María Ignacia García EscobarJosé Miguel Cejas
Capítulo: Una nueva era de amor
9 – IV – 1932Sábado, 9 de abril de 1932
Aquel sábado 9 de abril fue un día de cielo claro y temperatura agradable. Las enfermas del hospital comentaban las noticias del día: la subida del precio del pan; los alborotos de los estudiantes; el incendio de la iglesia de San Julián, en Sevilla; el Estatuto de Cataluña...
Como tantos sábados, don Lino Vea Murguía fue recorriendo las salas del hospital para confesar a quien se lo pidiese. Aquel día estuvo hablando con María Ignacia. Esa conversación cambió su vida.
Don Lino le habló de una realidad nueva que había comenzado en la Iglesia: el Opus Dei, un camino de santidad por medio del trabajo para los cristianos que viven en medio del mundo. Estaba en sus comienzos, y necesitaba el cimiento de la oración de miles de personas. ¡Ésa era la intención por la que pedía oraciones el capellán de la Enfermería!
El Opus Dei. ¡Al fin conocía María Ignacia el contenido de la intención de don José María, por la que llevaba tantos meses ofreciendo oraciones y sufrimientos!
No sabemos en concreto qué más le dijo don Lino. Muy posiblemente le habló del Fundador, un joven sacerdote llamado Josemaría Escrivá, al que había conocido en Madrid gracias a don Norberto, un sacerdote mayor amigo suyo.
Josemaría Escrivá tenía treinta años en esta primavera de 1932. Había nacido en Barbastro en 1902; se había ordenado sacerdote en Zaragoza en 1925; y había fundado el Opus Dei cuatro años antes, el 2 de octubre de 1928.
La labor del Opus Dei con mujeres era aún más reciente: había comenzado dos años antes, el 14 de febrero de 1930. El Opus Dei estaba en sus comienzos. Seguían al joven Fundador varios sacerdotes, algunas mujeres y un puñado de hombres; tan pocos en total que casi se podían contar con los dedos de las manos. Y eran aún menos las personas que habían asimilado con plenitud aquel espíritu que les enseñaba: un espíritu cristiano, de raíces evangélicas, pero que sonaba a nuevo en los oídos de muchos.
Aunque desconozcamos los pormenores de esta conversación, sabemos a ciencia cierta la alegría de María Ignacia, no sólo por haber conocido al fin el contenido de “la intención”, sino por haber descubierto que esa intención era, además, su vocación.
Dios la llamaba al Opus Dei y María Ignacia no dudó en corresponder a esa llamada, hondamente presentida a lo largo de su vida. Dios le hacía ver su vocación —¡qué misteriosos son los caminos de Dios!— cuando el Opus Dei estaba comenzando y ella entraba en la agonía.
¿Por qué Dios la llamaba precisamente ahora? Era una pregunta sin respuesta, un sublime misterio, semejante a aquel impulso interior, tan fuerte como inexplicable, que le llevó a ofrecerle su corazón entero, sin compartirlo con ninguna persona, desde la infancia. No es fácil comprender “desde fuera” estas decisiones íntimas de María Ignacia. Son como aquella música interior, honda y misteriosa, del viejo romance castellano:
Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va.
Sentía ahora como un insospechado amanecer en su alma. ¡Cuántas veces había contemplado, desde las altas ventanas del Añozal, el milagro matutino del amanecer! El sol doraba suavemente los olivos de los montes cercanos; se despertaban los tonos verdes de la campiña y comenzaban a cantar los pájaros... Luego, cuando se disipaban las últimas nieblas, se abrían los horizontes, y se presentía, al Sur, tras aquella llanura interminable, la silueta de Sevilla. Más allá, Cádiz. Y más allá, soñado y nunca visto, el mar.
Esta vocación que Dios le mostraba era... como un amanecer; aún más: como ver el mar de repente, y sentir, de forma inesperada, su brisa fresca en el alma. Pero, ¿por qué precisamente hoy, 9 de abril?
Durante muchos años había aceptado aquel dolor que Dios le enviaba, sin pedir explicaciones. Había acogido su enfermedad sin fatalismos, como un querer de Dios. Como un querer misterioso de Dios. Y Dios le daba ahora la explicación: en palabras del Fundador —al que no conocía todavía— se habían abierto en su vida, y en la de tantas personas, los caminos divinos de la tierra. Y adivinaba ya un panorama apostólico grande, inmenso, como un mar sin orillas.
Poco después, habló con don José María Somoano, que le dijo que él también se había entregado a Dios en el Opus Dei.
No sabemos nada tampoco del contenido concreto de esta conversación entre María Ignacia y Somoano, salvo una anotación del capellán en su cuaderno de notas, fechada aquel mismo sábado 9 de abril. Escribe Somoano que cuando su amigo don Lino le planteó a María Ignacia la posibilidad de entregarse a Dios María aceptó complacida .
Fue algo más que un aceptación complacida. María Ignacia rebosaba agradecimiento y alegría por aquel don inesperado de Dios. ¡Allí, postrada en aquella cama del hospital, desahuciada por los médicos, esperando la muerte, había visto, al fin, la razón de su existencia, su llamada, su vocación!
Ser y hacer el Opus Dei: ése era el último sentido de su vida. Ya sabía, para siempre, quien era ella; más bien, quién debía ser, quién quería Dios que fuera: el cimiento escondido de un gran edificio sobrenatural. Intuía que no llegaría a ver construido ese edificio en esta tierra, pero ya lo contemplaba en su alma con los ojos de la fe.
Aquella enfermedad —lo comprendía ahora con luz nueva— era su trabajo, su instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios. Su dolor, unido al de Jesús, serviría para allanar los caminos divinos de una muchedumbre de hombres y mujeres, que se encontrarían con Dios gracias al Opus Dei.
No sabemos, como hemos dicho, de que hablaron María Ignacia y don Lino en aquella conversación del 9 de abril, pero hay algo que resulta patente leyendo sus escritos: su sabiduría de la Cruz —sabiduría del Amor— le ayudó a profundizar de forma insospechada en el espíritu del Opus Dei, que estaba naciendo precisamente bajo el signo de la Cruz.
Ese mismo día, 9 de abril, le subió la fiebre. Como de costumbre, Dios la bendecía con la Cruz .
El día siguiente, cuando supo la decisión de entrega de María Ignacia, el Fundador propuso a don Lino, a José María Somoano y a otros sacerdotes que le acompañaban que rezaran juntos un Te Deum de agradecimiento a Dios por la entrega generosa de esta mujer, una de las primeras del Opus Dei .
La etapa más gozosa de su vida
María Ignacia reflejó en las páginas de su Cuaderno la gran decisión que había tomado.
— Una nueva era de amor —
El 9 de abril del 1932 jamás podrá borrarse de mi memoria. De nuevo me eliges buen Jesús, para que siga tus divinas pisadas... ¿Qué viste en mí (...) para dispensarme tan señalado favor? —Sé que no lo merezco...
— Confundida y rebosando mi corazón de gratitud, te digo: ¡Gracias, Jesús mío! ¡Gracias por tanta bondad! Te prometo desde este momento, con tu ayuda, ser espléndida en el puesto en que me has colocado, ya que toda la gloria ha de ser para Ti. Dame las gracias necesarias para ello, y no te separes de mí.
—Así una vez más el mundo entero quedará convencido [de] que por muy grande pecadora que un alma sea, no debe temer el ir a Ti, pues con sólo oír de sus labios un “Te amo” salido del corazón, te complaces en designarla como piedra fundamental para tus obras.
—Te repito, conmovida por este nuevo y hermoso favor... ¡¡Gracias Jesús del alma mía, gracias!! .
No tengo palabras para expresar...
Desconocemos la fecha exacta en la que se encontraron por primera vez Josemaría Escrivá con María Ignacia en el Hospital. Muy posiblemente ese encuentro se produjo en los días siguientes..
El Fundador del Opus Dei era entonces un sacerdote de aspecto amable, dinámico y alegre, aunque, como afirma Vázquez de Prada, “para un atento observador, bajo el tinte ligeramente moreno de la piel, se adivinaba, más que se veía, una ascética palidez, que era la huella dejada por el cansancio de prolongadas vigilias y la aspereza de duras privaciones. Su risueña estampa física encubría los rigores de disciplinas y ayunos” .
Su personalidad y sus enseñanzas le produjeron a María Ignacia, como relata su hermana Braulia, una profunda impresión. “Recuerdo oír decir a mi herma-na algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utili-zando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba ins-trumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en Él” .
A partir de este momento María Ignacia conversa frecuentemente con don José María Somoano sobre la Obra. “No tengo palabras para expresar lo mucho que la amaba”, escribe María Ignacia.
Somoano le contó que había decidido entregarse a Dios en el Opus Dei en el mismo momento en que se lo plantearon, igual que ella. Sucedió el 2 de enero anterior. Aquel día, le dijo el capellán, experimentó un gozo tan intenso que por la noche “no pudo conciliar el sueño de la alegría tan grande que sentía”.
María Ignacia le sugirió a Somoano los nombres de varias enfermas amigas suyas, como Antonia, Ángeles y Tomasa, a las que se podría plantear la entrega a Dios en el Opus Dei. . A Somoano le pareció bien; pero le recordó que lo que necesitaban eran “Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino. ¡Almas grandes! ¿Me entiende?” Y cada vez que hablaban de la Obra le decía:
—Hay que cimentarla bien. Para ello, procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito; no nos ocurra lo que a aquel edificio de[l] que habla el Evangelio, que fue edificado en la arena. Los cimientos, ante todo; luego, vendrá lo demás” .
María Ignacia, buena observadora, advirtió la alegría del capellán cada vez que regresaba de las charlas sacerdotales que daba el Fundador. “Cuando volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía”.
Somoano le mostraba algunos escritos con enseñanzas del Fundador y de vez en cuando le decía:
—¡Esto sí que vale! Es hermoso entre todo lo hermoso. Es muy grande doctrina. ¡Cuánto amor divino encierra este librito! .
Siguiendo la sugerencia de María Ignacia, el 12 de abril Somoano estuvo hablando con Antonia Sierra, otra enferma del hospital. Le propuso ser del Opus Dei y la respuesta de Antonia fue también pronta y generosa. Escribió el capellán en su cuaderno de notas: Queda muy contenta igual que María. –Dios no desprecia al corazón humilde y que sufre.
Hay pocos datos sobre Antonia Sierra, una mujer que, como María Ignacia, fue cimiento del edificio espiritual del Opus Dei con su dolor ofrecido a Dios. Pocos años después, durante la guerra civil española, el Fundador se refirió a ella afectuosamente en una carta en la que, para evitar los riesgos de la censura, que controlaba toda la correspondencia, empleó la expresión nieta en vez de hija:
Allá va la dirección de una pobre nieta mía, enferma y pobre y archibuena (...): "Antonia Sierra. Sanatorio Hospital. Villafranca del Cid. (Castellón)". Lleva qué sé yo el tiempo, rodando de hospital en hospital. Si pudierais verla, yo muy agradecido (...).¡Cómo me alegraría si pudierais darle el consuelo de vuestra visita! .
María Ignacia y Antonia Sierra forman parte de las primeras mujeres que siguen al Fundador del Opus Dei. Durante estos primeros meses de 1932 son muy pocas en total: una profesora de colegio, una enfermera, varias empleadas y algunas chicas jóvenes que se reúnen en casa de alguna de ellas o van los domingos a dar catequesis al barrio de la Ventilla .
Josemaría Escrivá, considerando su propia juventud, había decidido confiar la formación de estas primeras mujeres a los sacerdotes que le acompañan, como don Norberto o don Lino. Pero esta tarea se quedó sin hacer .
Durante estos meses van acudiendo al Hospital para visitar a María Ignacia y a Antonia algunas de esas mujeres del Opus Dei. Braulia, que visita con frecuencia a su hermana desde el Sanatorio de Valdelatas, coincide a veces con ellas. Recuerda, entre otras, a Modesta Cabeza y a Carmen Cuervo Radrigales, “que residía en el Colegio de la Asunción, del Patronato Real de Santa Isabel. Era Delegada de Trabajo, cosa insólita en aquellos tiempos en los que no se entendía que las mujeres ocupasen cargos públicos. La última que recuerdo del grupo era Hermógenes, funcionaria de un banco, creo” .
Por su situación, María Ignacia participa muy poco en las labores apostólicas que promueven estas mujeres. Lógicamente lleva a cabo su tarea apostólica sobre todo entre las enfermas del hospital, aunque no se olvida de sus amigas de Hornachuelos, a las que escribe con frecuencia.
Todo por su amor
¿Qué debe hacer para sacar adelante el Opus Dei —se pregunta María Ignacia— enferma, como está? Se da a sí misma la respuesta en un poema:
—Santificarme.
Eso es lo que Dios le pide: santidad, oración, sacrificio. Debe hacer el Opus Dei haciéndose ella misma Opus Dei, por medio de su amor a Dios y su mortificación. Es una vocación de expiación, en palabras del Fundador.
Como no tiene un planteamiento utilitarista de su vida, no se siente inútil a causa de su enfermedad, y menos a la hora de hacer el Opus Dei. Sabe que un empeño sobrenatural debe hacerse, fundamentalmente, con medios sobrenaturales.
Por esta misma razón no se encuentra en sus escritos, en los que expresa con frecuencia su deseo de amar más, ninguna queja por no poder hacer más. Escribe en uno de sus poemas: “—¿Qué me pide Jesús? Purificarme / de los desdenes que a su Amor le hice”.
Sabe que aunque Dios la librara de la enfermedad que padece y pudiera hacer mil cosas y “gozar aquí abajo lo indecible”, su vida sólo tiene un sentido fundamental: buscar la santidad en su trabajo. Y su trabajo es la enfermedad. Éste es su deseo.
—¡Responder a su amor! ¡¡Quiero ser santa!!
Ha comprendido un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei: todos los cristianos, sea cual sea su condición en medio del mundo —sacerdotes y laicos; solteros y casados; viejos y jóvenes; sanos y enfermos— están llamados a la plenitud del amor a Dios, la santidad. “Tenéis que ser santas, pero santas de altar”, recordaba una vez y otra el Fundador a las mujeres del Opus Dei .
Ese afán de santidad empapa la vida de María Ignacia a partir de su entrega en el Opus Dei, y está presente en todos sus escritos y sus cartas. “Supe que pertenecía al Opus Dei —escribe su hermana Benilde— porque ella misma me lo dijo. Me escribía cartas animándome a tener preocu-pación de santidad, y me contaba algunos detalles del Opus Dei” . Braulia resalta el amor de su hermana por su vocación: “Me dijo mi hermana que ella pertenecía a la Obra: que la amaba mucho” .
Doña Matilde, su antigua maestra en Hornachuelos, recordaba también esas cartas en las que María Ignacia le hablaba de la necesidad de buscar la santidad y de su entrega a Dios .
El 7 de mayo María Ignacia se refiere en su Cuaderno a una noticia que había recibido el 19 de abril cuyo contenido desconocemos. Durante las semanas siguientes no escribe nada, hasta comienzos de mayo, cuando se cumple el primer aniversario de la quema de iglesias.
Al evocar aquellos sucesos experimenta un profundo afán de desagravio, y anota:
—En el primer aniversario de tan horrendos sacrilegios, te dedico estas líneas, mi buen Jesús, para si con ellas puedo en algo consolar tu Divino Corazón. Confieso, contrita y avergonzada, que yo he sido la causa de ello.
—Sí, Jesús mío; los pecados de mi vida pasada han echado a tus ministros de tu santa casa; a las vírgenes, de sus claustros; han quemado tus templos, haciéndote salir de tus Sagrarios; y profanado los vasos sagrados en cafés y tabernas... y no contentos con eso, te han arrancado en los colegios de la vista de tantas almas inocentes; y por último, te persiguen por todos lados sin descanso.
Estas líneas reflejan un fenómeno espiritual, propio de las almas muy unidas a Dios, que explicaba San Gregorio Mago en una de sus homilías: “Muchos que en realidad no tienen nada malo sobre la conciencia sienten una profunda compunción, como si todos los pecados del mundo pesaran sobre ellos. Y esto les lleva a privarse de cosas lícitas, a renunciar heroicamente a tantas cosas superfluas, a no permitirse compensaciones de ningún tipo, a privarse de lo que legítimamente estaba a su alcance” . Desde esta perspectiva se entienden estos sentimientos íntimos de María Ignacia:
Estoy convencida de ello, y por tanto, lágrimas ardientes brotan hoy de mis ojos, y aún más que de mis ojos, de mi corazón arrepentido. Con ellas he bañado el Crucifijo que pende de mi cuello, y el pensamiento de la Magdalena ha confortado mi espíritu. ¡Te debo tanto, Jesús querido! ¡Me has mirado siempre con tanta misericordia!
Estas almas, explica San Gregorio, “desprecian lo visible, suspirando ardientemente por lo invisible; están alegres en medio de la desgracia y viven con humildad en todas las circunstancias. (...) ¿Qué son entonces? Yo creo que se les debe considerar santos y a la vez penitentes, porque humildemente expían por los pecados de pensamiento y perseveran siempre en las obras rectas” .
Nada tiene nada que ver este sentimiento de María Ignacia con el sentimiento enfermizo de culpabilidad de algunas personas. Su sentimiento no nace de la angustia sino de un profundo amor de Dios, alegre y sereno, que la lleva a la paz, al desagravio y al abandono.
—¡Qué bueno y qué grande eres, Jesús del alma mía! Si tanto te he agraviado en mi vida pasada, no menos deseo desagraviarte en la presente. Aquí me tienes... no me canso de repetirte que dispuesta estoy a recibir de tus manos lo que quieras, cuando quieras, de la forma que quieras .
Lo que llegará a ser
De vez en cuando María Ignacia recibe la visita en el Hospital de su madre y de su hermana Benilde, que van a verla desde Córdoba. Tanto doña María como Benilde se quedan impresionadas del aliento espiritual que está recibiendo María Ignacia gracias al Opus Dei. ¡Ésa es la causa de la desconcertante alegría que reflejan sus cartas!
“La vocación a la Obra le daba extraordinaria fuerza” —recuerda Benilde —. “Lógicamente quiso que las otras dos hermanas par-ticipáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que había sido una especial gracia de Dios”.
Benilde tenía interés por conocer al Fundador del Opus Dei. Se había quedado viuda y con cuatro hijos pequeños —la mayor, Pepita, tenía diez años— en un momento especialmente difícil. ¿Cómo formarlos cristianamente en medio de aquellas circunstancias sociales tan agitadas? También quería que le hablara del Opus Dei. ¿Podía ella, en el futuro, pertenecer al Opus Dei, como su hermana? Quería hablar de muchas cosas, pero le retraía su timidez natural.
—Si es muy sencillo; vas, te presentas y le dices: Buenos días, Padre. Soy Benilde, la hermana de María Ignacia, y quería hablar con usted de...
—Sí, María Ignacia. ¡Sencillo te lo parecerá a ti!
Al fin Benilde se decidió a visitar al Fundador, y se presentó en su casa sin previo aviso, con un arranque repentino, muy propio de este tipo de caracteres.
“A pesar de no haber concertado la entrevista —cuenta Benilde—, el Padre no me hizo esperar y estuvo un rato conmigo. Me llamó la atención su extremada sencillez y lo alegre que era. Lo que me dijo —breve, concreto— no tuvo desperdicio.
Centró enseguida el tema, que fue exclusivamente espiritual. Más o menos me dijo que podía pertenecer a la Obra y que María Ignacia ya le había explicado las circunstancias en que me encontraba. Me anticipó un poco de cómo podía ya empezar una vida espiritual más intensa, señalándome algunas cosas concretas.
Recuerdo un detalle que me pareció muy significativo: que llevara a mis hijas, con toda libertad —pero que ellas querrían—, a hacer la Visita al Santísimo todas las tardes.
Pepita tenía entonces diez años. Yo me sentía en la gloria cuando hablaba con él y conocerle ha sido uno de los favores más grandes que Dios me ha concedido y del que estoy más agradecida.
Ese primer día se hizo bastante tarde: serían las tres y me pareció que el Padre tenía prisa. Yo también estaba un poco apurada porque tenía a mi madre esperándome en la fonda.
A pesar de ello, al levantarme —transformada— vi una pequeña fotografía suya —no tendría más de veinte centímetros— colocada en una de las paredes y, mirándola, como si pensara en voz alta, dije:
—Este sacerdote, con el tiempo... lo que llegará a ser” .
¿Por qué desconfiar...?
El Fundador le planteó a Benilde la santidad en medio del mundo; en su propio trabajo como madre de familia, y en el estado en que Dios la había puesto: viuda y con cuatro hijos pequeños. Su situación no era un obstáculo para vivir con plenitud la vida cristiana; al contrario, como afirmaba dos años antes, el 24 de febrero de 1930:
Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio .
Haciéndose eco de estas enseñanzas del Fundador, escribe María Ignacia el 19 de mayo en su Cuaderno unas consideraciones con este título expresivo: ¿Por qué desconfiar de ser, con tu ayuda, una gran santa, si todo don de Ti nos viene? Conoce sus defectos, sus limitaciones; es consciente de sus faltas; pero confía en Dios y se abandona en sus brazos.
Como eres tan bueno, echando a un lado todas mis imperfecciones, me invitas [a] que vaya a Ti. ¿Cómo permanecer inmóvil, sin echarme al punto en tus divinos brazos, con entera confianza y amor? Al caer en tus brazos, me introduces dentro de la llaga de tu divino costado; y mi alma, de ese Amor enloquecida, busca un rinconcito en tu Divino Corazón, encontrándome en él borracha de felicidad, y a salvo de los embates de todos sus enemigos.
Y allí me comunicas, con exquisita delicadeza, lo que jamás en libro alguno aprendí. ¡Qué fácil veo entonces el camino de la santidad!
No se plantea la santidad como el resultado de un esfuerzo voluntarista, sino como un fruto de la gracia y de la correspondencia a la gracia:
Tú lo quieres... Tú eres quien forma los santos... Tu poder y Tu sabiduría no tiene límites... ¿Somos nosotros los llamados a escoger los materiales para tus obras? ¡No! Solamente [tenemos que] estar dispuestos a no negarte nada .
Se te conoce tan poco
A medida que pasan los meses, el ambiente del hospital se va enrareciendo cada vez más, y no es raro que surjan discusiones entre sus compañeras de sala, que son ahora mujeres de muy diversas maneras de pensar.
Todo esto es un reflejo de la vida del país, que padece una fuerte presión social de signo anticristiano. Muchos gobernadores y alcaldes han prohibido cualquier exteriorización de la fe, como las procesiones. Otros han cambiando los nombres cristianos de algunas calles. Se ha rebajado a un tercio el presupuesto de los eclesiásticos. A propuesta del Ministro de Instrucción Pública, se ha suprimido la asignatura de Religión en los centros docentes dependientes de ese ministerio. Y han ordenado retirar los crucifijos de las escuelas y hospitales .
María Ignacia, serena y comprensiva como de costumbre, no toma parte en las discusiones apasionadas de sus compañeras, pero, como recuerda doña Matilde, “hacía todo lo que podía por ir influyendo cristianamente” en ellas .
Sabe María Ignacia que muchas de estas mujeres hablan y actúan así por ignorancia: la misma ignorancia que padecía ella antes de conocer a doña Matilde. Por eso escribe el 30 de junio unos comentarios en su cuaderno que titula: “¡Qué pena me da, Jesús mío, al ver que en el mundo se te conoce tan poco!”
Echada en mi silla en la galería de este hospital, oigo a mis espaldas una conversación entre dos almas que aseguran ser cristianas y buenas creyentes, que se me parte el corazón.
No se me oculta lo mucho que se te ofende en el mundo. Sí, Jesús adorado... ¡es tan triste ver el pago que recibes, a cambio de la muerte que escogiste solamente por nuestro amor!
No se comprende que esto ocurra si no es porque no se te conoce. No, Jesús de mi vida: conociéndote, es imposible dejarte de amar. Y no; con un amor tibio, mezquino, pobre, —¡no!— no se te ama hasta la locura , pues dándose cuenta el alma de lo que te debe, y con la bondad y misericordia que te cuidas de ella, sin Ti no quiere la vida; no acierta a respirar sin Ti.
Pero, aunque no se me oculta, como anteriormente digo, el pago que recibes de la mayoría de los corazones, al palparlo tan de cerca, pienso y me digo: ¡Pobres almas! ¡Qué cieguecitas viven en el mundo!
Concluye con una petición esperanzada: “¡¡¡Que vean, Señor, que vean!!!”
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar: