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Vida de San Josemaría Escrivá
José Miguel Cejas

Capítulo: Logroño

1. HUELLAS EN LA NIEVE
Durante las Navidades de 1917 cayó una intensa nevada sobre Logroño, ciudad en la que residían los Escrivá desde hacía dos años. Desde diciembre a enero, recortadas sobre el cielo plomizo y ribeteadas de blanco, las torres de las iglesias de Santiago, de la Redonda, de San Bartolomé y de Santa María de Palacio ofrecían un gozoso y sorprendente espectáculo. Los viandantes se saludaban por las calles, ateridos por el frío, envueltos en sus bufandas de lana gruesa, y comentaban asombrados los excesos del barómetro.
–¡A este paso –decía algún exagerado– algún día se nos hiela el Ebro!
Muy cerca del Ebro, junto al puente de hierro, en el cuarto piso de una casa de la calle Sagasta, vivían los Escrivá, y uno de esos días, Josemaría vio en el suelo blanco algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; las pisadas de un carmelita que caminaba descalzo por amor a Dios.
Aquello fue como un fogonazo de luz en su alma. Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios –pensó–, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?
Entendió entonces con total claridad, que Dios le llamaba a su servicio.
Ya.
Le llamaba, sí, pero, ¿dónde? ¿Para hacer qué? No lo sabía. Tenía sólo quince –quizá dieciséis– años recién cumplidos. Y sentía que Dios se lo pedía todo.
Eran sólo unas pisadas sobre la nieve... pero en ellas había visto, clara, la llamada de Dios. Y no le hizo esperar a Dios; no dilató su decisión, no pidió "pruebas", ni se excusó con el tan conocido: "me entregaré cuando lo vea claro". Mostró su corazón generoso y abierto por entero al querer divino y le entregó, desde aquel mismo momento, para siempre y enseguida, toda su vida a Dios, sin pruebas, precisamente para eso: para ver más claro.
Y decidió hacerse sacerdote.
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Puede sorprender que un motivo tan pequeño como unas pisadas en la nieve pudiera mover a aquel adolescente a tomar una decisión tan grande como entregar a Dios su vida entera; pero ése es el lenguaje con el que Dios suele llamar a los hombres y así son las respuestas de las almas generosas que buscan sinceramente a Dios. Es un lenguaje misterioso, compuesto por signos aparentemente anodinos, cuyo mensaje sólo comprenden, en toda su profundidad, sus propios destinatarios, que suelen responder de un modo desconcertante para los que no entienden ese lenguaje.
A partir de aquel día fue creciendo en su alma, de forma cada vez más impetuosa, la necesidad de conocer y tratar más íntimamente al Señor y de encontrarle personalmente en la oración y en los sacramentos. Empezó a asistir diariamente a la Santa Misa y comenzó a entablar un diálogo con Dios cada vez más íntimo, que no terminaría nunca.
Era Dios el que había entablado la conversación, el que había dicho la primera palabra en aquel diálogo. Josemaría, sin entenderle demasiado, le había contestado sólo una palabra: "sí". Ahora seguía a la escucha del querer divino, oído avizor, porque Dios, además de hablar bajito –lo presentía–, no había terminado de hablar.

2. YO NO ME OPONDRE
Se lo dijo a su padre. Para don José aquello fue una nueva prueba de confianza en Dios: en los años anteriores había visto morir, una tras otra, a sus tres hijas pequeñas; había sabido aceptar, con serenidad, la quiebra del negocio familiar que le había obligado a trasladarse a Logroño, en 1915, con su mujer y los dos hijos que le quedaban. A los cuarenta y ocho años había tenido que partir de cero y no había escatimado ninguna humillación, ningún sacrificio, grande o pequeño, con tal de sacar a su familia adelante. Y a esos sufrimientos había que añadir la incomprensión de algunos familiares. Especialmente un cuñado suyo, arcediano del Cabildo de Zaragoza, no había entendido la rectitud de su comportamiento durante la quiebra económica; le reprochaba su excesiva lealtad con los acreedores y el que hubiese preferido arruinarse antes que perjudicar a otras familias.
Trabajaba desde hacía dos años como dependiente en una tienda de tejidos, "La Gran Ciudad de Londres", situada en la calle del Mercado. Y ahora, cuando empezaba a estabilizarse económicamente, cuando pensaba que su hijo le podría ayudar el día de mañana... Aquella noticia inesperada le conmovió.
Fue la única vez que le vi llorar –recordaba san Josemaría–. El tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me dijo:
–Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra... Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré.
Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño.
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No fue don José el único sorprendido. "Cuando Josemaría dijo que quería ser sacerdote –recuerda una amiga de la familia, Paula Royo– sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron dificultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicadeza, muy normal... y nada hacía presentir esa decisión. Estudiaba en el Instituto por las mañanas y por las tardes me parece que iba al colegio de San Antonio...".
Quizá el más sorprendido de todos fue el propio interesado. Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en dedicarme a Dios– comentaría años más tarde san Josemaría–. No se me había presentado ese problema porque creía que no era para mí. Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día, de tal manera que me sentía anticlerical. Amaba mucho a los sacerdotes, porque la formación que recibí en mi casa era profundamente religiosa; me habían ayudado a respetar, a venerar el sacerdocio. Pero no para mí: para otros.

3. EN EL SEMINARIO DE LOGROÑO
Pocos meses más tarde, a finales de noviembre en 1918, Josemaría comenzó sus estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño. Aquel año la apertura se había retrasado a causa de la tremenda epidemia de gripe que había asolado Europa y que se había cobrado millares de muertos en todo el país. Comencé a estudiar en casa –recordaría más tarde– con un profesor particular y, con permiso del Ordinario, fui examinándome de Filosofía, curso por curso; después, a la hora de estudiar Teología, ya me metí en el Seminario.
El Seminario, regido por D. Valeriano–Cruz Ordóñez de Bujanda, profesor de Teología Moral, contaba con un alumnado compuesto por 98 seminaristas internos y 12 externos. Estaba situado en el centro de la ciudad, en un gran caserón rectangular del siglo XVI, destartalado y viejo, que se encontraba en bastante mal estado y que ocupaba un ángulo de la plaza del Espolón. Para hacerse una idea del estado del edificio baste recordar que un año antes, en 1917, la planta baja había sido ocupada por una sección de Artillería con sus hombres y caballos. Eso explica que habitualmente se recomendara a los alumnos que pudieran disponer de domicilio en la ciudad que se matricularan como externos. Así lo hizo Josemaría, y allí completó, durante aquel primer curso, sus estudios de Filosofía.
Dos sacerdotes amigos de su padre, don Antolín Oñate y don Albino Pajares, le asesoraron antes de comenzar de sus estudios eclesiásticos; y un condíscípulo suyo, Manuel Sanmartín, le ayudó a superar las primeras asperezas del Latín y la Filosofía.
Los resultados académicos de aquellos años fueron buenos: y una vez superada las asignaturas de Filosofía que no le convalidaban sus estudios de Bachillerato, terminó primero de Teología, el curso siguiente, 1919–1920, con la calificación de meritíssimus en todas las asignaturas, menos en una, en la que obtuvo un benemeritus.
Durante aquel curso, el 28 de febrero de 1919, nació Santiago, el último hijo de los Escrivá. Josemaría comprendió entonces que Dios había acogido su oración de diez meses atrás, en la que le había pedido al Señor que colmase el vacío que su entrega iba a provocar en su hogar. Y pocos días después tuvo la alegría de ser, junto con Carmen, padrino del Bautismo de su nuevo hermano.
Sus compañeros del Seminario le recuerdan como un chico "muy sencillo, amable y jovial, siempre de buen talante y muy agradable en el trato". Otro evoca su mirada viva y su conversación directa y profunda: "iba enseguida al grano".
A otro condiscípulo, que fue siempre uno de sus mejores amigos, le impresionó la profunda vida de oración y de sacrificio que llevaba durante aquel periodo de su primera juventud, desde los dieciséis a los dieciocho años. "Desde joven –escribiría años más tarde Ambrogio Eszer, Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos– el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían 'sentir', en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético".
Josemaría estuvo muy poco tiempo en aquel Seminario logroñés. En septiembre de 1920 abandonó la capital de la Rioja para proseguir sus estudios en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio, en Zaragoza.
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Quería ser sacerdote. Pero desde aquel día en el que había visto aquellas huellas en la nieve, había ido creciendo en el fondo de su alma una certeza: no había ingresado en el Seminario sólo para eso. Presentía que Dios lo estaba preparando para algo... Pero, ¿qué era ese "algo"? No lo sabía. Pedía luz, cada vez con más intensidad, con las palabras del Antiguo Testamento:
–Señor, ¿qué quieres que haga?
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