Vida de San Josemaría EscriváJosé Miguel Cejas
Capítulo: Burgos
1. TRABAJAR SIN DESCANSODesde Andorra don Josemaría viajó hasta Lourdes, para agradecerle a la Virgen el feliz desenlace de la travesía; y en enero de 1938, tras una breve estancia en Pamplona, decidió establecerse en Burgos.
A pesar de que estaba exhausto por las penalidades que había sufrido durante los últimos meses en Madrid y por el cansancio del reciente paso de los Pirineos, tras unos días de retiro espiritual, resolvió redoblar su oración y su mortificación: hizo el propósito de dormir muy pocas horas y velar en oración cada semana una noche entera. Intentaba que nadie se diese cuenta de sus penitencias; aunque no siempre lo conseguía. "Estoy segura de que muchas noches no dormía –comentaba la Hermana Mª Elvira Vergara, una religiosa Capuchina de clausura que lo atendió durante su breve estancia en Vitoria– o –al menos a nuestro parecer– no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas, y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dábamos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora".
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Después de varios siglos de paz y sosiego, la ciudad de Burgos se había visto convertida, por los avatares de la guerra, en el centro de operaciones de uno de los dos bandos en conflicto. Fue un despertar violento tras un largo sueño secular: tropeles de gentes –soldados, civiles refugiados y fugitivos del "otro lado"– turbaban constantemente la calma de sus calles, que se estremecían día tras día bajo el paso marcial de las tropas y el estruendo de las máquinas militares.
Cuando llegó don Josemaría, la pequeña ciudad castellana no estaba preparada todavía para acoger a todo aquel aluvión de gentes que se le venía encima. Eso explica que a su llegada no le resultase nada fácil al Fundador y a los que le acompañaban encontrar un sitio para alojarse. Al fin pudieron alquilar una habitación en un modesto hotel –el Sabadell–, que contaba con un mirador asomado a la vera del Arlanzón. Desde aquel mirador se contemplaba el discurrir plácido del rio y se divisaban a lo lejos los tejados del Burgos viejo, recortados sobre el arco de Santa María.
Vivieron con el Fundador durante ese periodo tres miembros del Opus Dei: José María Albareda, que se trasladaba con mucha frecuencia a trabajar a Vitoria y dos universitarios valencianos de últimos cursos de carrera, que estaban militarizados en Burgos: Pedro Casciaro y Francisco Botella.
La habitación del hotel no era gran cosa: 28 metros cuadrados en los que cabían a duras penas unas camas de níquel de muelles ruidosos, un armario, una mesa y un par de sillas. Una sencilla cortina blanca la dividía en dos. El pequeño mirador contaba con dos butacas y una mesita de mimbre, y lo denominaron, con bastante sentido del humor y no poca imaginación, "la sala de visitas". Allí charlaba don Josemaría con los que venían a visitarle.
De vez en cuando prefería charlar dando un paseo hasta el Monasterio de las Huelgas, donde don Josemaría recopilaba e investigaba el material necesario para escribir su tesis doctoral –la anterior se había perdido en los avatares de la guerra– que se publicaría más tarde con el nombre de La Abadesa de las Huelgas; o caminando hasta Fuentes Blancas, o hasta la cercana Cartuja de Miraflores.
Al fin don Josemaría –pensaban los que acompañaban– podría descansar un poco. Lo necesitaba: estaba demacrado y delgadísimo. "Se me saltaron las lágrimas al verle –comentó don Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, cuando fue a visitarle–. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza". Todos pensaron que aprovecharía aquel tiempo de calma para reponerse del agotamiento en el que lo habían sumido los últimos meses. Pero se equivocaron.
Ni la pobreza ni el cansancio inquietaban al Fundador. La pobreza era un antigua compañera de camino desde los primeros años del Opus Dei; y el cansancio lo superaba con amor de Dios: por eso, en contra de lo que pensaban todos, convirtió en aquellos meses burgaleses en un tiempo de trabajo constante y agotador.
Su corazón sólo tenía una inquietud: cómo hacer realidad, en aquellas circunstancias, la misión que Dios le había encomendado. ¿Cómo podía dedicarse a descansar, cuando tenía que recomenzar de nuevo la labor apostólica, y todos los chicos que conocía se encontraban dispersos por los diversos frentes de batalla? De alguno, que estaba en el Ejército Republicano del Sur, no tenía noticias siquiera.
"Dedicó mucho tiempo y muchos sacrificios –cuenta Casciaro– para tomar contacto y atender espiritualmente a los miembros del Opus Dei, diseminados la mayoría por los frentes de la guerra, y atender con gran celo sacerdotal a todas las personas que habían participado en los medios de formación que había promovido".
2. DE UN LADO PARA OTRO
Fueron meses aquellos de intensa oración y de mortificación para el Fundador: con frecuencia dejaba de comer, de beber agua y de dormir, y ofrecía esas privaciones por la paz, por la Iglesia y por el Opus Dei. Y para sorpresa de los que venían a verle aprovechando un permiso militar, su optimismo sobrenatural y su fe en el futuro del Opus Dei no había disminuido un ápice. En aquella pequeña habitación burgalesa, seguía hablándoles con la misma ilusión y esperanza que hacía dos años, cuando les comentaba en la Residencia de Ferraz que pronto comenzarían en a Valencia, que Isidoro Zorzano se quedaría como director de la Residencia de Madrid, y que otro comenzaría la labor en Francia...
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Con los que no podían acercarse hasta Burgos, que eran la mayoría, seguía manteniendo contacto por carta. No quería perder el contacto con ninguno. A Tomás Alvira, aquel chico que estuvo a punto de desfallecer durante la travesía del Pirineo, le escribía en el mes de febrero:
Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.
Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.
Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?
A Tomás Alvira le había mostrado ya la posibilidad de entregarse a Dios dentro del Opus Dei en el estado matrimonial. Don Josemaría sabía que los casados formaban parte –con plenitud y unicidad de vocación– de la luz fundacional del 2 de octubre. Pero Tomás debería esperar unos años antes de incorporarse definitivamente al Opus Dei: no existía el cauce jurídico adecuado ni los tiempos estaban maduros todavía.
Dedicó también dedicó mucho tiempo –recuerda Pedro Casciaro– a últimar la preparación de Camino, que recogía y ampliaba las Consideraciones Espirituales publicadas en 1934.
Mientras tanto, Isidoro le iba enviando periódicamente desde Madrid noticias de su madre, de sus hermanos Carmen y Santiago y de los miembros del Opus Dei que permanecían refugiados en algunas embajadas de la capital. Esas cartas, en las que se servían de claves y nombres convenidos, viajaban primero desde Madrid hasta Francia; de ahí las remitían a Burgos. Y de vuelta, hacían el mismo recorrido.
Un día, Dios le hizo ver con plena claridad al Beato Josemaría que algunos de los que estaban en Madrid se pasarían a la otra zona el día de la Virgen del Pilar. Fue a comunicárselo a la madre de Alvaro del Portillo, que estaba en Burgos:
–El día doce –le dijo– se pasa tu hijo.
También por una especial inspiración del Señor, lo supo en Madrid Isidoro Zorzano, cuando estaba haciendo un rato de oración en su despacho, frente a un crucifijo. Hasta ese día había recomendado a algunos miembros del Opus Dei que estaban en Madrid que no intentaran "pasarse" porque muchos habían muerto en el intento, pero durante aquel rato de oración "supo" que el día 12 podrían alcanzar el otro lado.
Poco tiempo después Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué se alistaron en las filas en el Ejército Republicano y, tras una larga sucesión de peripecias y "casualidades" realmente providenciales, –donde se advertía la mano de Dios– alcanzaron un pueblo "del otro lado" mientras repicaban las campanas en honor de la Virgen del Pilar.