Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: De nuevo en Madrid
1. SIN UN LAMENTOHacía exactamente catorce años, en un día como aquel, don Josemaría celebraba su primera Misa en el Pilar. Ahora volvía, en aquella fría mañana del 28 de marzo de 1939, entre los soldados del Ejército Nacional que entraban en Madrid.
Se veían por todas partes las huellas de la guerra, ya a punto de concluir. El último parte bélico se firmó tres días después, el 1 de abril. Nada más llegar, fue a la casa rectoral de Santa Isabel. Había sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros y estaba abarrotada de catres y mantas de soldados, que la habían abandonado a toda prisa. La acondicionaron como pudieron y don Josemaría se instaló en la planta baja, con su madre y sus hermanos.
Más tarde fue hasta la casa de Ferraz 16, donde estaba la Residencia de estudiantes en la que había puesto tanta ilusión y por la que había rezado y sufrido tanto. No era más que un montón de ruinas.
Empezaron a recuperar lo poco que la guerra había respetado. Don Josemaría buscó especialmente una imagen –la "Virgen de los Besos"– a la que tenía especial devoción. No la encontró. Pero entre los escombros logró recuperar una cartela de pergamino con unas palabras del Evangelio de San Juan que estaba en la sala de estudio de la Residencia: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros". Lo recogió, conmovido.
Aquellas palabras cobraban ahora un nuevo significado. Lo había perdido todo, desde el punto de vista material. Algunos de los primeros miembros del Opus Dei habían muerto, jóvenes, antes de la guerra, como María Ignacia, Luis Gordon o Antonia Sierra; muchas de las personas que conocía habían quedado dispersadas por el conflicto; y alguno, como Pepe Isasa, había perecido en el frente de batalla...
Ahora, a la vuelta de diez años, contaba sólo con un puñado de hombres que hubiesen entendido lo que el Opus Dei significaba y que estuviesen dispuestos a entregar a Dios su vida para sacarla adelante: Isidoro Zorzano; Jose María González Barredo, un químico al que había conocido en las Navidades del 32; Juan Jiménez Vargas; un joven arquitecto, Ricardo Fernández Vallespín, que había conocido en el 33, cuando era estudiante; un historiador recién licenciado, Vicente Rodríguez Casado; tres ingenieros: Alvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz; dos valencianos: Pedro Casciaro y Paco Botella; y algún otro universitario de cabeza eminente, como José María Albareda, que era del Opus Dei desde 1937...
No eran más que un puñado de hombres jóvenes, con la carrera recién terminada, sin experiencia... ¡y con ellos tenía que hacer el Opus Dei, y extenderlo por los cinco continentes! Sin embargo, esa cartela le recordaba que tenía lo más importante: el amor de Dios, un amor que todo lo puede. Ese amor, que había sido su cimiento para comenzar el Opus Dei, sería su cimiento para empezar otra vez.
Y comenzó de nuevo. Sin un lamento.
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Se puso en contacto con las mujeres que se habían acercado antes de la guerra al Opus Dei. Comprobó entonces dolorosamente que durante la separación física de aquellos años aquellas mujeres –buenas y piadosas– habían perdido el espíritu laical propio del Opus Dei.
Después de tantos años de oración, después de comenzar dos veces con esta labor, de hecho sólo contaba con una mujer del Opus Dei: Lola Fisac, a la que había conocido en 1939 durante una breve estancia en Daimiel. Sabéis que me habéis costado mucho vosotras, hijas mías? –comentaría más tarde–. Más que los hombres (...). ¡Me habéis salido a la tercera vez!
Pero no se desanimó: juzgaba las cosas desde un punto de vista sobrenatural. El Opus Dei es de Dios –razonaba–; Dios lo sacará adelante. Y recomenzó, la labor apostólica con más fe, con más empeño, con más esperanza si cabe, convencido de que el Opus Dei se haría realidad, porque era de Dios.
2. POR TODA ESPAÑA
Era el momento de realizar la expansión por diversas ciudades españolas que la guerra civil había truncado. Empezó a viajar por los cuatro puntos cardinales del país. Estos viajes rebosaban amor de Dios, ilusión apostólica y... dificultades materiales.
En la actualidad, con el desarrollo de los medios de transporte, resulta difícil hacerse una idea de lo que significaban, desde el punto de vista físico, aquellos viajes de ocho y diez horas, hacia ciudades que distaban cuatrocientos y quinientos kilómetros, con el traqueteo incesante del tren, entre baharadas compulsivas de humo y carbonilla, en viejos y desvencijados vagones de bancos de madera, desde la tarde del sábado y haciendo noche, hacia la ciudad en cuestión; con otro viaje de vuelta el domingo por la noche para regresar a Madrid, donde don Josemaría proseguía trabajando, sin descansar, el lunes por la mañana...
En uno de esos viajes se acercó hasta Valencia para predicar unos ejercicios espirituales. Nada más llegar, la noticia se extendió como la pólvora: ¡Había llegado el autor de Camino y se disponía a dirigir unos Ejercicios Espirituales para chicas jóvenes en Alacuás!
En Alacuás estaba la Casa de Ejercicios de las Operarias Doctrineras y acudieron tantas jóvenes que se llenó la casa y un grupo tuvo que ir y volver todos los días hasta la ciudad. Entre esas jóvenes estaba Encarnación Ortega, una chica muy joven, rubia, con los ojos claros y el gesto decidido. Estaba allí –pensaba ella– aquel domingo de Ramos 30 de marzo de 1941 por pura casualidad. No sabía nada del Opus Dei; había leído Camino y su hermano le había hablado muy bien de aquel sacerdote: eso era todo.
"Comenzaron los Ejercicios –recuerda Encarnación Ortega–. Entramos en la capilla. Poco después llegó el Padre. Su recogimiento, lleno de naturalidad, su genuflexión ante el Sagrario y el modo de desentrañarnos la oración preparatoria de la meditación, animándonos a ser conscientes de que el Señor estaba allí, y nos miraba y nos escuchaba, me hicieron olvidar inmediatamente mi deseo de escuchar a un gran orador, y se cambiaron por la necesidad de escuchar a Dios y ser generosa con El... Fui a saludar al Padre.
«Después de un brevísimo preámbulo, con un gran asombro por mi parte, ya que no conocía su existencia, el Padre me explicó en síntesis la Obra: buscar la santidad en el trabajo ordinario, sin salirse de su sitio; estar en el mundo sin ser del mundo; vivir vida contemplativa sin ser religiosos, convirtiendo –sin hacer cosas raras– la calle en celda... Me habló de la filiación divina como nota que perfilaba la fisonomía de las personas que trabajaban así y su gran importancia; de inquietud apostólica; de virtudes humanas: sinceridad, laboriosidad, valentía...
«No sabía que existiese el Opus Dei, pero en aquel momento lo vi perfectamente estructurado y me asustó mucho que Dios me pudiera pedir lanzarme a los comienzos de algo que me parecía maravilloso, que me iba perfectamente, pero que me lo exigía todo. Hice el propósito de no volver nunca encontrarme, frente a frente, con el Padre. A pesar de esa decisión no podía dormir ni casi comer. Veía que Dios necesitaba mujeres valientes para hacer su Obra en la tierra; y, no sabía por qué, yo me había enterado a través de su Fundador... Aquella idea la tenía viva, constantemente.
«En cada meditación, como para poner distancia a la llamada de Dios, me ponía en una fila más atrás de sillas –en la capilla había sillas, no bancos–, pero las palabras del Padre sobre los novísimos, la vida oculta y pública de Jesús, la elección de los primeros doce... eran un despertador continuo.
«Llegó el último día y la última meditación de aquella jornada. Sólo faltaba, a la mañana siguiente, la plática sobre perseverancia y la Santa Misa. Agudicé mis preocupaciones y me puse en la última fila y en el centro: así me encontraba más defendida.
«Entró el Padre en la capilla. Repitió la oración preparatoria: "Señor mío y Dios mío; creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes...", que siempre me impresionaba tanto, y comenzó a hablar sobre la Pasión del Señor. Desde el Cenáculo, donde nos había dado la gran prueba de Amor de la institución de la Eucaristía, nos llevó hasta el Huerto de los Olivos. Allí, después de dejar a la entrada a casi todos los apóstoles, acompañado de tres, a quienes pidió que orasen y vigilasen, se postró en oración. El Padre nos hizo sentir el sufrimiento de Jesús: visión de todos los pecados de los hombres; ingratitud; angustia física ante el pensamiento de la Pasión; soledad... El Señor fue a buscar un poco de consuelo en aquellos tres discípulos que había llevado con El y ¡los encontró dormidos! Renovada su oración, era tal su angustia, que ¡sudó sangre!... Con gran viveza nos presentó este momento. Y a continuación nos dijo: Todo eso lo ha sufrido por ti. Tú, al menos, ya que no quieres hacer lo que te está pidiendo, ten la valentía de mirar al Sagrario y decirle: eso que me estás pidiendo ¡no me da la gana!
«Seguidamente nos explicó la flagelación con tanta fuerza que parecíamos testigos oculares. Y la coronación de espinas. Y la cruz a cuestas. Y cada uno de los sufrimientos de la Pasión... Después de cada uno de ellos, volvía a repetir: todo eso lo ha sufrido por ti. Se valiente al menos, y dile que eso que está pidiendo ¡no te da la gana! Al hablar otra vez con don Josemaría sólo quería decirle una cosa: que estaba dispuesta a todo.
«El Padre, entonces, empezó a ponerme dificultades: la vida iba a ser dura; la pobreza, grande; había que tener una disponibilidad total hasta para irse lejos; tal vez habría que aprender japonés y marchar allá... Nada de eso me importaba: tenía una decisión plena que apoyada en la gracia de Dios, salvaría las dificultades".
3. ¡YA TENEMOS UN PALAU!
La decisión de entrega de Encarnación Ortega no fue un caso aislado. Al día siguiente, le presentaron al Fundador a Enrica Botella –hermana de Francisco Botella– que había pedido en el mes de abril la admisión en el Opus Dei. Un mes más tarde lo hizo Nisa González Guzmán, una mujer a la que había conocido en Madrid en agosto de 1940. Y así, en los años siguientes Dios iría enviando al Opus Dei sucesivas vocaciones de mujeres jóvenes: una licenciada en Ciencias Químicas, Guadalupe Ortiz de Landázuri; María Teresa Echevarría; Carmen Gutiérrez Ríos; Victoria López Amo; Raquel Botella –otra hermana de Francisco Botella–; una catalana, Digna Margarit...
Como fruto de esos viajes apostólicos y de la decisión de entrega generosa de tantos hombres y mujeres, comenzaron a ponerse en marcha algunos centros del Opus Dei en diversas ciudades de España. Desde 1939 contaban en Valencia con un pequeño piso en la calle de Samaniego, al que llamaban "El Cubil"; en Valladolid habían alquilado otro, también muy pequeño, en la calle Montero Calvo, bautizado con un nombre bastante expresivo de sus dimensiones: "El Rincón".
El primer centro del Opus Dei que se puso en Cataluña, en 1940, estaba situado en el número 62 de la calle Balmes. Era también un pisito pequeño y algo obscuro, pero estaba bien distribuido; y sobre todo estana a dos pasos del corazón de Barcelona, la Plaza de Cataluña; y muy cerca de la Universidad, cosa importante para el comienzo de una labor apostólica con universitarios.
Se alquiló el piso, pero los muebles..., ése fue otro cantar. Al principio llegaron la imagen de la Virgen, una cruz de palo para el oratorio y poco más. Más tarde hicieron su triunfal –y solitaria– aparición dos mesas y dos sillas que tardaron bastante tiempo en encontrar compañía.
Cuando volvió don Josemaría de nuevo a Barcelona todavía seguían las mesas y las sillas solitarias en medio de las habitaciones vacías. Así que, los estudiantes que vinieron a escucharle tuvieron que sentarse sobre gabardinas y periódicos puestos sobre el suelo. No les importaba, y se lo tomaron con buen humor. El Fundador les enseñaba que las obras de Dios no fracasan por falta de medios materiales, sino por falta de espíritu. ¡Ya vendrían esos medios materiales! Ahora, lo importante era confiar en Dios: rezar, mortificarse, trabajar con perfección humana y sobrenatural y llevar a cabo un apostolado vibrante.
Ese era el espíritu con el que se encontraban los que venían por allí. Se veía a la legua que en aquel lugar sobraba alegría, fe y confianza en Dios; y que faltaba algo, de un modo claro, palmario y urgente: dinero.
Había que darle un nombre al piso. Don Josemaría se lo puso con tono alegre y divertido, al recordar el nombre de aquella finca de Fonz con cuya venta su familia le había ayudado a instalar la Residencia DYA.
–¡Bueno!, dijo. Ya tenemos un "palau".
Y con ese nombre –Palau, palacio–, tan lejano de su realidad concreta, se quedó.
4. UNAS VECES CON ESPADA TOLEDANA, OTRAS...
En el año 1941 los Obispos de numerosas diócesis de España, atraídos por su vigor apostólico y su fama de santidad, le pidieron que predicara ejercicios espirituales para el clero y millares de sacerdotes escucharon durante ese periodo su palabra encendida en amor de Dios. También le llamaban numerosas órdenes y congregaciones religiosas para que les predicara. Don Josemaría respondía con generosidad "a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar –comentaba uno de esos prelados, Mons. Moro Briz, obispo de Avila–; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendios por los numerosísimos Ejercicios espirituales que dirigía".
"La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría –proseguía Mons. Moro– y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Avila me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote– de las tandas de Ejercicios espirituales para el clero que organizamos al terminar la guerra civil (...).
«Yo estuve presente, como es natural, y como resumen puedo recoger las mismas palabras que dije entonces a los asistentes: 'Don Josemaría, cuando habla, siempre hiere; unas veces con espada toledana, y otras con bombas de mano'. Así traté de expresar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad hechas obras en las cosas menudas de cada día".
"Fue una suerte y una gracia muy grande –recordaba el agustino Félix Carmona, que conoció a don Josemaría en un retiro que predicó a los monjes del Monasterio del Escorial–. Creo que conocí a un 'santo de altar', a un 'santo canonizable', como él –con tanta firmeza– nos decía que habíamos de ser. El impacto de su extraordinaria espiritualidad no se ha borrrado con los años".
5. TERRIBLEMENTE TRATA DIOS A SUS AMIGOS
"Terriblemente trata Dios a sus amigos", escribió Santa Teresa, al enterarse de las murmuraciones que se decían de su "medio–fraile", como llamaba la Santa a San Juan de la Cruz, aludiendo a su baja estatura. Tampoco ella se libró, como la mayoría de los santos, de las persecuciones de los enemigos de la fe y de la "contradicción de los buenos". "¿Obra sin contradicción? –exclamaba san Enrique de Ossó– ¡mala señal!"
No se libraron de contradicciones, a lo largo de los siglos, entre muchos otros, San Ignacio de Loyola, San José de Calasanz, San Francisco de Sales, San Juan Bosco, San Antonio María Claret... San Josemaría no fue en esto ninguna excepción.
Auque había sufrido incomprensiones y recelos desde el comienzo de la labor apostólica, durante esos años de la inmediata posguerra arreciaron las incomprensiones en torno a su figura. Se formó tal clamor de insidias en todo el país que uno de sus biógrafos lo comparaba al de una "charca de ranas al caer la tarde". De la murmuración, se pasó a la calumnia, y de la calumnia, por la espiral del rumor, se llegó a las fantasías más disparatadas. No había día que no llegaran a oídos del Fundador nuevas patrañas, tan numerosas y tan constantes que le preguntaba muchas mañanas a Alvaro del Portillo –uno de sus más fieles colaboradores desde los años treinta–:
–Alvaro, ¿desde dónde nos calumniarán hoy?
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Algunas incomprensiones eran de raíz política. En aquella nueva sociedad nacida de la guerra, donde abundaban las manifestaciones patriótico–religiosas, no se entendía que el Opus Dei proclamase su finalidad estrictamente espiritual, al margen de compromisos temporales, y que no cerrase filas, levantando el brazo como tantas otras, a lado de los vencedores.
"En una ocasión –comentaba el Arzobispo de Grado, Fray José López Ortiz– me llegó un documento de la Falange –el partido único de Franco– en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma, no pude evitar que se me saltasen las lágrimas.
«Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad:
«–No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo.
«Y, en lugar de romper esa carta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el Ministerio de la Falange, de donde los había cogido: 'Ten –me dijo–, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él'".
Pero Fray José seguía inquieto, y una vez que estaba con el Fundador en la Residencia de la calle Samaniego, en Valencia, al ver un pozo, le dijo a su amigo Josemaría: "Anda con cuidado, no vaya a ser que un día una persona mal intencionada meta ahí cuatro pistolones viejos, y luego venga algún falangista, descubra esas armas y surja un lío".
"Mi comentario –explicaba– tenía algo de broma, pero la realidad era que algunos miembros de la Falange querían crear un conflicto político en torno a la labor de la Obra".
No eran vanos los presentimientos de Fray José: nadie escondió unos pistolones en el pozo, pero acusaron a don Josemaría ante el Tribunal para la Represión del Comunismo y la Masonería, que era una acusación particularmente grave en el ambiente enrarecido de la posguerra. Se decía que el Opus Dei era una "rama judaica de la masonería", una "secta judaica en relación con los masones".
Alguien afirmó que los miembros del Opus Dei, los presuntos masones, eran trabajadores y castos. Aquello escamó al temible General Saliquet, presidente del Tribunal:
–Pero, ¿de verdad viven la castidad?, inquirió.
Le dijeron que sí.
–No hay que preocuparse entonces –concluyó rotundo–; si viven la castidad no son masones. No conozco masones que sean castos.
Y dio carpetazo al asunto.
6. LA CONTRADICCION DE LOS BUENOS
Otras acusaciones procedían, como recordaba el Arzobispo de Grado, "de parte de algunos eclesiásticos que no veían con buenos ojos que se difundiera un apostolado con una espiritualidad que no era la suya y que se dejaban llevar de celotipias".
Unos religiosos organizaron una compleja campaña contra el Fundador, en la que no faltaron las visitas a los padres de los miembros del Opus Dei. Les decían que estaba al caer una condenación romana fulminante sobre el Opus Dei, y que sus hijos, víctimas de un sacerdote perverso que los alucinaba diciéndoles que se podía ser santo en medio del mundo, corrían peligro de condenación eterna. Es fácil imaginarse la congoja en la que quedaban sumidas aquellas familias.
Hoy puede soprender que alguien se asombre de esta afirmación: santos en medio del mundo. Pero entonces, algunos, al oír esto, se hacían cruces. ¡Santos en medio del mundo! Aquello sonaba a locura, a disparate, y de los grandes. Y la campaña no amainaba: se recrudecía en sacristías, en púlpitos y confesonarios, donde se aseguraba a los fieles que estaba en ciernes "un tremendo peligro contra la Iglesia".
Lo sorprendente es que algunas de esas maledicencias estaban promovidas por personas de fe, que pensaban que estaban luchando por una buena causa. Aún más: muchas estaban convencidas de que agradaban a Dios con ese modo de actuar.
Entre unos y otros fueron alimentando una nube oscura de maledicencias, sospechas y murmuraciones, a cual más disparatada. "En el noviciado de una benemérita Congregación de religiosos –contaba don Antonio Rodilla, amigo del Fundador– se le presentó como el Anticristo".
Al final, la tormenta descargó con furia en varias ciudades españolas, y con especial fuerza, en Barcelona, donde los miembros del Opus Dei se contaban con los dedos de una mano. Los acecharon, los insultaron en público y llegaron a hacer un auto de fe con Camino, al que arrojaron a la hoguera por considerarlo la publicación herética de una peligrosa, peligrosísima, "sociedad secreta".
"En una ocasión –relata Salvador Bernal–, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudiantes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: 'estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa'.
«'La pobre monja –recuerda uno de ellos– a poco se desmaya: les habían hecho creer que éramos una legión numerosísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes, corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos'".
Entre todas las patrañas, hubo una que dolió especialmente a don Josemaría. En el oratorio del Palau había una cruz de palo, de madera negra y sin brillo. La Iglesia propone desde hace siglos a los fieles que veneren la Santa Cruz de ese modo, sin la imagen del crucificado, para recordarles que el camino cristiano es de abnegación y sacrificio, y para moverles a un afán corredentor, como se lee en Consideraciones Espirituales:
Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.
Pues bien: se corrió la voz de que en el Palau se hacían "ritos sangrientos" y que los miembros del Opus Dei se crucificaban allí, sobre la Cruz del oratorio...
Don Josemaría aconsejó a los miembros del Opus Dei que no se sintieran nunca enemigos de nadie –pasara lo que pasara, dijeran lo que dijeran– y les dio un lema para vivir cara a Dios en trances parecidos: callar, rezar, trabajar, sonreír. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir aquella cruz por otra más pequeña: Así no podrán decir –bromeó– que nos crucificamos, porque no cabemos.
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Estas acusaciones, contempladas desde la lejanía de los hechos, podrán parecernos absurdas y aun ridículas, pero alcanzaron extremos de tal gravedad que don Josemaría no podía ir por Barcelona, porque corría el riesgo de que lo encarcelaran. "Me alegro –comentaba años más tarde Correa Veglison, que era entonces Gobernador Civil de la ciudad– de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona: tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo".
El misterio del mal se hacía presente de nuevo en su vida; había pasado años de incertidumbre, durante la guerra, perseguido por los enemigos de la Iglesia; y ahora le perseguían, paradójicamente, los propios miembros de la Iglesia. Pero no había lugar para el resentimiento en su corazón: no dividía el mundo en "buenos y malos"; consideraba aquella nueva prueba como un encuentro con la Cruz de Cristo, y por tanto como un nuevo encuentro con Dios.
Aquello le apenaba, evidentemente; pero más que desanimarle, le confirmaba que la Obra era verdaderamente de Dios, porque la bendecía con la Cruz: Cruz, trabajos, tribulaciones –había escrito en Camino–: las tendrás mientras vivas. –Por ese camino fue Cristo y no es el discípulo más que el Maestro.
A pesar de todo hizo algún viaje a Barcelona desde Madrid, en avión, regresando en el día, para no tener que alojarse en ningún hotel. El nuncio, Mons. Cicognani, le aconsejó que pusiera su billete a nombre de Josemaría E. de Balaguer, para no poner en marcha a la policía, porque todos le conocían como el "Padre Escrivá".
No todos, sin embargo, actuaban del mismo modo. El Abad de Monserrat, Dom Aurelio M. Escarré, prefirió preguntar a las autoridades competentes qué era aquello del Opus Dei. ¿En qué diócesis había nacido? En la de Madrid. Allí se dirigió. Escribió una carta al Obispo, don Leopoldo Eijo y Garay pidiéndole informes sobre el asunto.
Don Leopoldo le contestó el 24 de mayo de 1941, tranquilizándole:
"Ya sé –escribía– el revuelo que se ha levantado en Barcelona contra el Opus. Bien se ve la pupa que le hace el enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium prestare Deo".
Después de decirle que conocía el Opus Dei desde su fundación en 1928, concluía el Obispo: "créame, Rdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para la santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso...".
Se había sembrado a espuertas la semilla de la confusión y las incomprensiones y las maledicencias duraron años y años, y dieron abundantes frutos amargos. Un día –recuerda el dominico P. Sancho– don Josemaría se fue a dar un paseo por las afueras de Madrid con el entonces Obispo auxiliar de Madrid, don Casimiro Morcillo. Este le dijo, "como si se le escapase un secreto: 'Veremos qué contesta el Santo Oficio'. El Padre le preguntó: '¿Qué tiene que contestar el Santo Oficio? Morcillo, sorprendido y triste, repuso: 'Pero, ¿no sabes que te han acusado como hereje?'".
Aquello no era cierto, aunque se lo habían hecho creer así a Mons. Morcillo. De hecho no hubo acusación ante ese dicasterio, sino ante la Santa Sede. La reacción del Fundador, como recuerda el P. Sancho– fue instantánea:
«–¡Qué me han acusado al Santo Oficio! –comentó–. ¿Y qué me puede venir de mi Madre, la Santa Iglesia, sino el bien?".
7. EN UN DICCIONARIO RABINICO
Otras contradicciones se desarrollaban en el marco académico y estaban promovidas por un grupo de profesores universitarios. "Yo no he sabido a ciencia cierta quiénes ni cuántos eran –escribía Fray José López Ortiz– porque por lo general no se manifestaban delante de mí. Sin embargo sí me acuerdo claramente de un catedrático de Derecho Internacional, que se jactaba de haber encontrado en un diccionario hebreo un sentido oculto a las siglar SOCOIN con que era conocida una sociedad civil –la "Sociedad de Colaboración Intelectual"– creada por algunos miembros de la Obra para dar un título jurídico, acorde con la legislación vigente en el país, a la labor cultural y apostólica que se realizaba desde uno de los centros de la Obra".
Al parecer aquel catedrático no le daba demasiada importancia a la diferencia entre una "m" y una "n"; y como en aquel diccionario rabínico halló una palabra que se parecía a Socoin –"socoim"–, que era el nombre de una secta rabínica de asesinos "en ello quiso encontrar base –concluye López Ortiz– para extender la inexplicable injuria de que la Obra era 'una secta judaica de los masones, o una secta judaica en relación con los masones'".
8. CONFIRMA A TUS HIJOS
Nunca perdió la paz el Fundador del Opus Dei ante estos ataques que llegaban, como hemos visto, hasta los extremos de lo ridículo. "Me hablaba –recordaba su amigo José María García Lahiguera, que fue su confesor desde el fin de la guerra hasta 1944– de las contradicciones que tuvo que sufrir (...), tan duras, tan injustas, tan dolorosas; me las daba a conocer sin el menor dramatismo; las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima. En realidad (ya entonces yo me daba cuenta, y ahora, con la perspectiva que dan los años, aún lo veo con más claridad) la grandeza de alma de D. Josemaría le hacía estar muy por encima de tantos dimes y diretes, aunque no por eso dejase de sufrir, pero más por la ofensa a Dios que representaba el hecho de que le calumniasen y por el daño que podría ocasionarse a las almas, que por sentirse él herido personalmente.
Por el trato con el Obispo de Madrid, yo me daba cuenta de lo que estaba pasando, de dónde venían aquellos injustos ataques y podía valorar cuánto tenían que hacerle sufrir. Y sin embargo, nunca le oí una palabra de mal humor, ni frases hirientes, siquiera quejas".
Su respuesta ante los agresores fue siempre la misma: el perdón. Perdonó siempre, todo y a todos, con corazón grande y generoso: yo no he necesitado aprender a perdonar –explicaba– porque Dios me ha enseñado a querer. Y cuando al cabo de los años algunos de los que le habían difamado fueron a pedirle perdón, les comentó: No me habéis ofendido; sólo me dio pena de la ofensa a Dios que quizá hicieron los que os informaron mal, y a ésos también les quiero bien.
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Don Leopoldo Eijo y Garay, que le había apoyado desde los comienzos de la labor apostólica y que quiso aprobar el Opus Dei como Pía Unión el 19 de marzo de 1941, le defendía y animaba constantemente en medio de aquella tormenta. Hace mucho tiempo, muchísimo (...) –evocaría años más tarde san Josemaría–, una noche, estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño –cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias y trapisondas de aquellos tiempos–, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría... Era don Leopoldo, entonces Obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada y celebraba la Misa a las once de la mañana.
¿Qué hay? le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expetivit vos ut crivaret sicut triticum. Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo por vosotros... Et tu... confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó.
9. ¡ESTE HIJO!
Doña Dolores comenzó a leer aquel libro sobre San Juan Bosco que le había dejado su hijo Josemaría. En un pasaje se relataba como Mamá Margarita –la madre de San Juan Bosco– abandonaba su casa, y su vida tranquila en Castelnuovo, a instancias de su hijo, para marcharse con él a Turín y ayudarle en su labor apostólica...
Comprendió al fin por qué su hijo tenía un interés tan grande en que leyese aquellas páginas...
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–¿Qué quieres? –exclamó un día doña Dolores, con toda la espontaneidad y la franqueza de su genio aragonés– ¿Qué haga como la madre de don Bosco?¡Ni hablar!
–Pero –le dijo sonriendo don Josemaría– ¡si lo estás haciendo ya!
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Era verdad: doña Dolores le había ido dando progresivamente su tiempo, su dinero, su casa, sus energías; en definitiva, toda su vida. Sin ella, sin su hija Carmen, el Opus Dei no gozaría de aquel calor de hogar; un ambiente de familia que –lo sabían todos muy bien– estaba amasado con los silenciosos sacrificios de aquellas dos mujeres.
Doña Dolores y Carmen estaban siendo la primera "administración" del Opus Dei: con ese nombre se designa, en la vida del Opus Dei, aquellas labores que contribuyen a crear un ambiente de hogar, al cuidado material de los centros y a las personas que viven en ellos. Esas labores son, en palabras del Fundador, "apostolado de los apostolados" porque posibilitaban el resto de las labores del Opus Dei.
Las manos de doña Dolores y de Carmen sabían de muchas horas de trabajo y de muchos agobios en aquella Residencia de Jenner a la que se habían trasladado en agosto de 1939. Habían alquilado tres pisos, dos en la cuarta planta y uno en la segunda. Doña Dolores y su hija Carmen disponían sólo de una única habitación para ellas dos, bastante oscura y que daba a un patio interior.
No eran años fáciles. España atravesaba los "años del hambre" y tenían que dar de comer a varias decenas de chicos que pagaban una pensión escueta. ¡Cuántos aprietos, cuantos quebraderos de cabeza! Porque, ¡si fueran sólo los problemas de la cocina...! Estaba además la limpieza de la casa, la lavandería, los encargos, ¡y las cuentas! Había que buscar chicas que hicieran bien aquellos trabajos, enseñarlas, ayudarlas, y estar al tanto de todo: comprobar si éste seguía acatarrado; si aquel necesitaba una comida especial o el otro andaba mal de ropa...
"Del trabajo directo de la atención del servicio, comida, limpieza, etc., se ocupaba Carmen –recuerda Santiago Escrivá–. Mi madre se ocupaba principalmente de la costura: pasaba las horas cosiendo y recosiendo la ropa de los residentes.
«Cuando mi madre trató a los de la Obra, les tomó gran cariño. Realmente todos eran como nietos suyos. La llamaban Abuela.
Aunque ni Carmen ni ella eran del Opus Dei, estaban ayudando decisivamente al crecimiento del Opus Dei en aquella residencia en la que el Fundador había designado como director a Juan Jiménez Vargas; y colaboraban de una forma singularísima en todo lo que se refería a la labor con mujeres. El Fundador daba gracias a Dios porque podía contar con ellas para esta tarea: Veo como Providencia de Dios –decía– que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor quiso que fuera así.
A finales de 1940, don Josemaría pudo traer a su madre y a sus hermanos a vivir a una casa en la calle Diego de León, un edificio amplio y representativo, que iba a albergar a un buen número de miembros del Opus Dei. En aquella casa, al menos para doña Dolores –para los residentes fue otro cantar– se acabaron las estrechuras: allí podía disponer –¡al fin!– de una habitación espaciosa en la planta principal, con un mirador de cristalera que daba a la calle, y de un lugar adecuado para poner sus macetas de flores.
"En esa habitación, que tenía un mirador junto al que había una mesa camilla –recuerda Santiago Escrivá–, se pasaba el día mi madre, dedicada a la costura: reconstruía calcetines, ponía botones, arreglaba camisas, etc. Carmen era la que iba a Jenner diariamente para llevar la residencia".
.........
Meses más tarde, el 22 de abril de 1941 don Josemaría se encontraba en Lérida, donde había acudido para predicar unos ejercicios espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Asistía entre ellos el Obispo administrador apostólico.
Muchos de aquellos sacerdotes que se disponían a escucharle en los ejercicios que predicaba por toda España habían pasado por el largo calvario de los tres años de guerra: algunos habían sido condenados a muerte por el puro hecho de ser sacerdotes y habían salvado la vida a duras penas; otros habían sido despreciados, insultados, perseguidos; o habían visto morir mártires a tantos compañeros suyos de seminario, de su misma ciudad, de su misma parroquia... ¿Cómo negarse cuando un Obispo le pedía que predicara a estos hombres? Había acudido con alegría, pero con una sombra en el corazón: había tenido que dejar en Madrid a su madre algo enferma. Los médicos le habían tranquilizado; no parecía nada grave y en pocos días estaría repuesta.
Al despedirse de su madre le había pedido que ofreciera las molestias de aquella enfermedad por los frutos de estos ejercicios que iba a predicar. Doña Dolores dijo, como siempre, que sí. Pero al despedirse, se le escapó un suspiro:
–¡Este hijo...!
Se había quedado preocupado por ella; pero hizo lo que acostumbraba: abandonarse en las manos de Dios. Señor –oró–, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.
Al comenzar aquella plática estos recuerdos le golpeaban el corazón. Y habló a aquellos hombres de la labor sobrenatural, inigualable, de la madre del sacerdote junto a su hijo. Aquellas palabras no las había aprendido en ningún libro de teología: eran fruto de su propia vida.
Y se me ocurrió decir: "Las madres de los sacerdotes –yo estaba con la pena de mi madre– se debían morir sólo al día siguiente de que muriese su hijo. En aquel momento vinieron a llamar al Obispo; se marchó, y yo acabé.
Al finalizar aquella meditación, se quedó rezando en la capilla. Al rato, alguien le avisó por detrás: era el Obispo que venía con la cara demudada. Alvaro le llamaba por teléfono desde Madrid:
–"Padre –escuchó al otro lado del hilo–, la Abuela ha muerto".
Volvió de nuevo al Oratorio. Hizo junto al Sagrario un acto pleno, rendido, de aceptación a la Voluntad de Dios: "Fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen"
Un amigo le prestó un coche y a las dos de la madrugada llegó a Madrid. Entró en Diego de León. El cuerpo de su madre yacía en el oratorio. Al verlo, rompió a llorar en silencio.
Al salir del oratorio le contaron como había sobrevenido su muerte, totalmente inesperada. Dios mío –se le oyó decir en voz baja–, Dios mío, ¿qué han hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre le hacía falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada...; ¡sin nada!"
10. DOS REACCIONES
Una tarde de noviembre de 1942, pocos meses más tarde del fallecimiento de su madre, don Josemaría fue al Centro que tenían las mujeres del Opus Dei en Madrid. Era una casa de dos plantas en la calle Jorge Manrique. Al llegar las reunió en la Biblioteca. Eran sólo tres mujeres jóvenes, y como recuerda Encarnación Ortega, "¡éramos pocas más en todo el mundo!"
Extendió sobre la mesa de la biblioteca un pliego de papel en el que había escrito el cuadro de labores que las mujeres del Opus Dei iban a realizar en el futuro en los cinco continentes. Les habló con fuerza, con una fe plena en que todas aquellas labores pronto se harían realidad. Y no parecía importarle que fuesen sólo tres...
"Sólo el hecho de seguir al Padre –comenta Encarnación Ortega–, que nos las explicaba con viveza, casi producía sensación de vértigo: granjas para campesinas; distintas casas de capacitación profesional para la mujer; residencias de universitarias; actividades de la moda; casas de maternidad en distintas ciudades del mundo; bibliotecas circulantes que harían llegar lectura sana y formativa hasta los pueblos más remotos; librerías... Y, como lo más importante, el apostolado personal de cada una de nosotras...
«Debíamos de expresar con la mirada nuestro deseo de realizar lo que el Padre nos había expuesto, pero también nuestra impotencia, porque doblando despacio aquel cuadro, dijo:
«–Ante esto se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda.
«Su fe no le hizo tener en cuenta ni el número de mujeres del Opus Dei, ni la juventud, ni la falta de preparación en todos los campos.
«Manifestaba esa misma fe ante la expansión del Opus Dei por los países más dispares. Siempre pensó que si el Señor nos pedía aquello y respondíamos con fidelidad no dejaría de darnos su gracia, aunque tuviéramos que comenzar sin más bagaje que la bendición del Padre, una imagen de la Virgen y un Crucifijo".
11. LA SOCIEDAD SACERDOTAL DE LA SANTA CRUZ
Eran sólo tres mujeres jóvenes, y el Fundador les hablaba de extender el Opus Dei en los cinco continentes... Lo mismo les decía a los tres miembros del Opus Dei que se preparaban desde hacía tiempo para recibir la ordenación sacerdotal: Alvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luís Múzquiz. Estudiaban según un plan aprobado por el Obispo de Madrid, aunque don Josemaría no sabía cuándo ni con qué título podía tener lugar la ordenación sacerdotal. Rezaba y pedía luces al Señor para que se lo hiciera ver.
Dios había sembrado en su alma un profundo celo apostólico por los sacerdotes. Y a ese amor por el sacerdocio se unía en aquel tiempo una exigencia apostólica cada vez más imperiosa: a medida que la labor iba creciendo se ponía de manifiesto la urgente necesidad de contar con unos sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei que pudieran dedicarse íntegramente a esta tarea.
Dios le había hecho ver que los sacerdotes debían proceder de los miembros del Opus Dei. Llevaba años rezando y mortificándose por ellos. Recé tanto –comentaría más tarde– que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.
Pero había algo que no estaba resuelto: el "título de ordenación" de aquellos nuevos sacerdotes, dentro del marco jurídico del derecho eclesiástico.
Durante meses, el Fundador estudió el asunto. Se asesoró. Pidió luces y el 14 de febrero de 1943, Dios, de nuevo, aceleró el paso.
Después de buscar y no encontrar la solución jurídica –recordaba san Josemaría– el Señor quiso dármela, precisa y clara. Durante la mañana del 14 de febrero de 1943, mientras celebraba la Santa Misa en un centro de mujeres del Opus Dei en Madrid se hizo una luz en su mente. Al acabar de celebrarla –recordaba–, dibujé el sello de la Obra –la Cruz de Cristo abrazando el mundo, metida en sus entrañas– y pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Dios, una vez más, le había mostrado el camino. Esa era la solución que había buscado durante mucho tiempo, sin encontrarla: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: una solución que respondía plenamente a la luz que había recibido el 2 de octubre de 1928, en la que había visto el Opus Dei con seglares y sacerdotes en íntima cooperación.
Con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a cuyo título se ordenarían los nuevos sacerdotes del Opus Dei y que formaría parte integrante e inseparable de la Obra, se hacía posible la ordenación sacerdotal de algunos laicos del Opus Dei, que podrían asistir espiritualmente al resto de los miembros y atender las actividades apostólicas promovidas por ellos.
Esta nueva configuración jurídica fue aceptada por la Santa Sede en otoño de ese mismo año; y el 25 de junio de 1944, tras una preparación intensísima, el Obispo de Madrid, Mons. Eijo y Garay, ordenó a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei: don Alvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz. Los tres eran ingenieros de profesión.
San Josemaría, por humildad, para no recibir unas felicitaciones que pensaba que no merecía, no asistió a la ordenación y permaneció durante ese tiempo en su residencia de la calle Diego de León, celebrando la Santa Misa y rezando por ellos, fiel al lema que definió toda su vida: ocultarme y desaparecer, que sólo Jesús se luzca.
Horas después les comentó: Cuando pasen los años... y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿que decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.
Unos años después, hacia 1950, don Josemaría vio que no había inconveniente en que también los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei proporciona a esos sacerdotes, que tienen a su propio Obispo como único superior, cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en su vida interior y vivir con fidelidad la unión y la obediencia a su Ordinario.
12. ISIDORO
Aquellos primeros meses de 1943 fueron de alegría y de dolor: alegría por la luz que había recibido el 14 de febrero; de dolor, de sufrimento y de noches en vela porque Isidoro Zorzano había caído enfermo. Los médicos habían confirmado el diagnóstico, mortal a breve plazo: linfogranulomatosis maligna, una inflamación crónica de los ganglios que lleva consigo escalofríos, fiebre alta, gran agotamiento y pérdida de fuerzas, una inapetencia progresiva y una gran fatiga general, con angustiosas sensaciones de ahogo.
Mientras pudo, siguió haciendo su vida de siempre, entre dolores, insomnios y naúseas. "Hace mucho tiempo que sabe que puede morir de un momento a otro –comentaba el Director del Sanatorio de San Fernando donde estuvo internado durante un tiempo– y, no obstante, está tranquilo; cuando se le dice que está mejor lo agradece con una sonrisa".
Don Josemaría pasó mucho tiempo a la cabecera de Isidoro. Dios se llevaba de su lado a un hombre fiel, en el momento que más lo necesitaba. Aceptaba esa Voluntad divina, aunque le costaba: Dios sabía más.
En la primavera de 1943 Isidoro esperaba ya la muerte en el Sanatorio de San Francisco, de la calle Joaquín Costa; y el 15 de abril, Viernes de Dolores, creyó que ya había llegado su hora. Vino don Josemaría y le administró la Extremaunción. "¡Qué hermoso día para morir, Padre –le comentó a don Josemaría–, y ver hoy a la Virgen!".
Pero Dios no lo llamaba todavía y el peligro pasó pronto.
Isidoro siguió rezando, con la misma serenidad de siempre, ofreciendo todos sus dolores por la Iglesia, por el Opus Dei, y por los primeros sacerdotes del Opus Dei. Al ver su alegría y su abandono en las manos de Dios, le dijo san Josemaría:
–Mira, hijo, le pido al Señor que me dé una muerte con la tuya.
Isidoro murió, con una gran paz, a las cinco y media de la tarde del 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen. "Conviene obedecer al Señor –fueron casi sus últimas palabras–, dejar todo e irse a los 40 años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz a última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor".
Por la noche uno de los que le acompañaban, escribió: "Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre".
Poco años después se inició el proceso de Canonización de este hombre bueno y fiel; y entre 1948 y 1954 se instruyó en Madrid el proceso informativo sobre su fama de santidad, vida y virtudes.
13. UN ASCETISMO SONRIENTE
En medio de aquellas penas y dolores, don Josemaría vivía y enseñaba un ascetismo sonriente. Recordaba que la alegría tiene raíces en forma de cruz. Quiero que estés contento –decía– porque la alegría es parte integrante de tu camino. Y les quería dejar como herencia a sus hijos en el Opus Dei en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor.
Esa alegría empapaba toda su predicación, y no faltaba nunca en sus labios una broma simpática, un rasgo divertido o un comentario chispeante. Ese buen humor era también el rasgo que definía el trato con sus hijos en el Opus Dei. Juan Hervás, un sacerdote valenciano futuro obispo de Mallorca, se quedó asombrado, durante la breve estancia que pasó en la residencia de Diego de León invitado por su amigo Josemaría, por la gran alegría y confianza que reinaba en las tertulias de familia de aquel centro del Opus Dei.
Recordaba Mons. Hervás que su amigo Josemaría no "permanecía distante, sino al revés, viviendo plenamente las alegrías o las preocupaciones, la salud o la enfermedad de sus hijos. Se sentaba en medio de todos, en un asiento cualquiera, y era quien, con su buen humor, animaba más la conversación y hacía participar con espontaneidad a todos. Yo nunca he visto que un miembro de la Obra se sintiera cohibido en la presencia de su Padre, aunque en todo momento les haya visto con gran respeto hacia él. Todos estaban pendientes del Padre, pero eso no impedía que cada uno contara lo que quisiera y se expresase con libertad: el Padre sabía escuchar lo que se decía con gran atención y se le veía con gusto.
«En esas tertulias se cantaba, se contaban anécdotas, se bromeaba; y con la misma naturalidad, se hablaba de las labores de apostolado relatando los sucesos del día y, en todo momento, había cariño, simpatía, vibración apostólica y presencia de Dios".
............
Sin embargo no faltaron las lágrimas en la vida del Fundador. En julio de 1943 el propietario de la casa de la calle de Jenner le había expresado su deseo de volver a vivir allí y se habían traslado a dos hotelitos con capacidad para cien estudiantes, muy cerca de la Ciudad Universitaria, en la Avenida de la Moncloa. Eran tiempos difíciles de la posguerra española y no era fácil conseguir alimentos; a eso se unía que la casa estaba todavía inacabada y que trabajaban todavía en ella los obreros de la construcción. En una ocasión fue a visitar a las mujeres del Opus Dei que se encargaban de la administración doméstica de esa Residencia de estudiantes.
Aquellas mujeres le comentaron que todas esas circunstancias –las dificultades, las obras sin acabar, la falta de medios materiales, inexperiencia– habían provocado que descuidaran algunos aspectos de su vida interior.
Al escuchar esto a don Josemaría –hombre fuerte ante las calumnias y las contradicciones, ante la persecución física y las dificultades– se le saltaron las lágrimas. Después pidió que le trajeran un papel y escribió:
1. sin servicio
2. con obreros
3. sin accesos
4. sin manteles
5. sin despensas
6. sin personal
7. sin experiencia
8. sin dividir el trabajo
–––––––––––––––––––––––––
1. con mucho amor de Dios
2. con toda la confianza en Dios y en el Padre
3. no pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro
Lloré, hija mía –explicaría días más tarde–, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración.
14. CON UN SIGLO DE ADELANTO
En medio de aquel contraste de luces y sombras, de alegrías y contradicciones, Dios fue bendiciendo abundantemente su labor apostólica; y si en 1939, al finalizar la guerra civil española, el único centro del Opus Dei estaba destruido, seis años más tarde, en 1945, ya existían centros en Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, Granada, Zaragoza, Valladolid y Santiago de Compostela. Centenares de universitarios, movidos por el celo de san Josemaría, realizaban una intensa labor de formación cristiana en los más diversos ambientes.
Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, el Fundador comenzó a preparar la expansión apostólica por otros países. Quiere Jesús su Obra desde el primer momento –insistía el Santo– con entraña universal, católica; y recordaba que el Opus Dei no venía a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinado.
Muy pronto estas palabras se hicieron realidad. En 1946 ya había miembros del Opus Dei que estudiaban o trabajaban de forma estable en Portugal, Inglaterra e Italia, difundiendo en sus medios profesionales la llamada a vivir con plenitud la vocación cristiana en medio del mundo.
Sin embargo el Fundador no ignoraba las dificultades que debería vencer el Opus Dei en el marco jurídico de la Iglesia: sabía perfectamente que era un fenómeno pastoral nuevo y que las leyes de la Iglesia no contemplaban nada parecido.
Las palabras de aquel prelado le hicieron ver a don Alvaro del Portillo que sin la presencia del Fundador en Roma todo sería inútil. Y le escribió diciéndoselo: tenía que venir enseguida. No había otra solución.
Cuando recibió la carta, don Josemaría se encontraba enfermo. El médico le había diagnosticado una diabetes mellitus y le había aconsejado calma y reposo. ¿Viajar a Roma en esas condiciones? La respuesta del doctor fue tajante: aquel viaje, y en aquellas circunstancias, podía poner en serio peligro su salud.
Además, un viaje internacional en aquellos momentos tenía ciertos ribetes de aventura: la frontera con Francia estaba cerrada a causa de las presiones diplomáticas contra la España franquista y el transporte aéreo estaba interrumpido a causa de la guerra. La única posibilidad de llegar hasta Roma era en barco. Y eso suponía emprender un viaje largo y fatigoso: primero debería viajar de Madrid hasta Barcelona, por carretera; luego le esperaban las penalidades de la navegación hasta alcanzar las costas italianas. Y luego, un nuevo viaje en automóvil hasta Roma. Era una locura. Si emprendía ese viaje –dijo el médico–, no respondía de su vida.
El Fundador no dudó: era el futuro del Opus Dei el que lo exigía. A pesar de todo, debía ir. Se abandonó en las manos de Dios y la tarde del miércoles 19 de junio de 1946 salió de Madrid rumbo a Barcelona.
Hizo una primera etapa en Zaragoza, donde durmió. Al día siguiente, fiesta del Corpus Christi, llegó a Cataluña, subió hasta Montserrat y se postró ante los pies de la Moreneta. Allí dejó, a los pies de la Virgen, todas sus peticiones y todas sus esperanzas.
Al día siguiente, 21 de junio, a primeras horas de la mañana, junto al Sagrario, dirigió una meditación a los miembros del Opus Dei que residían en Barcelona. Comenzó su oración con unas palabras de los apostóles:
–Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis?, He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?
No había en aquellas palabras la menor sombra de desconfianza en la Iglesia. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano –había enseñado siempre a sus hijos en el Opus Dei–, con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!
Se encontraba con la misma incertidumbre que han tenido que superar los grandes santos que han abierto capítulos decisivos en la vida de la Iglesia: sabía la dirección general, pero desconocía el camino concreto. Es más, en este caso, ese camino no existía y lo tendría que ir abriendo, superando mil dificultades, al golpe de sus pisadas.
Aquellos hombres jóvenes que le escuchaban lo habían dejado todo –familia, futuro, planes personales– en las manos de Dios. Allí estaba Juan Jiménez Vargas, José Orlandis, Alfonso Balcells –que había sufrido, antes de ser del Opus Dei, en carne propia toda la campaña de calumnias, por el puro hecho de haber alquilado a su nombre el piso de El Palau– y tantos otros. Todo el afán de estos hombres en esta tierra era servir a la Iglesia en el Opus Dei. Y ahora parecía que el Opus Dei no encontraba camino en el marco jurídico de la Iglesia. ¿Qué iba a ser de ellos?
–Señor –seguía diciendo el Fundador en su oración confiada–, ¿tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad? ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (...). No he tenido más voluntad que la de servirte.
Después de la Misa fue a la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de Barcelona, para pedirle por los frutos de aquel viaje. Y a las seis de la tarde embarcó en un pequeño vapor correo de poco más de mil toneladas, el "J.J. Sister", rumbo a Génova.
El mar estaba encrespado. Soplaba fuerte la tramontana, el viento norte del Golfo de Lyon, y apenas dejaron atrás la bocana del puerto se levantó un fuerte temporal que comenzó a sacudir violentamente al barco, que empezó a bambolearse a merced de las olas. Los embates se volvieron tan violentos que se marearon casi todos los pasajeros, incluido el capitán. "Desde el camarote –recordaba José Orlandis, que acompañaba al Fundador– oíamos el ruido de la vajilla y de la cristalería del comedor al romperse, y rodar de acá para allá los muebles de la cámara. Nos llegaban, sobre todo, los llantos y el griterío de las mujeres y los niños. Pedían socorro pensando que la nave se hundía, porque las olas que barrían la cubierta comenzaron a llegar hasta el hall, y el agua entró por debajo de las puertas de algunos camarotes. El Padre me comentaba con buen humor:
«–¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el Golfo de Lyon! ¡Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma!"