Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Madrid
1. ENTRE POBRES Y ENFERMOSEl 20 de abril de 1927 con el correspondiente permiso de su arzobispo, don Josemaría llegó a Madrid para realizar el doctorado en Derecho Civil en la Universidad Central. Ese título sólo podía obtenerse, por aquel entonces, en la capital de España.
Madrid era una ciudad populosa y abigarrada que rebasaba ya los 800.000 habitantes. Era sede de la Corte y centro neurálgico de la vida cultural y política del país, que gobernaba el General Primo de Rivera. Era una ciudad contradictoria, monumental y popular al mismo tiempo, que conjugaba su amor por lo castizo con una lenta –muy lenta, lentísima– apertura a la modernidad.
Era también el centro de fuertes tensiones sociales: allí acudían, en busca de mejor fortuna, miles de desheredados del campo español, que solían acabar en un estado de semimiseria, cuando no de miseria absoluta, en los barrios de chabolas que rodeaban, como una larga cicatriz de pobreza, los contornos de la capital.
En esos barrios periféricos desarrolló don Josemaría, al poco tiempo de llegar, una incansable actividad sacerdotal por medio de su trabajo en el Patronato de Enfermos, una institución benéfica fundada por doña Luz Rodríguez Casanova.
Esta mujer asturiana de origen aristocrático –era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro– había decidido durante una estancia en Lourdes dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid. El Patronato de Enfermos era una de sus múltiples iniciativas asistenciales. Tres años antes había fundado una Congregación religiosa: las Damas Apostólicas.
Una de esas religiosas, Asunción Muñoz, evocaba su primer encuentro con san Josemaría en el año 1927. "Recuerdo perfectamente –escribía– que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso".
Como capellán del Patronato de Enfermos don Josemaría debía cuidar de los actos de culto de la casa: decir Misa diariamente, hacer la Exposición con el Santísimo y dirigir el rezo del Rosario. "No tenía –aclaraba Asunción Muñoz–, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos –en general, con los necesitados– del Madrid de entonces. Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. (...)
Para dar una idea –proseguía esta religiosa– de lo que era aquella labor asistencial del Patronato de Enfermos, en la que D. Josemaría tomaba parte tan importante, puedo recordar –recojo los datos de las estadísticas que se publicaban en nuestro Boletín trimestral– que en el año 1927 visitamos entre cuatro y cinco mil enfermos; que se hicieron más de tres mil confesiones y se dieron otras tantas comuniones; se administraron casi quinientas Extremaunciones, se hicieron entre setecientos y ochocientos Matrimonios y se confirieron más de cien Bautismos. D. Josemaría iba además a los barrios que teníamos en los barrios madrileños que en aquellos tiempos eran 58 y daban educación a 12.000 niños y niñas: anualmente hacían la primera comunión unos 4.000. Allí daba pláticas a los niños y charlaba amistosamente con cada uno empleando toda su simpatía personal, toda su energía de apóstol en llevar los corazones de aquellos chicos hasta el conocimiento y el amor de Jesucristo".
Yo tengo sobre mi conciencia (...) –evocaba san Josemaría años más tarde– el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas.
Margarita Alvarado, una chica joven que colaboraba con las Damas Apostólicas, recordaba que "el apostolado era muy penoso y difícil: había que ir por los barrios extremos de Madrid, donde no sabíamos si nos iban a recibir bien o mal. Se necesitaba mucho espíritu de sacrificio, sobre todo en aquella época anterior a la República". Un ejemplo entre muchos: en el barrio de Tetuán habían arrastrado por la calle a varias de aquellas mujeres, "mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza. Una de ellas, Amparo de Miguel, trató de defender heroicamente a las demás y le arrancaron el cuero cabelludo y la maltrataron hasta dejarla desfigurada".
Y con los sacerdotes no se andaban con mayores miramientos.
2. 2 DE OCTUBRE DE 1928
Barbastro, Logroño, Zaragoza, Madrid... cada una de esas ciudades tendrían, en la vida de san Josemaría, una significación distinta y precisa.
Barbastro sería siempre el paisaje de su infancia, una gavilla de recuerdos entrañables donde se entremezclaban horas de alegría y de dolor: las vacaciones en Fonz, las muertes de sus hermanas... Logroño le evocaría la llamada de Dios y el fallecimiento de su padre. Zaragoza le traería el recuerdo de las incomprensiones familiares, las noches de oración en la iglesia del Seminario, el día de su ordenación sacerdotal y aquella primera Misa junto a la Virgen del Pilar...
Pero para Madrid guardaría siempre un lugar especial dentro de su corazón: porque Madrid fue –fue comentaría en varias ocasiones, evocando a San Pablo– su Damasco; allí, en Madrid, Dios le había hecho ver ¡al fin! su Voluntad y le había dado la luz que venía pidiéndole desde hacía tantos años.
Fue una llamada, clara, rotunda, que confirmaba plenamente los "barruntos" que había sentido en su alma desde la juventud.
Todo sucedió de una forma sencilla y profunda, inesperada y jubilosa, "al estilo de Dios". Durante mañana del 2 de octubre de 1928 se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales junto con otros sacerdotes de la diócesis. Se retiró a su habitación; y cuando comenzó a releer las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio, con total claridad, la misión que Dios le encomendaba: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios.
Fue una llamada de Dios, clara y misteriosa al mismo tiempo. Una llamada y una misión: vio que Dios quería que él promoviese en la Iglesia una institución que difundiese entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la grandeza y de las exigencias de la propia vocación cristiana.
Vio, en definitiva, que cualquier persona, de cualquier profesión, estado y condición social, podía y debía aspirar a la plenitud de la vida cristiana, en y a través de su trabajo, realizado por amor de Dios, en medio de sus ocupaciones cotidianas.
Desde aquel 2 de octubre supo, con plena certeza, que aquella era la tarea a la que debía dedicar su vida entera. Eso era por lo que venía rezando desde su adolescencia. No cabía duda: lo había visto –ver fue el verbo que empleó siempre para designar este momento decisivo– mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Angeles.
Aquel voltear jubiloso de campanas nunca ha dejado de sonar en mis oídos
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Detengámonos un momento sobre este punto. "Aquello" –que todavía no tenía nombre– no era algo que don Josemaría hubiese "intuido", o "pensado", o "resuelto" o "concretado", no; lo había visto, como escribiría más tarde. Es decir, era algo que le había sido entregado, dado, concedido por Dios.
Don Josemaría utilizó siempre ese verbo –ver– para designar aquel momento. No lo empleaba en el sentido habitual: con el verbo ver quería designar uno de esos modos misteriosos –místicos– con los que el Espíritu Santo ilumina el alma, dotándola de una certeza profundísima del querer de Dios; uno de esos modos inefables del lenguaje divino que el lenguaje humano no acierta a explicar.
¿Qué es lo que vio? Ante todo –y esto es lo importante– un querer de Dios. Es decir: aquella luz no fue el fruto de largas cavilaciones personales –no fue un "¡al fin lo resolví!"– ni el resultado de un plan determinado de acción ante una situación de la Iglesia. Ese modo de actuar puede ser nobilísimo; pero aquello no fue así.
Fue una llamada de Dios, misteriosa y clara al mismo tiempo; una llamada y una misión: y él –aunque nunca hubiese pensado fundar nada– era el fundador. A partir de aquel momento supo cual era su misión específica en esta tierra: fundar el Opus Dei, ayudar a profundizar a todos los hombres en el sentido de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo ordinario.
Verdaderamente, escribiría más tarde, se habían abierto los caminos divinos de la tierra.
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Hoy hace tres años –escribió el 2 de octubre de 1931– que en el Convento de los Paúles, recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando; desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...
Y añadió: recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé –estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática– di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Angeles.
Borrico sarnoso: así se autodenominaba en sus Apuntes íntimos movido por su humildad. No valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada!, repetía, con un reconocimiento de la propia poquedad que le llevaba a alabar constantemente la grandeza de Dios y las maravillas que estaba haciendo en su vida.
3. ¡TODOS SANTOS!
Sin embargo, aquel querer de Dios, que aquel sacerdote de 26 años había visto tan claro en su alma, chocaba profundamente con la mentalidad de la época. Muchos pensaban que la santidad era un coto cerrado de frailes y monjas y se quedaban perplejos al oírle decir que las personas normales y corrientes estaban ¡todas! llamadas a la santidad. Simples cristianos –explicaba san Josemaría–. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!
¿Todos santos? Aquello causaba una gran extrañeza. Y aunque aquella enseñanza era un eco vibrante de la llamada universal a la santidad de raíces evangélicas, algunos se escandalizaron. Les pareció una "novedad" peligrosa, una extravagancia de sacerdote joven; una "teoría curiosa" que cualquiera sabe dónde podía acabar. Eso determinó a don Josemaría a ser prudente y explicar aquella "novedad" sólo a los que la pudieran entender. Sin embargo, la médula de aquel mensaje tenía poco de novedoso. Era, como solía explicar, algo viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo.
A la vuelta de tantos siglos –escribía– quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria –del trabajo profesional– y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia.
A partir de aquel día de octubre redobló su oración y su mortificación. Rezó e hizo rezar. Y empezó a buscar personas que pudieran entender y vivir aquel ideal. Habló con todos los que Dios le fue poniendo en su camino. Y algunos le entendieron y se entregaron con generosidad, como Isidoro Zorzano, un viejo amigo de los tiempos de Logroño.
4. UN ENCUENTRO CASUAL
Don Josemaría e Isidoro se conocían desde la adolescencia: habían coincidido en los exámenes del Bachillerato en el Instituto de Logroño, ciudad en la que estudiaban, uno –Josemaría– en el Colegio de San Antonio y otro –Isidoro– en el de los Maristas. Se habían vuelto a ver desde entonces muy esporádicamente.
Isidoro terminó la carrera de Ingeniería en Madrid en septiembre de 1928, y se fue a trabajar a Matagorda, un astillero naval de la Bahía de Cádiz. A partir de aquel momento parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse definitivamente. Pero Dios fue tejiendo "encuentros casuales" y haciendo coincidir caminos.
El 24 de agosto de 1930, cuando Isidoro se dirigía hacia Logroño para estar con su familia, hizo una breve parada en Madrid con el deseo de visitar a su viejo amigo Josemaría, que le había escrito poco antes una postal: cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas. ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía muchas cosas que contarle...
Pero al llegar a la capital, como no lo había avisado previamente, no lo encontró en casa, y se dedicó a deambular sin rumbo fijo por las calles.
San Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo cuando de pronto sentí –escribió más tarde– el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y casualmente pasaba también por allí.
Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. Nada más saludarme –recordaba el Santo– me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde. Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales, y al oírle, don Josemaría le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.
Isidoro comprendió: aquello que su amigo había visto el 2 de octubre de 1928 era precisamente lo que estaba buscando desde hace tiempo. Era un camino de santidad totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón. Y aquel mismo día se entregó por entero a la Obra.
El tenía ya una inquietud de entrega a Dios –recordaba san Josemaría años más tarde–, y no necesitó pensar mucho para decidirse, porque cuando se trata de darse al Señor no es necesaria gran deliberación; es el corazón y la fe lo que ha de mandar.
5. MUJERES EN EL OPUS DEI
Desde aquel 2 de octubre de 1928 la vida de san Josemaría sólo tenía un sentido: cumplir la Voluntad de Dios; ser un instrumento fiel en sus manos para fundar aquello que le pedía: un camino de santidad para los cristianos corrientes que viven en medio del mundo.
"Aquello" no tuvo nombre hasta que un día de 1930 un conocido le preguntó al Fundador:
–¿Cómo va esa Obra de Dios?
¡Obra de Dios! ¡Ese era el nombre! ¡Opus Dei! Porque, ¿qué era aquello sino una maravillosa obra de Dios, operatio Dei, un trabajo divino? Para corresponder a ese amor de Dios –enseñaba san Josemaría– los hombres debían convertir su trabajo ordinario en oración, en expiación, en apostolado, en camino de santidad.
En un camino de santidad que el Fundador pensaba que era sólo para hombres. Nunca habrá mujeres –ni de broma– en el Opus Dei, había escrito a comienzos de febrero de 1930. Sin embargo, pocos días más tarde, el 14 de febrero, mientras celebraba la Santa Misa, descubrió otro aspecto decisivo de aquel querer divino: en contra de lo que había pensado desde el principio, Dios quería que hubiera mujeres en su Obra.
Era como si aquella primera luz que había recibido menos de año y medio antes, el 2 de octubre de 1928, hubiese sido tan poderosa, tan cegadora, que no le hubiese permitido captar, a causa de su resplandor, algunos perfiles decisivos del querer de Dios. Ahora, acostumbrados ya sus ojos a esa luz, Dios le mostraba unas perspectivas insospechadas.
Aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto –comentaba a sus hijas en el Opus Dei–: os veo como una madre ve al hijo pequeño.
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Este modo de actuar es típicamente divino: Dios suele darnos a conocer su Voluntad muchas veces envuelta en la penumbra, para que ejercitemos la virtud de la fe. Muestra primero un aspecto de su querer; luego otro; luego otro... Es una manifestación de la profunda sabiduría de Dios y de su paciente pedagogía con los hombres. Si –en 1928– hubiera sabido lo que me esperaba –comentaba san Josemaría muchos años más tarde–, hubiera muerto: pero Dios Nuestro Señor me trató como a un niño: no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco....
6. NUEVAS LUCES
Mientras tanto el ambiente antirreligioso iba cobrando cada vez un auge mayor en la vida social. "Nunca olvidaré –escribe Santiago Escrivá, el hermano menor de Don Josemaría– aquel 11 de mayo de 1931, en el que quemaron varios Conventos en Madrid. Acompañé a Josemaría a llevar el Santísimo desde la capilla del Patronato, en la calle Nicasio Gallego, a casa de un conocido, en la misma Santa Engracia, esquina Maudes, casi en Cuatro Caminos. Fuimos andando. Josemaría iba vestido de paisano y con una boina que le tapaba la gran tonsura que llevaba entonces. Por la calle se podía circular, pues aunque el ambiente era revolucionario, la agitación estaba centrada alrededor de los Conventos".
Al día siguiente san Josemaría volvería a vestir de nuevo el traje talar, que no se quitaría, aún con grave riesgo de su vida, hasta que comenzó la guerra civil.
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Durante aquel tiempo Dios le fue dando a conocer su Voluntad cada vez con una mayor profundidad, entre largos periodos de sequedad espiritual, en los que no faltaron momentos de intenso gozo y nuevas iluminaciones divinas. Entre éstas hubo una que le corroboró de forma inmediata y directa el núcleo del carisma fundacional del Opus Dei.
Tuvo lugar el 7 de agosto de 1931, fiesta de la Transfiguración en la diócesis de Madrid, mientras celebraba la Santa Misa.
Llegó la hora de la Consagración –escribió aquel mismo día en un cuaderno–: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (...) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "Et Ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum" (Joann. XII.32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el "ne timeas", soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas...
A partir de aquella nueva luz del Señor, predicó con una fuerza especial la necesidad de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas mediante un trabajo santificado, santificante y santificador.
Tiempo más tarde, nuevas mociones interiores de la gracia fueron completando y desarrollando en su alma los perfiles de aquel querer divino que Dios le había mostrado el 2 de octubre de 1928. Hubo uno que se le quedó hondamente grabado: un día del otoño de 1931, en una oración especialmente elevada, advirtió, con una luz muy viva y de un modo muy particular, el sentido de la filiación divina, que constituye el fundamento de la espiritualidad del Opus Dei.
En momentos humanamente difíciles –escribió–, (...) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía: la calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.
Estuve considerando –contaba en sus Apuntes íntimos– las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre! ¡Padre! Y –si no gritando– por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle.
Días más tarde, el 17 de octubre de 1931, este sentimiento se reavivó en un rato de oración en el que se entretejieron la sequedad y la fe viva: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha compré un periódico (...) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa.
Esa honda conciencia de la filiación divina se le grabó desde aquel instante en lo más hondo del alma; y comprendió claramente que la filiación divina era el fundamento de aquel espíritu de santificación y apostolado que Dios le llamaba a difundir por toda la tierra.
Aquella luz no constituyó sólo un impulso y un estímulo para su oración personal, que se volvió aún más intensa y confiada ante un Dios Padre que nos ama más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos; fue una luz con la que enseñaría a contemplar, con mirada nueva, todas las realidades humanas.
Precisamente porque somos hijos de Dios –recordaría más adelante– esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo.
Conocer a Cristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios, escribió don Josemaría con trazos fuertes en un pequeño trozo de papel. Estas palabras sintetizaban la meta que, movido por Dios, se había propuesto llevar a cabo a lo largo de su vida. Para alcanzarla, movilizaría a miles de hombres y de mujeres de todas las profesiones, de todas las condiciones sociales, y les enseñaría a sentirse urgidos, por su misma vocación cristiana, a trabajar por ese fin.
Movido por ese afán de llevar a Cristo a todos los sitios don Josemaría recordaba a sus hijos en el Opus Dei –que denominaba una gran catequesis– que debían dar a conocer a Cristo –cada uno en el lugar en que Dios los había colocado en el mundo–, mostrando la riqueza y las exigencias de la vocación cristiana.
Esas exigencias –explicaba– no pueden reducirse al cumplimiento periódico de unos deberes religiosos: tienen que enriquecer y vivificarlo todo: el quehacer personal, el familiar y el social.
7. FUEGO HE VENIDO A TRAER A LA TIERRA
En octubre de 1932, a los cuatro años de la fundación del Opus Dei, hizo unos días de retiro espiritual en un convento de carmelitas situado en las afueras de Segovia, desde el que se contemplaba la afilada proa de rocas sobre la que se asienta la ciudad castellana.
Allí, durante un rato de oración, en la capilla de la iglesia conventual en la que reposan los restos de San Juan de la Cruz, puso las diversas tareas apostólicas del Opus Dei bajo la protección de los arcágeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, y de los Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Juan.
Meditaba con frecuencia sobre la vida cotidiana de estos apóstoles que siguieron al Señor: Lo que a ti te maravilla –escribió– a mí me parece razonable. –¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de la profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores.
Siguiendo los pasos del Señor, empezó a buscar a los primeros hombres y mujeres que pudieran entenderle, y fue reuniendo en torno suyo, con mucho esfuerzo, a un pequeño grupo de personas: jóvenes universitarios que le ayudaban a cuidar a los enfermos de los Hospitales, y a los que encendía en el amor a Dios; y también artistas, obreros, artesanos... a los que le mostraba la perpectiva de una vocación cristiana vivida en toda su radicalidad, en el lugar que tenían en el mundo, bien identificados con Jesucristo.
Poco a poco, a comienzos de la década de los 30, fueron viniendo los primeros: Isidoro Zorzano su antiguo amigo de Logroño, Luis Gordon, un joven ingeniero industrial... y con aquel puñado de jóvenes, que se podían contar con los dedos de las manos, ¡tenía que extender la labor apostólica en todo el mundo!
Todavía eran pocos, muy pocos, para hacer realidad lo que Dios le pedía; pero no se desalentaba; y cada día llevaba a cabo, hasta el agotamiento, un apostolado intensísimo con todo tipo de personas. Aquel querer divino era como un fuego –esa palabra, fuego, está muy presente en sus escritos de esta época– dentro de su alma, en la que resonaban con fuerza las palabras del Evangelio: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?".
San Josemaría hablaba con unos y otros; insistía, explicaba; no le entendían; volvía a explicar. Duele ver –comentaba– que, después de dos mil años, haya tan pocos que se llamen cristianos en el mundo. Y que, de los que se llaman cristianos, haya tan pocos que vivan la verdadera doctrina de Jesucristo. ¡Vale la pena jugarse la vida entera!: trabajar y sufrir, por Amor, para llevar adelante los designios de Dios, para corredimir.
Les enseñaba a santificarse en su trabajo y a luchar por ser algo que aquel entonces sonaba a novedad: contemplativos en medio del mundo.
¡Contemplativos en medio del mundo! Esto asustaba a algunos de los que le escuchaban –porque estaban también los que no estaban dispuestos ni siquiera a escucharle–. Les parecía que la contemplación era algo exclusivo de personas alejadas del mundo... A otros esta propuesta no les llegaba a asustar, sencillamente porque no la entendían...
8. TRES, TRES MIL, TRESCIENTOS MIL
Y estaban también, naturalmente, los que le entendían, pero no querían seguirle. Y los que le seguían durante algún tiempo y luego no perseveraban. Como comentaría gráficamente años más tarde, las almas se le escapaban como se escapan las anguilas en el agua.
Juan Jiménez Vargas, uno de los primeros miembros del Opus Dei, conserva bien grabada en la memoria uno de sus primeros encuentros con "el Padre", como le llamaban todos aquellos chicos que le rodeaban, siguiendo el uso común de la época para denominar a los sacerdotes. Juan era un estudiante de Medicina y había ido "dando largas" a aquel joven sacerdote que deseaba hablar con él desde hacía varios meses, sin conseguirlo.
Al fin, en diciembre de 1932, estuvieron hablando personalmente. Don Josemaría le mostró el panorama apostólico del Opus Dei –recuerda Juan Jiménez Vargas– "sin la menor nota de sensacionalismo, sin detalles personales incompatibles con su profunda humildad.
«En aquella primera conversación me explicó el Opus Dei con mucha extensión, detallando muchas cosas que en aquel momento estaban muy lejos de ser realidad, y que han ido saliendo muchos años después.
«Quedaba bien patente su correspondencia a la vocación. Y en medio de aquella naturalidad y sencillez con que hablaba de todo, resultaba evidente que el Padre era la persona que Dios había elegido para hacer la Obra y que se había entregado de tal manera, que su preocupación por hacer realidad aquella misión divina era como algo que había llegado a constituir la característica más decisiva de su propia personalidad".
Pocos días después, el 4 de enero de 1933, aquel joven estudiante de Medicina se consideraba plenamente de la Obra. Aquella decisión no fue fruto sólo de su generosidad personal: Dios concedió a aquellos primeros hombres y mujeres una gracia especial para entender, en toda su hondura y profundidad, el mensaje que les transmitía aquel sacerdote: "Era como si uno hubiese comprendido la Obra –comenta Jiménez Vargas– con un conocimiento humanamente inexplicable".
Dos semanas más tarde, el 21 de enero del 33, Juan asistió, junto con otros dos estudiantes de Medicina, a la primera de las clases de formación espiritual del Opus Dei, que luego se denominarían círculos o clases de formación. Tuvo lugar en una sala del Asilo de Porta Coeli, que don Josemaría había pedido prestada a las religiosas que trabajaban allí. Había invitado, con gran ilusión apostólica, a muchos estudiantes universitarios. Había hablado con unos y otros, y al final, después de tanto empeño, y de tanta oración... sólo se presentaron tres.
Me vinieron sólo tres –recordaría años más tarde–. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, yme fui al oratorio de las monjas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer.
9. LA LIMOSNA DE LA ORACION
El Fundador no tenía siquiera ni un local donde reunir a aquellos jóvenes; y en aquellos momentos no podía mostrarles más que proyectos de futuro. Pero no se desanimaba; les dibujaba, lleno de fe, un maravilloso horizonte espiritual; un horizonte maravilloso, sí; pero difuso y lejano, como todos los horizontes.
Sin embargo, la rotunda certeza con la que don Josemaría les hablaba sobre el futuro del Opus Dei, su fe sin fisuras en que el Opus Dei era plenamente de Dios, confirmaba a aquellos hombres jóvenes en su decisión de entrega. Se veía a la legua que aquello no era "la idea de un cura"; y que aquel sacerdote obraba con la seguridad absoluta de estar cumpliendo un mandato imperativo de Cristo.
Don Josemaría no era un soñador: había visto el Opus Dei; no lo había "imaginado", ni "soñado", que son cosas muy distintas. Sabía que tarde o temprano sería una realidad gozosa, y que se extendería por toda la tierra en servicio de la Iglesia. Llenos de fe, aquellos primeros miembros del Opus Dei confiaron en Dios y en aquel sacerdote, que les repetía con fuerza:
–La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre.
A ellos, por tanto, no les correspondía inventar nada: su tarea era la de secundar la gracia del Espíritu Santo, y poner los medios necesarios para levantar aquel edificio sobrenatural: y esos medios eran, como les enseñaba el Fundador, en primer lugar, la oración; en segundo lugar, la expiación y en tercer lugar –muy en tercer lugar, como precisaría en Camino–, como un fruto granado de todo lo anterior, la acción apostólica.
En primer lugar, la oración: don Josemaría rogaba por todas partes la limosna de la oración. "Pedía oraciones a todo el mundo –recuerda Jiménez Vargas–: a los sacerdotes, a las monjas de clausura, a los enfermos".
10. EL CIMIENTO DEL DOLOR
En segundo lugar, la expiación. ¿Nuestra labor actual? –le escribía a Isidoro Zorzano, que trabajaba en Málaga–. Cada uno de nosotros somos un sillar de los cimientos. A adquirir vigor espiritual, a prueba de pruebas, para poder resistir el ingente peso de la Obra de Dios. Orar. Expiar.
Sus penitencia se hicieron muy intensas durante esos años. Me pide el Señor indudablemente –le escribía a su director espiritual el 22 de junio de 1933, tras unos días de retiro– que arrecie en la penitencia. Cuando le soy fiel en este punto, parece que la Obra toma nuevos impulsos.
Para entender el sentido de las fuertes mortificaciones de don Josemaría durante este periodo hay que reflexionar sobre este punto: este joven Fundador sentía en el fondo de su alma que Dios le pedía más, más, más...: miles de hombres y de mujeres, nuevas ciudades, nuevas naciones, otros continentes, ¡el mundo entero para Cristo! Y él, ¿quien era? Un sacerdote de 31 años sin medios, sin experiencia, sin... ¡nada! Sólo contaba con la gracia de Dios y buen humor. ¡Y tenía que hacer el Opus Dei! ¿Cómo? Le pedía luces al Señor con la oración del alma y con la oración del cuerpo: la mortificación.
Habitualmente, señala Berglar, los fundadores de cualquier cosa hacen declaraciones, comparecen ante la prensa, ponen anuncios y explican sus programas. En la fundación del Opus Dei no sucedió así; y esto es comprensible, si se piensa que las Obras de Dios no pueden estar hechas de los mismos materiales que las obras de los hombres. Si aquella Obra de Dios debía luchar por poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, era lógico –con una lógica sobrenatural– que el Fundador comprendiese que había que poner primero la Cruz en lo más hondo de sus cimientos.
De pequeño, antes de que Dios leº llamase al sacerdocio, quería ser arquitecto para construir grandes casas y altos edificios. Y ahora debía levantar uno, altísimo y singular: un edificio sobrenatural. Dios le pedía que pusiera los cimientos de una Obra de Dios. ¿Dónde encontrar esos cimientos?
¿Fines sobrenaturales? –pensó– ¡Medios sobrenaturales! La oración, el dolor ofrecido a Dios, los sufrimientos de los enfermos desahuciados, los dolores de los más desamparados, las oraciones de los niños!: sí; ¡esos serían los cimientos de esa Obra, de ese trabajo de Dios, del Opus Dei!
Fui a buscar fortaleza –contaría más tarde– en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios.
11. EN LOS HOSPITALES DE MADRID
Visitó durante aquellos años a numerosos enfermos de diversos Hospitales de Madrid: el Hospital General, o Provincial; el Hospital de la Princesa, junto a la Glorieta de San Bernardo; y el Hospital del Rey, que se llamó más tarde Hospital Nacional, dedicado exclusivamente a la asistencia y aislamiento de enfermos infecciosos, y algunos otros más pequeños.
En esos grandes Hospitales fallecían cada año millares de personas a causa de la fiebre tifoidea, de la neumonía aguda, de la viruela y de la tuberculosis. Especialmente en lo que se refiere a esta última enfermedad, las cifras de mortalidad eran escalofriantes. Algunas de aquellas crujías repletas de tuberculosos no eran más que una antesala de la muerte, donde aquellos hombres y mujeres consumían, sin esperanza alguna de curación, los últimos días de su vida.
San Josemaría atendía espiritualmente a aquellas pobres gentes y las socorría en sus necesidades materiales. Les pedía –contaba años más tarde– que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad –algunos estaban muy solos–: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos con la gente joven.
Al Hospital General, un inmenso edificio situado en la calle de Santa Isabel, acudía muchas tardes con varios grupos de muchachos, de sacerdotes, de artesanos, etc. Le conmovía contemplar el espectáculo doloroso de aquellas crujías atestadas de enfermos, donde el ambiente era cada vez más hostil hacia la fe, como fruto de la creciente propaganda anticatólica. Antes de hablarles de Dios, tenía que vencer la deconfianza de muchos enfermos con detalles de comprensión, de afecto y de servicio: les hacíamos las camas, les lavábamos los pies, les cortábamos las uñas –perdonad estos detalles–, les peinábamos. Les decíamos palabras de cariño...
No eran tareas gratas: con frecuencia había que limpiar hasta los vasos de noche, ya que en aquellos lugares nadie se ocupaba de eso por escasez de personal. En una ocasión le acompañaba en estos menesteres un joven ingeniero, Luis Gordon. Al ir a limpiar aquel objeto don Josemaría advirtió en su rostro un gesto de repugnancia. Le siguió hasta los lavabos, para sustituirle en aquella tarea, pero al llegar vio que Luis había vaciado ya el vaso de noche y lo limpiaba con sus propias manos, musitando algo en voz baja.
Años más tarde, evocaría en Camino este sucedido:
¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella "sutileza" del hombrón–niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?
Un día le señalaron a don Josemaría la cama de un enfermo: era un gitano moribundo, que había recibido una puñalada en una reyerta. "Este hombre se muere –le comentaron–. Ya no hay nada que hacer".
Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:
–Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.
–¡Pero si le vas a dar un abrazo –le dije– y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!
Aquel grito sincero de compunción se le quedó clavado en el alma. ¿Habéis visto –comentaba años más tarde– una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.
Solía acudir también al Hospital de la Princesa, situado en la Glorieta de San Bernardo. "Iba de sala en sala –recordaba uno de los médicos internos que trabajaban allí–, hablando con los enfermos, confesaba y daba la comunión, con un cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos (...). No temía al contagio, aunque en todas las salas en que entraba había enfermos contagiosos; más de una vez se le avisó del peligro que corría en el trato con los enfermos, y siempre contestaba, con simpatía y sonriente, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades".
12. EN EL HOSPITAL DEL REY
Otro hospital al que acudía con frecuencia era el Hospital del Rey, que en aquellos años de exaltación republicana había cambiado su nombre por el de Hospital Nacional. Su capellán era un sacerdote joven de 28 años, don José María Somoano, que era muy amigo del Fundador del Opus Dei.
En aquel lugar se encontraba hospitalizada una mujer cordobesa de 34 años, María Ignacia García Escobar, que había ingresado en 1930 con una tuberculosis avanzada e incurable.
Urgido por el Fundador, don José María Somoano, le decía con frecuencia a María Ignacia: "hay que pedir mucho por una intención que es para bien de todos.– Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso...".
María Ignacia ofrecía todos sus dolores por aquella intención: "De noche –escribía en su cuaderno de notas– cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor".
En ese cuaderno de notas se advierte progresivamente, de un modo indirecto, la influencia del espíritu del Opus Dei en el alma de esta mujer. Don Josemaría le fue enseñando, poco a poco, el "programa" para cursar con aprovechamiento la asignatura del dolor de la que hablaría más tarde en Camino.
"Sonreiré estos días –escribe María Ignacia en coloquio con el Señor el 7 de febrero– en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras enviarme. Todo lo podré contigo".
Casi un año más tarde, el 9 de abril de 1932, aquella mujer desahuciada por los médicos formaba parte del Opus Dei. Fue uno de los días más alegres y felices de su vida. Dejó constancia de ello en su cuaderno, que rebosaba agradecimiento y alegría por aquel inesperado don de Dios. Aquella enfermedad –lo comprendía ahora con una luz nueva– era algo más que una cruz dolorosa que debía soportar con resignación: era su trabajo, su instrumento de santificación, su camino concreto y gozoso para llegar a Dios; su medio específico para hacer el Opus Dei en esta tierra.
Meses más tarde, el día 21 de julio de 1932, su cuaderno comenzaba de un modo grave: "El día 17 de este mes –escribía María Ignacia– nos dejó nuestro celoso y santo capellán". Dos días antes don José María Somoano se había puesto gravemente enfermo, y había ingresado en el Hospital con un extraño cuadro de quebrantamiento general: afonía, vómitos, fiebres y sudores fríos. Fue perdiendo el pulso y empeorando hora tras hora, hasta que el día siguiente, 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, falleció. Al día siguiente lo enterraron.
El Fundador comunicaba esta certeza: aquella muerte repentina, aunque a los ojos humanos pudiera parecerlo, no podía suponer un retroceso, porque estaba seguro que don Jose María Somoano intercedería desde el Cielo. Y María Ignacia escribe en su cuaderno, llena de fe, esta misma idea: "A mis hermanos en la Obra de Dios les diré: '¡No tengáis pena! Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis'".
Se desconocen las circunstancias que rodearon aquella muerte, pero todo apunta a que, como creía el Fundador y confirman los datos médicos, muriese envenenado a causa del fanatismo antirreligioso.
"Antes de conocer la Obra de Dios –escribía el Fundador tras la muerte de su amigo–, luego de los incendios sacrílegos de Mayo, al iniciarse la persecución con decretos oficiales, fue sorprendido en la Capilla del Hospital –del que fue capellán y apóstol hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas–, ofreciéndose a Jesús –en voz alta (creyéndose solo), por impulso de su oración–, como víctima por esta pobre España.
Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro h. redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a su Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros.–(...)
Yo sé que harán fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos –locos como él, y... ¡como El!– y obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios".
Dios se iba llevando consigo a los que, aparentemente, más necesitaba el Fundador en aquellos difíciles comienzos. Pocos meses después de la muerte de don José María Somoano, en la madrugada del 5 de noviembre, tras una breve enfermedad, falleció Luis Gordon, otro de los primeros miembros del Opus Dei. Y diez meses más tarde, el 13 de septiembre de 1933 murió María Ignacia.
Aún antes de conocer la Obra –escribió san Josemaría tras su fallecimiento– ya aplicaba María por nosotros los terribles sufrimientos de sus enfermedades. (...) La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta hermana nuestra. –No la hemos perdido: la hemos ganado. –Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el Cielo.
13. LA ACADEMIA DYA
"Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere –se lee en el Evangelio– produce mucho fruto". Tras aquella intensa oración y aquella expiación generosa vino el fruto granado, consecuencia de la vibrante acción apostólica que don Josemaría desplegaba entre todo tipo de personas. Trataba especialmente a un grupo de universitarios jóvenes, que reunía –a falta de otro lugar– en la modesta casa de su madre, en la calle Martínez Campos.
Aquellas reuniones tenían lugar en una habitación soleada de la casa con varios balcones que daban a la calle. No eran nada formales: comenzaban tras una alegre tertulia en torno a la merienda, y luego don Josemaría iba hablando personalmente con aquellos chicos, encendiéndolos en el amor a Dios, estimulándolos a una entrega generosa a los demás, enseñándoles a santificar el trabajo cotidiano, y haciéndoles superar una visión estrecha –muy extendida– que reducía el cristianismo a un conjunto de prácticas "añadidas" a la vida diaria. Al terminar, antes de que se marcharan, tomaba un misal y les hacía un comentario vibrante del Evangelio del día.
Eran chicos jóvenes, y por lo general, universitarios de diversos cursos de carrera, salvo algún profesional joven. La mayoría eran de Madrid, aunque no faltaban algunos de otras provincias españolas. Con algunos de ellos, para que profundizaran en el estudio de la doctrina cristiana y la pudieran enseñar a los demás, organizó una catequesis para niños de los arrabales de la capital, en el barrio de los Pinos, en un colegio atendido por unas religiosas. El ambiente de la barriada era muy hostil; tanto que, como recuerda una de aquellas religiosas, "atravesar aquel barrio era para un sacerdote un acto heroico por las burlas y las amenazas".
Con algunos de esos universitarios comenzó, el 21 de enero de 1933 una labor por la que había rezado durante mucho tiempo: la Academia DYA, la primera labor apostólica corporativa del Opus Dei. Estaba situada en la calle Luchana, en el barrio de Chamberí.
DYA: Derecho y Arquitectura; eso quería decir el nombre grabado en la placa de bronce que Isidoro Zorzano había encargado en los talleres de Ferrocarriles. Pero aquel título tenía otra lectura, más profunda y sobrenatural: "Dios y Audacia".
La ayuda divina nunca le había faltado a don Josemaría; la audacia humana tampoco. Con ese equipaje sobrenatural y humano se lanzó a aquella aventura, con una confianza plena en Dios.
Al comienzo, se arregló como pudo; y con unos muebles que le dio su madre y con los que le regaló una conocida de la familia, Conchita, se hicieron maravillas: de un banco inmenso, después de partirlo, sacaron dos; y con unas piezas de damasco confeccionaron unos ornamentos y el frontal de altar. Poco después, comenzaron a llegar los estudiantes y empezó a crecer la labor.
Aquel primer centro –recordaba Mons. Cantero, Arzobispo de Zaragoza– era "una actividad civil, no eclesiástica ni confesional". Era simplemente una Academia a la que acudían estudiantes de todas las carreras universitarias, atraidos por el ambiente de trabajo responsable que se creaba en aquel piso, donde tenían lugar, en un clima de libertad, diversas actividades de formación espiritual. "Aquello era –afirma Mons. Cantero– sin duda, una novedad porque suponía un planteamiento audaz". Y concluye: "lo divino estaba empapado de lo secular, y lo más laical estaba lleno de Dios".
Don Josemaría recibía a aquellos universitarios en su sencillo despacho y les animaba a ser sinceros, trabajadores, piadosos y amantes del sacrificio que comporta el cumplimiento del deber. Ahora lo principal, escribía a uno de esos jóvenes: 1. La oración: en tu primera carta, con sencillez, háblame de oración. 2. ¿Procuras clavarte en la Cruz de Cristo, cada día un poco, haciendo vida de expiación? No desprecies las cosas pequeñas: son las que te pide el Señor, precisamente. 3. Estudio. ¿Cuántas horas sacas?
Pero no sólo llegaban estudiantes a visitar a don Josemaría. Venían a visitarle también los cobradores de las deudas. Y cuando le llegaba el dinero para pagar la factura de la luz, no le alcanzaba para la del teléfono. Y cuando había pagado las dos, venía la del agua: no llegaba. Aquella aventura, no era, a los ojos de algunos, más que un disparatón. Uno de sus amigos comentaba que aquello era lo mismo que "tirarse desde gran altura sin paracaídas". Vistas las cosas desde un punto de vista meramente humano, quizá no le faltase razón.
Pero san Josemaría no desfallecía. ¡Dios y audacia! –repetía–. La audacia no es imprudencia. La audacia no es osadía. Su audacia era, en definitiva, la consecuencia de su plena confianza filial en su Padre Dios. Por eso, a las pocas semanas de funcionamiento reunió a varias personas que colaboraban en la Academia DYA y les expuso un nuevo proyecto. ¡Cuando todos pensaban que iba a echarse atrás a causa de las dificultades!
Su plan era, no sólo continuar con la Academia, sino comenzar, además, en el próximo curso 1934–35, una Residencia de estudiantes.
14. DIOS ME HA METIDO EN ESTO
Su madre rezaba por todas estas "locuras", sin comprenderlas demasiado. ¿Qué buscaba su hijo con estas cosas? ¿Porque no había querido ni plantearse siquiera un posible cargo de canónigo que le había buscado ella, tras hablar con un familiar suyo, el Obispo de Cuenca? Pasaban los años y su hijo no parecía demasiado preocupado por "labrarse un futuro". ¿Qué pretendía?
Mientras tanto, en aquel año de 1934, Doña Dolores se había tenido que trasladar de nuevo de casa, ya que habían nombrado a su hijo Josemaría Rector del Patronato de Santa Isabel. Se fueron a vivir a la calle del mismo nombre, donde estaba la residencia del Rector.
Este Patronato era una antigua fundación de los Austrias, que comprendía una iglesia pública, un convento de Religiosas Agustinas de clausura, la citada casa del Rector, la de los Capellanes, y el colegio de la Asunción. Estaba situado cerca de la Facultad de Medicina de San Carlos, y de la Estación de tren del Mediodía, en el corazón de una de las zonas más populares de Madrid; y también, en el núcleo de una de las más afectadas por las revueltas callejeras.
El ambiente era malo y se manifestaban los brotes anticlericales que cada vez iban tiñendo más la vida cotidiana del país. "Josemaría –recuerda su hermano Santiago– recibía con frecuencia insultos y amenazas: le llamaban "cucaracha" y le decían que le matarían".
Santiago Escrivá recuerda también las comidas para pobres vergonzantes que daban en aquel establecimiento y una pequeña anécdota que manifiesta la finura de alma de san Josemaría. Un dia, una señora, viendo lo sucia que estaba una niña de seis o siete años que venía por allí, hizo un comentario peyorativo en su pesencia. "Josemaría excusó a la niña –cuenta el hermano del Fundador– diciendo que en su casa no tenían agua caliente; que esa suciedad estaría mal en mí, que estaba presente, pero no en la niña".
También recuerda como doña Dolores vivió en aquel lugar "con mucha estrechez y nunca se quejaba; acomodaba su vida a lo que podía tener, sin crearse más necesidades.
Estoy seguro que todas las contradicciones que tuvo que sufrir en la vida las llevaba con sentido sobrenatural, con un constante ofrecimiento al Señor."
A doña Dolores le apenaban, además, las mortificaciones corporales de su hijo Josemaría. "Mi hermano –cuenta Santiago Escrivá– trataba de disimular todo lo que podía y escondía los cilicios y las disciplinas. Pero era muy difícil que nosotros, que convivíamos con él, a pesar de sus esfuerzos, no nos diésemos cuenta".
También observaba Doña Dolores, con cierta perplejidad cómo, a trancas y barrancas, la Academia seguía adelante. Y que, poco después, Josemaría se embarcaba en un nuevo proyecto: una Residencia en el nº 50 de la calle de Ferraz. Era una casa grande, muy cerca de la Ciudad Universitaria, en la que había alquilado la primera planta completa, con dos departamentos para poner la residencia de estudiantes y un piso más, en la segunda planta, para la Academia DYA. Otra aventura. ¿Por qué?
Un día Josemaría le pidió su colaboración: para sacar la Residencia adelante necesitaba su ayuda. Quizá con parte de la venta de las tierras de Fonz, con la finca de "El Palau", que habían heredado del tío Mosén Teodoro...
¡Las tierras de Fonz! Ella pensaba que con lo que sacara de la venta de aquellas tierras iba a tener, por fin, un pequeño respiro económico tras tantos años de estrecheces. Su hijo le explicó entonces lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre y le mostró el panorama apostólico futuro del Opus Dei.
Doña Dolores y Carmen comprendieron y no dudaron en prestar su cooperación; y a partir de entonces fueron uniéndose, poco a poco, a aquel querer de Dios que humanamente era una locura. "¡En qué lío te has metido!", le decía Santiago, ya con quince años, a su hermano mayor. Pero don Josemaría le explicaba:
–Si no he sido yo; ¡Dios me ha metido en esto!
15. CON LOS UNIVERSITARIOS
En la Residencia de Ferraz. se fueron resolviendo, poco a poco, las dificultades. Pero en octubre de 1934, en contra de todos los planes previstos, sólo contaban con un residente. Era comprensible: había estallado la revolución en Asturias y la Universidad estaba cerrada. Sin embargo don Josemaría no se desalentaba y animaba a todos. ¡Había que crecerse ante las dificultades! ¡A través de los montes pasarían las aguas!
En el mes de enero contaban con ocho residentes. El Fundador seguía confiando en Dios;pero las numerosas plazas vacías iban agravando cada vez más las cifras del presupuesto y los problemas económicos se agravaban. Si me sacas de esto, te nombro patrono, le dijo un día mentalmente a San Nicolás, acogiéndose a su intercesión en aquella difícil coyuntura económica, mientras se disponía a celebrar la Santa Misa en la Iglesia de Santa Isabel.
Pero antes de subir al altar se arrepintió de su falta de confianza en el santo de Bari, y concluyó:
–Y si no me sacas, te nombro igual...
Tras superar dificultades de todo tipo –nunca han sido fáciles los comienzos de las obras de Dios–, el 31 de marzo de 1935 don Josemaría tuvo la alegría de poder celebrar la Misa junto al primer Sagrario que tuvo el Opus Dei en el mundo, en esa residencia universitaria de la calle Ferraz. Se había hecho realidad la primera locura de su vida.
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¿Por qué comenzó primero el Fundador del Opus Dei la labor apostólica con los universitarios? No obraba así por ninguna razón de elitismo o de exclusivismo social, que detestaba profundamente. De cien almas nos interesan cien solía repetir con frecuencia. Sus razones era mucho más profunda. En su predicación recordaba que Dios había venido a salvar a todos sin excepción; que todos habían sido llamados a la santidad; y que Dios había amado al mundo hasta el extremo de entregar a su Hijo, hecho hombre, para redimir a la Humanidad entera.
Seguir a Jesús, para un cristiano corriente que vive en medio del mundo –enseñaba–, comporta imitar su generosidad y su entrega, y luchar por recapitular en Cristo todas las cosas informando cristianamente toda la sociedad. Y en esa tarea los intelectuales tienen una responsabilidad especial por el puesto decisivo que ocupan dentro de la sociedad. Comenzando por ellos se podría llegar más eficazmente a todos los demás.
Por esa razón urgía a aquellos universitarios que le rodeaban a profundizar en la doctrina cristiana. La ignorancia, enseñaba, es el mayor enemigo de la fe. Animaba a aquellos jóvenes a difundir esa doctrina con valentía: el mandato de Cristo a sus Apóstoles –explicaba– cobra, si cabe, una apremiante actualidad: id y enseñad a todas las gentes. No podemos desentendernos, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos encerrarnos en nosotros mismos. Acudamos a combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de serenidad, de doctrina.
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En esa batalla, el Fundador se sentía un simple instrumento. Y no se consideraba imprescindible. Le importaba, por encima de todo, que se cumpliese aquella voluntad de Dios que había visto tan clara en su alma el 2 de Octubre. Por eso, de vez en cuando, tomaba aparte a alguno de los jóvenes miembros del Opus Dei y les preguntaba:
–Si yo me muero, continuarás con la Obra?