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Vida de San Josemaría Escrivá
José Miguel Cejas

Capítulo: Barbastro

1. PARA ALGO MUY GRANDE
José Escrivá era, en aquel duro invierno de 1902, un hombre joven y vigoroso de treinta y cuatro años. Había nacido en Fonz –un pueblo cercano a Barbastro, donde residía–, en el seno de una familia que hundía sus raíces en la localidad de Balaguer, en la vecina provincia de Lérida. Alto, moreno y fuerte, lucía unos amplios bigotes de guías recortadas a la moda de la época y poseía un talante abierto, comprensivo y cordial.
Se había casado en Barbastro cuatro años antes, el 19 de septiembre de 1898, con Dolores Albás, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros de la Catedral. Nueve años menor que su marido, su joven esposa era una barbastrina de ojos azules y mirada tímida, la penúltima de los trece hermanos de una familia muy conocida en la localidad. En aquel invierno de 1902 el joven matrimonio ya tenía dos hijos: Carmen, de dos años y medio, y el pequeño Josemaría, que había nacido el 9 de enero de aquel mismo año.
Don José se dedicaba al comercio de tejidos y aquel año los negocios le habían ido bien: pocos meses después del nacimiento de su segundo hijo se había disuelto con bastantes beneficios la sociedad en la que trabajaba, "Sucesores de Cirilo Latorre", y había constituido, con uno de los socios de la antigua empresa, una nueva sociedad: "Juncosa y Escrivá". Y además de vender tejidos, tal como hacían otros comerciantes de Barbastro, había instalado una pequeña fábrica de chocolate en el sótano de la tienda.
Aquella tienda, situada en el nº 10 de la calle Ricardos, ofrecía el aspecto tradicional de los comercios de la época: los dependientes se alineaban tras un largo mostrador corrido, que tenía una ranura de hucha en la que iban introduciendo las sonoras monedas con gravedad de ritual. A su espalda, en las amplias estanterías de madera, se apilaban generosamente las bolsas de cacao, las tabletas de chocolate, los paños venidos de Cataluña y los lienzos de colores diversos: sedas, panas, algodones y terciopelos con todas las variedades del género.
No era mal negocio aquel para una ciudad relativamente próspera como Barbastro, que rondaba entonces los 7.000 habitantes y ocupaba desde hacía siglos un lugar destacado en la Antigua Corona de Aragón. Era, además, cabeza de partido y sede de uno de los obispados más inveterados de España; y el núcleo comercial más importante entre Huesca y Lérida, las dos capitales de provincia más cercanas. Sus casas blasonadas atestiguaban el rancio abolengo de muchas de las familias y su entronque inmemorial con la nobleza altoaragonesa.
Sin embargo, la prosperidad de aquel Barbastro de comienzos de siglo, con sus casas agazapadas junto a la hondonada del Vero, era un tanto inestable: dependía en gran medida del estado del cielo, al que se dirigían continuamente, con mirada avizora y ansiosa, los ojos de los campesinos. Una helada intespestiva, como la de los años 87 y 88, una sequía prolongada, o un inesperado pedrisco de verano, podía arruinar de golpe las cosechas más prometedoras. En esos momentos de apuro –por ejemplo, en tiempo de sequía– los campesinos sacaban al Santo Cristo de los Milagros en procesión por la calle para pedir la lluvia. Se comentaba todavía que pocos años atrás, nada más acabar la procesión, el cielo había abierto sus puertas y había caído el agua a raudales entre el alborozo general. Es comprensible: de esa lluvia ansiada dependía en gran medida la pequeña economía de la ciudad, que contaba además con una industria floreciente de pequeñas fábricas de cerveza, yeso, chocolate y camas de hierro, junto con las hilaturas de seda y de lana, sin olvidar los molinos de aceite y los pequeños talleres tradicionales de tejedores y alfareros.
El joven matrimonio Escrivá vivía conforme al sosegado ritmo de la vida local: doña Dolores atendía las labores de su casa, situada en la calle Mayor, en la esquina de la plaza del Mercado; mientras que su marido trabajaba en su negocio, al otro lado de la plaza, en la calle General Ricardos. No le faltaban a don José los ratos de esparcimiento tras la brega cotidiana, y los miércoles por la tarde, al terminar el trabajo, solía acudir a una tertulia en la parte alta de la tienda, donde jugaba con sus amigos al tresillo y hablaba de negocios. Otras tardes iba al casino "La Amistad", en la Plaza de la Constitución, muy cerca del Ayuntamiento, donde se charlaba con pasión de todo lo divino y de lo humano: de los éxitos o fracasos del Club Velocipedista, de lo que se comentaba por la Asociación de Labradores de San Isidro o de lo que habían dicho aquella semana los periódicos de la localidad: el carlista "La Cruz del Sobrarbe"; el conservador "La Epoca"; el independiente "La Defensa" o el republicano "El Eco del Vero"...
Tanto don José como doña Dolores eran buenos cristianos, de una piedad recia y sin beaterías, y muchos sábados por la tarde se les veía, junto con otros matrimonios, rezando el Rosario y la Salve en la Iglesia de San Bartolomé. Le gustaba preparar la fiesta de San José en los siete domingos precedentes y vivir la devoción de los Primeros Viernes. Y los domingos por la mañana, después de Misa, como mandaba la costumbre, se paseaban con sus trajes de fiesta, por las calles de El Coso, mientras saludaban a familiares, conocidos y vecinos.
Componían una pareja juvenil, simpática y elegante: doña Dolores iba a Misa tocada con la mantilla tradicional; y don José, amén del inseparable bastón, lucía un impecable bombín de copa baja. Era un hombre querido y apreciado, y gozaba de una merecida fama de limosnero. Acudían a él muchas personas necesitadas de Barbastro en busca de ayuda y nunca se marchaban de vacío.

2. DE ESTA NOCHE NO PASA
Dos años más tarde, en 1904, se produjo la primera quiebra en este paisaje de serena felicidad familiar. El pequeño Josemaría cayó gravemente enfermo. Los doctores Ignacio Camps y Santiago Gómez Lafarga lucharon durante días y días por salvar su vida, hasta que todo fue inútil: llegó un momento en el que ya no podían hacer nada por él, salvo rezar y aguardar su muerte.
–Mira, Pepe –le dijeron a don José–: de esta noche no pasa.
José Escrivá escuchó aquellas palabras con serenidad, mientras un escalofrío helado le recorría el cuerpo. Aquella noche marcó uno de los hitos más duros de su vida. Y cuando contemplaba en su pequeña cama a aquel hijo de dos años que se le moría, anegado en sudor y trémulo por la fiebre, se le agolpaban, entre lágrimas, todos los recuerdos de su corta existencia.
Josemaría había venido al mundo dos años antes, pocos días después de la fiesta de Reyes. Lo habían bautizado cuatro días más tarde, el 13, en la catedral de Barbastro, y le habían puesto cuatro nombres: José, como él, como su padre y su abuelo; María en honor a la Virgen; Julián, porque era el santo del día y Mariano, porque así se llamaba el padrino.
Pocos meses después, en la fiesta de San Jorge, lo habían confirmado. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.
Dolores Albás no perdía la esperanza. Seguía pidiendo a Dios, con todo el ímpetu y el fervor de su juventud, que le sanase aquel hijo. Le había prometido a la Virgen que, si se lo curaba, lo llevaría ella misma entre los brazos hasta la ermita de la Virgen de Torreciudad, a la que se tenía gran devoción en toda la comarca.
Empezó a anochecer. Don José y doña Dolores se sentaron junto a la cama de su hijo, mirándolo, rezando, esperando el milagro.

Al día siguiente, a primera hora, llegó el Doctor Camps a casa de los Escrivá.
–¿A qué hora ha muerto el niño?, preguntó nada más llegar.
–No sólo no ha muerto –le dijeron, exultantes– sino que está perfectamente.
Fue el primer lucimiento de Dios, la primera caricia de la Virgen con aquel niño. Con razón le comentaría su madre varios años más tarde:
–Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

3. VERGÜENZA, SOLO PARA PECAR
Doña Dolores cumplió su promesa: poco tiempo después, sentada a la inglesa sobre la caballería que conducía su marido, subió a darle gracias a la Virgen de Torreciudad por entre las altas quebradas del Cinca. Pasó un poco de miedo, porque para llegar hasta la vieja ermita tuvieron que sortear riscos abruptos, entre cañadas y torrenteras que se precipitaban peligrosamente hacia el río. Pero ese miedo se compensó con la alegría de poder llevar al pequeño Josemaría entre los brazos para ponerlo, ya completamente sano, bajo la protección de la Virgen.
Completamente sano: no había nada que diferenciase al hijo de los Escrivá del resto de los chiquillos de la localidad. Alegre, simpático y travieso, jugaba, reía y se enfadaba como los demás niños de Barbastro entre los soportales de la calle Mayor donde estaba su casa, por el camino que conducía al parvulario del Colegio de las Hijas de la Caridad, adonde fue desde los cuatro años, o en el patio de recreo del Colegio Calasancio de las Escuelas Pías –que estaba frente por frente con el otro, en la calle Mayor– donde estuvo desde los seis. Era un Colegio prestigioso: el primero que instaló en España la Orden fundada por San José de Calasanz, que había nacido en Peralta de la Sal, a muy pocos kilómetros de allí.
El pequeño Josemaría tenía los gustos, las rabietas y las manías de cualquier niño de su edad. Su carácter despierto y vivaracho y su temperamento alegre le llevaban a alborotar con frecuencia por los pasillos de su casa hasta que su abuela Florencia, con sus setenta años a cuestas, al grito de: –¡Fuera, fuera! ¡A Pekín!, lo encerraba en el cuarto de al lado.
Como a todos los niños, le gustaba hacer incursiones prohibidas por las alacenas de la cocina y reirse en las sesiones del cinematógrafo que acababan de inaugurar en Barbastro, en las que no faltaba el explicador correspondiente que iba comentando todo lo que sucedía en la muda pantalla.
Por el contrario –como suele suceder también–, no le gustaba nada que "lo enseñaran" a las visitas y cuando las oía llegar, corría a esconderse rápidamente. Y era muy poco amigo de estrenar ropa nueva. Me metía debajo de la cama y no quería salir a la calle, tozudo, cuando me vestía el traje nuevo... Y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: por el bastón, no por otra cosa... Doña Dolores, al mismo tiempo que lo sacaba de su escondrijo, le reñía con paciencia y aprovechaba la ocasión para dejarle una enseñanza indeleble en el alma: "Josemaría, la vergüenza, sólo para pecar".
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La vergüenza, sólo para pecar: esta frase retrata el ambiente profundamente cristiano de esta familia altoaragonesa en la que los hijos crecían fortalecidos por la fe y los sacramentos. Doña Dolores le enseñó a Josemaría las oraciones de la mañana y de la noche, que solía rezar con su padre antes de acostarse, y cuando llegó el tiempo oportuno, le preparó para recibir la Primera Comunión.
Un viejo escolapio del colegio –hombre piadoso, sencillo y bueno, como recordaría años más tarde–, le enseñó la oración de la comunión espiritual que repetiría a lo largo de toda su vida: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y el fervor de los santos.
Antes de recibir al Señor tuvo su primer encuentro con el que llamaría más tarde el "sacramento de la alegría". Cuando hice mi primera confesión –tenía seis o siete años– me quedé muy contento y siempre me da alegría recordarlo. Me llevó mi madre a su confesor.
Eran los Escrivá, en definitiva, una familia reciamente cristiana, que año tras año iba creciendo en hijos y en alegrías: en 1905 nació otra hija más, Asunción; en 1907, Dolores; y en 1909, la pequeña Rosario. Cinco hijos y un futuro cargado de promesas.

4. EL PROXIMO AÑO ME TOCA A MI
Pero Dios sabe más; y muy pronto, mientras el pequeño Josemaría comenzaba a garabatear las primeras letras en la escuela, Dios comenzó a darle las primeras lecciones de otra Escuela mucho más honda y decisiva: la del dolor.
En 1910 murió su hermana Rosario, la más pequeña, a los nueve meses de edad; dos años más tarde falleció Lolita, a los cinco años; y al año siguiente Asunción, a la que todos llamaban Chon, con ocho años.
"Recuerdo muy bien el entierro de aquellas niñas", comenta Adriana Corrales, una amiga de los pequeños Escrivá. "Antes habían sido colocadas en la cama, o en la cuna, con muchas flores. En Barbastro, como en otros lugares en aquel tiempo, a estos entierros no iba más que el padre acompañado de sus amistades. La madre se quedaba en casa con los hermanos pequeños. Pero había la costumbre de designar a doce amigas de la niña difunta para que la acompañaran al entierro: las seis mayores llevaban las andas sobre las que ponían la caja y las otras, más pequeñas, sostenían las cintas que colgaban del ataúd. (...)
Asistí a aquellos tres entierros: en el de Rosario y Lolita sostenía una cinta, y en el de Chon llevé ya las andas, porque era suficientemente mayor, pues había cumplido ya doce años".
La casa se llenó de silencios y recuerdos en torno a las camas vacías. Los correteos se convirtieron en murmullos y los juguetes inmóviles y las ropas intactas en los armarios delataban ausencias y abrían dolorosas heridas. Josemaría había contemplado aquella sucesión de muertes, sin entenderlas demasiado y al ver cómo sus hermanas habían ido falleciendo de menor a mayor, le comentaba ingenuamente a su madre:
–El próximo año me toca a mí.
Dejó de decirlo al darse cuenta de que su madre se entristecía. "No te preocupes –le repetía Doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen".

5. UN CASTILLO DE NAIPES
Una tarde de verano Josemaría jugaba en su casa con algunos amigos más pequeños, componiendo rompecabezas y levantando temblorosos castillos de naipes. "Absortos en torno a la mesa –recuerda Carmen de Otal y Martí– conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría, que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo:
–Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.
"Esta frase –comenta Peter Berglar, uno de sus biógrafos– deja entrever que el alma del pequeño se encontraba al borde del precipicio: había experimentado la imposibilidad de comprender a Dios, y sin darse perfecta cuenta, temblaba ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero el alma, estremecida, se apartó de esa posibilidad".
Berglar compara esta reacción con la de Lenin. "¿Qué sucede en el interior de un chico de once años –se pregunta– que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de una hermanita, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio? De Lenin sabemos que a la edad de diecisiete años y bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, que había participado en un complot para asesinar al Zar Alejandro III, perdió la fe cristiana. 'Al caer en la cuenta de que Dios no existía –escribe su amigo Lepeschinski–, se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí'.
«Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias: para sí mismo y para miles de hombres. Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su amor a Dios y a los hombres, y los frutos serán, en este caso, frutos admirables y magníficos para la humanidad.
«Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad, para el bien y para el mal".

6. LA PRIMERA COMUNION
El 23 de abril de 1912, en la fiesta de San Jorge, como era costumbre en el Alto Aragón, Josemaría recibió por primera vez al Señor, siguiendo las enseñanzas del Papa sobre la primera comunión de los niños. Tenía diez años y en aquella época –recordaba–, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la primera comunión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes.
¿Cómo era Josemaría? Sus contemporáneos lo retratan así: un chico alegre y educado, con un genio vivo que auguraba un hombre de carácter, recio, despierto y sencillo. Y buen estudiante: en el mes de junio de 1914, según la gacetilla del Semanario Juventud, fue uno de los alumnos con mejores calificaciones del segundo curso de bachillerato del Colegio de los Escolapios.
"Era un chico normal en el pleno sentido de la palabra" –comenta Adriana Corrales, que recuerda al pequeño Josemaría marchando a clase con su uniforme escolar: un abrigo de paño azul marino con los botones de metal, y una gorra con visera de charol con el escudo del colegio en el centro. Otros familiares y amigos lo recuerdan jugando a las birlas –unos palos con soldados pintados que se colocaban a cierta distancia y se iban tirando con bolas– con los otros chicos en la Plaza del Mercado, o contándoles historias de miedo de su propia cosecha a sus hermanas, sentado en la mecedora de la casa; o disfrutando con sus primos y sus amigos durante las fiestas de la localidad.
"En Barbastro –evoca Adriana Corrales– era un acontecimiento la fiesta de Santa Ana. Este día la ciudad despertaba de su monotonía. La Santa Misa se celebraba en la misma plaza del Mercado, en una capillita que aún existe (...) dedicada a la Santa. Después había la suelta de las vaquillas ensogadas, tal como solía –y suele– hacerse en algunos pueblos españoles en las grandes solemnidades. Nosotros nos divertíamos viendo las corridas, sustos y revolcones de los mozos desde los balcones de la casa de los Escrivá. A los pequeños nos sentaban en el suelo, sacando las piernas por el barandal. Los mayores estaban en pie, detrás de nosotros".
Se aficionó muy tempranamente a la lectura, y muchas tardes de sol se le veía sentado en el balcón de su casa con un libro entre las manos. Especialmente en las noches de invierno, cuando el viento glacial del Pirineo silbaba por entre los tejados de la ciudad, y las gotas de lluvia repiqueteaban sin cesar en los cristales de las ventanas, Josemaría se "escapaba": unas veces se marchaba con Salgari y sus valientes marineros a luchar contra los piratas los mares del Sur y otras se internaba con Julio Verne en las fantásticas profundidades del centro de la tierra. Y con frecuencia, entre lectura y lectura, soñaba, como todos los niños, con el fin de las clases, con el sol de verano y con las vacaciones en Fonz, donde vivía un sacerdote ya mayor: su tío Teodoro.
¡Qué rápidos pasaban los días de vacaciones en aquel pueblo, a las faldas de la sierra de Corrodilla, a la sombra de un castillo moro medio en ruinas! No había tiempo para aburrirse: unas veces se entretenía contemplando las faenas campesinas; otras veces montaba en el trillo dando vueltas interminables a la era; y otras, se marchaba a jugar con sus amigos por entre las parvas, viñedos y olivares, cerca del Canal Imperial o por los caminos que descendían hasta el valle del Cinca. En Fonz, su gusto por la lectura se enriquecía: Mosén Teodoro tenía una biblioteca con muchos ejemplares que procedían de la de un tío abuelo, también sacerdote. Allí pudo leer Josemaría una edición del Quijote, en ocho tomos, y disfrutar con los grabados de la Ilustración Hispano–Americana; amén de sus lecturas de Julio Verne, aunque este autor no era precisamente santo de la devoción literaria del tío Teodoro...
En definitiva: era Josemaría un niño con alegrías, tristezas e ilusiones de futuro, como todos los niños. Y cuando le hacían la consabida pregunta –¿Y tú qué quieres ser de mayor?–, respondía con aplomo:
–Arquitecto.
Verdaderamente apuntaba cualidades para esa profesión: podía haber sido un buen arquitecto. Pero Dios tenía otros planes.
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