María Ignacia García EscobarJosé Miguel Cejas
Capítulo: La intención
Junio 1930 – Abril 193222 de julio de 1930
Regresa a Hornachuelos “de mi mal muy aliviada”. Pero será un alivio pasajero. Muy pronto se ve obligada a regresar a Madrid “por agravarse mi mal”. “También mi hermana ha venido/ Enferma, en el mismo plan” .
Le han concedido por fin a Braulia la plaza que había solicitado en el Hospital del Rey. Pero como Braulia se encuentra mejor y ella empeora a ojos vistas, la familia decide que sea María Ignacia la que ocupe esa plaza tan difícil de conseguir. Braulia ingresará en otro Sanatorio de Madrid, el de Valdelatas.
Viaja de nuevo a Madrid. Pregunta por el Hospital del Rey. No está exactamente en la capital, le dicen, sino en un descampado al norte de La Ventilla, a unos siete kilómetros de la Puerta del Sol. Para llegar hasta allí no hay otra solución que tomar la Maquinilla, un tren de vía estrecha.
Es un martes soleado de julio, sin nubes. Un día apacible y no excesivamente caluroso. Al subir en el tren, comprueba María Ignacia la razón del diminutivo: la Maquinilla no es más que un trenezuelo de tres al cuarto que avanza como puede hacia el extrarradio de la capital, dando empellones asmáticos, entre humaredas y pitidos.
Lentamente, el tren deja atrás los últimos edificios de Madrid. Se adentra luego por unos andurriales, entre viviendas desperdigadas, casas bajas y barrios de chabolas. Un poco más adelante se ve —y se huele— un gran basurero al que acuden los traperos con sus borricos cargados de desperdicios. Junto a la basura, en medio del estercolero, se levantan tinglados y casas de latas. María Ignacia mira compasión a las pobres familias que viven en esas condiciones y a los niños que juegan entre los desechos.
La Maquinilla la deja cerca del Hospital del Rey, que se alza en medio de este secarral árido y triste, como un buque imponente y solitario.
Entra en el edificio. Es un conjunto espacioso y moderno. Rellena los papeles de admisión y logra ingresar. ¡Por fin! .
—Muy bien —le dicen al terminar los trámites burocráticos—. La enfermera le conducirá hasta su cama.
Sigue a la enfermera por los fríos pabellones del hospital. En los dos primeros, le explica, hay enfermos con fiebres tifoideas, bronconeumonía, sarampión, escarlatina, erisipela... El cuarto pabellón es el de los niños . El suyo es el tercer pabellón, el de los tuberculosos, una palabra que incluso aquí se pronuncia con cierta prevención.
Llegan al tercer pabellón. Suben al primer cuarto del segundo piso. Varias enfermas pasean por los corredores.
—Ésta es su sala –le dice la enfermera, que añade, señalándole la cuarta cama:
—Y ésa es su cama.
Este será, a partir de ahora, el marco de su nueva vida: una sala grande, cuadrangular, de altas paredes vacías, con dos hileras de camas metálicas, sin espacio casi para moverse entre ellas. Entre cama y cama sólo queda espacio para una silla. Las ventanas, bastante altas, están abiertas de par en par. Penden del techo unas cuantas bombillas solitarias. Huele a fármacos, a desinfectantes, a ropa lavada con lejía.
Las enfermas de la sala la reciben bien. Da gracias a Dios por encontrarse aquí, en este hospital moderno, con médicos de prestigio, porque sabe que, a pesar del alto número de tuberculosos que hay en España, hasta hace pocos años el país no contaba con un hospital especializado como éste , que funciona sólo desde 1925 .
Sabe también que no hay un tratamiento claro para su enfermedad, salvo las lámparas de cuarzo (rayos ultravioletas) y las curas de aire. Por eso le dicen que al mediodía, después de la comida, haga el tiempo que haga, deberá salir al aire libre con el resto de las enfermas para reposar durante dos horas. Y por la misma razón, haga el tiempo que haga, las ventanas de la sala permanecerán abiertas... .
Pronto hace amistad con el resto de las enfermas. Son mujeres de muy distintas edades: ancianas; madres de familia que han tenido que abandonar a sus hijos; jóvenes que han visto truncada su vida de repente... En sus rostros abatidos se adivina un fuerte sufrimiento interior.
“En el hospital la llamaban familiarmente María” , recuerda Braulia. Una joven enfermera, Josefina Andrés, al verla escribir con frecuencia, le pide que le dedique un poema. María Ignacia accede, aunque le advierte, al dárselo, que no es de lo mejor que ha salido de su pluma.
Este poema muestra las virtudes que María Ignacia valora especialmente. Alaba la abnegación de la enfermera; su solicitud por todos; su delicadeza y su cariño en el trato; su alegría durante las horas de guardia; y especialmente, el cumplimiento de sus obligaciones profesionales. Concluye con humor:
Y conste que con cariño
Le he dedicado estos versos.
Si como versos no valen,
¡Que valgan como recuerdo!
Como de costumbre, procura que las enfermas de la sala —once en total— se acerquen al Señor. Acude a Misa cada día y anima a algunas de sus nuevas amigas a que la acompañen. Afortunadamente, entre las enfermas de su cuarto reina un ambiente cristiano, aunque en el conjunto del hospital, haya, lógicamente, personas de muy diversa manera de pensar.
Pasan los días. En la vida del Hospital encuentra el trato abnegado de las enfermeras y el afecto de sus nuevas amigas; pero también, la grosería, la murmuración, el chisme y la burla. No se sorprende. Sabe que muchas de esas actitudes proceden de la ignorancia y procura no juzgar a nadie. No hay por eso en sus escritos una sola palabra de condena o de crítica hacia esas realidades. Porque ama, comprende; comprende incluso a las que insultan aquello que más ama: “¡Pobres almas! —escribe—. ¡Qué idea más errónea tienen formada de nuestra hermosa Religión Cristiana...!
No se aísla en un mundo interior, falsamente místico, porque, aparte de que su dura existencia no se lo habría permitido, no ha sido nunca una mujer espiritualista. Vive poco pendiente de sí misma, atenta sobre todo a los problemas concretos de las personas que la rodean, convencida de que su amor a Dios debe traducirse en actos de entrega a los demás. Como había escrito tiempo atrás, “fácil es decir a Dios Te amo, pero si esta palabra no va acompañada de la mortificación cristiana es vana y sin fundamento, porque el amor propio lo ocupa todo” .
En las horas de reposo escribe con frecuencia a su familia, a sus amigas, y al director de La Campanilla, que se muestra sorprendido de la actitud hondamente sobrenatural con la que está afrontando su nueva situación. En estas cartas no se refiere a sus dolores, ni al frío continuo que sufre en las salas, ni al chirriar de las camas metálicas, ni a la ausencia total de intimidad, ni a las toses constantes de las otras enfermas, ni al defecto de ésta o a la manía de aquélla. Aspira, como había escrito, a “dar, dar únicamente por dar, sin ocuparnos de la recompensa: porque la vida del amor consiste en darse, en vivir entregado a Dios y al prójimo sin mezquinos cálculos” .
¿Dar qué? La vida le ha ido despojando de todo. Lo único que tiene y que puede transmitir es su amor a Dios. Eso es lo que da, sin caer en un victimismo tristón que lleva inexorablemente a la tristeza.
Pasa mucho tiempo, durante sus ratos de oración, contemplando en la intimidad de su alma el madero de la Cruz. Se une a la Pasión del Señor, a su Sacrificio de valor infinito que reparó las ofensas de todos los hombres, asociándose a su dolor redentor. “Miré a mi Salvador traspasado con los clavos, lo contemplé con amor y hallé que la mortificación era Él; el sufrimiento era Él; y entonces, obrándose en mí una transformación, todo me pareció divino” .
El 15 de marzo escribe a F. Francisco, comentándole algunos aspectos de la vida cristiana en el hospital. Le dice, muy contenta, que todos los jueves, domingos y días de fiesta le traen la Comunión y muchas enfermas de su sala comulgan con frecuencia.
Algunas de sus compañeras matan el tiempo y combaten la rutina de la vida hospitalaria hablando de mil cosas, evitando plantearse la dura realidad de su vida. Charlan de los veraneantes de Santander; de los terremotos de Nápoles; de esas dos señoras que se han atrevido a tripular una avioneta en Getafe...
María Ignacia asume su situación con realismo y sentido sobrenatural. Mira la realidad de frente. Sabe lo que le espera. Ya conoce la dinámica interna del hospital: cuando una enferma se agrava, la trasladan de sala; más tarde se la llevan discretamente a una habitación más pequeña; luego...
Pero, aunque acepte su situación, tiene que reprimir con energía en su interior las protestas lastimeras del “niño mimado” que siente dentro de su alma. “La santidad es fruto de actos enérgicos de amor”, ha escrito. Y no puede evitar que de vez en cuando aflore en su corazón esta pregunta:
—¿Por qué? ¿Por qué todo esto?
Luego, se abandona confiadamente en las manos de Dios sin pedir respuesta. Tiene treinta y cuatro años. Lleva enferma diez. Quizá muera sin saber el sentido último de lo que le sucede. No importa.
Lo importante —piensa— no es saber, sino amar.
Don Lino y don José María
En las conversaciones del hospital, durante las largas horas de reposo en las galerías, al aire libre, se habla con frecuencia del director, el famoso doctor Tapia, un hombre honrado y respetuoso, cuyo nombre significa para muchos la última esperanza de curación. Sale a relucir también la figura de don Pedro Zarco, el jefe del tercer pabellón, tan querido por todos , que se ha dedicado con todas sus fuerzas a la lucha contra la tuberculosis.
Luego están los cirujanos; las enfermeras; los del laboratorio y los practicantes. El hospital es un pequeño mundo: Victoriano, el portero; las monjas; el administrador; los sacerdotes... . En uno de sus escritos evoca la primera vez que le hablaron de ellos, recién venida al hospital.
Sus compañeras le contaron que hacía poco tiempo dos sacerdotes de Madrid habían dado una misión para todos los enfermos y enfermas del Hospital. Uno se llamaba Lino Vea Murguía, y el otro, José María Somoano. Desde que se lo dijeron María Ignacia deseaba conocerlos, hasta que
un día, por fin, vinieron a mi sala; y mientras D. Lino saludaba a las demás enfermas, D. José Mª se paró junto a mi cama y, en unión de otra compañera que conmigo estaba, nos estuvo hablando.
José María Somoano les dijo que debían ver su enfermedad como un don, sin entristecerse porque Dios se la hubiera enviado.
—Mirad: dos niños están jugando en medio de la calle con un fango sucio y asqueroso, y a la vez que sus manitas, se están poniendo los vestidos hechos una lástima. Pasa en esto el padre de uno de ellos por allí; coge a su hijo, le azota, y le hace marchar al punto a su casa. Al otro, no le pone la mano encima, y le deja [que] continúe en el fango. ¡Claro! no es su hijo...
Pues igual ocurre en esto. Vosotras sois hijas predilectas de Jesús y si hoy les azota, es por lo mucho que les quiere .
Estas palabras la impresionaron, y a partir de entonces, siempre que veía a José María Somoano se acordaba del ejemplo de los dos niños de la calle. Esto explica su alegría cuando le dijeron que venía de capellán a la Enfermería del Hospital.
Me alegré en el alma y di gracias al Señor por el beneficio que nos concedía.
¡Cuántas veces, al acercarse a mi cama, me hablaba con el corazón en los labios, de la confianza tan absoluta que debemos tener en la bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor!
Yo le respondía que procuraba tenerla, pues precisamente era lo que más me llevaba a Él: la confianza.
Y a pesar de esto, me seguía repitiendo:
—Pero esta confianza no olvide que tiene que ser absoluta, ¿sabe? .
Lino Vea-Murguía y José María Somoano , son, en este último trimestre de 1930, dos sacerdotes que rondan los treinta años, buenos amigos entre sí desde las aulas del Seminario. Don Lino es un hombre joven y vigoroso, el único hijo varón de una familia muy acomodada de Madrid. Somoano, es un sacerdote de aspecto templado, profundo y recio, el mayor de los doce hijos de un abogado asturiano.
A pesar de sus diferencias de ambiente familiar y de carácter, los dos coinciden en su preocupación por los enfermos y en el celo sacerdotal por las almas. Y en la valentía: porque se necesita ser valiente para atender un pabellón como éste, de enfermos infecciosos, aunque no se llame así. Los dos saben a lo que se arriesgan cuando confiesan a los enfermos del tercer pabellón con el oído pegado a la almohada.
Mayo de 1931
Pasan los meses. La vida en el hospital prosigue su curso lento y monótono, mientras el país atraviesa horas cruciales de su historia. El 12 de abril de 1931 se celebran unas elecciones municipales en toda España. El rey entiende que los resultados constituyen una clara refutación a la monarquía, y decide exiliarse. Se proclama la República.
La actualidad política ocupa más que nunca las conversaciones de los enfermos del Hospital, que pasa a llamarse poco después “Hospital Nacional de Enfermedades infecciosas”. Se habla, se comenta y se discute acaloradamente dentro del marco rígido de un reglamento que los enfermos conocen bien. Todos los días, a las seis y media de la mañana, les despierta, inexorable, la voz de una enfermera:
—Buenos días. Buenos días. Váyanse despertando, que vamos a ponerles el termómetro...
Luego vienen las sesiones con lámpara de cuarzo; a las doce, la comida; más tarde, un bullir de conversaciones durante el tiempo de reposo.
Durante ese tiempo suelen producirse polémicas y discusiones, casi siempre por cuestiones políticas. El panorama político sigue revuelto. El 1 de mayo hay alborotos en Madrid con motivo de la fiesta del trabajo. Los jornaleros piden en Sevilla el reconocimiento de la URSS y la abolición de la Ley de Orden público.
María Ignacia reza por esta confusa situación social, que sigue atentamente. Se acuerda de los suyos, que viven entre Córdoba y Sevilla, en uno de los focos de mayor violencia.
En los días 10, 11 y 12 se produce en Madrid un suceso que hiere profundamente su alma. Se alzan durante tres días sobre el cielo de la capital las humaredas de las iglesias incendiadas. Son tres días de gritos broncos y blasfemias, de burlas con los cálices y los objetos litúrgicos, de disturbios y tumultos...
—¡Han quemado la iglesia de los jesuitas, en la calle de la Flor!
—¡Y la de Santa Teresa!
—¡Y la de los carmelitas descalzos, en la plaza de España, que estaba recién construida!
La prensa va dando noticia, en los días siguientes, de las iglesias incendiadas: la de Bellas Vistas, la del Sagrado Corazón, la de San Agustín, la de Santo Domingo, y muchas otras que han ido ardiendo ante la pasividad de las autoridades .
María Ignacia se pregunta qué puede hacer ella para reparar estas ofensas. ¿Cómo puede desagraviar esos actos de desamor? Con amor, concluye. Y eso es lo que se esfuerza por darle a Dios: amor; amor con obras y en lo pequeño.
Estos sucesos le llevan también a intensificar su afán por acercar a sus amigas a Dios. Escribe en una de sus cartas que precisamente en ese mismo mes de mayo había ingresado en el hospital una joven de 18 años, alejada de Dios, aunque al poco de llegar comulgó.
Luego les dijo, escribe María Ignacia, que “ella no creía en nada. Y añadió que no intentáramos hablarle de ello, porque como estaba completamente convencida a nada daría oídos; antes por el contrario se lo diría a su padre, que le había encargado mucho le avisara si se le obligaba aquí a practicar la religión. Visto esto, y aconsejadas por personas prudentes, determinamos callarnos, no sin añadir la oración continuada al silencio forzoso ”.
9 de agosto de 1931. El Cuaderno
Pasan los días. Va empeorando. Los dolores se vuelven insufribles y un día los médicos dictaminan:
—Hay que operar.
Conoce por primera vez el mármol blanco de la mesa del quirófano, el olor del cloroformo y las penalidades del postoperatorio. Pero en sus escritos sólo hace una breve mención a estos sufrimientos, y de pasada: “Ya sé lo que es una operación de vientre”.
El 9 de agosto decide ir anotando sus experiencias espirituales en un Cuaderno. No quiere hacer un diario íntimo ni nada parecido. No desea hablar de sí misma, sino de Dios, y de su amor a Dios.
¿Por qué escribe entonces? Escribe para rezar, para charlar (así titula el primer escrito: unos minutos de charla interior) con Jesucristo. Escribe porque piensa que esas páginas le servirán para su trato con el Señor. Hay momentos en su oración en los que comprende con especial claridad que debe ser plenamente de Jesús; en esos momentos se inflama de amor, pero luego, en la vida cotidiana, este pensamiento pierde vigor y la presencia de Dios se debilita. La hoguera de su amor corre el riesgo de convertirse en ceniza. Desea que la lectura de esas páginas le ayuden a mantener esa hoguera siempre encendida.
Comienza su Cuaderno con esta dedicatoria:
—A Ti, Jesús mío, dedico cuanto en este cuaderno anote. –Bendícelo, y haz que todo sea para mayor gloria Tuya, y provecho de mi alma.
Ve que su vida se acaba: “sólo me restan unos días...” y se plantea: “¿Procuro aprovechar este breve tiempo que Jesús con tanta misericordia me ha concedido para que del todo me dé a Él?”
Jesús me quiere toda suya... me regatea continuamente mi pobre amor... es a todo un Dios a quien le hago esperar... ¿Y no se me despedaza el corazón a la vista de tan horrenda ingratitud? –Con sólo pensar esto cada hora siquiera un minuto... ¿no me enmendaría?
–Luego entonces, ¿por qué no lo hago?
Continuamente siento en las puertas de mi mezquino corazón fuertes aldabonazos del Buen Jesús recordándome mis promesas... :
Examina la raíz de su falta de correspondencia. “Y yo, ¿cuándo voy a empezar? ¿Cuándo voy a convencerme plenamente de que fuera de Jesús no puedo hallar descanso alguno...? ”
—¿Por qué no soy de Jesús, no de palabras solamente, sino de hechos? ¿Por qué?
Una nueva operación
Los médicos no saben como atajar la tuberculosis peritoneal que se va apoderando lentamente de su cuerpo, y se plantean una nueva intervención. Escribe en su Cuaderno:
Están estudiando mi caso y ya de un día a otro decidirán lo que me han de hacer. Ya sé lo que es una operación de vientre y por lo tanto voy a dar gracias al Señor que tan espléndido es en enviarme beneficios a mí, que tan mal sé aprovecharme. Bendito sea mil y mil veces y Él haga se cumpla en mí su adorable y divina voluntad .
Otra operación... se dispone a soportar nuevas penalidades y sufrimientos, aunque está convencida íntimamente de la inutilidad de esta nueva intervención quirúrgica. Desea curarse, desea vivir. en su actitud no hay fatalismo ni desesperación. Al contrario: porque espera en Dios, tiene la fortaleza suficiente para aceptar su propia debilidad. No ama el dolor por el dolor: lo acepta porque es un don de Dios. Esa operación será una ocasión más —piensa— para asociarse al dolor redentor de Cristo en la Cruz.
Cuando me operaron del vientre, fui a la sala de operaciones convencida de que no me curarían y así ha sido. Dice el doctor que me encuentra una corteza muy dura que me envuelve todo el vientre y además cree tengo adherencias. En fin, que a estas horas están sin saber a punto fijo qué van a combatir...
Mi confianza no está puesta en los hombres. Sé que sufro por Jesús y para Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si Él dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! Con que lo sepa Él me basta .
Mientras tanto, la prensa sigue dando noticias alarmantes de la situación del país. Continúan los disturbios en Andalucía. Desde el 21 al 28 de julio se desata una huelga general revolucionaria en Sevilla, con tantos incidentes que las autoridades acaban declarando el estado de guerra en toda la provincia. En septiembre hay huelga general en Osuna. Más tarde, sucede los mismo en Granada.
El hospital es un hervidero de murmullos, un entrecruzarse constante de miradas oblicuas y tensiones soterradas que amenazan con explotar en cualquier momento. Por las noches, especialmente, las enfermas hablan en las salas de todo lo divino y lo humano: de los maridos, de los hijos... A veces, en esos momentos de confidencia, algunas se derrumban interiormente y no pueden contener las lágrimas.
A María Ignacia también le fallan las fuerzas. Afortunadamente el joven capellán de la Enfermería se desvela por llevar la comunión a todos los enfermos que lo desean, y la Eucaristía la sostiene y la conforta. Ésa es su fuerza. Le agradece a Dios el celo de don José María.
Su celo porque los enfermos no murieran sin recibir todos los sacramentos y amaran mucho a Jesús no tenía límites. Sabiendo que la fuente inagotable del amor de Dios Nuestro Señor es la Divina Eucaristía, nos la traía a sus enfermos siempre que podía; dos veces a la semana nunca nos faltaba, y en las grandes festividades de nuestra Santa Madre la Iglesia, procuraba siempre traérnosla.
Le admira la abnegación constante de Somoano, pendiente de sus enfermos día y noche.
Había días que debido a que por la noche se había levantado dos o tres veces a auxiliar a sus enfermos, se pasaba las 48 horas sin descansar, pues el día lo tenía tan santamente ocupado que nada se reservaba para su descanso.
Pero, a pesar de todo cuanto sufría, cuando a sus enfermos visitaba, llevaba tal alegría en el semblante, procurando distraernos y animarnos a toda costa, apelando muchas veces a sus salidas de buen humor.
Se comprende que su corazón de padre no permitía, por muy triturado que le tuviera, que llegáramos nunca a darnos cuenta de nada, no fuera a causarnos pena. A la vez que por el bien espiritual nuestro, no descuidaba el corporal, interesándose por cuanto nos ocurría, como una madre cariñosa lo hubiera hecho .
Aunque se encuentra cada vez más debilitada, María Ignacia continúa desarrollando un intenso apostolado entre sus amigas. El 7 de octubre de 1931 le cuenta en una carta al director de La Campanilla:
Es muy consolador el ver la conversión de otras que, si antes se negaban y nunca pensaron en darse a Él, llegan luego a amarle, cifrando en esta unión su mayor felicidad. Dejando a un lado otros varios casos, voy a contarle uno ocurrido en mi sala, por el que continuamente doy gracias al Señor .
Y le habla de esa enferma de dieciocho años, alejada de Dios, con la que ha convivido durante los últimos cuatro meses, desde el mes de mayo, sin que diera “muestras ningunas de su parte de variar su opinión”. Estando en esta situación fue un sacerdote a confesar a la sala. María Ignacia le contó su preocupación por aquella enferma y el sacerdote le aconsejó que ofreciera los dolores de su enfermedad para que se convirtiera. Cuenta en su Cuaderno:
Así lo hice en aquel momento, y aunque siguió igual y si cabe peor, pues conti-nuamente nos decía que su fin era matarse, yo seguía recordando mi ofrenda al Buen Jesús con entera confianza.
¡Qué bueno es Dios! ¡Qué grande es Dios! No hacía dos meses de esto, cuando la víspera de Cristo Rey la veo que se dirige al confesionario en unión de otra compañera .
Aquello le produjo una profunda alegría: “¡No sabía si llorar o reír! Jesús, todo bondad y ternura, lo había dispuesto así, para evitarme el trabajo que pudiera haberme dado esto. Quería darme una sorpresita”.
Esa joven recobró la salud y al cabo de unos días abandonó el Hospital, completamente restablecida. No era el primer caso de personas que encontraban a Dios durante aquellos meses de enfermedad, como le contaba a F. Francisco:
Estas escenas se repiten aquí con bastante frecuencia. Y está visto que, ahora más que antes, pese a quien pese, hay almas que aman a Jesús y pregonan a grandes voces su amor y su misericordia .
Pese a quien pese
Corren malos vientos en el hospital para todo lo que tenga que ver con la fe. Día tras día va creciendo el encono y el odio hacia la religión. Las salas y los corredores se han convertido en un campo de batalla ideológico. Se comenta que hay médicos están enfrentados por esta causa , y que entre las enfermeras y los enfermeros hay partidarios de ideologías marxistas, dispuestos a “cualquier cosa” contra todo lo que huela a cristiano.
Quizá lo más prudente, en estas circunstancias, sería callarse. Pero María Ignacia no se deja llevar por planteamientos cobardes, disfrazados de prudencia. Precisamente porque se está librando una batalla, el tiempo urge, y procura hablar con todas sus amistades de Dios. Piensa que debe aprovechar estos contratiempos para ofrecérselos al Señor, como escribe el 5 de noviembre de 1931. “¿De qué nos sirve todo cuanto padecemos —se pregunta—, si no lo aceptamos como venido de la mano de Dios para purificarnos de nuestras culpas? De nada”. Concluye:
Procuremos ofrecer continuamente a Jesús todos los dolores y sufrimientos que nos sobrevengan; y estemos seguros que al llegar nuestra última hora y vislumbrar el premio tan hermoso que Dios Nuestro Señor nos tiene reservado .
Se prepara para una muerte cercana. Ofrece sus dolores por la Iglesia; por el Papa; por su madre; por la curación de su hermana Braulia, enferma desde hace tantos años; por Benilde, viuda y con cuatro hijos pequeños; por sus hermanos; por sus amigas; por sus parientes y conocidos... y también por esa misteriosa intención del capellán, que a veces, al pasar por la sala, se acerca hasta su cama y le pide:
—María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición, no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso, que el fin de la intención que le digo es muy hermoso. No le digo lo que es, porque no puedo, ¿sabe?
¿Un bien universal, que no es de días? ¿Qué habrá querido decir? Debe ser algo verdaderamente importante, piensa, para que el capellán vaya por las salas alentando a las enfermas a ofrecer oraciones y sufrimientos por “su intención”. Muchas enfermas ofrecen sus sufrimientos por ella. Le cuentan que hay una enferma que durante una operación de garganta, al sentir el dolor punzante del “trocar” , exclamó: “¡Por la intención de D. José María!”.
Y esto se repetía con mucha frecuencia. —Una enferma que tenía una tos muy fuerte, exclamaba en medio de ella: “Jesús mío, por la intención de D. José María”. Otras que no tenían apetito y a otras que no les gustaba la comida, se les oía decir: “Por la intención de D. José María, me la comeré”.
En las grandes operaciones siempre recordaban esta intención. La satisfacción que él experimentaba con todo esto no podía por menos que exteriorizarla, dándole las gracias a las enfermas, y animándonos cada vez más a pedir, ¡siempre! ¡siempre! .
Le acechan durante estos días lo que denomina “asaltos del enemigo”. Son, muy posiblemente, pensamientos de tristeza y desaliento, agazapados en los rincones oscuros del decaimiento físico. Esos “asaltos” se presentan sobre todo en los momentos de debilidad. Lucha por combatirlos y acude a la fuente de la esperanza: la Cruz de Jesús. Al contemplar su agonía redentora, recobra la alegría.
Van sucediéndose los meses en cama, las noches de insomnio y las fiebres, que ofrece sin cesar por “la intención de don José María”.
Como en este tiempo fue cuando a mí me dieron comienzo los 6 meses que últimamente he estado en cama y tantas fiebres altas, y continuos dolores en el vientre tenía, se me ocurrió decirle un día:
—D. José María, pienso que su intención tiene que valer mucho porque desde que V. me indicó que pidiera y ofreciera, Jesús se está portando muy espléndido conmigo. —De noche, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor.
Y seguidamente me contestó:
—Siga, siga adelante y no dude, que todo lo merece dicha intención” .
1932. Un nuevo año en el Hospital
En los primeros días de 1932 se suceden las nevadas y el frío intenso. Vuelve a agravarse. Ya no sufre dolores, sino agonías mortales. Se siente desfallecer, y lo que es peor, a la debilidad del cuerpo se suma la del espíritu. Pasa días de desamparo interior, de fatiga y sequedad.
Se entabla en su alma “una terrible lucha”. Anota en su Cuaderno: “Han flaqueado varias veces mis fuerzas, pero con tu ayuda y la de tu Madre Santísima, por fin he logrado vencer”. Termina con esta petición al Señor:
—Aquí me tienes; sólo te pido fuerzas espirituales para permanecer en tu santo amor, y gracia hasta el último momento de mi vida; y envíame mañana y siempre lo que quieras, cuando quieras y en la forma que quieras .
En su oración, al reconsiderar su vida, le asalta la idea de que nunca se ha entregado verdaderamente y del todo a Dios. Escribe el 4 de febrero de 1932, mientras espera recibirle en la Eucaristía:
... Se acerca Jesús... el Jesús que me ama tanto... el Jesús que me ha perdonado tanto... el Jesús que me ha esperado tanto... sin cansarse jamás, a pesar de mis desvíos e ingratitudes... Él es el Dios de la Creación... el de la Encarnación... el del Pesebre... el de la Cruz...
Y yo, ¿quién soy? No acierto a decirlo... soy menos que la nada y sólo sirvo para prometer y no cumplir... Siempre con deseos de darme del todo a Jesús y nunca empiezo...
Es consciente de su situación: “Mi vida va tocando a su fin”. Por eso se hace una pregunta, atravesada por urgencias de amor:
¿Para cuándo voy a dejar el ser buena?
El 7 de febrero amanece sin sol. El cielo permanece cubierto durante toda la mañana. Sólo al mediodía la atmósfera se ilumina y se despejan las nubes. Madrid celebra las fiestas de Carnaval.
Por la noche, algunas enfermas refieren anécdotas jocosas de la cabalgata de Carnaval, que les han contado sus familiares o que han leído en la prensa. Han desfilado por la Castellana, dicen, las comparsas de costumbre; y aunque el alcalde Madrid haya prohibido en un bando las manifestaciones blasfemas, se han vuelto a poner de manifiesto, de forma grosera y zafia, muchas actitudes anticristianas.
No se trata sólo de unas cuantas burlas jocosas o irreverentes. Los recientes desmanes en la capital han demostrado con cuánta facilidad la burla puede transformarse en una tea incendiaria. Aún se ven los muros renegridos de muchas iglesias de Madrid.
María Ignacia hace muchos actos de desagravio, aunque se encuentre interiormente “según una expresión que copia de Conchita Barrechegurren, “como un palo seco” . Pero no protesta; piensa que el Señor permite esa sequedad en su alma para que pueda desagraviar más:
—En tus manos lo tienes. Sufre con la mayor resignación y alegría ese desamparo espiritual en que te encuentras, que Yo soy el que te lo he enviado.
¿No me dices siempre que solamente lo que deseas en este mundo es que se cumpla en ti mi Adorable y Divina Voluntad? Pues ya ves como me adelanto a tus deseos. Cuando tú pensabas comenzar la obra, ya la había Yo terminado.
¿No me dices que me perteneces, que sin Mí no te sería posible la vida, que tu corazón me lo entregas todo sin reserva alguna? Si te entristeces, me retiraré y te dejaré con tus muchos propósitos... ¿Qué prefieres?”
Sabe que la alegría es la mejor manifestación de esa aceptación rendida que el Señor le pide. La sonrisa es su mejor mortificación. Hace este propósito: “Sonreiré estos días en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras enviarme. Todo lo podré Contigo” .
Como mejor te plazca
Comienza la Cuaresma. Años atrás, en Hornachuelos, se esforzaba por vivir este periodo previo a la Semana Santa con un especial espíritu de mortificación, procurando servir a los demás, y luchando por purificar los defectos de su carácter. Muchos viernes se quedaba espiritualmente junto a la Cruz, meditando la Pasión del Señor y sacando enseñanzas para su vida cotidiana. Día tras día, acompañaba al Señor en las semanas anteriores a su Agonía, con ayunos y penitencias. Ahora...
Ahora, piensa, sólo puede ofrecerle sus dolores en la cama de un hospital. Y escribe:
= Miércoles de Ceniza. =
Hoy empezó tu retiro en el desierto, Jesús mío, donde ayunaste los cuarenta días que antecedieron a tu Sagrada Pasión. Yo no puedo acompañarte, mi adorado Jesús, con ayunos ni penitencias, pues ya sabes que estoy en esta cama, sin una hora seguida de descanso... Si con mis dolores puedo hacerte alguna compañía, dispón de mí como mejor te plazca.
Desde luego al despertar esta mañana he visto, mi Jesús, que, ahora como siempre, no me has olvidado. —Desde anoche me encuentro peor..... No tengo nada en mi cuerpo que no me duela.
—Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable sorpresa para hoy.
No sé hacer oración. —Rara vez me mortifico. Soy muy charlatana... ¿Cuándo, así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti?
Al enviarme los dolores me dices: “Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor, aunque sea con una leve mirada al Crucifijo, yo te prometo suplir con ello cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor”.
Este pensamiento la reconforta. Y vuelve a decirle al Señor en la intimidad de su alma:
“Tu amor es solamente lo que anhelo. ¡Sólo tu amor!” .
Su amor a Jesús Crucificado hace que le duelan en carne viva las ofensas, privadas y públicas que recibe Jesús durante estos días. Porque no sólo se le insulta y se ponen trabas a las manifestaciones externas de culto: en la noche del día 10 de febrero un grupo de personas, como informa el diario ABC, había organizado una procesión blasfema por las calles de Madrid
ostentando ornamentos litúrgicos y precedidos de su heraldo, que llevaba una cruz, en la que la salvaje incultura de estos sujetos intentaba simular el divino cuerpo de Jesús, recorrieron las calles de Madrid con cánticos de blasfemia y las más indignantes parodias de ceremonias religiosas. En la plaza del Progreso —según nos informan las personas aludidas— llegó el desenfreno de estos desgraciados a sus exteriorizaciones más escandalosas .
Tres días después, el 13 de febrero, el hospital amanece cubierto de nieve. ¡Nieve! Quizá sea la última vez que vea nevar... Piensa que es una caricia que el Señor le envía y anota, agradecida, en su Cuaderno:
= Una nevada... =
Al despertarnos la enfermera a las seis y media de la mañana para tomarnos la temperatura diaria, mis compañeras gritan con entusiasmo: “¡qué bonita nevada!” Me incorporo en la cama, y por la ventana que junto a ella hay, —como no tiene puertas y día y noche permanece así— puedo al punto contemplar tan hermoso paisaje.
Más que exterior, interiormente me he recreado con este pensamiento: ¿Quién, sino el Todopoderoso, puede hacer esto? —¡Qué grande es el Señor!
—Y este Señor es mi Amado.... el que me regala con sus dones.... el que me acaricia con sus perdones.... el que me llama sin descanso invitándome a reposar junto a la llaga de su divino costado... ¿Merezco yo tanta dignidad? La misma nieve que contemplan mis ojos debo tener en mi corazón cuando no se consume de amor hacia Aquel [al] que todo le debo.
— Derrite, ¡oh Jesús mío! la nieve de mi pecho, y caldéalo con el fuego de tu santo amor. Que si llegan a ver mis ojos otra vez una nevada, me sirva ésta de gratísimo recuerdo .
En el Hospital se sigue hablando de huelgas, manifestaciones, bombas y amenazas. Junto el desorden público y la agitación social, se advierte una fuerte reacción anticatólica en todo el país. El día 15 de febrero aparece mutilada una imagen de la Virgen en la catedral de Sevilla. Es tal el clima de violencia que la mayoría de las cofradías de esa ciudad anuncian que no saldrán a la calle en Semana Santa. Se preparan legislaciones de signo anticristiano.
El 2 de marzo vuelve a empeorar. Los médicos, temiéndose lo peor, ordenan trasladarla de pabellón. Presiente que se acerca el final. Sin embargo se repone y el 4 de marzo escribe en su Cuaderno: “La gravedad del día dos... el cambio de domicilio... el ataque gripal... que sólo Tú (...) sabes los ratos que con él he pasado... ¡Todo, todo ha sido para Ti!”
27 de marzo de 1932. Una carta a Braulia
20 de marzo de 1932. Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa. Vive esos días intensamente, asociándose a los padecimientos de Jesús. “Todos los días de esta semana que ha pasado, en la cual se conmemora tu sangrienta Pasión, he procurado seguir tus pasos, meditando tu amor hasta el fin por mi alma pecadora.... ¡Gracias, Jesús bueno!”
No anota nada en su cuaderno hasta el Domingo de Resurrección, en el que hace un breve resumen de los días pasados.
El Jueves Santo escribí a mi hermanita Braulia felicitándola pues, como San Braulio era el 26 y las cartas a mi pueblo echan tres fechas , tuve que hacerlo ese día.
—Con sus trece años de enfermedad no acertaba qué ponerle. Por fin lo hice, pero como todo fue Tuyo, me place anotarlo aquí:
Querida hermana:
Con esta postal desearía enviarte la salud completa, que es una de las mayores felicidades de esta vida, pero... si yo tampoco la tengo, ¿dónde ir a buscarla? Pues mira, querida hermana, vayamos al Calvario... a los pies de la Cruz de nuestro Divino Redentor... Allí, la encontraremos, no lo dudes. —Jesús nos la compró a costa de su propia vida. —Es la salud del alma; la que vale más que todo el oro del mundo y la que nos deparará una eternidad feliz. Esta vida, que es poca y mala, ¡pasa tan pronto!
No te niego que nuestras enfermedades y contratiempos nos hacen a veces llorar gotas de sangre... pero pensemos, querida Braulia, con toda confianza, que ha de ser éste el billete para nuestra entrada segura en el Reino de los Cielos. ¡Qué alegría! Allí tendrán término todas, todas nuestras penas y dolores. Que el Señor te bendiga en tu día, en unión de nuestra querida madre y hermanos, [te] desea tu hermana que te quiere mucho.
= MIG.
También escribo a continuación los propósitos del día de retiro para que los bendigas y nos concedas la gracias necesarias para cumplirlos:
1º. Confianza absoluta en la misericordia del Señor.
2º Indiferencia completa en todas las cosas, aceptando lo que Jesús me envíe, sea como fuere.
3º Alabar al Señor en todos los sucesos de mi vida, ya sean prósperos, ya adversos; y hacer de ellos la menor referencia posible, sobre todo de los adversos.
4º Cuando sea reprendida, no contestar; y si alguna vez fuere necesario, muy brevemente.
5º En mis dolores y sufrimientos, no dejar nunca de mirar al Crucifijo y besarle con amor.
6º Viviré siempre como si a cada instante fuese a morir.
7º Amaré mucho a la Santísima Virgen, mi Madre.
=Viernes Santo del 1.932.=
Sí, mi adorado Jesús, ya es hora que del todo me dé a Ti. ¡Me quedan aún tantas malas hierbas que arrancar! .
A pesar de la mejoría, continúa sin poderse mover, con fiebres altas y dolores continuos, que sigue ofreciendo por la intención de don José María.