, por su alegría; y en mi caso, porque... ¡me hizo tanto bien!
Éramos un grupo de amigas de varias edades, que hacíamos lo mismo que las jóvenes de nuestra época: estudiábamos, charlábamos, paseábamos y nos divertíamos en las fiestas de San Abundio. Y así, en la vida normal y corriente de este pueblo, junto a María Ignacia, fui acostumbrándome a ir a Misa varios días entre semana, y a querer mucho a Jesús y la Virgen .
María Ignacia iba a Misa todos los días, cosa que entonces, en Hornachuelos, no era frecuente. Se exponía, además, a que la insultaran por la calle. Eran tiempos muy malos.
Pero María Ignacia me animaba con su ejemplo y me fue contagiando su amor a la Eucaristía. La vi rezar muchas veces con los ojos fijos en el Sagrario. Ahora comprendo que allí estaba su fuerza: de allí nacía aquel deseo suyo de llevar a Cristo al mundo entero; aquel desvivirse por todos y aquel cariño que se le traslucía en la mirada.
¡Era tan cariñosa! La estoy viendo todavía por la calle de la Palma, sonriente, con aquel tipo tan bonito que tenía, caminando derecha, erguida, esbelta, con el cinturón por debajo de la cintura, y aquellas faldas de colores alegres que llevábamos entonces... Tenía unos ojos muy vivos, verdes, de un verde oscuro, intenso, con un algo que atraía: transmitían alegría, comprensión, optimismo.
Son cosas difíciles de expresar. A pesar de que han pasado tantos años no he podido olvidar cómo miraba al Sagrario y cómo miraba a los demás. No hacía nada especial —¡era muy sencilla!—, pero su mirada, su sonrisa, te llegaba muy dentro. Era como si sólo con mirar, con sonreír, hablara de Dios...
Eso no significa que se quedase calladita, ni mucho menos. Nunca tuvo miedo a hablar de Dios, ¡todo lo contrario! Era un terremoto. Además, era una mujer de carácter, que valía mucho: hablaba con gracia, con finura, con tacto, pero con pasión. Y procuró acercar a Dios a todos, especialmente a sus amigas y a las hermanas de sus amigas, que tendríamos, por aquel entonces, doce, catorce o quince añillos.
Nos gustaba estar con ella. Disfrutábamos mucho en su compañía, porque era muy divertida. Tenía el don de entusiasmarnos. Era culta, ingeniosa, positiva, muy extrovertida, alegre, divertida... con mucho salero y con mucha gracia, como buena andaluza; y además, con una gracia especial para llevarnos a Dios.
A las más pequeñas nos trataba conforme a nuestra edad. Por ejemplo, por las Navidades hacía un belén y dejaba todas las luces apagadas. Nos tenía en vilo hasta la medianoche del 24; entonces encendía las luces, y entre villancicos y panderetas —recuerdo que cuando estuvo trabajando en Priego me trajo una pandereta de regalo—, en un clima de alegría, nos iba contando la historia de Jesús.
Tenía un alma grande. Vibraba con toda la Iglesia. Me hablaba de los niños de la China, de Africa, del Japón...
—Hay que rezar mucho —me decía— por esos niños que no conocen a Dios y están sin bautizar...
Y me animaba a enviar algún donativo. ¿Qué daría yo? Tres o cuatro realillos como mucho... Pero de ese modo —ahora me doy cuenta— me fue enseñando a ser generosa y a ensanchar el corazón.
Estas cosas pueden parecer insignificantes, pero no lo son: hizo una siembra cristiana intensa, formidable, entre la juventud de este pueblo. Una siembra de amor a la Iglesia, a los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, de amor a la Eucaristía... Una siembra profunda porque yo, desde entonces, he venido rezando por esos niños sin bautizar ”.
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