Opus Dei
Ponte al día
Opus Dei: verdades ...
DATOS | DINERO | CRÍTICAS Y SECRETOS | OPUS DEI: ENLACES | FRANCO | LIBROS | LA ESTAMPA | MISCELÁNEA


ÍNDICE

Escríbenos Escríbenos: correo@pontealdia.net

María Ignacia García Escobar
José Miguel Cejas

Capítulo: Lo inesperado

1919 - 1920




1919. Braulia, enferma
“En 1919 —prosigue doña Pepita—Braulia se fue a vivir a Córdoba para estudiar Magisterio en la Normal. Había cumplido los dieciocho años y ya empezaba a ser costumbre que las mujeres hicieran carrera. Las tres hermanas estaban muy ilusionadas y ya hacían planes para cuando Braulia se colocase. Se comprende, las pobres, en la situación económica en la que se encontraban...
Pero poco después Braulia se puso enferma de tuberculosis, contagiada posiblemente por la hija de la dueña de la pensión donde vivía, que estaba tuberculosa y no se lo habían dicho.
Tuberculosis. Ahora la tuberculosis se cura, pero entonces...
Entonces era algo terrible. Nadie quería acercarse a un tuberculoso. Se les consideraba como... como una especie de apestados, como un peligro público, casi. Cuando se morían, había veces que ni siquiera las amistades iban al duelo, por miedo. Y se tiraba o se quemaba todo lo que habían tocado: las cartas, los libros, las sábanas, los cubiertos, ¡todo!
Lo de Braulia fue un golpe inesperado y tremendo para su madre y para toda la familia. Empezaron a visitar médicos... pero no había nada que hacer: la enfermedad no tenía cura ninguna . Los médicos recomendaban “curas de aire” o irse a un sanatorio. ¡Un sanatorio! Eso significaba un dinero que ellas no tenían.
Pero no todo fueron penas en aquel tiempo. Por aquellas mismas fechas, en 1920, se casó mi madre, Benilde, con veintisiete años. Mi padre se llamaba José Herrera y era médico, como he dicho antes.
Se casaron en esta misma casa, en una habitación que hay al fondo, que era entonces un oratorio privado. Los padrinos fueron mi tío Antonio y mi tía María Ignacia.
Nosotros fuimos seis hermanos, de los que murieron dos. La mayor soy yo; luego nació mi hermana Benilde; más tarde mi hermana María —que siempre le tuvo un cariño especial a la tita María Ignacia—; y el último, mi hermano José.
Y ya no sé más cosas de ese tiempo, salvo que ese año en que se casaron mis padres se murió don Fernando y vino al pueblo un cura nuevo, que se llamaba don Lorenzo. A ése sí que le conocí”.

Don Lorenzo Pérez Porras , que llegó a Hornachuelos el 1 de marzo de 1920 era un sacerdote de cincuenta años, de frente despejada y mirada bondadosa, que había regentado hasta entonces una parroquia en Puente Genil, su tierra natal.
“Don Lorenzo —concluye doña Pepita— ayudó a la familia a llevar cristianamente aquella situación tan dura, que se había complicado con la enfermedad de Braulia. Era muy buen sacerdote y trabajó mucho por el pueblo. ¡Quién iba a decir lo que le esperaba!” .


Toda una dama
Muy cerca de la casa de María Ignacia, en la misma calle de la Palma, viven las hermanas Santisteban, Elena y Conchita, muy amigas de María Ignacia y de toda la familia.
“Yo tengo una imagen muy clara de María Ignacia —recuerda Conchita— y me parece que la estoy viendo en su casa, escribiendo a máquina, en una de esas máquinas negras, de teclas muy altas, que se usaban antes, antes de irse a trabajar a Priego.
—Es que tengo que mejorar en el número de pulsaciones –me decía.
No sé exactamente qué hizo en Priego; me parece que estuvo trabajando con una señora que ayudaba a las muchachas jóvenes a labrarse un porvenir... pero recuerdo perfectamente la alegría que teníamos cada vez que venía. ¡Que ya está aquí María Ignacia!
Acudíamos enseguida a verla, porque tenía un encanto... no sé como explicarlo; tenía una personalidad muy atractiva. ¡Estaba siempre tan alegre!”
La temporada que María Ignacia pasó en Priego, un pueblo señorial al sur de la provincia de Córdoba, constituye una de las etapas menos conocidas de su existencia. Doña Pepita, lo mismo que las amigas de María Ignacia, recuerda muy pocos datos, salvo su alegría al verla regresar.
Esos meses en Priego dan la impresión de un breve paréntesis de calma cuando todo parecía arreglarse en la familia. Benilde estaba recién casada; Braulia se reponía de su enfermedad en casa; las deudas eran menos acuciantes.
¿Qué hizo en Priego? Según las fuentes de las que disponemos debió trabajar con doña Carmen Luque Matilla , una señora de buena posición de aquella localidad que tenía desde su juventud la inquietud por ayudar a los niños abandonados, a las jóvenes sin recursos y los ancianos sin hogar.
“Desde pequeña —me contaba Miguel Forcada, pariente de esta señora— doña Carmen se gastaba todo lo que le daban en comprar objetos, mantas y alimentos para repartirlos entre los necesitados” .
Cuando murió su padre, doña Carmen heredó una fortuna con la cual hubiera podido vivir desahogadamente durante el resto de su vida. Decidió entonces poner en marcha, en plena juventud, sus sueños de justicia y solidaridad, contando, fundamentalmente, con la ayuda de sus familiares .
“Se entregó en silencio y con recato (bienes, amor, tiempo e ilusiones) a los demás”, cuentan los que la conocieron, que la retratan como una “mujer de carácter sólido y perseverante, austera y valiente. Toda una dama” .
Uno de los niños abandonados que recogió y educó doña Carmen me contaba que “se conmovía por la gente del pueblo que estábamos en la miseria y pasábamos tantas calamidades. Todo se lo gastó en nosotros. Una vez se enteró que había ocho niños pequeños, hermanos, en Madrid, que se habían quedado huérfanos y se los trajo para acá” .
La iniciativa humanitaria de doña Carmen, en la que colaboraban varias señoras amigas suyas, tenía rasgos de lo que hoy denominaríamos una Organización no gubernamental de inspiración cristiana . Muy posiblemente María Ignacia, diligente y activa, actualizó sus habilidades en mecanografía para trabajar en esa iniciativa y colaboró con doña Carmen realizando trabajos administrativos, como la petición de ayudas a diversas entidades.
Pero por mucho que los afanes caritativos de María Ignacia cuadren bien con los empeños de doña Carmen, su colaboración con ella y su trabajo en Priego permanece, por ahora, en el terreno de la hipótesis. Quizá estas líneas de su cuaderno sean una referencia fugaz a sus meses en ese pueblo cordobés:
Él bendice más la misericordia que el sacrificio. —Veamos en la frente de los pobres escrito este nombre adorable: Jesús, y con todo el amor de nuestras almas, socorrámoslos sin vacilar .
Volver arriba
Enlaces del Opus Dei