Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Viajes de catequesis
1. A LOS PIES DE LA VIRGEN DE GUADALUPE"En el año 1970 –recordaba el Obispo de Leiría, Mons. Cosme do Amaral– el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su peregrinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Mons. Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nuestra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Mons. Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se puede aliar perfectamente a la piedad de un niño".
Aquella romería mariana a Fátima fue una entre las muchas que realizó para rezar por la Iglesia. Aquella petición incesante le llevó en 1970 a los pies de la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México, ante la que hizo una novena, acompañado espiritualmente por miles de personas. El quinto día le dirigió a la Virgen estas palabras de súplica confiada:
Señora nuestra, ahora te traigo –no tengo otra cosa– espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas...
Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.
Durante su estancia en Mexico estuvo en Montefalco, el primer sueño que vieron hecho realidad los primeros miembros del Opus Dei en aquel país. Aquel lugar era, a comienzos de siglo, una vieja hacienda colonial del valle de Amilpas, en el estado de Morelos, donde la canciones populares evocaban todavía las andanzas de Emiliano Zapata, que a su paso por la hacienda, la saqueó, la incendió y la arrasó por completo.
Así se quedó, vacía y abandonada durante largo tiempo, hasta que su propietaria la donó en 1949 para realizar una obra social. Cuando vinieron a verla los primeros miembros del Opus Dei que llegaron a México –entre ellos don Pedro Casciaro–, la hacienda conservaba poco de su antiguo esplendor y no era más que una masa ingente de edificios cubiertos de maleza, y en estado ruinoso.
Habían comenzado desde hacía algunos años la tarea de reconstruirlo prácticamente todo. Parecía una locura. Los miembros del Opus Dei recordaban la sorpresa del arquitecto: "al llegar a Montefalco –contaba éste– mi impresión fue mayúscula: paredes derruidas, piedras calcinadas... –Pero, ¿cómo es posible, les dije, que quieran aceptar esto? ¡Si son sólo ruinas! Me contestaron con unas paalabras del Fundador del Opus Dei que entonces no llegué a comprender en toda su magnitud: soñad y os quedaréis cortos".
Montefalco es una locura de amor de Dios, comentó san Josemaría durante su visita a aquel lugar. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, Don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas, (...) humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.
Y añadió: Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo acabaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México. (...) Es una locura, pero una locura de amor de Dios.
Aquella labor había comenzado, recordaba el Fundador, sin un centavo, con el trabajo de tantos hijos míos que han tenido que luchar y sufrir, con el cariño y la generosidad de muchas personas. Cuando lo visitó el Fundador la Hacienda albergaba un Centro de Encuentros, creado en 1952, una Escuela bienal de Economía Doméstica, una Escuela Rural abierta en 1958, una Escuela Femenina de Montefalco y una Escuela Normal para educadoras.
Los comienzos, como la mayoría de los comienzos, no fueron nada fáciles. Durante aquellos años de abandono el Valle de Amilpas se había convertido en una de las zonas de México con más cuatreros. ¡Cuántas lágrimas –comentaba el Fundador–, cuántos apuros, cuántas preocupaciones habrán pasado para poder preparar esto...!
Todos, vosotros y nosotros –les dijo san Josemaría a aquellos campesinos durante su estancia en Montefalco–estamos preocupados en que mejoréis, en que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos... Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis cómo entre todos lo lograremos y que –los que tengan talento y deseo de estudiar– lleguen muy alto. Al principio serán pocos, pero con los años... Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?... No, mis hijos, ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?
A los que podían ayudar a esas personas menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.
2. HACER Y ENSEÑAR
Aquella estancia en México supuso un hito importante en su vida. Desde hacía años, con motivo de sus anteriores viajes por toda Europa, el Fundador había recibido a grupos numerosos de personas, integrados por miembros del Opus Dei o por personas que participaban de algún modo en los apostolados del Opus Dei.
A partir de entonces esa tradición se amplió y comenzaron a tener lugar encuentros multitudinarios que no perdían, gracias a su predicación vibrante y cordial, sabor de intimidad.
"En esta tarea de difundir la sana doctrina –comentaba el Cardenal Sin– Mons. Escrivá de Balaguer siguió siempre el ejemplo dado por el Señor de 'hacer y enseñar'". El Cardenal filipino señalaba dos rasgos fundamentales de la personalidad del Fundador: hacía y enseñaba; y esa conjunción coherente entre su vida y su doctrina, de profunda hondura evangélica, removía profundamente a los que le oían; y se producían con frecuencia conversiones y decisiones de entrega y de mejoramiento en la vida cristiana. Era una intensa y extensa catequesis. Muchas personas venían a escucharle desde lugares lejanos –de otros países en algunos casos– atraídos por su fama de santidad.
Las noticias que le llegaban de los frutos espirituales de estos encuentros le abrumaban –quería desaparecer, ser sólo instrumento– y le llevaban a dar gracias a Dios. Comprendió que Dios le pedía que dedicara una parte importante de los años que le quedaban de vida a esa tarea de catequesis.
Eso hizo que su estancia en México se prolongara durante un mes, del 15 de mayo al 22 de junio de 1970. Acudían a escucharle todo tipo de personas: profesionales de la capital, madres de familia, artesanos, agricultores, inditas que venían con sus hijos a la espalda...
San Josemaría aclaraba un punto de la vida cristiana, daba doctrina sobre otro, indicaba soluciones y remedios, y alentaba a luchar con un tono optimista y alegre, salpicado de bromas y anécdotas, que animaban a mejorar.
Durante aquellas semanas se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos en un centro del Opus Dei próximo a Guadalajara. Sostuvo con ellos un encuentro largo y animado, pero como el calor era agobiante, acabó extenuado. Don Alvaro le convenció para que se retirara.
Se recostó para descansar. Observó entonces que frente a la cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe, en la que la Señora ofrece una rosa al indio Juan Diego. La contempló con detenimiento.
Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me de una flor...
3. CATEQUESIS POR ESPAÑA Y PORTUGAL
Dos años más tarde, movido por ese mismo afán apostólico, realizó un largo viaje de catequesis por España y Portugal, de dos meses de duración, desde el 4 de octubre al 30 de noviembre de 1972. Esas catequesis se desarrollaban siempre en torno a una romería mariana. Los centros de devoción a la Madre de Dios constituían para él como un polo irresistible. Volvió de nuevo al Santuario de Fátima.
"Fue en otoño de 1972 –recordaba el Obispo de Leiría–. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenible del mismo Jesucristo de salvar a todos.
«En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oir encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos llenas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba".
Al cabo de los años, seguía fiel a su amor de juventud. Fiel a la tarea recibida de Dios aquel 2 de octubre. Y fiel también a su lema de humildad que le llevaba cada día a recomenzar, por amor, en la lucha por servir mejor a Dios. Es esta la razón por la que se emocionó cuando le regalaron una vieja sopera, usada y con lañas.
Es una cosa vulgar –comentaba, abriendo su alma a los que le escuchaban–, pero a mí me encantó, porque se veía que la habían usado mucho y se había roto –debía ser de una familia numerosa– y le habían puesto bastantes lañas para seguir empleándola. Además, como adorno habían escrito, y se había quedado allí después de sacarla del horno: amo-te, amo-te, amo-te...
Me pareció que aquella sopera era yo. Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos, hijos míos.
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De Portugal volvió de nuevo a España, donde tuvo numerosos encuentros con todo tipo de personas en diversas ciudades del país. Un miembro del Opus Dei, José María Pemán, evocaba en uno de sus famosos artículos periodísticos el ambiente de aquellas catequesis multitudinarias. "A la salida de Jerez –relataba el escritor– hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.
«Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoalbero". Allí, proseguía Pemán, utilizando una imagen muy adecuada en aquella tierra que produce vinos de fama universal, "se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.
«Mons. Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del Sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargaría de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.
«En el respostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: 'Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma'. Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcétera era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con melenas y barba, con 'sueters' y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.
«Entra el Padre. Lleva prisa porque siempre la lleva, porque va 'a otra parte'. Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas (...). Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comentaba: 'este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo'(...)
«Pregunta cualquiera –concluye Pemán–. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. Enseguida el piso central que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el Padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios".
4. POR TIERRAS AMERICANAS
Año y medio más tarde, el 22 de mayo de 1974, el Fundador inició su segundo viaje a América, donde visitó Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela, en una labor de catequesis que duró hasta el 31 de agosto.
Unos meses después emprendió su tercer viaje. Estuvo en América del 4 al 25 de febrero de 1975, esta vez en Venezuela y Guatemala. Una enfermedad lo obligó a retornar a Roma. En total fueron 122 días por tierras amaericans, en los que tuvieron oportunidad de escuchar su predicación muchos millares de personas.
"Aquellas reuniones –comentaba André Frossard, que había visto un documento filmado de aquellos encuentros– tenían un sabor de familia... Mons. Escrivá iba y venía sobre un estrado, entre una muchedumbre compuesta por gente de todas las edades. Hijos, padres, hombres, mujeres, personas de edad... Lo que más me sorprendió fue la alegría de los que estaban allí, alrededor de aquel hombre, que parecía un padre de familia con muchos hijos, a los que no tenía la posibilidad de ver con frecuencia y que aprovechaba esa reunión para ocuparse de los pequeños problemas de cada uno...
«... Las preguntas que le hacían tenían menos importancia que el espíritu con el que se las formulaban. Esto me permitió constatar que Mons. Escrivá tenía un don particular para adivinar en el interior de los seres mediante el Amor: ese amor que sentía visiblemente por ellos brillaba al concretarse en los casos personales, de tal forma que las respuestas que les iba dando aludían, llegaban, visiblemente a sus pequeños problemas...
«Es curioso: normalmente, cuando uno hace una pregunta en una reunión, se obtiene una respuesta de tipo general. En este caso, la respuesta convenía al conjunto de los asistentes y había algo más: algo que se refería unicamente a la persona con la que hablaba. Bastante curioso.
«Lo atribuyo pura y simplemente al Amor. Hay personas en el cristianismo –a los que generalmente se les llama santos– que son como células fotoeléctricas. Es decir, la oración, la contemplación, les aportan una luz que los transforman inmediatamente en amor... Todos los cristianos tendrían que estar hechos sobre ese patrón; pero no es lo habitual. Este caso es un ejemplo evidente de que todo en la manera de ser de mons. Escrivá provenía de la oración, de ese diálogo permanente que mantenía con Dios... y eso se vertía finalmente en las almas que tenía a su alrededor".
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El escritor francés no se equivocaba: era el amor de Dios y la santidad del Fundador del Opus Dei –su locura de amor– lo que arrastraba a aquellas muchedumbres a escucharle. Un muchacho brasileño le preguntó en Sâo Paulo por el sentido de unas palabras recogidas en Camino en las que comparaba la vocación a la locura.
¿No has visto nunca nadie que esté loco? –le respondió–. ¡Mírame a mí! Hace muchos años decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios.
5. EN PERU
Llegó a Perú el 9 de julio de 1974, cuando se cumplía el vigésimo primer aniversario de la llegada de los primeros miembros del Opus Dei a aquel país. El día 13 viajó hasta Cañete y se reunió en Valle Grande, una labor apostólica corporativa del Opus Dei, con centenares de agricultores y ganaderos, con familias de la sierra y con gentes de todo tipo venidos de la montaña y de la costa:
–Vengo a felicitaros por la labor colosal de promoción humana que se hace aquí. He dicho promoción humana y, por tanto, no es sólo de promoción profesional, material: es también promoción espiritual.
Escuchaban al Fundador, asintiendo levemente con la cabeza, cientos de campesinos de aquella zona, hombres rudos y fuertes, con las manos gastadas de trabajar en esas diminutas chacras que se encuentran a lo largo y lo ancho del Valle de Cañete; indios de rostro oscuro quemados por el sol, y mulatos de razas entreveradas, en los que asoman en curiosa mescolanza, rasgos chinos y negroides... Si hemos de santificarnos –le recordaba san Josemaría a un campesino– cada uno en nuestro sitio, cada uno a través del trabajo propio, hay que realizar bien ese trabajo. No se pueden hacer chapuzas. No sé si aquí se dice chapuzas. ¿Cómo se dice?
–Criolladas...
–Criolladas... cosas mal acabadas, donde no se pone el alma y la ilusión. Nosotros hemos de poner ilusión, gusto, en trabajar. Tú puedes realizarlo así, también porque de esta manera ganas dinero y levantas la posición de los tuyos; pero, especialmente, por agradar a Dios, porque el trabajo es oración, porque el trabajo dignifica. Te lleva a ser una persona de categoría, es decir hace de ti un cristiano cada día más perfecto, santo.
Le hizo entonces una pregunta una campesina de lengua quéchua, que hablaba muy dificultosamente el castellano. Quería agradecerle la labor que se hacía en Condoray, una labor promovida por las mujeres del Opus Dei 1963, que desarrolla diversos programas de capacitación profesional para campesinas del Perú.
–Padre, yo venido de Condoray colegio de mi hija. Soy cooperadora y trabajo en campo. Padre, yo traí naranjas, leche, para usted. ¿Cómo puedo hacer, Padre, para que las vecinas no se rían de mí cuando voy a mi misa?
–Oye, hija mía –le contestó san Josemaría con tono comprensivo–, no se reirá ninguna persona honrada de ti. Es una pena si encuentras alguna que se ríe. Quizá lo hacen porque sienten envidia... Tú no trates mal a nadie; comprende a tus amigas...; a tus vecinas; no te enfades con ellas, ten paciencia. Y luego, como he dicho por ahí, habla con cada una en particular, solas, de corazón a corazón... verás cómo te responden.
5. EN VENEZUELA
Durante esos encuentros por diversos países de Suramérica fueron surgiendo preguntas de todo tipo: un sacerdote le pedía un consejo para su ejercer su ministerio; una empleada del hogar le hablaba de su profesión; un campesino le contaba una anécdota... Don Josemaría los alentaba a encontrar a Dios en el trabajo cotidiano: al ama de casa en sus tareas domésticas, al obrero en su fábrica, y el intelectual en medio de sus libros.
Con frecuencia salían a relucir problemas concretos, de la vida cotidiana. Un padre de familia venezolano le preguntó que podía hacer para educar a sus hijos en el amor al trabajo en un ambiente excesivamente cómodo y fácil.
–Yo los pasearía un poco... –le contestó– por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (...) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (...) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.
Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo... No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?
Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilo en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.
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En una ocasión se levantó un hombre de raza judía.
–Yo soy hebreo, le dijo antes de formularle su pregunta.
–¡Hebreo! –exclamó el Santo, interrumpiéndole– Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho –con locura– a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesu Christus heri et hodie, Ipse et in saecula: Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño: sigue.
–Yo creo que ya la pregunta está respondida, Padre.
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Los temas dominantes de aquellos encuentros fueron: un sí valiente a la vida y las familias numerosas y una defensa firme de la doctrina y la fe de la Iglesia. Y siempre, una recomendación insistente, casi suplicante: la necesidad de acudir frecuentemente al Sacramento de la Confesión, porque sin confesión no hay reconciliación con Dios, y sin reconciliación con Dios no hay vida interior ni frutos de santidad.
A veces enronquecía de predicar durante tantas horas, pero seguía hablando, contestando las preguntas de unos y de otros, moviéndolos al amor a Dios. Y con frecuencia, como sucedió en Brasil, el encuentro acababa con una bendición emocionada, que espoleaba a la acción apostólica.
–Que os multipliquéis –dijo a los que le escuchaban, mientras les daba la bendición–como las arenas de vuestras playas,
como los árboles de vuestras montañas,
como las flores de vuestros campos,
como los granos aromáticos de vuestro café.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
7. COMO UN BORRIQUITO
Durante aquellos años su fama de santidad se había extendido por todo el mundo, y cuando visitaba un determinado país, las multitudes se agolpaban para verle y escucharle. Sin embargo, en su humildad, seguía considerándose, como puso de relieve el Decreto sobre sus virtudes heroicas, un instrumento inepto y sordo, fundador sin fundamento, pecador que ama con locura a Jesucristo.
Un día una persona le pidió un retrato suyo:
–Sí, hombre, sí; con mucho gusto. Ahora mismo te lo doy, le dijo sonriendo.
Y le entregó un borriquillo forjado en hierro, mientras le decía:
–Toma, ahí tienes un retrato mío.
Su interlocutor estaba perplejo.
–Sí, hombre, sí; eso soy yo: un borriquillo. Ojalá sea siempre borriquillo de Dios, instrumento suyo de carga y de paz.
San Josemaría se sentía y quería vivir así: ut iumentum!, como un borrico fiel, trabajando humildemente, sin descanso, para llevar a Cristo a todos los rincones de la tierra.
Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios: un humilde sobre portador de un gran mensaje divino. Y explicaba: Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre y el sobre se tira a la basura.
Por eso, rehuía cualquier personalismo: ¡Pues no faltaba más! –les decía a los miembros del Opus Dei–. ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubiérais venido a seguir a este pobre hombre! Y no se consideraba imprescindible: ni siquiera yo –decía–, que soy el Fundador, soy imprescindible.
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Aquellos encuentros –muchos de los cuales se conservan filmados– produjeron un intenso impacto espiritual en los asistentes. Muchos de los que asistían salían de aquellas reuniones con la misma impresión que manifestaba Mons. Wheeler, Obispo de Leeds: la de "haber conocido a una persona muy santa y muy humana". La pluma de José María Pemán, en uno de sus diálogos con su personaje imaginario "El Séneca", recoge gráficamente aquel sentir popular:
–"Don José: si le llaman a todo esto 'Obra de Dios' ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?
–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama 'causas segundas'.
–Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:
–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera".
8. EN TORRECIUDAD, MUCHOS AÑOS DESPUES
San Josemaría nunca quiso ponerse de modelo de nada, salvo en un punto: el amor que le tengo a la Virgen. Una muestra concreta de ese amor fue el Santuario de Torreciudad, que se contruyó, bajo su impulso, junto a la ermita que atraía la devoción popular del Alto Aragón desde el siglo XI.
Acudió dos veces como peregrino al nuevo Santuario, mientras se realizaban las obras. En la primera de esas ocasiones, el 7 de abril de 1970, un kilómetro antes de llegar al Santuario se descalzó y bajo un tiempo inclemente, fue caminando sobre las piedras y la gravilla hasta llegar a la ermita.
¡Perdóname, Madre mía! –exclamó al llegar, evocando la primera visita de su infancia. Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en las miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán.
Visitó Torreciudad de nuevo el 23 de mayo de 1975. El Santuario ya estaba terminado y preparado para abrirse próximamente al culto. Al verlo, comentó: Con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino. Y añadió: Habéis puesto tanto amor aquí...
¿Qué esperaba de aquel nuevo Santuario mariano? En sus propia palabras, un derroche de gracias espirituales (...) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.
9. OTRA LOCURA
Otra de sus "locuras" fue la construcción en Roma de Cavabianca, nombre de la sede definitiva del Colegio Romano de la Santa Cruz. Vamos a comenzar las obras allá arriba, en Cavabianca –le comentaba a los miembros del Opus Dei que vivían en Roma–, con el fruto del trabajo de muchos hermanos vuestros, y con la ayuda de muchas personas que ni siquiera son cristianas.
Y añadía: En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces, pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra (...) hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir Cavabianca con pocas liras. No quería repetir esa locura, pero ya estamos metidos en esta tarea.
Quizá sea la última locura de mi vida; ¡he hecho tantas, por amor de vosotros y de vuestros hermanos!