Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Dies natalis
1. QUIERO VER TU ROSTRODurante los últimos meses de su vida perdió una parte notable de la visión del ojo derecho, por una catarata que se venía formando durante años, y se manifestó el comienzo de otra catarata en el ojo izquierdo. Llevaba esas molestias con tal naturalidad, que sólo los que estaban a su lado advirtieron esa pérdida de visión, aunque el 19 de marzo, de 1975, fiesta de San José, abrió así su alma a Dios Nuestro Señor:
Señor, ya no puedo más, y sin embargo he de ser fortaleza para mis hijos; ya no veo a tres metros de distancia y tengo que atisbar el futuro, para señalar el camino a mis hijos: ayúdame Tú: ¡que vea con tus ojos, Cristo mío! ¡Jesús de mi alma!
Durante ese último periodo, quizá presintiendo la cercanía de su muerte con especial fuerza:
—Ya no soy necesario. Os podré ayudar más desde el Cielo.
Junto con ese presentimiento, iba creciendo dentro de su corazón, con fuerza incontenible, un deseo: ver el rostro del Señor: Señor, tengo unas ganas de ver tu cara, de admirar tu rostro, de contemplarte...! Te amo tanto, te quiero tanto, Señor!
Había una canción italiana de los años cincuenta que le gustaba especialmente, porque le hacía pensar en su futuro paso al Cielo:
Aprite le finestre al nuovo sole
è primavera, è primavera.
Aprite le finestre al nuovo sole,
è primavera,
è festa dell`Amor.
Ese amor a Dios se le desbordaba en ansias de estar junto con su Amor, y los que convivían con él le notaban cada vez más metido en el Señor. Se acercaba al fin de aquel continuo crescendo de amor y caridad que había sido toda su vida. "El Padre y yo desayunábamos siempre juntos –recuerda Mons. del Portillo–, y nos dejaban el periódico. Al cabo de tres o cuatro segundos yo miraba al Padre: nada más comenzar a leer, se había quedado ensimismado en Dios. Desde hace años al Padre le bastaba coger un libro, tratase de lo que tratase, o el periódico, para que el corazón se le fuese al Señor. Parecía como si el Espíritu Santo arrebatara su alma y se la llevase arriba".
2. MIRANDO A LA VIRGEN
"El 26 de junio de 1975 –escribía Eugenio Montes, de la Real Academia Española– el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticnios.
Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: 'Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer'. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.
Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud.
El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesus, este hombre de virtudes heroicas podía decir: 'Hijas, cosas son éstas para entretener la espera' ".
En contra de lo que suponía Eugenio Montes, había pasado ya la hora del alba cuando san Josemaría se reunió en Castelgandolfo con un grupo de hijas suyas, en Villa delle Rose. Antes había celebrado, a las ocho de la mañana, la Misa votiva de la Virgen. Y a las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo. Durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario.
Al llegar a Villa delle Rose, el Centro de las mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo, entró en el oratorio, donde permaneció unos momentos de rodillas. Luego se dirigió hacia la sala de estar.
Al entrar, saludó con la mirada una imagen de la Virgen que era un recuerdo entrañable de su familia. Esa imagen había recogido las última mirada de su madre antes de morir.
Vosotras –les recordó– tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz...
Me imagino que de todo (...) –prosiguió– sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.
Al cabo de veinte minutos se sintió indispuesto y tuvo que interrumpir su visita. Hacía calor. Tras descansar un poco, regresó a Roma, acompañado como de costumbre por Don Alvaro del Portillo y Don Javier Echevarría. Se le veía contento y sereno. Al entrar en Villa Tevere, unos minutos antes de las doce, saludó al Señor en el Sagrario con una genuflexión pausada, acompañada por un acto de amor, como solía hacer.
"A continuación –recuerda Mons. del Portillo– subimos al cuarto donde habitualmente trabajaba (...) y pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi!".
En aquel despacho estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que solía saludar con la mirada siempre que entraba en esa habitación. Ella se llevó su último saludo de amor, antes de que cayese desplomado en el suelo. Dios le concedió morir como siempre quiso: mirando una imagen de la Señora.
"Pusimos todos los medios posibles –sigue contando Mons. del Portillo–, espirituales y médicos. Yo le di la absolución y la Extremaunción, cuando todavía respiraba. Fue una hora y media de lucha, de esperanzas: oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové la absolución (...). No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor".
Poco tiempo después comprendieron, entre sollozos, que el Padre había concluido su peregrinar terreno: aquel era su dies natalis en el Cielo. "Todos nos arrodillamos –prosigue– al lado del cuerpo (...). Rezamos el responso y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas".
"Para nosotros –contaba en aquel momento Mons. del Portillo a los miembros del Opus Dei– se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose –me atrevo a decir– más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia".
Revistieron más tarde su cadáver con un alba y una casulla sobre la sotana. Se celebraron 51 misas antes del sepelio.
Acudieron a llorar y a rezar junto a su cuerpo yacente, que resposaba delante del altar del Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, cientos de personas de todo tipo y condición: altos dignatarios eclesiásticos, madres de familia, empleadas del hogar, trabajadores...
San Josemaría sostenía entre sus manos el crucifijo que tuvo Pío X entre las suyas a la hora de su muerte, y su rostro sereno infundía una gran paz.
El 27 de junio fue sepultado en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz. Sobre la losa de mármol se colocó, bajo el sello del Opus Dei, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:
EL PADRE
y más abajo las fechas de nacimiento: 9.I.1902, y de la muerte: 26.VI.1975