Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Roma
1. UNA ORACION EN LA NOCHEDos días después don Josemaría se asomó a la pequeña terraza cubierta de su pequeño apartamento romano de la Plaza Cittá Leonina, junto a la Basílica de San Pedro. Venía rendido por el cansancio del viaje: aquella tormenta con la que comenzó la travesía se había convertido en una furiosa sucesión de borrascas y temporales, que parecían que no iban a acabar nunca.
Luego, cuando amainó el viento y pudieron salir a cubierta, el Mediterráneo les había ofrecido dos espectáculos inesperados: una preciosa banda de ballenatos, muy rara de ver por aquellas latitudes, y una gran mina flotante, recuerdo del pasado conflicto bélico, que afortunadamente los marineros habían avistado con bastante antelación.
Al fin, a media noche, había desembarcado en el puerto de Génova, y al caer la tarde de 23 de junio, tras un largo viaje en automóvil, había llegado a Roma.
Nada más llegar a su apartamento de la Plaza de la Cittá Leonina, junto a la Plaza de San Pedro, quiso asomarse a la pequeña terraza para contemplar la Basílica.
Se quedó como extasiado: le parecía un sueño estar allí, a muy pocos metros de los Palacios Apostólicos, donde unas luces delataban la amadísima presencia del Papa.
Muchas veces, paseando por las calles de Madrid, había soñado recibir la Comunión de manos del Papa. Ahora estaba físicamente muy cerca del Romano Pontífice, en el comienzo de una nueva etapa dentro del camino del Opus Dei.
¡Había esperado tanto este momento! Ayudadme a saber esperar, les decía a los primeros, en 1932. Todavía seguía esperando y esperando. Habían pasado dieciocho años desde aquella mañana del 2 de octubre y trataba ahora de que la aprobación diocesana de la que gozaba el Opus Dei se convirtiera en pontificia, de tal modo que el Opus Dei lograra el estatuto jurídico universal que necesitaba para desarrollarse por todo el mundo.
Aquella noche en oración era como el compendio de toda su vida. Era un eco de aquellas noches de Zaragoza, cuando era un joven seminarista y el alba lo encontraba rezando –ut videam!– en la oscuridad de la iglesia de San Carlos, alterada sólo por el parpadeo débil de la lamparilla del Sagrario.
2. PRIMEROS PASOS
Había viajado hasta Roma para impulsar la universalidad del Opus Dei y para solucionar el problema jurídico que planteaba el Opus Dei, que no encontraba una fórmula adecuada en el ordenamiento jurídico de la Iglesia.
Buscaba un cauce jurídico que respetase la secularidad de los miembros del Opus Dei: una fórmula que se adecuase con fidelidad a lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928.
¿Qué es lo que yo quería?, recordaba años más tarde: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.
Todo esto se fue haciendo realidad paso a paso, a lo largo de un complejo camino jurídico que el Fundador tuvo que recorrer al paso de Dios: con un paso a veces rápido, a veces lento, al encontrarse ante obstáculos que parecían insuperables: Ante esas dificultades vine a Roma –explicaba–, con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor.
El 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, el Santo Padre le recibió en una audiencia privada que siempre recordaría emocionado. No puedo olvidar –comentaba– que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini.
El 8 de diciembre de ese mismo año, fiesta de la Inmaculada, el Papa lo volvió a recibir. Y el 2 de febrero del año siguiente, fiesta de la Presentación de la Virgen, Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia. Se iba allanando, de la mano de la Virgen, poco a poco, el camino.
El 24 de febrero de 1947 se concedió al Opus Dei el Decretum laudis, la primera aprobación pontificia que sería definitiva el 16 de junio de 1950.
Sin embargo, quedaba todavía mucho trecho por recorrer. Tuvo que pasar el Vaticano II y muchos años más, hasta que, el 28 de noviembre de 1982, el Opus Dei fuese reconocido con la nueva figura de las Prelaturas personales. Se alcanzó de ese modo una vestidura jurídica que respetaba plenamente el carisma fundacional.
3. VILLA TEVERE
Mientras tanto, los dos Prelados Superiores de la Secretaría de Estado, Mons. Tardini y Montini (el futuro Pablo VI) le habían aconsejado que consiguiera en Roma un lugar que le sirviese de Sede Central del Opus Dei. Comenzó la búsqueda del edificio y a principios de 1947 encontró uno que les podía servir: había sido sede de la embajada de Hungría y se lo ofrecían a buen precio.
Sin embargo, aquella casa tenía un inconveniente: contra todo derecho –porque Hungría, tras la ocupación de los comunistas, no mantenía relaciones con la Santa Sede– seguía viviendo allí un funcionario húngaro con su familia.
En el mes de julio de 1947 los inquilinos seguían sin marcharse y el Fundador ya no podía esperar más; urgido por las circunstancias, no tuvo más remedio que instalarse en la pequeña portería de la entrada junto con algunos miembros del Opus Dei. Aquellas estrecheces no le suponían ninguna novedad: la pobreza era una antigua compañera de viaje...
Lo malo es que mientras vivió en aquella portería durmió con frecuencia en el suelo, y en marzo de 1948, como no tenían dinero para la calefacción, el frío le produjo una parálisis facial a frigore...
Al fin se marcharon los inquilinos y en la fiesta de San Pedro de 1948 pudo erigir en aquel edificio, que denominó "Villa Tevere", el Colegio Romano de la Santa Cruz.
"Colegio" –explicó– porque es una reunión de corazones que forman –consummati in unum– un solo corazón, que vibra con el mismo amor...; "Romano", porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice–Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra. De la "Santa Cruz", porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero... Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de sus hijos. Y también porque la Cruz es el trono de la realeza del Señor, y hemos de ponerla bien alto, en la cima de todas las actividades humanas.
A partir de entonces se formarían en ese Centro miles de miembros del Opus Dei de diversos países del mundo. Al cabo de los años unos recibirían la ordenación sacerdotal; y todos, al concluir ese periodo de formación, contribuirían a dar al Opus Dei en sus respectivos países de procedencia un espíritu universal o reforzarían el trabajo apostólico en otras naciones.
Ese espíritu universal fue siempre un motivo de profunda alegría para el Fundador: le agradaba comprobar que la universalidad del Opus Dei se había reafirmado "en Roma y desde Roma"; es decir, que llevaba una fuerte impronta de romanidad, porque romanidad era, para él, sinónimo de universalidad. El Cardenal Ugo Poletti subrayó la romanidad del Fundador del Opus Dei cuando abrió en Roma su Causa de Canonización. "Tuvo siempre un empeño apasionado por ser "romano" –recordaba el Cardenal Ruini, poco antes de la beatificación del Fundador–; es decir, ejemplarmente fiel a Pedro y por tanto, católico, universal."
Con un fin similar erigió también en Roma, el 12 de diciembre de 1953, un Centro Internacional de formación para las mujeres del Opus Dei: el Colegio Romano de Santa María.
4. ENFERMO DE DIABETES
Desde que llegó a Italia el doctor Faelli se ocupaba de la diabetes mellitus que padecía el Fundador. Esta enfermedad le deparaba cada día una molestia diversa: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza o sufría una infección; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. En una ocasión una infección le produjo un giro tan violento en las raíces dentales que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, porque tenía los dientes sueltos, para evitar una hemorragia que en aquellos momentos podía ser fatal.
A pesar de las continuas molestias que le ocasionaba esa enfermedad no dejaba de sonreír –aunque le costara mucho–, ni de mortificarse. Sabía la gravedad de su enfermedad: por esa razón, hizo colocar junto a su cama un timbre para pedir los sacramentos, por si le llegaba repentinamente su última hora. Pero no vivía aquella situación dramáticamente: y hacía bromas incluso acerca del exceso de azúcar en la sangre que le causaba la enfermedad.
Y cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.
5. EN ROMA Y DESDE ROMA
Al llegar a estos años de la vida del Fundador del Opus Dei en Roma, los biógrafos de san Josemaría se encuentran con la misma dificultad: hasta el comienzo de los años cincuenta su vida tiene aliento, ritmo y sabor de aventura: los cambios de ciudades, las peripecias de la guerra, el paso de los Pirineos, las campañas denigratorias, los viajes..., proporcionan elementos biográficos suficientes para relatar su historia: es una paleta llena de colorido.
Sin embargo, al llegar a los años en los que, desde la serenidad de la sede romana, dedica la mayor parte de su tiempo a gobernar el Opus Dei, a formar a sus hijos y a impulsar sus apostolados en todo el mundo, las dificultades del historiador se multiplican. ¿Cómo relatar ese trabajo, eficacísimo, sí, pero sumamente discreto? La paleta parece reducida al gris.
Surge la tentación entonces de recurrir a lo anecdótico: de aludir en dos párrafos ese intenso trabajo de formación y gobierno que le ocupó más de veinte años de vida y contar minuciosamente hechos mucho menos relevantes, pero más "historiables": viajes, anécdotas y sucesos que sucedieron en pocos días de aquel periodo.
Si hiciéramos esto estaríamos pasando por alto un rasgo decisivo de la vida del Fundador: su trabajo cotidiano. Porque Mons. Escrivá no se limitó a predicar: enseñó con su propia vida lo que constituye el mensaje fundamental del Opus Dei: la santificación del trabajo de cada día, ese esfuerzo amoroso por convertir el gris de lo ordinario en colores agradables a Dios, por hacer endecasílabos de la prosa de cada día, como le gustaba decir.
Dia tras día, con paciencia y con fortaleza, iba mostrando a aquellos hombres y mujeres que se formaban a su lado los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei. Abría ante sus ojos ambiciosos horizontes de apostolado y hacía crecer en sus almas deseos de servir eficazmente a Cristo y a su Iglesia desde su propia situación en el mundo. Les mostraba también las dificultades que se podían presentar, y los medios sobrenaturales y humanos con los que contaban para sortearlas.
Los movía a luchar por ese ideal cristiano sin caer en idealismos fáciles, recordándoles que el heroísmo de la vida cristiana radica en la santificación de lo cotidiano, y en el cumplimiento fiel y generoso de los deberes diarios.
Puso todos los medios a su alcance para que los miembros del Opus Dei avanzasen por caminos de oración y de trato personal con el Señor, hasta llegar a ser contemplativos en medio del mundo. Al mismo tiempo les urgía a un estudio serio de la doctrina de la Iglesia.
Sus enseñanzas eran exigentes y atractivas al mismo tiempo. Sabía encender en el amor de Dios a los que le escuchaban, conjugando un gran sentido sobrenatural y una proverbial alegría, bañada en su característico sentido del humor.
Aquellos años romanos estuvieron ligados también al cumplimiento de los deberes propios de su tarea como Fundador. Por esta razón dedicó mucho tiempo y esfuerzo a redactar escritos, instrucciones, y cartas en los que fue esculpiendo los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei. Y a causa de las novedades institucionales que este carisma comportaba en el marco jurídico de la Iglesia, tuvo que dedicar mucho tiempo, trabajo y energías para que la fundación quedase bien asentada desde el punto de vista canónico, de manera que el cuadro normativo en el que se integrara fuera el más adecuado al mensaje que había recibido de Dios.
Se dedicó a esta tarea, estrictamente fundacional, hasta el fin de sus días, ya que, como buen jurista, conocía bien la importancia que tiene para el desarrollo de una nueva Fundación de la Iglesia que la normativa jurídica se adecúe a la sustancia de la institución.
Así fueron pasando, sin ruído externo, sus años romanos, fiel a su deseo de ocultarse y desaparecer. Su estancia en la Ciudad eterna obedecía a una razón profunda: en Roma está el Papa, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de unas palabras de Santa Catalina de siena. Este amor al Papa se manifestaba en una jaculatoria que repetía desde su juventud: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!
Cuando vosotros seáis viejos –les decía a sus hijos en el Opus Dei– y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos como el Padre amaba al Papa con todas su fuerzas. Por esta razón acogía conmovido las expresiones de afecto y de estima que los Pontífices le hacían llegar, y se emocionaba especialmente cada vez que Pio XII y Juan XXIII le mostraban las esperanzas que tenían en su labor.
Pio XII había comentado, en el marco de una audiencia privada, refiriéndose al Fundador: "es un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época".
Un rasgo definitorio de su modo de gobernar fue la humildad: aunque era el Fundador, aunque había comenzado solo y tenía mucha más experiencia que los que le rodeaban, con frecuencia gentes jóvenes, vivía –y enseñaba a vivir– la colegialidad en el gobierno, porque, como le gustaba decir, en el Opus Dei no caben los tiranos.
Esa humildad caracterizó su "estilo de gobierno": pedía el parecer de unos y de otros; recibía gustosamente las sugerencias, incluso las que provenían de personas muy jóvenes; sabía confiar y delegar. Yo no soy más que un voto –repetía con frecuencia–, así cada uno se siente responsable, pero de un modo que no agobia, porque responsables somos todos.
"Nos insistía –recuerda Encarnación Ortega, que fue durante muchos años Directora Central para las mujeres del Opus Dei– en que cada una, cada uno, tenía que responsabilizarse del puesto concreto en que estaba. Usaba la expresión castiza 'cada palo que aguante su vela'".
Y como manifestación de delicadeza y humildad, solía opinar el último: "era una forma de dejarnos esa libertad –explica Encarnación Ortega– y de no coaccionarnos moralmente". Y cuando se equivocaba, rectificaba y pedía perdón: "pedía perdón –recordaba Encarnación Ortega– y daba las gracias. Eso se lo he visto hacer muchas veces".
Durante los años sesenta, recuerda José Luis Illanes, "era, no ya frecuente, sino constante, que cuando nos encargaba un asunto o nos hacía unas indicaciones, añadiera: Estudiadlo; si veis algo que se puede mejorar, no dejéis de decirlo; estudiadlo vosotros y, si lo veis preferible, hacedlo de otra manera. Su norma de prudencia fue siempre oír todas las campanas y, a ser posible, conocer al campanero.
Alentaba constantemente a luchar por amor, sin desfallecer. La santidad –recordaba– está en tener defectos y luchar contra ellos, pero nos moriremos con defectos. Por esa razón, al formar a sus hijos en el espíritu del Opus Dei sabía conjugar el cariño con la fortaleza. Sabía exigir con corazón de padre y de madre. Su hermano Santiago recuerda como tenía con los miembros del Opus Dei mil detalles de delicadeza. "Se esforzaba por hacer amable el camino de la santidad con detalles concretos de cariño, de simpatía y de servicio.
«Los miembros del Opus Dei le llamaban "Padre" y era Padre de verdad. Por eso, se notaba que sufría, y mucho, cuando debía corregir a alguno. Pero, como los buenos padres, sabía hacerlo con lealtad y con sinceridad, incluso con energía si era preciso. No se permitía sentimentalismos ni blandenguerías. Pero luego se volcaba con aquella persona con ternura paterna, para no dejar herido a nadie."
A animaba a comenzar y recomenzar en la vida cristiana con espíritu de hijo pródigo, una y otra vez, con confianza filial en Dios. Era una exigencia amable y fuerte, cordial y esperanzada, guiada siempre por su inquebrantable fidelidad a la luz fundacional.
6. POR TODO EL MUNDO
Durante aquellos años, el Fundador fue enviando a muchos miembros del Opus Dei a abrir brecha en naciones de los cinco continentes, sin más medios que una bendición y una imagen de la Virgen. Se ganarían la vida en esos países con su trabajo profesional y pondrían, al mismo tiempo, los cimientos de la labor apostólica.
Uno de ellos, Juan Antonio Galarraga, doctor en Farmacia, estaba en Londres desde 1946, donde proseguía sus trabajos de investigación en bioquímica. José Ramón Madurga, un ingeniero, vivía en Dublín desde 1947; y un abogado, Fernando Maycas, vivía desde ese mismo año en el Colegio Español en París. Pedro Casciaro, ya ordenado sacerdote, había emprendido un largo periplo por diversos países de Suramérica, para estudiar la posibilidad de un próximo comienzo de la labor apostólica en esas naciones.
No tardaron mucho en llegar los miembros del Opus Dei al continente americano: en 1949 y 1950 comenzó la labor apostólica en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 fueron los primeros a Venezuela y Colombia; en 1953 a Perú y Guatemala; en 1954, a Ecuador; en 1956 a Uruguay; en 1957, a Brasil... Y mientras tanto se había ido comenzando en Alemania, en Austria, en Canadá; en Kenia y en Japón; en 1959 le llegó el turno a Costa Rica. Y en 1960, a Holanda...
En cada uno de esos países, esos hombres y mujeres del Opus Dei luchaban por hacer realidad, en sus propias vidas, las enseñanzas del Fundador, y por corresponder a las exigencias de su propia vocación; una vocación que les llevaba a asumir con radicalidad los compromisos bautismales, a identificarse con Cristo y llevar su luz a los ambientes familiares, profesionales y sociales de cada uno.
Desde Roma san Josemaría los alentaba con sus cartas y sugerencias; y los estimulaba, con su oración, su sacrificio y su palabra, a realizar una amplia siembra de doctrina y de vida cristiana en los diversos ambientes en los que vivían y trabajaban.
Les insistía siempre en la prioridad de la vida interior, fundamentada en la oración y los sacramentos, y les recordaba la necesidad de realizar un intenso apostolado personal con las personas que les rodeaban, abriéndoles horizontes de santidad.
En su predicación, en sus cartas, les subrayaba siempre el valor cardinal del trabajo: y les recalcaba que, para que ese trabajo se convirtiera realmente en un foco de luz cristiana en los más diversos campos de la vida humana, debían realizarlo muy unidos a Cristo, con la mayor perfección humana posible y con gran competencia profesional.
Con el paso de los años, como fruto granado del apostolado personal de estos hombres y mujeres, nacieron en todo el mundo una gama variadísima de iniciativas apostólicas: residencias universitarias, colegios promovidos por padres de familia, universidades, centros de capacitación profesional para obreros, escuelas agrícolas, clubs juveniles, casas de retiro, etc. Eran labores que nacían con el deseo de dar una respuesta y una solución a las necesidades y problemas concretos de cada lugar.
El Fundador subrayó que esas tareas –promovidas por sus hijos en el Opus Dei, junto con otras muchas personas deseosas de trabajar por Cristo– eran un mar sin orillas. Los animaba a iluminar todas las realidades humanas con la luz de Cristo, actualizando el ímpetu evangelizador de los primeros cristianos, por todas las encrucijadas de la tierra.
Al mismo tiempo era consciente de la falta de medios materiales con la que se encontraban sus hijos a la hora de realizar toda aquella esa labor. Pero confiaba en Dios y les prevenía contra el desaliento: les recomendaba que tuviesen una fe audaz en la providencia de Dios Padre y que trabajasen con tenacidad y constancia en la promoción de esas tareas.
Esa era su "receta" a la hora de poner en marcha una labor de apostolado: una fe fuerte, un amor de Dios que no conoce el desánimo, una oración confiada y perseverante; y junto con todo eso, un planteamiento profesional serio y riguroso, porque esas iniciativas debían reflejar lo que eran: tareas promovidas por fieles laicos, conscientes de su honda responsabilidad social como ciudadanos y como cristianos.
7. POR LAS CARRETERAS DE EUROPA
He sembrado de avemarías las carreteras de Europa, solía decir san Josemaría al evocar sus frecuentes viajes por el continente europeo durante esos años de expansión de la labor apostólica y sus desplazamientos de una ciudad a otra, de un país a otro, con el fin de apoyar el trabajo apostólico de su hijas e hijos y de dar a conocer al episcopado los rasgos esenciales de su mensaje.
Solía decir que esos viajes constituían la "prehistoria" de la labor apostólica del Opus Dei en un determinado país. Seguía, como en su juventud, queriendo caminar al paso de Dios; y Dios seguía caminando deprisa, muy deprisa. En muchas ocasiones, comenzaban en una ciudad determinada, no prevista, por la insistencia del Obispo de la diócesis que había pedido que se iniciara cuanto antes la labor apostólica en aquel lugar.
Se ponía de manifiesto entonces su intenso amor por la Jerarquía. Había querido, desde muchos años atrás, que todos los miembros del Opus Dei rezaran cada día por el Santo Padre y por el Obispo de sus respectivas diócesis, y que, dentro y fuera del ámbito eclesiástico, les fueran leales, de palabra, por escrito, y con sus hechos.
En otros casos, como le había sucedido en su primer viaje a Portugal, en febrero de 1945, el comienzo de la labor apostólica se debía a la insistencia de una persona concreta, como Sor Lucia, una de los videntes de Fátima. Todo ocurrió de una forma aparentemente "casual"; aunque las casualidades para un cristiano no son más que la Providencia divina cuando trabaja de incógnito. Fue con motivo de un viaje a Tuy, una ciudad gallega situada junto a la frontera portuguesa, adonde fue don Josemaría a visitar a su amigo Fray José López Ortíz, obispo de aquella diócesis. Allí se encontró con Sor Lucia, que era entonces religiosa dorotea, y le insistió que comenzaran cuanto antes en Portugal.
Tras una primera conversación con Sor Lucia, tuvieron un segundo encuentro en el que sor Lucia volvió para decirle que el Opus Dei tenía que ir a Portugal. Le contesté que no teníamos pasaporte –recordaba don Josemaría–, pero ella respondió: eso lo arreglo yo enseguida. Llamó por teléfono a Lisboa y nos consiguió un documento para pasar la frontera.
No hablamos para nada de las apariciones de la Virgen; nunca lo he hecho. Es una mujer de una humildad maravillosa. Siempre que la veo, le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la labor de la Obra en Portugal.
"Era un alma llena de amor a Dios –recordaba Sor Lúcia, evocando la figura de don Josemaría– a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, a las que intentaba salvar por todos los medios a su alcance".
Durante estos viajes apostólicos no faltaba nunca una visita a los lugares de mayor devoción mariana: Loreto, Einsiedeln, Lourdes, la Rue du Bac, Fátima, Willesdem, María Laach, María Zell... En cada uno de estos sitios ponía bajo el amparo de la Santísima Virgen, con confianza filial, su trabajo y el de sus hijos en el Opus Dei.
Dios fue bendiciendo con el paso de los años toda esta siembra con abundantes frutos, y a medida que venían nuevas vocaciones, san Josemaría iba comprobando cómo aquellas muchedumbres atraídas por Cristo, que había visto el 2 de octubre de 1928, se convertían, poco a poco, en una gozosa realidad.
8. HOGARES LUMINOSOS Y ALEGRES
En la luz fundacional del 2 de octubre de 1928, el Fundador había visto hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sacerdotes y laicos, solteros y casados. Ya contaba con varios centenares de laicos célibes y con un puñado de sacerdotes: le urgía ahora realizar algunas virtualidades del carisma fundacional que no había podido llevar aún a cabo, como la vinculación jurídica de las personas casadas al Opus Dei.
Esa vinculación no había sido posible hasta entonces por diversas dificultades de carácter jurídico. Mientras tanto, numerosas personas casadas esperaban que se abriese el cauce jurídico oportuno que les permitiese formar parte del Opus Dei. En la espera confiada de que estas dificultades se acabarían resolviendo algún día, el Fundador les había aconsejado que viviesen plenamente según el carisma del Opus Dei, aunque su pertenencia no tuviese todavía un carácter formal.
Al fin se solucionaron las dificultades jurídicas y ese sueño pudo hacerse realidad. Entre el 25 y el 30 de noviembre de 1948 dirigió un curso de retiro en Molinoviejo, una casa de convivencias cercana a Segovia. Asistieron quince hombres que estaban dispuestos a ser plenamente del Opus Dei dentro del estado matrimonial. Eran el comienzo de una labor que llevaría a millares de almas a asumir la tarea de santificar su vida familiar y convertir sus casas, como le gustaba decir al Fundador, en hogares luminosos y alegres.
Se confirmaba entonces lo que el Fundador había dejado escrito en Camino y que esos hombres habían escuchado de sus propios labios muchos años atrás: ¿Te ríes porque te digo que tienes "vocación matrimonial"? Pues la tienes; así, vocación.
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Había logrado abrir las puertas del Opus Dei a hombres y mujeres, solteros y casados, que se sentían llamados por Dios a una entrega total, compatible con su situación en el mundo. Más tarde, el 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuando la Santa Sede le concedió la aprobación definitiva del Opus Dei, consiguió que pudieran ser admitidos personas no católicas, e incluso no cristianas como Cooperadores del Opus Dei, junto a tantos católicos que, sin formar parte propiamente del Opus Dei, colaboran con su oración, su trabajo o su aportación al desarrollo de las más variadas iniciativas apostólicas.
9. TRES CONSAGRACIONES
Mientras tanto, las calumnias y las murmuraciones no cesaban; y no faltaron personas que comenzaron a sembrar inquietudes entre algunos padres de miembros del Opus Dei de Italia.
Se creó una situación grave. Para valorarla hay que situarse en aquel momento histórico: el Opus Dei no era, como sucede ahora, una institución ampliamente conocida dentro de la Iglesia y repetidamente bendecida por los diversos Pontífices; sino que aparecía, a los ojos de muchos, como un camino nuevo, que avanzaba abriéndose paso entre prevenciones e interrogantes.
Aquellas habladurías dolieron especialmente al Fundador porque había procurado que sus hijos cuidaran con especial empeño el cuarto mandamiento de la ley de Dios, al que llamaba dulcísimo precepto del Decálogo.
¿Qué hacer? Acudió de nuevo al Cielo en busca de ayuda, y el 14 de mayo 1951 anotó este propósito: poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del gaudium cum pace de la Obra y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei.
No tardó en llevar a la práctica aquel propósito: pocas horas después fue al Oratorio de la Sagrada Familia de Villa Tevere, que aún estaba construyéndose, y consagró, lleno de confianza en Dios, las familias de los miembros del Opus Dei a la Sagrada Familia.
Al cabo de unos días muchas de aquellas inquietudes se disiparon. Y cuando el Oratorio estuvo terminado hizo instalar, en un muro lateral, una placa de mármol con el texto de la consagración. Indicó que ese texto se leyese en todos los centros del Opus Dei, todos los años, en la Festividad de la Sagrada Familia:
...Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos.
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Aunque el Cardenal Schuster conocía relativamente poco al Fundador del Opus Dei, por ese peculiar "sexto sentido" que poseen las almas santas, desde que se conocieron había visto en él a un hombre de Dios, y había ayudado eficazmente en los primeros pasos de la labor apostólica del Opus Dei en Milán. No les faltó a los primeros del Opus Dei que llegaron allí, en unos momentos de casi total carestía, la mano generosa del Cardenal.
El Fundador tenía noticia ya de que algunos males se cernían sobre el Opus Dei. Y un día de verano de 1951, durante una visita que hicieron varios miembros del Opus Dei al Cardenal de Milán, éste les preguntó:
–¿Cómo está el Padre?
–Muy bien, le dijeron.
–¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?
–Pues si es así –le comentaron– estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús.
Tiempo después le contaron esa entrevista con el Cardenal al Beato Josemaría. Sus presentimientos se confirmaron.
–Está pasando algo, comentó. No sé lo que es, pero algo está sucediendo.
En medio de esta situación de incertidumbre, reacccionó como era habitual en él: acudió al Cielo por la intercesión de la Madre de Dios, la Omnipotencia Suplicante que todo lo puede; rezó e hizo rezar; se mortificó y pidió oraciones y sacrificios por una intención por la que suplicaba constantemente con una jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María: prepáranos un camino seguro. Y el 14 de agosto de aquel mismo año viajó hasta Loreto donde consagró el día 15, fiesta de la Asunción, el Opus Dei al dulcísimo Corazón de María, suplicando a la Madre de Dios que conservase firme y seguro el camino dwl Opus Dei.
En enero de 1952 el Cardenal hizo llegar de nuevo la voz de alarma al Padre:
–Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calansanz, y... que se mueva.
Don Josemaría comprendió al fin: a San José de Calasanz, ya muy viejo, le habían acusado falsamente ante la Inquisición romana y le habían arrinconado, a pesar de ser el Fundador. Y gracias a las sugerencias del Cardenal se pudieron atajar aquellos ataques externos, que provenían de personas ajenas a la insitución y se evitó aquel gran mal que se cernía sobre el Opus Dei.
Renovó esa consagración a Nuestra Señora en diferentes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, el Pilar, Einsiedeln, Willesden, Pompei, Guadalupe, en la Medalla Milagrosa de París... Nuestro Opus Dei nació –recordaba– y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Por eso son tantas las costumbres marianas, que empapan la vida diaria de los hijos de Dios en esta Obra de Dios.
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Un año más tarde, el 26 de octubre de 1952, fiesta de Cristo Rey, consagró el Opus Dei al Corazón Sacratísimo de Jesús, acudiendo a la misericordia divina para que protegiese siempre al Opus Dei y le diese un amor grande a la Iglesia y al Papa, que se traduzca en obras de servicio.
10. UNA CARICIA DE LA VIRGEN
Aquel 27 de abril de 1954 la vida seguía su curso normal en la sede central del Opus Dei en Roma. Todo parecía indicar que aquel día –fiesta de la Virgen de Montserrat– sería un día más, lleno de oración y de trabajo, en la cálida primavera italiana.
Durante aquella temporada su diabetes se había agudizado. Todas las semanas se le hacían análisis y cada vez el resultado era más negativo, a pesar del régimen alimenticio tan riguroso que observaba y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba diariamente. Aquel día, siguiendo las instrucciones del médico, a la una menos diez del mediodía, don Alvaro del Portillo le puso una inyección de una nueva marca de insulina retardada. A continuación bajaron al comedor.
De repente, sentado ya en la mesa, sufrió un shock: se dio cuenta que se moría y le pidió inmediatamente la absolución a don Alvaro.
–Alvaro, dame la absolución.
–Pero, Padre, ¿qué dice?
–¡La absolución!
Como don Alvaro, se había quedado, por la sorpresa, un poco desconcertado, el Fundador comenzó a decir la fórmula de la absolución –ego te absolvo...– y se desvaneció sin sentido.
Era un shock anafiláctico. Tras darle la absolución, don Alvaro intentó que tomara algo de azúcar y avisó rápidamente al médico. A los pocos minutos, lentamente, el Fundador empezó a recobrarse, aunque se había quedado ciego.
El médico se quedó extrañado de la situación: habitualmente las reacciones de ese tipo suele ser mortales casi de necesidad. Sin embargo, al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso y recobró de nuevo la visión. Y desde aquel día la diabetes quedó totalmente curada. Había sido una caricia de su Madre la Virgen en el día de la fiesta de Montserrat...
–Personalmente estaba muy tranquilo –comentaba– aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído.
11. CARMEN
Tres años más tarde varias mujeres del Opus Dei hablaban con el Fundador en la sede central de Roma. Les había dicho que iba a darles algunas noticias.
–¿Buenas, Padre?
–Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.
A continuación les comunicó que su hermana Carmen padecía un cáncer de hígado y le médico le había dado dos meses de vida.
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La hermana del Fundador –a la que los miembros del Opus Dei llamaban familiarmente "Tía Carmen"–, disfrutaba al fin de una vida de cierto sosiego, después de largos años de intenso trabajo en servicio de las labores apostólicas.
Aquel año de 1957 era el quinto que pasaba en Roma, tras haber consumido su vida entera –sin tener vocación al Opus Dei– en servicio del Opus Dei. Su presencia en los comienzos de la labor había sido decisiva. Nos vino muy bien –comentaba san Josemaría– que mi madre y mi hermana quisieran encargarse de la Administración de los primeros Centros. Sobre todo Carmen, que fue la que más se metió en todo. Si no, no hubiéramos tenido un verdadero hogar: nos habría salido una especie de cuartel.
En ese último periodo de su vida Carmen Escrivá destacó por su serenidad y por el abandono pleno en las manos de Dios. Mientras todos le pedían al Señor: 'Señor, si tú quieres, ¡puedes!', ella rezaba: '¡Que se haga lo que Tú quieras!' mientras ofrecía todas sus molestias y su dolor por la Iglesia, por el Papa y por el Opus Dei.
Su hermano Josemaría le ayudaba a sobrellevar sus dolores con sentido sobrenatural. Carmen –le decía–: ofrece hoy la sed... la fatiga... el dolor... el cansancio.... Y le iba desgranando intenciones: por el Romano Pontífice; por los sacerdotes; por esta iniciativa apostólica; por aquélla labor en un país lejano...
"Se ve que es un milagro del Señor esta docilidad a la Voluntad divina –comentó el Procurador General de los Agustinos recoletos, que la había confesado durante su enfermedad–: no he visto ningún enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme".
Carmen Escrivá murió en la madrugada del 20 de junio de 1957, festividad del Corpus Christi. La enterraron en Villa Tevere, en la sottocripta del entonces Oratorio –ahora Iglesia Prelaticia– de Santa María de la Paz.
12. LO UNICO QUE ME INTERESA ES QUE SE HAGA SANTO
En ese mismo año de 1957 nombraron ministro del Gobierno de un determinado país a un miembro del Opus Dei y una persona se creyó en la obligación de felicitar a don Josemaría, que rehusó la felicitación. A mí no me va ni me viene –comentó con fuerza–; no me importa; me da igual que sea ministro o barrendero; lo único que me interesa es que se haga santo en su trabajo.
En este mismo sentido recordaba que el Opus Dei persigue una finalidad exclusivamente espiritual y apostólica; y, como consecuencia lógica del respeto hacia la libertad de los fieles cristianos, no propone a sus miembros ninguna opción determinada en el campo económico, político o cultural. Cada miembro del Opus Dei –recalcaba con energía– tiene plena libertad para pensar y de obrar como le parezca mejor en este terreno. En todo lo temporal los miembros de la Obra son libérrimos: caben en el Opus Dei –decía– personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir.
La Obra no les propone ningún camino concreto, ni económico, ni politico, ni cultural –insistía–. Cada uno de sus miembros tiene plena libertad para pensar y obrar como le parezca mejor en este terreno. Recordaba que caben en el Opus Dei, por tanto, personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir.
Nunca los directores de la Obra pueden imponer un criterio político o profesional a los demás miembros –señalaba–. Si alguna vez un miembro del Opus Dei intentara hacerlo, o servirse de otros miembros para fines humanos, saldría expulsado sin miramientos, porque los demás miembros se rebelarían legítimamente.
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Seguía impulsando la labor apostólica del Opus Dei en todo el mundo, que se encontraba, como es lógico, con dificultades de todo tipo.
En algunos países donde se comenzaba los católicos eran minoría; en otros se respiraba un clima anticristiano; otros sufrían una gran falta de libertad, como los que se encontraban más allá del llamado "telón de acero". Con respecto a estos últimos, varios años antes había estado en Viena –que hacía prácticamente de frontera con esos países del Este Europeo– y había comenzado a invocar a la imagen de la Virgen que se venera en la catedral de la capital austríaca con esta jaculatoria: Santa María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!. Durante toda su vida pediría confiadamente a la Madre de Dios con esta invocación por la labor de apostolado con las personas de la Europa Oriental.
Mientras tanto, la labor apostólica del Opus Dei iba extendiéndose por todo el mundo. Se hacía realidad de ese modo la predicación constante del Fundador que señalaba que en todos los sitios donde una persona honrada puede vivir, ¡ahí! tenemos nosotros aire para respirar; ¡ahí! debemos estar con nuestra alegría, con nuestra paz interior, con nuestro afán de llevar las almas a Cristo. ¿En qué sitios? ¿Donde están los intelectuales?, donde están los intelectuales. ¿Donde están los trabajadores que trabajan cosas manuales?, donde están los trabajadores que trabajan cosas manuales. ¿Y cuál es mejor, de esos trabajos? Y os lo diré como todos los días os he dicho: es mejor aquel trabajo que se hace con más amor de Dios. Y vosotros, cuando hacéis vuestro trabajo y ayudáis a vuestro amigo, a vuestro colega, a vuestro vecino, de manera que no lo note, le estáis curando, sois Cristo que sana, sois Cristo que convive.
Durante un viaje que realizó a España, el 17 de octubre de 1960, pudo comprobar el fruto de esa expansión apostólica de una forma plástica y viva. Entró en la Basílica de San Miguel de Madrid y al verla abarrotada de gente –muchos de ellos miembros del Opus Dei–, se llenó de agradecimiento a Dios. Sentaos... los que podáis, dijo al comienzo de la homilía. Yo quiero deciros unas palabras en esta iglesia de Madrid, donde tuve la alegría de celebrar la primera misa mía madrileña. Me trajo el Señor aquí con barruntos de nuestra Obra. Yo no podía entonces soñar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo. Y estoy conmovido.
Sus palabras saltaron a continuación de aquella iglesia hasta el mundo entero, evocando el desarrollo apostólico de el Opus Dei por casi toda Europa y América y los inicios de la labor en Africa y Asia... Pocos años después vería la expansión de la Obra por algunos de esos países lejanos. Fue una gracia singularísima: "nunca, en la historia de la Iglesia –afirmaba Mons. Altabella– Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terrena, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad".
13. EN UN BARRIO OBRERO DE ROMA
Como fruto del apostolado de los miembros del Opus Dei surgieron centenares de iniciativas en todo el mundo. Unas tenían lugar en los países más alejados. Otras se desarrollaban en la propia Roma, como el Centro Elis.
Aquella labor apostólica había nacido en un barrio muy conflictivo: el Tiburtino, considerado durante los años cuarenta como uno de los más peligrosos de Roma. Era un barrio obrero, de mayoría comunista, frecuente escenario de crímenes y tensiones sociales. Por eso no es de extrañar que durante la guerra, cuando los nazis pensaron en una acción de represalia contra la Ciudad Eterna, barajasen la posibilidad de deportar al extranjero a todas sus gentes. Era una forma fácil de quitarse de enmedio un montón de problemas.
Al final, los que se marcharon fueron los nazis, y los problemas del Tiburtino siguieron allí: el paro, la pobreza, la delincuencia y una fuerte ignorancia cultural y religiosa, que daban como fruto un rabioso anticlericalismo. Esas fueron algunas de las razones que movieron a Juan XXIII a utilizar los fondos recogidos para honrar el octogésimo aniversario de su predecesor Pío XII, para la promoción de una labor social, que decidió encomendar a los miembros del Opus Dei.
No había sido fácil comenzar en aquel lugar: tuvieron que sortear mil dificultades. Sin embargo, al cabo de unos años se levantaba en medio del Tiburtino la silueta del centro Elis –Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport– y la parroquia de San Juan Bautista al Collatino. Con el tiempo irían surgiendo una escuela de enseñanza media, un centro de adiestramiento profesional para jóvenes obreros, una escuela femenina de hospedería... El 21 de noviembre de 1965 tuvo lugar la solemne ceremonia de la inauguración a la que quiso asistir personalmente el Papa Pablo VI.
–Quise esperarlo de rodillas –comentaría a la mañana siguiente san Josemaría– como un sacerdote que ama con locura al Papa y a la Iglesia Católica.
Sin embargo, en cuanto el Papa le vio fue a su encuentro, lo levantó y, rompiendo el protocolo, le dio un brazo emocionado. Apoyando sus manos en los hombros del Fundador le dijo: Tutto, tutto qui è Opus Dei. "Todo, aquí todo es Opus Dei".
Más tarde, el Papa –cuya Causa de canonización está abierta— le dijo a los asistentes al acto unas palabras que reflejan los fines que los miembros del Opus Dei buscaban en aquella iniciativa apostólica de tan honda repercusión social:
"Es una obra del corazón, es una obra de Cristo, es una obra del Evangelio; toda ella orientada en beneficio de los que la usan. no es un simple albergue, no es una simple oficina o una simple escuela: es un centro en el que la amistad, la confianza, la alegría, constituyen el ambiente; donde la vida halla su dignidad propia, su auténtico sentido, su verdadera esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afirma y se desenvuelve y que aquí quiere demostrar en la práctica muchas cosas de interés para nuestro tiempo".
Durante ese acto san Josemaría recordó que el Opus Dei había acogido aquel encargo apostólico de la Santa Sede con especial agradecimiento no sólo porque, como acostumbro a repetir, el Opus Dei quiere servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, sino también porque la tarea que se le confía corresponde perfectamente a las características espirituales y apostólicas de nuestra Obra. Ella, en efecto, tanto en la formación de sus socios como en la práctica de sus apostolados, tiene como fundamento la santificación del trabajo profesional de cada uno.
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Ocho años antes, en Kenia, los miembros del Opus Dei se habían tenido que enfrentar con dificultades parecidas. "¿Un college en el estudien juntos el hijo de un oficial inglés, el de un comerciante indio y el de un pastor masai? ¿Y que compartan la misma habitación? ¿Cómo se les ha podido ocurrir eso? ¡Qué locura!". El comentario se transmitía de boca en boca, en 1958, por todos los mentideros de Nairobi. Y todos concluían lo mismo: "es una auténtica locura. Se ve que no conocen el país. Esos recién llegados del Opus Dei no saben lo que quieren. ¡No saben lo que es Kenia!".
Sí que lo sabían. Kenia era en aquel momento un hervidero de tensiones raciales: un país de negros gobernado por blancos, dividido en más de cuarenta tribus enfrentadas entre sí: los kikuyus, wakambas, kavirondos, luyias, luos y dorobos, entre los bantúes; los primitivos suks y turkanas; los altivos masais... Habían vivido en una situación de miseria que había provocado hacía sólo cinco años la guerra del Mau–Mau, con un saldo sangriento de más de 10.000 muertos y miles de prisioneros.
La capital seguía estaba dividida en secciones claramente diferenciadas: blancos, asiáticos, negros. Cada cual estaba "en su sitio". Y junto con el racismo existía una fuerte tensión social. ¡Y unos recién llegados del Opus Dei querían hacer la locura de construir un college interracial!
Ahí surgió la primera dificultad. El Gobierno colonial concedía ayudas a los colegios según fueran africanos, asiáticos o europeos, pero la legislación no contemplaba siquiera que pudiese existir uno que no discriminase a los alumnos por su origen. A pesar de todo, los miembros de la Obra empezaron a buscar terrenos y encontraron uno la zona residencial de los europeos. Se armó un revuelo y no les dejaron instalarse allí.
Encontraron otros terrenos en el actual Mzima Springs Road. En esa zona no podían alegar nada. Pero las incomprensiones continuaban: ¡era una locura! Desde Roma, don Josemaría les alentaba a realizar esa locura, y les recordaba: No hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios.
Comenzaron a promover Strathmore entre los peores augurios. "Fracasaréis" –les decían algunos agoreros–. "No querrán ir a un colegio de ese tipo, todos juntos". Los promotores contestaban, optimistas y llenos de fe, fieles al espíritu de "Dios y Audacia" que les había enseñado su Fundador: "Ya tenemos un alumno".
"–Bueno, tendréis eso, uno–les replicaban–. Y si vienen más, ya veréis: vienen de la selva; no se adaptarán; harán toda clase de barbaridades... ¡no sabéis lo que es el odio entre las tribus!".
Pero después de ese primer alumno vino otro, y luego otro, y otro... y no pasó nada.
Pero quedaba todo por hacer. El primer día que Strathmore abrió sus puertas y llegaron con los bultos en la cabeza vieron que algunos venían con lo puesto y que a otros había que prestarles camisas y calcetines...
Con el paso del tiempo Strathmore se consolidó firmemente en aquel país y comenzaron a formarse allí numerosas generaciones de kenianos.
En los oídos de los primeros miembros del Opus Dei resonaron entonces con especial fuerza las palabras que les decía el Fundador antes de comenzar la labor en un nuevo país: soñad y os quedaréis cortos.
14. EL CONCILIO VATICANO II
¿Un Concilio? Nadie pensaba aquel 25 de enero de 1959, cuando Juan XXIII anunció su decisión de convocar un Concilio Ecuménico, que aquel Papa de casi ochenta años y aspecto sonriente y paternal, que había sucedido a Pío XII, fallecido el año anterior, llegase a hacer algún día un anuncio semejante.
Pero era verdad: el Espíritu Santo quería promover por medio de aquel Papa de sonrisa afable una honda renovación espiritual en la Iglesia, gracias a aquella gran Asamblea eclesial.
Al conocer la noticia, el Fundador del Opus Dei comenzó a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico.
Desde el primer momento, como recordaba Mons. del Campo, el Fundador "estuvo atento al desarrollo del Concilio Ecuménico: sabía que allí hablaba el Magisterio solemne de la Iglesia. Prestó así, primero su contribución y después –como no podía ser de otra manera– su obediencia más rendida".
"Durante los años de la Asamblea conciliar –recordaba este prelado–, cuando tantos agoreros de los dos extremos presagiaban desastres futuros o rechazos de todo lo pasado, yo le he visto rezar con confianza e invitar a rezar al Espíritu Santo, que no podía dejar de iluminar a los Obispos reunidos en torno al Papa. Y recordaba la continuidad de la Iglesia, precisamente a través de los Concilios.
Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y sus extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituíbles. Fueron muchos los Padres conciliares que, aprovechándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos. Y fueron también varios los hijos suyos que tuvieron intervención directa en la elaboración de los esquemas conciliares".
Algunos miembros del Opus Dei tomaron parte activa en el Concilio. El Secretario General del Opus Dei, D. Alvaro del Portillo, fue nombrado Presidente de la Comisión antepreparatoria De laicis y después Miembro de otra comisión preparatoria; y finalmente Secretario de la Comisión conciliar De disciplina cleri et populi christiani, y Perito en otras comisiones conciliares.
Durante los años que duró aquella gran asamblea ecuménica numerosos Padres conciliares fueron a visitarle. Uno de ellos, el obispo de Metz, recordaba "Fue Mons. Claude Flusin, obispo de Saint–Claude, el que me presentó a Mons. Escrivá de Balaguer hacia la mitad de la primera sesión del Concilio. Desde entonces tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro de la Iglesia. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo".
Durante ese periodo, recordaba Mons. Peralta, Obispo de Vitoria, "las puertas de su casa estuvieron abiertas a todos los Prelados que le visitaban y fueron muchos. Nunca se negó a atender a nadie que le buscara, y nunca dejaba de dar respuesta, en conciencia y con la sinceridad que le caracterizaba, a las consultas que se le hicieran. Fue siempre muy respetuoso con los puntos de vista de los demás, porque amaba el legítimo pluralismo en el seno de la Iglesia". Y concluye: "Defendía tanto el derecho a la libre opinión de los demás –en cuestiones no sancionadas por la Iglesia– como defendía su propio derecho".
Entre las muchas enseñanzas del Concilio que le alegraron especialmente hay que señalar las que se referían a la llamada universal a la santidad, que confirmaron de modo solemne algunos apectos fundamentales de su predicación y de su apostolado desde 1928.
Se llenó de gozo al conocer el llamamiento que los textos conciliares hacían a la responsabilidad de los laicos en la misión de la Iglesia y a su libertad y responsabilidad en el orden temporal, para ordenar todas las cosas según el querer de Dios.
15. LUCES Y SOMBRAS
Sin embargo, tras el Concilio, hubo algunos que, amparándose en un pretendido "espíritu conciliar", suscitaron desórdenes, desviacionismos doctrinales y prácticos, desobediencias y rebeldías dentro del seno de la Iglesia. Esa situación –frecuente por otra parte en los tiempos que siguen a los Concilios– llegó a ser tan grave que Pablo VI aludió en algunos de sus discursos a "la descomposición de la Iglesia". Al mismo tiempo se hacían cada vez más fuertes en las sociedades occidentales las tendencias secularizadoras.
La situación se volvió tan preocupante que en su discurso al Sacro Colegio Cardenalicio del 23 de junio de 1972 el Pontífice denunció con energía "una falsa y abusiva interpretación del Concilio, que querría una ruptura con la tradición, incluso doctrinal, llegando al rechazo de la Iglesia preconciliar y al libertinaje de concebir una Iglesia 'nueva', casi 'reinventada' en su interior, en la constitución, en el dogma, en las costumbres, en el derecho".
Y pocos días después, en su discurso con motivo de la festividad de San Pedro y de San Pablo, el Papa llegó a afirmar que tenía la sensación de que "a través de alguna grieta ha entrado el humo de satanás en el templo de Dios".
Unido al sentir y a las oraciones del Santo Padre –que diría que el Fundador del Opus Dei era "una de las personas que ha recibido más carismas en la Iglesia, y una de las que ha correspondido con mayor generosidad"–, san Josemaría sufrió indeciblemente por esta situación: acudió a la oración y a la mortificación, como desagravio al Señor; y el 30 de mayo de 1971 consagró el Opus Dei al Espíritu Santo, pidiéndole que iluminara a la Iglesia y, sin perder el optimismo, confiando en la acción vivificadora del Espíritu, tomó las medidas necesarias para asegurar la fidelidad del Opus Dei a las auténticas enseñanzas del Concilio.
En aquella situación su reacción fue la de siempre: rezar, hacer rezar, mortificarse y acudir confiadamente a la Virgen. Inició una sucesión de peregrinaciones a los Santuarios marianos, pidiéndole a la Madre de Dios que se acabara pronto aquel tiempo de prueba de la Iglesia. No hicieron mella en su fe valiente ni en su amor a la Iglesia algunas incompresiones que tuvo que sufrir durante aquel periodo. Algunos, que no entendían el profundo sentido de su fidelidad a la Iglesia, le colgaban injustas etiquetas de inmovilismo o conservadurismo a ultranza: ¡precisamente a él, que había ido por delante en caminos de profunda renovación!