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María Ignacia García Escobar
José Miguel Cejas

Capítulo: La calle de la Palma

1906 -1916




1906. Doña Matilde, la maestra
Corre un vientecillo fresco en esta mañana de diciembre en la que doña Pepita sigue hilvanando recuerdos familiares sobre su tía María Ignacia. A pesar del frío, la azotea invita a quedarse aquí, junto a la baranda, contemplando la campiña a vista de pájaro.
“Hay días claros —me dice— en los que si uno se fija se llegan a ver los campanarios de Estepa, que es un pueblo de Sevilla que está en lo alto, lo mismo que éste. Por eso lo llaman el balcón de Andalucía... A Estepa, no a Hornachuelos.
Pero sigamos. Estábamos en 1905, poco más o menos. Pues bien, al año siguiente, en 1906, mis abuelos se vinieron al pueblo, para que sus hijas pudieran ir a la escuela.
Mi tía María Ignacia tenía entonces diez años y la maestra era ya doña Matilde , que tuvo una importancia muy grande en la vida de mi tía. Porque mi tía había recibido en su casa una buena educación, no voy a negarlo, pero de la fe cristiana sabía muy poquito: lo poquito que les había podido enseñar su madre.
Doña Matilde era una buena maestra: culta, educada, muy buena cristiana... Ella fue la que le enseñó a ser piadosa, con una piedad, ¿cómo lo diría?, seria, profunda, cultivada. No era la fe del carbonero. Por eso digo que doña Matilde tuvo una influencia decisiva. Lo he pensado muchas veces: ¡cuánto bien y cuánto mal puede hacer una maestra!”
La escuela de doña Matilde Vázquez, una maestra de veintitrés años de porte elegante y señorial, tiene, en este lejano 1906, muy pocas alumnas porque, a pesar de los intentos que están haciendo las autoridades para reducir el trabajo infantil , la mayoría de las niñas del pueblo, en vez de ir a la escuela, trabajan ayudando a sus padres en las faenas del campo. No es de extrañar que casi el 80 por ciento de las mujeres de la zona, según las estadísticas de 1900, sean analfabetas .
“Por lo demás —explica doña Pepita— la escuela no le debió suponer, ni a mi tía ni a sus hermanas, demasiado esfuerzo. Decía mi madre, riéndose, que ella había aprendido a leer por ciencia infusa.
Y además de enseñarlas a leer, doña Matilde, les daba clases de labores, de costura, de etiqueta, de buena educación, de doctrina... Así se llamaba entonces al Catecismo: la doctrina. Para hacer la Primera Comunión había que sabérselo de memoria y recitarlo todo de corrido, desde el principio: Todo fiel cristiano/ es muy obligado/ a tener devoción/ de todo corazón/ de la Santa Cruz/ de Cristo, nuestra luz...
Pero después de la Primera Comunión, desgraciadamente, había muchos niños que no volvían a pisar la iglesia hasta que se casaban...
A propósito de esto, no sé yo en qué fechas hizo mi tía María Ignacia la Primera Comunión, porque en 1934 quemaron el archivo de la parroquia y ya no queda nada. En casa no tenemos tampoco ni fotografías ni estampas. Sólo sé que el cura de entonces se llamaba don Fernando , y que era muy amigo de la familia. Vivía en una casa que hay un poco más arriba, en la calle de la Palma”
Don Fernando Laguna regenta en estos primeros años del siglo la parroquia de Nuestra Señora de las Flores, que cuenta con una iglesia hermosa, que para sí querrían muchos pueblos: una iglesia blanca, de una sola nave de tablazón, de estilo mozárabe, con arcos apuntados de inspiración gótica. Don Fernando es un hombre bueno, celoso y respetado.
Respetado por sus feligreses, habría que puntualizar, porque Hornachuelos, como tantos pueblos de España, es un resumen de la sociedad de este tiempo, y se dan aquí, a escala reducida, las mismas tensiones ideológicas y sociales que sacuden a todo el país.
Esas tensiones ponen con frecuencia a don Fernando en la diana de los ataques anticlericales. Lo mismo le sucede a doña Matilde, que procura ser una maestra coherente con su fe. Y es que, para algunos vecinos de Hornachuelos, el cristianismo no es más que una superstición “del tiempo antiguo”; una reliquia del pasado, inaceptable en este nuevo siglo que nos promete tantos adelantos; un manojo de cuentos para viejas y de refranes para ignorantes, como ese refrán de las víboras y los alicantes...
María Ignacia comienza a vivir la vida cristiana en este ambiente donde, salvo para unas pocas personas, la vida cristiana parece reducirse a un conjunto de preceptos, como confesarse y comulgar por Pascua florida, y a tres o cuatro costumbres de la religiosidad popular. Por ejemplo, la subasta del dos de agosto por la noche, tras la procesión de la Virgen.
Es una subasta simbólica que sirve para sostener el culto y la capilla de la Patrona. Hay familias del pueblo que traen regalos —gladiolos, colchas bordadas a mano, palomas, ensartas de diamelas – por los que pujan los vecinos:
—¡Yo doy cinco!
—¡Yo doy diez!
—¡Yo, veinticinco!
Los mozos casamenteros ponen especial empeño en la puja de las ensartas, porque sirven para declararse. Cuando se consigue una, se ofrece a la muchacha en cuestión: si se la cuelga del cuello, está diciendo que sí ...
“Y si no... ¡a esperar al año que viene!” —dice riendo doña Pepita.



1910. De peña en peña

Tras la Primera Comunión, cuando tantos niños se desentienden de Dios, María Ignacia empieza a vivir la vida cristiana en toda su plenitud. Comienza a comulgar con frecuencia y toma una decisión en lo más íntimo de su ser.
No hablará de esto con nadie.
Esta decisión de la infancia acabará marcado su existencia. Años después, cuando escriba sobre esta temprana resolución, la denominará, acertadamente, un misterio sublime.
Por lo demás, en Hornachuelos no se dan grandes cambios durante esta primera década del siglo. En el Casino se sigue hablando de “la pérdida del 98”, de los problemas del campo, de las epidemias, del paro de los jornaleros —que llega a veces a los 250 días al año— o de los últimos atentados terroristas.
El último día de mayo del año seis llega la noticia:
—¡Han tirado un ramo con una bomba tras la boda del Rey!
Año tras año, los sucesos de la historia grande se van entrelazando con los de la historia local y menuda. En 1907 exclama un contertulio del casino, agitando el ABC:
—¡Han matado al Pernales y al Niño del Arahal!
Un gesto caballeresco ha sido la perdición del bandolero. “Dos jinetes bien armados y caballeros en briosos corceles” —escribe el comentarista del periódico monárquico— le preguntaron a un leñador de Villaverde el modo de atravesar la Sierra de Alcaraz. El leñador les contestó amablemente y el bandolero, agradecido, le dio un duro y un cigarro, diciéndole:
—Gracias, buen hombre. Y tome esto para que se acuerde del Pernales... ¡que soy yo!
El leñador acudió a la Guardia Civil y aquel mismo día un tiroteo acabó con la leyenda, que acabaría cantándose en un romance popular que mitificó la figura del bandolero, convirtiéndolo en un benefactor de los desheredados por la fortuna:


Pernales en toda su vida
no ha matado a ningún hombre
que el dinero que robaba
lo repartía entre los pobres.
Los bandoleros, la emigración hacia América, la pobreza, el hambre, las manifestaciones de obreros, los asesinatos... Estas realidades le hacen ver a María Ignacia que la vida tiene también, como la sierra, solanas y umbrías, vegas y castellones. Con un padre agnóstico y una madre creyente, nieta de propietarios acomodados y modestos taladores, hija de un médico y una empleada doméstica, se va acercando al mundo con una visión abierta y comprensiva. Estos rasgos definirán su carácter y su vida.
“Mi abuelo —prosigue doña Pepita— acompañaba a mi tía a todas partes: al paseo, a la procesión y a la feria, porque entonces no parecía conveniente que una muchacha joven se paseara sola por ahí. Se la llevaba a ver los cohetes, a hacer compras a Córdoba, a lucir los vestidos de San Abundio...
Era su preferida, ya lo he dicho; quizá porque tenía un natural muy vivo, sin miedos de ningún tipo. ¡Se notaba que había vivido en el campo! Cuentan que mi abuelo, cada vez que la veía volver después de darse un paseo con sus amigas, con la cara roja y acalorada de tanto correr, le decía:
—Hija mía, te distingo a la legua. El resto de las muchachas van derechitas por la vereda, con miedo a caerse; mientras que tú ¡vas por ahí saltando y brincando de peña en peña!”
Ese carácter decidido de María se puso de manifiesto en un momento memorable de la historia de Hornachuelos: la visita de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.
Hay expectación y curiosidad en el pueblo por conocer a la Reina, cuya imagen sigue unida, en la imaginación popular, a su vestido de novia manchado de sangre. Las gentes se apelotonan en la puerta de la Villa. María Ignacia se pone en primera fila, y al ver a la Reina se dirige hacia ella con desenvoltura, toma sus manos entre las suyas, y le dice:
—¡Pero qué grasiosa é!
Salvo esta anécdota, poco más sabemos de María Ignacia durante estos años. Su padre administra la finca, atiende a algún paciente de vez en cuando y comenta las novedades con sus amigos en el Casino, fundado en 1880 por las fuerzas vivas de la localidad: Carlos de Golmayo, Juan Carrasco, José González, Manuel Cornejo y José Herrera Ariza, entre otros.
“Este José Herrera Ariza es mi padre —me explica doña Pepita—. Era médico, igual mi abuelo, y se conocían mucho. Qué cosas tiene la vida. ¡Quien le iba a decir a mi padre que al cabo de los años...!”
En el Casino se vive pendiente de los toros. Impresiona especialmente la muerte de Lagartijo, que fallece en 1910 a causa de la tuberculosis; y se comentan con pasión las hazañas del Bombita, un torero sevillano conocido de don Manuel, cuya sola mención produce en las tertulias el mismo efecto que su nombre .
Bombita es un torero generoso y altruista que está poniendo en marcha el Sanatorio de Toreros. Goza de una fama merecida de hombre valiente. Dicen que sus amigos, antes de salir a la plaza, en vez de desearle“¡Buena suerte!”, le dicen: “¡Que no sea mucho!”. Y ha dado el campanazo con un manifiesto en el que avisa al respetable que piensa cobrar más por torear Miuras, por los riesgos de esa ganadería.
—¡Miedo! Eso es lo que tiene! —grita un exaltado desde una mesa del casino.
—¿Miedo? —replica otro—. ¡Si lo único que hace es defender los intereses de los toreros!
Tras el inevitable que sí, que no, los socios del Casino van pasando revista a todo el arte de Cúchares, comenzando por los de ayer y acabando por los de hoy: el desaparecido Lagartijo; el Gallo, famoso por sus espantás; el temerario Reverte —el de “¡no te tires, Reverte!”—, o don Luis Mazzantini, aquel medio italiano que aseguraba que “para ser alguien en España hay que ser tenor del Real o matador de toros”.
Por mayo don Manuel lleva a sus hijas a Córdoba para que vean la feria. O las ferias, porque hay dos: la feria de casetas y la feria de ganado, que asienta sus reales en la otra orilla del Guadalquivir y que se parece bastante a la que cantó José María Pemán: una “fantasía/ de comprar y vender y mercar/ entre risas, fiestas, coplas y alegría,/ juntando a la par/ negocio y poesía”.
Negocio, lo que se dice negocio, no se hace mucho, porque Córdoba atraviesa una profunda crisis económica; pero el espectáculo está asegurado:
Y hay un viejo negro, cenceño y enjuto,
que vende globitos:
y el que a dos reales retrata al minuto,
y el que ofrece flores, y el que vende pitos,
y el gitano viejo que olímpicamente,
tratando sus burros, charla, llora y miente
con el gesto grave de un emperador .

Tras pasear por la feria de las casetas, ven el desfile de los caballistas y escuchan tocar las palmas, entre fandangos de Lucena, mudanzas de Cabra, jotillas de Adamuz o peteneras de Palma del Río. Luego don Manuel se va de compras con sus hijas por los callejones cubiertos de toldillos de esta ciudad en la que aún se escucha el recrujir de las calesas y la voz de algún nostálgico que canturrea por lo bajo:
Para matar con gracia
y con punto fijo
era Rafael Molina,
Molina,
¡...el Lagartijo!

1911. No hay quince años feos
“En 1911 mi tía María Ignacia cumplió 15 años —sigue contando doña Pepita—. Dicen que no hay quince años feos, pero es que ella era guapa de verdad. Sin embargo nunca dio que hablar en este pueblo, que es, en eso, pues mire usted... como todos los pueblos.
En ese particular la ayudó mucho doña Matilde con sus consejos. Y tuvo muy buenas amistades. Qué importante es eso. ¡Cuántas veces escribió mi tía María Ignacia sobre las buenas amistades en su Cuaderno!
Entonces muchas de sus amigas se conformaban con ir la Misa del domingo, y gracias. Pero ella comenzó a tomarse en serio la fe desde pequeña, sin importarle ni de Sevilla ni del Guadalquivir, como decimos aquí. Ya de jovencita era muy independiente y con mucha personalidad. No se dejaba influenciar fácilmente. Porque aquí sucede como en todas partes, que en cuanto vas a Misa ya te están criticando y diciendo que si tal y que si cual.
Y precisamente en 1911, cuando mi tía María Ignacia cumplió quince años, vino el Padre Francisco de misión a Hornachuelos El padre Francisco era un capuchino que nos hizo mucho bien. A todos: a las gentes del pueblo, a mis tías, a mis abuelos. Yo le conocí de pequeña. Era un hombrón alto, fuertote, con buen humor y con aquellas barbas largas, larguísimas, que llevaban entonces”.
Fray Francisco María de San Sebastián era en 1911 un sacerdote de treinta años que ejercía su ministerio confesando y predicando misiones por varios pueblos de Andalucía. Tenía buena amistad con don Fernando Laguna, el párroco de Hornachuelos , y según cuentan los que le conocieron, era un hombre muy querido “por su celo y su carácter bondadoso y caritativo” . Tenía tres grandes pasiones: el sacramento de la Confesión, el amor a la Eucaristía y la devoción al Corazón Agonizante de Jesús.
Esta devoción era fruto de su intensa dedicación sacerdotal. Dedicaba muchas horas de su jornada a confesar y sufría hondamente al ver cuántas personas morían alejadas de Dios porque nadie rezaba ellas. ¡Cuántas conversiones habría si hubiese cristianos que pidieran al Señor por esas almas!
Esa inquietud espiritual le llevó a fundar en Sevilla una asociación piadosa para promover la devoción a la Agonía de Jesús , y a dirigir La Campanilla , una publicación popular que María Ignacia leyó desde sus comienzos. En las páginas de La Campanilla el capuchino escribía artículos y comentarios espirituales tan fogosos y ardientes como su carácter. Un botón de muestra:
Dichosos mil veces de nosotros si aparejamos a Jesús una buena morada en el fondo de nuestro corazón. Entonces Jesús se quedará a cenar con nosotros y celebrará su Pascua en el Cenáculo de nuestro corazón y llenará de vida inmortal nuestras almas. Y por fin, comprenderemos, muy a las claras, cómo una sola Comunión bien hecha, basta para canonizar a un alma, para elevarla al más alto grado de perfección .
Según diversos testimonios, María Ignacia comenzó a dirigirse con Fray Francisco desde este año, 1911 . Fue el comienzo de una dirección espiritual que duró hasta 1929, en los que su piedad fue cobrando solidez doctrinal, junto un profundo sentido de amor a la Iglesia. Fray Francisco le ayudó a vivir una intensa vida cristiana y le transmitió la devoción a Cristo agonizante tan enraizada en su alma.


Mayo de 1912. Un retrato para la posteridá.
1912. La vida sigue transcurriendo en Hornachuelos serena y sosegadamente. En las veladas familiares de los García y en las tertulias del casino ya no se habla de Bombita y de Machaquito, balanceándose en las mecedoras de mimbre o agolpándose alrededor de las fichas de dominó. Ahora le toca el turno a dos torerillos que prometen mucho: Joselito y Belmonte.
Aunque no todo son toros, naturalmente. Algunas veces, pocas, la actualidad internacional acapara la atención. Por ejemplo, un día llega una noticia increíble:
—¡Se ha hundido el Titanic!
Pero el interés vuelve a centrarse pronto en sucesos más cercanos, como la comedia que acaban de estrenar los hermanos Quintero, o el último triunfo en Sevilla de Pastora Imperio, que se casó hace poco con El Gallo. Son años felices para María Ignacia, que escribirá años después en su Cuaderno:
¡Qué verdad es que en nuestra juventud todo lo vemos de color de rosa...!
Una de sus grandes aficiones, junto con la escritura, es la lectura. Lee mucho, procurando completar su formación académica, que se reduce, como la de tantas jóvenes de su generación, a las clases de doña Matilde. Se interesa también por conocer buenas obras de espiritualidad.
Explica doña Pepita: “A veces la gente me habla de la buena formación espiritual que tenía mi tía María Ignacia, como si fuera fruto de una formación muy profunda en la familia o en la escuela. Y yo suelo decir que fue ella la que se preocupó desde joven por leer, por cultivarse, por meditar, por conocer a fondo su fe. Si no, hubiera sido una de tantas”.
Es un tiempo también de largos paseos con su prima Conchita . Tiempo de risas, de bromas y fotografías, como aquella que se hizo junto a un grupo del amigas en mayo de 1912, en la que se adivina, bajo un aparente envaramiento, cierta guasa andaluza. Esa fotografía representa —porque es una representación— la ceremonia del té de las cinco. ¡Té, a las cinco de la tarde, en mayo, al aire libre y bajo el sol abrasador de Córdoba!
“Eso fue idea de doña Matilde, seguro —aventura doña Pepita—, que debió llamar a un fotógrafo para hacerse un retrato fino, como los que aparecían en el Blanco y Negro. Están todas endomingadas, con sus delantales bordados. La que está de pie, a la izquierda, es mi madre. Son doce; y es curioso, fíjese, las doce, por un lado o por otro, han acabado emparentando.
Cada vez que veo esa foto me parece que estoy escuchando a doña Matilde mandando y disponiendo, porque como maestra que era, le gustaba mandar. Vosotras, Julia y Rosa , os ponéis aquí, a mi derecha, de pie, sosteniendo las tazas... Y vosotras, Carmen y Conchita , os sentáis en esa mecedora y os quedáis más quietas que una estatua...
Aparecen todas: la que sirve el té es Leandra ; Angelita es ésta del centro; ésta, Bernabela . María Ignacia es la que está de pie, detrás de Angelita , sosteniendo la taza en alto. Y doña Matilde, es esta de la derecha, tan elegante como siempre... Están todas de punta en blanco. No era para menos. ¡Era un retrato para la posteridá!”
Externamente, María Ignacia es una más en este grupo de amigas que aguardan impávidas, conteniendo la risa, el clic y el fogonazo blanco del fotógrafo; pero ha emprendido en la intimidad de su alma, a los dieciséis años, un camino de recia y profunda santidad cristiana.
Para alcanzar esa santidad pone los medios que le aconsejan: oración y penitencia. Y se mortifica con profundo sentido cristiano, sin que nadie lo advierta, siguiendo las enseñanzas evangélicas: “perfuma tu cabeza y lava tu cara” .
Esta búsqueda de Cristo le lleva a una madurez inusitada para su edad, que se manifiesta en sus escritos. Años más tarde revelará algunas etapas de su proceso interior de búsqueda de Cristo, utilizando la tercera persona para referirse a sí misma:
Un alma, animada de grande amor de Dios, sedienta de purificarse los pecados de su vida pasada, emprendió el camino de íntima unión con Él.
—Este alma, en su locura de amor, escogió el más áspero que imaginarse puede. Las mayores mortificaciones eran su más sabroso manjar. Su abandono a la Divina voluntad llegó a tales términos que, sin el menor esfuerzo ni violencia, se inclinaba —o mejor dicho, se doblegaba— a todo cuanto de esta Divina voluntad creía escuchar .

Mayo de 1915. La visita del Obispo
Prosigue doña Pepita: “He dicho antes que mi abuelo Manuel, el padre de María Ignacia, no era un hombre de fe, y es verdad. Eso hacía sufrir a sus hijas y seguramente mi tía rezaba por él. Pero mi abuelo Manuel era un hombre bueno, con respeto hacia la religión. Y con inquietudes espirituales, como luego contaré.
Por ejemplo, no tenía reparo alguno, al igual que mi tío abuelo Antonio, en dejar su casa al obispo, o a Fray Francisco cuando venía de misión al pueblo. Hay una habitación en esta casa que se sigue llamando así: el cuarto del obispo”.
Uno de los obispos a los que se refiere doña Pepita fue Mons. Ramón Guillamet y Coma, que hizo una visita pastoral al pueblo el 16 de mayo de 1915. Llegó a Hornachuelos desde el vecino pueblo de Palma del Río. Se le recibió con grandes honores, aunque haya que situar en sus justas proporciones la entusiasta descripción que hizo el cronista eclesiástico de la visita:
A la subida del pueblo esperan los niños y niñas de las escuelas con sus banderas. Le reciben el cura Sr. Laguna, el Alcalde, Juez, Ayuntamiento, Hijas de María, asociaciones de señoras y caballeros. En la plaza de la Iglesia se despiden los señores de Palma.
Con las solemnidades de rúbrica entra S.E. en el templo, dirigiendo la palabra a los fieles que llenan la iglesia. Visita el Sagrario y baptisterio. Acompañado de las autoridades y del pueblo en masa, con vivas ensordecedores, llega a casa de don Antonio García Durán, donde tiene preparado S. E. su alojamiento.
Lunes 17. —Celebra Misa de Comunión general, en la que toman parte los niños y las niñas de los colegios, las Hijas de María, llegando el número de comuniones a 165.
Fue un día ajetreado. Tras las confirmaciones hubo agasajos con dulces y vino; visitas a las escuelas y al hermoso y bien acondicionado cementerio. Por la noche, nuevos agasajos en casa de los García Durán. Al día siguiente, otra tanda de confirmaciones y encuentros, antes de que el Prelado partiera, como relata el cronista, a las dos y tres minutos .
Cuatro horas después, a las seis y cinco minutos, la comitiva llegó en coche a la finca de Santa María.
Sin pretenderlo, el minucioso cronista pone de manifiesto en su crónica la dificultad que presentaba la atención pastoral de aquellas serranías. Porque al llegar al Cerro de los Rayos el Prelado no tuvo más remedio que bajar del auto y subirse a una mula para proseguir el camino.
Dos horas después, exactamente a las ocho y diez minutos se apean de las caballerías, siendo recibidos al poco rato por el Cura ecónomo señor Astiz, que le recibe con la Cruz y ciriales y capa pluvial. Las cañadas inmediatas retumban con el trueno de los muchos cohetes (...). La calle está iluminada con candiles .

Abandonado y solo
Durante esos años María Ignacia tiene noticia de una iniciativa que ha promovido don Manuel González García , el nuevo obispo auxiliar de Málaga. Es el famoso Arcipreste en Huelva, que había escrito:
¡El Santísimo Sacramento!
Abandonado y pobre le he llamado; ¡que no se alarme vuestra piedad!: voy a explicarme.
Abandonado, digo; y vais a ver hasta qué punto y en qué medida.
Hay pueblos, no creáis que allá entre los salvajes, hay pueblos ¡en España! en los que se pasan semanas y meses sin que se abra el Sagrario, y otros en los que no comulga nadie, ni nadie visita el Santísimo Sacramento; y en muchísimos si se abre, es para que comulgue alguna viejecita del tiempo antiguo.
En esos pueblos, muchos de sus habitantes ni saben ya que hay Sagrario, ni qué es comulgar, y llegan al fin de su vida sin haber hecho la primera Comunión.
Si a esos desgraciados les preguntaseis por la casa de Jesucristo en aquel pueblo, no sabrían qué responderos.
¡Abandonado! y qué mayor abandono que estar solo desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana?
En Hornachuelos don Fernando se preocupa por la dignidad del culto; no se da, ni mucho menos, la triste situación que pintaba don Manuel:
Una lámpara mugrienta, muchas veces dos velas empolvadas de no servir, una reja de goznes enmohecidos, de no girar, y alguna que otra telaraña, he aquí todo el acompañamiento de Jesucristo Sacramentado. ¿Conocéis a algún pobre, algún abandonado en situación más triste...?
Busco con quien compararlo y la única situación que encuentro que pueda compararse con ésta es en la que se vio el mismo Jesucristo en el Calvario.
Pero también en Hornachuelos, como sucede en tantos lugares, son pocas las personas que se acercan habitualmente a la Eucaristía. La cifra de 165, durante la visita del Obispo, no es frecuente, ni mucho menos.
Se crea en el pueblo “la Obra de las Tres Marías”, una de las numerosas asociaciones eucarísticas promovidas en España y América por don Manuel González. Esta asociación promueve que haya mujeres que acompañen a Jesús Sacramentado, como las Tres Marías acompañaron a Cristo en la Cruz, hasta en los Sagrarios de los lugares más apartados.
María Ignacia participa intensamente en esta iniciativa apostólica. Aunque es la más joven de las mujeres de la Asociación, como recuerda su hermana Braulia García Escobar , propaga activamente este amor a Jesús Sacramentado “entre los chiquillos y entre las personas de edad”. Es “increíblemente apostólica”. Sabe poner en juego su simpatía, que es mucha; y su natural frescura, de la que tampoco anda escasa.
—¡Adiós María Ignacia!
—¡Adiós Frasquita! Fíjate tú... hablando del Rey de Roma: ¡que te quería yo comentar un asuntillo que te interesa muchísimo!
—¿Sí? A ver, a ver, cuéntame...
El afán apostólico —uno de los rasgos más acusados del perfil espiritual de María Ignacia— no es el fruto de un entusiasmo pasajero. En María Ignacia los sentimientos se van entrelazando con la reflexión de manera armónica, como esas coronas de jazmines de Arabia, las ensartas, que se subastan en Hornachuelos en las primeras noches de agosto.
—¡Buenos días, doña Rafaela!
—Qué alegría, niña. ¿Qué te trae por aquí?
—Pues nada, que pasaba por la calle y me he dicho: ¡voy a saludar a mi amiga doña Rafaela! Y de paso la invito para que venga esta tarde, que tenemos...
Además de su oración, María Ignacia emplea todos los resortes de su ingenio y de su buen humor para que sus amigas se acerquen a la Eucaristía, porque está profundamente convencida de que “una sola cosa hay que hacer en la noche tan fugaz de esta vida: amar a Jesús con todas las fuerzas de nuestro corazón y salvarle almas para que sea amado” .

1916. Tres hermanas: Benilde, María Ignacia, Braulia
“Las tres hermanas, Benilde, María Ignacia y Braulia, se llevaban muy bien —continúa relatando doña Pepita—, estaban muy unidas y coincidían en muchas cosas, a pesar del diferente modo de ser de cada una.
Por ejemplo, mi madre, que se llamaba Benilde, era más bien callada, discreta, bastante tímida...
Mi tía Braulia, todo lo contrario: alegre, dicharachera... Le gustaba hablar... ¡y hablaba! ¡Ay, cuando tomaba la hebra! Era imparable... La recuerdo cantando por el jardín Flor de té, flor de teeé... Además, era muy habilidosa y se daba mucha maña para las labores.
¿Y María Ignacia? Pues yo la definiría como una mujer de carácter. Segura, abierta, decidida, simpática, emprendedora, ordenada, muy equilibrada. Vestía con sencillez, pero con elegancia. Iba a una modista de Palma del Río, Belén Morales, y tenía buen gusto: el buen gusto de entonces, se entiende. Además, había uno que la pretendía... pero ya hablaremos de eso.
Y en 1916, cuando estaban las tres en la flor de la vida... mi madre tenía entonces veintitrés años; María Ignacia, veinte; y Braulia, quince... comenzaron las desgracias.
La primera fue la muerte de mi abuelo Manuel por una enfermedad de hígado. Todos se quedaron muy sorprendidos, porque cuando entró en la agonía, sin que nadie lo esperase, comenzó a rezar: Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame... pidiendo con todas sus fuerzas: En la hora de mi muerte, llámame/ y mándame ir a Ti...
Cuando pienso en la devoción tan grande de mi tía María Ignacia por la Agonía del Señor... es como si Dios le hubiese querido conceder esa gracia tan especial en la persona de su padre, ¿verdad?
Su padre había vendido la finca poco antes de morirse, y la había repartido entre todos los hijos, que habían quedado, económicamente, bastante bien; pero un pariente nuestro se hizo cargo del patrimonio de la familia y comenzó a llevarlo con mucho desorden. Invirtió las acciones en una empresa; la empresa acabó quebrando y lo perdieron todo.
De la noche a la mañana se encontraron en la ruina.
Esto se dice pronto, pero hay que haberlo sufrido. Mi abuela, viuda, con tres hijas jóvenes y dos hijos pequeños... Fue una buena prueba para las tres hermanas, porque a ellas no les había faltado nunca de nada, y empezaron a saber lo que es pasar humillaciones y no tener de qué vivir.
Y luego estaban las deudas. María Ignacia tuvo que ir muchas veces a Córdoba para ir pagándolas poco a poco, a medida que iban cobrando las rentas. Lo pasó muy mal. De pronto la vida le cambió de color. Del rosa pasó al rojo plomizo, como escribió ella. Pero supo llevar aquella situación tan difícil sin hacer una tragedia, sin hablar mal de nadie, sin rencores, sin que le diera un patofoliche , como decimos en este pueblo”.

Serenidad
“Supo perdonar de todo corazón —comenta Conchita Santisteban, amiga de María Ignacia— a las personas que debían haber ayudado a su familia tras la quiebra. Yo la acompañé, por casualidad, el día que fue para cobrar el arriendo de la finca a casa de un señor, que le dijo que un pariente suyo había vendido la finca sin su conocimiento, ni el de su madre y sus hermanas... Se llevó un gran disgusto, pero no habló mal de nadie.
Una Nochebuena me pidió que le llevara unos mazapanes de regalo a unos parientes. Fue un detalle de gran generosidad y cariño por su parte, porque estaban pasando una situación económica muy difícil y esas personas no se portaban bien con ellas.
—Les llevas estos mazapanes a su casa –me dijo— y les felicitas las Pascuas.
Y añadió sonriendo:
—Si te dan algo para ti, les dices que sí, ¡eh! Y te lo quedas.
Pero no me dieron nada”.

La vida le estaba mostrando a María Ignacia su filo más hiriente y amargo. Podía haberse abatido, pero “no era nada propensa al melodrama”, comenta doña Pepita. Podía haber respondido con el rencor y el resentimiento, pero su respuesta fue “la misericordia, el amor que perdona” .
Tuvo que hacerse violencia: ¡no es fácil perdonar! Luchó para no dejarse arrastrar por el despecho y la rebeldía interior. Por eso aconsejaba:
Seamos fuertes en los momentos en que hasta nuestra misma naturaleza se rebela contra nosotros. —¡De qué paz disfrutamos cuando esto hacemos! Cual la tranquilizadora bonanza que siempre experimentamos después de una fuerte tormenta, así nuestro espíritu se goza en Dios nuestro Señor después de las fuertes y borrascosas luchas sostenidas contra nuestra humana naturaleza .
La experiencia del dolor —la ingratitud, la incomprensión, la enfermedad o la pobreza— lleva a algunas personas al abatimiento; a otras, a una furiosa rebelión contra ese Dios que les hace participar de su corona de espinas. María Ignacia acabó descubriendo el amor de Dios precisamente ahí: entre las espinas.
Yo te buscaba entre las rosas, Jesús adorado, más las rosas callaban; pero me condujiste por medio de acerbas espinas, y escuché tu dulce voz que me decía: “Aquí estoy, hijita mía; no olvides nunca que mi verdadero amante es el que vive en este mundo rodeado de dolor y por encima de él, sabe permanecer en mi amor”. Desde entonces fui feliz .
Aquel año de 1916 supuso un hito en su vida. Evocando este periodo, escribió poco después:
¡Que verdad es que en nuestra juventud todo lo vemos de color de rosa...! Más tarde, a través de los años, es cuando se ve todo tal y como en realidad es.
—Sin embargo... yo os certifico que existe un medio por el cual (...) siempre podemos seguir viéndolo todo de ese delicado color, aunque cuanto se nos presente en nuestra vida sea rojo plomizo, o negro. El amor a Dios nuestro Señor; el cual lleva siempre tras de sí una conciencia serena y tranquila.
Estad seguras que no os equivocaréis ni arrepentiréis jamás.

1917. La rama del romero
María Ignacia se lo había visto hacer a su madre muchas veces. Iban de paseo por el campo y doña María se agachaba con gesto rápido para cortar una rama de romero, porque, como dice el refrán,
El que pasa por un romero
y no corta de él
ni ha tenido amores
ni los va a tener...
¿Y ella...? En 1917 cumplió veintiún años. Era una joven atractiva y de buena posición, con una serena belleza andaluza. ¿Es que no había ninguno en Hornachuelos que pujara por darle una ensarta de diamelas, como a sus amigas, en una noche de agosto?
Doña Pepita explica, bajando el tono de voz, aunque hayan transcurrido ya más de tres cuartos de siglo:
“Sí; había uno que la pretendía. Se llamaba Antonio. Antonio Moya Hidalgo, concretamente, que vivía en una casa por bajo de la nuestra, casi pared con pared. Era comerciante y muy buena persona: honrado, trabajador, formal. Al ver a María Ignacia, con aquella finura, con aquella simpatía, pues... el hombre se debió hacer ilusiones. Es natural.
Pero todo se quedó en eso: en puras ilusiones, porque ella no le hizo ningún caso. Ni mucho, ni poco: ¡ninguno! Ni una conversación tras la reja, ni... ¡Nada! Antonio le debió enviar un mensaje, escrito en un billetito, como se estilaba entonces, por medio de una amiga, diciéndole algo así como
Distinguida María Ignacia:
tendría mucho gusto en que pudiéramos hablar,
si se presentara una oportunidad...
Pero ella no le concedió ni siquiera esa oportunidad. Ni a él ni a nadie. Nunca dio el mínimo pie . Se ve que ya se había decidido por Dios”.
Desde pequeña —escribió María Ignacia— me decía mi corazón que a mi cariño no era posible correspondiera ninguna persona limitada... ¡misterio sublime! Mi alma había sido creada para amar exclusivamente a un infinito Amor .
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