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María Ignacia García Escobar
José Miguel Cejas

Capítulo: Valdelasierra

1930


Atardecer
Son los últimos días en Hornachuelos. María Ignacia contempla desde la baranda de su azotea la planicie inacabable de la campiña, verde y azul. Quizá no vuelva a contemplar nunca este paisaje de peñascos y olivos en el que ha rezado y ha soñado tanto. ¿Qué sueños son ésos? Los sueños de alma cristiana: llevar a Cristo a todas las gentes; a tantas naciones de Europa, de África, de América y Oriente; a la humanidad entera. Le gustaría...
Sí; a ella le gustaría hacer una siembra cristiana en todos esos países, pero ¿qué puede hacer, enferma como está? Rezar. Sabe que la oración todo lo puede. En un breve escrito, que titula Atardecer, expresa su afán de mies, su deseo de llegar a miles de almas:
Es una hermosa tarde del mes de marzo, de esas que pregonan a grandes voces que la primavera se aproxima. El cielo está limpio de toda nube; la temperatura es muy agradable; el sol se despide de nosotros bañándonos con sus últimos rayos; los pajaritos elevan mi alma al Cielo con sus incesantes cantos a su Creador; el campanillo de la Capillita del pueblo llama una, dos, tres, muchas veces a todo el vecindario...
Los pajaritos, el sol, la campana...: lugares comunes de la literatura romántica. Pero María, en contra del fatalismo romántico, no desea morir. Acoge la muerte si Dios la quiere, que es algo distinto. Aunque le cuesta, acepta la decisión de su familia, que, haciendo un considerable esfuerzo económico, ha determinado que vaya provisionalmente a un sanatorio de Madrid para reponerse, mientras le conceden plaza en el Hospital del Rey.
¿Qué le esperará allí, en un hospital de tuberculosos, tan lejos de esta casa, de esta tierra, de este mundo que ama profundamente? Su vida ha transcurrido siempre en este entorno de serranías y paisajes abiertos, entre parientes y amigas, trabajando en las tareas de la casa o en Priego, y disfrutando con la literatura y la escritura...
En estas líneas de despedida le agradece a Dios haber podido gozar de tantas maravillas:
Yo, contemplando el hermoso panorama que se divisa desde la azotea de mi casa de este pintoresco pueblecito, alabo una y mil veces al Divino Hacedor, que tantas maravillas ha creado para servicio de nuestro cuerpo y en recreo de nuestros sentidos.
Él haga que cuantas personas en el mismo existimos y existan en adelante no usemos de las cosas de esta vida solamente con miras humanas, sino que, sirviéndonos ante todo para levantar nuestro espíritu al trono del Señor, gocemos en esta vida de una gloria anticipada .

En la sierra de Madrid
Llega a Madrid. En otras circunstancias, una visita a la capital hubiera sido un acontecimiento gozoso: allí estaba el famoso Paseo del Prado, los tranvías, el Museo de Pinturas, los Altos del Hipódromo... Pero ahora, cuando baja del tren en la estación de Atocha, enferma y débil, lo único que desea es llegar cuanto antes al Sanatorio.
El Sanatorio de Valdelasierra, donde le han indicado que aguarde hasta poder ingresar en el Hospital del Rey, está en Guadarrama, un pueblecito a 48 kilómetros al norte de Madrid. Se dirige enseguida para allá, convencida de que este tiempo de espera será para ella “un prolongado tormento” .
Llega al pueblo. Le dicen que el Sanatorio está a un kilómetro, a la derecha de un camino polvoriento. Al verlo, se queda desconcertada.
En primer lugar, porque no parece un sanatorio. Al menos, como ella lo imaginaba, como un edificio anónimo de largos corredores con un ambiente entre sórdido y melancólico. Su nueva residencia, por el contrario, tiene el aspecto de un balneario veraniego. Los enfermos se alojan en varios chalets de dos plantas, junto a una espaciosa avenida de tierra, bordeada por castaños, fresnos, acacias y plátanos .
No imaginaba tanta belleza en este lugar, que califica de “sitio muy delicioso”. Contempla, extasiada, los “azules montes del ancho Guadarrama” que cantó Machado en sus versos. La Peña del Cuervo, el Montón de Trigo, los Siete Picos... Es un paisaje recio y hermoso, de riscos y ensenadas, de bosques de pinos y farallones de piedra. ¡Y ella, que pensaba, como el poeta castellano, que se iba a encontrar con una triste “mansión de noche larga y fiebre lenta”!
El Sanatorio era, según los folletos informativos, una “Residencia para enfermos de las Vías Respiratorias. Magnífica situación. 1500 metros de altura. Clima muy seco. Confort.
¿Confort? Realmente, el director del Sanatorio, Santiago Martínez Cereceda, hace lo que puede. Pronto comprueba María Ignacia que hay tanta buena voluntad como falta de medios y que no existen los “adelantos de la ciencia”. Cuando fallece un enfermo llaman a Rosa, una mujer del pueblo, que es la única que se atreve a trasladar los cadáveres de los tuberculosos. Rosa se los carga a la espalda y se los lleva por el camino, sorteando zanjas y charcos, desde el Sanatorio hasta la iglesia del Cementerio Viejo .
“Morían muchos”, recuerdan los vecinos del pueblo . Esto provoca una fuerte tensión interior en muchos enfermos. Cualquier mínimo contratiempo se convierte, para algunos, en una explosión de rabia y rebelión. A otros la cercanía de la muerte les lleva a un atolondramiento frívolo, o a la tristeza.
María Ignacia procura consolar en lo que puede a las nuevas amistades que va haciendo. Les anima; pronto sanarán y se repondrán del todo; no como ella —piensa—, que intuye en su alma su muerte cercana. Como le dice al Señor en su poema A mi llegada al Guadarrama no ha ido allí para recobrar la salud, sino para cumplir tu Santa voluntad .
Pero, ¿está buscando realmente la voluntad de Dios? Sí, concluye, tras examinar su alma, porque ve que todo lo que padece le produce alegría” . La alegría es el signo decisivo: la manifestación exterior del verdadero amor cristiano.

Pruebas de amor
Pero la causa principal de su gozo durante estos meses entre las montañas del Guadarrama es su trato con la Eucaristía . El Sanatorio cuenta con una pequeña capilla, donde puede acudir a cualquier hora para acompañar a Jesús Sacramentado .
Esto convierte al temido Sanatorio en “un sitio muy delicioso”. “¡Cuánto amor me has demostrado!”, exclama en su oración, deseando contagiar a todos ese amor .
Hace buenas amigas, como Pilar y Mercedes Archiva de la Hoz, dos maestras jóvenes, “muy educadas, agradables, un poco tímidas”, hijas de un catedrático del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, que dejan pronto el Sanatorio. “La lesión era muy leve y enseguida se curaron” .
En Valdelasierra está internado también un sacerdote de 27 años, don Juan Martínez Montón . Es un hombre de gran bondad, finura espiritual y preparación teológica. La estrecha convivencia entre los enfermos hace que pronto se conozcan detalles de su biografía. Don Juan había ingresado muy joven en el Seminario de Cuenca. Luego se trasladó a Roma, donde se había ordenado sacerdote pocos años antes. Pero había caído enfermo de tuberculosis y el obispo le había enviado a un pueblo de la serranía de Cuenca, para ver si mejoraba. Al agravarse su enfermedad había tenido que venirse a este sanatorio
La dirección espiritual y los consejos de este sacerdote, enfermo como ella, ayudan mucho a María Ignacia. Le agradece vivamente a Dios que lo haya puesto en su camino . Gracias a su “diestra mano” y a los consejos que le da, escribe tiempo después, “aún más que mi enfermedad mi espíritu se alivió” .
¿Podré olvidar mientras viva
Mi estancia en Valdelasierra?
No sé. Hasta el día de hoy,
Recordarlo me consuela!
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