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María Ignacia García Escobar
José Miguel Cejas

Capítulo: José María Somoano

16.VII.1932


Un sillar oculto
El Fundador había escrito en sus Apuntes personales cómo debían ser los cimientos del Opus Dei.
“En ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto. Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también” .
En estos primeros meses de 1932 Josemaría Escrivá contaba ya con algunos cimientos. Jóvenes profesionales como Isidoro Zorzano, un ingeniero nacido en Argentina; estudiantes como Juan Jiménez Vargas; o sacerdotes como José María Somoano, el capellán de la Enfermería del Hospital del Rey.
José María Somoano se había ordenado sacerdote cinco años antes. Habían sido cinco años marcados por la Cruz, como la vida de María Ignacia. Poco después de ordenarse sacerdote las autoridades militares le habían enviado a Alcazarquivir, al sur del Protectorado de Marruecos, donde ejerció su ministerio en un antiguo hospital de sangre.
Tras esos duros meses africanos había estado en San Mamés, un pueblo de la “sierra pobre” madrileña, entre gente de talante huraño que ni respeta al sacerdote ni le quiere, que le calumnia y le hace pasar horas amargas, que no quiere rezar y sí blasfemar .
El párroco anterior, amigo suyo, había muerto a causa de las horas amargas que había pasado entre aquellos parroquianos. Le habían enterrado en el propio pueblo, pero Somoano no encontró su tumba porque sus parroquianos no se habían preocupado siquiera de señalar el lugar con una lápida o una cruz.
Luego había trabajado como capellán en el Asilo Porta Coeli, con los golfillos de Madrid. Los golfillos eran “niños de la calle”, muchachos abandonados sin instrucción alguna, a los que se intentaba enseñar un oficio junto con una formación cristiana.
Y ahora, en este quinto año de su sacerdocio, estaba padeciendo en carne propia las consecuencias de la intolerancia religiosa que se respiraba en el Hospital. Recuerda María Ignacia en su Cuaderno:
fue mucho lo que sufrió, con la entereza de un mártir. Perse-cución, insultos, desprecios, molestias y continuos trabajos, debido a las órdenes dadas por el nuevo Régimen, siempre con la sonrisa en los labios .
Su figura se había convertido en la diana de muchas burlas y amenazas, aunque, como explica María Ignacia,
de todos estos contratiempos, jamás le gustaba hablar y si a ruegos nuestros lo hacía, nos dejaba tan edificadas, que con gus-to hubiéramos sufrido en aquellos momentos cualquier persecución con tal de disfrutar de aquella paz tan envidiable que en él se retrataba.
Un día me atreví a decirle:
—Vd. no me quiere contar nada, pero yo he sabido que en La Ventilla, cuando cruzaba las calles, se han metido con Vd., insultándole cuanto han querido.
Y me contestó:
—¡Bah! no hay que darle importancia a eso. Sólo fue motivo para hacerme entonar al punto un Te Deum... .
Los responsables del Hospital han ido pasando, en las últimas semanas, de una actitud de indiferencia hasta una posición manifiestamente hostil. Su trabajo es inútil, le dicen al capellán; su figura molesta a muchos; es un elemento de discordia para los enfermos. ¡Irse! ¡Eso es lo que tiene que hacer! ¡Y cuanto antes mejor!
¡Irse del hospital —piensa Somoano— precisamente ahora, cuando tantas almas le necesitan, cuando empieza a dar fruto la labor apostólica de los últimos meses!
Le dan, al principio, razones económicas para que se vaya. No hay dinero para pagarle . Pero el capellán sabe que la causa no es ésa. A comienzos de abril comienza a hacer gestiones en las instancias superiores de Sanidad y saca impresiones tan contradictorias como confusas. “En Sanidad quieren que no marche de manera alguna y al mismo tiempo no se atreven a autorizar oficialmente créditos para el sostenimiento mío. Así andamos” .
Mientras tanto, asiste regularmente a las reuniones sacerdotales que ha organizado el Fundador del Opus Dei desde el 22 de febrero de 1932. Acuden también a esas charlas dos antiguos amigos suyos del Seminario: Lino Vea-Murguía y José María Vegas; un sacerdote mayor, don Norberto Rodríguez; y varios sacerdotes jóvenes como Sebastián Cirac.
Esos encuentros semanales con Josemaría Escrivá le dan nuevos bríos espirituales y apostólicos. Sale renovado: el Fundador le contagia su afán de santidad y su deseo de servir a la Iglesia. “Fielmente pegados —había escrito el Fundador del Opus Dei el pasado 9 de enero— al Vicario de Cristo en la tierra —al dulce Cristo en la tierra—, al Papa, tenemos la ambición de llevar a todos los hombres los medios de salvación que tiene la Iglesia, haciendo realidad aquella jaculatoria que vengo repitiendo desde el día de los Santos Angeles Custodios de 1928: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!”
El capellán agradece especialmente este estímulo, espiritual y humano, porque en el hospital su tarea se está volviendo cada vez más difícil. Hay bastantes enfermos, médicos y miembros del personal sanitario, que manifiestan abiertamente su repulsa hacia todo lo cristiano. No hay espíritu cristiano —escribe en sus notas el día 14—. Aquí en el 1º un enfermo no quiere nada con Dios ni con Cristo (palabras textuales). Dios le mudará .
Afortunadamente cuenta entre los enfermos con personas como María Ignacia y Antonia, que están muy contentas, escribe—. Y añade, aludiendo a su entrega en el Opus Dei: No es para menos .
Cada día me convenzo más —anota Somoano el 18 de abril, tras una nueva reunión con Josemaría Escrivá— de la bondad de Dios N. Señor. ¡Cómo premia lo poco que por El se hace! Quiere Dios darme gracias especialísimas y que sea santo y grande. Yo quiero serlo .


24 de abril de 1932. Una nota escrita a lápiz
Un día, las amenazas de expulsión se materializan. El 24 de abril le entregan una nota escrita ¡a lápiz! en la que el Jefe de personal de Sanidad le comunica que el Ministro de la Gobernación, en ejecución de la Ley de Presupuestos, le ha cesado como capellán de la Enfermería.
A partir de entonces —como le había comunicado el Inspector General de la Dirección General de Sanidad a don Luis Muñoyerro en una nota escrita también a lápiz el pasado 20 de abril, en papel corriente y sin membrete— ya no podrán vivir sacerdotes en el hospital.
Se especifican en esa nota una serie de medidas: las religiosas que atienden a los enfermos podrán tener actos de culto, pero para ellas solas, y a sus expensas. Sólo podrán celebrarse misas los domingos, siempre que los gastos no se carguen a los presupuestos del hospital. Y si algún enfermo grave pide la presencia de un sacerdote se deberá avisar a una parroquia cercana.
Al conocer el contenido de aquella nota, un oficio inicuo que contrista a hermanas y enfermos, escribe Somoano, evocando las palabras del Señor: Es necesario que yo me vaya. Y concluye: No creo que esto tenga solución. ¿Acaso viniendo a la Ventilla? .
Los enfermos protestan —anota en su pequeño cuaderno al día siguiente—. No sé qué caso harán.
Es cierto que hay enfermos que protestan, pero son pocos . El hospital está dividido, lo mismo que el país. Muchos enfermos guardan silencio. ¿Miedo? ¿Prevención? ¿Indiferencia? Es difícil saberlo en estos momentos de confusión. Lo cierto es que cuando abandona las salas, unos enfermos le miran con agradecimiento y otros con rencor.
¿Qué puede hacer? Más bien, ¿qué debe hacer? Habla con el Vicario General de Madrid, Francisco Morán, que le sugiere la posibilidad de trasladarse a Los Pinos, una barriada cercana al hospital. Pero, ¿no supone eso, en la práctica, abandonar a sus enfermos? En cuanto se vaya, lo sabe bien, nadie le reemplazará y no está dispuesto a que los enfermos mueran sin los santos Sacramentos .
El 25 de abril por la tarde se reúne de nuevo con el Fundador. Se habla de arreglar lo de la Ventilla. A todos les parece que es la solución más razonable: desde allí podrá atender a sus enfermos, mientras se apacigua la situación.
Acepta el consejo. Pero antes de marcharse del hospital, decide poner todos los medios posibles para quedarse. Una vez fuera, todo dependerá del responsable de turno. ¿Y quién le asegura que no le cerrarán las puertas cuando vaya a atender a un moribundo?
Sigue haciendo gestiones. El día 26 visita Pinos Altos: no es plan. Le plantean otra alternativa. Tampoco resulta factible.
Algunos enfermos le apoyan en público. Sigue el interés grande en que continúe aquí, escribe en sus notas. Pero hay otras personas, sobre todo del personal sanitario, que ya le manifiestan abiertamente su repulsa y su desprecio.
Recibe, por los pasillos y corredores del Hospital, injurias, insultos y amenazas. Estas ofensas hieren su alma. Ante Jesús Crucificado me tranquilizo. – Haz, Señor, que gozosamente lleve tu Cruz .
El 28 de abril va a verle el Fundador. Sus palabras le animan, aunque sigue preocupado. No acabo de recobrar la tranquilidad. ¿Será amor propio herido? El viernes 29, más sosegado, habla otra vez con el Vicario, que le aconseja de nuevo que se vaya a Los Pinos. Pero no acaba de convencerse de la bondad de esta solución: creo que fracasará esto.
“Como resumen de esta semana —anota Somoano el sábado 30 de abril— se puede decir que he perdido mucha tranquilidad, y aunque he hecho las prácticas piadosas, he notado mucha frialdad y falta de virtud. Ha sido un buen termómetro para que no me ilusione. Dios me ha consolado mucho .
El siguiente lunes, 2 de mayo, acude a la reunión semanal con Josemaría Escrivá, que le recomienda que se abandone en las manos de Dios para recobrar la paz. Escrivá dice que Jesús me necesita y que para la tranquilidad mía me conviene postrarme en tierra y estar así en la presencia de Dios 5 ó 10 minutos .
La situación se va ennegreciendo poco a poco —escribe el 7 de mayo—. Parece que éstos quieren llegar, en lo que de ellos dependa, a descristianizar a todos. ¡Dios nos asista, y nos sostenga!
El 10 de mayo se inaugura la capilla del hospital. Algunos enfermos manifiestan su piedad pero, en general, anota, es la frivolidad reina y señora .

Nuevas amenazas
El 14 de mayo le dicen que se vaya, de forma tajante y con malos modos. Me afecta —apunta en su cuaderno de notas—; pero poco.
Vuelven a amenazarle de muerte: Me anuncian la salud para un plazo muy próximo .
No son fanfarronadas. En el hospital existe desde hace tiempo “un nutrido grupo de extremistas que tenían fama de realizar toda clase de hazañas criminosas, arrastrando con ellos a algunos empleados y personal sanitario” .
¿Qué haré? —¡En manos del Señor me pongo para que El haga de mí lo que quiera? —escribe el 15 de mayo.
De todos modos, todavía conserva la esperanza de quedarse. Sabe que Eugenio Vázquez Caballero, el administrador, está poniendo todos los medios para que se vaya, pero hasta ahora no le ha dicho nada directamente.
Habla de nuevo con Morán, el Vicario, que le aconseja por cuarta vez , al ver el cariz que está tomando la situación, que se vaya a Los Pinos.
Se decide por fin, aunque no sabe cómo podrá celebrar Misa los domingos y llevar la Comunión a los enfermos. Algo difícil va a ser .
Al día siguiente, 18 de mayo, la situación parece dar un giro. Precisamente después de estar todo determinado para ir a los Pinos, vuelve a parecer posible quedar aquí o cerca de aquí pero para atender esto. ¡Qué lío! Hay unas cuantas almas santas que no se resignan a quedar sin la S. Comunión e instan a Jesús .
El ambiente —escribe el jueves 19— presagia una pronta revolución religioso-social . Por lo demás, se encuentra interiormente sereno y sosegado. La primera vez que me alegro por contumeliam pro nomine Jesu pati, por haber padecido por el nombre del Señor.
El lunes 23 de mayo charla con el Fundador, que le da un nuevo aliento en su entrega: La Obra de Dios va bien —escribe Somoano ese mismo día—. El tiempo se aprovecha más y el espíritu más se sobrenaturaliza— Hay dos nuevos— ¡Señor, que sean santos y que perseveren! Reza para un amigo suyo, don Juan, para conozca el Opus Dei.
El administrador sigue sin darle un documento escrito de su expulsión, y se van sucediendo las jornadas sin más noticias: Del Hospital nada. Sigue el compás de espera .
No sabe qué resolución tomar. El administrador se encuentra entre dos fuegos, porque hay posturas encontradas en la dirección del Hospital sobre el tema de su expulsión. Y sabe que Vázquez dice algunas cosas sólo para complacer a determinados superiores.
De todas formas, procura actuar mientras tanto con la máxima prudencia, siguiendo las indicaciones que le dan, aunque sin abandonar las exigencias de su ministerio.
Un día del mes de junio, cuenta María Ignacia, una enferma se preparaba para sufrir una importante operación en el pulmón izquierdo, y deseaba comulgar. Le pidió permiso al médico para ir a la Capilla y comulgar pero éste se negó. Al enterarse Somoano se apresuró a llevarle la Comunión y le prometió rezar por ella especialmente durante la intervención.
La llevaron al quirófano. Preguntó varias veces por el resultado de la operación y por la tarde fue a visitarla. Al día siguiente, escribe María Ignacia, “vino a ver como seguía y a alentarla, como siempre, a unir sus sufrimientos a los de Jesús”, y comenzó a leerle la Hora Santa, sabiendo que eso la confortaba.
De vez en cuando interrumpía esta lectura, para preguntarle a la enferma si se fatigaba al oírle; y al contestarle que no, seguía cada vez con más entusiasmo y lleno de caridad su labor. Todos los días siguió repitiendo sus visitas, mañana y tarde .
Estaban en junio, mes en que la Iglesia venera especialmente el Sagrado Corazón de Jesús. Comenzó a dar una serie de pláticas, pero
solamente había dicho la primera cuando dio orden el Director del Pabellón para que no las siguiera y por añadidura no entrara a ver a las enfermas como no estuvieran graves y fuera llamado por éstas.
Este día, como de costumbre, entró a visitar a la enferma de [la] que antes hablo, y la Hermana del piso , toda asustada con las órdenes que acababa de recibir, le mandó salir inmediatamente, obedeciendo al punto. (...) Cumplió esta orden con tal exactitud, que a no ser llamado por una enferma grave, no volvió a venir nada más que los días de confesión, y cuanto cumplía su sagrado deber marchaba enseguida.
Y si alguna enferma de las salas se enteraba que estaba allí y le mandaba entrar para darle algún recado, le contestaba siguiendo su camino: Dígaselo al director .
Seguía confiando, a pesar de todo, en permanecer en el hospital, a pesar de las intrigas de Vázquez: Creo que la cosa le va a salir mal. Hay orden de que no me marche por ahora. Mientras tanto, continúa atendiendo día y noche a los enfermos: Comulgan muchos, mejor dicho, confiesan. No está mal el ambiente espiritual .

3 de junio de 1932. Deja de vivir en el hospital
A comienzos de junio la situación ha llegado a un punto definitivo, y el 3 de junio, fiesta del Corazón de Jesús, deja de vivir en el Hospital, aunque sigo siendo su capellán, recalca en sus apuntes.
Parece que me desenvolveré bien —anota el día siguiente—- y el Hospital y Enfermería quedarán atendidos .
Les ha dado a sus enfermos la promesa de atenderles, pase lo que pase, cada vez que le necesiten. Recuerda María Ignacia:
Un día que estábamos en duda si se marcharía ya del Hospital –le pregunté:
—Padre , ¿tendremos mañana Comunión?
A lo que me contestó sonriendo, a la vez que con firmeza:
—¡Sí! ¡sí! Antes le ha de faltar agua al mar (...) que aquí la Sagrada Comunión .
Se instala cerca del Hospital, en una casa pequeña, la quinta de las Nieves, regentada por dos señoras gallegas. Comienza a atender desde fuera a los enfermos, y tiene la impresión de que los ánimos, tras su marcha, se van aplacando. Parece que la cosa marcha y el querer permanecer contra Dios no puede ser .
El día 11 celebra el quinto aniversario de su ordenación sacerdotal. ¡cinco años! En este tiempo, cuántas gracias de Dios, especialísimas muchas y qué mala correspondencia (...) ¡Dios haga que me enamore de Él!
Dios mío, que sea ferviente —anota el 14 de junio—. Vos sois mi amigo íntimo— ¡Como no os amo más y converso con Vos y Os defiendo!
Cuando todo parece encauzarse, recibe una noticia muy dolorosa. Un hermano suyo ha caído gravemente enfermo. Pide que el Señor le de gracias para que se santifique y se cure si le conviene, y de fuerza a mis padres para soportar este golpe .
El 5 de julio va con el Fundador y José María Vegas a rezar ante una imagen del Sagrado Corazón. Pide intensamente ante las llagas de Cristo por la salud de mi hermano. Su diario concluye contando que un conocido suyo le pide oraciones. Yo estoy necesitado de ellas— Dios sea bendito! .

16 de julio
La noticia corre por el Hospital como un escalofrío.
—A don José María le acaban de internar y esta gravísimo.
Todo ha sucedido de una forma tan rápida que cuesta creerlo. Escribe María Ignacia:
Cuando la ambulancia de este hospital fue a la casa donde se hospedaba para traerle aquí por encontrarse muy mal, cuenta el conductor lo siguiente:
“Cuando yo entré por la puerta del dormitorio de D. José María ¡pueden creer! me dio pena de lo malito que le veía. El pobre quería vestirse algo para salir a la ambulancia y con miles de apuros, lo intentó.
Al darme yo cuenta de ello, le dije: “Ea, Padre; eche a un lado en esta ocasión reparos, y déjese vestir por mí”.
Así lo hizo, y cuando terminé mi faena, me reclamó con interés un crucifijo muy hermoso que tenía allí, para traerlo en su compaña. Se lo dimos al punto comprendiendo que cada uno... ¡tiene que morir en sus creencias!”
Como se ve, aunque este pobre hombre no es gran creyente, alabó el amor de aquel sacerdote a su crucifijo .
Le ingresaron el 15 de julio en una habitación del primer pabellón . Presentaba un extraño cuadro clínico: vómitos sólidos y líquidos de sabor amargo, diarrea, fiebres, afonía...
¿Una intoxicación, quizá?, le preguntó el médico. No; le dijo el capellán; bebía habitualmente agua de Lozoya, y siempre tomaba la leche hervida. ¿Algún contacto físico con un enfermo que hubiese podido dar pie a un contagio? En absoluto, respondió Somoano tajantemente.
¿Entonces? Si no era contagio, si no era una intoxicación producida por un alimento en mal estado, ¿qué podría ser?
Algunos médicos, enfermeras y monjas le dijeron a Leopoldo, un hermano de Somoano, “con mucha reserva, pero sin señalar a nadie, que acaso le echaron algún veneno en el cáliz antes de la Misa, como arsénico o algo parecido” .
Su situación fue agravándose hora tras hora, entre convulsiones, espasmos y sudores fríos. Al día siguiente por la mañana el médico volvió a visitarle.
Era sábado, 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, a la que Somoano tenía tanta devoción.
Continúa —anotó el doctor en la Hoja de Diario Clínico— con vómitos líquidos y verdosos, unos cinco o seis desde ayer. Sigue con molestias de tipo vago simpático; el abdomen está blando y sin defensa muscular alguna; persiste el dolor a nivel del punto apendicular y cístico. El pulso es apenas perceptible, taquicardia intensa.
Indicó el tratamiento a seguir: Espalmagine, 1 c.c.; Atropina y Suero Hayen 300 c.c., y recomendó que le aplicasen hielo sobre la región del hígado.
Su hermano Leopoldo, que le acompañaba, cuenta que “le iba preguntando qué tal se encontraba, pero le costaba mucho hablar. Sólo después de grandes trabajos, con mucha dificultad, lograba decir alguna frase ininteligible y perdía el conocimiento. Y sufría un absceso y otro...
—¿Qué te pasó, Pepe? —le preguntaba yo— ¿Qué te pasó?
—No sé...
Eso era todo lo que acertaba a decirnos. Avisaron a don Josemaría Escrivá, que vino enseguida a visitarle y le animó:
—José María, hay que estar dispuesto a todo. Lo que Dios quiera. Hay que ser valientes .
La visita del Fundador fue forzosamente corta, porque el médico de guardia le dijo que se marchara enseguida, ya que su presencia allí le comprometía.
Antes de dejar el hospital, profundamente apenado, el Fundador le rogó a varias personas —entre ellas, probablemente a María Ignacia— que pidieran mucho por la salud de D. José María, “pues que Nuestro Señor parecía querer conservarle la vida, si con fe se lo pedíamos” .
Anota María Ignacia: “yo no escatimé oraciones, privaciones, vencimientos y cuanto mis fuerzas alcanzaron para ello” .
“Todos estábamos inquietos —recuerda Leopoldo Somoano—. ¿Qué sería aquello? Era algo realmente extraño: vomitaba con frecuencia cuaja-rones de líquido negro, con grandes trabajos; y era raro también que el personal médico no supiera nada de nada” .
“Durante la noche del día 15 estuvimos junto a su cama sin separarnos ni un momento de su lado —evoca Sor María Casado, una de las religiosas que atendían el Hospital—. sor María Galparsoro y yo. Padecía unas pesadillas y unos espasmos terribles. Cuando se reponía un poco, comenzaba a rezar y a invocar al Señor en voz alta. Le daban unas convulsiones y unos espasmos tan fuertes que teníamos que sujetarlo. Cuando se calmaba, nos miraba a las dos y nos decía:
—Qué trabajo, qué trabajo le estoy dando a las dos Marías..
Y volvía a tener vómitos y estremecimientos. Aquello era muy extraño. Yo no había visto nunca nada parecido y estaba convencida de que lo habían envenenado. En cuanto se le pasaba la desazón, volvía de nuevo a rezar, y a invocar al Señor...
Así pasó aquella noche... Y así, rezando, entre dolores y sufrimientos, invocando al Señor y a la Virgen, a las once de la noche del día siguiente, sábado 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, se nos fue al Cielo” .
El día siguiente, domingo, el Fundador llamó por teléfono al hospital a primera hora. Le contestaron diciéndole que volviera a llamar las ocho de la mañana. Celebró la Misa por Somoano: por su alma, si había fallecido; por su salud, si vivía.
Avisó a las dos Comunidades de religiosas de Santa Isabel, para que se unieran a su intención. Al llegar al memento de difuntos, tuvo la corazonada de que había muerto. Cuando terminó de celebrar la Misa recibió una llamada con la confirmación de su presentimiento. Rezó un responso muy impresionado y lloró.
También María Ignacia, que había estado rezando intensamente durante la noche, tuvo un presentimiento parecido. Escribió en su Cuaderno:
Me dormí tarde, sin dejar continuamente de pedir más y más por su salud, si así convenía; pero, a las tres o cuatro horas de quedarme dormida, serían las 3 de la madrugada, desperté y lo pri-mero que se me vino al pensamiento fue él, pero al intentar de nuevo pedir por su salud, una voz interior me decía con toda insisten-cia: reza ante todo las oraciones de difuntos, que es lo que más falta le puede hacer en estos momentos.
Aunque no quería acabarme de convencer de que había muerto, las recé enseguida. Y a las 7 de la mañana cuando la enfermera vino a tomarnos la temperatura, me confirmó que había muerto a media noche.
¿Qué iba a pasar cuando le hicieran la autopsia? Acusarían a éste y a aquel... ¡Las amenazas habían sido públicas y notorias! Pero no sucedió nada, porque cuando vino don Vicente Somoano, el padre del capellán, desde Asturias, se negó rotundamente a que le hicieran la autopsia.
Don Vicente era abogado y trabajaba como Secretario de Juzgado de Arriondas. Por su profesión había tenido que asistir a muchas autopsias, y su corazón de padre se negó rotundamente a que el cuerpo de su hijo tuviera que pasar por aquel trance.
“Poco después —recuerda Leopoldo Somoano—, el Fundador del Opus Dei, junto con otros sacerdotes, asistió al funeral en la capilla y cada uno de ellos rezó un responso. Al día siguiente, estuvo con nosotros, consolándonos. Aunque comprendía la actitud de mi padre, nos dijo que él hubiera sido partidario de mandar hacer la autopsia para demostrar el presunto envenenamiento.
Entonces le contamos que Sor Engracia nos había dicho que había visto y oído a nuestro hermano ofrecer su vida a Dios, durante una visita al Santísimo. Al oír esto, exclamó:
—¡Qué pena de no haberlo sabido antes! Le hubiera disuadido, porque todos le necesitábamos muchísimo .
“El día 18 por la mañana —prosigue Leopoldo— lo llevamos a enterrar al cementerio de Chamartín, (...). Estaba allí el Fundador del Opus Dei y varios sacerdotes amigos de mi hermano, muchos conocidos y gentes del hospital, todos muy afectados y sorprendidos por la rapidez con la que había sucedido todo” .
El Fundador se haría eco, años después, del gran amor de Somoano hacía la Eucaristía. Sólo el pensamiento de que hubiera sacerdotes que subían al altar menos dispuestos le hacía derramar lágrimas de Amor y de Reparación:
“¡Cómo lloró —escribió en el nº 532 de Camino—, al pie del altar, aquel joven Sacerdote santo que mereció martirio, porque se acordaba de un alma que se acercó en pecado mortal a recibir a Cristo!
—¿Así le desagravias tú?”
Pocos días más tarde, don Josemaría estuvo hablando con un eclesiástico, que exclamó refiriéndose al capellán:
—¡Qué santo era!
—¿Lo trató Vd. mucho? —preguntó el Fundador.
—No; pero le vi una vez celebrar la Santa Misa .


¿Cuál fue la causa de aquella extraña muerte? Julio Somoano, otro hermano del capellán, afirma que se dieron un conjunto de circunstancias misteriosas que no se desvelaron nunca .

¡Dará un paso adelante, no lo dudéis!
En los días siguientes al fallecimiento de Somoano, María Ignacia ora y reflexiona sobre los hechos que acaban de suceder. Algunas enfermas hablan con agradecimiento de la ayuda que les ha prestado el capellán en la dirección espiritual. Una comenta:
le pasaba lo mismo que al médico que limpia la llaga del enfermo sin escuchar para nada sus lamentos, poniendo todo su cuidado en hacerlo bien. Sabe que le produce dolor, pero lo que le interesa no es la molestia pasajera que dicho enfermo siente, sino su curación. Igual le pasaba a don José María; daba siempre en la llaga... pero por tanto, siempre también curaba las heridas del alma.
Esa enferma marchó poco después a su tierra, y le contaba a María Ignacia por carta:
Cada vez lloro más y más el Padre tan bueno que he perdido; y lo hago en tal forma que a veces siento remordimiento. Me consuela el pensamiento [de] que desde el Cielo nos alargará la mano siempre que lo necesitemos, ya que en la tierra tantas veces lo hizo. ¡Cuánto, cuánto bien ha hecho a mi alma .
María Ignacia piensa en el Fundador y en el futuro del Opus Dei. ¿Qué sucederá ahora? Escribe el 21 de julio en su Cuaderno:

—Un apóstol menos en la tierra y un santo más en el Cielo.—

El 17 de este mes nos dejó nuestro celoso y santo Capellán para volar Contigo a los Cielos.
Sí, Jesús mío: hoy día hacen mucha falta víctimas de amor a tu Divino Corazón; y ésta ha sido una.
Ha muerto (si muerte puede llamarse al que en su último momento se une a la Vida) en la cumbre de sus sufrimientos.
Porque veía en los enfermos Tu imagen, y por amor a Ti, nada de cuanto por el bien del alma de los enfermos hacía nunca le pareció duro ni difícil. Sufrió en silencio, y siempre con la sonrisa en los labios, abandonos, desprecios, insultos, vergüenzas, y toda clase de incomodidades y dolores.
Dichoso él, que en los momentos en los que era más triturado por el sufrimiento, le abriste las puertas de tu Reino.
Era tu hora, y por tanto, nuestros fervientes ruegos por su salud no han sido escuchados.
Tengo una confianza absoluta, Jesús querido, en que desde el Cielo ha de continuar su apostolado. ¡Qué ganancioso cambio!
A mis hermanos en la Obra de Dios les diré: “¡No tengáis pena! ¡Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis!
¡Qué santo entusiasmo sentía por ella! — Esperemos gratas sorpresas.”
En su limpia mirada se reflejaba un alma sencilla y santa. —¡Con qué candidez y pureza de intención me dijo un día : “Qué bueno... qué grande es Jesús... A veces, le siento junto a mí... Me envuelve su Divinidad... ¡Qué hermoso es escucharle!”
—Así como él te escuchó en la tierra, escúchale Tú en el Cielo, ¡oh Jesús mío!” .

Se cumplió su profecía
A partir de entonces el Fundador se ocupará de los enfermos del Hospital. Al principio acude sólo los martes para confesar. Pero hay tantos que desean verle, que pronto comienza a ir también los sábados . A pesar de su intenso trabajo sacerdotal, que no le deja un minuto libre, le ha dicho a Sor Engracia, la superiora de las religiosas del hospital, que le llamen a cualquier hora del día o de la noche si un enfermo grave pide los Sacramentos .
“Cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos —cuenta una religiosa, María Jesús Sanz— les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos” .
Además, casi todos los domingos y días festivos celebra la Santa Misa. Si hace buen tiempo, públicamente, en el jardín, al aire libre. Y predica la homilía. Supone un acto de audacia y valentía, en vista de lo que acababa de sucederle a Somoano.
Está haciendo realidad lo que Somoano había prometido a María Ignacia antes de morir: antes se quedaría sin agua el mar que los enfermos de aquel hospital sin la Comunión.
Recordando estas palabras, escribió María Ignacia: “Hasta su muerte se cumplió su profecía. Y hoy día, tampoco nos ha faltado” .




—Yo no digo mi canción...
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