Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Zaragoza
1. EN EL SEMINARIO DE SAN FRANCISCONo sabemos lo que sintió en su alma el joven Josemaría cuando divisó en la lejanía, procedente de Logroño, las altas cúpulas del Pilar, con sus torres erguidas junto a la ribera del Ebro. Quizá resonara en sus oídos aquella vieja oración que solían cantar a coro, al dar las horas, en las aulas colegiales de Barbastro: "Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza". Quizá le evocara algún requiebro mariano de una jota popular.
No lo sabemos; pero es seguro que su corazón latió con fuerza al contemplar la silueta de aquella Basílica entrañable y de aquella ciudad en la que iba a estudiar segundo curso de Teología y donde iba a iniciar una nueva vida –¡tan distinta!–.
Y también es seguro que, como buen aragonés, una de las primeras cosas que hizo al llegar a Zaragoza fue visitar a la Madre de Dios en la Santa Capilla donde acudían –y acuden– a venerarla millares de peregrinos desde tiempo inmmemorial.
Quedaban atrás, definitivamente, los felices días de Logroño, las tardes monótonas del Instituto, los juegos familiares con su hermano Santiago, los paseos con su padre por la Glorieta, y las excursiones dominicales por la carretera de Laguardia, al otro lado del Ebro...
Zaragoza rondaba en aquel año de 1920 los 150.000 habitantes, y era una de las capitales más importantes y populosas del país. Atravesaba un periodo difícil y turbulento de su historia. Se habían producido recientemente numerosos hechos sangrientos: asesinatos en pleno centro de la ciudad, insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que habían provocado la declaración del estado de guerra. Con razón los zaragozanos habían bautizado aquel año como "el año del terrorismo".
La capital del Ebro era además uno de los centros espirituales más importantes del país y la sede metropolitana de una archidiócesis que comprendía las diócesis sufragáneas de Barbastro, Huesca, Tarazona y Teruel. A su frente estaba, con casi ochenta años de edad, una figura enimente de la Iglesia española: el Arzobispo Juan Soldevila y Romero, que había sido promovido al cardenalato en diciembre del año anterior. Eran célebres sus pastorales, como las que escribió sobre La guerra del Riff y La instrucción religiosa, así como el impulso que había dado a las obras del templo del Pilar.
La ciudad contaba con dos Seminarios: el Seminario sacerdotal de San Carlos, una institución de clérigos que colaboraban con el Arzobispo en tareas especiales, y el Seminario de San Francisco de Paula, "el San Francisco", como le denominaban coloquialmente los alumnos. El San Francisco estaba situado en el tercer y cuarto piso del edificio que ocupaba el de San Carlos. Allí se fue a vivir Josemaría.
El edificio que albergaba aquel Seminario era un gran caserón desmañado y frío, surcado por unos largos corredores que daban a unas habitaciones instaladas de modo tosco y rudimentario. Como sucedía en la mayoría de los seminarios del país, los cuarenta seminaristas que se alojaban allí –procedentes en su mayoría de las provincias de Zaragoza y Teruel– contaban sólo los servicios estrictamente imprescindibles; y su régimen de vida era similar también al de los Seminarios de la época: por la mañana, tras levantarse, los alumnos hacían media hora de oración y asistían a la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos. Luego, tras el desayuno, salían hacía las clases en la Universidad Pontificia, que estaba en la cercana plaza de la Seo, junto al palacio arzobispal.
Para los zaragozanos de aquel tiempo era un espectáculo cotidiano ver desfilar, por las calles paralelas al Coso, una larga fila de jóvenes seminaristas acompañados por un inspector. Vestían todos con sotana, sobre la que llevaban un ropón negro sin mangas y una beca roja con el escudo metálico del Seminario: un sol reluciente y la palabra charitas.
Por la tarde, tras un rato de recreo, volvían de nuevo a clase. Más tarde, regresaban de nuevo al Seminario, donde merendaban y se quedaban estudiando. Sólo interrumpían ese tiempo de trabajo para rezar el Rosario y hacer un rato de lectura espiritual. A las nueve cenaban, y antes de acostarse rezaban unas oraciones y hacían el examen de conciencia.
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Entre todo aquel conjunto de jóvenes aragoneses, en su mayoría sólidos y virtuosos al Rector del Seminario, don José López Sierra, le impresionaron pronto la sencillez y la sonrisa amable y acogedora de aquel nuevo seminarista procedente de Logroño. Observó que Josemaría tenía una piedad intensa, recia, constante, y al mismo tiempo, alegre y atractiva. Poseía además, un fino sentido del humor y una visión positiva de los sucesos, que evidenciaban intenso trato con Dios. Y advirtió que se esforzaba siempre, con naturalidad, por pasar inadvertido...
A pesar de este deseo, Josemaría no logró pasar inadvertido ni a los ojos del Rector, ni a los del Cardenal Soldevila, que cuando le veía en la Catedral, en medio de un grupo de seminaristas, se dirigía directamente a él, e incluso le invitaba a visitarle, lo que suponía un honor desacostumbrado para un simple seminarista.
De esto no hay que concluir que hubiese nada llamativo en su comportamiento externo; aunque algunos de sus condiscípulos observaron, junto a la sencillez y la naturalidad de su modo actuar, algo indefinible; "algo especial".
"Estoy seguro –afirmaba Agustín Callejas, un condiscípulo– que las motivaciones íntimas que llevaron a Josemaría al Seminario eran un tanto diferentes a las del común de los compañeros. El no pretendía en absoluto hacer carrera, en el sentido en que entonces se decía entre algunos eclesiásticos, sino que miraba más allá...".
2. UN MOLINO DE CANELA
"Había un molinero que tenía un molino de canela. Un molino que giraba gracias a unas piedras que sólo se conseguían en un país: Alemania. Y un día se le desgastaron las piedras...".
Los alumnos del Seminario seguían asombrados la historia que les contaba en clase don Elías Ger. Aquello no tenía nada que ver con la asignatura de Instituciones Canónicas. Pero don Elías seguía impasible:
"...se le desgastaron las piedras y el molinero no sabía qué hacer. Hasta que un buen día, un amigo suyo le dio un consejo: ¿por qué no te acercas al río y te traes unas piedras del lecho de la corriente? Luego le dices a tu hijo que le dé vueltas y vueltas al molino, y a ver qué pasa... Así lo hizo. Y las piedras se quedaron lisas y pulidas... ¡como las de Alemania!".
Hubo un silencio general envuelto en extrañeza. "Así trata Dios a los que quiere", sentenció don Elías al terminar la narración. Y dirigiéndose a Josemaría, le dijo:
–¿Me entiendes, Escrivá? ¿Me entiendes?
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Claro que lo entendía. Aunque dijo siempre de sus compañeros que no recordaba de ellos más que virtudes, hubo sucesos e incomprensiones durante aquellos años de Seminario que le hicieron sufrir y rezar. Algunas incomprensiones eran muy propias de la época, y de carácter más bien anecdótico: por ejemplo, algunos hijos del terruño aragonés no entendían que Josemaría se lavase, ¡todos los días! de pies a cabeza. Pensaban quizá que la suciedad era virtud y se lo recordaban de una forma no demasiado académica...
Otros incomprensiones eran más graves, y provenían de algunos parientes próximos que seguían sin entender la recta actuación de su padre tras la ruina económica. "Era una tremenda injusticia –recuerda un testigo de aquellos años– no darse cuenta de la recta y honrada actuación que tuvo aquel hombre durante toda su vida, hasta el extremo de liquidar su negocio, pensando más en su limpia conciencia cristiana que en los intereses personales materiales".
En todo caso, Josemaría no perdió el buen humor ante estas dificultades y Dios se sirvió de esas humillaciones para purificar su alma y prepararla para su misión. Mayores incomprensiones sufriría a lo largo de su vida.
3. SEÑOR, QUE VEA
El Seminario tenía prevista la figura de dos Inspectores nombrados por el Cardenal, que eran elegidos de entre los propios seminaristas. Estos inspectores se ocupaban especialmente de las cuestiones relativas al orden interno: cuidaban el estudio, acompañaban a los alumnos a clase, etc. En 1922, cuando Josemaría tenía sólo veinte años, fue nombrado Inspector.
Era un encargo delicado que exigía mucho tacto y prudencia, y supo desempeñarlo con gran solicitud y caridad hacia los seminaristas que le habían confiado. Me hicieron un gran bien –recordaba años más tarde san Josemaría– Yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (...) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma... tantas veces.
"Ahí se puso de manifiesto –recordaba Agustín Callejas– su espíritu de compañerismo y de comprensión. Pienso que el sentido de amistad con todos era tan fuerte como el de su responsabilidad en el cumplimiento del encargo: nunca dejó en mal lugar a ningún seminarista ante los Superiores. También quizá se ponía de manifiesto su respeto a la libertad de cada uno, que era el último responsable de su propios actos".
Este mismo compañero del Seminario evocaba los afanes intelectuales de su amigo, no muy comunes en aquel ambiente, y recordaba que Josemaría entraba en su habitación con frecuencia para pasar un rato de tertulia, "o leerme cosas que había escrito porque sabía que me gustaban y que participaba de sus mismas inquietudes culturales. Leía mucho y creo que, sobre todo, autores clásicos de literatura o espiritualidad. Pasaba frecuentes ratos en la biblioteca del San Carlos y por las noches se debía a veces de acostar tarde porque se veía luz –una luz tintineante de una pequeña vela– a través de su puerta. Debía dormir poco, porque también se levantaba puntualmente por la mañana: no era en modo alguno perezoso".
El 28 de septiembre de 1922 el mismo Cardenal Soldevila le confirió la tonsura y tres meses más tarde, en el mes de diciembre, las órdenes menores. El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado.
Durante aquellos años Josemaría pasó muchas noches en oración, en la iglesia del Seminario, rezando ante el Señor Sacramentado y enraizando su alma en la Eucaristía. Zaragoza le evocaría siempre aquellas largas horas junto al Sagrario, y las visitas diarias a la Virgen del Pilar.
Años más tarde visitó de nuevo aquella iglesia del viejo Seminario, que tantos recuerdos le evocaba y, señalando una tribuna junto al altar mayor, resguardada por una celosía, comentó:
–Aquí he pasado yo muchas horas rezando por las noches.
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¿De qué hablaba con Dios aquel joven seminarista durante sus largas horas de oración? ¿Cuál era el tema de aquella plegaria encendida con la que alcanzó, ya en plena juventud, altas experiencias de vida mística?
Su "tema" fue siempre el mismo: cumplir la Voluntad de Dios. Pero, ¿cuál era esa Voluntad? ¿Qué quería Dios de él? ¿Qué era eso que presentía, que barruntaba dentro del alma...? No lo sabía.¡Señor que vea! suplicaba. ¡Que sea! ¡Que sea!
Dios mío, repetía sin cesar: ¡que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro!.
4. DON JOSE ESCRIVÁ
Aquella mañana del 27 de noviembre de 1924 don José Escrivá se levantó, desayunó, se detuvo a rezar arrodillado ante la imagen de la Virgen de la Milagrosa que tenía aquellos días en casa, y se dispuso a salir para el trabajo. Se entretuvo un momento jugando con Santiago, su hijo pequeño, y se dirigió hacia la puerta. Segundos después cayó desplomado en el suelo, víctima de un síncope repentino.
Durante las horas siguientes los médicos hicieron todo lo posible para reanimarlo, en vano. Avisaron a Josemaría, que se desplazó rápidamente a Zaragoza: ya era tarde. Dios se había llevado de este mundo a su padre antes de que pudiera verle ordenado sacerdote.
Murió agotado –recordaba san Josemaría años más tarde–: con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.
Recuerdo bien el momento en que llegó Josemaría –escribe Santiago Escrivá de Balaguer– porque me impresionó mucho. Le dijo a mi madre que estuviese tranquila porque él se ocuparía siempre de nosotros. Y no recuerdo que al entierro viniese ninguno de nuestros parientes".
A partir de entonces Josemaría se hizo cargo de su madre y de sus dos hermanos, Carmen y Santiago, que poco tiempo después se trasladaron a vivir a Zaragoza.
5. PRIMERA MISA EN EL PILAR
El 20 de diciembre de 1924 –cuando no había transcurrido todavía un mes del fallecimiento de su padre– fue ordenado diácono y pocos meses después, el 28 de marzo de 1925, recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos, de manos de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, que había sido obispo auxiliar del cardenal Soldevila, asesinado dos años antes, el 4 de junio de 1923, en plena calle, por unas balas anarquistas.
Dos días después, el 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar, ofreciéndola por el alma de su padre. Asistieron muy pocas personas: su madre, sus hermanos –aún de luto– y algunos amigos: no llegaron a la docena. Algunos parientes próximos no quisieron asistir. Tampoco habían hecho acto de presencia durante el entierro de su padre en Logroño. La Cruz estaría siempre presente a lo largo de toda su vida, y muy especialmente, en las fechas más señaladas.
Al día siguiente partía para su primer destino: Perdiguera, un pueblecito cercano, a 24 kilómetros de Zaragoza, donde el párroco había caído enfermo.
6. EN UNA PARROQUIA RURAL
Al bajarse del coche correo tirado por mulas, mientras el hijo del sacristán le ayudaba a transportar la maleta y le acomodaba en su nueva casa, don Josemaría contempló el paisaje que rodeaba aquel pequeño pueblo: una larga extensión de llanuras, con trigales, olivos y viñas, donde el cierzo soplaba con fuerza. Al fondo, la Sierra de Alcubierre.
Perdiguera estaba compuesto en aquel entonces por unos 870 habitantes dedicados a la agricultura y la ganadería, que vivían en casas sencillas de color pajizo, arracimadas en torno a la iglesia de la Asunción: una construcción de ladrillo de estilo gótico mudéjar, con un retablo del siglo XVI, una hermosa talla de la Virgen y una torre que era, como comenta con ironía uno de los biógrafos de san Josemaría, "menos buena moza de lo que tiene el mudéjar por costumbre".
Los habitantes del lugar acogieron con cordialidad al joven sacerdote recién ordenado y don Josemaría trabajó allí con un celo ejemplar. Dedicó muchas horas a confesar y cuidó con esmero su labor pastoral: Santa Misa, rosario por la tarde, hora santa los jueves, catequesis de niños y de adultos, primeras comuniones y algún que otro bautizo.
Mostró una preocupación especial por los enfermos: los visitaba con frecuencia y procuró que todos se acercaran a los sacramentos, administrándoselos cuando se los pedían, a cualquier hora del día o de la noche. En menos de dos meses visitó todas las familias del pueblo, casa por casa, removiéndolas en el amor a Dios. Y en cuanto acababa sus deberes sacerdotales se entregaba con intensidad a la oración.
Durante esas horas de oración, Dios seguía sugiriéndole, en la intimidad del alma, algo que todavía no acertaba a vislumbrar. Seguía esperando, rezando, pidiendo: Señor que vea!
Eran sólo eso: alusiones veladas, sugerencias, presentimientos vagos. En el lenguaje castizo de la tierra, "barruntos".
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Se hospedaba en la modesta casa de Saturnino Arruga, un campesino del pueblo que cuidaba del joven sacerdote con la prodigalidad propia de la tierra. Le había dispuesto una cama altísima, sobre la que se apilaban varios colchones mullidos de lana vareada, coronados en la cima por un colorido edredón; y lo agasajaba diariamente con un puchero sencillo pero generoso en el que no faltarían las sopas de pimentón y los tropezones de carnero, a los que Saturnino solía añadir el condimento de una charla amigable al amor de la lumbre. Este campesino, recordaba san Josemaría, tenía un hijo que todas las mañanas salía con sus cabras, y me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comunión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.
Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las leccciones:
–Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?
–¿Qué es ser rico?, me contestó.
–Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco...
–Y... ¿qué es un banco?
Se lo expliqué de un modo simple y continué:
–Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día... ¿Qué harías si fueras rico?
Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:
–Me comería ¡cada plato de sopas con vino!
Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.
Esto lo hizo la sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.
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Poco tiempo después, el 18 de mayo de 1925, don Josemaría regresó a Zaragoza. Se ocupó entonces de una capellanía en la iglesia de San Pedro Nolasco y desarrolló diversas tareas pastorales en la ciudad, como la atención de una catequesis en los suburbios. También dio clases de Derecho en la Academia Amado para sostener económicamente a su madre y a sus hermanos.
Considerando el conjunto de estos años zaragozanos, estuvo poco tiempo en Perdiguera; pero aquella breve estancia en una parroquia rural –junto con la que pasó en Fombuena, en la Semana Santa de 1927– se le quedaría grabada para siempre en el alma con trazos indelebles:
–He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría cuando me acuerdo!, comentaba años más tarde. Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!
7. EN LA FACULTAD DE DERECHO
Mirando de tejas abajo, como era su obligación de buen padre, don José Escrivá le había recomendado a su hijo en diversas ocasiones que, además de la carrera eclesiástica, hiciera los estudios de Derecho. Pensaba don José que de ese modo su hijo podría sostenerse mejor en la vida; y no se equivocó.
También Josemaría presentía que estaría mejor dipuesto para cumplir eso que Dios le pedía –y que ignoraba todavía– si contaba con un título civil. Y, con el oportuno permiso de sus superiores se había matriculado en 1923, cuando todavía era seminarista, en la carrera de Derecho. Asistía desde entonces a las clases de la Universidad, que estaba situada en el viejo edificio de la Plaza de la Magdalena.
La Universidad zaragozana había tenido una historia tan ajetreada como su propio edificio, construido en 1587, volado por los franceses durante la invasión napoleónica, reconstruido a principios del XIX y reformado por última vez en 1913. Contaba por aquel entonces con las Facultades de Derecho, Medicina, Ciencias y Filosofía y Letras.
Domingo Fumanal, uno de los compañeros de clase de don Josemaría, recuerda a su joven amigo en medio del ajetreo juvenil de las aulas universitarias, vestido de sotana, siempre sonriente y abierto a todos. Era "un magnífico compañero, un verdadero amigo. Me llamó siempre la atención su humildad y su sencillez. Era muy inteligente –listo–, culto, de trato afable y lleno, educado".
"En la Facultad observé –evocaba José López Ortiz, el futuro Obispo de Tuy, que coincidió con don Josemaría sólo en fechas de exámenes– que todos le conocían, y además por su carácter comunicativo y alegre se veía que era muy apreciado".
Fumanal aporta un testimonio significativo: "Llevó muy bien algunas contrariedades familiares en las que se encontró. Debió de ser muy duro para él –sobre todo por el gran corazón que tenía– encontrarse con que sus tíos no le ayudaron, ni acompañaron a su madre en los momentos tan difíciles y dolorosos por los que tuvieron que pasar. Sin embargo nunca murmuró de nadie".
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Iban pasando los años... y en el fondo del alma latía con fuerza aquella inquietud indefinible. Dios le estaba como preparando para algo... ¿Qué podría ser? Le afluía constantemente a los labios, desde el corazón, la misma súplica:
–Señor, que vea; Señor, que sea; ¡Señora, que vea!