Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Tiempos de guerra
1. VERANO DEL 36Aquel año de 1936 todo empezaba a consolidarse: la Academia contaba con bastantes alumnos y la Residencia estaba totalmente llena; y del 10 al 13 de abril de aquel año el Fundador tuvo la alegría de poder celebrar allí el primer Retiro Espiritual organizado en un Centro del Opus Dei. Se daban ya los primeros pasos para comenzar en Valencia; se hacían planes para comenzar en París; y fueron llegando nuevas vocaciones... y llegaron también los sangrientos sucesos del verano de 1936, que dieron inicio a la terrible guerra civil española.
Esa lucha fratricida que ensangrentó las tierras de España a lo largo de tres años marcó un hito sombrío en la historia de las persecuciones contra la Iglesia. Sólo en un día de aquel verano, el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos. Y en el mes de agosto la barbarie anticlerical se apoderó de las calles y pueblos: se cometieron 2.077 asesinatos –unos 70 al día– contra sacerdotes, religiosos y religiosas. Y no faltaron también los asesinatos de muchos hombres y mujeres, laicos, por el solo hecho de ser católicos.
El 20 de julio don Josemaría tuvo que abandonar rápidamente la Residencia de la calle Ferraz, situada muy cerca del Cuartel de la Montaña, escenario de las primeras acciones de la guerra. Se trasladó a casa de su madre, en la calle Doctor Cárceles. Pero aquel no era un lugar seguro. A comienzos de agosto les dijeron que se iba a hacer un registro en aquella casa y su familia decidió que era peligroso que permaneciese allí: era mejor que se refugiase en casa de un amigo. No eran temores vanos: poco tiempo después les llegó la noticia de que habían ahorcado a un hombre que se le parecía mucho.
Comenzó un largo calvario de refugio en refugio. Fue recorriendo sucesivos domicilios particulares. Era una situación particularmente grave: en aquellas circunstancias, amparar a un sacerdote bajo el propio techo equivalía a firmar la propia sentencia.
No podía transitar por la calle: cualquier control callejero podía ser fatal. Declararse sacerdote era declararse convicto de muerte. No tenía documentos, ni dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban por todas partes rumores de detenciones arbitrarias, registros, torturas y "paseos"...
El paseo. Esa palabra, hermosa e inocente, había quedado prostituida por la guerra. "Dar un paseo", en aquel verano del 36, ya no significaba deambular bajo la sombra de las acacias por los anchos bulevares de Madrid, o charlar con un amigo por entre las arboledas del Retiro, sino algo dramático, sórdido y terrible. Una noche cualquiera se oían unos golpes en la puerta; entraban unos milicianos, registraban la casa, insultaban y tomaban al padre o a uno de los hijos, o a cualquiera: "Ven, ven, que te vamos a dar un paseo". Aquel paseo solía acabar en el depósito de cadáveres, donde acudían las madres a reconocer los cuerpos de sus hijos entre los insultos de las mujeronas de las barriadas, o en un charco de sangre junto a los muros de cualquier cementerio, como le había sucedido a un sacerdote amigo suyo, don Lino Vea–Murguía.
El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en un piso de la calle Sagasta. Uno de ellos no sabía quien era don Josemaría. Años más tarde recordaba lo que sucedió en un momento crítico: "Los milicianos habían entrado para uno de esos registros que hacían: revisaban desde el sótano a la buhardilla... comenzaron a inspeccionar los sótanos y pasaban después a cada uno de los pisos. Antes de que llegaran al nuestro, por una escalera interior, nos subimos a una buhardilla, llena de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegábamos con la cabeza al techo... Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro...
Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:
–Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.
Inexplicablemente, tras haber registrado toda la casa, no entraron en aquella buhardilla. Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo".
En vista de la gravedad de la situación, en octubre de 1936 don Josemaría no tuvo más remedio que refugiarse en la Clínica de un amigo de su familia, el Dr. Suils, dedicada a enfermos mentales. Qué ironía: ¡tantas veces le habían llamado loco por sus aventuras apostólicas y ahora debía hacerse pasar por loco!
Aquella Clínica –un chalet de tres plantas en la calle Arturo Soria– era un lugar relativamente tranquilo y su hermano Santiago no tardaría en reunirse con él. Le trajo noticias preocupantes: su madre había tenido que refugiarse en otra casa a causa de los bombardeos de las tropas nacionales.
Con el tiempo se comprobó que tampoco aquel lugar era totalmente seguro: fueron sucediéndose las sospechas, las denuncias, los sucesos dramáticos y las detenciones de otros internados supuestamente enfermos. Y no faltaron algunas situaciones tragicocómicas, como la de aquel día en el que se presentaron unos milicianos para hacer un registro y uno de los dementes internados, al verlos avanzar con el arma en ristre, les preguntó:
–¿Y esto es un instrumento de aire o de cuerda?
2. EN LA LEGACION DE HONDURAS
Buscaron un lugar más seguro, y tiempo más tarde, en marzo de 1937, encontró asilo en la Legación de Honduras, que estaba en la Castellana, muy cerca de plaza de Castelar. Allí permanecieron varios meses don josemaría, su hermano Santiago, Alvaro del Portillo, Juan Jiménez Vargas y otros miembros del Opus Dei.
Aquello no era propiamente una Legación; ese era sólo el título altisonante con el que se autodenominaba, en aquellas circunstancias difíciles, la residencia del cónsul honorario de Honduras, don Pedro Jaime de Matheu Salazar, que había logrado conseguir para aquella vivienda el privilegio de sede diplomática. Se hacinaba en aquella casa un buen número de refugiados.
Don Josemaría llegó agotado y consumido por las privaciones; tanto que cuando fue a visitarle sumadre, sólo pudo reconocerle por la voz.
"Al llegar a la Legación –recuerda Santiago Escrivá– estábamos, además de los otros refugiados, sólo José María González Barredo, que dormía en el hall, debajo de un bargueño; y mi hermano Josemaría y yo, que dormíamos debajo de la mesa del comedor, cuando los demás refugiados se retiraban a su habitaciones. Al cabo de un mes o más, ya tuvimos la habitación que había junto a la carbonera, al lado de la puerta de servicio. Allí extendíamos los seis colchones durante la noche y los recogíamos durante el día".
«Comíamos muy poco –prosigue–. Josemaría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios".
Fue un tiempo aquel de intensa oración y penitencia: tiempo de sufrimiento interior y de maduración espiritual que el Fundador reflejó en el punto 697 de Camino:
Los acontecimientos públicos te han metido en un encierro voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro de una prisión. –Has sufrido un eclipse de tu personalidad.
No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incomprensiones y susurración. –Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de "niño"? –La falta de hojas y flores (de acción externa) no excluye la multiplicación y la actividad de las raíces (vida interior).
Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes, y más sabrosos.
"A finales del mes de agosto –recuerda Santiago Escrivá– Josemaría pudo salir de Honduras, con una documentación que le facilitó el Cónsul. Recuerdo que llevaba un brazalete con los colores de la bandera de Honduras". Esa documentación le permitió circular con cierta libertad por las calles de Madrid y pudo proseguir con su labor apostólica, aunque las circunstancias le exigieran administrar el sacramento de la Confesión dando un paseo, conferir bautismos a escondidas, o predicar un curso de retiro cambiando constantemente de sede, para no despertar sospechas. Atendió también a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución. Incluso llegó a comprar, en el mes de septiembre, en medio de aquel ambiente de terror, un cuadro de la Virgen: una reproducción de l'Addolarata del Sassoferrato.
Me acuerdo, como si fuera ahora –evocaría años más tarde–, de cuando compré esa imagen de la Virgen, en plena guerra civil de España. Fue en la plaza del Angel, en una tienda donde venden marcos, estampas y, sobre todo, espejos. Se asustaron cuando les pedí una imagen de Nuestra Señora. Saqué mis documentos, y la sacaron desde la trastienda, muy a escondidas.
Estas circunstancias de peligro e incertidumbre le llevaron a custodiar consigo siempre al Señor Sacramentado, en una pitillera envuelta en una funda con la bandera y el sello del Consulado de Honduras. Muchas veces –recordaba– dormía sin quitarme la ropa, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.
3. UNA ROSA EN LA NOCHE
¿Meses? ¿Años? Nadie sabía cuánto podía durar aquel largo conflicto. Don Josemaría intentaba marcharse de Madrid desde hacía muchos meses, y estaba a la espera desde marzo de los resultados de múltiples gestiones, cuando surgió una posibilidad: pasarse al otro lado a través de los Pirineos.
Era muy arriesgado; pero al fin, se decidió por esta solución. Viajó hasta Barcelona y, tras diversas peripecias, el 19 de noviembre de 1937, emprendió la peligrosa travesía por las montañas. Le acompañaban Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella y algunos otros como José María Albareda, un joven doctor en farmacia que había acudido semanas antes en Madrid a unos ejercicios espirituales. Venía también un amigo de Albareda, Tomás Alvira.
Comenzó la expedición un pequeño grupo de fugitivos, bajo el mando de un guía. Don Josemaría vestía un pantalón bombacho de franela, un jersey azul de cuello alto y una boina negra. Dormían en los sitios mas inverosímiles. La noche del día 21 la pasaron en un lugar que les pareció un horno abandonado, y "al día siguiente –contaba Juan Jiménez Vargas– el Padre parecía muy preocupado, aunque no nos dijo nada que pudiera traducir su estado de ánimo. No había dormido en toda la noche. Tan mal se sentía que decidió no celebrar Misa en aquel momento. Salió de la habitación y bajó a la iglesia, que estaba destrozada: los milicianos la habían saqueado y quemado en diciembre del 36.
«Estuvo allí durante algún tiempo. Al volver, se le veía extraordinariamente alegre y llevaba en la mano una rosa de madera dorada. Aunque entonces no nos dijo nada, todos sacamos la impresión de que aquella rosa, que procedía de uno de los retablos destrozados de la iglesia, tenía para él un profundo significado sobrenatural".
Don Josemaría deseaba llegar al otro lado para gozar de la necesaria libertad de movimientos para sacar adelante el Opus Dei; pero también pensaba en los que había dejado en Madrid: algunos estaban refugiados; otros, en la cárcel... En esa situación le había pedido a Dios algo que no recomendaría jamás: una señal que le confirmara en su decisión y le confortara en aquellos momentos. Y al entrar en aquella iglesia destrozada había visto en el suelo el brillo de una rosa de madera estofada que provenía de uno de los retablos de la Iglesia –probablemente del altar de la Virgen del Rosario– quemados por los milicianos.
Es una rosa de madera dorada –explicaba años más tarde– sin ninguna importancia. Allí, cerca del Pirineo catalán, la tuve por vez primera entre las manos. Fue un regalo de la Virgen, por quien nos vienen todas las cosas buenas.
Hablaría poco en el futuro de este suceso: en parte por humildad –era el protagonista de esas gracias de Dios– y en parte porque no era nada amigo de milagrerías: No olvidéis, hijos míos –recalcaba con fuerza–, que lo sobrenatural para nosotros se encuentra en lo ordinario.
Días más tarde llegaron a un lugar en el que acamparon durante algunos días, guareciéndose en una cabaña. Aguardaron allí hasta el día 27, en el que comenzaron las marchas nocturnas hasta la frontera. Les esperaban cinco noches terribles, en las que tendrían que sortear numerosos precipicios y desfiladeros, con larguísimas caminatas que durarían hasta el agotamiento.
"Nos llevaron hasta una cueva en el Corb –recuerda Jiménez Vargas–. Allí nos encontramos con un nuevo guía, que nos dijo que se llamaba Antonio, aunque después nos reveló su verdadero nombre: José Cirera. Era un contrabandista autoritario, infatigable y audaz, como poco a poco fuimos comprobando. Avanzamos hasta el interior de la cueva y cuando estábamos en lo más profundo de la cueva, a la luz de una vela, nos dijo con voz enérgica:
«–Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno. Y no hablar: no quiero nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo se lo diré a los primeros de la fila, y os lo iréis diciendo unos a otros. Que nadie se separe ni se detenga. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará en el camino. Si alguno quiere acompañarle, se quedará también.
«Todavía de noche salimos de la cueva. El domingo 28 de noviembre llegamos a la Espluga de las Vacas, en el Barranco de la Ribalera, a unos 800 metros de altitud. Nada más llegar el Padre dijo Misa sobre una gran piedra, muy cerca de la pared de aquel cortado, para quedar bien a cubierto del viento. Las personas que estaban allí –más de veinte– no habían oído Misa ni pisado una iglesia desde julio del año anterior. Siguieron la celebración en medio de un silencio impresionante. Algunos comulgaron".
"Sobre una roca y arrodillado –escribió entonces uno de los expedicionarios en su bloc de notas– casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el sacerdote es un santo".
"Subimos al Aubens –prosigue Jiménez Vargas–. La pendiente era grande y en algunos momentos sólo se podía andar trepando por las piedras. Apenas empezar este tramo Tomás Alvira se cayó desvanecido. Estaba en tal estado de agotamiento que pensaba que no podría llegar al final.
«Intentamos reanimarlo. Pero en un determinado momento el jefe dio la orden de seguir porque había que alcanzar la cumbre antes del anochecer. Ordenó que a Tomás lo dejáramos allí. Era una decisión brutal y no estábamos dispuestos a aceptarla, pero Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Entonces el Padre tomó al guía del brazo, habló unos minutos con él y dijo:
«–Tomás, no hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final.
«Aquello era sólo explicable por la fe y la fortaleza del Padre, porque Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Sin embargo, arrastrándole casi, cruzamos el Tosal del Fach y bajamos por un bosque de pinos en la cara norte de la montaña.
«A poco de comenzar la bajada, perdí pie, y me caí rodando, en medio de la consternación general. Todos pararon en seco, mirando hacia el precipicio en silencio, porque no podían gritar. Afortunadamente pude trepar hasta arriba por mi propio pie.
«El guía iba muy nervioso porque temía que amaneciera antes de llegar al Corral de Fenollet, donde nos refugiamos. Cruzamos luego la montaña de Santa Fe y la montaña de Ares, en unas jornadas agotadoras en las que tuvimos que andar durante muchas horas a lo largo del río Arabell, con mucho frío, con la ropa cada vez más mojada y sin descalzarnos.
«En la última noche el agotamiento era cada vez mayor. Estábamos muertos de sueño y temblando de frío; y los guías nos llevaban de noche por lugares que, según decían, muchos no se atreverían a pasar de día. Los milicianos estaban cada vez más cerca, y los guías desaparecían a veces sin previo aviso y volvían al cabo del rato, comentando cosas en voz baja. No entendíamos lo que pasaba...".
La última jornada de aquella travesía fue especialmente dura: divisaron al fondo, en una hondonada, una caseta de carabineros; y al otro lado, una hoguera. Debían pasar entre la caseta y la hoguera, sin que los vieran, entre el ladrido de los perros que parecían haber advertido su presencia.
Cruzaron en silencio, con el alma en vilo, sin que pasara nada. Luego, atravesaron un bosque, hasta que uno de los guías dijo:
–Ja son a Andorra. Tenen que esperar aquí fins que es faci de dia per no extraviar–se; pone fer–foc.
¡Ya estaban en Andorra! Era el 2 de diciembre de 1937. Hubo una explosión general de alegría. Don Josemaría comenzó a rezar la Salve:
–Salve Regina, Mater misericordiae...
Poco tiempo después llegaron a San Juliá. Los gendarmes les quitaron los palos que les servían de apoyo para caminar, porque tenían orden de "desarmar" a todos los que llegaban. En aquel pequeño lugar del Principado don Josemaría pudo, al fin, celebrar la Santa Misa revestido con ornamentos, por primera vez desde el comienzo de la guerra. Tenía las manos hinchadas todavía por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales.
Al terminar el Santo Sacrificio dieron un breve paseo por el lugar. ¡Qué rara sensación, que intenso frescor de libertad, experimentaron al caminar al fin por la calle, sin temores, sin miedo ni recelos!